17. Parece que haya pasado por aquí el huracán «Itasaku»
En cuestión de segundos, Itachi me empuja contra las puertas de la terraza y se apodera de mi boca con un beso profundo y embriagador que me llega al alma. Podría haber sido dulce, un beso delicado que representara un momento tan tierno y conmovedor como este, el inicio quizá de una nueva etapa en nuestra relación, pero no es así para nada. Nos saltamos por completo la fase inocente y entre la codicia de nuestras bocas, las manos ansiosas y los intentos por eliminar cualquier distancia que separe nuestros cuerpos, convertimos este beso en una muestra de amor casi indecente. Es un intercambio bruto, avivado por la angustia y la lujuria del que no me cansaría ni en un millón de años. Le tiro del pelo, suplicándole en silencio que no deje de besarme, que sea más duro, que por una vez no se controle. Itachi me pasa un brazo por detrás de la espalda a modo de respuesta y me levanta un poco del suelo para que le rodee la cintura con las piernas, que es exactamente lo que hago. Con nuestros cuerpos apretados el uno contra el otro de la forma más íntima posible, siento el tipo de fricción que me hace poner los ojos en blanco. Y mientras frota la cadera contra la mía, no se aparta ni un momento de mi boca, en la que su lengua está haciendo de las suyas.
—Dios —dice, y abandona mi boca y empieza a cubrirme el cuello de besos cálidos y húmedos. Me muerde la piel y comienza a chupar con fuerza. Ni siquiera me importa que me haga un chupetón. Si quiere comportarse como un troglodita, adelante. Me cojo de sus hombros y lo sujeto con fuerza contra mi cuerpo.
—Te he echado tanto de menos, bizcochito...
La tela de mi salto de cama se aparta con facilidad en cuanto tira de ella y su boca se acerca peligrosamente a mis pechos. Los besa por la parte superior y, al mismo tiempo, no deja de mover la cadera contra la mía hasta que estoy a punto de perder el control. Me baja los tirantes del top hasta dejar el sujetador al descubierto. Es negro, de encaje, y me hace un canalillo muy favorecedor. Itachi gruñe en cuanto lo ve y desliza las manos por debajo del top para desabrocharlo. Esto se nos está yendo de las manos, pero me da igual. Los dos estamos completamente sobrios, a pesar de lo cual ahora mismo me apetece arrancarle la ropa, aun a riesgo de que nos pueda ver todo el mundo. Así pues, mientras Itachi me quita el top, mis manos se pelean con los botones de su camisa. He desabrochado más o menos la mitad cuando, de pronto, oigo vítores y gritos de ánimo y me quedo petrificada.
—Tenemos público, ¿verdad? —le pregunto, enterrando la cara en su cuello. Parece tan afligido como yo, quizá más incluso.
—Los voy a matar —murmura entre dientes, y me baja al suelo.
Fulmina a la gente con la mirada, disfrutando seguramente del espectáculo que se está sucediendo detrás de mi espalda, y deja que me recoloque la ropa hasta que no corro el riesgo de enseñarle nada a nadie. No se aparta de mí ni un segundo mientras me recompongo y luego me lleva de vuelta al interior con una mano apoyada en la curva de mi espalda. Me arden las mejillas y no me atrevo a levantar los ojos del suelo hasta que oigo una voz conocida vitoreándome a gritos.
—¡Esa es mi chica! Te lo dije, pan comido.
Hinata Hyuga puede darse por muerta.
Le hago una peineta disimuladamente mientras Itachi se abre paso entre la multitud camino de su habitación. Todo el mundo cree que vamos a acabar lo que hemos empezado y, de pronto, me doy cuenta de que no puedo seguir aquí ni un segundo más.
—¿Por qué no subimos? Esto es un poco raro.
Él se ríe, pero seguimos avanzando hacia la puerta. Y cuando nos disponemos a entrar para poder estar solos y hablar al fin, oigo la voz que preferiría no oír, aunque para ello tuviera que llevar tapones.
—¿Aún estás con esa? ¿Por qué?
La voz es tan aguda y lastimera que me destroza los oídos. Estoy a punto de empujar a Itachi al otro lado de la puerta para no seguir machacándome los tímpanos de esta manera, pero mi hombre de las cavernas, siempre tan protector, para en seco y yo me estampo contra su espalda. Se da la vuelta, la busca con los ojos y le dedica una mirada tan oscura que es bastante probable que Nae se haya meado encima.
