Este Fic es una adaptación del libro "AMA" de Keyla Leiz la cual les comparto sin fines de lucro,
sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes a Tite Kubo. Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Advertencia: En este fic algunos capítulos contienen material BDSM, si no te gustan estos temas, sigue de
largo y disfruta de algunas de mis otras historias.
Capítulo 20
Bajo la piel se esconde la dominación perfecta. Bajo los ojos, la
seducción más intensa. Bajo tus labios, el embrujo divino.
Matsumoto, Nanao y Momo parecían tener ojos solo para Ichigo quien las
miraba con una sonrisa en los labios, y una incomodidad en el resto
de su cuerpo. No esperaba que pasara eso, y en esos momentos lo que
quería era seguir con Rukia donde lo habían dejado, ya que cuando
estaba con ella todo lo demás carecía de importancia. Además de que su
entrepierna estaba necesitada de las atenciones que podía prestarle ella.
— Ya que las has avisado, Momo, ¿por qué no las presentas? —propuso Rukia
con los brazos cruzados y con una sonrisa divertida en su rostro.
— Lo haría si supiera cómo se llama —contestó ella apartando la vista y
enrojeciendo—. Las veces que ha venido no me ha dicho su nombre.
— ¿Veces? —intervino Matsumoto—. ¿Cuántas veces ha venido?
— Dos —respondió Momo—. Al menos, que yo sepa.
— A lo mejor lo ha invitado a su casa —añadió Nanao.
Las tres miraron a Ichigo y, después, a Rukia. Y entonces se fueron hacia él.
— Yo soy Nanao, tú eres... —se presentó.
— El inspector Ichigo Kurosaki. Mucho gusto. —Fue a darle la mano cuando
Matsumoto se le echó encima y le dio dos besos.
— Yo soy Rangiku, la mejor amiga de Rukia. Rukia puso los ojos en blanco.
Mejor amiga... en sus peores pesadillas, quizá.
— Hola... —saludó él intentando poner cara de circunstancia.
— A Momo ya la conoces. —Se acercó Rukia—. Y creo que ahora se van a ir,
¿verdad?
— ¿Bromeas? Necesito tu ayuda —dijo Matsumoto—. Me tengo que probar
el vestido...
— ¿Y? Yo no puedo probármelo por ti... —expuso Rukia.
— No, claro que no. Pero también están listos los vestidos de las damas de
honor. Y además, no estoy segura de que haya escogido bien... Es que el otro
día vi otro vestido y me parece mejor que...
— ¿En serio? —preguntó sorprendida Rukia—. Matsumoto, ya has comprado
el vestido...
— Siempre puedo pedirle a papi que me compre otro...
Rukia se echó la mano a la cabeza. ¿De verdad podía estar teniendo esa
conversación?
— Escúchame bien, tu vestido es perfecto. Para el rato que lo vas a tener,
es más que suficiente para dejar a todos con la boca abierta. Así que te
prohíbo mirar más vestidos, regalos y fotografías. Todo lo tenéis hecho y os
casáis en un par de meses. ¿Me has entendido?
Ichigo vio cómo las dos amigas de Rukia sonreían mientras Matsumoto
apretaba los labios en un gesto lastimero y asentía intentando poner cara
triste.
— Momo dice que no tienes nada que hacer por la tarde, que lo cancelaste...
Y... —Miró a Ichigo—. Nos gustaría conocerlo.
— Ni hablar —sentenció Rukia.
— Por mí de acuerdo —rebatió Ichigo haciendo que las chicas lo miraran
como si hubiera cometido un error tremendo al hablar.
Rukia lo estaba mirando con una ceja levantada y un cierto deje de
sorpresa, pero cuando torció los labios en una sonrisa ladina, todo su cuerpo
se estremeció de deseo. ¿Cómo era capaz esa mujer de hacerlo anhelar tanto
su contacto?
— ¡Hecho entonces! —exclamó Matsumoto dando saltitos de alegría.
— Rangiku, compórtate —la reprendió Rukia.
