¡Hola a todos! ¿Qué tal os va? Hoy me dejo caer por aquí con la promesa de aportar más capítulos de forma no tan esporádica (aunque, recordemos, no vendrán con calendario fijado).
Intento de reencuentro sucede, cronológicamente, antes del inicio de la historia de Code Frontier, pero debes haber leído hasta el capítulo 124 para evitar los spoilers.
CONTEXTO
Antes de que los renacidos Guardianes pusieran un pie en el Digimundo por primera vez para enfrentar a Xana-Lucemon, Alphamon ya recorría esas tierras intentando ayudar en todo lo posible a frenar el avance de ese virus, acompañado en bastantes ocasiones debido a la presencia de Alex.
Casualidades de la vida hacen que una de sus misiones le traiga una gran noticia por la que un nuevo objetivo aparecería en su mente por encima de la idea de proteger el mundo que su creación estaba amenazando.
Alphamon cubrió al niño con su capa de la humareda de polvo que se había alzado. No era nada grave, ni preocupante, pero había dado su palabra a la madre del crío de que no le ocurriría nada y así lo iba a hacer.
—En serio, papá, es sólo arena —protestó.
—Nunca se sabe qué oculta la arena, Alex —negó.
—¡Yo estoy aquí para ayudar a Alex de lo que sea! —saltó Coronamon.
—Y yo no sé para qué estoy aquí si tú estás aquí —señaló Minervamon —. En serio, el niño está bien, lo estoy cuidando tal y como me dijiste que hiciese. Deja de torturarme con tu presencia o me chivaré a Anthea.
—No puedo evitar preocuparme, Minerva —negó —. Alex es...
—Tu pequeño, al que no has podido ver crecer, el que te tiene totalmente atontado —fue numerando —. Haznos un favor a todos los mons puros del mundo y deja de repetirnos la misma excusa una y otra vez. Mira, ya llegamos al refugio de Baronmon.
—¿Por qué hemos vuelto aquí? —preguntó Alex.
—Nuestra misión es asegurarnos que todos los digimons llegan a refugio y, al mismo tiempo, que están bien protegidos en esos lugares —explicó Alphamon.
—El refugio de Baronmon es como una fortaleza. Lo que ves no es lo que es —rodó los ojos Minervamon —. Para acceder al refugio, Baronmon te lo ha de abrir. A la fuerza, jamás entrarás.
—XANA es un virus. Puede colarse por cualquier sitio —negó Alphamon.
Dos minutos después, Baronmon apareció ante ellos y les indicó que le siguieran hasta una entrada oculta que se cerró a su espalda. Alex miró hacia atrás, sorprendido y con la curiosidad de un crío. Aunque llevaba un tiempo allí, en el Digimundo, aún habían cosas que llamaban poderosamente la atención.
—¿Cómo está todo? —preguntó Alphamon.
—El Digimundo está siendo cada vez más y más contaminado —negó el digimon alzando una mano. Una pared se onduló y dejó ver una imagen del exterior, de un lugar lejano —. Ese virus no deja de atrapar en su red a todo el que no puede escapar y se alimenta de sus datos.
—¿Sabes por qué? —quiso saber Minervamon.
—Desconozco sus intenciones —dijo haciendo que las imágenes cambiaran —. Cada vez que intento indagar más, o que alguno de los visionarios que se refugian aquí lo intentan, todo se nubla y no alcanzamos a ver nada.
—Tendré que ir y verlo con mis propios ojos —dijo Alphamon.
—¡No! —exclamó Alex —. ¿Y si te atrapa?
—Soy más fuerte de lo que se imagina —aseguró apoyando una mano en su hombro.
—A demás, hay algo que desearía pedirle, Alphamon —se adelantó Baronmon.
—¿El qué?
Con un gesto, el digimon le pidió que le siguiese. Alphamon apartó su capa y avanzó, quedando Alex, Coronamon y Minervamon atrás, repentinamente asaltados por una serie de digimons pequeños que se les acercó para saludarles y hacerles miles de preguntas.
—¿Qué ocurre, Baronmon?
—Necesito que acompañes a una digimon al castillo del gran ángel Seraphimon.
—¿Por qué?
—Ella es una de las claves para liberar este mundo de su oscuridad —respondió haciendo desaparecer una pared y revelando una habitación.
La digimon que se encontraba allí saltó de la silla, sobresaltada, aunque tardó poco en relajarse al reconocer a Baronmon. Con una tímida sonrisa, se acercó y saludó con una educación exquisita.
—Lunamon, él es Alphamon. Él te llevará allá donde tus sueños te mostraron.
—Gracias, Baronmon —asintió —. Espero no ser una molestia, señor Alphamon.
—Tranquila, estoy seguro que no lo serás.
—Es conveniente que salgas ya —indicó Baronmon —. Sé que vuestra llegada aquí ha sido para descansar, pero ella debe reunirse con los tres grandes ángeles lo antes posible.
—Entiendo —asintió extendiendo una mano a la pequeña digimon —. ¿Estás lista?
—¡Sí! —aceptó.
Cuando Alphamon regresó por el pasillo, sólo encontró a Minervamon. Con Baronmon apremiando a su espalda, le dio una orden a la menuda digimon y salió, cargando en brazos a Lunamon.
En poco tiempo, Alphamon atravesó el Digimundo entero hasta el castillo de Seraphimon. Allí, Socerymon le recibió, encargándose de Lunamon mientras él iba a habla con el gran ángel.
