Extra # 1: Simples tradiciones

El tiempo pasó cual ráfaga de viento, imparable y libre… tal y como ahora me sentía.

Hace un año que Gehena había desaparecido de la faz de Mondrule, dejando enterrado en el pasado el dolor que causó. Los habitantes nunca conocieron el verdadero origen de los ataques que recibieron, cosa que al final fue lo mejor. Ya era suficiente que sólo dos individuos compartan ese sufrimiento.

Desde que encontré la luz en mi vida y pude traer de regreso a la mujer que amo, aprendí a ser un mejor hombre. No he dejado de lado mi verdadera naturaleza, pero si me volví más justo y considerado con los demás; en especial con Dark Zelda, con la que ahora soy más demostrativo y afectuoso, sobre todo cuando estamos solos. Después de haber presenciado su pérdida, aprendí a valorarla y a cuidarla más. Ese dolor es algo de lo que nunca me recuperaré.

A veces me pregunto cómo dejé de ser un egoísta, lleno de aristas, para después convertirme en un hombre capaz de amar y sentirme amado. Me siento tan seguro con ella…

O al menos eso creí por un tiempo…


Una de esas mañanas comunes se inició un Consejo donde nos convocaron a todos. Como siempre me ubiqué lejos de Dark Zelda, guardando la distancia que me correspondía, pues por más que fuera mi compañera, debía respetarla como la monarca de este reino. Cuando todo estuvo listo, el Consejero Mayor, Paul, tomó la palabra.

- Agradezco a todos por estar presentes. Vamos a tratar diversos temas de suma importancia… sobre todo uno que ya se ha conversado antes y es momento de retomarlo.

Junto con el hombre revisamos variados temas relacionados con el reino. Por supuesto mi participación se centró más en la seguridad y preparación militar de los soldados. La princesa intervino más en los beneficios sociales para su gente, como la apertura de más plazas de trabajo para las nuevas generaciones y también la fundación de centros de estudios para niños y adolescentes.

La reunión no fue nada fuera de lo común, sin embargo no recuerdo en qué momento los temas banales culminaron y se dio inicio a uno diferente… uno que me dejó totalmente impactado.

El Consejero Mayor se dirigió a la princesa, quien lo miró con extrema seriedad.

- Alteza, ya ha pasado bastante tiempo desde que su reinado comenzó, y lo ha manejado sola a la perfección. Sin embargo… es momento de que piense en comenzar con su legado.

- ¿Mi legado? – preguntó ella, sorprendida.

¿Qué cosa? ¿A qué se refiere este hombre con su legado? Aunque intente disimularlo, puedo ver como la princesa se preocupa ante ese tema, a pesar que no le parece del todo desconocido.

- Señor Paul, es la primera vez que hablamos de este tema en público, y mi respuesta sigue siendo la misma que en privado. No tengo la necesidad de tener un marido para demostrar mis capacidades. Creo que las evidencias sobre la prosperidad de este reino hablan por sí solas. – respondió Dark Zelda, seria.

- No pongo en duda eso, princesa. Sin embargo, con todo respeto, hay cosas que no puede ni debe hacer sola. Recuerde que por más que usted sea la mayor soberana, nuestra obligación como consejeros es orientarla. Tarde o temprano deberá contraer matrimonio. Ya está en edad casadera.

Mientras Dark Zelda seguía con su seria expresión, yo sentía como los sentidos se me descontrolaban, me enfurecía. ¿Pretendían que contraiga matrimonio para demostrar su valía como soberana? Sin embargo, más que eso me alteraba el pensar que se relacionaría con otro. Ella está conmigo, aunque nadie lo sepa.

- Respeto su postura como miembro del Consejo, sin embargo, con el mismo respeto le indico que me niego. – dijo ella.

- Por lo menos le pido que no se cierre. Varios nobles jóvenes de Mondrule han enviado solicitudes para visitarla y cortejarla. Por la educación que la caracteriza, estoy seguro que los recibirá para al menos conocerlos. En unos días recibirá la primera visita. – dijo el hombre, molestoso e insistente.

