Lena.
No había dormido nada en las últimas veinticuatro horas. Nada desde que llegué... Mucho menos desde que Kara apareció y desarmó todas mis barreras. No era lo que esperaba y aun así, para mi propio desagrado, era ella lo único en lo que había pensado desde que me arrestaron.
Porque mi mente no dejaba de recordar su manera de mirarme cuando los policías mencionaron a Sage y la estúpida tentativa de homicidio. Hasta cierto punto lo único que había querido era explicarle que no había sido yo y que necesitaba que me creyera. Luego, al tener tiempo de sobra para darle vueltas al asunto me avergoncé de mí misma. No tenía que darle explicaciones a nadie más que a la ley y con suerte saldría de este lugar infernal pronto.
Por supuesto que no había tenido en cuenta que sería Kara la primer persona en venir. Mucho menos pensé que sería la defensora número uno de mi inocencia. Había sido determinante en eso de querer sacarme de la cárcel pero yo me había quedado sin habla cuando mencionó que había estado conmigo.
Recordaba muy vagamente el sábado pasado, en realidad nada. Más que haber conducido hacia la tienda y después despertar mágicamente con Sam durmiendo a mi lado. Y Sam... Mi mayor temor fue que hubiera visto la sala repleta de drogas. Al correr escaleras abajo, con un terrible dolor en el cuerpo y una creciente resaca, me sorprendió ver el sofá vacío. No había nada del desastre que la noche anterior había causado y eso me asustaba. Por el resto del día intenté notar algún atisbo de decepción en su mirada o algo parecido. Pero supe que no sabía nada con solo prestar atención a la manera en que me intentaba hacer sentir mejor. Sam tenía maneras muy particulares de preocuparse por mí, dudo que las hubiera empleado si tuviera en mente que había vuelto a recaer en las drogas.
Por lo que verla entrar en mi celda con una expresión apagada y sin mirarme me alertó. Tenía la ropa de trabajo y unas bolsas oscuras en los ojos. Al contrario de Kara, no se sentó y yo tampoco me moví.
—Pensé que hoy ya no vendrías. ¿Qué hora es?
—Pasadas las ocho, hay tormenta fuera —su porte nervioso no me dejó más remedio que preguntar. Odiaba que no fueran al grano y perder tiempo.
—¿A qué vienes, Sam?
—A ayudarte, ¿no es obvio? He llamado a un socio de mi madre, ella está en Europa por lo que lo lamenta de verdad pero dice que el tipo es un buen abogado.
—¿Qué te pasa a ti?
—¿De qué estás hablando? —parecía un gato asustado. Permanecía lo más lejos posible de mí, cruzada de brazos como asegurándose cierta protección. La conocía demasiado para saber cuándo ocultaba algo.
—Crees que lo hice —murmuré con la absurda idea apareciendo de pronto en mi mente—. Crees que he sido yo quién atropelló a Sage.
—Yo no he dicho eso, Lena.
—Te conozco.
—Confío en ti y lo sabes.
—Y aún así estás dudando de mí —sentencié. Mi boca se llenó de algo denso y amargo al buscar sus ojos; había duda. Tan pronto como me afectó, me deshice de mis emociones y volví a mi máscara inexpresiva—. Bueno, dime, ¿qué quieres? Porque supongo que tienes algo que decir. Dilo y vete.
Sam caminó de un lado a otro en su sitio con las manos en la cintura, estaba algo más alterada que hasta hace un momento. Si esperaba que me disculpara por comportarme así cuando ella era quien dudaba... Podía sentarse a esperar.
Al detenerse me miró fijamente.
—Me dijeron que alguien más te visitó hace unas horas. ¿Qué quería tu ex aquí? —su desinterés en ocultar sus celos me hizo reír de verdad. Me reí en su cara por esa razón y más.
—¿Bromeas, verdad? Tiene que ser una broma —Sam no dijo nada y yo, incrédula, recuperé la seriedad de mi rostro y solo la miré con latente disgusto—. Estoy desde ayer en esta maldita celda por un crímen que no cometí y a ti te molesta que mi ex haya venido a verme. No solo dudas de mi inocencia pero también te jode más mi relación con ella por muy inexistente que sea a que yo esté pasando por un mal momento.
—Lena, no... No digas eso, por favor —Sam tenía los ojos cristalizados y por primera vez comenzó a acercarse pero negué.
—Aléjate de mí —cuando las primeras lágrimas comenzaron a caer, supe que ya no había vuelta atrás para lo que teníamos. Suavicé mi tono pero mi frialdad se sintió en toda la celda—. Estoy harta de esto, Sam, estoy cansada de que esperes algo que no ocurrirá porque las dos sabemos que esto nunca va a funcionar. Yo no soy para ti, no soy lo que necesitas y jamás podré darte lo que quieres. Crees que esto es lo correcto, que estar conmigo de alguna manera te proporciona alguna felicidad pero eso no es cierto. Sé que me amas demasiado como para pensar en tu propio bienestar y por eso lo haré yo. Estoy más que dispuesta a aceptar mantener nuestra amistad, si lo quieres, a pesar de tu falta de confianza en mí. Imagino que ser una Luthor trae sus consecuencias, pero bueno, lo siento Sam. Te mereces mucho más, te mereces un amor real y que puedas sentir. Y amor no es lo que yo necesito. Ahora si puedes dejarme sola te lo agradecería.
Abrió la boca para decir algo pero la volvió a cerrar. La tristeza en su rostro me hizo sentir mal, como la malvada de la historia, como un ser desagradable y lo peor que podía existir. Y tal vez así era. Tal vez la gente que me odiaba estaba en lo cierto y mi apellido traía consigo la mala suerte de ser siempre la villana. Quizás aceptar que estaba dañada y era igual de mala que mi familia podría liberarme de mis emociones. Quizás...
Kara.
—¿Cómo que no puedo verla?
—¡Eso! ¿Cómo que no puede? —el grito de Maggie se escuchó en todo el pasillo y varias enfermeras la miraron disgustadas—. ¡Llevamos esperando una hora!
—Y lo lamento, señoritas, pero no pueden pasar personas que no sean de su familia.
—Esa ya es una excusa estúpida que ponen en las películas para que al protagonista le sude el culo intentando buscar la manera de entrar.
—Maggie —le advertí. Frente a mi expresión puso los ojos en blanco y se echó cruzada de brazos contra la pared mientras yo volvía al médico—. Es importante para mí verla, no serán más de dos minutos.
—La cuestión es que fue ella quién pidió visitas solo de familiares directos.
—¿Cómo?
—Lo lamento, no puedo hacer más por ustedes. Pero si les hace sentir mejor ella está bien, solo necesita unos cuantos días más para recuperarse del trauma.
Con un movimiento de cabeza el hombre se alejó y yo me quedé quieta sin saber cómo reaccionar. ¿Por qué Sage no querría verme? No es como si estuviera de algún modo molesta conmigo... ¿O sí?