—Creía que estaba claro. No la mires, no hables con ella, no hables sobre ella. Ni siquiera respires en su dirección. ¿Entendido?
Nae, haciendo gala de una falta de luces encomiable, no se da por aludida. Se dirige hacia nosotros y bate sus pestañas falsas y cubiertas de grumos en dirección a Itachi.
—Pero, cariño, creía que era parte del juego. Tú eres el amo y yo tu esclava.
En serio, como se descuide, le vomito en los Louboutin.
Itachi no sabe ni qué responder; no está tan versado como yo en el arte de la conversación con harpías. He tratado con unas cuantas en la universidad, así que se puede decir que soy lo más parecido a una experta, y, aunque le agradezco a mi novio que intente protegerme y mantener a las Yolandas del mundo a raya, de esto soy capaz de ocuparme yo misma.
Pero parece que tengo refuerzos porque veo a Hina y a Ino aparecer junto a mí, una en cada lado. Con el rabillo del ojo, me parece ver que los chicos también se acercan: Kisame, Sai, Deidara y Sasori, todos en posición por si Nae decide sacar las uñas. Es bastante conmovedor que tanta gente esté dispuesta a interceptar a esta bruja por mí, pero no se dan cuenta de que las harpías como ella son fruto de una vida de inseguridades y de querer que los demás las hagan sentirse mejor consigo mismas. Necesitan desesperadamente la aprobación ajena y, cuando no se la das, se vengan siendo crueles contigo. Esta vez no tengo intención de alimentar su vanidad, pero tampoco de intentar hundirla.
—Nae, un placer volver a verte, como siempre, pero ¿tengo que recordarte lo que pasó la última vez que intentaste algo parecido? A Itachi no le interesas.
Ella se mofa de mí, cruza unos brazos raquíticos sobre su enorme delantera e inclina la cadera hacia un lado.
—Perdona, ¿te conozco?
Qué chica tan mezquina, por favor.
—¿Es que no te acuerdas de la vez que intentaste chuparle la vida a mi novio por la boca?
Parece avergonzada, pero no se rinde.
—Ah, es verdad —replica con una sonrisa burlona en la cara—, eres la loca a la que ha dejado como un millón de veces, la del culebrón familiar, ¿verdad? Tengo amigos que van a clase contigo, ¿sabes? Eres patética, nadie sabe si eres su novia o solo un apéndice que cuelga de él.
Itachi da un paso adelante y tengo que sujetarlo.
—No. Yo me ocupo —le digo, y vuelvo a centrar mi atención en el grano del tamaño de un puño que acaba de salirme en el culo—. Entonces ¿sabes quién soy? Genial, ahora que ya lo hemos aclarado, escúchame bien, y voy a ser muy clara: no quiero juego sucio ni insultos, así que intenta comportarte como una persona normal y civilizada.
¿Me lo parece a mí o es verdad que Nae se está encogiendo por momentos?
—No sé qué problema tienes o por qué eres tan borde conmigo, pero si lo haces porque aún sientes algo por Itachi, deja que te eche una mano: no le gustas y nunca le gustarás. Lo que tuvierais hace años es eso, cosa del pasado, así que deja de ridiculizarte a ti misma. Te lo dejó bien claro en su momento: para él no fuiste más que un rollo. Se acabó, acéptalo, aprende a vivir con ello y sigue tu camino.
Se ha hecho el silencio en la estancia, alguien al fondo de todo grita mi nombre, pero yo no aparto la mirada de Nae. Estoy cansada de juegos, de tanta maldad y de intercambiar insultos con ella. ¿Quería la verdad? Pues ya la sabe. Y si insiste en jugar sucio, tendré que ponerme a su nivel.
—Tú... No puedes... ¡Eres una puerca! —tartamudea.
—Ah, ¿crees que Sakura es mala? Si no te alejas ahora mismo de ella, yo te enseñaré lo que es una puerca. ¿Quieres ponerme a prueba?
Hina resulta, cuando menos, intimidante y, aunque sé que no hace falta la amenaza física para ahuyentar a Nae de una vez por todas, aun así agradezco el gesto.
Las amigas que destruyen a bullies unidas permanecen unidas.
