Capítulo 16: Navidad, mágica e imprevisible navidad (Parte 1)

Lily Evans

La vuelta a casa durante las vacaciones de Navidad era un momento agridulce para Lily Evans. Si bien, como de costumbre llegadas tan señaladas fechas, se moría de ganas por volver, hacía ya varios años que se sentía como una extraña entre las paredes de aquella bonita casa, situada en la ciudad de Cokeworth, a la que años atrás había llamado hogar.

Estaría mintiendo si dijera que durante su estancia en Hogwarts no había echado ni un poco de menos a sus padres, o incluso, aunque resultara difícil de creer, a su hermana Petunia. Esto último, claro está, no lo reconocería ni aunque la obligaran a bañarse en un caldero de veritaserum.

Pero, a decir verdad, con el paso del tiempo cada vez fue más y más consciente de que ese, hacía tiempo que había dejado de ser su mundo.

Cada vez que ese pensamiento cruzaba por su mente, sentía una punzada en el corazón. Se había convertido en una extraña en su propia casa, un bicho raro que no encajaba en esa familia perfecta, paradigma de lo normal, que habitaba en aquel barrio de clase media de Reino Unido.

-Lily, cariño, ¡cómo has crecido!, ¡estás preciosa! - exclamó la madre de la gryffindor a modo de saludo estrechándola con cariño entre sus brazos.

La pelirroja soltó las maletas de golpe para corresponder el abrazo de su madre. Había echado de menos esos abrazos interminables con los que solía obsequiarla, por lo que no tuvo prisa en separarse de ella. Podía sentir su calidez, su tacto suave y el característico olor a jazmín de su perfume.

La señora Evans acarició el cabello rojizo de la muchacha con ternura antes de separarse de ella, tras lo cual ambas se dirigieron hacia la cocina.

Lily observó por primera vez después de varios meses a su madre. Parecía que el tiempo no hacía mella en ella, estaba tal y como la dejó el día que se despidió de ella para ir a la estación de Kings Cross e iniciar su quinto año en Hogwarts.

La señora Evans era la prueba de que la sencillez en ocasiones, puede ser increíblemente elegante. Era una mujer delgada, de estatura media, cabello color castaño chocolate y sonrisa amable permanentemente dibujada en el rostro. Llevaba el pelo recogido en un moño perfectamente peinado a juego con un recatado vestido de color verde agua y sobre él un bonito delantal bordado color hueso.

Tanto el delantal como el delicioso aroma proveniente de la cocina anunciaban a gritos que como era costumbre, su madre estaba preparando su plato favorito para celebrar su regreso a casa, lo cual hizo rugir con fuerza el estómago de la muchacha que tras el largo trayecto desde la escuela estaba casi famélica .

-¿Y papá? - preguntó entonces la pelirroja dejándose caer agotada sobre una de las sillas de la cocina.

Su madre que, para ese momento había vuelto a donde se encontraban los fogones y removía una humeante olla de latón, se dio la vuelta para contestar a su pregunta.

-Tiene que estar al caer, fue a buscar a Tunney a la escuela para que podamos comer todos juntos hoy- informó emocionada haciendo palpable la felicidad que emanaba cada una de sus palabras.

Y casi como si de una predicción se tratara, a los pocos segundos ambas pudieron escuchar el crujido de la puerta al abrirse.

Lily se levantó de golpe de la mesa y corrió hacia su padre al verlo aparecer en el umbral de la puerta de la cocina para, a continuación, abrazarlo con fuerza tratando de contener las lágrimas que amenazaban por salir de sus ojos.

La relación de la muchacha con su padre siempre había sido especial, él siempre la había animado, escuchado y comprendido, especialmente desde la llegada de la carta de Hogwarts. Quería a su madre con todo su corazón, pero para ella su padre era su ejemplo a seguir, el tipo de persona que aspiraba a convertirse algún día.

El señor Evans era bondadoso, humilde, trabajador, cariñoso e increíblemente inteligente. A menudo se preguntaba a quién diablos habría salido su hermana Petunia, teniendo en cuenta que sus padres eran ambos personas excepcionales.

