N/A: Holaaa! Aquí estoy un viernes más. Estoy subiendo este capítulo desde el móvil, así que no me extenderé demasiado; millones de gracias a todas las que me leéis.

Este capítulo me gusta especialmente, espero que vosotras lo disfrutéis leyéndolo tanto como yo escribiéndolo.

¡A leer!


Un asunto provisional


Capítulo 14

Durante toda la semana siguiente, Draco sometió a Granger a una rigurosa ley del hielo: sólo habló con ella cuando el trabajo lo hizo absolutamente imprescindible. A la hora de la comida, se negó a acompañarla a la cantina, pese a que su estómago rugía de hambre al llegar el mediodía. No obstante, se mantuvo firme en su férrea resolución de ignorarla: Granger le había hecho daño; Draco había pretendido conocerla mejor, ganarse su confianza –incluso él mismo había comenzado a confiar en ella– y ella se lo había tirado a la cara, inventándose una excusa peregrina para no verlo. Por un momento, se le pasó por la cabeza la idea de que él tampoco había sido totalmente sincero, ya que aún no había tenido valor de confesarle la verdad sobre el vínculo que existía entre ellos. Sin embargo, pronto rechazó el razonamiento: no era el mismo caso en absoluto.

Draco suponía que estando las cosas así, su acuerdo podía entenderse prácticamente rescindido, aunque ninguno de ellos hubiera hecho referencia alguna a ello en voz alta. De vez en cuando, por el rabillo del ojo, sorprendía a Granger observándole desde su escritorio; en los ojos de ella se podía apreciar una expresión anhelante, ansiosa. A pesar de ello, de ningún modo pensaba romper el silencio que los separaba. No, de ninguna manera: debía ser Granger la que cediera.

Así que el viernes a última hora, por fin se produjo el milagro; Draco estaba recogiendo sus cosas, a punto de marcharse, cuando Granger se levantó de su puesto y caminó hacia él.

–Malfoy, por favor –se mantuvo a una distancia prudencial mientras Draco la miraba fijamente, con gesto hosco y malhumorado–.Yo… no quiero que estemos así. No quiero que las cosas sean así entre nosotros.

–Así ¿cómo? –espetó, imprimiéndole a su voz una buena dosis de aspereza.

–Como… como si volviéramos a odiarnos. Como si nunca hubiera pasado nada entre nosotros –la voz de Granger se quebró y al mismo tiempo, Draco sintió resquebrajarse un poco su propia coraza.

–Escucha Malfoy, lo que pasó fue todo un malentendido, pero entiendo que te sintieras traicionado. Yo… prometo que no volverá a pasar, que a partir de ahora voy a corresponder a tu sinceridad, pero por favor, no estropeemos esto. No quiero que se acabe.

Mierda.

¿Por qué tienes que hacerlo todo tan jodidamente complicado, Granger?

–¿Y qué propones que hagamos? –preguntó él, con una ceja enarcada, fingiendo una templanza que, desde luego, no sentía.

–¿Sigue en pie la propuesta de invitarme a cenar en tu casa? –Granger se mordió el labio y bajó la mirada con timidez–. Porque realmente tengo muchas ganas de probar otra de tus recetas.

Draco sabía que debía hacerse de rogar un poco más, que no podía ser tan blando y aceptar a la primera de cambio, no obstante, acudió a su mente el recuerdo de Granger, desnuda sobre él, llevándolo hasta el orgasmo y después el de ella, acurrucada a su lado en el sofá, buscando el cobijo de su cuerpo. Así que antes de que pudiera pensarlo dos veces, se sorprendió así mismo respondiendo:

–De acuerdo, Granger, esta noche: a las nueve en mi casa.

El rostro de la chica se iluminó y Draco sintió una oleada de orgullo al saber que él era el causante de esa sonrisa. Quizás su acuerdo pudiera ser salvado después de todo. Tomó su abrigo, su maletín y abrió la puerta.