Suspiré y me volví hacia una Maggie aburrida. No podía dejar que una tonta duda me consumiera, esperaría a verla si así ella lo quería.
—¿Ya nos vamos? ¿Tan fácil te rindes?
—Sage no quiere verme, lo has oído. De todos modos tengo una cita con un abogado en quince minutos. Tengo que darle mi versión de los hechos sobre el asunto se Lena.
—¿Qué no lo has hecho ya, en la comisaría? ¿Cómo piensas exactamente ayudarla?
—Diciendo la verdad —mi amiga levantó las cejas y ante su incómodo silencio añadí—. Sabes a lo que me refiero. Evitaré comentar que estaba drogada y con más alcohol en sangre que...
Mi celular empezó a sonar y respondí al instante. Era el abogado de Lena. Cuando terminé de escuchar a un apresurado y nervioso hombre darme nuevas instrucciones, colgué.
—Era el abogado —informé sobresaltada, ya cogiendo el ascensor más cercano a nosotras. Cuando Maggie entró presioné el botón que iba al techo—. Se adelantó nuestra sesión, es ahora.
—¿Por qué tan pronto? ¿Por qué estás así de repente?
—Porque Lena va a confesar un crímen que no cometió.
Una vez en el tejado no tardé en despojarme de mi vestimenta como Kara y dejar al descubierto mi traje. Maggie frunció el ceño y no necesitó decir lo que pensaba en voz alta.
—Tengo que llegar lo más rápido que pueda, descuida, nadie me notará.
—¿Estás segura de todo esto, rubia? ¿Quieres que vaya contigo?
—Creo que es algo que tengo que hacer sola pero ni bien pueda te daré noticias.
Fue todo lo que dije antes de impulsarme hacia el cielo despejado y volar.
Bajé en el callejón de un edificio en construcción a una calle de distancia de la comisaría en cuestión de segundos. En lo que dura un latido ya estaba colocándome las gafas y lo demás que aparentaba mi aburrida presencia humana. Recogiéndome el pelo en una coleta me apuré hacia el sitio en cuestión.
El abogado de Lena, con el que no me había costado comunicarme después de visitarla, estaba fumando un cigarrillo en la puerta. Al verme lo tiró al suelo y lo pisoteó. No sé cuál de nosotros dos estaba más nervioso.
—Ha llegado sorprendentemente rápido.
—Casi no había tráfico —todas las bocinas, autos y motocicletas en movimiento de nuestra calle parecieron burlarse de mí, pero el hombre no se inmutó—. ¿Cómo es eso de que va a confesar? Lena es inocente, yo sé que no ha sido ella.
—Si confiesa me temo que ni tú ni yo podremos hacer nada. No conozco a Lena Luthor demasiado y aunque no trabajamos nunca directamente, mi socia, quién me envió, le tiene mucha estima. Es una mujer de palabra y totalmente confiable, si me dice que es inocente por supuesto que le creeré. Por eso no quiero decepcionarla.
Me desalentó un poco que sus motivos estuvieran más inclinados a no defraudar a su socia que el deseo de ayudar de verdad a Lena. Pero era lo que tenía y era algo.
—Dígame cuál es el siguiente paso.
—En media hora vendrá el oficial que se encarga de su caso, si habla con él...
—¿Usted no puede hacer nada? Le he dicho a los policías la verdad, ellos tomaron mi declaración, Lena no...
—Es una buena coartada pero no tienes pruebas. Lena sí, a pesar de no haber sido ella... Su auto y su matrícula se ven en las grabaciones. No sé quién le jugó algo así pero lo hicieron bien.
Recordé entonces al ladrón que había encarcelado semanas atrás. Me expresó muy claramente cuales eran sus intenciones. Destruir a Lena. Toda esta nueva situación solo dirigía mis pensamientos a eso. ¿Pero por qué Sage? ¿Por qué hacerle daño a ella?
Sabiendo que no tenía tiempo para intentar ubicar al ladrón y cuestionarlo, me volví a la comisaría y comencé a subir los escalones.
—No tengo más remedio que intentar convencerla por mi cuenta.
—Es una persona muy cabeza dura, no creo que...
—Sé como es. Y por eso voy a ayudarla.
El abogado me siguió dentro. Era un hombre bastante joven para verse como lo hacía, adinerado e importante. Tenía barba de ya varios dias, ropas obviamente caras y un porte seguro y fuerte. Cualquiera podría creer que era un modelo de primer nivel.
Me sorprendió que me dejaran pasar sin objetar. Tal vez porque ya recordaban mi insistencia del día anterior y no querían volver a tener que soportar lo mismo, quizás por otra cosa... Pero no me quejé. Volví a caminar el mismo pasillo donde las celdas seguían todas vacías a excepción de la suya, la de Lena. Al volver a pisar ese lugar y quedar sola nuevamente con ella el corazón me subió hasta la garganta.
La ojiverde se encontraba sentada en el borde de la cama, con las manos unidas sobre las piernas y aparentemente esperando. No apartó la mirada del suelo.
—Parece que escuchaste las noticias —musitó al aire, no muy alto pero aún así pude escucharla. Había una extraña melancolía en sus palabras.
—Lena...
—¿Por qué viniste?
—Sabes la razón, sabes que no puedes hacer esto.
—¿Qué te importa a ti? —replicó, viéndome al fin. El cansancio era evidente y preocupante. Nunca la había visto tan desanimada—. ¿Por qué insistes en lo que no te incumbe?
—Eres inocente —el pecho se me aceleró cuando frunció el entrecejo. De algún modo esa forma de observarme, como si quisiera gritarme por decir estupideces, me hacía sentir torpe e imbécil.
—Nada de lo que digas vas a cambiar esto. En veinte minutos confesaré y finalmente cumpliré el mismo destino que mi familia.
—Lena, por favor.
Pero de pronto explotó y se puso de pie tan rápido que no pude moverme. Se había acercado demasiado.
—¿Qué demonios quieres de mí? Fui yo, Kara, yo lo he hecho. Estaba fumada, estaba... Estúpidamente borracha.
—Tú estabas conmigo —murmuré con firmeza y sus muros parecieron temblar. Bajó los ojos y por un segundo pensé que estaba viendo a través de mí. Al símbolo en mi pecho y todo lo que yo era en secreto. Sus labios temblaron y volvió a mirarme con una pena indescriptible. Al hablar, su voz apenas se asemejaba a un murmullo.
—Pero eso solo lo sabes tú.
—No hagas esto, la cárcel no es donde debes estar.
—¿Y quién eres tú para decidirlo? A ti no te...
