Capítulo 25 – Painful Memories

Hace ya tres años… Como pasa el tiempo.

- ¡Clawhauser! –El jefe Bogo gritó desde el interior de su despacho, bastante malhumorado. –¡Dígale a Hopps y Wilde que vengan aquí ahora mismo!

El guepardo se acercó hasta las mesas de Nick y Judy, aunque no hizo falta que les dijera nada, pues prácticamente toda la unidad y el edificio entero habían escuchado al búfalo. –Que vaya bien, chicos. ¡Suerte! –Dijo Clawhauser mientras cruzaba sus rechonchos dedos y volvía hacia su puesto en el hall principal.

- Yo te juro que no entiendo como puede estar siempre de mal humor, no sé, debe de ser su talento inútil número 32 o algo así… –Nick miró hacia su compañera Judy con gesto de hartura. –Y eso que ahora ha empezado a salir con esa tal Rossy de homicidios, que la verdad, no sé ni quién es. –Expulsó una enorme bocanada de aire, con cierta resignación. –¿No se supone que el amor te suaviza, te hace más amable, algo ñoño y esas cosas?

Judy sonrió, ajustándose su cinturón y su placa, mientras caminaba en dirección al despacho del Jefe Bogo. –Bueno, ya sabes. Se toma muy en serio su trabajo. –La coneja dudó, torciendo la boca ligeramente. –Tal vez demasiado en serio. Que somos policías, sí, pero tampoco tenemos que estar todo el día ahí tan intensitos.

Nick caminaba detrás de ella con las manos en los bolsillos. –No sé, a veces parece que tenga metido un enorme palo por el…

Bogo se asomó por la puerta, inesperadamente. Se quitó las gafas que solía utilizar para leer. Le miró fijamente. –¿Decía algo, agente Wilde?

Nick tragó saliva y negó con las manos mientras mostraba una ligera sonrisa nerviosa en su rostro. –Nada, nada, Jefe. Que menudo palo de semanita.

Judy se llevó su mano derecha al rostro mientras negaba suavemente con la cabeza. Carraspeó. –Bueno, ya estamos aquí, Jefe. –Dijo con diligencia.

- Entren. –El búfalo cerró la puerta del despacho tras ellos y volvió a su silla. El zorro y la coneja se sentaron frente a él.

- Bien, miren que día es. –Señaló desde su sitio el calendario que había colgado en la pared. –Ha pasado ya un mes desde que empezaron a investigar a LeNoire. –Hizo una breve pausa mientras dejaba sus gafas sobre el escritorio. –¿Y bien?

- Ya se lo dijimos hace unos días, señor. Queremos asegurarnos de seguir la pista correcta antes de cometer un desliz que exponga nuestra investigación. –Dijo de forma muy correcta Nick. –Si queremos empapelar a ese magnate de la droga tenemos que ser cautos. Si cometemos un error podría cubrir todavía más su rastro y entonces sí que estaríamos jodidos.

- Señor Wilde, mientras usted y la señorita conejita andan jugando a los detectives tengo a un jaguar lunático moviendo droga por todos los estratos de la sociedad. –El búfalo cruzó sus manos. –Ya saben lo peligrosos que fueron los aulladores nocturnos, así que no hace falta que les diga lo que les está pasando a cientos de habitantes en cuanto se pasan con su dosis diaria de "polvo de hadas". –Gruñó. –No puedo creer que en un mes no hayan avanzado nada en absoluto. –Se frotó ambos ojos con su mano derecha, algo desesperado.

- Con el debido respeto, Bogo, creo que sabe de sobra que sabemos los efectos que tiene ese narcótico. Lo tenemos presente, créame. Pero sin las pruebas adecuadas no podremos detener a LeNoire. Ya sabe que de momento solo tenemos indicios. –Dijo Nick de forma bastante seria.

- Les retiré del servicio activo para que pudieran avanzar rápido en el tema, ¿y me vienen un mes después con las manos vacías? Es inadmisible. –El temperamento de Bogo fue empeorando por momentos.

