18. Epílogo, primera parte

Dos meses después

La frase más impopular que conozco es esa que dice que todo pasa por un motivo. Cada vez que alguien repite el tópico, la gente lo abuchea y le dice que haga el favor de mover el culo y hacer algo para solucionar lo que sea que le ocurra y que le ha llevado a repetir la frase de marras.

Supongo que los negacionistas creen que las cosas pasan porque sí y que si las aceptas sin hacer nada al respecto, la culpa es tuya, no del destino. Si el suceso en cuestión resulta ser un revés del tipo que sea, no solo has de aceptar las cartas que te han tocado, sino que también tienes que revolverte. Y si lo que te ha pasado es positivo, no lo atribuyes a una especie de poder místico, sino que afirmas que si te ha pasado a ti es porque te lo mereces.

Todo pasa por un motivo y yo estoy del lado de los creyentes y de los no creyentes. Cuando las cosas van mal, cuando me ocurre algo que me supone un reto y que amenaza con destruir mi determinación, mi respuesta nunca será atribuírselo al universo o considerarme la cabra que ha de ser sacrificada a los dioses por el bien de todos. No, le planto cara a lo que sea. Y cuando me pasa algo bueno, soy la primera en decir lo mucho que he trabajado para conseguirlo. Supongo que algunos me considerarán una no creyente.

Pero hay cosas en la vida que pasan por una razón, aunque en ese momento no sepas cuál es. Cosas como que un niño de cara traviesa, ojos negros y pelo oscuro te eche una mirada el primer día de colegio y decida que eres suya. Suya para picarte, para cabrearte, para hacerte reír, para amarte y para protegerte.

Suya.

Y soy incapaz de entender qué he hecho para merecer a alguien como Itachi Uchiha. Para una chica como yo, que ha pasado tanto tiempo deseando que los demás la quisieran igual que ella los quería a ellos, resulta casi incomprensible saber que tengo a un hombre a mi lado cuya devoción es tan poderosa que a veces siento que se me parte el corazón en dos. Somos jóvenes, a punto de cumplir los veinte, y la gente nos dice que la vida es mucho más que encontrar a tu media naranja en el instituto. Los que no nos conocen se muestran escépticos, no creen que sobrevivamos a la universidad porque las parejas que se conocen en el instituto raramente superan los cuatro años siguientes. En la universidad creces, descubres quién quieres ser el resto de tu vida. Cuatro años de libertad, de vivir la vida de otra manera totalmente distinta, una sucesión de primeras veces que hasta entonces no conocías.

Se supone que algo así te hace cambiar, te hace plantearte quién eres y qué quieres de la vida. La persona con la que te ves con dieciocho años, cuando te gradúas del instituto, puede que no sea la misma que te coja la mano cuando acabes la carrera y estés preparada para salir al mundo real. La idea resulta bastante inquietante porque no sabes cuándo tendrás ese momento de epifanía, cuándo te percatarás de que tus prioridades han cambiado, de que tú has cambiado. Puedo pasarme los próximos tres años aguantando la respiración, esperando a que Itachi se dé cuenta de que no soy la persona con la que se ve compartiendo el resto de su vida.

O puedo confiar en él, confiar en el chico que entró en mi vida hace dos años y se ha convertido en el hombre que mataría dragones por mí. Me ha cambiado para siempre, a mejor, y todos los días consigue que lo quiera un poco más. Cada día hace algo que me anima a creer que las cosas pasan por algo, que la gente entra en tu vida por un motivo y que, quién sabe, quizá las almas gemelas sí existen. Porque cuando encuentras a ese alguien, a esa persona en la que piensas a diario cuando no estás con él, que te llena el corazón de felicidad cuando está cerca, tu vida mejora en todos los aspectos, es más fácil porque sabes que al menos hay alguien que estará feliz cuando tú lo estés, que estará triste contigo, que te ofrecerá su hombro para que llores, te abrazará para que te sientas querida y te animará cuando lo necesites.

Y mientras marco las casillas en mi cabeza y me recuerdo a mí misma la suerte que tengo de haber encontrado a esa persona, soy consciente, no sin cierto orgullo, de que, después de todo este tiempo, también he conseguido convertirme en esa persona especial para Itachi.