–Hasta la noche, Granger –dijo por encima de su hombro–. No faltes.

No añadió nada más, pero aquellas palabras tenían la intención de ser un ultimátum.


Draco preparó la cena con el máximo esmero. Después se duchó, se acicaló y se puso una de sus mejores camisas. Antes de que dieran las nueve incluso le dio tiempo a encender unas cuantas velas que dispuso al azar por todo el salón. No es que quisiera crear un ambiente romántico, por supuesto que no: si en algo se caracterizaba Draco era en ser la completa antítesis del romanticismo; sin embargo, quería darle al apartamento, habitualmente frío e impersonal, un ambiente más acogedor, más… íntimo.

A las nueve y cuarto Granger aún no se había presentado, pero no quiso darle excesiva importancia: seguramente ella se había entretenido leyendo un libro o escogiendo su estilismo o lo que quiera que hiciese en su tiempo libre. Probablemente llegaría en cuestión de minutos.

A las diez, el hechizo calentador que había lanzado a la cena había comenzado a perder su efecto y no había rastro de Granger. Furioso consigo mismo, Draco apagó todas las velas con un movimiento de varita y se desplomó sobre el sofá. Ya no podía engañarse más a sí mismo: ella no iba a venir.

Se paseó por el salón durante un buen rato, dando vueltas como un león enjaulado, tratando de encontrar la mejor manera de proceder. Estaba claro que Granger quería deshacerse de él: todo había sido un error y ahora se arrepentía, pero la muy cobarde –«¡Vaya mierda de Gryffindor»– no era capaz de decírselo a la cara. ¡Ja! Pero Draco estaba harto, la situación había colmado el límite de su paciencia y él iba a ponerle remedio en aquel preciso instante.

Todo había sido una equivocación, la gilipollez ésa del vínculo era una soberana tontería: atracción física; enorme atracción física, de acuerdo, pero nada más. Su plan había estado destinado al fracaso desde el principio, era hora de que Draco pasara página y siguiera adelante. Su vida llevaba demasiado tiempo siendo dirigida por otros y no iba a permitir que ahora ese maldito celo fuera el que la gobernara. Granger había sido un buen polvo, el mejor de su vida si era sincero, pero nada más. Había cientos, miles de chicas en el mundo que podían ofrecerle lo mismo que ella, demasiadas como para que Draco se pusiera a lloriquear tras ella como un perrito abandonado. Sí, iba a terminar con aquel asunto de un vez por todas.

Se apareció directamente en el descansillo del apartamento de Granger, rogando para sus adentros para que la vecina chismosa no estuviera por los alrededores. Golpeó la puerta un par de veces, con furia, deseando exteriorizar de algún modo su frustración. Cuando por fin se abrió, al otro lado, Granger, mostraba un aspecto lamentable: estaba en pijama, despeinada y tenía los ojos rojos e hinchados de llorar. Draco se vio incapaz de pronunciar palabra; tal vez se hubiera equivocado de nuevo en sus suposiciones y ella había tenido un buen motivo para darle plantón. Sin embargo, ese pensamiento duró apenas un segundo, porque tan pronto como Granger se dio cuenta de que era Draco el que estaba llamando a su puerta a esas horas de la noche, se abalanzó sobre él, echándole los brazos al cuello y enterrando su cara, empapada de lágrimas, en el hueco de su cuello. Draco no estaba habituado abrazos: no podía recordar que nadie, más allá de su propia madre, lo hubiera abrazado en toda su vida –era un Malfoy, tenía una imagen, una reputación que mantener y aquel gesto era un indicio de debilidad que no se podía permitir–, así que su reacción inmediata fue tensarse ante el contacto inesperado. Ella no pareció darse cuenta: simplemente lo abrazó más fuerte y Draco, incómodo ante la escena que se estaba desarrollando en el pasillo, la condujo al interior del apartamento, cerrado con un pie la puerta tras él.