—Me importa, Lena. Deja de decir eso porque tú me importas y no puedo soportar verte en prisión como si fueras una criminal —decirlo en voz alta fue como recibir una descarga eléctrica. Sus ojos estaban tan verdes que ni siquiera la poca luz los podía ocultar. Incluso así, descuidada y exhausta, seguía siendo hermosa. Me avergoncé por siquiera pensarlo en una situación así.
—Kara...
—Por favor, dejame ayudarte.
—Tú no puedes salvarme —dijo negando, tenía una sonrisa trémula en los labios, rendida—. No puedes hacerlo, no quiero que lo hagas.
Verla fue lo único que pude permitirme durante varios minutos. Se acercó a la pequeña ventana que daba al callejón oscuro y suspiró. No había nada en ella que me recordaba a la Lena Luthor segura y confiada de siempre.
—¿Por qué haces esto?
—¿Por qué no?
—Porque no fue tu culpa.
—¿Serías capaz acaso de decirle que estuviste conmigo? —dijo suavemente—. A Sage, ¿le dirías?
—Se enterará tarde o temprano una vez te saque de aquí.
—Eres persistente —repuso regresando a mí—. Kara... Estoy cansada. Esto tiene que ser una señal ¿sabes? La prisión es donde debo estar, dónde todos quieren que esté.
—No lo que yo quiero.
Lena se mostró sorprendida, señal de que todas sus barreras ya no necesitaban ser levantadas. Sonrió tristemente y caminó hasta quedar frente a mí. Viéndome como lo hacía, podía tranquilamente derrumbarme ahí mismo.
—Respóndeme una cosa, honestamente, y puedes hacer lo que quieras —dijo al fin. Mi expresión seguramente era de lo más atónita porque se vio obligada a añadir—, podrás sacarme de aquí.
—Dispara entonces.
Su proximidad no hizo más que ponerme ansiosa. Cuando habló, todo pensamiento en mi mente desapareció.
—Dime cuándo dejaste de amarme.
—¿Por qué quieres saber eso? —fue lo primero que salió de mi boca. No había otra cosa en mi cabeza lo suficientemente coherente.
—No estás respondiendo y el tiempo corre.
Lena se mantenía calmada, su expresión inalterable a pesar del agotamiento y su mirada penetrante más allá de las ojeras. Realmente quería saber, y si no le daba una respuesta mi única oportunidad de salvarla se iría por el retrete.
Pero el problema es que no lo sabía. Nunca me había detenido a pensar en cuándo había dejado de quererla porque si lo hacía acabaría cuestionando si en verdad lo había hecho. Nunca estuve del todo segura si lo que sentía por Lena en la universidad había desaparecido y este no parecía el mejor momento para averiguarlo. ¿Pero entonces qué le diría? ¿Qué no lo sabía? ¿Mentirle? ¿O mentirle para mal?
Bien podría decirle un falso tiempo en el pasado y enfrentarme a su reacción, o tal vez, lo más alocado, decir que nunca había dejado de hacerlo. Las dos opciones pesaban lo mismo en mi balanza imaginaria. Porque la realidad era que no podía saberlo, no tenía manera de descubrir hasta qué punto lo que sentía por Lena llegaba. ¿Si haría todo por ella? Claro, incluso ahora. Pero no era la cuestión, ya no era lo indicado.
Recobrando el aliento y volviendo a mirar sus ojos expectantes asentí para mí misma.
—Hace tres años.
Lena se me quedó viendo como si una respuesta real fuera lo que menos se esperase. Escuché claramente su corazón acelerarse y supuse que se avergonzó del escándalo de sus latidos porque se alejó hasta la cama de metal. Tres años, claro, como si en todo ese tiempo yo no hubiera necesitado tenerla a mi lado.
Pero era lo único que podía decirle. Lena ya me había superado, no necesitaba que le contara sobre mis dudas o las confusiones de mis sentimientos actuales. No le hacía falta cargar con el hecho de que existía una posible y minúscula posibilidad de que mi corazón siguiera intacto con respecto a ella.
Recuperé la compostura y me esforcé para que las palabras se escucharan con claridad.
—¿Podría saber cuándo lo has hecho tú?
—Tienes lo que quieres, Kara, ya puedes seguir con tu tonto esmero de intentar sacarme de aquí.
—Solo respóndeme —sonó más a una súplica que un simple pedido. La ojiverde se puso de pie otra vez y me observó por un largo rato, su cabello negro suelto le daba una apariencia mucho más informal que lo que solía ver en la oficina. Más rebelde... Como en la universidad.
—Tal vez tú misma sepas la respuesta si lo piensas —se aproximó hasta que solo quedaron unos cuantos centímetros entre nosotras y estuvo a mí misma altura—, tal vez, si lo imaginas por un momento, puedas descubrirlo por ti misma. No es difícil hacerte a la idea.
—Nunca me fue muy fácil descubrir lo obvio, sabes.
—Lo sé, Excalibur te fue todo un reto.
Vi como Lena reprimía una media sonrisa y yo contuve la mía. Por un instante me sentí como antes, libre y en paz, por un fugaz segundo creí que quizás no era demasiado tarde. Pero ella se separó de mí y tan pronto como la sensación llegó, se fue.
—Haz lo que tengas que hacer, Kara. Te recompensaré afuera por tu ayuda.
—Eso no es necesario —repuse ofendida.
—¿Entonces cómo debo de tomarlo? ¿Favor de ex?
—Lo hago como una antigua... Amiga que quiere darte una mano.
Lena alzó las cejas, incrédula y negó con una sonrisa sin gracia. Yo también sabía que sonaba tan estúpido como tonto.
—Bien, querida amiga, solo ve. Aprovecharé mi tiempo para dormir en este placentero agujero de ratas hasta que vengas a rescatarme.
—¿Lena? —ya estaba dejándose caer en la cama cuando me miró.
—¿Si?
—Hay una manera en la que puedes recompensarme.
—¿De verdad? —dijo abriendo mucho los ojos.
—Podrías... ¿Puedes aceptar una cita conmigo? —por la forma en que mis palabras apresuradas lo dijeron todo mal, rápidamente me corregí—. No, no, no una cita, lo siento. Una... Algo así como un encuentro en algún sitio para que podamos hablar. ¿Aceptarías?
—Hablar —repitió suavemente. Comenzó a asentir con la cabeza y noté como mi pecho se desinflaba. Lena, después de seis años me observó como si estuviera frente a una vieja amistad—. Acepto, Kara.
Tomé eso como mi señal para salir y en cuestión de minutos estuve en la oficina de la comisaría.
—Lo logré —comuniqué sobresaltada. El abogado se echó hacia atrás con evidente sorpresa—. No hará ninguna tontería.
—Oh, gracias a Dios. Esto es bueno... Muy, muy bueno.
Buscó el teléfono con manos nerviosas y se disculpó antes de alejarse.