—¿Diez pizzas? ¡No, no llegarán! Pero ¿tú ves cuántos chicos «en edad de crecer» hay en la sala? Si Kisame solo ya se ventila como mínimo siete.

—Eso nos deja con tres para los demás. Seguro que se las apañan.

Pongo los ojos en blanco y sigo encargando las pizzas, pero Hina insiste en que necesitamos comida para un regimiento. ¿Por qué? Porque ahora mismo estoy haciendo de anfitriona para media docena de tíos que, por lo visto, necesitan un mínimo de tres mil calorías para poder pasar el día.

—Tiene razón, acabo de ver a Shikamaru zampándose el bocata de pavo que tenías en la nevera con el helado para emergencias y creo que aún está buscando más comida. Así que clic, clic, clic, sigue apretando ese botón, bonita. Necesitamos más pizzas y todo lo que te den de regalo con ellas.

Temari dobla la esquina de la isla de la cocina y se asoma por encima de mi hombro para asegurarse de que su novio no se queda con hambre, lo cual parece bastante difícil teniendo en cuenta que me ha vaciado la nevera.

No me ha, nos ha vaciado la nevera. No creo que a Itachi le haga mucha gracia cuando salga de la ducha porque la mitad del helado era suyo.

—¿Te importa ir al salón y recordarles que nos han preparado cena a todos esta noche en casa de los padres de Itachi?

—Verás, no creo que tengan mucha intención de moverse del salón, al menos durante un buen rato. Están viendo un partido en la tele y encima saben que van a pillar pizza por la cara. Yo soy de la opinión de que, en lo relacionado con nosotras, podemos considerarlos muertos.

—Hina, ¿crees que tu novio estaría más interesado en comer que en, no sé, practicar alguna modalidad de actividad física si se lo propusieras? —le sugiero como quien no quiere la cosa.

Los chicos tienen que ponerse en marcha cuanto antes. Lo que ha empezado como un favor entre colegas que se mudan a su primer piso fuera del campus se ha convertido rápidamente en unos partidos rápidos en la pista de básquet del edificio y ha desembocado en el grupo de tíos sudados exigiendo pizza gratis que se han instalado en el salón de mi casa. En su defensa he de decir que ya han subido casi todas las cajas mientras las chicas y yo empezábamos con la pintura.

Mis amigos son geniales. Están dispuestos a hacer cualquier cosa por ti, siempre que los alimentes adecuadamente.

—No pienso quitarme la camiseta si eso es lo que me estás sugiriendo. Puede que a Kisame y a mí nos vaya un poco el rollo salvaje, pero aún no hemos empezado a experimentar con el exhibicionismo.

Kisame y Hina forman la pareja más morbosa que conozco. Son tal para cual y, por suerte, lo suyo va viento en popa. Apenas llevan un mes saliendo y ya van en serio. De hecho, él pasa más tiempo en el apartamento de Hina, que está a unas puertas del nuestro, que en el suyo y, la verdad, no me sorprende.

—Sakura, creo que deberías replantearte el color de la otra habitación.

Ino entra en la cocina mordiéndose el labio y con el muestrario de colores en la mano, seguida de cerca por Rin. Las dos se llevan muy bien y me alegro de que Ino se esté ocupando de que Rin se sienta cómoda con el resto del grupo. Hina tuvo la oportunidad de conectar con mis amigas durante el mes que pasamos juntas y ya es una pieza indispensable del engranaje, pero sé que Rin aún se siente un poco cohibida. Antes del verano ya habíamos hablado de mudarnos y ella ha encontrado dos chicas majísimas con las que compartir piso en el edificio contiguo al nuestro, que también es una residencia de estudiantes. Nos vemos a menudo y en el tiempo que mis amigas llevan aquí se ha hecho muy amiga de Ino. Lo mejor de todo es que, desde que rompió con su novio, la he visto hablando con Sasori varias veces y, la verdad, sería un giro muy interesante de los acontecimientos.

—Yo te diría que te quedaras con el nieve mejor que con el marfil. Me da malas vibraciones.

—¿Cómo puede ser que un tono de blanco te dé malas vibraciones?

