El humor de Laxus no mejoró en la corta distancia que los separaba del rancho. Lucy tenía los pies en el suelo delante del porche antes de advertir que el patriarca Dreyar estaba allí apoyado en un poste. Mirando una y otra vez de Laxus a Lucy y viceversa, el hombre no parecía nada contento de que hubieran vuelto cabalgando solos.

—Mi Porlyusica ha estado preguntando por ti, muchacha —le dijo bruscamente a Lucy—. Sube a conocerla.

—Enseguida.

—Os presentaré —se ofreció Laxus.

—Ya se apañará sola —lo detuvo su padre—. Quiero hablar contigo, chico.

—Volveré enseguida, papá —dijo Laxus, haciendo pasar a Lucy a la casa y guiándola escaleras arriba.

—¡Espera! —dijo ella cuando él ya estaba a punto de llamar a la puerta de su madre—. Antes tengo que asegurarme de que estoy presentable.

—Estás preciosa —sonrió Laxus. Tranquila, no te morderá.

—Ya sé que no, pero las primeras impresiones...

Laxus le levantó la barbilla para examinar su rostro, luego fingió que le limpiaba restos de polvo de las mejillas. Lucy sabía que estaba fingiendo porque lo hacía demasiado lenta y suavemente, rodeando prácticamente sus mejillas con las manos, acariciándola con los dedos más que limpiándola. Sintió una oleada de calor en todo el cuerpo. Atrapada por aquellos ojos tan intensos, Lucy tomó una bocanada de aire.

Oyó que Laxus gruñía mientras apartaba sus manos de ella. Se volvió y abrió la puerta del dormitorio de sus padres, murmurando:

—Créeme la próxima vez que te diga que tienes buen aspecto.

¡Eso no era lo que había dicho! La había desconcertado diciéndole que estaba preciosa. Y de golpe, la estaba escoltando al dormitorio grande de la esquina. Era tan intensa la luz que inundaba la estancia desde las ventanas de las dos paredes que daban al exterior, todas abiertas y con las cortinas corridas, que sus ojos tardaron unos segundos en adaptarse. Era una habitación grande pero abarrotada de muebles. Lucy estuvo encantada de ver que los tocadores no eran algo ajeno al Oeste. Porlyusica tenía uno con florituras, y también un escritorio y una mesa de comedor pequeña y redonda en la que probablemente su marido y ella compartían comidas durante su convalecencia. La estancia también tenía estanterías llenas de libros, varias sillas de madera y un sillón de aspecto cómodo colocado junto a la cama, sin duda para las visitas de Porlyusica.

La madre de Laxus estaba incorporada en la cama con dosel, con varias almohadas a su espalda. Tenía el cabello rosa trenzado, una trenza a cada lado, y vestía un largo camisón blanco de manga corta. Hacía demasiado calor para estar debajo de la colcha. Porlyusica incluso tenía los pies descalzos. Layla había dicho que Makarov tenía una esposa hermosa. Seguía siendo una mujer atractiva, robusta, para nada delicada, con ojos un azul vivo. Los ojos de Laxus.

Él se dirigió directamente a la cama y se inclinó para besar a su madre en la mejilla.

—Te he traído a Jenny, mamá. Si parece un poco estresada, recuerda que es del Este.

Lo dijo con su habitual tono burlón, acompañado de una sonrisa, por lo que Lucy no se sintió ofendida. Porlyusica también sonrió.

—Hala, vete para que podamos conocernos. Conmigo no va a ser tan reservada.

Apenas había salido por la puerta cuando Porlyusica dijo:

—Ya me han dicho lo que hiciste. —A Lucy se le paró el corazón hasta que Porlyusica añadió con una sonrisa—: Makarov asegura que hiciste un trabajo magnífico adecentando la planta baja. No sabía que estuviera tan mal, aunque podría habérmelo imaginado, con el tiempo que hace que no viene Lisanna. La verdad, jamás se me hubiera ocurrido pedir ayuda a los vaqueros. Siéntate y cuéntame cómo lo conseguiste.

