Cuando Bella llegó a casa todo estaba en silencio. Se imaginó que Ángela habría acostado a Renesmee hacía horas y ella estaría viendo la televisión o leyendo algún libro de los que siempre la acompañaban.
Caminó por el pasillo con sigilo pues no quería despertar a su hija y, al llegar al salón, encontró a la niñera dormida en el sofá, con el libro abierto entre las manos, apoyado en el regazo.
Se mortificó pensando que, esa vez, habían tardado demasiado en volver a casa. El tiempo pasaba volando cuando visitaban El Jardín de las Delicias.
Durante todo el trayecto desde el local liberal hasta su domicilio, Bella había estado pensando en lo ocurrido. Sentía una pena infinita, como si le hubieran arrancado una parte de su ser. No conocía a su marido tan bien como creía. La decepción, la desilusión, habían hecho mella en ella; y las palabras de Edward no dejaban de torturarla una y otra vez.
«Solo es un juego, nada más. ¿Por qué no puedes comprenderlo?». Pero no podía.
Verlo atado, sometido, humillado… Había sido demasiado para ella.
Edward llegó en ese momento y la encontró en mitad del pasillo, frente a la puerta abierta del salón.
—Bella, yo…
Se calló en cuanto ella le miró y, poniéndose el índice en los labios, le indicó que se mantuviera en silencio.
Edward terminó de cubrir la distancia que le separaba de su esposa y observó a la niñera dormida.
—Pobrecilla —murmuró él—. Esta vez nos hemos pasado.
—Voy a despertarla. Ve a buscar el dinero para pagarle.
Bella se adentró en la estancia y se inclinó sobre Ángela. Le tocó el hombro con delicadeza hasta que la babysitter abrió los ojos.
—Me he quedado dormida, perdóname —se disculpó.
—Tranquila, no pasa nada, es normal. Hoy nos hemos retrasado bastante —la calmó Bella con una dulce sonrisa.
—Renesmee ha cenado muy bien y se ha acostado a las siete y media, después de que leyera un rato —le explicó la niñera—. Cada día lee mejor esta niña. Si practica durante todo el verano, cuando empiece el nuevo curso, será la primera de la clase —dijo con orgullo.
Bella amplió su sonrisa por aquel cumplido a su hija.
—Gracias.
Edward entró en el salón con el dinero acordado en la mano. Ángela se alzó del sofá y lo recogió.
—¿Quieres que Edward te acerque a casa? Son más de las dos —ofreció Bella.
—No, gracias. Llamaré a un taxi.
—De verdad, Ángela, para nosotros no es ninguna molestia. Si quieres te puede llevar —insistió ella—, y te ahorras el dinero del taxi.
—No, no, de verdad que no. —Sacó el móvil del bolso y pulsó la pantalla—. Tengo memorizado el número de la central de taxis y sé que en poco más de cinco minutos estará aquí. A estas horas no hay nada de tráfico. No os preocupéis —dijo mirándolos a ambos.
—Bien, como quieras —cedió Bella.
Tras despedirse de Ángela, Edward intentó hablar con su mujer. Pero ella le cortó.
—Este no el momento para mantener una discusión sobre lo que ha pasado. Estoy cansada y quiero acostarme ya.
—No tenemos por qué discutir. Solo era un juego. Pero si tú quieres, no volveré a jugar, o lo haré solo contigo.
—Edward… —emitió un sonoro suspiro—. Te he dicho que no quiero hablar del tema ahora.
—De acuerdo. Mañana llevaré yo a la niña al campamento. Así no tendrás que madrugar.
Bella asintió. Se dio la vuelta para dirigirse a su habitación, pero al comprobar que Edward la seguía, se detuvo y le encaró.
—¿Dónde vas? Tú duermes en el sofá.
—Bella… —intentó quejarse él.
—Ni Bella ni nada. Duermes en el sofá y punto. Edward cerró los ojos y, con gesto derrotado, asintió.
Dio media vuelta y se marchó camino del diván donde pasaría la noche por orden de su mujer.
Al pasar por delante del cuarto de baño, desvió su rumbo y se metió en él. Necesitaba una ducha para borrar las huellas que Rosalie había dejado en su piel. ¿Cómo había sido tan tonto de caer en su trampa? Gilipollas, era un completo gilipollas.
Se metió bajo el agua y se restregó hasta que la piel estuvo roja mientras maldecía una y otra vez la astucia de Rosalie y su propia idiotez. ¡Pero es que ella llevaba el rostro cubierto con una máscara! ¿Cómo iba a reconocerla así? Además, su voz quedaba amortiguada por el efecto de la careta. Y, aunque le había parecido conocida, jamás en la vida hubiera pensado que se trataba de la joven.