Parece que por fin Nae lo ha entendido, que se ha dado cuenta de que nadie la quiere aquí, así que le da una patada de pura frustración al suelo, nos dedica una última mirada siniestra y se marcha dando un portazo, no sin que antes Hina le grite:
—¡Saluda a Cliff de mi parte!
Brutal.
Todo el mundo espera una señal para seguir con la fiesta y supongo que eso es lo que hace Deidara cuando grita:
—¡Seguid con la fiesta, la bruja ha muerto!
Al igual que la Sakura insegura, la tímida y vergonzosa. De momento, la noche promete.
—¿Te he dicho lo guapa que estabas mientras hundías a la bruja de Nae?
Me peleo con la llave, que se niega a abrir la puerta de mi apartamento, pero Itachi me tiene cogida por la cintura y no para de darme besos en el cuello, y apenas soy capaz de prestarle atención a nada que no sea mi piel derritiéndose al contacto con sus manos.
—No me provoca ningún placer humillar a otras mujeres, pero se lo merecía.
—¿Placer? De acuerdo, sí, hablemos de placer. Cómo conseguirlo, cómo alargarlo, cómo maximizarlo. A eso me apunto, bizcochito.
—Para.
Se lo pido sin demasiado entusiasmo, pero es que al final del pasillo vive una viejecita adorable y me gustaría ahorrarle la imagen de dos adolescentes restregándose el uno contra el otro.
—Pues abre de una vez. No se me da bien ser paciente y llevas mucho rato forcejeando con la cerradura.
Al final, consigo abrir y, en cuanto cruzamos el dintel, las manos y la boca de Itachi se abalanzan sobre mí. Oigo el ruido de la puerta al cerrarse y noto unos brazos que me levantan del suelo y me llevan directa al sofá. Me deja acostada en él y luego se tumba encima de mí, con los brazos apoyados a cada lado de mi cabeza.
—Pensaba que nunca estaríamos solos.
Se inclina sobre mí para besarme y yo le devuelvo el beso con avidez. La emoción de saber que tenemos este espacio tan enorme solo para nosotros me anima a dejarme llevar. No pienso en nada, solo en el chico cuyo cuerpo se confunde con el mío. Tengo las piernas alrededor de su cintura, los brazos alrededor de sus hombros y los labios fundiéndose con los suyos, y sus caricias me hacen sentir muy segura de la conexión que compartimos, pero también están cargadas de la promesa de que, antes de que acabe la noche, me recordará exactamente la razón por la que estamos tan bien juntos.
Pero antes de que lleguemos a eso...
—Para, para.
Estoy jadeando mientras Itachi me cubre de besos la cara, el cuello, y aparta el top a un lado. Tarda al menos un minuto en abrirse paso a través de la neblina alimentada por el deseo, pero al final me escucha y para. Respirando con la misma dificultad que yo, se tumba boca arriba y me atrae hacia su pecho.
—Creo que me voy a morir. No sé si es posible palmarla por un caso recurrente de dolor de huevos, pero, en serio, que me muero.
Le doy un manotazo en el pecho.
—Ya vale. No te vas a morir. —Le desabrocho la camisa y meto la mano para acariciarle los abdominales—. Eres un hombre perfectamente sano que solo tiene que aprender a controlar sus necesidades más urgentes, al menos durante un tiempo.
—¿De cuánto tiempo estamos hablando?
—Más o menos del que tardes en desembuchar. He ganado limpiamente y quiero mi premio.
Me mira y frunce los labios en un puchero.
—Y yo que creía que el premio era yo. ¿No te gustaría verme envuelto con un lazo rojo y que alguien me entregara en la puerta de tu casa?
—De momento, paso, pero no estaría mal que guardaras la idea para Navidad. Y ya que estás, apunta que tienes que ir sin camiseta.
Se echa a reír.
—Como quieras, bizcochito.
Pero, de pronto, una sombra se cierne sobre los dos y la confesión que aún tenemos pendiente cuelga amenazadora sobre nuestras cabezas. Apoyo la mejilla en su pecho y mis manos le acarician la piel.
—Me puedes contar cualquier cosa, lo que sea, y te prometo que no me iré a ninguna parte.
Me aprieta con más fuerza y casi puedo palpar sus nervios. Se me parte el corazón, por él y por la incertidumbre a la que se enfrenta. Dejar el fútbol americano es una posibilidad de la que hemos hablado a menudo, pero no tener la oportunidad de elegir es otra cosa muy distinta. Un deporte que adora, que ha formado parte de su vida desde que era pequeño, que lo ha convertido en un héroe y que podría convertirse en su futuro. ¿Y que una lesión te lo pueda quitar todo? Yo estaría muerta de miedo.
