16. Parezco la hermana malvada de Polly Pocket

Itachi y yo estamos jugando al juego del escondite más tortuoso que existe. Imagina cualquier juego de patio de colegio y conviértelo en algo retorcido en el que el ganador sea el perdedor. Seguro que, aun así, cualquier niño pequeño no querría que lo cogieran y haría lo que fuera para ganar, para ser el último que quedara en pie. Y, sin embargo, ¿qué hago yo? Pues, desde luego, yo no lo estoy haciendo tan bien.

Prueba A: ayer por la noche.

En cuanto volvimos de nuestro paseíto por el parque, debería haber subido corriendo a mi piso, cerrado la puerta y buscado vídeos sobre cómo funciona eso de la abstinencia. He sido virgen, no he besado a nadie hasta los dieciocho, así que no puede ser tan difícil resistirse a un chico, ¿verdad?

Pero ahí está el problema, que Itachi no es solo un chico, es el chico, y escapar de él es la forma más cruel que existe de autotortura. Ayer por la noche me hechizó para que me tomara un café con él y, en cuanto me instalé en el sofá de piel, vi claramente que el objetivo de todo aquello era solo uno: conseguir que estuviera tan cómoda que no quisiera levantarme, nunca.

Eso fue lo que hice: me puse cómoda y me dije que tenía bastante autocontrol del que, por cierto, siempre me he sentido muy orgullosa. No tenía intención de caer en sus garras hasta que me contara lo de la rodilla. Solo entonces me rendiría. Pero cuando vi las miraditas que me echaba desde la cocina, me dije que no ceder a las provocaciones no significaba en ningún momento que no pudiera disfrutar del juego. Le daría a probar su propia medicina. Podía aprovechar el clima general en mi beneficio para hacerle cantar. Cuanto antes me lo contara, antes nos pondríamos manos a la obra con un plan. Lo tenía todo listo: el papeleo, las cifras, un plan a diez años trazado al detalle... Todo a su disposición a cambio de que me dejara ayudarlo.

Y mientras yo me imaginaba el futuro, ni siquiera me di cuenta de que tenía una taza de café delante y a un macizorro sentado al lado aún no sé cómo.

—¿En qué estás pensando?

Las miradas ardientes, la media sonrisa, la naturalidad con la que estiró un brazo por el respaldo del sofá e inclinó su cuerpo hacia el mío. Madre mía, Itachi Uchiha me estaba sometiendo a sus artes de seducción al completo. Tragué saliva y bebí un buen trago de café que me abrasó la garganta. Y mientras tosía como una loca, él aprovechó para pasar el brazo por mi espalda y acariciármela.

—¿Qué?, ¿recuperando las técnicas de antaño? ¿Piensas poner en riesgo mi vida con tal de camelarme? ¿Qué tenemos?, ¿nueve años?

—En realidad, esto es algo que se hace desde los seis años hasta bien entrado el instituto, pero quién lleva la cuenta de estas cosas. En párvulos también lo hacía, era tan bueno por aquel entonces...

—Permíteme que discrepe. Tu bullying de parvulitos no tenía nada de bueno.

—Pero tú no podías dejar de pensar en mí, ¿no es eso lo que importa? ¿Qué recuerdas del Sasuke de aquellos años?

Sonrió y yo suspiré. ¿Cómo podía tenérselo tan creído?

Aunque la verdad es que tenía razón, ¿cómo no? Todos los recuerdos de Sasuke que había acumulado mientras crecíamos se habían perdido, ni siquiera quedaba rastro de ellos en los rincones más recónditos de mi cerebro, donde aún conservaba algún recuerdo de Karin. En cambio, en cuanto a Sasuke, era casi como si nunca hubiera existido, como si Itachi se hubiera colado en mi cabeza y hubiera borrado todo lo que tuviera que ver con mi antiguo amor platónico.

—Me arde la garganta, eres malvado.

—Era café, una bebida caliente que se supone que hay que dejar enfriar antes de bebértela. ¿Quieres que te revise la garganta? ¿Con la lengua quizá?

—¿Quieres hacer el favor de contarme lo que me estás ocultando, sea lo que sea?