Sacudo la cabeza y me centro en el problema de las pizzas. Calculo cuánto dinero me quedará después de esto para el resto del mes y decido pedir quince pizzas. No son las veinte que quería Hina, pero no pienso gastarme tanto dinero cuando ni siquiera las puedo pedir con extra de champiñones.

—La segunda habitación es para los invitados, ¿verdad? Querrás que sea cálida y acogedora. El marfil me recuerda a la sala de espera de un hospital, como si no quisieras a tus invitados en casa, mientras que el color nieve me hace pensar en nubes de caramelo y chocolate caliente. Además, quedaría genial con la colcha que compramos ayer. ¿Qué me dices? ¿Cuál prefieres?

Me enseña dos muestras exactamente iguales y, a estas alturas, tampoco me importaría pintar la habitación de un bonito color mandarina.

—El nieve suena muy bien.

—¡Guay! —exclama, y aplaude emocionada, poseída por la decoradora de interiores que lleva dentro. Le hace una señal a su aprendiz, digo, a Rin para que la siga y las dos se dirigen a la habitación para prepararla. Se está tomando esto demasiado en serio, pero se lo agradezco. Si voy a poner la decoración de mi piso en manos de un tercero, prefiero que sea en las de alguien que hace listas de las listas que quiere hacer.

Termino el pedido, le doy a enviar y cierro el portátil. Apoyo los codos en la encimera de la cocina y, de pronto, me doy cuenta de que es el primer momento de paz que tengo en todo el día. Lo de hoy ha sido una auténtica locura; el alquiler es bastante caro, pero aun así el piso necesitaba bastante cariño, y Itachi y yo estaremos encantados de dárselo. También tenemos mucha suerte de tener amigos dispuestos a ayudarnos. Kisame, Deidara y Sasori estudian cerca de aquí, así que han podido acercarse todos los días a echarnos una mano, sobre todo con la mudanza y el montaje de los muebles. Temari y Shikamaru también han venido, y Ino y Sai. Cuando acabemos, regresaremos todos juntos a casa en una especie de despedida antes de que cada uno vuelva a una punta del país. Intento no darle demasiadas vueltas; el verano me ha demostrado que nuestra amistad puede con todo y que es más fuerte que nunca.

—¿Te preocupa la cena con los suegros?

Temari me conoce demasiado bien y, desde que ha descubierto lo de Mikoto y también lo de la rodilla de Itachi, se ha desvivido por darme los consejos y el apoyo que tanto necesito. Sé que se siente culpable por haber desaparecido del mapa después de la pelea con Shikamaru. Durante esos días, intenté hablar con ella muchas veces, y me consta que Ino y mi hermano también probaron suerte, pero le apetecía estar sola y decidir si quería seguir saliendo con Shikamaru después de conocer una parte de él que, hasta entonces, ni siquiera sabía que existía. Un buen día, casi dos meses después de su espantada, me la encontré en la puerta de mi habitación, picando como una loca y gritándome que levantara el culo de la cama, y supe al instante que ya estaba recuperada. Para mi sorpresa, supe que había sido Shikamaru quien la había ido a buscar después de que ella lo llamara. No sé cuánto tuvo que arrastrarse mi hermano o qué le dijo exactamente, pero ahora están mejor que nunca, más felices e incluso más propensos a intercambiar muestras de afecto en público que nunca. Es asqueroso, pero no podría alegrarme más por ellos.

Aunque ahora mismo reconozco que me molesta un poco que Temari me conozca tan bien.

—No te preocupes, Sakura, si la malvada madrastra intenta atacarte, yo me ocuparé de ella, aunque teniendo en cuenta que su marido es el sheriff, será mejor que lo haga en plan ninja y para ello debo ir a investigar un poco.

Tras decir esto, Hina me da unas palmaditas en el hombro y se marcha. No sé si habla en serio o si lo hace para dejarnos a Temari y a mí a solas.

—No pensará pegarle a Mikoto, ¿no? Porque no creo que la cosa acabe muy bien para ella.

—Pues... no estoy segura, pero intentaré mantenerla alejada de los Uchiha.

Temari está de acuerdo conmigo.

—Buena idea y, ya que ha salido el tema, ¿qué tal las cosas en casa? Pensaba que besarían el suelo que pisas después de conseguir convencer a Itachi de que buscara un médico para lo de la rodilla.