Respira hondo. El corazón le late desbocado y, por un momento, considero la posibilidad de decirle que ya me lo contará más adelante, cuando esté preparado, pero entonces recuerdo las conversaciones con sus entrenadores, con un médico del hospital de la zona y, por supuesto, con Mikoto. Cuanto más ignore el problema, peor. Y si sigue forzando la máquina, podría llegar a convertirse en algo mucho más grave que una rodilla que da problemas de vez en cuando. Podría tener daños permanentes que le afectaran la movilidad. Por eso necesito que se abra, a pesar de lo difícil que es para él.
—Desde que tengo uso de razón, el fútbol americano siempre ha sido la única cosa en la que mi padre y yo estábamos de acuerdo. A mí me gustaba jugar y a él le encantaba que yo pudiera canalizar toda mi energía en el deporte, en lugar de utilizarla para meterme en líos. A mi padre le apasiona verme jugar. Si pudiera, vendría a verme a todos los partidos, pero eso ya lo sabes.
—Me parece precioso que los dos tengáis algo tan especial que os ayude a conectar, aunque a veces no os llevéis demasiado bien.
Lo que no le digo es que sé que su padre lo querrá igualmente, aunque deje de ser la estrella del equipo.
—Y puede que en algún momento el fútbol americano se convirtiera en la forma de hacer feliz a mi padre y dejara de ser el deporte que me hacía feliz a mí. Me encanta, eso está claro, pero toda la mierda que arrastra, la gente, la atención, la presión de jugar el partido perfecto, todo eso acaba afectándote. Entreno como un desgraciado y siempre doy el cien por cien en cada partido, pero al final no puedo evitar sentirme culpable porque no disfruto como debería.
—¿Esto lo has hablado con tu padre? Ya no eres el niño impulsivo de antes, no necesitas una válvula de escape para poder controlarte, porque la agresividad de antes ha desaparecido. Quizá por eso él te animaba tanto a jugar, pero ahora las cosas han cambiado. Si hablaras con él, tal vez te darías cuenta de que te apoya porque te quiere, no porque le guste que seas quarterback.
—¿Tú crees?
—Claro. Todos los que te queremos, ya sea el sheriff, Mikoto o yo, lo hacemos porque nos encanta quién eres, no por la posición en la que juegas. Da igual lo que decidas, nosotros siempre estaremos a tu lado.
—No he hecho muchas cosas en la vida de las que mis padres puedan estar orgullosos. Siempre he sido el que causaba problemas o el que se metía en peleas, por eso no les quedó más remedio que mandarme a la academia militar. Sasuke, en cambio...
—Sasuke no es tú —me adelanto antes de que pueda completar la frase—. Tú eres tú y él es él, y dudo mucho que tu padre se siente tranquilamente a compararos y a decidir cuál de los dos le gusta más. Estoy bastante segura de que eso no sale en el manual del buen padre.
Él se ríe.
—Suena un poco ridículo cuando lo dices así.
—Y es ridículo. ¿Crees que tus padres querrían menos a Sasuke si decidiera dejar el béisbol y hacerse estríper? No, porque cuando quieres a alguien, lo apoyas y respetas sus decisiones.
—¿Y quién dice que me vaya a hacer estríper?
—Solo era un ejemplo, aunque no me molestaría demasiado, la verdad.
Compartimos un silencio agradable, pero sigo esperando que suelte la bomba.
—¿Por eso os peleasteis antes de que vinieras aquí?
Desliza los dedos por mi pelo con aire ausente y tararea algo sin abrir la boca.
—En parte.
—¿Quieres contarme el resto?
—Me has ganado, así que supongo que no me queda más remedio.
—No te sientas obligado, aunque yo te lo agradecería, y mucho.
Me acurruca contra su costado y me besa en la frente.
—Sabes que haría cualquier cosa por ti. —Se queda callado un momento y respira hondo—. Estaba muy cabreado con Mikoto por haberte asaltado de aquella manera, y nada de lo que diga justificará nunca lo que hizo, y encima durante aquella cena no dejaba de repetir que quizá sería buena idea que lo dejáramos, que así yo podría pensar en mi futuro con más claridad.