La expresión juguetona de su rostro se endureció y enseguida fue evidente que se había cerrado. Por un momento, me preocupó la posibilidad de que me mandara a paseo, pero no lo hizo. En vez de eso, se inclinó hacia mí y me susurró al oído:

—No me gusta perder, bizcochito. Ya hablaremos cuando esté preparado, si es que llego a estarlo, pero ¿este juego? No pienso perder, que lo sepas.

—No es un juego, Itachi. Necesito saber qué te pasa.

—Fuiste tú la que lo convirtió en un juego al decir que no pensabas permitir que te tocara hasta que no te contara lo que me pasa. Esto ha sido idea tuya.

Ni siquiera era consciente de lo que había hecho. ¿Jugar contra el maestro? Aquello no podía acabar bien, eso estaba claro. Itachi conocía todos mis entresijos y sabía exactamente cómo doblegarme.

—Me estás subestimando. ¿De verdad crees que te será tan fácil ganarme, que soy tan débil?

Mi voz se volvió más profunda, más rasgada. Me moví para que se me abriera el escote y me viera mejor el canalillo. El vestido me quedaba muy corto, tanto que se me veían todavía más los muslos, algo que a Itachi, obviamente, no se le había pasado por alto.

—Uh —murmuró con la voz ronca.

Casi podía ver cómo el deseo le bloqueaba el cerebro. Así que aún tenía poder sobre él... Seguí jugando con fuego, apoyando una mano en su muslo, deslizándola lentamente hacia arriba.

—Veamos quién ríe el último. Pero si gano yo, cantas, ¿entendido?

Itachi tenía las mejillas coloradas y la respiración acelerada, pero antes de que pudiera seguir subiendo la mano, me cogió de la muñeca y me sentó en su regazo. Me cogió del pelo y me obligó a mirarle a la cara hasta que entre nuestros labios apenas había un par de centímetros de distancia. Y necesité echar mano de toda mi fuerza de voluntad para no abalanzarme sobre su boca porque, la verdad, hacía demasiado tiempo que no nos tocábamos y la tentación era enorme.

—Puedes acabar con esto cuando quieras, no hace falta que sigamos torturándonos, Saku. Bésame, te echo tanto de menos...

La crudeza de su rostro me hizo olvidarme por un momento del jueguecito que nos traíamos entre manos, pero al moverme se le escapó una mueca casi imperceptible, seguramente del dolor en la rodilla, y fue como si me tiraran un cubo de agua fría encima. Itachi tenía que volver a la universidad mucho antes que yo para la pretemporada. No me quedaba mucho tiempo. Si seguía negándose a hablar, si no reconocía que tenía un problema muy serio y continuaba jugando, podría acabar lesionado de por vida, además de cargarse cualquier posibilidad de jugar profesionalmente. Llegados a este punto, mi primera opción era arrastrarlo al hospital más cercano para que lo viera un médico, pero seguro que se negaría, se enfadaría con Mikoto por contármelo y conmigo por no ir de cara. Lo último que necesitábamos era otra pelea. Por eso, a pesar de que me habría dado de cabezazos por lo que estaba a punto de hacer, decidí hacerlo igualmente. Le sujeté la cara entre las manos, me aparté un poco y le dije lo que pensaba.

—Los secretos no nos hacen ningún bien y no tengo intención de arriesgar lo nuestro. Hemos luchado tanto que estoy dispuesta a hacer lo que haga falta para no perderlo, aunque signifique no estar esta noche contigo.

Me levanté de su regazo y salí a toda prisa del apartamento como si mi vida dependiera de ello. Solo cuando me supe segura entre las cuatro paredes del ascensor y subiendo a un apartamento solo dos plantas por encima, me di cuenta de que no me había perseguido.

Quizá lo que quería era que ganara yo.

—Amiga, no vas a ganar.

Al día siguiente, le cuento mi plan a Hina y mis otras dos mejores amigas, Ino y Temari. No saben a qué viene lo del jueguecito, pero por lo visto tampoco les hace falta para llegar a la conclusión de que no voy a ganar. Mujeres de poca fe.

—Yo pienso lo mismo, Sakura. Nunca se te ha dado bien resistirte. Así es como consiguió que te enamoraras de él, ¿verdad? —apunta Ino, y oigo a Sai de fondo asintiendo con un sonoro «exacto».