Una hora después había vuelto a dar mi declaración y me sentía más relajada. Había dicho todo tal y como había ocurrido, a excepción por supuesto de lo que tenía que ocultar. Le recordé al abogado que el auto de Lena no tenía ninguna magulladura y que podían revisar las cámaras de seguridad de su casa para que vieran cuando habíamos llegado.
Temí un poco por lo que podría ocurrir si me veían salir como Supergirl en alguna grabación. Pero estaba un noventa por ciento segura de que no había sido el caso. Siempre era muy cuidadosa.
Entre tanta espera y una que otra conversación telefónica con el abogado de Lena, habían pasado tres días. No podía ignorar mi trabajo, por obvias razones, así que me esforcé en regresar a CatCo y seguir con mis responsabilidades diarias. Al contrario de lo que esperaba Sam no vino a quejarse ni echarme en cara haberme ausentado, en realidad ni siquiera salía de su oficina. No bebió café como era común por la mañana ni pidió la presencia de ningún empleado como era usual.
Pero mientras terminaba un informe atrasado escuché el claro sonido de un celular, el de la no-jefa. No escuché la conversación ni me entrometí en lo que no debía, pero el cambio en su humor fue llamativo y más que obvio. Sam salió de la oficina con prisa directamente hacia el elevador, no pude no observar la planta a la que se dirigía. No iba hacia abajo, sino que arriba.
Se me ocurrió entonces una idea estúpida al verla de mejores ánimos. Si Sam había podido ser amable conmigo al principio, a pesar de lo que nuestra relación actual era, no veía porqué no podíamos al menos llevarnos bien. Claro que no significaba que quería que fuera mi mejor amiga o mucho menos, solo quería en verdad solucionar lo que sea que nos había ocurrido. Quería hacer las cosas bien, intentar tener una buena relación de trabajo si es que tal cosa existía, mi naturaleza lo pedía.
Con un tonto impulso y la adrenalina corriendo en mis venas me puse de pie y tomé las escaleras. Solo corrí por si alguien me descubría volando y a pesar de que todas las alarmas en mi mente exigían que me regresara y abandonara esa ilógica y humillante idea, no lo hice.
Al llegar al piso en cuestión ni siquiera mi respiración se había alterado. No habían muchos empleados por ese sector, noté que era la imprenta o algo así por el desgastado cartel en una de las paredes. No era para nada como las demás oficinas en CatCo, algo del aburrido y olvidado lugar me hizo sentir rara.
Sentí que caminaba en círculos al adentrarme en un pasillo y pasar al siguiente hasta que escuché ruidos a un par de metros. Di unos cuantos pasos dudosos y la puerta de dónde provenían los extraños sonidos estaba entreabierta. En ese momento preferí haberme quedado en la seguridad de mi escritorio.
El cuarto estaba muy bien iluminado pero podría haber visto la escena con total claridad de no haber sido así. Se trataba de Sam. Sam y una mujer que nunca ví antes en CatCo muy cerca como para ser solo una conversación muy amistosa.
La no-jefa la tenía sobre una mesa repleta de papeles y la besaba. La besaba con fuerza y recorría todo su cuerpo con sus manos mientras la desconocida apoyaba los dedos sobre el botón de su pantalón. Lo único obvio del asunto... Pues esa mujer no era Lena.
Comencé a retroceder con cautela pero cometí el tonto error de chocar con el marco de la puerta. La mirada de Sam se movió velozmente hacia mi dirección y juro que ví toda clase de emociones cruzarle el rostro antes de tomar yo la iniciativa y desaparecer tan rápido como me lo permití.
Sam me había visto y estaba más que segura de que me seguía. Tomar el ascensor, de hecho, fue una pésima decisión. Al abrirse las puertas en uno de los pisos la ví aparecer al instante frente a mí, aparentemente agotada y sin poder respirar se metió en el elevador conmigo y antes de poder siquiera alejarme volví a quedar encerrada. Con ella.
—Kara... —susurró con el pecho subiendo y bajando—. No...
—No tienes que darle explicaciones a una simple empleada.
—Solo quiero asegurarme de que lo que ocurrió nadie más lo sepa.
—¿Te refieres a Lena? —murmuré entrecerrando los ojos y Sam apretó los labios—. ¿Por qué no quieres decirle que te ves con otra? No es que me interese, pero no parece algo muy honesto de tu parte.
—¿Tú dándome clases de moral? Oh, mi dios, eso sí que es una ironía. Tú... —y se detuvo para verme de pies a cabeza—, tú no sabes nada de mi vida. Lo mejor que puedes hacer, si eres inteligente, es callarte la puta boca.
—¿O qué?
Podía sentir su odio con ese solo silencio, su desagrado y todo ese disgusto que nunca pensé que recibiría la primera vez que la conocí. Y yo que había creído que podía solucionar algo. Sentí de pronto como el calor sobrenatural quería salir de mis ojos y me sentí automáticamente mal. La rabia muchas veces me ganaba pero esto no podía ser ni era lo mismo, esto...
El ascensor volvió a detenerse y la cara de Sam se volvió del color del papel al ver las puertas abiertas. Al hacerlo yo también, entendí su pasmada reacción. Se trataba de Lena y nos veía como si fuéramos de otro planeta.
Primero se le quedó mirando a Sam, confundida, después reparó en mí. Alzó las cejas y yo quise decir algo, sin saber muy bien qué, pero Sam fue más rápida.
—Has vuelto.
—Sí, fue un gran malentendido —dijo sin ningún tono en específico. Lena se pasó el bolso al otro brazo mientras la no-jefa salía, el ascensor ya se estaba cerrando cuando la ojiverde detuvo las puertas con una mano—. Ah, Kara, sobre esa cita pendiente. ¿Nos vamos?
—¿... Ahora?
—Claro, te estaba buscando.
Me quedé boquiabierta sin saber cómo responder, menos aún como actuar, pero Lena ya estaba entrando y una Sam estupefacta nos miraba sin dar crédito a lo que la mujer a mi lado había dicho.
—¿Lena?
—Luego te envío un correo para que me mantengas al tanto de cómo ha ido todo por aquí, Sam, muchas gracias —el tono cordial y profesional que siempre utilizaba para los ajenos a la empresa me incomodó incluso a mí. Pero por suerte, o no tanto, volví a quedarme a solas con la causa de mis últimos nervios.
Por varios segundos el silencio pareció engullirme y Lena, que ni siquiera se mostraba imperturbable por como había tratado a Sam o por siquiera estar conmigo, estaba de lo más tranquila.
—Así que... ¿Esto es en serio? —me miró un segundo como si estuviera diciendo la cosa más estúpida del mundo.
—Sí. Es lo que pediste a cambio de ayudarme ¿no?
—Bueno, sí, pero... No creí que sería tan pronto o... No lo sé, esto es una sorpresa. ¿Y el trabajo? —sonrió con ironía y frunció el ceño divertida.