- Como usted dijo, por cortesía puedo recibirlos… pero eso no significa nada.

- Sólo le pedimos que no se tarde en decidir, pues uno de los estatutos para que usted gobierne mejor es que contraiga matrimonio. Téngalo presente.

Una vez que la sesión se levantó todos se retiraron, a excepción de Dark Zelda y yo. No sabía cómo sentirme cerca de ella luego de semejante reunión, y eso ella lo notó.

- Creo que te debo una explicación. – dijo ella, preocupada.

- Ahora tengo comité con los soldados. Será en otra ocasión.

Poco después me reproché el haberle respondido de manera tan idiota, pero la rabia me tenía cegado. Me molesta que me haya ocultado los planes del Consejo.

De ninguna manera concibo verla en los brazos de otro…


Ya había anochecido cuando terminé el entrenamiento. Para no pensar en todo lo acontecido decidí ejercitar el doble, cosa que ninguno de los soldados agradeció, sobre todo Nox y Ryotta, quienes fueron los que más refutaron por eso.

Poco antes de que llegara a mis aposentos, unos pasos me detuvieron, descubriendo que se trataba de la princesa.

- Ven a mi estudio en este momento.

Sin refutar nada continúe hasta su estudio, donde podría escuchar lo que tenía que decirme. No era difícil imaginar el tema.

Una vez que llegué cerró la puerta con seguro. En otras circunstancias aquello me hubiera encendido, pero ahora la rabia me consumía, a pesar que lo disimulara.

- Quiero que hablemos de lo que pasó hoy en el comité… sobre lo de…

- ¿Por qué no me dijiste que toda esa sarta de viejos pretendían casarte?

Ya no lo soporté y le lancé la pregunta, enojado. Todo el día me estuve martirizando con ese tema, con la rabia consumiéndome al pensar que perdería algo importante, lo que por derecho me pertenecía.

- Dark Link, yo…

- Y por lo visto no te negaste en recibir a esos pretendientes. – dijo, serio e incómodo.

- ¿Para qué iba a contarte algo que no pienso aceptar? Si hubiera querido contraer matrimonio, habría aceptado esas condiciones desde hace tiempo, pero no lo hice. – respondió ella, seria y entristecida.

- ¿Y por qué lo harás ahora? – pregunté confundido.

- Recibiré a esos hombres por simple cortesía, nada más. No tienes por qué ponerte celoso.

- ¿Celoso?

Poco después ella se acerca a mí, demasiado como para mantener mi enojo. Roza con cariño y descaro una de mis mejillas, mientras su otro brazo rodea mi nuca.

- Yo no tendría ojos para nadie que no fueras tú, pues eres mi amor… el único que puede ofrecerme lo que tanto deseo.

Caí en sus encantos y acerqué su cuerpo al mío, con una voracidad que ni yo mismo comprendía. Mis manos comenzaron a acariciar su espalda, mientras buscaban el cierre del vestido que impedía que pudiera disfrutarla más.

- Alteza… siempre sabes cómo salirte con la tuya…

Si su meta era desviarme del tema con su sensualidad y encantos, lo logró. Mi amor y deseos por ella terminaron por traicionarme, enredándome con ella en el sofá que se encontraba en su estudio. Nuestros besos humedecieron nuestros cuerpos, los gemidos se apoderaron del lugar. La hice mía una vez más.

Soy tan débil en sus brazos y entre sus piernas…


Pasaron los días y los encuentros con mi mujer se volvieron más placenteros, pero todo cambió el día que le tocó recibir a los visitantes más indeseados… sus pretendientes. Todos nobles de reconocidas familias de Mondrule, admirados por su belleza, pero también cautivados por su monárquica posición.

Sin que ella se diera cuenta, desde la lejanía observaba los recibimientos. Cada uno la saludaba besando su mano, cosa que ella recibía con una cordial y distante sonrisa. También buscaban ganarse su admiración con alguna joya, ya sea pendientes o collares de diamantes. Dark Zelda insistía en no aceptarlos, pero al final cedía por educación.