— Perdón... —se disculpó cogiéndose las manos y fingiendo ser una niña
buena, aunque Rukia sabía que eso solo le iba a durar unos minutos—. ¡Ichigo
viene conmigo! —agregó cogiéndole el brazo a Ichigo y tirando de él hacia el
exterior del despacho.
Nanao y Momo los siguieron y, finalmente, Rukia, quien suspiró. Iba a ser
una tarde muy larga.
— Bueno, ¿por qué no nos cuentas algo sobre ti? —le preguntó Matsumoto
cogiendo su copa y bebiendo mientras mantenía los ojos fijos en Ichigo,
esperando que respondiera.
— ¿De mí?
— ¿Queréis dejarlo ya? —pidió Rukia.
— Ni hablar —contestó Nanao—. Eres nuestra amiga, tendremos que saber si la
persona que está contigo te merece.
Rukia se echó a reír sin poder evitarlo. ¿Desde cuándo había tomado el
relevo de sus "padres" en cuanto a relaciones se refería? Si ni siquiera ellos
lo habían hecho.
— Rukia no es de las que queda con un chico dos veces, así que eso
significa algo —puntualizó Matsumoto señalándole con la cucharilla de la
bebida. Después de estar probándose vestidos en la tienda hasta que
prácticamente los echaron, e Ichigo aguantando, las había invitado a tomar
algo y ellas habían aceptado, a pesar de que Rukia había tratado de que no lo
hicieran.
Las había llevado a un pub que conocía y al que solía ir con Kaien
cuando salían del trabajo. También había hablado con él para explicarle que
estaba con Rukia y que no había conseguido que aceptara entrar en el club,
aunque tampoco había insistido mucho.
El mismo Kaien había sonado más relajado, no sabía si porque había
evitado un momento demasiado sensual, o porque el humor de su compañero
había cambiado.
— Esto es demasiado... —dijo Rukia levantándose de su asiento.
Ichigo se giró para mirarla e hizo el amago de levantarse pero la mano de
Momo lo detuvo.
— Solo ha ido a tomar el aire. Rukia no es de las que se va sin nosotras —le
explicó.
— ¿Cómo es ella? —les preguntó. Era una oportunidad para tratar de
conocerla.
— ¡Puro fuego! —gritó Matsumoto echando los brazos al aire y riendo.
Nanao le apartó la bebida. No querían una situación como la que habían
tenido unos días atrás.
— Rukia es una mujer luchadora —comentó Nanao—. Ella es de las que
quiere una cosa y lucha con todas sus fuerzas para conseguirlo. Así ha sido
desde joven.
— ¿La conocéis desde hace muchos años?
— Más o menos. Ella y yo coincidimos en la universidad en algunas
asignaturas de la carrera —le informó Nanao—. Momo la conoce del instituto
pero después tomaron caminos diferentes.
— Y yo la conocí a través de ellas y me enamoró por completo.
Momo y Nanao rieron.
— A Matsumoto la conocimos un día que salimos de marcha las tres juntas.
Empezamos a hablar y... hasta ahora —le dijo Momo—. Pero te puedo decir
que Rukia es una mujer de bandera. Es leal con nosotras, jamás nos ha
abandonado en nuestros problemas. Si no podemos luchar nosotras, ella lo
hace. ¿Qué vamos a decirte de ella?
Ichigo sonrió. Tenía buenas amigas y ella también lo era.
— ¿Y de su... dominación? —soltó esperando que le contaran algo del
mundo del BDSM.
— A Rukia le encanta tener el control. Siempre ha sido así —contestó
Matsumoto—. Ella no permite que un chico le entre ni aunque sea para ligar. Y
si van a por nosotras se pone peor, ja, ja, ja.
— Eso es verdad... No es que no se haya ido con algún que otro chico y
haya tenido una noche movidita... —Ichigo se removió inquieto en el asiento
—. Pero siempre ha sido porque a ella le interesara. Y nunca ha repetido con
ninguno, por eso queríamos conocerte —comentó Nanao.
— Y en los negocios es implacable. Aunque en cierto modo la entiendo.