—Soy la dueña, imagino que puedo secuestrar a los empleados que yo quiera en el momento en que desee.
—No lo había puesto así —murmuré nerviosa.
La verdad es que no me emocionaba estar a solas con ella justo ahora. Después de lo que había visto con Sam y aquella mujer... No tenía que meterme en lo que no tenía que ver conmigo pero, ¿cómo iba a ocultarle algo así? No había notado que el ascensor ya se había detenido hasta que ví que Lena estaba esperándome fuera.
—¿Vienes o tengo que llevarte de la mano, ángel?
Su forma de decirlo fue puro sarcasmo pero me hizo sentir mejor su tonto humor. Algo en Lena era diferente esta vez, no me esquivaba ni me veía como si fuera lo más tedioso que debía soportar.
Por una vez tenía que dejar de ser una idiota y aprovechar mis oportunidades.
—No sabía que podías conducir —dijo Lena al cabo de un minuto ya dentro de su auto—, me refiero a esa noche. Dijiste que me llevaste tú misma.
Su repentino intento por sacar conversación me dejó en blanco por un largo instante hasta que sus ojos verdes me buscaron expectantes.
—Cierto... Mi hermana prácticamente me obligó, pero no suelo hacerlo, no me gusta el caos de manejar.
—Hace años no veo a Alex —replicó con la vista al frente—. ¿Cómo va todo con ella? ¿Sigue de novia?
—Uh, en realidad... ¿Sí recuerdas a Maggie, cierto?
Lena frunció el ceño y vi una pequeña sonrisa dibujarse en sus labios.
—¿Estás hablando en serio?
—Creo que hasta tienen un perro, van muy en serio.
—Quién lo diría con Maggie. Nunca pensé que sería de las que pueden sentar cabeza.
No respondí y solo me quedé contemplando su perfil. Era una mujer hermosa en verdad. Y no es que antes no lo fuera, en nuestro tiempo en la universidad era dolorosamente bella pero ahora... Su mandíbula era más afilada, sus ojos más verdes, incluso su cuerpo en general aparentaba ser más fuerte. Me encontré a mí misma viendo los músculos de sus brazos y me pregunté si hacía ejercicio.
Lena me estaba mirando cuando regresé a su rostro y tuve que simular una expresión de lo más calmada cuando se desabrochó el cinturón y sacó la llave del contacto. Me había atrapado mirando de más pero para mi suerte no dijo nada al respecto.
Salió del auto y no esperé a recibir instrucciones para hacerlo yo también. Una vez fuera me miró un segundo antes de atravesar la puerta de lo que parecía una cafetería. Me recordaba un poco a Morrigan's, el lugar donde había trabajado por un tiempo en la universidad, pero todas similitudes terminaron al entrar.
Era completamente diferente a mi antiguo empleo. Todas las mesas eran blancas con sillas azules y se dividían en compartimientos, dándole alguna que otra privacidad a los clientes, supuse. De las paredes colgaban pinturas de puertos y habían varias macetas con flores en ciertos sectores. Todo era bastante inmenso en comparación a cualquier otra cafetería que hubiera visitado nunca.
—¿Ya terminaste de mirar?
La voz de Lena detrás de mí a pocos centímetros me asustó y tuve que tener cuidado al girarme ya que de por sí notaba lo cerca que estaba. Al ponerme frente a ella, ni siquiera parpadeó.
—No conocía este lugar, es muy hermoso.
—Lo inauguré hace un año.
—¿... Tú?
—Claro, es mío.
Lena cruzó por mi lado, le hizo una seña a alguien en el mostrador y se sentó en una mesa junto a la ventana. Esa seguridad despreocupada en todo lo que hacía, esa soltura confiada... Era una Lena que apenas comenzaba a conocer y que a pesar de parecerme fría al principio ahora llamaba mi atención. En segundos estuve sentada frente a ella y una camarera se nos acercó muy sonriente.
—Solo será un café para mí, Megan, con mucha azúcar por favor —pidió sin apartar los ojos del celular que había sacado hace un momento. La camarera, una mujer de unos pocos veinte años, me miró entonces a mí.
—Un café con leche estaría bien, gracias.
—Trae también unas galletas, las de chocolate —añadió la ojiverde con una seriedad envidiable. Megan se retiró con una sonrisa y Lena siguió escribiendo en su celular un par de segundos más hasta que por fin lo guardó.
—No sabía que te gustaban las galletas de chocolate.
—No son para mí —señaló inexpresiva y apartó la mirada hacia al mostrador algo... ¿Nerviosa?—. Debes de tener hambre. Si mal no recuerdo tenías una obsesión poco sana con esas cosas.
—¿Lo recuerdas? —murmuré sintiendo que la garganta se me secaba. Lena eventualmente regresó a mí.
—Claro. Pero eso no importa. ¿De qué querías hablar?
En ese momento todo lo que había pensado que podría decirle al tener su atención se desvaneció y no fueron más que cosas insensatas. Porque ahora cargaba con lo que había visto a Sam haciendo y no podía mirarla sin sentir que le estaba ocultando algo. O bueno... Algo más además de lo obvio.
En un primer momento había querido contarle toda la verdad. Todo lo que había sucedido, quién era y la razón por la que me fui. Al principio había querido creer que estaba lista para hablar sobre lo mucho que me había costado dejarla, sobre lo que me dolió regresar a mi ya extinto hogar y lo que tuve que soportar allá en Krypton. No había sido fácil y no siempre podía dormir en paz sin tener esas pesadillas que me recordaban todo. Absolutamente todo desde lo que le había hecho a Lena, mi tiempo en Krypton e incluso las terribles escenas que había presenciado una vez como Supergirl al viajar por todo el mundo.
Pero al mirarla a los ojos, esos ojos verdes tan claros que me esperaban pacientes como si fuera dueña de todo el tiempo del mundo, supe que no estaba lista. No podía confesarle como si nada la historia detrás del porqué ahora ella me guardaba desprecio y por la misma razón mi buen humor e incluso los nervios que estar con ella me causaban, se fueron. Todo desapareció y me sentí tan vacía como en Krypton, confundida y sin saber a dónde ir.
Megan apareció con los cafés, un platillo repleto de galletas y como si nada volvió a irse.
—¿Y bien? —dijo Lena revolviendo su taza humeante.
—No sé si estoy lista para hacerlo.
—¿Hacer qué? —repuso tranquilamente antes de beber un sorbo. Lena estaba demasiado relajada y yo no podía más con la amargura para conmigo.
—Decirte la verdad, Lena.
—¿Cuál verdad?
—Del porqué me fui. No ha pasado un día desde que no me arrepienta de cómo hice las cosas, de cómo te dejé sola con todo aquello, de cómo tuve tanto miedo...
—¿Miedo? —repitió frunciendo el entrecejo. No alterada ni molesta, más parecía querer entender. Lena realmente me estaba escuchando y no quería arruinarlo.