Tras separarse de él pudo ver como su hermana entraba de igual forma en la cocina, acompañada por un muchacho regordete vestido con un chaleco de punto y pantalones color caqui.

Su hermana era físicamente parecida a su madre, con la diferencia de que la superaba en altura por unos 5 centímetros aproximadamente. Petunia era muy delgada y poseía un cuello inusualmente largo. Su cabello castaño caía en cascada sobre sus hombros recogido con una bonita diadema, a juego con el conjunto de dos piezas que había elegido llevar ese día.

A decir verdad era diametralmente opuesta a Lily, casi costaba creer que fueran hermanas. Tan solo con la ropa que llevaba Petunia ese día probablemente se podrían comprar todas las pertenencias de la Gryffindor. Sin embargo, la pelirroja no envidiaba la forma de vida de su hermana ni mucho menos, lo que no era óbice para que la molestara enormemente la cantidad ingente de dinero que debían invertir sus padres en Petunia como consecuencia de su egoísmo y de sus habituales rabietas

Petunia se acercó con una sonrisa falsa dibujada en el rostro y envolvió con sus brazos a Lily, evitando a toda costa siquiera rozarla por miedo a que las rarezas de la pelirroja fueran de alguna forma contagiosas.

-Ni se te ocurra mencionar ni una sola palabra del internado de niños raros en el que vives delante de Vernon - amenazó entre dientes la castaña cerca del oído de la muchacha para que únicamente ella pudiera escucharla.

Lily la miró con incredulidad antes de dirigir su mirada al novio de su prima, Vernon Dursley. Quizás la relación con ella influyera en la nula simpatía que le despertaba el muchacho pero, la verdad era que no podía ni verlo. Dursley era a lo que siempre había aspirado su hermana Petunia, un chico serio, formal, predecible, algo juicioso e increíblemente normal. Sin sorpresas, sin rareza alguna.

Intuía que su hermana no le había hablado precisamente bien de ella y por ello, sus encuentros desde que Petunia había presentado al muchacho a sus padres y a Lily habían sido incómodos y distantes. Vernon ni siquiera se dignaba a darle la mano, simplemente acostumbraba a saludarla con un gesto de cabeza.

Petunia se separó con una rapidez casi pasmosa de Lily y tomó de la mano a Vernon para, a continuación, sentarse juntos en la mesa mientras Lily y su padre se encargaban de poner la mesa y su madre terminaba de preparar la comida.

Iban a ser unas navidades muy largas, de eso no tenía la menor duda.


Sirius Black

Para Sirius la vuelta a casa nunca había sido motivo de celebración precisamente. Hogwarts era una evasión de la realidad que para su desgracia le había tocado vivir. A menudo se torturaba pensando en qué habría sucedido si no hubiera sido un Black, muy probablemente su vida sería mejor y más fácil, quizás incluso tendría unos padres que le quisieran y para los que fuera algo más que un mero instrumento con el que llevar a cabo sus meticulosamente planeados objetivos.

La familia Black era sinónimo de disciplina y normas, millones de normas absurdas que le habían obligado a aprender a la fuerza a base de los castigos más crueles y creativos. A veces dudaba siquiera de que a eso se le pudiera llamar familia.

-Son las ocho y un minuto, si vuelves a bajar a cenar a deshora mejor no te molestes en hacerlo - señaló Orion Black sin despegar la mirada ni un ápice de su plato al notar la presencia de Sirius en la estancia.

Para ser sinceros le importaban bastante poco las normas e imposiciones absurdas de sus padres e incluso disfrutaba llevándoles la contraria, tensando la cuerda con la esperanza de que tarde o temprano acabara por romperse.

Tanto Orion como Walburga se encontraban sentados alrededor de la gran mesa de madera de roble del comedor junto a su hermano Regulus. La citada mesa era tan grande que parecía que ni tan siquiera compartían el mismo espacio. No se sentía en absoluto esa calidez que se suponía debía reinar en el ambiente durante las festividades navideñas, en especial si tus hijos llevan varios meses estudiando fuera de casa. Pero eso no suponía sorpresa alguna para el moreno, siempre había sido así y había asumido que siempre lo sería. Al menos hasta que tuviera la oportunidad de marcharse de esa maldita casa.