No soportaba ver como esos tipos la miraban, unos cuantos incluso con morbo cuando no se daba cuenta. En algunas caminatas por los jardines, mientras ella les daba un recorrido en el palacio, algunos de esos hombres intentaron besarla, sin embargo ella, con la altura que le caracterizaba, los ubicaba en su sitio, y en algunos casos hasta les pedía que se retiren. Por unos momentos tuve deseos de intervenir, pero me contuve de ver que la mujer que amaba tenía la capacidad de defenderse de maravilla.

Me sentía tan patético e irrespetuoso de estarla espiando, pero la curiosidad me mataba. No desconfiaba exactamente de ella, pero sí de los tipos que pretendían ponerle sus sucias manos encima. Sólo estaban encantados con su belleza, por su poder, mas a mí me atraía más que eso; la amaba con todo mi corazón y sólo de pensar que podía perderla regresaba al tortuoso estado de hace un año. No iba a resistirlo.

- Pero qué tenemos aquí…

Mi espionaje en los jardines, donde me encontraba en ese momento, se vio interrumpido por la presencia de Nox, Ryotta y las gemelas. La vergüenza se apoderó de mí con sólo imaginar que conocían los motivos de mi presencia.

- ¿Así que espiando a la princesa? Pero qué desconfiado. – dijo Nox, burlón.

- Yo no estoy espiando a nadie. A ustedes no les importa por qué estoy aquí. – respondí enfurecido y avergonzado.

- Por favor, comandante. Ya a estas alturas sabemos bien lo que hay entre ustedes, y por eso percibimos que sientes que tu terreno peligra. – continuó Ryotta, con mofa.

Me di la vuelta para poner en su sitio a estos infames, sin embargo las gemelas se pusieron delante de ellos para protegerlos, o más bien convencerme de algo.

- ¿Ahora sus mujeres deben defenderlos? Qué par de delicados.

- Tranquilo, comandante. No es necesario que se exalte. – dijo Kaysa.

- Puede ser que este par de perdidos de novios que tenemos no sepan nada más que molestarlo… pero nosotras tenemos la solución a su problema. – continuó Kayra, sonriendo.

- ¿Solución? - pregunté confundido.

- Sí, pero es mejor no platicarlo aquí. – dijo Nox.

- Vamos todos al bar donde nos conocimos. ¿Recuerda, comandante? – indicó Ryotta, animado.

- A esa pocilga no regreso ni loco…

- Tranquilo, hombre. Esta vez no habrá mujeres. – expresó Nox.

- Bueno, sólo las nuestras… por que la tuya se quedará aquí deslumbrando a estos pretendientes.

Controle mis impulsos de romperle la cara a Ryotta ante esos comentarios, pero yo había decidido no dejarme llevar por mis bajas pasiones. Además estaba más interesado en saber la solución que tenían para mi problema. En esta nueva sensación que me estaba matando. Por mucho tiempo sentí segura a la mujer que me pertenecía… pero ahora tenía terror de perderla.

- Vamos…

Me dirigí con las parejas al sitio que alguna vez me trajo problema, sin imaginarme que ahí encontraría la respuesta menos analizada. Impensable.


Por un momento me arrepentí de haber aceptado la propuesta de las parejas, pero ya estaba aquí y no iba a demostrar más inseguridad de la actual. Por suerte habíamos ido a la zona donde los cuatro se conocieron; ningún causante de malos entendidos estaba a la vista.

- Comandante, aun estas a tiempo de pedirnos que te traigamos a una amiguita. – sugirió Nox, sonriendo con sarcasmo.

- Hay una que está como para…

Los hombres se silenciaron al ver las asesinas miradas de las gemelas. Definitivamente estas mujeres habían aprendido a controlarlos.

- Preciosa, no me mires así. Sólo lo decía para el Comandante. – dijo Nox, nervioso.