- Yo tengo algo, aunque... –Dijo Judy con hilo de voz bastante fino, alzando ligeramente la mano izquierda. –Mi compañero Nick cree que no deberíamos tirar de ese hilo. –Aclaró su voz. –Uno de mis contactos me ha dado un buen soplo y creo que podríamos tener un sitio donde encontrar pruebas para incriminarle.

El rostro de Bogo se iluminó. –Bien, ¿y a qué están esperando? ¿Qué sitio es ese?

El zorro negó con el dedo índice, algo molesto. –No sé si es buena idea, ya se lo comenté ayer a Judy. Ese contacto del que ella habla nos dio algo de información errónea en el pasado.

Ella le miró fijamente. –Sí, pero tendremos que avanzar en este caso en algún momento, ¿no? Reconozco que hemos metido la pata a veces, pero en otras ocasiones nos ha ayudado mucho dándonos buena información. No tenemos nada que perder. –Ella miró al búfalo, bastante decidida. –El sitio en cuestión sería uno de los picaderos que utiliza habitualmente para reunirse con sus amantes. Por lo que me han comentado, en ese en concreto guarda varios registros sobre dónde y cómo distribuye la droga, así como documentos relativos a su fabricación.

Nick se cruzó de brazos y endureció un poco su rostro. –Disculpa, ¿cómo que nada que perder? Por culpa de tu soplo erróneo perdimos la pista de aquella ladrona de coches. Y no me hagas recordarte el caso del depredador sexual de la tundra… –El zorro sonó bastante irritado. –Sigo pensando que no es buena idea. –Miró hacia el Jefe Bogo. –Si nos da un poco más de tiempo tal vez consigamos alguna pista más sólida y fiable que…

El búfalo alzó su mano en dirección a Nick y le cortó en seco. –Me da igual que no le parezca buena idea o que cierta información en el pasado no fuera del todo correcta. Son los gajes del oficio. –Posó ambas manos sobre la mesa. –Su trabajo como policía consiste en investigar todo lo que sus superiores le manden. Y ahora mismo yo le ordeno que vayan usted y la señorita Hopps a ese apartamento para ver si pueden encontrar algo. –Señaló la puerta. –Pueden retirarse.

Nick apretó ligeramente sus labios y arrugó su mirada. –De acuerdo, señor. –Dijo a regañadientes mientras se levantaba de su asiento, algo airado. Caminó en dirección hacia la puerta en silencio.

Judy observó a su compañero abandonar el despacho y luego miró a Bogo, algo preocupada. –Iremos esta misma noche a investigar y mañana le informaremos, señor. –El búfalo asintió con su vista centrada en unos documentos.

Ella dio un ligero salto desde su silla y fue tras el zorro con paso raudo. Le alcanzó en el pasillo. Le dio una ligera palmada en el antebrazo.

- Bueno, no ha ido mal del todo, ¿no? –Dijo la coneja intentando sonar algo despreocupada.

Nick se detuvo en seco y la miró fijamente. El sonido ambiente de la oficina lleno de tecleos, papeles y alguna que otra conversación era lo único que se interponía entre él y su compañera. –Te dije que no era buena idea tirar por ahí y aun así se lo has comentado.

La coneja se mordió el labio inferior con algo de nerviosismo. –Lo sé, Nick. Lo sé. Pero es que si no, ¿qué íbamos a hacer? No tenemos nada de nada y ha pasado mucho tiempo. –Suspiró. –Es literalmente la única pista que tenemos. Ni siquiera Mascarpone nos ha podido ayudar y ya sabes que en teoría tampoco deberíamos pedir ayuda a mafiosos como él. –Se apoyó contra la pared. –Iremos con cuidado y ya está, no debería de salir nada mal.

El zorro se cruzó de brazos y apartó la mirada con semblante serio. –Cuando me hice policía lo hice con la idea de que siempre ayudaríamos a los más débiles, que siempre intentaríamos defenderles. –Se quedó ligeramente cabizbajo. –Que siempre atraparíamos a los malos. –Musitó. –No soporto que no salgan bien los casos y que no logremos detener a los culpables. Por eso quiero ir con cautela y que no nos arriesguemos.