Las casas de subastas parece que son un mundo solo para hombres y Rukia ha
tenido que luchar para hacerse un nombre. Así que, si hubiera ido de modosita
por la vida, no hubiera conseguido lo que tiene.
Estaba conociendo a Rukia a través de sus amigas y, la forma en que la
defendían, y hablaban de ella, le decía que la querían. Se había ganado un
hueco en sus corazones.
— Mira, ya van a por ella... —avisó Momo a las demás.
Ichigo se volvió y vio que a Rukia le había salido al paso un hombre que
parecía querer algo más que una simple conversación. Fue a levantarse cuando
las tres chicas lo recriminaron.
— Necesita ayuda... —se quejó él al ver que sus amigas no querían auxiliarla.
— ¿Seguro? —inquirió Matsumoto.
Giró la cabeza de nuevo para ver que Rukia articulaba algo y, al poco,
sometía al hombre para que la dejara en paz.
— Se nos ha olvidado decirte que Rukia tiene cursos de defensa personal. Y
sabe ocuparse de cualquier tipo que se le cruza en su camino si no es de su
agrado —le comentó, jocosa, Nanao.
— De hecho, en la casa de subastas todas las mujeres hemos asistido a
esos cursos, ella los subvencionó para sus trabajadoras —añadió Momo.
— Y nosotras también los hemos hecho, aunque, yendo con ella, no
solemos tener que usar nuestras habilidades —terminó Matsumoto.
Las tres lo miraban con una sonrisa que decía mucho más que cualquier
palabra.
— Bueno, ¿habéis terminado ya? —preguntó Rukia sentándose en su asiento
y cogiendo la copa que había pedido. Bebió un trago y la soltó de nuevo.
— Más o menos... —comentó Matsumoto—. ¡Otra ronda! —gritó al
camarero que pasaba al lado.
Todos, incluso Ichigo, se echaron a reír menos Rukia que recordaba lo que
había pasado la última vez con su amiga.
— Gracias por acompañarme —le agradeció Rukia.
Iban en el coche de Matsumoto, conduciendo Rukia. Matsumoto había insistido
tanto en que Ichigo fuera con ella que, al final, había tenido que dejar su
moto en el aparcamiento de la casa de subastas, lugar hacia donde se dirigían
en ese momento.
Menos mal que Momo y Nanao habían ido en el mismo coche y Rukia había dejado
el suyo en la casa de subastas. El problema sería que ella tendría que llevarse
el coche de Matsumoto y que fuera a recogerlo al día siguiente. Pero selo tenía
merecido por haber bebido de más.
— No iba a dejarte sola con Matsumoto. Tus otras amigas se fueron antes.
— Momo y Nanao siempre se escabullen antes de tiempo —bufó Rukia aunque
el tono de su voz la delataba. No se enfadaba con ellas.
— Son buenas amigas... —comentó Ichigo.
— Mucho. Hacemos un buen equipo.
— Ellas... no saben lo tuyo, ¿verdad? —lanzó. Vio cómo Rukia apartaba la
mirada unos segundos de la carretera para mirarlo a él.
— Oh, te refieres a eso. Es parte de mi vida privada. Eso no lo sabe nadie
más que un grupo selecto de personas —contestó cuando supo a lo que se
estaba refiriendo—. No es algo que vaya difundiendo por ahí.
Ichigo chasqueó la lengua. Él mismo la había conocido por descubrir esa
faceta suya y meterse en su vida privada. En cierto modo, se sentía culpable
por cómo había empezado con ella.
Echó la mirada hacia atrás y vio a Matsumoto dormida en el asiento trasero.
Había conseguido llegar por su propio pie al coche, ayudándola a que
mantuviera el equilibrio, pero en cuanto había tocado el asiento, había caído
como un tronco.
— Rangiku suele ser muy abierta y espontánea —comentó Rukia al ver que
miraba a su amiga. Es la más niña del grupo porque sus padres le han
consentido todo lo que ha querido. Hasta su novio lo hace. Nosotras somos su
punto de equilibrio.
— Me di cuenta en lo de ser espontánea... —murmuró él recordando cómo
se le había abalanzado para darle dos besos en el despacho.