Fue entonces cuando Draco comenzó a preocuparse de verdad: sintió como se apoderaba de él un impulso protector. Si alguien le había hecho daño a Granger… Tomó su rostro entre las manos y sondeó sus ojos tratando de encontrar alguna pista de lo que había ocurrido.

–Granger, Granger ¡mírame! –las lágrimas corrían libremente por el rostro de la chica y Draco la giró la cabeza, frenético, buscando algún indicio de que estuviera herida–. ¿Qué ha ocurrido? ¿Alguien te ha hecho daño?

–No, estoy bien –se le escapó un nuevo sollozo–. Es Crookshanks. Todo pasó muy rápido: se escapó, lo hace muy a menudo, pero esta vez… un coche surgió de la nada y… no han podido hacer nada.

Draco dejó escapar el aliento que no sabía que estaba conteniendo: Granger estaba sana y salva, aunque seguía llorando en sus brazos.

–Sé que era sólo un gato pero… era mi familia. Desde que mis padres se fueron a Australia, sólo hemos estado él y yo y ahora…

Al escucharla, Draco sintió su pena: no le tenía ni el más mínimo aprecio al maldito animal, pero sabía reconocer que Granger estaba muy sola –Potter, Weasley y los demás tenían sus vidas, independientes de ella– y desde que sus padres habían perdido la memoria, aquel gato había sido su única compañía. Depositó un beso en su coronilla, aspirando el olor de su pelo. No estaba muy acostumbrado a consolar a la gente: no sabía muy bien cómo hacerlo ni cuáles eran las palabras más adecuadas en sus circunstancias, pero terminó por guiar a Granger hasta el sofá junto a él y se sentó, acunándola entre sus brazos, como si fuera una niña pequeña. Ella siguió llorando durante bastante tiempo, con el rostro enterrado en su hombro, empapándole el cuello de la camisa.

Al cabo de un buen rato, Granger alzó la cabeza y miró a Draco fijamente.

–Malfoy, yo… lo siento. Siento haberte dejado plantado –tenía una expresión auténticamente angustiada–. Con todo lo que ha pasado perdí la noción del tiempo y no recordé que habíamos quedado…

–Shhhh –él colocó un dedo sobre sus labios, impidiéndola continuar, luego delineó su labio inferior con el pulgar y las pupilas de Granger se dilataron en respuesta. Inesperadamente, ella rozó su dedo con la punta de la lengua y cuando comenzó a succionarlo, a Draco se le cortó la respiración y comenzó a darle vueltas la cabeza.

¡Joder! ¿de verdad hacía tan solo unas pocas horas había sido tan gilipollas como para plantearse romper con ella? Las manos de Granger vagaban por su pecho, jugueteando con los botones de su camisa y en el cerebro de Draco se disparó la alarma: ella estaba muy sensible y vulnerable en aquellos momentos, ¿hacerlo en esas condiciones no sería un modo de aprovecharse de ella? La sujetó un momento las muñecas, clavando su mirada, muy seria, en la de ella.

–Granger, no deberíamos –«Joder, ¡qué difícil es esto!»–. Has tenido un día muy duro, estarás cansada: probablemente esto no sea lo que realmente quieras y….

–Quiero que me hagas olvidar, quiero no sentirme sola. Por favor Draco…

De algún modo, durante su conversación, Granger se las había apañado para colocarse a horcajadas sobre él y Draco comprendió que ya había hecho uso de todo el autocontrol y la paciencia de los que disponía por aquella noche, así que emitió un suspiro, dejando caer la cabeza hacia atrás sobre el respaldo del sofá; colocó las manos sobre las caderas de Granger y simplemente, se dejó hacer.

Ella emprendió un camino de besos descendente por su mandíbula, su cuello y la porción de piel que quedaba al descubierto conforme le iba desabrochando la camisa. Draco sentía en llamas cada poro que Granger rozaba, sin embargo, cuando notó que sus manos revoloteaban sobre la hebilla de su cinturón, algo le impulsó a detenerla.

