Este Fic es una adaptación del libro "AMA" de Keyla Leiz la cual les comparto sin fines de lucro,

sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes a Tite Kubo. Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Advertencia: En este fic algunos capítulos contienen material BDSM, si no te gustan estos temas, sigue de

largo y disfruta de algunas de mis otras historias.

Capítulo 19

Que no pasen las horas sin que te cautive; que no pasen los minutos sin

que te enamore; que no pasen los segundos sin que te domine.

Había intentado hablarle sin resultado. Kaien miró por encima de los

documentos que habían llevado fruto del seguimiento de Aizen a su compañero.

Había llegado a la comisaría sin afeitar, con ojeras y de un humor de perros.

Parecía que destilaba rabia por los poros porque nadie se acercaba a Ichigo

y todos le preguntaban a él si sabía lo que le pasaba.

Podía intuir que era por la sesión con Rukia, pero algo le decía que había

más. Y aunque le había intentado sonsacar información, este no colaboraba en

absoluto y al final había desistido. Si quería hablar con él, no tendría más

que decirlo.

Hasta su propio jefe había ido a hablar con ellos y, cuando percibió el

aura "maligna" que portaba, prefirió darse la vuelta y llamar a Kaien solo

para comentarle sobre un caso y, de paso, preguntarle lo que le pasaba a

Ichigo.

Kaien se centró de nuevo en los papeles. Aizen parecía moverse más

rápido de lo normal con tantas idas y venidas. Había un lugar concreto en el

que solía ir casi todos los días, y pese a haberlo investigado, no sacaban

nada en claro más que el hecho de que fuera un club de ocio para personas

selectas. Quedaba en el centro de la ciudad y solía abrir desde las diez de

la noche hasta altas horas de la madrugada.

— Quizá deberíamos ir a echar un vistazo a este lugar... —musitó en voz

alta Kaien.

— ¿Qué? —gruñó Ichigo.

Kaien se fijó en que sostenía un vaso de agua al que le echó una pastilla

efervescente.

— ¿Te duele la cabeza? —se preocupó.

— Sí. Tomé demasiadas copas anoche... —respondió sintiéndose culpable

de haberse buscado ese estado.

¡Por fin había hablado! Lo más que le habían sacado eran gruñidos o

sonidos guturales ininteligibles. Al menos, tras unas horas en la comisaría,

parecía que su humor se había suavizado lo suficiente como para entablar

conversaciones.

— Hoy iré yo solo a casa de Rukia, Ichigo —propuso Kaien. Se sentía un

poco culpable de haber dejado a su compañero solo pero, después de esa

primera impresión, y de que llegara a casa empalmado y con ganas de su

mujer, había temido que eso se repitiera todas las noches.

Ya le había quedado claro, por parte de su pareja, que no le importaba.

— No —negó tajante Ichigo—. Yo también voy.

— ¿Pero tú te has mirado? Estás hecho un figurín. Apuesto a que ni has

dormido.

— Esto no es por lo de Rukia de anoche... —confesó—. Estuve tomando

unas copas después.

Kaien entrecerró el ceño. No era habitual que Ichigo bebiera. De hecho,

en el tiempo que llevaban de compañeros, no lo había visto beber hasta el

punto de emborracharse y pasar por la resaca.

— ¿Y esas copas no tuvieron que ver con cierta pelinegra? —Había metido

el dedo justo en la llaga.

Ichigo lo fulminó con la mirada. Era cierto. Había ido buscando respuestas

y, en su afán por intentar entender lo que había pasado entre ellos dos,

había cometido más de un error.

El sonido del móvil hizo que Ichigo siseara porque se le clavaba ese ruido

en la cabeza y ya tenía bastante dolor como para agravarlo con el timbre

insistente. Cogió el teléfono y descolgó sin mirar quién llamaba.

— ¡Diga! —exclamó malhumorado.