—Eh, dadle un poco de margen, ¿no? Tampoco es que cayera rendida a sus pies en cuanto él apareció por los pasillos del instituto. Le hizo sudar de lo lindo y, mi parte favorita: ¡se colgó de su hermano! Nada le da más vidilla a un hombre que saber que hay competencia y el enfrentamiento entre hermanos es un clásico.

—Gracias, Temari, por no ser mi Bruto.

Estamos hablando por FaceTime y veo que Temari tiene mejor cara. La última vez que hablamos, el día de la cena antes de que se marchara a Boston, parecía tan hundida, tan derrotada... He estado pendiente de ella y sé que, aunque está mejor, aún no se siente preparada para hablar con Shikamaru. Mi hermano, por su parte, está tan hundido que un día estuve a punto de decirle dónde está Temari, pero no cedí a la tentación, lo que fue una demostración más que ejemplar de mi capacidad de autocontrol. Lo que sí sabe es que Temari está bien, que está a salvo, pero que le ha roto el corazón y necesita tiempo para recuperarse.

Ha pasado una semana y media desde que llegué, casi tres semanas desde que Temari se fue, y creo que ha llegado la hora de darle un empujoncito en la dirección correcta, pero eso me lo guardo para después.

—Pase lo que pase, tenlo en cuenta cada vez que te tiente con sus andares de chico malo, Sakura. Sé una soldado, ni se te ocurra bajarte las bragas.

—¿Que no se baje las bragas? ¿Qué tiene que ponerse?, ¿un cinturón de castidad?

—Vale, yo me largo —interviene Sai, asomando la cabeza en la pantalla—. Pero, Sakura, que sepas que lo tienes chupado. Itachi es un monigote en tus manos.

Me guiña un ojo y desaparece de la imagen.

—Tiene razón —asiente Temari mientras roe un trozo de zanahoria—, el chaval es incapaz de decirte que no. Haz que se arrodille ante ti, que la tita Temari esté orgullosa de ti.

—Dobby lo hará lo mejor que pueda, ama. Vivo para servir.

—No te hagas la listilla, friki. Ponte algo bien ajustado, móntate en unos tacones de infarto y verás cómo te lo comes con patatas. Ni siquiera sabrá qué ha pasado.

—Ah, ya sé, podríamos ir de compras. El otro día vi un vestido monísimo, pero no me lo pude comprar porque Kisame lo vio primero y no quería que pensara que me lo compraba por él.

Pobre Hina, no sabe lo que acaba de hacer.

—¿Kisame? ¿El Kisame de Itachi? ¿Es que estás enrollada con él?

La que se desgañita es Temari y también oigo a Ino de fondo, que no se toma demasiado bien la noticia porque quería juntar a Hina con su primo, pero las dejo que discutan los últimos acontecimientos y me preparo para lo que me espera hoy. Ayer por la noche me escapé por los pelos, tengo que ser más fuerte. Ah, y comprarme el cinturón de castidad.

—¿Vas a dar una fiesta? ¿Por qué vas a dar una fiesta?

Kisame se encoge de hombros y me observa desde el otro lado de la puerta. Sus ojos recorren el espacio que se abre detrás de mí, pero le espera una buena decepción. Hina no está, ha quedado con unos amigos que viven por aquí y me ha dicho que no piensa volver hasta que me encuentre el vestido más corto y más ajustado que exista, algo tipo Kylie Jenner. Creo que le va a llevar su tiempo.

—De hecho, ha sido idea de Itachi. No sé qué le has hecho, pero es un hombre nuevo. Ayer no tocó ni una sola cerveza del paquete que compré —me dice, y lo fulmino con la mirada—. Iba a esconderlas, pero las vio y ni siquiera me pidió una, te lo juro.

—Sigue —le espeto, y cruzo los brazos.

—Como te decía, está de mejor humor que cuando llegó y dice que quiere compensármelo organizando una fiesta en mi casa. Él se ocupa de la bebida y la comida, y de limpiar al día siguiente. ¿Cómo iba a rechazar algo así?

—¿Y vas a dejar que esté rodeado de alcohol? ¿Qué parte de «síndrome de abstinencia» es la que no entiendes, Kisame? No podemos permitir que esté en ese tipo de ambiente. Recaerá.

—Eso no va a pasar.

Un escalofrío me recorre la espalda cuando el rey de Roma se materializa delante de mí. Apoya una mano en el quicio de la puerta, se apoya contra él e invade todo mi espacio personal.