–¿Qué pasa ahora? –inquirió Granger, algo molesta.

–¿Qué va a pasar mañana? –Draco hizo una pausa para reformular su pregunta– ¿Qué esperas que pase mañana?

–¿Cómo? –de la expresión confusa de Granger se podía deducir que no tenía ni idea de a qué se refería.

–¿Se supone que mañana debo desaparecer? ¿que una vez que follemos debo hacer como tú, Granger, huir en plena noche como un ladrón?

–¿No es así como debe ser? No tengo mucha experiencia en estos casos, pero ¿no era de eso de lo que se trataba el acuerdo, sexo y nada más? ¿No es eso lo que haces con las demás chicas con las que te acuestas?

–Ni se te ocurra compararte con ellas. No lo intentes siquiera –la voz de Draco adquirió un matiz oscuro, peligroso.

–¿Por qué? ¿Porque no soy tan despampanante como tus amiguitas?

Merlín ¿en qué momento había abierto su gran bocaza?

–Para empezar, Granger, porque con ninguna de ellas he pactado nunca exclusividad, jamás. Tú eres la primera. Y ya que lo preguntas, tampoco he cocinado para ninguna de ellas. Han sido algunos polvos casuales y ya está.

Draco se cuestionó mentalmente si tal vez no estaría revelando demasiado, si quizás estaba descubriendo sus cartas demasiado pronto, pero Granger parecía ajena a su agitación, perdida en sus propios pensamientos.

–¿Así que todo esto se reduce a que quieres quedarte a dormir conmigo? –inquirió al fin, mordiéndose el labio en actitud pensativa.

Draco se encogió de hombros.

–Fue agradable la última vez, al menos para mí. Supongo que para ti no lo sería porque estabas enferma y todo eso. Pero no quiero ser un estorbo –se apresuró a aclarar–, no quiero que te sientas obligada a decir que sí y mañana te sientas incómoda al encontrarme aquí y…

–¡No! No, yo… simplemente no habría sabido cómo actuar, pero ahora lo hemos hablado y por mí está bien. Quiero decir, para mí también fue agradable dormir contigo y mañana si te apetece podemos desayunar juntos y…

No pudo seguir hablando porque Draco se inclinó para besarla, cubriendo su boca y callando cualquier otra explicación. Granger se entregó al beso, disipadas las ultimas discrepancias entre ellos. Estuvieron así un buen rato, besándose, acariciándose, disfrutando el momento.

Joder, ¡cuánto había echado de menos aquello!

A Draco se le escapó un siseo cuando sintió los dedos de Granger deslizándose por los músculos de su abdomen.

–Granger… –musitó– te deseo… ni te imaginas cuánto.

Ella se levantó de su regazo, le tomó de la mano y le arrastró hasta el dormitorio, sin dejar de besarle. Draco se dejó llevar. Una vez en la habitación, no perdió demasiado tiempo en quitarle la parte de arriba del pijama y, para su inmenso placer, descubrió que no llevaba ropa interior debajo. Granger, a su vez, se empeñó en quitarle la camisa y Draco hizo un esfuerzo para no pararla, para no apartarse de ella. Al fin y al cabo, la habitación estaba a oscuras, ella no tenía por qué ver la Marca y las caricias en su pecho, en su espalda, las uñas de Granger clavándose en su piel se sentían demasiado bien como para renunciar a ellas.

Follaron despacio, recreándose en el momento, disfrutándose mutuamente. Terminaron prácticamente al mismo tiempo, jadeantes. Draco se permitió unos segundos para recuperar el aliento; luego, acogió a Granger entre sus brazos, con su espalda encajada sobre su pecho y una vez más, volvió a dormirse inhalando el olor de su pelo.