Suspiro; han sido dos meses muy difíciles. Desde que Itachi decidió que ya no quiere jugar ni para la universidad ni profesionalmente, se ha mostrado más abierto a que lo examine un médico y también a hacer rehabilitación. Por poco no me pongo a llorar el día que nos dijeron que no necesitaría cirugía para reparar el daño que ya se había hecho. Sigue jugando de vez en cuando por diversión, sobre todo cuando los chicos vienen a verlo, y se nota que es mucho más feliz ahora que lo hace para pasar un buen rato que cuando jugaba para hacer feliz a su padre.

Hablando de padres, el encontronazo con los suyos sigue sin solucionarse. Itachi todavía no le ha perdonado a Mikoto la forma en que trató las cosas conmigo y, a pesar de que le he pedido un montón de veces que ni se enfade ni se ofenda en mi nombre, sigue sin bajarse del burro. Pero también le está agradecido porque le hizo pensar en la lesión y en su futuro, y quizá precisamente por eso por fin pudimos ser totalmente sinceros el uno con el otro. He ganado algunos puntos con los Uchiha por haber obligado a Itachi a sincerarse, aunque fuera a punta de pistola, pero también he perdido unos cuantos por haber creado un distanciamiento en el seno de su familia. Las cosas entre Mikoto y yo han mejorado un poco. Sé que se avergüenza de la dureza con la que abordó el tema, le gustaría haberlo hecho de una forma más adecuada, pero lo mejor de todo es que me ha borrado de su lista porque sabe que no estoy obligando a Itachi a quedarse en una universidad a la que no quiera ir. Pusimos tanto empeño en la presentación de la solicitud de beca que acabaron aprobándonos a pesar de que nos habíamos pasado de plazo: fue la prueba definitiva de que Itachi quiere quedarse en Brown.

Las cosas han mejorado aún más desde que se ha cambiado a la carrera que quería. Ahora que es estudiante de ciencias políticas, le interesan mucho las asignaturas de derecho y no descarta completar su educación por esa vía. No podría estar más orgullosa de él.

Por desgracia, no creo que Mikoto y yo volvamos a estar tan unidas como antes. Me parece muy loable que pusiera a Itachi por delante de todo lo demás, pero su forma de tratarme también me ha demostrado la opinión tan pobre que tiene de mí y ni siquiera sé desde hace cuánto tiempo. Si este año me ha enseñado algo, es que a mi alrededor solo quiero gente dispuesta a tratarme con el mismo amor y el mismo respeto que yo siento por ellos. Está claro que Mikoto no me respeta como persona y, problemas familiares aparte, el único motivo por el que intento llevarme bien con ella es por Itachi, y él lo sabe.

—No espero una reunión familiar como si fuéramos la tribu de los Brady, pero creo que al menos podemos comportarnos como personas civilizadas. Ya he estado un par de veces en su casa y Mikoto ha sido muy educada conmigo. Me conformo con eso.

—Me parece increíble que se haya puesto en tu contra y encima te eche la culpa de los errores de Itachi. Tú no sabías nada porque le había ocultado lo de la lesión a todo el mundo, incluida a ti.

—Pero ese es el problema, que yo debería haberlo sabido. Tendría que haber prestado más atención, y supongo que, de una forma un poco retorcida, le tengo que dar las gracias a Mikoto por la llamada de atención, pero eso es todo. Lo único que tenemos en común ella y yo es a Itachi.

—¿Y tú te conformas con eso?

Temari sabe que yo quería a Mikoto como a una madre y que no tengo demasiada suerte en ese apartado, la verdad.

—Sí. He tardado en percatarme, pero ahora sé que no necesito tener a una persona o una figura concreta en mi vida para que esta sea completa. Mi madre, que Dios la bendiga con todos sus defectos, está intentando arreglar las cosas, pero no espero ningún milagro. Ahora mismo soy feliz con la vida que tengo, Temari, muy feliz. No puedo pedir más.

Ella me abraza.