Rukia rió.
— Da gracias que no te tocó el paquete —añadió ella. Cuando le miró a la
cara, volvió a carcajearse.
Paró el coche en un semáforo y mantuvo por unos segundos la mirada al
frente. Estaban ya cerca de su empresa. Cuando fue a girar la cabeza, notó la
mano de Ichigo en su muslo y se obligó a quedarse quieta. Quería ver hasta
dónde llegaba.
Su mano parecía quemar en el lugar donde la había posado. Sentía un
calor que iba en aumento conforme la acariciaba, tan lenta, que se hacía
insoportable. Poco a poco, iba acercándose a su sexo, lugar que ya palpitaba
y, de haber tenido voz, hubiera gritado pidiendo la misma atención, o más, que
la que le daba a su pierna.
Notó los dedos aproximándose y se mordió los labios para evitar gemir
demasiado fuerte. Sin embargo, el pitido del coche de atrás los asustó a los
dos.
— ¡Ya voy! —exclamó Matsumoto levantando una mano.
Los otros dos se rieron y Rukia continuó la marcha.
No tardó mucho en darle al intermitente para entrar en el aparcamiento de
la casa de subastas. Paró el coche, rebuscó en su bolso hasta que encontró una
tarjeta y abrió el cristal de la puerta. Sacó la tarjeta hacia el lector y la valla
les permitió el paso.
— ¿No tienes seguridad?
— ¿Me crees capaz de dejar sin vigilancia mi negocio?
Al momento vio que varios agentes aparecían, preparados por si ocurría
algo.
— Señorita Kuchiki, buenas noches.
— Buenas noches, señores. No se preocupen, venimos a por la moto del
inspector Kurosaki. ¿Todo bien?
— Sí, señora, sin novedad —contestó uno de ellos.
Ichigo había contado cinco hombres, y estaba seguro que, en el interior
del edificio, habría otros tantos. Teniendo en cuenta los objetos de valor que
disponía la casa de subasta, era lo mínimo pero, pensar en lo que invertía en
esa seguridad...
— Ya sé dónde buscar trabajo si me echan de la policía... —musitó haciendo un
reconocimiento de los hombres y el trabajo que harían en el exterior.
Rukia rió.
— No sé yo si te contrataría precisamente para estar por las noches aquí...
—le insinuó ella.
Condujo hasta quedar paralela a la moto de Ichigo y paró el motor.
— Bueno, hemos llegado —dijo Rukia.
— Sí... —Sonó más ronco de lo normal, fruto de lo que ella había
provocado en él con su último comentario.
Los dos se quedaron en silencio, Ichigo sin querer salir del coche, como
si necesitara algo más.
— Rukia, ¿hemos llegado? —preguntó Matsumoto con voz lastimera—. Me
duele la cabeza... —se quejó.
— Merecido te lo tienes —le replicó ella—. Salgamos —le indicó a Ichigo
abriendo la puerta del piloto sin esperar a que él hiciera lo que le había
dicho.
Ichigo abrió la puerta y la cerró con cuidado para no molestar demasiado
a Matsumoto. Fue hasta la parte delantera del coche donde lo esperaba Rukia.
— Mañana... mañana me conectaré y espero que Aizen esté. Hoy está dentro —
añadió con una risa pícara.
— Sí, — ¿Cómo lo sabes?
Echó mano al bolsillo trasero y cogió el móvil. Lo manipuló hasta
encontrar lo que buscaba y se lo enseñó.
Hisagi (Brayan): Que sepas que tu zalamero anda esperándote y
preguntando si alguien te ha visto. No ha hablado con nadie hasta ahora. Te
mantengo informada.
Era un mensaje que había recibido sobre las doce de la noche, justo cuando ella
había salido a tomar el aire en el pub.
Tenía otro mensaje de hacía media hora.
Hisagi (Brayan): Ha ido a por una sumisa. Ya te he mandado el archivo.
Tienes que hacerle pagar al tío.
— En cuanto llegue te reenviaré el mensaje —le dijo Rukia recuperando su
teléfono y guardándolo.