Avergonzado, salió de la ducha y se secó.
Y encima tenía que dar gracias a Dios porque Bella no supiera nada de esto. Si cuando descubrió que el tanga pertenecía a la chica Hale se había enfadado muchísimo, ¿qué no pasaría ahora, sabiendo que había follado con ella? Seguro que le pediría el divorcio y eso no podía consentirlo. No quería perder a su mujer. Mejor no contárselo. Además, el contrato de confidencialidad que había firmado le aseguraba que nunca nadie conocería lo ocurrido. Por esa parte estaba tranquilo.
Todo lo tranquilo que uno puede estar, sabiendo lo que ha hecho y ocultándoselo a la persona que más quiere en el mundo. Esperaba que los remordimientos de conciencia desaparecieran con el paso del tiempo y le dejasen vivir en paz junto a Bella.
Abandonó el cuarto de baño y entró en su habitación para coger un pantalón corto con el que dormir y la ropa que se pondría al día siguiente.
Estaba eligiendo un slip cuando Bella salió del otro baño, el que estaba integrado en su habitación.
Envuelta en una toalla, con el cabello húmedo y descalza, representaba una imagen muy erótica. Edward se empalmó enseguida.
Pero no hizo caso de su erección y se dio la vuelta para continuar con lo suyo.
—¿Qué haces aquí? Te he dicho que duermas en el sofá —dijo al verle allí, en la habitación. Admiró su ancha espalda, su culo prieto, sus brazos y piernas fuertes; y gimió por dentro.
Con gusto se uniría a él como tantas veces. Su cuerpo reaccionaba al de su marido aun habiendo tenido un montón de sexo como esa noche. Pero recordar cómo se lo había encontrado con la Dómina hizo que la libido cayera en picado.
—Solo he venido a por algo de ropa para mañana, así no te despertaré cuando tenga que llevar a Renesmee al campamento —respondió.
Bella caminó hasta la cama y se sentó, esperando que él acabase pronto. Cuando Edward se giró, con todas las prendas de vestir en las manos, rebeló su erección.
Bella agrandó los ojos. ¿Todavía tenía ganas de jugar? ¿O es que se habría tomado algo como los otros jóvenes del Jardín? No lo creía. Su marido no tomaba medicamentos ni drogas, aunque…
Después de la sorpresa de esa noche, ya no sabía qué pensar. No conocía a su esposo.
Pero lo que sí era cierto es que si pudiera, si su enfado se lo permitiera, le quitaría lo que tenía en las manos y le tiraría sobre la cama para subirse a su miembro duro y cabalgarlo.
Se removió inquieta, apretando los muslos para mantener a raya la excitación de su sexo.
—¿Aún te quedan ganas de guerra? —se oyó preguntar y al instante se regañó.
Edward la miró muy serio, pero en sus ojos pudo leer el ansia sexual que sentía hacia ella.
—Si me dejas que duerma en la cama, junto a ti, te demostraré toda la guerra que aún te puedo dar —susurró con una voz sugerente que prometía una noche de reconciliación y placer inimaginable.
Ella inspiró hondo ante tal confesión.
—No. Vete a dormir al sofá.
Edward asintió con un movimiento de cabeza y salió de la habitación.
Bella emitió un profundo suspiro. Había estado a punto de sucumbir a la tentación. Sin embargo, había sido fuerte y había resistido.
Edward estaba acostado en el diván, con un brazo como almohada, cubierto solo por un pantalón corto. Pensaba en si había hecho bien en dejar a su mujer en la cama, sola. Esa también era su casa. ¿Por qué tenía que irse él al sofá? ¿Por qué no podía irse ella? ¿Por qué no podían dormir juntos en la misma cama aunque estuvieran enfadados?
Eran pocas las veces que él había pasado la noche lejos de su esposa, en aquel improvisado lecho. Casi nunca discutían. Normalmente solían estar de acuerdo en casi todo y cuando no lo estaban, él siempre cedía. No le gustaba discutir con su mujer ni verla triste ni enfadada.
Él siempre accedía a sus ruegos, a sus caprichos, hacía todo lo que ella quería. ¿Sería un sumiso nato y hasta ahora no se había dado cuenta?
No, se dijo a sí mismo. Se trataba de respeto y amor hacia la otra persona. De crear un ambiente agradable para convivir y de anteponer los deseos, las necesidades de tu pareja a las tuyas. En eso consistía el amor, ¿no?
Pero él también tenía deseos y necesidades que Bella se encargaba de satisfacer, como sus juegos de rol en los que él era un fontanero o el chico de la piscina. Eran cómplices del placer.