-Perdona padre, no volverá a suceder- se disculpó en respuesta sin dejar entrever emoción alguna en el tono de voz, mientras tomaba asiento junto a su hermano Regulus.

-¿Qué tal los exámenes, Regulus? - preguntó entonces su madre ignorando por completo la presencia del muchacho.

- Muy bien a decir verdad, obtuve excelente en todas las asignaturas - pronunció satisfecho aunque algo tímido su hermano.

-Oh eso es maravilloso, es evidente que en la casa Slytherin incentivan a los alumnos a ser excepcionales en todos los ámbitos y a potenciar las dotes innatas que confiere la pureza de la sangre -soltó en respuesta su madre como si de un dardo envenenado se tratara, mirando hacia Sirius con una sonrisa impostada dibujada en el rostro.

-Igual sus notas, más que con Slytherin o con la inmaculada pureza de su sangre, tienen que ver con que Regulus se pasa las horas libres en la biblioteca estudiando sin parar para obtener esas calificaciones- soltó entonces Sirius algo enfadado sin pretender en ningún momento ofender a su hermano menor.

La relación entre ambos había sido siempre buena, aunque habitualmente no tuvieran mucho contacto en el colegio al pertenecer a casas diferentes, ambos se querían y apoyaban, aunque fuera a espaldas de sus padres. No obstante, había algo que a Sirius le molestaba sobremanera de Regulus y era que el muchacho era simplemente perfecto para compensar los dolores de cabeza que le proporcionaba el merodeador a sus padres.

Sacaba las mejores calificaciones, era educado, complaciente y nunca contradecía las palabras de sus progenitores. Si realmente fuera así por gusto a Sirius no le habría importado, pero aunque su hermano no lo manifestara con palabras, era más que evidente que la presión que ejercían sus padres sobre él, para compensar la decepción que había resultado ser Sirius, le había convertido en un joven tremendamente infeliz.

-En ningún momento hemos pedido tu opinión al respecto, querido, quizás deberías plantearte invertir más tiempo en parecerte un poco a Regulus, de ser así quizás dejarías de ser tan mediocre y ensuciar con tus actos el buen nombre de nuestra familia -escupió la severa mujer mirando con rabia a su primogénito.

-Es suficiente - zanjó entonces Orion Black cansado de que todas las comidas con sus hijos se convirtieran en una batalla dialéctica entre Sirius y su mujer mientras él y Regulus permanecían en silencio.

-Igual si dejaras de ser tan obtusa, te darías cuenta de que tus absurdas creencias ya no le importan a nadie, que todo el mundo evoluciona mientras vosotros os habéis quedado estancados en vuestra estúpida cruzada - gritó Sirius en respuesta ignorando las palabras de su padre.

-A tu habitación - ordenó entonces con severidad su padre levantándose con ímpetu de la mesa y señalando la puerta.

Sirius despegó su mirada de la de su madre, puso los ojos en blanco y se marchó cerrando de un portazo la puerta del comedor.

Tampoco le importaba en exceso perderse esa apasionante reunión familiar, había perdido por completo el apetito desde que se había sentado en la mesa. No obstante, no pensaba obedecer a sus padres ni aguantarles un segundo más, por lo que preparó rápidamente una bolsa con lo indispensable y subió en su moto para alejarse tanto como le fuera posible del número 12 de Grimmauld Place.


Alison Potter

Hacía ya unos días que había vuelto a casa para celebrar las fiestas de Navidad y aunque habitualmente el ambiente no era lo que se podía concebir como normal, Alison lo notó especialmente enrarecido.

Sus padres eran como tantas otras parejas de magos sangre limpia que habían terminado prisioneros de un matrimonio sin amor arreglado por sus padres, por lo que la muchacha nunca experimentó lo que se siente al formar parte de una familia en la que se respira amor pues, sus padres no solo no se amaban, sino que además tampoco habían sido nunca especialmente cariñosos con ella, por lo que jamás sintió la lujosa mansión en la que vivían como su hogar.