— Buenos días a ti también, Ichigo. —La voz de Rukia hizo que el mal humor

se le esfumara y, a cambio, su cuerpo vibrara. Tragó con lentitud sin atreverse

a decir nada—. No estás muy hablador hoy... Bueno, yo tampoco tengo mucho

tiempo, así que seré breve. Esta noche no voy a conectarme al club.

— ¿Qué? ¿Por qué? —Consiguió preguntar, con un tono de voz más suave.

— No me apetece hoy.

— Pero quedaste con Aizen... —le recordó.

— Sí. Pero al contrario que él, yo no tengo por qué estar disponible

cuando no quiero. Mis amigos controlarán si de verdad entra y nos informarán,

además de si habla con alguien.

— Pero... lo dejaste... —susurró tapando el altavoz del móvil y girándose

para que nadie lo escuchara—. Lo dejaste sin correrse...

— ¿Y qué? No sería la primera vez —contestó ella con tranquilidad.

— Rukia, necesitamos cogerlo..

— Sé lo que me hago. Pero quizá debería preguntarte eso mismo a ti...

— ¿Qué quieres decir? —inquirió él poniéndose nervioso.

— Yo no fui la que huí en mitad de la noche —respondió ella.

— Ruki... —El teléfono se cortó antes de que pudiera decirle nada. Miró el

historial de llamadas—. Kaien, me voy.

— ¿Qué? Oye, que era Rukia, ¿qué quería? ¿Y dónde vas? —Saltó su compañero

levantándose de la silla y cogiendo su chaqueta.

— Voy solo —lo paró Ichigo—. Rukia dice que esta noche no va a conectarse al

club. Tengo que hablar con ella —le explicó colocándose la chaqueta. Ni siquiera

esperó a que le dijera algo más, tomó camino hacia el exterior de la comisaría

donde tenía su moto.

Rukia colgó el teléfono a pesar de que escuchaba a Ichigo llamarla. Pero no

le apetecía hablar por teléfono. Además, sabía que esa llamada iba a provocar

una reacción de él. Y esperaba que, al contrario de la noche anterior, fuera la

adecuada.

Aunque no se hubiera dado cuenta, ella estaba despierta cuando se levantó de

la cama y se vistió. También cuando salió de manera apresurada de su casa. Si

solo hubiera esperado y hablado... Pero no, como hombre que era tenía que salir corriendo.

— ¿Rukia? —El interfono la sacó de sus pensamientos.

— Dime, Momo —contestó ella.

— ¿Tienes tiempo para mirar lo de la subasta? Ya tengo todo lo que me has

pedido para repasarlo.

— Sí, pasa. ¿Tengo más reuniones?

— Mmmm...

—Casi parecía verla señalar con el bolígrafo la hoja de la agenda de ese día—.

Esta tarde, una reunión con un nuevo cliente que quiere comprar una pieza de

arte especial. Creo que me dijeron que había visto algo en la página web y

viene a informarse.

— Cancélala. Ponla para mañana a primera hora.

— ¿Y eso? ¿No me digas que falta algo para la subasta?

Rukia rió.

— No, pero voy a estar ocupada. Y ahora entra y finiquitemos los preparativos

para mañana.

— Voy.

Ichigo irrumpió en Kuchikis conduciendo sus pasos hacia el despacho de

Rukia. Necesitaba hablar con ella y que le explicara el motivo por el que ese

día no iba a conectarse. ¿O acaso había algo más?

Después de haber estado con esa desconocida, no había vuelto a entrar en

la discoteca. Había cogido su moto y andado con ella hasta su casa, a varios

kilómetros de distancia. Pero esa caminata le había ido bien para eliminar el

alcohol de su cuerpo y, al mismo tiempo, aclarar sus ideas. Aunque al final lo

que hubiera conseguido fuera un tremendo dolor de cabeza y cientos de dudas

que no entendía.

Cuando había llegado a su piso, lo único que había podido hacer había

sido darse una ducha y cambiarse de ropa para ir a la comisaría donde su

compañero lo esperaba. Ni siquiera le había cogido la llamada a Karin

cuando lo había llamado a primera hora de la mañana. ¿Qué iba a decirle si ni

él entendía por qué estaba así?