Lucy se asombró de lo rápidamente que se esfumó su nerviosismo gracias a la simpatía y la sonrisa de Porlyusica. Incluso se le escapó una risita antes de confesar:

—No creo que fuera obre mía. Les pregunté a los vaqueros si me ayudarían y casi se rieron, pero entonces Erik Grant se ofreció a ayudar, y de repente todos estaban dispuestos a echar una mano.

—Bueno, eso lo explica. Ese hombre puede ser un gran motivador. Es educado, eso no puedo negarlo, aunque me alegro de que no vayamos a necesitarlo más después de la boda y de que se vaya.

—¿La boda de su hijo?

—Sí. Tú y yo vamos a tener mucho que hacer para arreglar la casa antes de la ceremonia. Esa chica Heartfilia es rica, se ha criado entre lujos. Solo esperamos que no esté tan mimada y malcriada como para no poder adaptarse a este lugar... bueno, eso espero yo. Mis hombres esperan lo peor, aunque nunca han tenido ninguna palabra buena su familia, así que tampoco se podía esperar otra cosa. Aunque su padre seguro que se muere por volver a verla.

—¿Eso le ha dicho? —preguntó Lucy procurando no sonar ansiosa.

Porlyusica chasqueó la lengua.

—Hace años que no hablo con él. Lo sé por las chismosas del pueblo que me visitan de vez en cuando. Se ve que hace meses que no habla de otra cosa.

—¿Y a usted le preocupa causarle buena impresión?

—Pues sí, qué demonios. La trataré con guante de seda. Es mucho lo que depende de esta boda, jovencita. Mucho. Por eso me alegro tanto de que estés aquí para ayudar. Y, ahora dime, ¿cómo es que alguien con tu aspecto todavía no está casada?

Porlyusica Dreyar no se andaba con rodeos. De repente Lucy se sintió incómoda engañando a los Dreyar después de oír a la dueña de la casa tan encantada con la boda. Aun así, repitió nuevamente la historia de Jennifer, aunque a ella misma ya empezaba a sonarle inconsistente. Incluso se sentía inclinada a aceptar la valoración de Laxus sobre la relación de Jennifer con su prometido. Si realmente se querían, ¿no habrían optado por casarse antes y ahorrar luego para una casa?

Pero Porlyusica la sorprendió con un punto de vista diferente sobre el asunto.

—Recuerdo cómo era en el Este, cómo se podían meditar las cosas hasta el aburrimiento antes de decidirse. El problema era que había demasiadas opiniones. Aquí en Montana es lo contrario. No hay suficientes opciones, de modo que un hombre tiene que ser impulsivo cuando ve lo que quiere, o se arriesga a que otro se lo arrebate.

Sonaba como si Porlyusica estuviera describiendo la situación de Jude Heartfilia. ¿Había consistido en eso la historia de amor de sus padres? ¿En la impulsividad de Jude debida a la escasez de mujeres en el territorio? Una impulsividad que no terminó bien, se recordó. Aunque no hubiera imaginado que Porlyusica Dreyar también procedía del Este.

—No sé por qué había dado por hecho que se habría criado usted aquí, como su marido —dijo Lucy.

—Santo cielo, no, y Makarov tampoco nació aquí. En aquellos tiempos por aquí no vivían más que tramperos e indios. El padre de Makarov, Yuri Dreyar, era un ranchero de Florida; el mío era un carnicero que hacía negocios con él, y fue así como nos conocimos.

Lucy estaba sorprendida. ¿Por qué había pensado que aquella gente llevaba mucho más tiempo en Montana? Entonces, ¿la enemistad tampoco era tan antigua?

—¿O sea que se trasladó aquí con su marido?

—Sí, y con mi suegro, con el que vivíamos. Mi suegra acababa de morir. Después de eso, Yuri no tenía ninguna razón para seguir en Florida. Fue el resentimiento con su vecino lo que le llevó realmente a marcharse.