Esa era la razón por la que había pasado tantos y tantos veranos en casa de sus tíos, Euphemia y Fleamont , los padres de James. Ellos sí habían tenido la oportunidad de casarse por amor, pero eran un rara avis, y más aún si tenemos en cuenta la época en la que contrajeron matrimonio.

Dos magos de sangre limpia entre los que había nacido una relación de amor verdadero y cuyos padres aprobaban el enlace, era algo del todo insólito y para nada habitual. Y en consecuencia, el hogar de James había sido algo que Alison había envidiado durante muchos años, e incluso le había hecho desear en numerosas ocasiones que sus tíos la adoptaran para así, poder vivir allí siempre.

Por suerte, en pocos años las cosas habían cambiado mucho y cada vez había más familias de magos que aceptaban e incluso esperaban que sus hijos se casaran por amor y fueran felices, independientemente de la calidad de la sangre, linaje o status de sus parejas.

No obstante, no era así en el caso de Alison. A diferencia de sus tíos, sus padres si creían por encima de todo en las tradiciones y consideraban que lo mejor para su hija, a la que a pesar de no mostrar su amor físicamente, querían con todo su corazón, era buscarle el mejor marido posible que la asegurara un futuro y status acorde a su posición.

Por suerte para ellos a la muchacha no le faltaban candidatos, pues una larga lista de jóvenes magos de las mejores familias sangre limpia esperaba impaciente a que ellos los eligieran pues, la belleza de Alison no pasaba desapercibida, y eso sumado a su status y la pureza de su sangre hacía que la tarea de buscarle un marido a la altura no supusiera el más mínimo problema.

Sin embargo, eran conscientes de que no sería un camino de rosas, su hija no se parecía a ellos en absoluto, y aunque hasta ahora había cedido en todos sus deseos, en el fondo sentían que su rebeldía acabaría por convertirse en un problema, por lo que trataban de vigilar muy de cerca a la muchacha para que no se desviara mucho del camino que habían marcado para ella.

- Señorita Potter - su madre la reclama en la sala de estar del tercer piso - le informó windy, la elfina doméstica que servía en casa de sus padres, apareciendo en el umbral de la puerta de su dormitorio.

-Vale, windy, muchas gracias, enseguida voy- aceptó dejando a medio escribir sobre su escritorio, la carta que había estado redactando para Lily.

Alison se dirigió hacia las escaleras que subían al tercer piso, eran de color caoba oscuro y estaban adornadas por una carísima alfombra turca de color bermellón, reliquia que su madre en numerosas ocasiones le había recordado que no debía pisar con los zapatos de la calle.

-¿Querías algo mamá? - preguntó asomándose por la puerta de la sala de estar donde habitualmente recibían las visitas.

La acogedora sala contaba con cuatro butacas con motivos florales que rodeaban una pequeña mesa de cristal. Largas cortinas blancas enmarcaban el ventanal que había frente a ellas, custodiadas por altas estanterías de pino repletas de libros y utensilios de costura que a menudo acostumbra a emplear su madre para entretenerse.

-Sólo quería un poco de compañía y saber un poco más de tu estancia en el colegio, desde que has llegado a penas me has contado nada - sonrió con ternura tendiendo la mano para indicar que se sentara en la butaca situada frente a ella.

-Es que, mamá, tampoco hay mucho que contar, he estado bastante centrada en estudiar para los TIMOS, ya sabes que si quiero estudiar para ser medimaga necesito sacar extraordinario en todas las asignaturas -explicó la muchacha tratando de acomodarse en el rígido butacón.

-Bueno cariño, ya sabes que no es necesario que saques extraordinario en todas las asignaturas, no eres precisamente alguien a quien eso le haga falta. No me malinterpretes, tu padre y yo sabemos que eres una bruja excepcional y eso nos enorgullece, pero no estamos muy seguros de que estar todo el día cuidando sucios enfermos sea lo más indicado para una joven de buena familia como tú. Además, quizás ni siquiera tengas tiempo para eso con todas las obligaciones que tendrás una vez te cases -la recordó su madre algo preocupada por las ambiciosas aspiraciones de la muchacha.