—Me alegro mucho por ti, y no solo por esto —me dice, señalando el apartamento—, sino porque por fin te has quitado las dudas de encima y has dejado de escuchar a esa vocecita de tu cabeza que te hacía cuestionarte a ti misma continuamente. Me he dado cuenta, ¿sabes?, supongo que como todos los demás, de que ahora pareces mucho más segura de ti misma y de lo mucho que ha evolucionado tu relación con Itachi. Es como si alguien se hubiera llevado todo el miedo y hubiera dejado en su lugar a esta tía con un par de ovarios, dispuesta a hacer lo que haga falta para que nadie se interponga entre ella y su hombre.

Estoy extrañamente emocionada y un poco en estado de shock. Me acerco a Temari y la abrazo con fuerza.

—No sabes cuánto os voy a echar de menos la semana que viene.

Ella me devuelve el abrazo con la misma entrega.

—No te vas a librar de nosotras tan fácilmente. Este año hemos conseguido que funcionara y el que viene también lo conseguiremos, ya lo verás. Pase lo que pase, siempre nos tendremos las unas a las otras. ¡cerda, abrazo de grupo! —grita Temari, y la rubia se me tira encima.

—Estaba esperando que me dierais la entrada.

La gente que tengo hoy en casa es toda la familia que necesito.

En el apartado de dúos sorprendentes y de reciente formación, otra pareja que se lleva muy bien es la que forman Kisame y Naruto. Sí, Naruto, mi amigo barra entrenador personal. Nunca seré de esas a las que les encanta ir todos los días al gimnasio. Aún se me revuelve el estómago cada vez que me acerco a una máquina de steps, pero si algo he sacado en positivo de arrastrar el culo hasta el gimnasio tres veces por semana es que he encontrado a otra persona que añadir a mi familia postiza: Naruto. Esta semana, mientras mis amigos y yo recorríamos Providence de un lado a otro en plena mudanza, él se las apañado para encajar perfectamente con el grupo, sobre todo con Kisame.

Quién lo iba a decir, ¿eh? Los dos son animales de gimnasio y han entablado una bonita amistad. Itachi ha estado de morros un par de días, pero al final es el que me ha sorprendido más de los tres. Desde que lo de la lesión es de dominio público, la gente ha empezado a tratarlo diferente. No en un sentido negativo o con pena; sencillamente no saben qué decirle. Algunos le dicen que sienten que su carrera como jugador de fútbol americano haya terminado; otros, que es mejor que lo haya dejado, como si destrozarse una rodilla fuera algo bueno porque significa que ya no puede jugar más... No hay una forma correcta de encarar el tema, así que imagina mi sorpresa cuando Naruto aparece un día para ayudarnos con la mudanza y se ofrece a ayudar a Itachi con la recuperación. El fisioterapeuta le ha dado una tabla de ejercicios sencillos para que los haga en casa y yo suelo ayudarle siempre que puedo, pero Naruto quiere estudiar un posgrado de medicina deportiva, así que es un profesional.

Por si fuera poco, Itachi y él tienen una especie de bromance, por fin. Si añadimos a Kisame al grupo, ha habido días en los que apenas he visto a mi novio. Pero estoy contenta porque el año pasado apenas pudo quedar con sus amigos y fue por mi culpa. Cuando no estaba entrenando, estudiando o fuera de la ciudad con el equipo, estaba conmigo, seguramente porque yo necesitaba tenerlo a mi lado mientras me lamía las heridas. Ahora que sabe que soy más que capaz de cuidar de mí misma y, ya que estamos, de él, lo tiene más fácil para quedar con sus amigos y salir de fiesta de vez en cuando.

Se ha pasado casi toda la mañana cargando las últimas cajas y montando muebles de IKEA. Cuando entro en nuestra habitación... Dios, aún se me hace extraño pensar que este es nuestro apartamento, nuestro dormitorio, nuestra cama. La cuestión es que oigo la ducha y asomo la cabeza por la puerta del baño. Está todo lleno de vapor y apenas distingo la silueta de su cuerpo, pero aun así aparto la mirada porque lo que menos necesitamos ahora mismo son distracciones.

—Oye, ¿a qué hora te ha dicho Mikoto que vayamos?

—¿Cómo dices, bizcochito? No te oigo.

Pongo los ojos en blanco; ni siquiera está intentando disimular sus intenciones.

—He dicho —repito, esta vez gritando— que a qué hora tenemos que estar en casa de tus padres.