—No tienes por qué preocuparte por nada, Saku. Lo más fuerte que voy a beber esta noche es un Gatorade. Pero hablemos de cosas más importantes, como ¿qué te vas a poner?

Menea las cejas y tengo que controlarme para no darle un puñetazo en la barriga.

—No creo que sea buena idea, no me parece bien, la verdad. No pienso ir.

Resoplo e intento cerrarles la puerta en los morros, pero de nada sirve. Teniendo en cuenta su tamaño y el hecho de que los dos me sacan unos cuantos kilos, consiguen anular mis esfuerzos sin apenas inmutarse y atraviesan la puerta como si el piso fuera suyo.

Bueno, vale, el piso es de Kisame.

—Venga, Sakura, será divertido. Me comprometo a cuidar personalmente del borrachín de la casa. Esta noche no va a probar ni una sola gota de alcohol, te lo prometo.

—Esta falta de fe en mí me ofendería si recordara lo que hice o dije hace un par de días, pero como no me acuerdo, no puedo defenderme. Adelante, pisoteadme.

Se me escapa la risa.

—Cómo te gusta el drama.

Me dirijo hacia la cocina con los dos pisándome los talones como perritos. La verdad, son adorables. Hablan entre ellos, intercambiando motivos por los que mi presencia es imprescindible, y apenas les hago caso hasta que oigo una palabra en concreto o, mejor dicho, un nombre.

Nae.

—¡No puede ser! —exclamo, y me doy la vuelta—, ¿va a ir a la fiesta?

Fulmino con la mirada primero a Kisame, que parece un poco asustado, y luego a Itachi, que está radiante.

—Lo siento, lo he intentado todo, pero es que le he tenido que preguntar a mi padre si podía invitar a unos amigos a casa, porque la última vez que organicé una fiesta casi le da un ataque, y obviamente a él le ha parecido bien imponernos a Nae. Ya está de camino.

Nae, por desgracia, es la hermanastra de Kisame, al que la idea le parece tan horrible como a los demás, pero también fue un rollo de Itachi en su momento y la chica, por lo visto, tiene problemas muy serios de apego.

—Entonces ¿no podemos hacer nada? ¿Vetarla? ¿Hablar con seguridad para que no la dejen pasar? ¿Contactar quizá con cierto manicomio y decirles que es propensa a las alucinaciones y que en ocasiones ve muertos?

Itachi se está aguantando la risa.

—Imposible. La casa es de su padre, no tenemos más remedio que jugar según sus reglas, y quiere que Nae esté aquí.

—Vaya, no pareces muy afectado por la noticia. ¿Qué, Uchiha? ¿Tienes ganas de verla o qué?

Avanzo hacia él con gesto amenazador y ladrándole las palabras. Él me pasa un brazo alrededor de la cintura y me atrae hacia su pecho.

—No, pero espero que tú me protejas de la malvada bruja de la academia militar. Tendrás que vigilar mi cuerpo muy, muy de cerca.

Estoy a un tris de responderle que paso. Es evidente que lo de la fiesta no es más que un plan de Itachi para doblegarme. Sabe perfectamente que mientras la zorra de Nae esté presente no me apartaré de él ni un segundo. Y no porque no confíe en él, sino porque esa bruja está loca y no me fío de ella. Si puede, intentará sacar provecho de la situación.

Porque, señoras y señores, ya ha pasado, ya lo hemos vivido, y no estoy preparada para pasar por el mismo infierno otra vez.

—Vale —cedo, y por poco no golpeo el suelo con el pie—, iré, pero solo porque Nae también va.

—Creía que nunca oiría esas palabras saliendo de tu boca —bromea Kisame, pero creo que mi mirada lo asusta tanto que decide cerrar el pico.

—Y tú —continúo, y señalo con el dedo el pecho musculoso de Itachi—, no creas ni por un momento que no soy consciente de lo que estás haciendo. Lo de darme celos no te va a funcionar. Puedo tenerte vigilado a cinco metros de distancia.

Él se ríe.

—¿Quién, yo? Yo no estoy haciendo nada, soy completamente inocente.

—Ya, seguro. Añadiré tu frase a la colección de las diez respuestas más sinceras de la historia. No creo que supere el «No mantuve relaciones sexuales con esa mujer» de Bill Clinton, pero no se queda muy lejos.