-Mamá, sabes que siempre he respetado vuestras opiniones y los planes que tenéis para mí, y acataré lo que decidáis al respecto sea lo que sea pero, por favor, dejadme estudiar, quiero poder aprender magia para ayudar a sanar a otras personas- explicó con ojos suplicantes mientras las lágrimas se agolpaban en sus ojos luchando por salir.

La situación hacía tiempo que le preocupaba y asustaba a partes iguales. Siempre había acatado las normas de sus padres y conservaba la esperanza, de que éstos le dejarán, a cambio de su obediencia incondicional, perseguir sus sueños.

-Está bien -suspiró entonces su madre- esperaremos a ver cómo se desarrollan los acontecimientos pero, entretanto, tu padre y yo hemos estado hablando. Sabemos que todavía eres muy joven y aún es muy pronto, pero queremos ir asegurando tu futuro. Por ello queremos que vayas pensando en las opciones que te hemos planteado con respecto a tu futuro matrimonio, por supuesto no queremos que te cases al menos hasta que termines tus estudios pero, es muy importante para nosotros ir entablando conversaciones y estudiar quién es el candidato más idóneo.

-¿Puedo elegir? - preguntó algo escéptica la rubia mirando con incredulidad a su madre.

-Obviamente la lista de candidatos es cerrada e intentaremos escoger la mejor opción pero, queremos escuchar tu opinión también - explicó la mujer mirando con lástima a su primera y única hija a la que pronto le aguardaría el mismo futuro que en su día le tocó a ella.

-Vale mamá, como deseéis, ojearé la lista y trataré de deciros algo pronto-

No obstante, a pesar de lo políticamente correcta y sumisa que parecía, no pensaba hacerlo. No quería que existiera ni un poco de su voluntad en esa transacción. Se casaría con quien su padres decidieran, pero no les facilitaría el trabajo, que hicieran lo que debían hacer y listo, se había resignado a aceptar que tarde o temprano terminaría pasando.


James Potter

Cuando James Potter cruzó la puerta de su casa en Godric's Hollows, el aroma a galletas recién hechas y pudin de plátano inundó sus fosas nasales. Sabía que su madre, como solía ser habitual, había cocinado todo tipo de postres y deliciosos platos para celebrar su vuelta a casa, tanto era así, que estaba seguro que, ni invitando a comer a todo el vecindario serían capaces de acabar con todas las existencias de comida antes de que finalizaran las Navidades.

-¡James! - exclamó su madre al oír la puerta de la entrada mientras iba en su dirección, dispuesta a abrazarlo y a estamparle un sonoro beso en la mejilla.

Tras hacerlo se separó un poco para observar detenidamente a su hijo de arriba a abajo.

- Estás más delgado, ¿Estás seguro de que comes bien en el colegio? - le preguntó Euphemia Potter algo preocupada analizándole al milímetro.

-Mamá, para ti nunca sería suficiente - contratacó el muchacho abrazándola de nuevo con ternura.

-¿Y para mí no hay abrazo? - preguntó con una sonrisa de oreja a oreja un hombre de aspecto afable asomándose a través del marco de la puerta del pasillo de entrada al domicilio.

-¡Papá! - exclamó James soltando a su madre para dirigirse hacia Fleamont Potter y compartir junto a él un emotivo abrazo de reencuentro.

Euphemia se frotó los ojos disimuladamente tratando de ocultar cuán emocionada se sentía. Sabía que su hijo estaba mejor que bien en Hogwarts pero, eso no evitaba que le echara de menos y esperara impaciente su regreso cuando se acercaban las vacaciones de Navidad y de verano.

Fleamont Potter tomó a James por los hombros y le guió hacia la sala de estar, impaciente por escuchar las anécdotas de su hijo durante su estancia en la escuela, así como sus explicaciones, del todo inconsistentes, en relación a la razón por la cual habían recibido más de una y de dos cartas de sus profesores quejándose de sus numerosas travesuras.