Lo escucho en silencio, aunque me duele que la mujer cuyos consejos siempre he valorado tanto tenga una opinión tan pobre de mí.
—Varias veces le dije que lo dejara. No era la mejor conversación para la hora de la cena, ¿sabes? Pero ella no paraba de insistir, de decirme que quizá debería cambiar de universidad si no era feliz en Brown. Tenía unas notas muy buenas, me habían aceptado en un montón de universidades donde no tendría que pagar tanto. Le recordé que tengo una beca de deportes y ella...
Se le acelera la respiración y yo le aprieto el brazo para darle ánimos. Puede que ya no disfrute jugando como antes, pero la pérdida es evidente, la prueba física de lo que le está costando la sola posibilidad de verse privado de un futuro al que aún no había renunciado voluntariamente.
—Mencionó algo que solo sabíamos ella y yo. Me miró y, aun sabiendo que yo no quería que mi padre lo supiera, ni mi padre ni nadie, le contó algo que yo le había pedido que mantuviéramos en secreto.
—Me estás asustando, Itachi.
—Ya lo sé, bizcochito. Quizá cuando te lo cuente, no te parezca tan duro, pero hace tanto tiempo que lo llevo dentro que se ha ido haciendo cada vez más grande. En mi cabeza, es lo peor que podría pasarme, y Mikoto lo soltó tan a la ligera que... Me enfadé muchísimo con ella. Lo mejor que podía hacer era marcharme para no acabar diciendo cosas de las que luego me arrepentiría. Joder, aun así hablé demasiado..., y sé que tanto ella como mi padre solo intentaban ayudarme. Hacia finales del último año de instituto —continúa—, mi rodilla empezó a hacer el tonto. Al principio, no era nada o al menos así me lo tomé yo. Mientras pudiera jugar y ganar, no habría ningún problema. Pero un día, durante un partido, me placaron y recibí un golpe en la rodilla. Oí un crujido y, Dios, me pareció lo peor que había oído en mi vida.
—¿Por qué? ¿Por qué no me lo constaste? Ni... ni siquiera me di cuenta de que estuvieras lesionado... ni de cómo había pasado.
Me devano los sesos en busca de un recuerdo, de una imagen de Itachi lesionado, pero no encuentro nada. En el instituto, mi actitud hacia el fútbol americano era parecida a la de ahora, en el sentido de que evitaba ir a los partidos siempre que podía. Los gritos y los insultos eran para mí como pasar por una alambrada de espino y no recuerdo cómo, pero decidí que no valía la pena ir. Itachi me había repetido mil veces que no le molestaba, pero ¿cómo pude hacerle caso? Por mucho que me guste pensar que soy la chica ideal para él, que nadie lo querrá jamás como lo quiero yo, lo cierto es que he sido una novia de pena. Me siento tan culpable que me imagino a mí misma, bate de béisbol en ristre, devolviendo todas las dudas que recibo.
—Eh, mírame —me dice, sujetándome la cara entre las manos—, esto no es culpa tuya. No lo sabía nadie, solo el entrenador y su ayudante, y porque me oyeron después de un partido cagándome en todo en el vestuario. Me ponía un poco de hielo y, al cabo de un rato, era como si no hubiera pasado nada.
—Pero ¿y el dolor? ¿Y la hinchazón? Tenía que ser evidente a simple vista. Me parece increíble que el entrenador te dejara jugar sin mandarte a un médico o sin obligarte a hacer rehabilitación. ¡Tendrías que denunciarlo! No sé cómo funciona exactamente, pero buscaré un abogado de los buenos y le meteré un paquete que perderá hasta el último centavo. ¿Cómo se atreve a aprovecharse de ti de esa manera...?
Itachi me cierra la boca con un beso largo y profundo, de esos que te hacen encoger los dedos de los pies, pero antes de que nos dejemos llevar de nuevo, retrocede y me da un último beso en la punta de la nariz.
—¿Más tranquila ahora, Saku, la Princesa Guerrera?
—Eso es jugar sucio —protesto—. Aún estoy enfadada con tu entrenador. Será mejor que se ande con cuidado.
—El pobre hombre tendrá unos sesenta años y necesita un cóctel de pastillas para llegar al final del día, y no todas se las ha recetado el médico. Creo que podrías con él, mafiosa mía, pero preferiría que no volvieras a pisar un calabozo, al menos durante una temporada.
