La historia de Anna y Yuri no tenía nada de nuevo para Porlyusica Dreyar, pero impresionó profundamente a Lucy. Le costaba quitársela de la cabeza. «Se dispararon el uno al otro.» Cómo podría alguien enfadarse tanto como para querer disparar... bueno, en realidad era algo que ocurría continuamente. Duelos, guerra, y en el Oeste tiroteos. Pero ¿dejarle ese legado a tus hijos y a los hijos de tus hijos? ¿No era una enorme estupidez? ¿Y ahora se suponía que ella tenía que pagar por la locura de su abuela?

Ahora se sentía mal, porque sonaba como si en definitiva la culpa fuera de su familia. ¿O no lo era? Lucy sólo había oído una parte de la historia de la enemistad, la versión de los Dreyar. Aunque para oír la otra parte tendría que acudir a su padre. No, gracias. Aparte, ¿qué más podría añadir? ¿El tal Yuri no fue lo bastante elocuente como para hacer entrar en razón a Anna? ¿O tal vez Anna ya estaba un poco loca de entrada como para mantener viva su furia durante tantos años?

Lucy no esperaba que Porlyusica Dreyar le cayese bien. No quería decepcionarla confesándole que no sabía cocinar y pidiéndole ayuda, así que decidió intentarlo antes sin ayuda. Pasó el resto de la tarde estudiando su librito de cocina, cosa que no le ocupó mucho tiempo por lo delgado que era, y haciendo una lista de los ingredientes que necesitaría. Revisó a fondo la despensa y descubrió un pozo de hielo justo al lado, abarrotado con grandes bloques de hielo del estanque y cantidades ingentes de carne salada. El hielo todavía no se estaba derritiendo a pesar de estar ya a principios de verano.

No puedo encontrar algunos de los ingredientes citados en el libro de cocina.

—¿Qué ocurre? —le preguntó Romeo cuando entró por la puerta trasera.

Lucy cayó en la cuenta de que debía estar frunciendo el ceño y levantó el libro de cocina.

—Varias de estas recetas necesitan huevos y no veo ninguno en la despensa.

—Me ha parecido oír gallinas mientras Richard me ayudaba a instalarme en el barracón de los jornaleros.

—¿En serio? Vayamos a averiguarlo.

Encontraron el gallinero detrás del granero. Contenía una buena cantidad de aves adultas, pero no vieron huevos por ninguna parte. También había docenas de pollitos, algunos encaramados a las tablas donde estaban alineados los nidos, otros picoteando semillas en el suelo. Se quedó fascinada. Nunca antes había visto animales de granja vivos, tampoco muertos y a punto de ser cocinados.

—¡Sal de ahí! —le ladró Richard, que apareció por la esquina del granero con un cesto en el brazo—. Estas mozas me pertenecen.

—No quería molestarlas —le aseguró al cocinero de campaña con una sonrisa, al mismo tiempo que pensaba: ¡Menudo gruñón!

—Solo sentía curiosidad por los huevos —dijo Lucy.

—Llevo dos docenas a la casa cada día. Si necesitas más, solo tienes que decírmelo. Pero por nada del mundo molestes a mis gallinas. No les gustan los desconocidos. Las alteran. Y luego no ponen.

A ella eso ya le iba bien, porque de todos modos tampoco sabía cómo sacarle un huevo a una gallina.

—¿Y tienen vacas para la leche?

—En el granero hay un par de vacas lecheras. Las gallinas y Myrtle son mías, las vacas no, así que podéis apañaros con ellas.

¡Desde luego ella no iba a apañarse!

—¿Romeo?

—Será un placer, señora.

Lucy le sonrió al muchacho. Bien, ya empezaba a ganarse el sustento, aunque su rápida respuesta la hizo dudar.

—¿Y tú de qué conoces a los animales de granja?

—Mi hermana mayor se cansó con un granjero. Yo tuve que pasar un verano con ella en el campo antes de venir al Oeste. Me gustó. Incluso me planteé dedicarme a ser granjero, hasta que tuve la idea de buscar a mi padre. Por eso en vez de ser granjero, ahora estoy aquí.

—Si habéis terminado de admirar a mis mozas, llevaos vuestra cháchara a otra parte —gruñó Richard.

Lucy apretó los dientes para no reprenderlo por su grosería.

—¿Y hay más recursos para cocinar?

—En el lago hay peces, pero los ganaderos no pescan. Si quieres pescado, tendréis que pescarlo vosotros mismos como hacía Ed el viejo.

Aquello sí que sonaba interesante. No le importaría volver a visitar aquel precioso lago, de modo que no delegaría esa tarea en Romeo. Aunque con el pozo de hielo tan bien provisto, de momento todavía no le hacía falta pescar.