—De que me pidieras que me quede.
—¿Sabes que no es muy fácil seguirte el hilo si no me explicas nada? —al no obtener respuesta de mi parte Lena se secó los labios con una servilleta y suspiró—. ¿Lo hubieras hecho? Si te lo hubiera pedido, ¿te quedabas?
Lo pensé como tantas veces lo había hecho los últimos años. Le había dado tantas vueltas que odiaba pensar en el tal vez, pero siempre llegaba a la misma respuesta. Era lo único de lo que estaba segura.
—Sí, me habría quedado —dije con firmeza y me aferré a la única certeza en mi vida—. Lo habría hecho sin dudarlo.
—Sabes, Kara... —empezó, por el tono de su voz supe que no sería nada bueno lo que diría así que me apresuré a hablar.
—No busco que me perdones, lo que hice estuvo mal y fue enteramente mi culpa. Lo siento ¿de acuerdo? Lo repetiré mil veces de ser necesario. Pero no quiero seguir así contigo, Lena... eres importante para mí. Quise negarlo al volverte a ver en esa conferencia, al saber que eras mi jefa y después al darme cuenta de que no querías saber nada conmigo. No espero que todos mis errores se olviden como si nada, hubiera sido más fácil volver a irme antes de causarte tantos problemas pero...
—¿Qué es lo que quieres? —me cortó de pronto. Nuestros cafés seguramente ya estaban helados. Tragué saliva y me sentí más pequeña.
—Una oportunidad.
Lena se quedó inmóvil, realmente quieta en su lugar, me daba la impresión de que había olvidado como respirar. Su cara no reflejaba otra otra cosa más que asombro y tenía los labios entreabiertos, como si algo comenzara a formarse en su mente pero le costara decirlo. Ya el arrepentimiento se instalaba en mi sistema cuando después de un rato habló.
—¿Qué quieres decir?
—Dame una oportunidad para reparar el daño, Lena. Para demostrarte que podemos ser... Las amigas que éramos antes —tragué el nudo en mi garganta con esa tonta definición. Poco y nada habíamos sido amigas en el pasado sino mucho más—. Una oportunidad para explicarte mis razones, para que tal vez sí puedas perdonarme y... Sé que estoy pidiendo demasiado y ni siquiera entiendo porqué aceptaste hablar conmigo pero solo pido eso. Necesito, y en serio me gustaría, que me des algo de tiempo para buscar la manera de hacerlo. Porque quiero decirte la verdad, Lena. Más que a nada en el mundo.
—¿Por qué?
—Porque quiero asegurarme de algo.
—Y asumo que también necesitas tiempo para decirme de qué va ese algo.
Asentí y Lena exhaló pesadamente.
—No sé qué estoy haciendo aquí —admitió echándose para atrás. Miró las galletas y mi café todavía intactos con remordimiento, después el suyo y entonces se dispuso a levantarse—. Vamos.
—¿A dónde?
—Te llevo, vamos.
Antes de lo que era humanamente posible Lena ya había salido de la cafetería y yo apenas estaba poniéndome de pie. ¿Tanto le había molestado lo que había dicho? Me sentí al instante una imbécil. Claro que era mucho pedir, era una idiotez esperar una oportunidad que no merecía. Ni siquiera sé porqué se me ocurrió en un primer momento. ¿Ser su amiga? ¿Tener una buena relación tal y como antes de que todo se fuera al diablo? Oh, vamos, Kara, ya fueron seis años.
Todo eso pasó por mi mente en el camino devuelta al auto. Todo en mi mente gritaba lo estúpida que era. Cómo diría Maggie; alienígena tenía que haber nacido.
Lena no se había ido, aunque no la hubiera culpado si así fuese, al contrario esperaba con el motor en marcha. Apenas había cerrado la puerta que puso el auto en movimiento y salimos de esa calle en segundos.
—Hay algo más que debería decirte.
—Ya dijiste mucho por hoy, Kara —dijo apretando tanto el volante que sus nudillos estaban ya blancos.
—No se trata de mí —me lamenté por Sam, por la persona que me había caído bien en un principio, pero no quería seguir ocultándole cosas a Lena—. Es sobre Sam.
—¿Qué pasa con ella?
—Verás, cuando nos viste en el ascensor... Estábamos discutiendo.
—Sí, tuve esa impresión —replicó sin mirarme.
—La encontré en la planta de impresión, en uno de los cuartos y... Lo siento, Lena, no quiero meterme en esto pero no puedo ocultartelo a ti. Estaba besándose con alguien.
Pude ver el cambio en su expresión. La sonrisa forzada y como su corazón cambiaba ligeramente su ritmo. Apretó la mandíbula y la línea dura y fuerte se marcó aún más. De pronto se rió muy alto.
—¿Tú la encontraste? Eso sí que es ironía —su voz estaba llena de un humor afilado—. Gracias, será muy divertido.
—¿De qué hablas?
—Ya llegamos —dijo señalando con la mirada mi departamento. Había estado tan despistada que no reconocí mi propia calle.
—¿Me trajiste a mi casa?
—No necesitas volver a CatCo, consideralo un favor y aprovecha el día libre.
De repente se inclinó sobre mí y su cuerpo se apoyó del todo en mi costado mientras abría mi puerta. El corazón se me aceleró de tal forma que necesité varios segundos de más para recuperar el aliento o siquiera rogar que no pudiera escuchar como mis latidos estaban desbocados cuando su rostro estuvo cerca del mío. Regresó a su sitio como si nada y miró al frente, volvía a aparecer el mismo sereno e intacto semblante de siempre.
Salí pero me quedé con la mano en la puerta.
—¿Por qué me has tratado tan bien?
—No he hecho nada fuera de lo común —sabiendo que aquello no me llevaría a ninguna parte ignoré el tema.
—Lo siento por lo de Sam, Lena.
—¿Y tú por qué te disculpas? —preguntó levantando una ceja.
—Es... Pues no lo sé, no debe ser lindo enterarse de algo así ¿no?
—Me enfrenté a cosas peores que mujeres con las que me acuesto acostándose con otras, Kara. Ten un buen día.
Aquello me hizo cerrar finalmente la puerta del auto y alejarme un par de pasos. Lena me observó fugazmente una vez más a través de la ventanilla y acto seguido aceleró por la calle desierta.
Era una confusa sensación la que eso último me había provocado. Claro que había pensado que había tenido a más de una mujer en su cama después de mí, no era idiota. Pero el hecho de escucharlo de su propia boca, volviéndolo todo así de real... Fue extraño.
Esperé y deseé que ese tipo de cosas no me afectaran a futuro si Lena aceptaba darme una oportunidad... Pero sé que desearlo no siempre es suficiente.
—Kara, ¿te sientes bien?
