Bella entró en la oficina de Edward, en el gimnasio, varios días después.
—Me voy —le anunció, dejando la bolsa de deporte en el suelo, al lado de la puerta.
Se acercó a su marido y este se echó para atrás con la silla, separándose del escritorio. Bella se sentó sobre sus rodillas y le echó los brazos al cuello. Se inclinó sobre sus labios, al tiempo que Edward rodeaba su cintura, y lo besó.
Había pasado algo más de una semana desde su reconciliación. En todo ese tiempo no habían vuelto por el local liberal, pero habían hecho el amor todas las noches. Aunque sin probar el bondage, como se prometieron.
Sí habían hablado de su experiencia por separado allí. Bella le contó sus sospechas sobre aquellos jóvenes que resistían tanto; sospechas que habían quedado confirmadas cuando Edward le confesó lo de la pastilla que se negó a tomar.
Sin embargo, Edward le había ocultado su interludio con Rosalie. Ahora que se habían reconciliado no quería que nada enturbiase la paz que reinaba en su hogar. Además, estaba tranquilo, pues sabía que gracias al contrato que había firmado, su mujer jamás se enteraría de que la joven enmascarada con la que había tenido sexo era Rosalie Hale.
—¿Ya has terminado tu rutina de entrenamiento? —preguntó él. Ella asintió.
—Hoy lo has hecho más rápido.
—Es que he quedado para almorzar con Alice —alegó Bella. Edward la miró suspicaz.
—¿Seguro? La última vez que me dijiste que tenías una cita con tu hermana… Ella lo interrumpió.
—La última vez estaba enfadada por culpa de la zorra de Rosalie —dijo con rencor—. Y ahora no. Ahora todo vuelve a ser como siempre.
Se agarró la cadenita de la que colgaba el candado con forma de corazón y la balanceó ante los ojos de Edward mientras miraba la llave que él llevaba al cuello. Sonrió y se acercó de nuevo a la boca de su marido, reclamándola con otro profundo beso.
—¿Dónde vais a comer? —quiso saber Edward.
—Cerca de la peluquería. Tiene poco tiempo, ya lo sabes. Pero antes debo pasar por casa para ducharme y arreglarme —le contó—. Así que me voy ya, que no quiero llegar tarde.
Lo besó otra vez y se alzó de su regazo.
—Cuando hayas terminado con tu hermana, llámame. Quizá podamos ir juntos a comprar el regalo de cumpleaños de mi madre, que es dentro de pocos días —sugirió él—. Y de paso, visitar las obras del nuevo gimnasio. Creo que estará listo para dentro de dos semanas.
Ella se detuvo a medio camino de la puerta y se giró para mirarle.
—El regalo de Esme deberías comprarlo tú, que eres su hijo.
—Ya, cariño, pero necesito la opinión de una mujer.
—Da igual, no lo valorará. Edward emitió un sonoro suspiro.
—Aun así. Debemos regalarle algo. No podemos presentarnos en su casa con las manos vacías.
—Está bien —cedió Bella—. ¿Qué te parece un bote de matarratas? Edward soltó una carcajada.
—¡Pero qué bruta eres!
—Es lo que se merece —se excusó ella.
—Venga, no te pases. Es mi madre y, para bien o para mal, tenemos que aguantarla.
—Pues aguantarla, lo que se dice aguantarla, lo hacemos poco. Como no se preocupa por nosotros…
Edward apoyó los codos en la mesa y recorrió con la mirada el cuerpo de su esposa, enfundado en unas mallas rosas y un sujetador deportivo del mismo color, sobre el que llevaba una holgada camiseta de tirantes negra.
—¿Preferirías que fuera de esas suegras que meten las narices en la vida de su hijo y su nuera, diciéndoles lo que deben hacer, opinando de todo y controlándoles? —le preguntó él, aunque ya conocía la respuesta.
—¡No, por Dios! —exclamó Bella.
—Pues entonces no te quejes.
—Ya, mi amor, pero es que ni tanto ni tan poco. ¿No puede haber un término medio? — comentó, volviendo a caminar hacia la puerta de la oficina.
—Bueno… Mi madre es… Es así. —Edward se encogió de hombros. Bella agarró la bolsa de deporte y se la echó al hombro.
—Ya, Esme es así. ¡Qué le vamos a hacer! —dijo sarcástica—. Bueno, me voy. Cuando haya terminado con Alice, te llamaré e iremos a ver las obras del gimnasio. Estoy deseando comprobar cómo va quedando todo.
Le tiró un beso desde la puerta, que Edward cazó al vuelo y se lo llevó a los labios.
—¿Qué tal está mi gordita preferida? —preguntó Bella abrazando a su hermana, con una sonrisa que iluminaba todo a su alrededor.