—Si insistes... Aunque creo que la última vez que estuve en la cárcel no lo hice tan mal, ¿no?
—¿En serio estás orgullosa de haber pisado un calabozo?
—No, pero, en teoría, si acabara otra vez entre barrotes, sé que me integraría en el grupo sin problemas, así que todo iría sobre ruedas. Oye, no me distraigas. ¿Por dónde íbamos?
—¿Por lo de que quieres cortarle la cabeza a mi entrenador?
—Creo que sí.
—He de decir en su defensa que intentó ayudarme, aunque yo fui muy cabezota y no le dejé hacer nada. La universidad estaba a la vuelta de la esquina y yo ya había conseguido plaza en mi primera opción...
—Brown —susurro.
La universidad que eligió para poder estar conmigo.
—Sí, no podía arriesgarme a perder la beca. No sé si habría conseguido plaza solo con la media, y más teniendo en cuenta que mi expediente es de todo menos ejemplar. Por eso acepté hacer algún tipo de terapia física con la condición de que nadie supiera mi problema de rodilla. Por aquel entonces, yo ya tenía dieciocho años y le dije al entrenador que, si la cagaba, si me cargaba mis posibilidades de jugar profesionalmente o en el equipo de la universidad, la responsabilidad sería solo mía. Porque cuando un oteador oye las palabras «lesión» y «ligamento anterior cruzado» en una misma frase, te borra de la alineación en menos de lo que canta un gallo.
—Entonces ¿hiciste rehabilitación? ¿Te sirvió para algo?
La Sakura de antes ya habría llegado a la conclusión de que todo es culpa suya. Si Itachi no hubiera estado tan desesperado por ir a Brown conmigo, habría dejado el deporte cuando aún estaba a tiempo. Sus notas eran buenísimas, podría haber ido a una buena universidad con una beca académica. Pero me conoce demasiado bien, sabe que necesito la seguridad que me proporciona tenerlo a mi lado a todas horas y también sabe que, si hubiésemos puesto tierra de por medio entre los dos, yo no habría sido capaz de soportarlo. Pero ya no soy así.
—El fisioterapeuta quería que me tomara un descanso e hiciera los ejercicios hasta que la rodilla estuviera curada. Nada de fútbol americano, obviamente, pero la lesión no era tan grave como para no poder jugar y al final me aferré a eso como si me fuera la vida en ello. Las cosas empezaban a mejorar entre nosotros dos, al fin habíamos sido capaces de dejar toda la basura atrás y empezar de cero. No podía arriesgar lo nuestro, sobre todo porque mi segunda elección de universidad estaba en la otra punta del país. Y porque allí entré por mis notas, no por el fútbol americano.
—¿Y dónde era?
Cierro los ojos, consciente de que su respuesta va a alterar todos mis planes de una forma drástica. Estaba preparada para eso, pero se me hace un nudo en la garganta al oírle decir que estaría tan lejos de mí. Una cosa es decirte a ti misma que no pasa nada porque tu novio se mude a otra universidad y otra muy distinta convencerlo de que es lo mejor para él.
—UCLA.
Permanezco con los ojos cerrados y trazo una línea imaginaria entre las dos universidades. Estoy calculando la distancia, las horas de vuelo, cada cuánto podríamos vernos, el dinero que nos costaría y la diferencia horaria. Nuestra rutina diaria sería completamente distinta...
—Entonces, hipotéticamente hablando, si dejaras el equipo, ¿te plantearías la posibilidad de pedir un traslado?
Es increíble que se lo esté sugiriendo yo misma. A una parte de mí le gustaría tener un mazo para poder aplastarme el cráneo, mientras que la otra parte se está dando palmaditas en la espalda porque lo que estoy haciendo es maduro y responsable.
¿Verdad?
—¡Joder, no! —protesta Itachi.
Vaya, pues parece que no está de acuerdo.
Se levanta del sofá, dejándome con una extraña sensación de frío, y empieza a pasearse de un lado a otro.
—¿Por qué crees que esa era una opción?
—¡Porque tiene sentido! —Levanto las manos en alto—. Ya no disfrutas jugando y, cuanto más tardes en dejarlo, más te arriesgas a hacerte una lesión permanente. Por eso, si no eres feliz en Brown...