Porlyusica contó esto último casi susurrando, aunque no estaba hablando de los Heartfilia, así que, ¿por qué se mostraba sigilosa, como si fuera un secreto que Lucy no tuviera que conocer? Ella, no obstante, quería preguntarle por la enemistad actual con los Heartfilia y aquella confesión en cierto modo le daba pie para ello.

—Qué ironía —dijo con cuidado—, porque su hijo Sting me dijo que tampoco se llevan bien con sus vecinos de aquí. Parecería que es una maldición de su familia tener que...

—Oh, es peor que eso —la interrumpió Porlyusica—, aunque confiamos que pronto se acabe. Bueno, yo confío. Makarov es más escéptico. Ver es creer, ¿sabes? Pero ¿quién puede culparle cuando fue ella quien nos siguió hasta aquí e infundió su odio al resto de su familia?

—¿Quién es «ella»?

—Anna Heartfilia. ¿Nadie te ha contado lo de la enemistad?

Lucy se atragantó.

—Iba a preguntarlo, ya que parece que haya desembarcado en medio de una guerra. ¿Quién es Anna Heartfilia?

—El auténtico amor de Yuri Dreyar. Se llamaba Anna Evans cuando vivía en Florida. Yuri y Anna tenían que casarse.

—¿Pero no lo hicieron?

—No, por supuesto que no. —Porlyusica suspiró—. La noche antes de la boda, el mejor amigo de Yuri lo emborrachó y le pareció una broma de lo más graciosa dejarlo en la cama de una furcia para que se despertase allí. Pero Anna quería hablar con él aquella noche. Hay quien cree que tenía canguelo de casarse, otros piensan que no quería esperar a la luna de miel. Pasó horas en el rancho de Yuri aguardando a que volviera a casa. Finalmente, fue al pueblo para saber qué lo retenía. Cuando entró en su salón favorito a buscarlo, todo el mundo se calló. A punta de mosquete exigió saber dónde estaba Yuri, y alguien le dijo que estaba arriba.

Lucy sofocó un grito.

—¿Le disparó?

—No aquella noche. Aquella noche se quedó en estado de shock. Pero sí que le disparó al día siguiente cuando él fue a explicarse. Anna no se creyó que no hubiera mantenido relaciones sexuales con la ramera del salón. Quería matarlo, solo que no tenía buena puntería y solo lo dejó con una cojera permanente. Pero la furia de los celos que se apoderó de ella aquella noche ya jamás la abandonó. Una semana después se casó con un antiguo pretendiente, Richard Heartfilia, solo para despechar a Yuri. Entonces Yuri también se puso celoso. Tardó más en encontrar esposa, aunque al final se casó por el mismo motivo, para despechar a Anna.

—¿Y no podían ambos simplemente hacer borrón y cuenta nueva?

—Sí, claro. Habría sido lo más sensato. Pero el amor que se profesaban era muy intenso. Y por eso se convirtió en un odio muy intenso. Los celos pueden cambiar a la gente si no dejas que se pudran, y los celos de Anna no se pudrieron durante el resto de su vida.

—¿Y cómo acabaron aquí las dos familias?

—Yuri quería alejarnos tanto de Anna como fuera posible. El marido de Anna, Richard Heartfilia, había muerto durante los primeros años de su matrimonio. Le hizo tres hijos, aunque solo Jude llegó a la edad adulta, y lo educó en el odio contra nosotros. Nos siguieron hasta aquí... bueno, ella nos siguió. Para ser justos, Jude no sabía que eso era lo que estaba haciendo su madre. Por aquel entonces ya estaba un poco loca, y tenía que estarlo para venir hasta aquí solo para ajustar cuentas con Yuri.

—¿Una confrontación real? ¿Y cómo terminó?

—Como sería de esperar. No pudieron vivir juntos, pero murieron juntos.

—¿Los indios?

—Santo cielo, no. Los indios de la región no estaban en guerra con los blancos, todavía. En general eran amistosos, de lo contrario jamás hubiéramos podido establecernos aquí, donde lo único que había cerca era un puesto de comercio de pieles.

—Entonces, ¿cómo murieron Yuri y Anna?

—Se dispararon el uno al otro.