Sin embargo, quería asegurarse de no violar los dominios de Richard, así que dijo:

—¿Ha dicho que Myrtle era suya?

—A ella sí que podéis conocerla. Venid, os presentaré.

Lucy se ruborizó. ¡Lo había entendido mal y pensaba que Myrtle era un animal! ¿Así que estaba casado? Su mujer debía de tener alma de santa para soportarlo. Pero eso le hizo preguntarse si alguno de los vaqueros tendría también una esposa. ¿Había otras viviendas en la propiedad para las familias de los empleados?

Richard no la esperaba, así que tuvo que apresurarse para alcanzarlo. Pero él se detuvo junto a la pocilga, en la parte posterior de uno de los cobertizos.

Myrtle es la cerda —dijo con orgullo—. La gané en una partida de póquer. Me la quedé para deshacerme de los restos de comida. Es mucho mejor que cavar agujeros a diario para enterrarlos, con el riesgo de que además atraigan animales salvajes. La señora Dreyar pensó en la manera de darle un uso aún mejor y le compró un macho. Toda esta remesa de lechones sabrá muy bien a finales de año.

¡Ahora Lucy se sonrojó por haber pensado que Myrtle podía ser la esposa de Richard! Los dos cerdos adultos eran enormes en comparación con los lechoncitos que correteaban por la pocilga. Así que Myrtle era una mascota... bueno, tal vez no, ya que Richard prácticamente se relamía con la idea de zamparse a sus pequeños cuando crecieran. Lucy trató de no indignarse y se recordó que estaban criando a los cerditos para que terminaran en la mesa del comedor por sugerencia de Porlyusica. Pero ¡es que eran tan monos! Uno había logrado incluso hacerse hueco por debajo de la tabla inferior de la valla y le estaba olisqueando las botas.

Lucy prefirió no pensar en que algún día serviría de cena y le dijo a Richard:

—¿No tendrían que estar mejor encerrados?

—No irán demasiado lejos, y tampoco le damos restos podridos, sino frescos. Puedes cogerlo tú misma y volver a meterlo en la pocilga, si te preocupa.

¿Coger un cerdo? Lucy miró a Richard horrorizada.

—No estaba preocupada, y gracias por darme la información que necesitaba.

Se apresuró a volver a la casa con Romeo, que era una caja de sorpresas. No sabía cocinar otra cosa que carne a la brasa, pero sí que sabía cultivar verduras. El huerto detrás de la casa ya estaba totalmente plantado, pero le asignó la tarea de cuidarlo y pensó que tal vez le pediría que le enseñara a llevar un huerto, hasta que le vio hundir las manos en la tierra. Lucy estaba dispuesta a cocinar la comida, pero no a cultivarla.

Estaba sentada a la mesa leyendo cuando entró Erik por la puerta de atrás de la cocina y dejó un saco grande junto a ella sobre la mesa.

—Empiece con algo sencillo para acompañar esto —le sugirió.

El saco llevaba la palabra HARINA estampada, aunque Lucy supo por el delicioso aroma lo que contenía y sonrió encantada.

—¡Ha traído pan de la panadería!

—Perdone por el saco, pero la mayoría de la gente que va a la panadería lleva su propio cesto. Espolvoree la harina sobrante de las hogazas.

Estaba tan contenta que incluso le dedicó una sonrisa coqueta.

—¿Esperaba que mi primera comida fuera un fracaso?

—Tampoco habría apostado. Pero sí que hay algo que sé, y es que, si quieres tener pan, tienes que empezar ha hacerlo la noche antes de comértelo. Aunque tal vez ya lo haya averiguado con su libro.

Lucy negó con la cabeza. No lo había averiguado, pero sí que había seleccionado una receta para una comida sencilla para aquella noche: una sopa de pollo —solo tendría que sustituir el pollo por la ternera— que combinaría muy bien con el pan que había traído Erik.

Erik continuó hacia el cuarto de baño.

—Voy a limpiarme antes de que aparezcan los hermanos. Esta noche volvemos al pueblo.

Lucy se sorprendió. Erik le había dicho aquella mañana que los vaqueros bajaban al pueblo para correrse una juerga, pero no se esperaba que los Dreyar también lo hicieran. Tal vez solo iría Erik. Así que preguntó:

—¿Quiénes vuelven al pueblo?

Erik se detuvo un instante antes de cerrar la puerta.

—Todos los hombres solteros. Y eso incluye a los hermanos Dreyar.

—¿Para correrse una juerga, cómo decía usted? ¿Qué significa eso exactamente?

—Beber, póquer... —Titubeó y terminó sencillamente con—: Y beber más. Los borrachos tienden a meterse en peleas, y los salones acaban destrozados. La diversión típica y habitual del Oeste.