Llegó hasta la planta del despacho de Rukia y se paró en seco. La mesa de

su secretaria estaba vacía y la puerta por la que se accedía al despacho estaba

cerrada y con las persianas bajadas. ¿Podía ser que no estuviera?

Consultó su reloj y se maldijo por dentro. Era hora de almorzar; por eso

había visto tan poco movimiento en el lugar. Un ruido hizo que centrara sus

sentidos. Había algo, o alguien, dentro del despacho.

Avanzó hacia el lugar y, justo cuando iba a coger la manivela para abrir la

puerta, esta se abrió chocando con una joven de pelo moreno que cayó de culo

al suelo.

— ¡Perdón! —se disculpó apurada. Cuando levantó la mirada y vio quién era,

su boca se abrió en una o de sorpresa al reconocerle.

— ¿Momo? ¿Estás bien? —preguntaron desde dentro.

De inmediato, Rukia se agachó al lado de su amiga para ver si se había

hecho daño. Se volvió hacia la persona que había chocado con ella para

increparle cuando se dio cuenta de quién era. Entonces, se puso de pie

delante de él.

— Hola —saludó Ichigo.

— ¿A qué has venido? Creí que había dejado todo claro —le respondió a

cambio.

— Tenemos que hablar —insistió él.

Momo, desde el suelo, miraba a un lado y a otro, primero como si estuviera

en un partido de tenis, después maquinando en su cabeza y analizando la

situación.

— Yo os dejo... —dijo al final Momo levantándose.

— ¿Estás bien de verdad? —Se preocupó Rukia—. ¿Te duele algo?

— Mi ego, pero ese no tiene arreglo.

— Siento haberte empujado, oí ruido y fui a mirar —le explicó Ichigo. Se

sentía culpable de no haber reaccionado a tiempo y, al menos, cogerla para

evitarle la caída.

— No te preocupes. Rukia, voy a llevar esto a fotocopiar para distribuirlo

por el personal y después me encargaré de archivar los documentos para que

estén a mano, ¿vale?

Rukia asintió con la cabeza. Observó a Ichigo y Momo recoger los papeles

que habían caído al suelo y, una vez los tuvo, se apartó de ellos. No le gustó

nada la sonrisa pícara que le dedicó su amiga pero no tuvo tiempo de decirle

nada pues puso pies en polvorosa.

— Rukia... —llamó Ichigo. Ella giró la cabeza hacia él. Lo miró, y se dio

la vuelta entrando en su despacho sin decirle nada. Tampoco necesitaba invitación

puesto que había dejado la puerta abierta y esperaba que entendiera que prefería

tener intimidad.

Ichigo la observó caminar hacia su escritorio y se relamió. Había tenido

el cuerpo de esa mujer para él solo. Lo había sentido bajo su cuerpo, aunque

no le hubiera dedicado mucho. Pero a pesar de haber tenido sexo la noche

pasada, su cuerpo volvía a encenderse al mirarla.

Carraspeó, agitó la cabeza y dio unos pasos hacia el interior del despacho

cerrando la puerta tras de sí. Llegó a la silla en el momento en que Rukia se

sentaba enfrente suyo y entrelazaba las manos sobre el escritorio. Era una

mujer que destilaba poder, que con ese gesto, denotaba que era ella quien

estaba al mando.

— ¿Para qué has venido? —volvió a repetirle.

Ichigo se quedó callado. En el trayecto hasta la casa de subastas había

peleado consigo mismo por entender el motivo por el que iba a verla. Si bien

era cierto que le había dicho a Kaien que iba a hablar con ella por la

cancelación de la "cita" de esa noche, había más. Quería verla de nuevo.

Volver a escuchar su voz, entender qué le estaba pasando. Y, de alguna manera,

pensaba que ella podría decírselo.

— La cita de esta noche —habló por fin Ichigo—. ¿Por qué la cancelas?

— Como te dije por teléfono, son ellos los que deben estar pendiente de

mí. Yo hago o no hago las cosas. No dependo de nadie. Si me apetece, entro;

si no, no lo hago.