—¿Y cuándo te he dicho yo que no soy feliz en Brown? —no lo dice gritando, pero poco le falta—. Desde que acepté su oferta, no he vuelto a mirar atrás. Ni siquiera se me ha ocurrido pensar que sería más feliz en otro sitio, y ¿sabes por qué? Porque me encanta, me encanta la universidad, la gente, los amigos, y sobre todo porque me encanta que tú estés ahí, y me encanta la vida que estamos construyendo los dos juntos.
—Itachi... —Se me encoge el corazón porque sé lo mucho que está sufriendo. Tiene miedo de perder todas esas cosas y quizá por eso lleva tanto tiempo alargando lo del fútbol americano—. A mí me tendrás igual estés donde estés. Eso nunca cambiará. Quiero que seas feliz y que estés físicamente bien. Tienes que dejar de fingir que no pasa nada, hablar con alguien, con un médico, con tu entrenador, con Mikoto, si hace falta. No puedes seguir jugando solo porque tengas miedo de perder a la gente que se preocupa por ti. Cualquiera que te quiera y que te merezca como amigo seguirá estando ahí pase lo que pase.
Me levanto y me acerco a él, le paso los brazos alrededor de la cintura y aprieto su espalda contra mi pecho. Él suspira y entrelaza los dedos con los míos.
—¿Qué quieres hacer? Deja de preocuparte, de pensar en los demás, dime qué te pide el corazón que hagas.
Se lleva nuestras manos entrelazadas a la boca y me da un beso en los nudillos.
—Quiero quedarme en Brown.
—Vale.
Es su decisión y no pienso hacerle dudar ni posicionarme en contra. Si se marchó de casa de sus padres, fue precisamente porque sintió que le negaban la capacidad de decidir sobre su propia vida. Mikoto, a pesar de lo mucho que lo quiere, estaba anteponiendo su criterio al de Itachi, y yo no tengo intención de cometer el mismo error.
—No quiero jugar más. Buscaré un médico que me ayude a recuperarme de la lesión, pero el fútbol americano se acabó para mí. Fin.
No siento que deba celebrarlo, no es una victoria por el tiempo que me he pasado odiando este deporte por todo lo que conlleva. De hecho, tengo una sensación agridulce. Nunca se me había ocurrido que con diecinueve años mi novio tendría que dejar el fútbol americano por una lesión, pero quizá ya ha hecho todo lo que tenía que hacer como quarterback y la rodilla le está haciendo más fácil la elección, más simple.
—Tu nota media es buenísima, y los profesores te adoran. Si decides pedir una beca, estoy segura de que te tendrán muy en cuenta.
¿Recuerdas todas las horas que he pasado frente al ordenador? Pues gracias a eso sé que Itachi tiene muchas posibilidades de que la universidad se haga cargo de buena parte de su matrícula. No será tanto como con la beca de deportes, que lo cubría todo, pero no creo que los Uchiha tengan problemas para pagar el resto.
También está el dinero que la abu Uchiha tiene guardado para él, pero eso Itachi aún no lo sabe.
—¿Tú crees?
—No lo creo, lo sé. En cuanto volvamos a casa, nos sentaremos y mandaremos un correo electrónico a la oficina de atención al estudiante que van a alucinar.
Se da la vuelta y se me ilumina la cara al verlo sonreír, porque lo hace con un gesto despreocupado y carente del peso de los secretos. Por primera vez en mucho tiempo, estamos al mismo nivel y la sensación es alucinante.
Me sujeta la cara y me atrae hacia él.
—Puede que no me den la beca. ¿Tienes algún plan pensado por si pasa eso, Supergirl?
—No nos hará falta, tú pide la beca. Si dependiera de mí, te la pagarían de su propio bolsillo.
Sé que se la concederán, estoy segura, quizá porque ya les he planteado el caso hipotético a varios consejeros del departamento de becas de la universidad y todos me han dicho que sí. Así que si el comité se atreve a denegársela, tendrán que vérselas conmigo.
—¡Mejor que os tapéis las partes que no queráis que veamos!
Tres golpes fuertes en la puerta nos obligan a Itachi y a mí a levantarnos de la cama de un salto y a correr por la habitación en busca de la ropa que está desperdigada por todas partes. Su camiseta está encima de la lamparita, la mía delante de la puerta del lavabo y mis pantalones parece que están bloqueando la puerta porque fueron lo primero que me quité y de lo que más me costó deshacerme. Los de Itachi, pues no sé..., no aparecen por ninguna parte.