—Bien, bien. Ya se me empieza a notar la barriguilla, cuando estoy desnuda, claro. Con ropa apenas se nota nada —le contó Alice, acariciándose el vientre.
—El embarazo te está sentando fenomenal. Estás muy guapa —la piropeó, acariciándole el pelo y la cara.
Alice sonrió con ternura.
—Gracias. Voy a decirle a mi jefa que me marcho a comer. Enseguida vuelvo.
Bella salió de la peluquería mientras su hermana informaba a la jefa de sus planes. Cuando Alice estuvo también en la calle, enlazó el brazo con el de Bella y caminaron juntas hasta un restaurante mexicano que había cerca.
—¿Cuándo te dará la baja el doctor de tu seguro?
—Dentro de poco —respondió su hermana—. Ya sabes que no es bueno para el bebé que yo manipule y respire tantos productos químicos de los que usamos para los tintes, las mechas y demás; y tampoco que pase tantas horas de pie, así que supongo que en nada ya estaré en mi casa aburriéndome como una ostra igual que con los otros embarazos.
—¿Cómo se lo han tomado tus suegros? —quiso saber ella.
—Muy bien —respondió Alice—. Felices por tener otro nieto más.
—¿La ecografía salió bien? Perdóname por no haberte llamado en todos estos días. He estado… liada.
Se sentaron en una mesa, esperando que el camarero fuera a atenderles.
—Sí, todo perfecto. ¿Con qué has estado ocupada?
—Edward y yo nos hemos peleado varias veces. Pero, al final, lo hemos solucionado —dijo moviendo la mano para restarle importancia al asunto.
—Todos los matrimonios tienen altibajos, ya lo sabes. El camarero se acercó a tomarles nota.
—Yo quiero un burrito y una botella de agua —pidió Alice.
—Y yo unos tacos de pescado y una Coca-Cola —solicitó Bella.
—¿Light, Zero, normal? —preguntó el chico.
—Normal, por favor.
Cuando se marchó, las dos hermanas continuaron con su conversación.
—Así que ya estáis bien, ¿no? Edward y tú, quiero decir.
—Sí. —Bella suspiró—. No hay problema que no arregle el sexo. —Sonrió—. Aunque precisamente nos hemos peleado, por temas de cama.
—¿Y eso? Pensaba que tu marido te dejaba satisfecha.
—Y lo hace. El tema es que…
Expulsó el aire de sus pulmones mientras meditaba si contarle a Alice o no sus últimos descubrimientos. Tenía mucha confianza con su hermana, pero, aun así, no dejaba de ser su vida íntima y sentía cierto pudor al rebelarla. Sin embargo, ¿con quién más podría confesarse?
Decidió contarle una parte, omitiendo algunos detalles.
—A ver —comenzó Bella—, la niñera que teníamos antes de Ángela, una chica de diecinueve años llamada Rosalie, está enamorada de Edward. Al parecer, una noche que él la llevó a casa, ella intentó propasarse. Se le declaró e intentó hacer el amor con él en el coche. Pero Edward la detuvo y la echó del auto. Aun así, la muy zorra se las apañó para dejarle un regalito.
—¿Qué regalito? —preguntó asombrada Alice.
—Su tanga.
Alice abrió tanto la boca que casi se le encaja la mandíbula.
—El fin era que yo lo descubriera y pensara que de verdad había sucedido algo entre ellos.
Me imagino que querría que nos divorciásemos para poder estar con Edward.
—Joder con las niñas de hoy en día… —acertó a decir Alice—. Me dejas de piedra. ¿Y por eso ha sido por lo que habéis estado peleados?
El camarero llegó con la comanda. Tras servir los platos y las bebidas se retiró.
—Sí… Bueno, en parte sí. O mejor dicho, a raíz de eso fue que nos enfadamos.
—¿Edward te lo confesó?
—Al principio, no. Ya sabes cómo es. No le gustan los enfrentamientos ni las discusiones, pero al final tuvo que contármelo. Porque el día de la fiesta nacional, cuando volvíamos a casa, nos encontramos con esa zorra y me lo soltó. Así, sin anestesia ni nada y delante de Renesmee. La muy hija de puta… —se enfureció al recordar aquella situación.
Alice abrió tanto los ojos que Bella temió que se le salieran de las órbitas.
—¿En serio? —quiso saber Alice.
Bella asintió mientras se metía una porción de su taco de pescado en la boca.
—Como lo oyes.
—¡Qué cabrona!
—Pues sí —admitió Bella al tiempo que su hermana agarraba su burrito y le daba un buen mordisco.
—¿Delante de la niña? —indagó Alice, con la boca llena.
Como se había ensuciado los dedos, Bella le pasó una servilleta para que se los limpiara.