Dicen que en las relaciones de pareja hay que dar la mitad cada uno, un fifty-fifty para que todo vaya bien. Pero ¿qué importaba si una parte ponía más que la otra? Ellos se complementaban a la perfección. Eran felices juntos. A él no le importaba si era quien más daba, porque así era la manera de demostrar su amor hacia Bella. Y a Bella, por supuesto, no podía exigirle más porque él ya estaba satisfecho con lo que aportaba a su relación. Cada uno ponía de su parte, daba lo que tenía, para que todo fuese bien y fueran felices.
No quería entrar en comparaciones porque, al final, empezarían a tirarse cosas en cara, llegaría el rencor a sus vidas y su matrimonio terminaría. No podía dejar que ocurriese eso. Él amaba a su mujer. Era su compañera ideal en la vida y no quería que su relación se resintiese.
Se dio la vuelta en el diván y trató de conciliar el sueño, pero fue del todo imposible. La imagen de su esposa envuelta en una toalla, sabiendo que debajo no había más que piel sedosa, no lo dejaba dormir. Cada vez que cerraba los ojos la veía ante él, pidiéndole que no se marchase de la habitación, que durmiera junto a ella. Que amara su cuerpo igual que ella hacía con el suyo cuando se entregaban a la pasión.
De repente, apareció una figura en la puerta del salón, que caminó hacia él.
Iba desnuda por completo y Edward pudo apreciar sus formas elegantes y delicadas. La esbeltez de su cuerpo, su fina piel, los pechos redondos y el monte de Venus que eran su perdición.
Se puso duro al instante.
Bella llegó a su lado y, en silencio, le bajó el pantalón corto que él usaba de pijama. Se puso de rodillas y le agarró del pene. Cuando se lo metió en la boca, Edward creyó morir de placer.
Sin hablar, Bella le hizo el amor con su boca, con la lengua, con los dientes, mientras él veía cómo su verga desaparecía y volvía a aparecer entre los labios de su esposa.
Cuando estaba a punto de alcanzar el orgasmo, ella se detuvo. Subiéndose al diván, se acuclilló encima de su erección y poco a poco comenzó a empalarse en él. El calor que le envolvía y la estrechez de su vagina volvieron loco a Edward. La agarró de las caderas para hundirse en ella más rápidamente y no dejarla escapar nunca. La fricción era tan buena que deseó que ese momento durase para siempre. Llevó una de sus manos al clítoris de Bella y empezó a trazar círculos en torno a él. Quería que ella también disfrutase de ese momento.
Los gemidos y los jadeos resonaron por todo el salón y, cuando ambos alcanzaron el clímax con todos sus fuegos artificiales, escucharon a lo lejos el ruido de una alarma.
Edward se despertó sobresaltado, con el corazón latiendo a lo loco y una mancha en el pantalón. Maldijo al darse cuenta de que su interludio con Bella había sido un sueño.
Ella no había ido a buscarlo en mitad de la noche para hacer el amor. No había habido reconciliación ni sexo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Bella—. ¿No deberías estar en el gimnasio?
A la mañana siguiente, Edward había llevado a Renesmee al campamento y había regresado a casa para aclarar las cosas con su mujer.
Como ella aún no se había levantado —Bella se durmió muy tarde y tuvo pesadillas en las que veía a su marido atado y amordazado. Intentaba liberarle, pero era inútil. Cada vez que conseguía romper una ligadura, esta volvía a aparecer. Cada vez que le quitaba la mordaza, era sustituida por una nueva—, se dedicó a esperarla.
—Mi matrimonio es más importante y, hasta que no arreglemos las cosas entre nosotros, no me voy a ir a ninguna parte —dijo él cruzándose de brazos para realzar esa decisión.
—Pues yo no tengo ganas de hablar —replicó en tono chulesco, pasando por su lado en dirección a la cocina para prepararse el desayuno.
—Vale. No importa. Hablaré yo y tú escucharás.
—Oye, conmigo no emplees ese tonito autoritario —se rebeló Bella porque él había sido cortante—. ¿O es que se te ha pegado de la Dómina con la que estuviste anoche? —No pudo resistirse a echárselo en cara—. ¿Eso fue lo que te enseñó? Creía que hacías de sumiso, de esclavo.
Edward la agarró de un brazo justo cuando ella iba a abrir la puerta del frigorífico, impidiéndole realizar esta acción.
Le dio la vuelta para encararse con ella.
—Era solo un juego, un puto juego, como todos a los que hemos jugado. ¿Te jode que no haya sido contigo? Bien, aquí me tienes. Juguemos a que soy tu esclavo y hago todo lo que me ordenas.