—¿Qué? Sí, sí, estoy bien —dije buscando otra posición en el mullido sofá, entorpeciéndome con mis propias palabras. Sage me observó preocupada—. ¿No tendría que ser yo quien debería preguntarte eso?
—Ah... —bromeó la castaña, echándose hacia atrás—, ya me he recuperado, soy una chica dura. Es solo que te noto algo... Distraída.
—Lo siento, soy una idiota. Has venido hasta aquí y yo me comporto como... Cómo una tonta y...
—Calla ya —interrumpió—. Eres linda cuando te pones nerviosa pero no hay necesidad. Puedes contarme qué sucede, si quieres.
—Hace dos días saliste del hospital.
—Y ya estoy como nueva.
Levantó los brazos en el aire y los movió velozmente para enfatizar su punto. Yo puse los ojos en blanco pero sonreí. Sage deslizó las piernas debajo de la manta que nos cubría hasta que quedaron sobre las mías y las dejó allí. Era algo bobo pero me hizo aletear el corazón. Desde el otro lado del sofá se estiró un poco y me alcanzó el resto de su comida.
—No puedo comer más, explotaré. Aún no me acostumbro a la comida normal, ya sabes, en el hospital me tenían como bebé.
—Es porque lo eres, Sage —dejé mi plato vacío en la mesa y tomé su pasta sin terminar.
—¿Y bien? ¿Me dirás qué ocurre?
—Es que... No lo sé en realidad. Solo... —negué con la cabeza, alejando toda confusión, tratando de reformular mis pensamientos—. Mi mente es un desastre ¿sabes? He estado pensando en muchas cosas, y en... En ti. También pensé mucho en ti.
Sage ladeó la cabeza con una sonrisa bobalicona, cosa que me avergonzó instantáneamente. Pero su silencio fue de agradecer ya que me permitió continuar.
—Tengo algo que decirte sobre el tiempo en el que te quedaste en el hospital.
—Si es sobre lo de no querer verte, Kara...
—No, no, ya me lo has explicado, no se trata de eso.
—No era por ti, ¿está bien? Solo no quería que me vieras en ese estado.
—Lo sé —murmuré. Ella asintió en señal para que siguiera y respiré profundo—. Tiene que ver un poco con Lena. Lena Luthor.
—Oh.
—Sí... Uh, Ra... Cielos, esto es difícil. Verás...
Por los siguientes diez minutos le conté a Sage todo lo que había pasado desde la última vez que nos vimos. Con lujo de detalles le expliqué mi encuentro en la tienda con Lena, el verla totalmente ebria y lo demás, llevarla a su casa y quedarme. Ayudarla entonces en la comisaría y tratar de sacarla de la cárcel. Me escuchó sin interrupciones, logrando ponerme más nerviosa de lo que creí posible. Cuando terminé me invadió una sensación de temor.
—No voy a culparte por hacer lo correcto, Kara. Tú sabías que ella no había hecho nada. Con respecto a llevarla a su casa, bueno... Eso está bien ¿no? —su tono dejó entrever algo distinto... ¿celos? Ocultó cualquier emoción extra con una sonrisa—. Tal vez me habría cabreado ir a tu propia casa y no encontrarte, aunque no pasó pero lo entendería. Hiciste lo que creíste correcto y eso es algo que me gusta de ti.
—¿Entonces no te molesta... ?
—Para nada, bonita —repuso, y vi honestidad en sus ojos—. Imagino que yo haría lo mismo si me encontrara a alguna de mis ex en ese tipo de peligro inminente.
Menos mal que había terminado de tragar. De no haber sido así estaría atorándome con la pasta. Por mi bien la puse a un costado.
—Perdona ¿qué?
—Tienes un pasado con la jefa, ¿no es así? —No se me ocurría qué decirle. Sage ya lo sabía y negarlo sería mentirle en la cara. Pero no podía hablar, no podía pensar en nada bueno contra eso—. No es la gran cosa, Kara, no te comeré porque hayas preferido no decírmelo. Pero lo entiendo.
—Eres... Demasiado comprensiva —musité apenada—. Y definitivamente te llevarías de maravilla con mi mejor amiga. Tienen un instinto especial para descubrir cosas.
—Solo fue muy obvio. La manera en que a veces te mira... Conozco esa clase de miradas. Únicamente la poseen los amores pasados. Bah, pero no es nada ¿sabes? Solo quiero que te sientas cómoda conmigo, quiero que seas capaz de confiar en mí algún día. Y quiero que estés segura de que no hay nada que me haga pensar distinto a lo que siento. Ni tu pasado, ni tu ex, siquiera el hecho de que es una multimillonaria empresaria —añadió frunciendo el ceño reflexiva, su expresión fue de lo más graciosa—. A lo que voy es que, según lo que me contaste, ese accidente pudo haber sido un ataque al azar contra mí para hacerla ver mal a tu ex pero me hizo abrir los ojos. Tener una experiencia de vida o muerte te hace pensar en lo corta e insignificante que es tu vida.
—Me estás asustando un poco —dije en broma.
Sage corrió las piernas de encima mío y se incorporó hasta sentarse a mi lado. Tenía unos cuantos vendajes en los brazos, nada grave. Su cercanía me hizo cosquillas en el estómago.
—He estado pensando en lo que quiero para mí.
—¿Y qué sería eso? —pude oír a su corazón comenzar a palpitar deprisa. Una melodía nueva, sin duda nada comparada a la de...
—A ti. Quiero esto. Sé que he sido muy lenta con respecto a confesar lo que me pasa, pero no estaba segura. No quería arruinar nuestra amistad, al fin y al cabo eres lo mejor que me pasó hasta ahora en todo el año, sin exagerar. Conocerte, pasar tiempo contigo... Después de ese accidente solo quiero hacer lo que mi corazón dicta. Y ahora mismo solo me dice que deje de ser una estúpida y confiese lo mucho que me gustas.
En algún momento nos habíamos acercado peligrosamente pero no importó. Me gustaba el perfume de su chaqueta, incluso la sensación de su piel muy cerca de la mía era nueva pero bienvenida. Ya no era solo su corazón el que latía descontrolado.
—Definitivamente... Eres una tonta.
—Sí que sabes cómo sobrellevar una confesión —rió apoyando su mano sobre mis piernas, así acercándose un poco más—. ¿Tienes algo que decir en tu defensa?
—Tú también me gustas —eran palabras totalmente inesperadas para mí misma pero acertadas. Su sonrisa me lo confirmaba al acelerar el huracán emocionado en mi pecho—. Me gustas.
Sage se inclinó otros cuántos centímetros y deliberadamente mis dedos se engancharon al cuello de su camiseta, para tirar de ella hacia mí.
—¡Rubia! Compré un nuevo vibr... Ah, mierda.