Draco despertó cuando sintió a Granger removerse contra él. Uno de sus brazos rodeaba la cintura de ella, con su mano reposando sobre uno de sus pechos.

–Estate quieta –refunfuñó, aún adormilado, y apretó aún más su abrazo.

–Son las nueve de la mañana –declaró Granger– deberíamos levantarnos.

–Mmmmm –ronroneó contra su cuello–. Es ilegal levantarse un sábado antes de las diez, ¿no lo sabías, Granger?

–De acuerdo, pero sólo un ratito más, Malfoy.

Draco estiró un poco la colcha, arropándolos a ambos. Después, esbozó una sonrisita de satisfacción y bostezó audiblemente.

Cuando volvió a despertarse, se encontró la cama vacía, pero se negó a dejarse llevar por el pánico: Granger podía tener un buen motivo para dejarlo solo. Entonces percibió el aroma a café recién hecho y tortitas. Estiró perezosamente sus músculos y recogió su ropa, desperdigada por toda la habitación. Se puso los pantalones y la camisa, sin llegar a abrocharla y acudió al encuentro de Granger.

Ella estaba en la cocina, de espaldas a él, ocupada en dar la vuelta a los tortitas en la sartén. Draco se deslizó silenciosamente tras ella y la abrazó por la cintura. Cuando notó su presencia, Granger dio un respingo, pero no se apartó.

–¡Malfoy! ¡No te he escuchado llegar! ¡Me has dado un susto de muerte! –Draco le acarició el cuello con la nariz y ella ladeó la cabeza para permitirle un mejor acceso–. Mmmmm espero que te gusten las tortitas, no suelo dormir muchas horas y quería dejarte descansar.

Draco apartó la sartén del fuego e instó a Granger a darse la vuelta, situándola frente a él. Le acarició los labios con los suyos, tentativamente; cuando ella se puso de puntillas, se atrevió a profundizar el beso. Granger gimió y él la alzó y la sentó sobre la encimera, colocándose en el hueco entre sus piernas. Era imposible que ella no notara su erección contra su muslo; sin embargo, lejos de molestarla, pareció enardecerla aún más porque comenzó a acariciarle el abdomen y los pectorales, hasta rodearle el cuello con las manos, jugueteando con los mechones de su nuca.

Joder ¿qué hay que hacer para que todos los despertares sean así?

El hilo de pensamientos de Draco se cortó abruptamente cuando Granger interrumpió el beso con una risita y le detuvo colocándole una mano en el pecho.

–Tenemos que parar, Malfoy o se enfriará las tortitas.

–Podemos lanzarle un hechizo calentador más tarde, Granger.

–No sabrán igual.

Draco unió la frente a la de ella, emitió un suspiro y lanzó una mirada de circunstancias a su miembro erecto bajo el pantalón.

–Lo que hay aquí abajo no se enfriará tan fácilmente.

Ella lanzó un bufido exasperado, bajo de un saltito de la encimera y lo empujó levemente para poder abrirse paso, Draco obedeció y Granger le robó un beso rápido en los labios.

–Vamos, no te quedes ahí parado y ayúdame a poner la mesa.

Afortunadamente, tenía ya una vaga idea de dónde se guardaban las cosas en la cocina de Granger; sacó la varita del bolsillo de su pantalón e hizo que los platos y los cubiertos levitaran hasta la mesa antes de sentarse. Ella sirvió las tortitas y tomó asiento frente a él. Con el primer bocado, Draco dejó escapar un gemido de placer: ella llevaba razón, las tortitas estaban infinitamente más deliciosas recién hechas. Comieron en un silencio tranquilo y confortable, Granger parecía de mejor ánimo que la noche anterior y Draco trató de encontrar algo inteligente que decir, gracias a Merlín, ella le ahorró el esfuerzo.

–Me alegro que hayamos hablado, Malfoy. Estoy muy contenta de que hayamos podido arreglarlo todo.