—Yo no quiero un esclavo. Yo quiero un hombre que no se deje avasallar por nadie ni se humille ante nadie —replicó Bella enfadada.
—¿Seguro? Porque te recuerdo que, siempre que discutimos, soy yo el que viene arrastrándose para hacer las paces. Tú casi nunca cedes. Siempre tengo que ser yo.
Bella abrió la boca por la sorpresa.
—¿Que yo nunca cedo? —preguntó ofendida.
—Muy pocas veces —contestó él y sin dejarla hablar, prosiguió—: Siempre estoy a tu servicio, cumpliendo tus caprichos y deseos. ¿De quién fue la idea de visitar el club? Tuya.
—¡Te quejarás! —le gritó ofuscada, soltándose de su agarre—. ¡Ni que te hubiera puesto una pistola en el pecho para que fueses conmigo! ¡Además, has disfrutado tanto como yo!
—¡Sí, he disfrutado tanto como tú! —contestó él—. De lo que me quejo es de que estás sacando las cosas de quicio. Solo era un juego —repitió—. ¿Y qué si hacía de sumiso? ¿No te hubiera sentado tan mal si el amo fuese yo y me hubieras encontrado con una tía comiéndome la polla?
Bella quedó impactada por esa pregunta. Si hubiese sido al revés, ¿estaría tan enfadada, decepcionada y desilusionada?
—¡Pero si soy tu esclavo particular, Bella, por el amor de Dios! Siempre me desvivo por darte todo lo que necesitas, todo lo que deseas —volvió a decirle—. Ahora, por un puto juego, mira cómo te pones. Pareces una niña malcriada. Y encima, me mandas a dormir al sofá. Esta también es mi casa. Tengo tanto derecho como tú a dormir en nuestra cama aunque estemos enfadados.
En pleno arrebato, le estampó un beso a Bella que a ella casi la hizo perder el sentido. Cogió sus muñecas y se las subió por encima de la cabeza mientras le apretaba contra la puerta de la nevera. El camisón de verano que usaba para dormir se levantó un poco y rebeló sus braguitas. Con una mano sujetó las de su mujer y con la otra le acarició un pecho. Después de torturar el pezón un rato y ponerlo duro como un guijarro, viajó con sus dedos hasta toparse con el borde de la lencería.
Los labios masculinos abandonaron los femeninos y, tras dejar un reguero de besos calientes por toda la garganta, llegaron hasta la cima dura y la fustigaron. Bella sentía la húmeda caricia y todo el fuego de la boca de su marido en el sensible pezón. Se arqueó contra él para meterle más el seno entre los labios y disfrutar de su lengua.
Edward agarró el borde de las bragas y se las bajó hasta las rodillas. Luego metió un pie entre las piernas de su esposa y terminó de llevar la lencería al suelo. Acto seguido, comenzó a explorar con dedos codiciosos aquella flor que Bella abría para él de tan excitada como estaba con su arrebato de pasión.
—Edward… —gimió moviendo la cabeza a un lado y al otro, buscando el aire que comenzaba a faltarle a sus pulmones por el estado de excitación en el que se encontraba—. Suéltame las manos. Yo también quiero tocarte.
Pero él no le hizo caso.
Continuó fustigando su pezón un poco más y luego pasó al otro para hacer lo mismo mientras sus dedos se internaban en el calentito sexo de su mujer, haciéndole el amor con ellos.
—Edward, quiero tocarte —jadeó de nuevo.
Él se despegó de su pezón y la miró a los ojos.
—¿Ah, sí? Pues ayer no querías ni que me acercase a ti —dijo burlón.
—Estaba enfadada —rebatió ella.
—¿Y ahora ya no?
—Ahora… Ahora… Oh, Dios mío… Ahora… Se calló porque estaba a punto de correrse.
Sin embargo, el orgasmo no llegó.
Edward sacó los dedos de su interior y no la dejó acabar.
—Ponte de rodillas —ordenó, soltándole las manos— y chúpamela.
Bella cumplió su petición con rapidez. Le bajó de un tirón el pantalón de chándal que él llevaba, junto con el slip, y se agarró a las caderas de su esposo. Le clavó los dedos para acercarle a sus labios.
—¿Amo o sumiso? ¿Qué prefieres, Bella?
Bella abrió la boca, pero no fue para contestar, sino para meterse en ella el falo endurecido de Edward.
Él vio cómo desaparecía entre los labios de su esposa y creyó estar en el Paraíso.