A escasos milímetros de que nuestros labios se tocaran las dos quedamos quietas como una misma roca. Mientras mi rostro seguramente pasaba por las mil y una sensaciones relacionadas con el enojo, Sage me sonrió con picardía para después separarse y ponerse de pie.
Maggie estaba a unos metros, cerca de la puerta, con una bolsita de cartón que decía sex shop en blanca cursiva y una botella de vino tinto en la otra. Levantó la bebida en nuestra dirección a modo de saludo y Sage fue la primera en hablar.
—Tú debes de ser Maggie.
—La misma —contestó con una voz impropia de ella—. Debo suponer entonces que eres Sage. Kara me ha hablado tanto de ti...
—¿Sí te has enterado que hay que tocar la puerta antes de entrar? —le espeté alejando la manta de mí y parándome también.
—¡Siempre que vengo estás sola como cactus en el desierto!
—Y aún así te las arreglas para llegar en los momentos más precisos —repliqué irritada. Maggie alzó los brazos disculpándose.
—Creeme que después de seis años todavía no sé cómo lo hago.
Sage nos sonrió y mi leve malhumor desapareció como si nada.
—Ya debo irme, tengo que solucionar algunas cosas del bar y después ponerme al día con el trabajo pendiente de CatCo.
—¿Necesitas ayuda? Puedo agilizarte algunos artículos si quieres, no me resultaría ningún problema.
—Y eso sería aprovecharme de ti —dijo alzando una ceja. Acto seguido posó la mano en mi antebrazo y besó mi mejilla—. Hablamos al rato. Fue un placer conocerte, Maggie.
Sage me sonrió una última vez y en cuestión de segundos solo éramos mi amiga y yo.
—Lo mismo digo... —murmuró Maggie suspicaz contemplando la puerta por donde se había ido. Al volverse tuvo que enfrentarse a mi mirada—. ¿Qué? ¿Por qué me ves así? Ella me gusta, parece buena onda.
—Buena onda —repetí en voz baja—. Que elocuencia.
—Tienes que entender que es sumamente extraño encontrarte a ti, alienígena Danvers, a punto de consumar con alguien.
—¡No era eso!
—¿Besitos inocentes?
—Acababa de confesarme sus sentimientos. Estabamos teniendo nuestro momento ¿bien? De verdad tienes un don para las interrupciones —suspiré, me dirigí a la cocina y Maggie me siguió, dejando el vino y la bolsa en la mesa del comedor.
—Lo siento, no tenía idea. Pero parece interesante, debe de serlo si llama tu atención, es solo que... Hace mucho no me encontraba con algo como esto. Quiero decir...
—Sé lo que quieres decir —dije sacando un par de sodas—. Mi única relación real fue con Lena. La última vez que me sentí remotamente así fue hace mucho tiempo, es mi primer relación después de todo lo que pasó.
Maggie me miró comprensiva. Ella más que nadie entendía lo que había sido mi relación con Lena y tenía la gran suerte de que siguiera conmigo para apoyarme en todo este caos.
—¿Cómo te sientes? Con respecto a Sage.
—Bueno, me gusta. Me gusta bastante y... Creo que merezco darme una oportunidad para ser feliz ¿sabes? Regresé a la tierra hace tres años y solo he vivido para ser Supergirl. Después de Lena nunca supe lo que sentir este tipo de cosas significa, es...
—Es algo nuevo —completó por mí con una pequeña sonrisa. Bebió de su soda y se secó los labios con la manga—. Por supuesto que lo mereces, Kara. Sage parece ser lo correcto para ti, quiero decir... ¿Quién más va a soportar tu cabeza hueca?
—Cállate —murmuré con una sonrisa tonta ganándome. Respiré hondo y miré sobre su hombro a las cosas que había traído—. Así que te diste una vuelta por tu tienda favorita.
—Claro. Sabes que Alex tiene una mente muy abierta, no duda nunca en intentar cosas...
—¡No necesito saber eso sobre mi hermana!
Maggie se burló de mí con ganas y al cabo de un rato terminamos destapando el vino y viendo películas hasta entrada la noche.
CatCo no siempre estaba tan en calma. Quizás era solo yo, pero hace tiempo que no me sentía tan en paz en el trabajo. Probablemente tenía que ver con Sage regresando y compartiendo oficina conmigo. Tenerla cerca era algo que no sabía que me gustaba hasta que me volví por quinta vez en la mañana en mi asiento para verla solo por el placer de hacerlo. Al notar mi intrusión ella solo sonreía, o me guiñaba un ojo, también me enviaba cortos mensajes de texto con tonterías para hacerme reír.
Resulta que la noche anterior nos habíamos besado. Y pese a que mis únicos recuerdos con respecto a ese tipo de actividad incluían a mi ex, me había asustado pensar en qué tal vez lo hacía mal. Pero Sage se encargó de quitarme las dudas rápidamente y la nueva aventura de besarla se convirtió en mi nuevo pasatiempo favorito hasta el momento. Era distinto, sus labios eran tiernos al tacto, era divertido y cálido.
Pero el momento de felicidad lleno de emociones alegres acabó cuando al mediodía Sage se acercó en su descanso para nada más ni nada menos que besarme. Y no solo besarme en el modo más inocente de la palabra. Sage apoyó las manos en mis rodillas y se inclinó para atrapar mis labios en un beso que me dejó sin aire o pensamiento cuerdo alguno.
Pero la cuestión es, más allá del perfecto y exquisito beso, que había estado tan concentrada antes en mi trabajo que no noté a Lena a dos escritorios del mío. Frente a mí. Sage no tardó en irse luego de ese beso, como si nada, y yo quedé con la respiración pesada y una sensación de extraño agobio al ver la cara de mi ex.
No es que Lena estuviera mirándome, estaba segura de que no se había perdido el espectáculo dado que todos los empleados estaban echándome miraditas extrañas. La única que no lo hacía era la ojiverde que le hablaba sobre vaya saber qué a la columnista de moda. Lena hablaba con firmeza pero algo en su rostro... Ese semblante duro que solo me había encontrado pocas veces en la universidad...
Podía notar como su mandíbula se apretaba al escuchar a la mujer frente a ella, quieta y fija en su sitio Lena la observaba solo a ella como si así pudiera desaparecer todo lo demás. ¿También a mí, quizás?
De repente le sonrió a la columnista de la forma más amable que poseía y comenzó a separarse del escritorio. No sin antes claro, porque ese era su más preciado don, poner sus ojos verdes en mí y hacerme querer explotar en pedacitos.
Su mirada fue seria al mirarme, penetrante y de algún modo molesta. Conocía uno que otro gesto en ella que a pesar de los años no habían cambiado pero estar al tanto de su reacción no me hizo sentir mejor en nada.
Sin más se dio la vuelta y regresó a su oficina. Por mi propio bien me prometí que no la vería ni alzaría la mirada en su dirección.
¿A qué se debía ahora todo eso?