—¡Vaya, tu chica está que se sale!

Kisame me vitorea y Itachi le propina un puñetazo bastante fuerte en el hombro.

—Entonces ¿qué?, ¿te veo esta noche?

Suspiro, claramente derrotada.

—Sí, me verás esta noche.

—¡Y tráete a Hinata! No sé si te has dado cuenta, pero nos llevamos bastante bien. Es una tía guay.

Kisame se encoge de hombros como quitándole hierro al asunto, pero Itachi y yo no somos tontos. Miro a mi novio y le dedico una sonrisa cómplice.

—Lástima, creo que esta noche ha quedado con un tío. De hecho, hace un rato se ha ido a verlo y luego han quedado también para salir esta noche. Por lo visto, nunca tiene suficiente.

De repente, a Kisame le cambia la cara y, a juzgar por su expresión, se muere de celos y de rabia. Ni siquiera consigue disimularlo y, cuando habla, se le nota que está cabreado.

—¿Quién es él?

Su voz suena tan oscura que, por un momento, temo por la seguridad del novio imaginario de Hina.

—Kiba.

Es el primer nombre que se me ocurre y ni siquiera pienso en las consecuencias de meter al compañero de equipo de Itachi en todo esto.

—Ah, sí, ¿te acuerdas de Kiba?

—¿El machaca que me presentaste la última vez? ¿El mismo que le tira los trastos a todo lo que tenga dos tetas y respire? —No puedo reprimir una mueca; es lo mismo que descubrí yo no hace mucho—. ¿Y Hina está saliendo con él? No puede ser.

—Volverá, mmm..., pronto. —Miro el reloj—. Mejor que lo hables con ella. Y estoy de acuerdo contigo, Kiba no es un tío recomendable.

—Es verdad —añade Itachi—, podrías convencerla para que se quede.

Se me queda mirando con cara de circunstancias, pero sé que me está siguiendo la corriente.

—Pero a ella le gusta, y mucho, así que mejor que le des una buena razón para no marcharse.

—Eso es lo que haré. El tío es un baboso, Hinata no debería acercarse a él.

Me doy cuenta de que la llama por su nombre completo y me parece tan adorable que podría llorar.

No se quedan mucho rato más, al menos Kisame. Cruza la puerta con paso decidido, como un hombre con una misión urgente que cumplir, y me deja a solas con Itachi, que merodea por el piso mientras yo me escondo detrás de la isla de la cocina como si eso me protegiera de él.

—Estás jugando sucio. ¿Nae? ¿En serio?

Se mete las manos en los bolsillos y balancea el peso del cuerpo sobre los talones.

—¿Me creerías si te dijera que no he tenido nada que ver con eso? La fiesta sí que ha sido idea mía, pero lo de Nae ha sido mala suerte, nada más.

—Vaya, supongo que hoy no voy a encontrar ningún trébol de cuatro hojas.

—No lo necesitas, bizcochito. Lo de Nae no es nada.

—La última vez que la vi, intentó arrancarte los labios de la cara succionándolos. Prefiero no arriesgarme.

—Eh, si vuelve a intentar algo así, siempre puedes tirarle a Hina encima.

Los dos nos reímos de la ocurrencia. Menuda imagen.

Hace un par de días, la distancia que nos separa nos hubiera hecho sentir incómodos, pero después de lo de anoche es como si se hubiera derrumbado un muro entre los dos. Por eso, aunque estamos cada uno en una punta de la estancia, siento una cercanía que hacía mucho tiempo que no experimentaba y me aferro a ese instante con desesperación.

—Cuéntame qué te pasa, Itachi.

Deja de sonreír y su boca se contrae en una fina línea.

—Hoy no.

—No te puedes esconder para siempre. En algún momento tendremos que volver a casa y enfrentarnos a tus padres.

—Hoy no, bizcochito, hoy no.

Decido no insistir más. La paz es demasiado reciente, demasiado delicada, y debemos tratarla con cuidado.

—Vale, pero estás avisado: esta noche pienso marcarte de cerca.

En sus ojos se materializa una mirada salvaje, casi depredadora. Es tan guapo que me tiemblan las rodillas.

—A ver si es verdad.