- Sí, con ustedes no necesitamos mirar a otro lado.

Después del incómodo momento, las mujeres volvieron a sonreír, para luego dirigirse a mí.

- Comandante, nos hemos enterado que la princesa está recibiendo a sus pretendientes por puro compromiso, mas no desea ser desposada por ninguno. – dijo Kaysa.

- Sin embargo, la presión que tiene por contraer matrimonio es bastante fuerte. Debe elegir a un marido. – continuó Kayra.

- Eso no es posible… ella no hará eso. – lancé preocupado.

- Por supuesto que no lo hará, pero nada le quitara la presión a la que está siendo sometida. – dijo la gemela con pelo rizado.

- Bueno… si hay algo.

Me puse atento ante las últimas palabras que Kaysa dijo. Esperaba en ellas encontrar la solución a este miedo que me consumía. Ya no quería ver a mi mujer rodeada de tantos hombres, mucho más si no se sentía cómoda.

Al ver que no respondía a nada, las gemelas torcieron los ojos como esperando lo obvio, como si la respuesta fuera más que lógica.

- ¿Acaso es tan difícil que usted le pida matrimonio? – dijeron la mujeres al unísono.

Mi corazón se paralizó ante esa petición, totalmente inesperada. ¿Pedirle matroneo a la monarca de este reino? Por mucho tiempo pensé que nuestra relación se mantenía bien tal y como estaba, sin ningún paso adicional para consolidarla. Sin embargo, aquella pregunta hizo tambalear por primera vez lo que creí estaba dentro de lo normal.

- Pedirle matrimonio… ella no va a querer. – lancé, dejándome llevar por la inseguridad.

- ¿Y se puede saber por qué aseguras eso? – preguntó Nox.

- No lo sé…

- Sólo casados podrías salvarla de todo ese séquito de hambrientos hombres, además que podrías estar con ella siempre… tal y como te gusta, ¿eh? – lanzó Ryotta, como siempre con sus frases de doble sentido.

- Ella seguramente no se lo ha dicho directamente, pero estoy segura que de muchas maneras le ha manifestado ese deseo. – dijo Kayra, pensativa.

"Yo no tendría ojos para nadie que no fueras tú, pues eres mi amor… el único que puede ofrecerme lo que tanto deseo."

Recordé aquellas palabras que me dijo una de las veces que dormimos juntos, leyendo entre líneas por primera vez su deseo. ¿Sería feliz ella casada con alguien como yo? Una cosa es tenerme como su compañero y amante, pero otra como el esposo que iría con ella por el camino de su vida. ¿Soportaría de verla contraer nupcias con otro que sólo quisiera presumirla como trofeo?

Yo quería estar con ella toda la vida, un título o un papel eran lo de menos. Si era lo que deseaba y necesitaba para estar en paz con su reino y consigo misma, estaba dispuesto a dárselo.

Fue en ese momento que asumí que yo no podía perderla por mis miedos absurdos, ya viví eso y de ninguna manera quería volver a repetirlo.

No sabía cómo demostrarle, ahora sí, mis verdaderas intenciones.


La valentía de Dark Zelda no dejaba de sorprenderme, pues por un largo mes logró lidiar con todos sus pretendientes, rechazándolos con finura y modales. Sin embargo, el estrés de lidiar con las presiones del Consejo no la dejaban tranquila, por más que ella supiera cómo manejarlo. No le importaba tener que hacerlo toda su vida con tal de no enredarse con nadie.

Sabía que en ese momento se encontraba en el bastión central con todo ese grupo de viejos asfixiantes, dispuesta a no hacerle caso a ninguna de sus exigencias. Ahora si estaba decidido a terminar con esto, a acabar con esta absurda pasarela de imbéciles superficiales que sólo la rodeaban como bestias a su presa.

Abrí las puertas de la sala, dejando a todos estupefactos, en especial a la princesa.

- ¡Comandante!