—¿Y le tocará volver a hacer de niñera? Pues en ese caso vigile mejor a Laxus. Hoy me ha parecido como si esos mineros quisieran matarlo.

—¿Por qué?

—Han dicho que tendrían que llevarlo a casa. Creo que se referían a muerto... como un mensaje para que Dreyar se rinda y les dé lo que quieren.

—¿Está segura de que la angustia por lo que presenció no ha desatado su imaginación?

—Usted ha dicho que los mineros no van armados, pero uno de ellos apuntó a Laxus con una pistola. Tal vez no era realmente un minero y sólo fingía serlo. Esa sería una manera de librarse de los Dreyar, matarlos de uno en uno a base de pistoletazos.

—Una conclusión interesante.

Lucy tuvo la impresión de que él se habría reído si fuera capaz de algo así. Pero al menos le había manifestado sus temores.

—¿Lo tendrá en cuenta?

—Tengo todas las posibilidades en cuenta, señorita Realight. Es mi trabajo. Pero le ruego que no permita que Laxus le oiga llamarme niñera. Ya le molesta bastante que lo siga a todas partes.

—Entonces, ¿por qué su padre lo considera tan necesario?

—Porque trata de mantener la paz con los Heartfilia hasta la boda. Y aunque Laxus pueda ser un joven encantador con las mujeres, puede ponerse un poco agresivo cuando se trata de los Heartfilia. Yo lo modero.

—¿Le contiene?

—Mi presencia refrena su mano.

—¿Cómo?

—Me contrataron para proteger a los Dreyar. Laxus no empezará ninguna pelea con los Heartfilia si cree que yo sacaré la pistola y empezaré a dispararles. A Laxus le encanta pelear a puñetazos, pero no está dispuesto a matar a nadie.

—¿Usted le dispararía a los Heartfilia? —preguntó Lucy, inquieta por sus palabras.

—No se ha dado el caso.

—Pero ¿lo haría?

Erik cerró la puerta en vez de responder. Lucy rogó que no le hubiera oído repetir la pregunta, no que se hubiera negado a darle una respuesta directa.

Luego estuvo ocupada preparando su sopa que ni siquiera se dio cuenta de que Erik había finalizado su baño y se había marchado.

Por suerte, sí que se dio cuenta cuando Laxus apareció para su baño, o de lo contrario tal vez se habría quemado cuando él se apretó contra su espalda y se inclinó sobre su hombro para oler lo que estaba removiendo. Lucy se puso rígida para apartarlo de ella.

—Huele como que esta noche cenaré en el pueblo —bromeó.

—¿Te arrimabas tanto a tu cocinero anterior?

—No podía inclinarme sobre Ed el Viejo. Era demasiado alto.

—No vuelvas a hacerlo.

—No me quites la excusa para hacer esto —dijo él, impenitente.

«Esto» fue el beso que le dio en un lado del cuello. Luego otro, y un tercero aún más abajo. Lucy ahogó un grito y trató de ignorar la piel de gallina que se le puso, pero no podía, porque sentía un delicioso cosquilleo en la piel que le bajaba por la espalda. Cerró los ojos, combatiendo aquellas sensaciones tan agradables que se despertaban en su interior y que nunca antes había sentido. Sería tan fácil volverse y… Dios santo, ¿qué? ¿Estrecharlo entre sus brazos? ¿Animarlo a que siguiera? ¿Se había vuelto loca? Aquella no era la manera de tratar con un prometido del que quería librarse.

Así que dio media vuelta blandiendo una cuchara a modo de arma, pero él ya se había apartado con una pícara sonrisa.

—Además —añadió Laxus antes de desaparecer hacia el baño—, ¡hueles mejor tú que lo que hay en la olla!

Lucy no sonrió, aunque tampoco se enfadó. Se limitó a coger su libro y salir de la cocina hacia el porche, donde tenía la intención de quedarse lo suficiente para evitar ver a Laxus cuando saliera del baño. El incidente le hizo darse cuenta de que tenía que hacer o decir algo para que Laxus dejara de tratarla de aquella manera tan desenfadada y juguetona. Fuera un flirteo inocente o no, no solo era indecoroso que el hijo de la casa se aprovechase de una de las criadas, sino que por culpa de su encanto y apostura Lucy empezaba a temer que pudiera tener éxito. ¿No le importaba cuántos corazones iba a romper cuando se casara con su prometida?

El plan de Lucy estaba funcionando mejor y más rápido de lo que ella esperaba. Estaba descubriendo qué tipo de hombre era Laxus… y no le estaba gustando ni pizca. Todas las señales indicaban que sería un pésimo marido.