A él no se le ocurría añadir nada más –también estaba terriblemente feliz de haberlo arreglado todo–, así que se limitó a alargar la mano por encima de la mesa y entrelazar sus dedos con los de Granger.

–Sobre lo que pasó el último fin de semana…

–Ssssh, eso ya pasó, Granger –le acarició un nudillo con el pulgar–. No volvamos a eso ahora.

–¡Pero yo quiero contártelo! Fue todo un malentendido: de verdad que pensaba quedarme en casa, pero entonces llegó Ginny, me invitó a salir y no pude negarme –explicó Granger atropelladamente–. ¡Y luego nos encontramos a Blaise y Theo en la tienda de telas y ellos nos invitaron a tomar algo! ¡De verdad que nada fue planeado! ¡En ningún momento pretendí engañarte!

–Está bien, Granger, te creo –Draco no mentía, la explicación había sonado demasiado a Granger como para que fuera mentira–. ¿Cuáles son los planes para hoy?

–¿Cómo?

–¿Que a qué piensas dedicar el sábado?

–Pues tengo unos cuantos memos pendientes de redactar y luego hay un libro que quiero leer y…

–¿Estás de broma Granger? ¿Cuándo has visto un sábado con tanto sol en marzo? –Draco señaló la ventana con la cabeza–. ¿De verdad piensas pasarlo aquí con la nariz enterrada en libros?

–¿Y qué propones?

Draco se permitió un momento para pensar hasta que por fin replicó:

–Perdámonos por la ciudad. Vamos donde tú quieras, donde te apetezca: al mundo muggle o donde sea.

Granger torció la nariz un momento, sopesando sus opciones y después, una lenta sonrisa se dibujó en su cara.

–Cuando era pequeña, antes de saber que era una bruja, los sábados que hacía buen tiempo, mi padre solía llevarme a Hyde Park para dar de comer a los patos del Serpentine. Puede parecer una tontería, pero me encantaban eso momentos, era una especie de ritual entre nosotros.

A Draco le parecía ciertamente una estupidez pasar el día libre alimentando patos, pero si era lo que hacía falta para que Granger sonriera de esa manera, bien podría hacer un sacrificio.

–Necesito unos minutos para volver a casa, darme una ducha y cambiarme de ropa y nos vemos aquí ¿de acuerdo?

–Tú… ¿estás dispuesto a acompañarme a dar de comer a los patos? –Granger lucía realmente sorprendida.

–Cualquier alternativa es mejor que pasar el sábado leyendo informes –Draco se encogió de hombros y se levantó de la silla en un fluido movimiento–. En quince minutos estoy aquí de nuevo. Dspero que tengas pan de sobra.

Convocó sus zapatos y su chaqueta a través de un accio, se colocó la camisa y tan pronto como estuvo vestido, se desapareció, no sin antes lanzarle un guiño travieso a Granger, que se ruborizó un poco ante su gesto.


Draco tenía que reconocer que el parque era bonito. Recordaba haber estado allí de pequeño un par de veces, cuando su madre lo llevaba a escondidas para que lo viera la tía Andrómeda, antes de que su relación con Narcissa se rompiera definitivamente y perdieran el contacto por completo. Granger y él paseaban por un camino de gravilla, flanqueado por frondosos árboles que desembocaba en un lago de forma alargada: el Serpentine.

Granger apresuró el paso; de su bolso de capacidad mágicamente ampliada extrajo gran cantidad de pan duro y al instante, los patos se arremolinaron a su alrededor, picoteando furiosamente. Draco pensó que era una actividad bastante estúpida para desperdiciar un día de su fin de semana, pero cambió de opinión cuando vio el rostro de Granger, radiante de ilusión. Estuvo un buen rato apoyado en un bordillo, contemplando divertido a la chica rodeada de aves.

Cuando por fin acabó con sus reservas de pan, Granger caminó hacia Draco sonriente, con el pelo revuelto y las mejillas arreboladas. Estaba preciosa.