—Sí, hija, sí. Rosalie dijo que le había dejado un recuerdo en el coche a Edward la última vez que estuvo con él. Menos mal que no contó de qué se trataba; si no, habríamos tenido que soportar las preguntas de Renesmee. Cuando llegamos a casa, te puedes imaginar la que le monté a mi marido. Bueno, primero esperamos a que la niña se durmiera y luego discutimos del tema. Me lo contó todo.
—¿Y tú le crees? —interrogó dubitativa Alice, después de tragar el trozo que tenía en la boca.
—Pues claro —afirmó categórica Bella—. Todo fue una encerrona de la niñata esta para cazar a mi marido. Lleva tiempo enamorada de él y no lo dudó cuando encontró una oportunidad. Pero le salió mal, porque Edward la rechazó.
—¿Seguro que la rechazó? ¿O eso es lo que te ha dicho él?
—Estoy segura al cien por cien. Es una menor, Alice. Edward no folla con nadie que no sea adulta. Sabe que tendría problemas —le explicó con paciencia, como si estuviera hablando con un niño—. Y, además, conoce mi animadversión hacia ella. Sabe que me cae mal, que no la soporto, que le tengo manía… Él nunca se tiraría a alguien a quien yo le tengo un odio tan profundo.
—¿Por qué la odias tanto? ¿Solo por estar enamorada de tu marido? —quiso saber Alice, llevándose el burrito a la boca para darle otro mordisco.
Bella pensó la respuesta.
—Sinceramente, no lo sé. Pero no es por estar enamorada de Edward. Él es un hombre atractivo, que despierta pasiones en muchas mujeres. Supongo que en el gimnasio tendrá una legión de admiradoras, pero no me importa. Yo sé que soy la dueña de su corazón. La única que cuenta para él.
—¿Entonces? ¿Por qué ese odio exacerbado hacia ella?
—Ya te lo he dicho: no lo sé. Es un sentimiento. Cuando la veo, hablo con ella, o me hablan de ella… Cuando escucho su nombre… Se me pone algo aquí, en las entrañas. —Señaló su estómago y apretó el puño como si se lo estuviera retorciendo—. No sé cómo explicarlo, pero es algo que siento y no lo puedo evitar. Es… irracional.
—A eso se le llama rechazo visceral. Lo leí una vez en alguna parte —replicó su hermana.
—Pues será eso. Es una reacción desmedida. A duras penas puedo controlarlo.
Permanecieron en silencio un buen rato, degustando su comida, hasta que Alice habló de nuevo:
—Has dicho que parte de vuestros problemas ha sido lo sucedido con la niñera. ¿Hay algo más que me quieras contar?
Bella meditó cuánto podía revelar sin escandalizar a su hermana.
—¿Sabes lo que es un local liberal? —preguntó a bocajarro.
—Os gusta compartir, ¿eh? —comentó con una sonrisilla traviesa.
—O sea, que sí lo sabes.
Alice empezó a reírse a carcajadas.
—Pues claro que lo sé. ¿A qué te crees que vamos Jasper y yo una vez al mes a Los Ángeles? Ahora fue el turno de Bella de abrir la boca anonadada.
—Vosotros también… —susurró sin salir de su asombro.
¿Y ella pensaba que iba a escandalizar a su hermana? Alice asintió con una sonrisa feliz.
—Pues sí, nosotros también. Pero ahora tendremos que esperar a que nazca el bebé y yo pase la cuarentena.
—¿Por qué vais a Los Ángeles si aquí también hay sitios de esos? Su hermana se encogió de hombros.
—No sé. Será porque la primera vez fue allí y ya conocemos a la gente. También es por salir un poco de la rutina. Otra ciudad, otro tipo de ambiente…
Bella asintió comprendiendo.
—Y vosotros, ¿cómo fue que empezasteis a frecuentar un lugar así? —indagó Alice.
—Tenemos unos clientes del gimnasio que son dueños de un local de ese tipo. Nos invitaron y decidimos probar. Supongo que fuimos allí por lo mismo que Jasper y tú vais al vuestro. —Hizo una pausa en la que bebió un poco de la Coca-Cola—. La primera experiencia nos gustó tanto que repetimos. Siempre juntos. Pero cuando pasó lo de esa zorra —mordió las palabras—, yo estaba tan cabreada que quise castigar a Edward y fui sola. Me tiré a cuanto tío se me puso por delante. — Bajó los ojos avergonzada—. Sé que no estuvo bien lo que hice, pero estaba tan enfadada con él…
—No deberías haber hecho algo así —la riñó su hermana con dulzura—. ¿Edward lo sabe?