— Pero quedaste con él...

— No... Recuerda. Él dijo que se iba a conectar a cierta hora. Yo no le

dije que lo haría.

Ichigo frunció el ceño intentando recordar la conversación. ¿Había sido

así? No se acordaba demasiado de ella, aunque sí del estado en que él se

encontraba después de ver cómo Rukia lo dominaba. Si era como ella decía, no

tenía argumentos para recriminarla. Solo uno.

— Se supone que nos estás ayudando en el caso y que debes hacer que

quiera estar contigo, que te vuelvas imprescindible —le recalcó.

— ¿Y qué relación tiene eso con no entrar en el club hoy? ¿Acaso una

persona seduce a la otra estando juntos todo el tiempo? ¿No crees que es

mejor hacerla desear a esa persona que tenerla siempre que quieras?

Tenía razón. El deseo, las ganas por volver a verla, por volver a sentirla

siempre eran mayores que la rutina de tenerlo seguro. Él mismo podía servir

de ejemplo, ya que en el momento en que ella lo había llamado y comunicado

que no iba a acceder al club él había corrido a ella, no buscando

explicaciones, sino por ella.

Ichigo rió. Puso la mano en la frente y la dejó caer. Empezó a negar sin

dejar de reír.

— ¿Puedo saber de qué te ríes? —le preguntó Rukia.

— ¿Qué me has hecho? —lanzó Ichigo mirándola directamente—. No puedo dejar

de pensar en ti. Desde el sexo de anoche ya nada es igual, lo he probado.

—Rukia enarcó una ceja pero no dijo nada—. Te has metido dentro de mi piel...

Rukia se levantó de la silla, rodeó la mesa y apoyó el trasero en ella

colocándose al lado de él. Acarició el pelo de Ichigo haciendo que gimiera

por el contacto, sin mirarla aún.

— ¿Y no te gusta?

— No me gusta perder el control... —siseó él.

Rukia bajó la mano por la mejilla hasta el mentón de Ichigo y, con algo de

fuerza, hizo que la mirara.

— ¿Y quién te lo está quitando? —insinuó ella.

Ichigo se quedó impactado. Era ella quien le había quitado el control,

quien había hecho con él lo que quería, quien lo había seducido hasta el punto

de no borrarse de sus pensamientos... ¿O no era así? ¿Había sido ella la que

lo había obligado?

Recordó la noche... No... ella le había pedido disfrutarlo, y él se había dejado

hacer por el placer que sentía. Era él quien había perdido el control. Y

le había gustado.

— Anoche te agobiaste y te entraron dudas —comentó Rukia con tranquilidad—.

Pero,en lugar de hablarlo, te marchaste y quisiste ver si seguías siendo el

macho que eras, ¿verdad? —Ichigo asintió—. ¿Y qué obtuviste?

— Desolación... —murmuró él—. Me sentí vacío. Fue, extraño. Estaba excitado,

quería sexo. Pero no tenía el mismo entusiasmo que cuando tú y yo lo hicimos.

— ¿Y crees que eso fue porque yo tome las riendas? No, Ichigo. Fue porque

tú te dejaste llevar, porque no tenías que preocuparte por darme placer a mí,

sino sentirlo. Y porque, al hacerlo, también a mí me satisfacías. Ese es el

verdadero BDSM.

— Odio esas siglas y lo que las engloba —gruñó apartando los dedos de su

mentón—. El BDSM solo es una forma de que violadores y abusadores seescondan

—bramó mirándola con odio.

— ¿Quién fue? —preguntó ella—. ¿A qué persona querida le hicieron daño?

— Mi hermana —confesó—. Y ese día juré que acabaría con todos los que

lo practican.

Rukia sonrió.

— Coincido contigo en acabar con los que desprestigian el verdadero

BDSM. Pero aún hay personas que saben de protocolo y normas y que las

siguen al pie de la letra.