Una de las ventajas de organizar una fiesta en el edificio de tu padre es que sabes que nadie te va a molestar si haces demasiado ruido. Por eso, aunque de momento Kisame no ha puesto la música como si estuviera en una rave, noto las vibraciones desde dos pisos por encima o, mejor dicho, las siente mi trasero porque estoy sentada en el suelo.

Sentada en el suelo mientras Hina vacía su armario y me va tirando un vestido tras otro a la cara.

—¡No me puedo creer que me hayas hecho esto! Has estado alcahueteando y tú nunca alcahueteas. Tú, Sakura Haruno, no eres una alcahueta ni una celestina. ¿Qué mosca te ha picado? —exclama con un resoplido, mientras sigue revolviendo el armario.

—Mi libro favorito de Jane Austen es Emma. ¿Qué te hace pensar que no me va lo de hacer de celestina?

—Ah, porque Emma era muy buena en lo que hacía. Era la versión victoriana del Tinder. —Hina se estremece y saca un vestido de tubo azul cobalto, sin mangas—. Si me pongo esto con un cinturón y unas botas militares, parecerá que tengo clase, pero, al mismo tiempo, que estoy dispuesta a ser la experiencia más salvaje de tu vida.

—Si eres capaz de expresar todo eso solo con un vestido, te doy un premio.

—Pues claro que soy capaz, tú espera y verás. Kisame caerá rendido a mis pies en cuanto me vea. Aunque ahora eso no es lo que me preocupa. Estoy intentando decidir qué atuendo deberías llevar tú.

—¿Y si me preguntas en lugar de sepultarme bajo una montaña de ropa?

—Bah, seguramente escogerías el saco de patatas que hay en la cocina. Tú deja que mamá se ocupe de todo.

Le pongo los ojos en blanco y me libero de la montaña de ropa.

—Recuerda que quiero que todas las partes vitales estén perfectamente tapadas. No soy una exhibicionista.

—Sí, claro, lo que tú digas.

Contarle lo de Nae ha resultado ser una de las decisiones más absurdas que he tomado en toda mi vida.

Para contrarrestar la locura que reina en la habitación, decido llamar a Ino. Estoy como unas castañuelas porque Sai y ella van a venir a pasar la noche. Con la cantidad de trabajo que hace como voluntaria y el trabajo como becario de Sai en el bufete de abogados de su padre, lo tienen complicado para salir del pueblo sin previo aviso. Estoy supercontenta, y también aliviada, ahora que sé que podré contar con el sentido común de la única persona que conozco que tiene su vida bajo control: Ino.

Sí, ella me pararía los pies si intentara tirarle de los pelos a Nae. Hina, en cambio, se quedaría mirando y me animaría a tirar más fuerte, y Temari se uniría a la fiesta y le pegaría en mi nombre.

Adoro a mis amigas.

Hablando de amigos, otra persona que está de camino es Sasuke. Obviamente, me sorprende el gesto de Itachi, sobre todo teniendo en cuenta el último episodio del culebrón familiar. Sin embargo, Sasuke parece que no sabe cuál fue el motivo real de la discusión entre su hermano y sus padres, y eso basta para conseguirle una entrada gratis para la fiesta. Me alegro de que venga, sean cuales sean las diferencias entre él y Itachi; será más fácil hablar de mi novio con alguien que es parte de su familia. Además, sospecho que Mikoto se lo ha contado todo.

—Vale, creo que ya lo tengo. Este es mi modelito «como toques a mi hombre te rajo con un cuchillo de carnicero» —grita Hina desde la otra habitación.

—Genial, justo el look dulce y romántico que necesito para esta noche —murmuro para mis adentros, y me dirijo hacia mi perdición.

—Parezco la hermana malvada de Polly Pocket. Esto no está bien.

—Pues yo creo que estás genial.

—Tú no llevas la ropa interior por fuera, así que cállate.

Ino cierra la boca y sigue ondulándose el pelo.

Voy a llevar un salto de cama a una fiesta. Un salto de cama que, como su nombre indica, es lo que te pones para meterte en la cama. Ni siquiera es un pijama, es una especie de camisón de seda negra con encajes, y estoy segura de que no te lo pones como si fuera un vestido a menos que vayas a salir en un catálogo de Victoria's Secret.

—No estás al día, Sakura, la lencería es el nuevo top corto o la nueva falda de cintura alta. Y lo que llevas ni siquiera es especialmente atrevido.