—¿Te los quitaste en las escaleras? —susurro, mientras salto a la pata coja e intento encontrar la ropa que ha desaparecido misteriosamente.
—No lo sé. Joder, solo recuerdo cuando te cogí en brazos y te tiré en la cama.
—Vaya, pues tendrás que esforzarte un poquito más, Sherlock. Hina puede ser muy insistente y, como no le abramos la puerta, entrará y te pillará con todo al aire. —Le tiro un cojín—. Al menos encuentra los calzoncillos.
—Abre, Sakura. Tenemos visitas abajo, ya tendréis tiempo de magrearos más tarde. O me echas una mano o le parto la cara a Kisame.
—¡Bajo corriendo!
—Eso seguro —apunta Itachi con una sonrisa pícara, y estoy convencida de que Hina lo ha oído porque la oigo reírse al otro lado de la puerta.
—Uchiha, tú tranquilo, fiera. Bueno, me voy, pero baja en cinco minutos o te saco de ahí a rastras. Necesito un poco de apoyo, que sepas que, para ser una santa, la dulce Ino sabe beber.
—¡Están todos abajo!
Itachi está demasiado ocupado riéndose de mis carreras por toda la habitación en busca de la ropa que me falta. El sujetador está al lado de la pica... ¿Cómo ha llegado hasta ahí?
—Relájate, seguro que saben qué estábamos haciendo, aunque solo sea por tus gritos. Le tiro otro cojín a la cabeza, esta vez con más fuerza.
—Cierra la boca y vístete.
—Me ofendes, Saku. ¿No te apetece que hablemos un rato? Me siento usado.
Apoya la espalda contra la pared y me observa en silencio, con su pelo alborotado, que tanto le favorece. Al menos ha tenido la decencia de ponerse los calzoncillos. Cojo su camiseta del suelo y se la tiro, y sigo revolviendo el armario en busca de algo que ponerme. Al final, me decido por unos vaqueros cortos y una camiseta de tirantes, que me pongo mientras Itachi sigue mirándome con una expresión en la cara que me arranca los colores. Lo sé, es raro, sobre todo teniendo en cuenta las actividades de esta última hora.
Me pongo colorada como un tomate al recordarlo, pero déjame que te diga una cosa: el sexo de reconciliación no está sobrevalorado.
—Podríamos fingir que estamos solos —me dice mientras se dirige hacia mí, pero le pongo una mano en el centro del pecho.
—Ah, ni se te ocurra. Vamos a bajar y a relacionarnos con nuestros amigos como la pareja perfectamente sociable que somos, así que haz el favor de buscar tus pantalones.
Y es entonces cuando oímos un golpe seco.
—¡Tengo tus pantalones! Vaya, parece que haya pasado por aquí el huracán Itasaku. ¡Me encanta! Ah, mira, y estáis bien surtidos en cuanto a protección, ¿eh? Me alegro.
Hina da media vuelta y baja las escaleras corriendo y riéndose a carcajadas. Los pantalones chocan contra la puerta y yo me muero de la vergüenza.
—Me quiero morir. Creo que me he quedado paralizada.
Y, de pronto, el muy neandertal me levanta del suelo y me carga sobre su hombro, ¡y sin vaqueros!
—Menos mal que puedo contigo a pesar de la rodilla, ¿eh?
—Tú tranquilo, que esta me la pagas. Te lo pienso recordar el resto de nuestras vidas.
—Mientras te tenga en la mecedora de al lado cuando tengamos ciento cinco años, por mí perfecto, bizcochito.
El maestro de los desmayos ataca de nuevo. Se me llenan los ojos de lágrimas y siento una felicidad aterradora porque no puedo evitar plantearme cómo será la vida si algún día lo pierdo. Eso es Itachi para mí: mi luz, mi felicidad, la persona sin la que no me imagino la existencia. Así que, cuando me baja por las escaleras entre los gritos y los vítores de nuestros amigos, me doy cuenta de que este es mi sitio. Se acabaron las dudas, las preguntas, las inseguridades. Todo eso forma parte del pasado. Esto, la vida que comparto con Itachi y la familia que hemos creado a nuestro alrededor, es lo único que importa y no pienso volver a dudar de ello nunca más.