Sin pedir permiso me adentré a la sala, caminando seguro, pero con los nervios de punta. Esta vez no fui con mi vestimenta de siempre, la que usaba para los entrenamientos. Me revestí de elegancia, portando una túnica azul marino, hombreras de plata y capa gris. De ninguna manera iba a hacer las cosas como siempre. Desde el trono Dark Zelda me miraba sorprendida, ignorante de lo que estaba a punto de hacer, con los ojos desorbitados.

- Comandante, ¿qué hace aquí? Que yo sepa usted no ha sido convocado a esta reunión. – dijo Paul, el consejero mayor.

- No necesito ser convocado para el motivo de mi presencia. ¿O acaso a los nobles que cortejan a su alteza les dicen lo mismo? – pregunté irónico.

Las voces sorprendidas de los consejeros no dejaron de escucharse, mientras que mi amada seguía enmudecida, sin quitarme los ojos de encima. Caminé seguro hasta el trono de mi alteza, sin saber que desde la puerta, a escondidas, observaban curiosos Nox, Ryotta, Kayra y Kaysa. Ellos sabían que iba a hacer algo, pero no exactamente qué. Llevo mucho tiempo planificando esto en el silencio, y ya no tengo ninguna duda.

Una vez que estuve frente a Dark Zelda, ella se puso de pie, sorprendida y dispuesta a escucharme, mientras que el Consejero Mayor intervino con burla.

- Comandante, ¿no me diga que pretende ser parte de la lista de los pretendientes de la princesa?

- No, no vengo a solicitar permiso para cortejarla… vengo a pedirle matrimonio.

Ante la sorpresa, Dark Zelda tapó sus labios debido a la sorpresa, demostrando una emoción que jamás lo hubiera hecho en público. Los consejeros se quedaron estupefactos, mientras que el Mayor gagueaba en sus palabras.

- ¿Qué? ¡Imposible! Esto debe ser una broma. Podrá usted tener un buen cargo, pero no cumple con los requisitos para hacerlo.

Le sonreí con sorna al hombre, para después sacar de mi bolsillo la caja de terciopelo que contenía el solitario que por mucho tiempo me dedique a buscar. Mostré el rubí a mi amada, el que se complementaba con la sorpresiva mirada con la que me enredaba. Poco después le respondí al consejero, pero mirando a los ojos a la mujer que amaba.

- ¿Condiciones? En ningún lado está escrito que un noble deba cortejarla, además la decisión de aceptarme sólo la tiene su alteza.

Este tipo de acciones me costaba realizarlas, pero era necesario para demostrarle a Dark Zelda que mis intenciones eran serias. Me arrodillé ante ella y le mostré el anillo, dispuesto a que escuche cada una de mis palabras.

- Alteza, las palabras no son mi fuerte, pero no tengo que explicarle a nadie que mi amor por usted es infinito. En todo este tiempo se ha visto rodeada de pretendientes y joyas de todo tipo, pero nadie le ha ofrecido ninguna con un enlace sin inicio y fin, como este anillo.

- Dark Link…

Me callé unos segundos al ver que los ojos de la monarca se humedecían, pero luego retomé la valentía que quizás no volvería a demostrar nunca. No puedo creer todo lo que he cambiado.

- De rodillas ante usted, doblegado a su eterno mandato, pido me dé el honor de pedir su mano en matrimonio, para acompañarla durante toda mi vida.

- ¡Esto es absurdo! ¡Su alteza jamás lo aceptará! Ella jamás arriesgaría su pres…

El viejo hombre no pudo terminar sus palabras, pues Dark Zelda se había puesto a mi altura para abrazarme, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Poco después besó mis labios, causando el casi infarto de todos los presentes, pero la euforia de mis espías, quienes salieron de su escondite a gritar y a aplaudir como unos irracionales. Ahora que su plan se había visto triunfante, nada les importaba.

- Acepto…

Al escuchar esa palabra, me levanté con ella del suelo y coloqué el anillo en su dedo. Los Consejeros se retorcían de la rabia ante tal imagen tan bochornosa para ellos.