El ambiente que se respiraba en esa casa era puro amor. De haber podido elegir a sus padres, Fleamont y Euphemia, habrían sido sin lugar a duda por quiénes habría optado James una y otra vez sin lugar a duda.

En ocasiones acostumbraba a sentirse mal por Sirius pues, deseaba con todas sus fuerzas que su mejor amigo fuera además su hermano de sangre y por lo tanto, sus padres fueran también los de él. Sabía cuánto había sufrido y sufría el moreno en su casa aunque jamás se lo dijera con palabras, y por ello, aunque no fueran hermanos realmente, le encantaba poder compartir a sus padres con él, aunque fuera por breves períodos de tiempo.


Peter Pettigrew

Peter Pettigrew no estaba demasiado emocionado con su vuelta a casa. Sus padres eran y siempre habían sido excesivamente cariñosos y protectores con él, tanto era así que lo trataban como a un niño pequeño, como si aún tuviera apenas once años.

En ocasiones sentía que en su casa no podía siquiera respirar sin que su madre comprobara si lo estaba haciendo correctamente para evitar que se ahogara.

Por todo ello, pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su cuarto escribiendo interminables cartas a sus amigos con la esperanza de que éstos le contestarán y poder así evadirse aunque fuera durante unos minutos. Si ya en Hogwarts se sentía en cierto modo fuera de lugar, en su casa esa sensación le invadía por completo. Sentía que mientras él estaba encerrado en casa con su madre decidiendo que ropa debía ponerse cada día, el resto de sus amigos vivían continúas y emocionantes aventuras sin él.

No es que no quisiera a sus padres, lo hacía y sabía que no podía quejarse, más aún sabiendo cómo eran algunos de los padres de sus amigos, los de Sirius por ejemplo, sin ir más lejos. Pero aún así no podía evitar sentir cierta envidia, quizás si sus padres fueran diferentes y lo hubieran educado de otra manera, él también lo sería. Quizás podría haber sido guay, tal y como eran el resto de sus amigos sin siquiera esforzarse.

-¡Peter! ¡Ya está la cena! - gritó su madre asomándose por el hueco de la escalera.

-Ya voy mamá - suspiró el muchacho devolviendo una última mirada a la foto que colgaba del corcho de la pared de su cuarto. Era una instantánea de los cuatro merodeadores, que se habían tomado durante una de las salidas a Hogsmeade en cuarto curso en la que todos reían y bromeaban. Había sido un día increíble, el tipo de días que desearías que hubieran durado eternamente. Y eso le servía de recordatorio constante de que eso era lo que le hacía feliz y a lo cual aspiraba.


Remus Lupin

Remus Lupin jamás volvía a casa durante las vacaciones de Navidad, muy probablemente esto se debiera a la culpabilidad que sentía respecto a su naturaleza y lo que ésta había supuesto para sus padres. Sabía que lo querían y que de haber podido habrían dado su vida por qué él fuera normal pero, a decir verdad, era una situación que no tenía remedio y no valía la pena torturarse pensando en que hubiera pasado si las cosas hubieran sido de otra forma porque no lo eran, y no lo serían.

Ya se había convertido en algo rutinario. Tanto Peter como James le habían insistido en múltiples ocasiones para que pasara la navidad con sus respectivas familias, no obstante el castaño siempre había declinado sus invitaciones pues sentía que la navidad era algo muy íntimo y no quería sentirse un polizón en medio de esas celebraciones familiares. Sirius por su parte jamás le había invitado a la suya, señalando que si de él dependiera pasaría las Navidades junto al castaño en el castillo con tal de no aguantar a su bendita madre.

-Pensé que era la única que había decidido quedarse por aquí durante las Navidades -saludó Sarah sentándose junto a él en el sillón de la sala común de Gryffindor.

El moreno cerró el libro que hasta entonces había mantenido abierto sobre las rodillas y centró sus ojos castaños en la muchacha.