—Sigo sin oírte —responde, también gritando—. Vas a tener que acercarte más.

Lo dice con su chulería habitual y, por un momento, siento la tentación de meterme en la ducha con él, pero ya estoy arreglada y vestida para el resto del día. Además, me he pasado tres cuartos de hora intentando alisarme el pelo, así que no pienso mojarme otra vez.

—¡Pues nada, me esperaré a que salgas!

—¿Qué? ¿Qué quieres que salga? Vale.

El tío no sabe lo que es la vergüenza. Abre la puerta de la ducha, sale desnudo como vino al mundo y me dedica una sonrisa traviesa y sexy, como si esta emboscada en la que acabo de caer no fuera cosa suya. Dos años juntos y aún se las arregla para llevarme siempre la delantera.

—No pienso meterme en la ducha contigo —le digo, y empiezo a retroceder, pero él me sigue, totalmente desnudo a pesar de que las puertas no están cerradas y hay un grupo de gente en la habitación de al lado.

—¿Estás segura de eso?

Le tiro una toalla y, a regañadientes, se la pasa alrededor de la cintura porque, al igual que yo, tampoco quiere montar un espectáculo delante de nuestros amigos.

—Estoy segura de que no quiero llegar tarde a la fiesta que tus padres han tenido la amabilidad de organizar para nosotros. Me gustaría conservar la esperanza de poder tener una relación normal con ellos.

Uf, Sakura, qué estúpida eres, otra vez con la verborrea. El rostro de Itachi se endurece y yo me doy de cabezazos por haber sacado el tema de la tensión que hay entre Mikoto y yo. Él ha dejado bien claro de qué lado está y yo no puedo evitar sentirme incómoda. No quiero provocar un distanciamiento entre su familia y él, y uno de mis objetivos para esta noche es aliviar la tensión entre ellos.

—No tienes que demostrarles nada, Saku, y lo sabes. Me da igual lo que piensen y tú deberías hacer lo mismo.

El sheriff se ha mostrado bastante agradable conmigo, él no es el problema, pero supongo que tiene que apoyar a su mujer, y precisamente por eso también me ha estado evitando. Me duele, pero sobreviviré, y ojalá Itachi se diera cuenta. Todo lo que hago lo hago por él, para arreglar las cosas entre él y su familia.

—No intento demostrarle nada a nadie. —Me acerco a él y, que le den al pelo liso, le paso los brazos alrededor del cuerpo, aún mojado—. Pero ha sido todo un detalle por su parte organizar una fiesta para nosotros y nuestros amigos, y estaría bien que no llegáramos tarde.

—Me dijo que a las ocho ya estaba bien —replica, encogiéndose de hombros—. A Sasuke le han retrasado el vuelo, así que también llegará tarde.

—Genial, voy a reunir a la tropa.

Le doy un beso en la mejilla y me voy. Cuando ya estoy saliendo por la puerta, me silba.

—¿Te he dicho alguna vez que me encanta cómo te quedan esos pantalones cortos?

Pongo los ojos en blanco y le digo por encima del hombro:

—Vístete antes de que entre Hina, te pille desnudo y tengamos que llevárnosla entre cuatro.

Aunque sea mi novio, la pobre no puede evitar ser su fan número uno.

—¿Necesitas algo más?

Como el hermano mayor, protector y responsable que es, Shikamaru revisa una vez más nuestro apartamento de dos habitaciones. Itachi y yo decidimos gastar un poco más en el alquiler porque, en cuanto vimos el piso, supimos que era aquí donde queríamos pasar los próximos tres años. Que esté a diez minutos del campus y tenga aparcamiento gratis es un plus, pero lo que nos enamoró fue el espacio abierto que forman la cocina, el comedor y la sala de estar, y las enormes ventanas de cristal que consiguen que parezca el doble de grande de lo que en realidad es. Lo estamos amueblando y decorando poco a poco, dándole vida, pero entre la semana que llevamos aquí y las tres semanas que dedicamos a buscar piso, este apartamento me tiene robado el corazón. Nos podríamos haber decantado por uno de una sola habitación, pero me encanta la idea de que los amigos vengan a vernos, así que no nos importa pagar un extra por la segunda habitación.