- ¡No puedo creer eso de usted, alteza! Entonces toda esa habladuría resultó ser cierta. Usted y este hombre…

- Este hombre y yo hemos decidido casarnos, cumpliendo así con las condiciones impuestas. El trato era conseguir un marido para consolidar mi mandato, mas la decisión de elegirlo era únicamente mía. – respondió ella, fuerte y segura.

- Pero…

- Elijo al Comandante del reino; por su cargo, por su prestigio y valor… porque así mi corazón me lo dicta.

- ¡Esto es inaceptable!

- Le diré lo mismo que me dijo hace meses, señor Paul… Recuerde que por más miembro del Consejo que usted sea, su obligación es respetar mi decisión.

Los nefastos hombres no pudieron decir nada, pues su soberana había dado su última palabra. Enojados e impotentes se retiraron del bastión central, seguidos después por mis espías, quienes antes de irse nos felicitaron con sonrisas y burlas hacia los consejeros. Poco después ella y yo nos quedamos solos, asimilando lo increíble de lo ocurrido.

- ¿Esto es un sueño, verdad? – dijo ella, tomando mis manos y mirándome a los ojos.

- Yo soy el que debería preguntar eso, pues temí que no aceptaras mi petición.

- Quiero saber si estás completamente seguro. Es algo que por mucho tiempo esperé, sin embargo no quiero que te sientas presionado. – consultó preocupada.

- La única presión que siento está en imaginar mi vida sin ti… no de nuevo.

- Mi amor…

- Con o sin papeles, con o sin bendiciones, yo sólo quiero estar contigo porque te amo. El camino es lo de menos. Y si esto es lo que deseas y necesitas, te lo daré.

Sin poder contener el llanto, Dark Zelda se abalanzó a mí para besarme, gesto que correspondí de inmediato. Este paso no hacia ninguna diferencia a mi enlace con ella, simplemente era una etapa más.


Nunca creí que me sometería a tanto ajetreo para consolidar una unión, pero por ella era necesario cumplir con tanto protocolo y parsimonia. Algunos hechos fueron conmovedores, interesantes y divertidos, pero otros aburridos y demasiado formales para mi gusto. Sin embargo, nada de eso impidió que disfrute este día, sobre todo al verla tan radiante y feliz.

Ahora ya era un hombre casado… con ella.

La ceremonia fue el inicio de mi aceptación a una vida en común, mientras que la celebración fue la razón para, de alguna manera, presumir nuestra unión, para conocer a los rostros alegres por nosotros, y a otros frustrados por no haber ganado el trono, su trofeo. Aun no asimilo que yo me adentré en ese tipo de eventos, incluso bailar con mi ahora esposa. No es que se me hubiera dado mal, pero era algo a lo que no estaba habituado. Sin embargo, cada paso me permitía deleitarme con sus sonrisas y caricias; con eso no necesitaba más.

A la llegada de la noche llegamos a la habitación reservada para nuestra noche de bodas, las que estaba decorada por incienso y velas. Nunca tuve el cuidado de analizar donde retozar con mi mujer, pero ahora observé con detenimiento el seductor ambiente, donde una vez más iba a hacerla mía… y esta vez de una manera diferente y nueva para mí.

Deje de observar el ambiente para fijar mi mirada en ella, quien me observaba embelesada por nuestra unión. Volví a contemplar su vestido blanco, el que caía con gracia sobre la voluptuosidad de su cuerpo, mientras que yo no me sentía la gran cosa. La armadura que me vestía la elegí tan simple, pues lo único que deseaba era que resplandezca era ella… por siempre ella.

Frente a sus ojos me desvestí, quedando únicamente con el torso descubierto, mientras que ella iba a comenzar a desligarse de su ropa, pero lo impedí tomando sus manos. Esta vez iba a demostrarle una manera diferente de poseerla.