Aun así, continuó intentando hacerla entrar en razón. Estaba seguro de que el otro Jardín era un reino de FemDom, por lo tanto ella también habría estado con un hombre sumiso y no habría tenido que hacer de esclava como había pensado en un principio.
—Solo era un juego y ni tú ni yo sabíamos lo que había tras esa puerta. Estoy seguro de que tú también has jugado con el esclavo que te ha tocado. ¿Me equivoco?
Bella le miró a los ojos y chupó con más fruición la corona rosada de su pene. Con la mano se ayudó, subiendo y bajando por el largo miembro. Como no contestó, atareada como estaba en darle placer a su hombre, Edward continuó hablando:
—No, no me equivoco. Dudo mucho que te hayan puesto un caramelito delante y tú te hayas negado a comértelo. Con lo que te gusta el sexo. Con lo viciosa que eres.
De repente, la separó de su cuerpo, la alzó del suelo y le dio la vuelta para que estuviera de espaldas a él. Le quitó el camisón por la cabeza y lo dejó tirado en el suelo.
—Apoya las manos en la encimera y saca el culo hacia fuera.
Dadas estas órdenes, Edward guio su erección hasta la entrada de la vagina de su esposa y se insertó en ella de un solo golpe.
—Oh, Dios… Qué bueno… —gimió Bella al sentirle todo dentro, colmándola.
Entonces él se deslizó hacia fuera, hasta que casi salió la punta, y, con otro certero golpe de caderas, volvió a embestirla.
Los dos sentían todo el fuego del Infierno corriendo por sus venas, aniquilando todo a su paso.
—¿Sabes? —prosiguió Edward—: Querían que me tomase una pastilla para que aguantase más tiempo. Cómo se nota que no me conocen —se rio.
Bella recordó las tremendas erecciones de los jóvenes que había visto allí y cómo después de haber eyaculado, aquello no mermaba, sino que estaba disponible para la siguiente mujer. Así que era eso, les daban un medicamento para potenciar la resistencia.
—No me conocen como tú. Porque tú, mi querida mujercita, me conoces bien, ¿verdad? — añadió Edward mientras bombeaba en su sexo—. Sabes que no soy un hombre sumiso, aunque me hayas visto jugando a serlo. Sabes que te respeto. Cada vez que me mandas a dormir al sofá, aunque tenga todo el derecho de hacerlo en la cama contigo —volvió a decirle—, me voy a cumplir tu orden porque te respeto y respeto que estés enfadada. No es sumisión.
Edward, que tenía las manos en las caderas de Bella, las llevó hasta sus senos, acariciando la fina piel del cuerpo femenino. Las acopló allí y masajeó con la fuerza justa para no hacerla daño.
Le encantaba perderse en el cuerpo apasionado de su esposa, estar enterrado en él hasta lo más profundo. Moviendo las caderas, mantuvo un ritmo constante, entrando y saliendo, alargando al máximo el placer de los dos.
Con su aliento recorriendo la nuca de Bella, comenzó a repartir besos por sus hombros. Ella sentía sus labios como ríos de fuego, la lava ardiente de un volcán, que revolucionaba todas sus terminaciones nerviosas y fundía sus neuronas.
Las largas caricias de la lengua de su marido propagaron con rapidez una sacudida de placer por todo su cuerpo, y no pudo evitar que sus jadeos y gemidos se extendieran por la cocina, cada vez más altos, cada vez más fuertes hasta que ambos alcanzaron el clímax.
—Me late el coño —ronroneó Bella con una sonrisa perezosa, mirando a Edward por encima del hombro.
—Lo noto —confirmó él.
Se inclinó un poco más y capturó la boca de su mujer con un beso. Salió de ella despacio, añorando el calor de su vulva.
Bella se giró para quedar de cara a él.
—Perdóname —se disculpó—. He sido una tonta. Me he tomado las cosas a la tremenda, pero es que… Cada vez que recuerdo que te tenía atado como un perro…
—Shhh, no lo pienses más. —Edward la abrazó y enterró la nariz en su pelo para aspirar su aroma, ahora mezclado con el inconfundible olor del sexo—. Al menos yo no le lamía los zapatos como el otro hombre. No lo hubiera consentido. No me rebajaría a tanto. Para mí eso sí es una humillación.
Se separó de ella unos centímetros, pero continuó abrazándola. La miró a los ojos y vio la mortificación de Bella en aquel momento.
—Pero lo que yo estaba haciendo, comiéndole el coño, aunque estuviera atado con una cadena, aunque tuviera un collar en el cuello, no lo es. Para mí no lo es. Y cuando quieras podemos incluir en nuestros juegos algunos tipos de bondage. A veces te ataré yo a ti y otras veces tú a mí. ¿Te parece bien?