—No sé por qué, pero me apetece llevarlo con una manta por encima. ¿Puedo?

Hina me hace una mueca y yo dejo de intentar mosquearla porque ahora mismo me está poniendo las pestañas postizas y estoy en una posición un tanto complicada.

—Estás guapísima, pero guapísima, ¿eh? Como se te acerque la princesa de hielo, se derrite.

Hina ha perseguido a Nae por todo internet, y ahora es una experta en el tema. Lleva toda la tarde instruyéndome y diciéndome cómo comportarme cuando la tenga cerca. Le he contado que la chica tiene tendencia a comportarse como una sanguijuela cuando está rodeada de chicos guapos.

—Tiene aversión a las grasas, a los carbohidratos, al azúcar y, bueno, a cualquier cosa que sepa mínimamente bien. Si conseguimos que Itachi se quede donde está la comida, todo irá perfecto. Es de esas personas que creen que como huelan algo que lleva grasa engordan cinco kilos.

—Entiendo.

—Dile que se le ven las raíces o, peor, dile que tiene el pelo demasiado apagado. Es la pesadilla de cualquier rubia de bote —continúa, y se aparta la melena de la cara.

—Pero si realmente quieres ir a degüello, te sugiero que le preguntes por Cliff.

—¿Quién es Cliff?

—Cliff es su novio. Acaba de subir una foto a Instagram en la que sale morreándose con una cuarentona, pero, eh, que la tipa está muy bien.

Mi rostro se contrae en una mueca de confusión.

—Pero, entonces, ¿le está poniendo los cuernos?

—No solo eso, sino que lo acaba de hacer oficial en Instagram. Se está tirando a una antigua profesora y, ojo al dato, está embarazada. Él está contentísimo porque va a ser padre.

—Uf, no, creo que mejor no le digo nada de Cliff. Eso tiene que doler.

—Pero si intenta algo con Itachi, yo saco la artillería pesada.

—Ni se te ocurra. No vamos ni a mencionar a su novio.

Me impresiona la eficiencia con la que Itachi ha conseguido mantener bajo control la fiesta de esta noche. La música se oye desde fuera, pero dentro todo parece muy civilizado. Sé que los invitados son una mezcla de amigos de la academia militar, algunos de Brown, otros de la universidad de Kisame y algún que otro rezagado.

Y luego está Nae, claro. Está sentada en uno de los sofás, sobre el regazo de un chico, y juraría que ya va medio borracha. Deidara y Sasori están cerca de ella, el rostro contenido, como si la estuvieran vigilando.

—Recuerda, Sakura, que aún tienes que ganarte la aprobación del sheriff después de tu breve paso por la cárcel. Intentemos no matar a nadie.

Ino tiene pruebas gráficas de aquella vez que le pegué a una chica en la discoteca. Me las ha enseñado un par de veces antes de bajar, así que sé que soy perfectamente capaz de pegarle a alguien, aunque lo más probable es que no tuviera dinero suficiente para pagarle los daños a Nae si le estropeo los labios rellenos de bótox o le destrozo la nariz operada.

—Vale. —Respiro hondo—. No te apartes de mí, Yamanaka, necesito que seas la voz de la razón.

Hina, Ino y yo atraemos algunas miradas mientras avanzamos por la estancia. Hina se regodea ahora que es el foco de atención; está en su salsa y sabe que todo el mundo la mira. Su atuendo está causando el impacto que pretendía y la prueba definitiva es la mirada desencajada de Kisame, que tiene la mandíbula pegada al suelo.

Pero hay un par de ojos que no miran a Hina. Los siento sobre mi cuerpo, calentándome la piel de lo intensos que son. Mi radar Itachi nunca falla y enseguida lo localizo, apoyado contra la pared, apartado de la multitud, con las manos en los bolsillos y devorándome con la mirada. Descubro que vamos a juego, los dos de negro; está tan guapo que tengo que apartar la mirada si no quiero hacer algo de lo que luego me arrepienta. Sus ojos se detienen en el salto de cama negro que llevo a modo de top, siguen bajando hasta los pantalones ajustados y por último se detienen en mis botas de tacón negras. Es como si repitiera el recorrido un centenar de veces hasta que, por fin, soy capaz de moverme.