— ¿Y qué les diferencia de abusar de otra persona? —inquirió

levantándose de la silla para poner distancia. Lo estaba poniendo nervioso.

Rukia se cruzó de brazos y lo miró.

— ¿Por qué no respondes tú a esa pregunta? Ayer te dominé, te impedí que

me tocaras, te hice lo que yo quise. ¿En algún momento te sentiste incómodo?

¿Quisiste que parara? —Al ver que no respondía, siguió—: Esa es la diferencia.

Un buen dominante conoce a la otra persona y le da lo que ella quiere. Un

dominante mediocre, solo busca su placer en los demás.

Rukia se apartó de la mesa y eliminó la distancia que había con Ichigo.

Metió sus dedos en el cabello de él y colocó su otra mano en el hombro.

— Dime que no te gusta lo que te hago —lo retó. Metió una de sus piernas

entre las de él y la subió hasta rozarle—. Dime que no te excito.

— No puedo —respondió él con la respiración entrecortada.

Ella sacó la lengua para humedecerse los labios. E Ichigo ya no pudo

más. Lo había tentado tanto que ya no podía resistirse a ella. Necesitaba

besarla, tocarla, sentir su corazón palpitar por él, notar la vibración de su

cuerpo.

La besó recuperando las ansias, la excitación, el deseo que le provocaba.

No era igual que con esa desconocida. Con Rukia todo su cuerpo se fundía en

placer.

Sintió cómo ella se dejaba hacer, abría su boca y lo invitaba pero,

también, le plantaba cara, luchaba, libraba una batalla en su interior por no

perder el control.

Las manos de Rukia bajaron, una hasta su cuello, la otra a su cintura, como

si lo anclaran a ella. Pero tampoco él se quedaba atrás. Las suyas le acunaron

la cabeza dirigiendo la intensidad del beso. No le bastaba con él, quería más,

ansiaba estar dentro de ella. Quiso empujarla hacia la mesa pero, cuando Rukia

rozó con su trasero el borde, protestó.

— Aquí no, Ichigo... —le dijo—. Ahí fuera está mi secretaria y este despacho no

está insonorizado.

— Dile que se vaya.. —propuso él—. O mejor, vamos a mi piso.

Rukia rió por lo que le había dicho. Había llegado carcomido por las dudas

y la culpa; y en ese momento su deseo era tenerla en su cama. Notó de nuevo

los labios de él robándole la risa y haciendo que, de nuevo, también ella

perdiera el control por el fuego intenso que era é ó separarse de él y

se alejó hacia la puerta. La abrió y...

Tres golpes hicieron que Rukia pasara de mirar hacia el frente a hacerlo

hacia el suelo.

— ¿Pero qué...? —se preguntó ella.

Delante de ella, solo que al nivel más bajo, estaban Matsumoto, Nanao y

Momo, quejándose por haberse caído y enrojeciendo por momentos porque las

había pillado in fraganti.

— Hola, Rukia... —saludó Matsumoto levantándose y alisando su ropa. Se

acercó a su amiga y le dio dos besos como si no hubiera pasado nada.

— ¿Hola? —cuestionó ella. Miró a las otras dos que se levantaban y

evitaban el contacto visual con ella.

— ¿Se puede saber qué pasa aquí? —Rukia puso las manos en la cintura

esperando una respuesta—. ¿Momo?

— Yo...

— ¿Nanao?

— Es que...

— ¿Matsumoto? —Se dirigió a la tercera que, al contrario que las otras,

miraba al frente con una sonrisa bobalicona—. ¿Rangiku? —repitió siguiendo

la dirección de la mirada hasta ver qué era lo que la tenía tan hipnotizada.

— Joder, cómo está la policía... —murmuró ella—. Si no fuera porque me

voy a casar con Gin...

Momo y Nanao se echaron a reír y Rukia levantó las manos en señal de

derrota. Ya tenía su respuesta. Estaban allí para conocer a Ichigo, seguramente

avisadas por la propia Momo. Ahora entendía esa sonrisa pícara de Momo que tan

poco le había gustado.