Me acerque hasta su espalda para comenzar a desatar los tirantes de su corsé, mientras mi boca se refugiaba en la suavidad de su cuello.

- Déjame amarte sólo a mí…

Sentí su estremecimiento ante mis palabras, mientras permitía que la desvistiera con suavidad y mesura. Esta vez no iba a tomarla como un desbocado hambriento, sino como el cristal más delicado de mi vida. Nuestra autentica primera vez.

Me deleité con la lencería debajo de su vestido, mientras los tirantes decoraban las piernas que tanto me encantaba tener alrededor mío, las que abrían el camino a la pérdida de mi cordura. Esta vez sólo me maravillaba por su belleza, mientras las besaba con frenesí y desesperación. Eso nunca iba a cambiar en mí.

Entregados, nos acostamos en la cama, mientras yo ya estaba despojado de todo para sentir mi piel con la de ella, quien gemía con cada caricia que le brindaba, con cada beso que regalaba a cada centímetro de su cuerpo. Disfruté de sus pechos y caderas como el manjar más exquisito de mi vida, mientras ella me devoraba con su boca y me consumía la existencia.

Por muchas veces que nos hayamos entregado a la locura, esta era la primera vez que la disfrutaba con tal entrega, con aquel sentimiento que me encendía mi corazón a niveles inmisericordes, con aquel amor que jamás imaginé sentir por alguien.

Cuando la satisfacción por las caricias se vio saciado, me uní a ella mirándola a los ojos, mientras acariciábamos nuestras lenguas en un beso desesperado y sediento, con el aliento entrecortado. Nunca creí que podía enlazar la pasión y la suavidad en cada movimiento, mientras mis dedos no dejaban de grabar cada centímetro de su piel, la que tanto me enloquecía.

Me sentí encantado al escucharla decir que me amaba con cada estocada, correspondiéndole de la misma manera.

El orgasmo llegó brutal a nosotros. Temblando como nunca con mi mujer, pero me sentí aliviado al sentir sus brazos rodeándome, buscando en mí la misma calma que yo. Poco después nuestros labios se atraparon despiadadamente, queriendo rescatar algún retazo del inmenso placer experimentado.

Nunca creí que mi oscura vida se convertiría en esto, donde el amor estuvo por sobre todas las barreras que alguna vez me negué a traspasar… por sobre simples tradiciones.


Comentarios finales:

Hola, mis queridos lectores. He traído para ustedes el primer capítulo extra, desde la perspectiva de Dark Link.

Sinceramente me costó bastante escribirlo, pues quería dar una imagen nueva en él, pero sin que deje de lado su personalidad. Ahora es un hombre mejorado, y después de la terrible perdida que tuvo ha tomado decisiones para ser feliz y hacer feliz a Dark Zelda. Hice lo posible para que este escrito no quede tan dulce e intenso como un zelink. Espero haberlo logrado.

No hice que Dark Link describa el vestido de novia de Dark Zelda, porque creo que un hombre no habla de eso con tanto detalle, pero si les da curiosidad, este modelo era parecido a los medievales de princesa. Largo, falda con caída libre, cuello de bandeja y magas largas campanadas; encaje en el corsé y un velo del mismo material. El traje de Dark Link era una armadura sencilla, algo parecida a la de la corte de Link de BOTW, pero con colores oscuros, acordes a su personalidad, botas negras.

Me disculpo porque no soy tan buena con las descripciones de trajes, pero espero poder hacer trabajar su imaginación.

Esta vez quise hacer que la unión de DL y DZ no sea tan vehemente, sino más bien entregada, pues era la primera vez que hacían el amor teniendo a este en primer lugar, y ya no tanto el tema de saciar sus deseos… aunque bueno, ustedes recordarán que a pesar que los lemon de esta historia eran fuertes, no dejaba de haber retazos de afecto.

La próxima semana vendrá el segundo y ultimo capítulo extra, y esta vez desde la perspectiva de quien seguramente se imaginan.

Muchas gracias a todos por leerme ^^

Un abrazo,

Artemiss