–Bueno, pues yo ya he terminado por aquí, Malfoy. Ahora es tu turno de decidir qué quieres hacer.

Follarte hasta que te quedes afónica de gritar mi nombre.

Draco se encogió de hombros y metió las manos en sus bolsillos, en un intento de reprimir las ganas de caminar con ella abrazada a su costado.

–¿Quieres venir a mi casa? Tenemos una cena pendiente, pero podemos canjearla por una comida. Espero que te guste el risotto.

–El risotto estará perfecto –la sonrisa de Granger se hizo aún más amplia– ¿vamos dando un paseo?

Por toda respuesta, Draco echó a andar por delante y Granger enseguida se puso a su lado, tratando de ajustar el paso a sus largas zancadas. Luego todo sucedió muy rápido: por el rabillo del ojo, Draco vio como algo se aproximaba a Granger, a la velocidad de un relámpago: unas milésimas de segundo más y la arrollaría.

«Protégela. Protege a tu compañera».

El mensaje resonó en la mente de Draco como una orden muda. Fue visto y no visto, con un movimiento rápido, se abalanzó sobre Granger, apartándola de la trayectoria del objeto y lanzándola sobre un parterre cercano. Draco se tumbó sobre ella entre las flores, cubriéndola con su propio cuerpo. Ella lo miró boquiabierta, sentía latir su corazón enloquecido.

–Malfoy… ¿qué haces?

–Salvarte ¡ese loco ha estado a punto de atropellarte con ese artefacto infernal!

–¡Era una bicicleta, no un autobús! ¡Me has dado un susto de muerte!

¿Pero qué le pasaba a esa chica? ¡Acababa de salvarla y ella encima se enfadaba! Para colmo de males, la postura no ayudaba en lo más mínimo a Draco, que sentía cómo su erección comenzaba a cobrar vida contra el vientre de Granger. Ella también lo notó, porque se mordió el labio y movió un poco la pierna, buscando más fricción, al tiempo que lo miraba con expresión traviesa. Draco inclinó la cabeza y la besó. Granger respondió con ganas, entreabrió la boca y permitió la entrada a su lengua, que al instante se puso a juguetear con la suya. Cuando la situación se volvió excesivamente acalorada, Draco se obligó a separarse de su cuerpo con un jadeo frustrado –al fin y al cabo, se hallaban en un parque público y dudaba que Granger tuviera esa clase de fetiche–. Ella no presentaba mucho mejor aspecto: estaba muy sonrojada y por su sien resbalaba una gota de sudor.

–¿Quieres que nos aparezcamos directamente en el ático? –preguntó Draco, al tiempo que se levantaba y se sacudía los restos de hojas y hierba de su, por lo demás, impoluto traje.

–V-vale –Granger se puso en pie, algo vacilante. Draco comprobó complacido que parecía tan afectada como él mismo por el reciente impulso pasional. Mejor así: detestaba la sensación de sentirse como un animal babeando en su presencia. –Será mejor que busquemos un sitio más resguardado. Aquí podrían vernos.

A él le importaba un pimiento que alguien pudiera verlos; lo único que quería era llegar cuanto antes a su casa para tener a Granger desnuda ante a él y practicar con ella todas las fantasías con las que llevaba soñando desde que había abierto los ojos aquella mañana. Ajena a sus pensamientos, Granger lo tomó de la mano y lo condujo hacia un kiosco abandonado tras unos arbolillos.

–Bien, creo que aquí estamos a salvo de miradas indiscretas. Cuando estés listo, Malfoy.

Él la rodeó la cintura con los brazos, apoyó la barbilla en su cabeza y cerrando los ojos, los desapareció a ambos.


N/A: Hasta aquí por hoy, ¿opiniones, críticas, sugerencias?

Me encanta saber qué os parece el rumbo de la historia.

¡Buen Finde!