—He repasado dos veces la lista que me diste antes de salir de la tienda. Creo que lo tenemos todo.

—Esta mañana he ido a la ferretería y yo diría que tenéis de todo para un caso de emergencia, si es que tenéis alguno, ¿vale? Y he hablado con el casero para que te cambie la cerradura de la puerta, que se está cayendo a trozos. La puerta de la habitación chirría mucho, la engrasaré antes de ir...

—Shikamaru, para —lo interrumpo, y le doy un abrazo—. Todo irá bien. Es un edificio lleno de estudiantes, nadie tiene ni idea de nada, pero nos las arreglaremos.

Suspira.

—Intenta no comerte tu propio peso en ramen. Te he descargado un par de libros de cocina sencillitos en el Kindle, así que, aunque Itachi no esté para cocinar, deberías intentar hacer al menos un par de comidas decentes a la semana.

—Sí, mamá. ¿Algo más?

—Sí, el servicio de lavandería es una porquería. Antes he oído a un par de chicas quejándose de que les han perdido su ropa interior Calvin Klein. Mejor ve a la lavandería autoservicio que hay calle abajo, que encima es más barata.

Disimulo una sonrisa; está tan nervioso por mí que se me derrite el corazón. Sé que cree que una residencia es más seguro que esto, pero si hubiera escuchado la mitad de cosas que se han dicho de mí o que me han dicho directamente a la cara, se arrodillaría ante los dioses del alquiler para agradecerles que Itachi y yo hayamos encontrado este piso.

—¿Quieres dejar de ponerla nerviosa? Está estupenda, eres tú el que está histérico. Todo irá bien, ya lo verás. —Temari le pasa los brazos alrededor de la cintura, apoya la cabeza en su hombro y me guiña un ojo—. Le has llenado la despensa con tantas latas que podría sobrevivir perfectamente a los Juegos del Hambre seis veces seguidas y, además, estoy segura de que el casero se ha hecho pipí encima cuando has ido a hacerle una visitita.

—¿Que has hecho qué? —exclamo—. ¡Por favor, dime que no lo has amenazado! ¿Tú sabes lo difícil que es que te den el permiso para residir fuera del campus? Si nos echa, nos quedamos en la calle por tu culpa. Además, ya no le caemos bien porque a Hina se le ocurrió decir que su pelo le recordaba al corte de pelo ochentero de Billy Ray Cyrus.

Seguramente no es lo mejor que le puedes decir a alguien si lo que quieres es causar buena impresión, así que sí, ya estamos en arenas movedizas, y si encima Shikamaru le ha ido con sus tonterías de hermano mayor, es posible que Itachi y yo tengamos ya un pie fuera.

—¿Quién se va a quedar en la calle, bizcochito?

El hombre en cuestión se me acerca por detrás, me pasa los brazos alrededor de la cintura y apoya la barbilla en mi hombro. Dios, huele tan bien que respiro hondo para embelesarme con el olor que desprende a recién duchado. Ojalá hubiera un Premio Nobel para el que inventó el jabón con aroma a primavera irlandesa.

—Pues, por lo visto, nosotros. Shikamaru le ha hecho una visita al casero y le ha amenazado con agredirle.

—No es verdad, solo le he dicho que debería tener más cuidado con la seguridad. ¿Habéis visto el tipo de gente que ronda por los alrededores? No pagáis tanto dinero para tener la puerta llena de traficantes.

—Es una ciudad universitaria —le digo, poniendo los ojos en blanco—, ¿qué esperabas? No me digas que en Berkley no pasa lo mismo.

—Ah, es peor aún. Estoy convencido de que nuestro vecino tiene un laboratorio de metanfetaminas en su casa, pero no le decimos nada porque los fines de semana nos deja a su galgo para que se lo cuidemos y lo quiero demasiado para hacer que detengan a su dueño.

Shikamaru suspira; por lo visto, es un tema complicado. Miro a Itachi por encima del hombro.

—¿Tienes algún sitio al que podamos ir si el casero nos echa?

Él sonríe.

—No nos echará, a menos que quiera que la policía investigue sus trapicheos. Ya lo he hablado con él.

Miro a mi hermano y luego otra vez a Itachi. Por lo visto, ya se han ocupado de chantajear al pobre hombre para que no nos ponga de patitas en la calle.