—¿Que si lo sabe? —Bella sacudió la cabeza—. Nuestros amigos le llamaron para decírselo. Cuando me vieron aparecer por el local a mí sola, me preguntaron por él. Y yo les conté, toda chula, que nos habíamos peleado y que iba allí a vengarme. Uno de ellos corrió a llamarle.
—¿No se supone que es confidencial?
—Sí, pero se veían en la obligación moral de avisar a mi marido. Ya sabes cómo son los hombres y su extraño código de honor —replicó Bella.
—¿Y qué pasó? —quiso saber Alice dándole el último bocado a su burrito. Ella terminó también con sus tacos de pescado.
—Pasó… que Edward ya estaba allí, en la puerta. Al parecer mi marido me conoce mejor que yo misma e intuyó que se la iba a devolver así —confesó avergonzada—. Se unió a la fiesta.
—O sea, que te salió el tiro por la culata —se rio su hermana—. Pero ¿cómo se te ocurre vengarte de esa manera? ¿No podías haber hecho otra cosa?
Bella negó con la cabeza.
—No se me ocurrió nada mejor y, además, estaba dolida.
—¿Por qué? ¿Por qué tu marido le paró los pies a una jovencita que intentó propasarse con él? Es para hacerle un monumento a ese hombre.
—Fue porque no me lo contó cuando sucedió todo —explicó ella.
—Acabó contándotelo y eso es lo que importa.
Alice agarró la mano de Bella por encima de la mesa y la dio un apretón.
—No deberías ser tan rencorosa. Tienes que aprender a ver las cosas desde otra perspectiva.
—Ya —reconoció abatida.
El camarero se acercó para retirar los platos y servirles el postre, pero ellas declinaron el ofrecimiento. Alice iba justa de tiempo. Debía regresar a la peluquería.
—Tráiganos la cuenta, por favor —le pidió al chico. Minutos después pagaron y salieron del establecimiento.
Caminaron por la calle igual que habían hecho antes, cogidas del brazo.
Bella iba pensando que le había contado mucho a su hermana. Si ella no le hubiese confesado que también frecuentaba con su marido un local liberal, no se habría extendido tanto en sus explicaciones, pero ¿quién mejor que Alice para confesarle sus intimidades, sabiendo que ella también disfrutaba de los placeres de un sitio así?
—En el club al que vais en Los Ángeles, ¿también hay una parte donde se practica BDSM?
—No, no la hay. ¿A dónde vais vosotros sí?
—Sí, pero tienes que entrar con invitación. Si no, no puedes acceder a esa zona del local.
—¿A Edward y a ti os han enviado alguna? —preguntó Alice.
—Sí.
—¿Y aceptasteis?
—¿Qué piensas de ese tema, Alice?
—Pienso que cada cual es libre de vivir su sexualidad como más le guste, siempre que sea consentido por ambas partes —respondió con contundencia—. Y en ese mundo tengo entendido que todo es acordado por las personas que lo practican. Firman una especie de contrato o algo así con lo que pueden hacer y lo que no. Nunca pensé que Edward fuera Dominante.
—El problema es… —Bella soltó un suspiro—. Que no lo es. A Edward le gusta hacer de sumiso.
—¿Y eso te molesta?
—Pero luego, en casa, es dominante —prosiguió como si no la hubiera escuchado—. Estoy hecha un lío. Ya no sé qué pensar.
—¿Por qué tienes que ponerle una etiqueta? ¿Qué más da si es Amo o esclavo? Lo pasáis bien en el sexo, ¿verdad? Pues ya está. No le des más vueltas. Lo importante es disfrutar de vuestra vida sexual juntos. Con juegos que aumenten el morbo y el placer. Sin etiquetas.
Llegaron a la peluquería donde trabajaba Alice. Tenían que despedirse ya.
—Hazme caso. No te comas la cabeza. No pienses en nada más que no sea en disfrutar con tu marido —le aconsejó.
Bella asintió.
—Oye, antes de irme, ¿cómo va lo tuyo? Ella sabía a qué se refería su hermana.
—Pues la verdad es que no he pensado mucho en ello últimamente. Creo que por fin he asumido que puede que ocurra o puede que no. Y como dice Edward, ya tenemos a Renesmee. Si viene otro bebé, bien. Si no, también —le dijo lo mismo que la última vez que se vieron.
—Me alegro.
—Y yo. —Bella miró hacia el interior de la peluquería y la vio llena de clientas—. Te están esperando, así que no te entretengo más. —Abrazó a su hermana y susurró—: Te quiero, enana.
—Yo también te quiero.
Se dieron un beso de despedida y Alice entró en el establecimiento.
Bella sacó su móvil para llamar a Edward, como habían acordado, e ir a comprar el regalo de Esme y a visitar las obras del nuevo gimnasio.