Sarah Fawley llevaba un grueso jersey blanco de punto con dos renos estampados y unos vaqueros de color celeste ligeramente deshilachados.

-No sabía que pasarías aquí las Navidades- expuso algo tímido el castaño sin dejar de mirarla ni por un segundo.

La chica sonrió.

¡Demonios! ¡¿Por qué tenía que tener una sonrisa tan bonita?!.

-Mis padres se han ido de crucero este año y lo de surcar los mares en un barco lleno de jubilados durante mis vacaciones de Navidad no era algo que me hiciera especial ilusión, así que decidí quedarme y vivir al menos por un año cómo es pasar las navidades entre los muros del castillo - explicó la muchacha encogiéndose de hombros.

-¿Crucero? ¿Jubilados? - preguntó el muchacho algo confundido. Si bien su padre era muggle, desde que él y su madre se casaron, había vivido en el mundo de los magos y por lo tanto había acabado por dejar atrás esa parte de su vida, más aún desde aquella fatídica noche, estaban demasiado preocupados por él como para invertir tiempo en preocuparse por transmitirle su herencia muggle.

-Es igual - contestó la muchacha divertida por la cara de confusión del muchacho - ¿y tú? ¿Cómo es que pasas aquí las navidades? - preguntó entonces la chica.

Remus sabía que a pesar de lo sucedido aquella noche con Alison, Sarah no sabía nada de lo que realmente había ocurrido y por consiguiente desconocía el por qué de las, para nada fáciles, decisiones que acostumbraba a tomar el castaño.

-Emmm, pues un poco como tú - contestó simplemente.

-¿Tus padres también se han ido a un crucero repleto de jubilados? - preguntó confundida la chica.

-No, no, ni siquiera sé lo que es eso - se corrigió el castaño devolviendo la mirada a la chica que a esas alturas le miraba con los ojos muy abiertos - solo es que mis padres acostumbran a viajar en navidades y yo prefiero quedarme aquí -explicó el muchacho volviendo la vista a sus rodillas para evitar tener que mentir a la chica a la cara.

-En ese caso, hagamos que esta sea la mejor Navidad de todas -propuso de repente la muchacha levantándose de un brinco del sillón y tendiendo una mano hacia el castaño- y no hay nada mejor para celebrar la Navidad que atiborrarse de dulces en las cocinas del castillo, ¿Me acompañas? -

Remus permaneció dubitativo unos segundo antes de tomar la mano de la chica y seguirla en dirección a las cocinas de la escuela. Una parte de él quería decirla que no, la misma parte que le repetía una y otra vez que esa era una pésima idea y que llegaría un momento en que el pantanoso camino por el que estaba transitando acabaría por no tener retorno. No obstante, una parte de él aún más grande, le empujaba a decir que sí a la chica sin esperar ni un segundo más, y por una vez, esa fue la parte a la que decidió escuchar.


Sarah Fawley

No sabía de dónde había sacado la valentía para acercarse a él. Quizás le viniera bien después de todo no estar bajo la protección de sus amigas de vez en cuando.

Simplemente le había visto ahí sentado leyendo en la sala común y no había podido evitar acercarse y hablar con él y ahora estaban los dos, uno frente al otro, degustando una deliciosa y humeante taza de chocolate caliente mientras charlaban de cosas sin importancia.

-Entonces, ¿Dices que nunca has estado en la playa? ¿Cómo es posible? - preguntó la chica asombrada.

-La verdad es que si te soy sincero no he tenido la oportunidad de viajar mucho, por no decir que directamente no lo he hecho - reconoció algo avergonzado sintiéndose como el bicho raro que sabía que era. A sus padres ya les asustaba sacarlo de casa, con lo cual sacarlo de su ciudad o incluso del país era del todo impensable.

-Bueno pues te prometo, Remus Lupin, que antes de que acabe el colegio, vas a conocer el mar como que me llamo Sarah Fawley - prometió decidida la muchacha poniéndose teatralmente la mano sobre el pecho.

-Te tomó la palabra -rió el castaño con una chispa de esperanza apenas perceptible en sus ojos.