—Siéntate, por favor —indicó el ángel cuando, al entrar, se topó con los tres.
—¿Ocurre algo? —quiso saber el digimon negro.
—Hay algo que debes saber, Hopper —dijo Kerypmon.
Las alarmas saltaron en la mente del digimon. Casi al instante, los datos lo rodearon y dejaron al hombre adulto de pie, con un Dorumon preocupado al lado.
—¿Ha pasado algo en...?
—No —negó rápidamente Seraphimon —. Tu hijo está bien, a salvo, en el refugio en el que le has dejado.
—¿Entonces?
—Se trata de tu hija —dijo Ophanimon. Hopper no pudo evitar caminar hacia ella —. Hemos recibido una información que debes conocer tú también.
—¿Qué pasa con Aelita? ¿Está bien?
—Sí, sí, está perfectamente —asintió Seraphimon —. Es una niña feliz. O, al menos, todo lo feliz que puede ser una chica sin padres —ante aquella frase, Hopper se mordió la parte interior de las mejillas.
—Entonces, ¿qué?
—Los Guardianes han despertado —dijo Kerypmon.
—¿Los Guardianes?
Con calma, Seraphimon le explicó todo lo necesario sobre ese grupo. Hopper entendió rápidamente lo que quería decir, no dudando ni un segundo que aquello eran buenas noticias, pero...
—¿Qué tiene que ver Aelita con esto? —preguntó.
—Verás, ella ha resultado ser una de ellos —dijo Ophanimon.
—¿Cómo es posible? —preguntó sintiendo un balde de agua helada encima.
—Ni nosotros lo sabemos —dijo Kerpymon —. Ya hemos mandado a algunos digimons que conocemos que busquen toda la información posible.
—¿Y de quién se trata? —preguntó — ¿Qué Guardián es mi hija?
—Dianamon, una digimon lunar. Ahora mismo, debería estar llegando la parte de esa digimon que permaneció en este mundo, una digimon llamada Lunamon.
Los ojos de Hopper hablaron por sí mismos. Los tres ángeles observaron en la misma dirección que él, entendiendo que él ya debía haber visto a esa digimon.
—Esto es muy importante, Hopper —llamó su atención Seraphimon —. No puedes decirle nada ni a esa digimon ni a tu hija.
—¿Por qué?
—Para proteger sus mentes —explicó —. Demasiada información podría hacer que se negaran a actuar, o que temieran por algo.
—Entiendo... —dijo —. A cambio, quiero pediros algo.
—Lo que sea —aceptó el ángel.
—Si mi hija va a venir a este mundo, quiero que conozca a su hermano Alex —dijo —. Quizás mi hijo no es el ser más poderoso de este mundo, pero lleva bastante tiempo peleando junto a Coronamon, ha avanzado muchísimo. Quiero que estén juntos.
Los tres ángeles se miraron en silencio, sopesando la petición. Para Hopper, aunque sólo fueron unos segundos, pareció una eternidad.
—Está bien —dijo Kerpymon —. No veo por qué no podéis encontraros con ella —dijo.
—Me gustaría... Que vosotros no dijerais nada —dijo.
—¿A qué te refieres? —preguntó el conejo.
—Quiero ser yo quien le dé la noticia a Aelita —explicó —. Mi hija cree que estoy muerto, por lo que, cuando nos veamos, vamos a tener que hablar. Y quiero hacerlo yo mismo.
—Lo entendemos —asintió Ophanimon.
—Entonces, si no hay nada más que decir, me gustaría poder ir ahora mismo en busca de Alex y Coro. Vendrán aquí, ¿no?
—Sí —asintió la dama angelical —. Aunque la vía que comunica el Digimundo con la Tierra se encuentra en la Estación del Fuego, les haremos venir aquí en cuanto estén todos en este mundo.
—Entonces, aquí vendremos mi hijo y yo.
—Ten cuidado —pidió Kerpymon.
—Más que nunca —aseguró alzando un dispositivo digital —. Vamos, Dorumon.
Digievolucionando de nuevo en Alphamon, el digimon abandonó a la carrera el lugar. La alegría por volver a ver a su hija, después de tanto tiempo, y la idea de que ambos hermanos podrían conocerse le hacían ver una luz en mitad de la oscuridad que había creado XANA sobre sus hombros por tanto tiempo.
Antes de abandonar el castillo, se permitió acercarse al salón donde Socerymon había llevado a Lunamon. La digimon hablaba tranquilamente con otra digimon, una Floramon. Ambas parecían animadas y entretenidas aunque se notaba que estaban algo intranquilas por haber sido llevadas allí. Aunque no le gustaba juzgar a nadie, el digimon negro observó atentamente a la conejita digital, estudiándola atentamente. Sin lugar a dudas, aquella dulce criatura sería una gran amiga para su hija y de seguro también se llevaría bien con Alex y Coronamon. Con energías renovadas, Alphamon se despidió del digimon brujo y echó a correr hacia el refugio de Baronmon.
Poco imaginaba él que, tras alcanzar el refugio, una avalancha de digimons pidiendo ayuda le retrasarían en su intención de regresar al castillo. Poco imaginaba que la ilusión que logró contagiar a Alex se convertiría en terror nada más alcanzar su destino. Poco imaginaba que su reencuentro con Aelita aún tardaría en producirse. Y para nada imaginaba que Alex caería en las garras de Xana-Lucemon.