— Gracias. De verdad, gracias por todo.
— Cuantos menos tíos haya de esa calaña, mucho mejor.
— Entonces... nos vemos mañana. —Entendía que debía dejar a su amiga
y no podían seguir más tiempo juntos, al menos esa noche.
— Si quieres pasarte por la subasta de mañana... —le comentó ella—.
Diré en recepción que tienes permiso para entrar. Y lo mismo a Kaien.
— Gracias.
Rukia sonrió y se dio la vuelta para montarse en el coche. Pero, en el
último momento, volteó y fue derecha hacia Ichigo. A él no le dio tiempo a
reaccionar, solo sintió los cálidos labios de Rukia y su cuerpo explotó.
Suspiró en ese beso fruto de la felicidad que sentía de volver a tenerla
tan cerca, de notar su contacto.
La agarró de la cintura para presionarla contra él y poder experimentar lo
que era el sufrimiento porque no podían hacer mucho más. Sin embargo,
cuando Rukia atrapó sus manos y las separó, una sensación más intensa lo
embargó provocando que se estremeciera. ¿Cómo era posible que
experimentara eso?
— Hasta mañana, Ichigo... —lo despidió ella alejándose de sus labios, no
sin antes sacar la lengua y darle un lametón en ellos.
— Hasta mañana... —consiguió responder él con la voz más ronca aún.
La vio girarse y contonearse hasta que la puerta del coche le cortó la
visión. Y gruñó por ello. Esperó hasta que arrancó e inició la marcha. Ahora
lo sabía. Estaba perdido. Rukia sonrió recordando el momento. Ese beso lo
había necesitado desde hacía horas y no había podido resistirse a marcharse sin probar
de nuevo los labios de Ichigo. Incluso en ese momento, que conducía de noche con
una copiloto indispuesta, lo echaba de menos.
— ¿Besa bien? —preguntó Matsumoto desde atrás.
Rukia miró a través del espejo retrovisor interior y vio a Matsumoto sentada
sonriéndole. ¿Cuándo había ocurrido eso? Ella estaba dormida, tirada sobre el
asiento trasero. Y borracha. Pero ahora que la veía, parecía bastante lúcida.
— ¿Tú desde cuándo finges una borrachera? —le acusó Rukia.
— Desde que tienes chico... —contestó ella riendo.
Al detenerse en un semáforo, Matsumoto aprovechó para salir del coche y
montarse al lado de Rukia.
— ¿Y bien? Cuenta, ¿cómo es él?
— Matsumoto, ¿crees que yo soy como tú que nos cuentas todo sobre Gin?
— Jo, no seas así, Rukia. Pensábamos que jamás dejarías que un hombre
entrara en tu vida. Y ahora tienes a Ichigo.
Rukia sonrió. ¿De verdad lo tenía? ¿O acabaría perdiéndolo por culpa del
BDSM?
— Es más complicado de lo que parece. Y por ahora, solo ha sido un polvo.
— Ya, pero uno que te gustaría repetir, ¿a que sí? —insistió Matsumoto.
No podía negarlo. Quería volver a estar con él, sentirlo entre sus manos y
sus piernas.
— ¿Ves? Se te ha puesto una cara de lujuria...
— ¡Rangiku! —gritó Rukia enrojeciendo y riendo junto a su amiga
— Quiero que seas feliz... Por todo lo que haces por mí. Por nosotras.
— Ya lo soy —respondió ella.
— Pues entonces, más.
Rukia quitó una de las manos del volante y cogió la mano de Matsumoto. Era
una gran amiga. Aunque seguía siendo reacia a decir que fuera la mejor.
— Que sepas que me llevo tu coche a mi casa. Si lo quieres, ven mañana a
la casa de subastas.
Matsumoto la miró con sorpresa y enojo, abrió la boca, cogió aire y lo
mantuvo haciendo que sus carrillos se hincharan. Se cruzó de brazos,
apartando con ello la mano de Rukia, y miró al frente.
Rukia se echó a reír. Sí, esa era Matsumoto.