—Sai dice que está mucho mejor que hace unos días. Lo estás haciendo muy bien, Sakura, ya verás cómo todo saldrá bien.

Ino intenta animarme y sus palabras llegan en el mejor momento. Estamos construyendo algo grande y no puedo permitir que todo se vaya al garete por un calentón. Así que, mientras él sigue mirándome, doy media vuelta y me alejo en dirección contraria.

—¡Sasuke!

Nunca me había sentido tan aliviada al verlo ni tan contenta, pero es la mejor distracción que tengo a mano, así que, en cuanto lo veo hablando con un par de chicos que no conozco, me lo llevo descaradamente.

—Me alegro de verte. —Me duelen las mejillas de tanto sonreír—. ¿Has traído a Pakura?

Parece un poco o más bien muy sorprendido por mi reacción, pero en su defensa he de decir que no me llama loca.

—Pues, eh, tenía que volver a casa.

—Claro. —Pausa tensa—. ¿Te lo estás pasando bien?

—Supongo... —Ve algo detrás de mí que lo deja paralizado de miedo y, de repente, se me quita vilmente de encima—. Eh... Creo que alguien me llama. Luego hablamos.

Ni siquiera hace falta que me dé la vuelta.

—¿Se puede saber qué le has dicho?

—Si quieres, podemos añadirlo a la lista de cosas con las que he de ser más sincero.

—¿Es una lista muy larga?

Noto su aliento en la nuca y su cuerpo tan cerca que siento el calor que desprende.

—No mucho, solo un par de cosas. —Sus dientes me tiran del lóbulo—. Estás impresionante, pero todos los tíos están salivando y voy a tener que repartir unos cuantos puñetazos.

—Pues vamos a algún sitio donde no haya nadie.

Se me escapa una exclamación de sorpresa cuando noto su pecho contra mi espalda, los músculos bajo la ropa, el calor que me impregna la piel.

—Es la mejor idea que has tenido en todo el día.

Itachi me lleva a la terraza. Antes de salir, busco a Ino y a Hina con la mirada con la esperanza de que me den ánimos, pero Ino y Sai se están enrollando y Hina, bueno, Hina está siendo ella misma y camelándose a un grupo de chicos. Kisame también está entre ellos, pegado a ella como si en cualquier momento fuera a llevársela a rastras a su cueva.

Parece que estoy sola.

El apartamento tiene una pequeña terraza repleta de plantas a la que se accede a través de unas puertas dobles. Abajo, los coches inundan las calles y fluyen a nuestros pies. Me apoyo en la barandilla, con Itachi a mi lado, y los dos observamos la calle.

Hace calor, pero yo estoy temblando.

—Me parece increíble que hayas puesto a Sasori y a Deidara a vigilar a Nae. ¿Cómo puede ser que se hayan prestado a ello?

—A cambio de un suministro vitalicio de mis magdalenas especiales con triple capa de Nutella. Nada del otro mundo, aunque me voy a hartar de cocinar.

—Malo para ti, bueno para mí.

Se me escapa una risita, pero me callo en cuanto hunde la cara en mi pelo.

—¡Dios, qué bien hueles! —Estoy temblando—. ¿Tienes idea de lo que me haces? ¿Sabes lo que es ver a todos los tíos de la fiesta mirándote y que lo único que me apetezca es gritarles que eres mía?

—Cualquiera con dos dedos de frente se da cuenta de que solo tengo ojos para ti. Estás perdiendo el tiempo.

—Me conviertes en un cavernícola, bizcochito. ¿Qué voy a hacer contigo?

—Dejarme entrar, permitirme que te ayude. Contarme la verdad...

Me doy la vuelta entre sus brazos, apoyo la cabeza contra su pecho y le paso los brazos alrededor de la cintura. Da igual cómo vaya vestida o la tensión sexual que haya entre los dos, ahora mismo no necesitamos un amor que haga temblar la Tierra o que consista en romper muebles o tirarse de los pelos. Necesitamos la inocente caricia del consuelo, la firmeza de la seguridad y la promesa del para siempre.

—Lo único que tienes que hacer es confiarme todos tus secretos.

—Y lo hago. O lo haré. —Respira hondo, tira de mi barbilla y su boca se cierne sobre la mía—. Tú ganas.

Y solo entonces me besa.