—No sé ni por qué abro la boca.

Entre los dos, mi seguridad es más sólida que la de Fort Knox.

—Ino y Sai ya se han marchado con Rin. Temari y Shikamaru llevan a Kisame y a Hina, y Deidara y Sasori dicen que se ocupan de Naruto, así que todo el mundo tiene transporte.

Camino de un lado a otro como una neurótica, asegurándome de que las puertas están cerradas y las luces apagadas. Esta noche la pasaremos en mi casa y mañana volveremos al apartamento con las últimas cosas que quedan por traer.

Mañana es el último día antes de que todos volvamos a nuestras respectivas clases y no puedo evitar aferrarme como una desesperada a los últimos restos del verano, aunque también tengo ganas de que empiece el curso porque sé que se me dará mucho mejor que el pasado. Entre las clases, el equipo de baile y los artículos del periódico del campus, estaré tan ocupada que no tendré tiempo para darle vueltas al coco y hacerme la zancadilla a mí misma.

—Genial, creía que nunca volveríamos a estar solos. Recuérdame que no te deje acabar el segundo dormitorio o no nos los quitaremos de encima ni con agua caliente.

Itachi me acorrala contra la encimera de la cocina y me abraza. Después de lo que me hizo aquí mismo, sobre la encimera, la primera noche que dormimos en el apartamento, no creo que pueda volver a mirarla con los mismos ojos.

Intento apartarle las manos, que empiezan a tomarse demasiadas libertades con el vestido que llevo puesto. Tiene un escote precioso, con los hombros al aire y mucha piel expuesta que mi novio aprovecha para acariciar. Pierdo la batalla y cierro los ojos para que me bese.

Sé que deberíamos salir ya y que el trayecto de una hora y media será más largo porque es viernes por la noche y hay más tráfico, pero es como si Itachi tuviera magia en las manos. Ahora mismo, me da absolutamente igual impresionar a los Uchiha con mi puntualidad británica.

De repente, me da la vuelta y se aprieta contra mi espalda mientras me besa el cuello y el trozo de espalda que queda al aire. Las mangas ofrecen poca protección y Itachi tira de ellas, deslizando el vestido hasta la cintura. Me rodea con los brazos en busca de mis pechos, la cara hundida en mi cuello, oliéndolo.

—No me puedo creer que te tenga toda para mí, que este sitio sea nuestra casa. ¿Tú sabes cómo me pone eso? Entrar por la puerta y saber que hemos hecho el amor absolutamente en todos los sitios, que te he hecho mía de todas las formas posibles.

Un escalofrío recorre mi cuerpo y ni siquiera me salen las palabras. Jugar a las casitas con Itachi Uchiha despierta sensaciones en mí que no se parecen a nada que haya sentido antes, por eso aprovecho para alimentarme de su energía, para volverme loca de amor y dejarme llevar por esta ansia de poseer hasta el último centímetro de su cuerpo. Este es el sitio en el que crearemos recuerdos nuevos, en el que construiremos una nueva vida y huiremos de los fantasmas del pasado.

Y me muero de ganas de que todo eso pase.

Me llevo la mano a la espalda para tirar de la poca cremallera que queda y dejo que el vestido caiga al suelo. Oigo su respiración acelerada, me doy la vuelta y, mientras le ayudo a quitarse la camiseta y a desabrocharse los vaqueros en busca de la cercanía y del roce de nuestros cuerpos, me olvido del tiempo, del espacio y de la gente.

—Te quiero, Sakura Haruno, con todo mi corazón.

Me levanta del suelo y me sienta en el borde de la encimera. Le paso las piernas alrededor de la cintura y él me desabrocha el sujetador y saca un pequeño sobre de plástico del bolsillo de los pantalones.

—Y yo a ti, no sabes cuánto, Itachi.

Porque esta es nuestra casa, nuestro hogar, el lugar al que pertenecemos como pareja. Hemos luchado tanto para llegar hasta aquí, para vencer a los elementos y a nuestras propias reticencias, que nos merecemos disfrutar hasta del último segundo que pasemos juntos.

Las cosas siempre pasan por algo, pero también puedes conseguir que ocurran si crees en ellas y luchas con todo tu ser.