Ella le acarició la mano con suavidad. –Sé que tienes una idea muy noble sobre lo que hace la policía, y créeme que yo también. Pero es imposible que solucionemos todo. A veces las cosas salen mal, es inevitable.

- Podría ser inevitable si tuvieras mejores contactos y no te fiaras a la primera de cambio. –Dijo el zorro casi sin pensarlo y Judy parpadeó un par de veces, asombrada. Aquel comentario le dolió. –Lo siento, no quería acusarte de nada. Yo tampoco es que haya podido aportar mucho al caso con mis contactos. –El zorro se frotó las sienes con ambas manos mientras cerraba los ojos. –En serio, perdóname. Menudos quebraderos de cabeza nos está dando el tal LeNoire.

- Sí, esto nos está pasando factura. Llevamos un mes dando palos de ciego tras ese maldito jaguar. –Ella se acarició ligeramente la barbilla. Asintió. –Pero bueno, no pasa nada, confía en mí. Esta noche nos dirigimos allí tú y yo de incógnito y damos un buen vistazo al piso. Tal vez tengamos un golpe de suerte, ¿no? –Judy le sonrió de oreja a oreja y el día pareció mejorar para Nick.

- Vale, zanahorias. –El zorro puso los brazos en jarra y la señaló con su mentón. –Pero esta vez tú te esperas en el coche, yo entraré a inspeccionar el sitio.

Ella asintió, alzando ligeramente sus manos. –Como quieras, compañero. Me parece bien.

Nick sonrió y le dio un par de golpecitos en la cabeza con su dedo índice. –¿Sabes? Me muero de ganas de la escapadita a la playa que tenemos planeada para este fin de semana, ¡la necesitamos urgentemente!

Judy ladeó ligeramente la cabeza y chistó con suavidad. –Ni que lo digas. A ver si con un poco de suerte esta noche podemos cerrar por fin el caso.

Al caer la noche, alrededor de las nueve y media, los dos se reunieron en frente de la vivienda de Judy, dispuestos a investigar el apartamento.

Como casi siempre, ella era la que conducía mientras que él permanecía en el asiento del copiloto, calculando mentalmente cuáles iban a ser sus movimientos. Esta vez no iban en un coche patrulla, si no de paisano en uno de los vehículos personales de la coneja: Un cupé sencillo de color azul sin demasiadas florituras.

Según el soplo del contacto de Judy el picadero de LeNoire se encontraba en la zona central de la ciudad, en un modesto y discreto edificio que no levantaría ni la más mínima sospecha.

- Bien, aquí es. Calle Kamata, número 17. –La pareja aprovechó la oscuridad de un callejón cercano al edificio para no llamar demasiado la atención.

La calle estaba muy tranquila y no había apenas gente ni tránsito. Los dos permanecieron dentro del coche. –Parece que vas a tener suerte, no hay casi nadie. –Judy observó a Nick desde el asiento del piloto. –¿Llevas el chaleco? –Dijo casi de forma inconsciente.

- Claro, mujer. –El zorro se dio un par de ligeros golpes en el pecho con la palma de su mano. –Todo bajo control.

- Bien, el apartamento al que debes entrar es el ático, en la planta superior. No tiene pérdida puesto que solo hay uno. –Dijo Judy mientras miraba desde la ventanilla hacia la parte superior del edificio. –Por lo menos hay unas doce o trece plantas. –Se mordió ligeramente el carrillo derecho, algo nerviosa. –Intenta que no te vean. No debería haber nadie dentro, pero estaré preparada para pedir refuerzos si se tuerce la cosa.

Nick comprobó su pistola semiautomática, como de costumbre. Tenía el seguro puesto y estaba cargada. Miró a su compañera de reojo, esbozando una ínfima sonrisa. –Ahora mismo me preocupan más todas las plantas que me va a tocar subir a pie para que no me vean, la verdad. –Se colocó un pinganillo en la oreja para tener contacto directo con Judy y lo encendió. Cogió una pequeña linterna de la guantera y se la metió en el bolsillo delantero del pantalón. Finalmente salió del coche, cerró la puerta con suavidad y se colocó al lado de la ventanilla del piloto.

- Bien, voy a entrar. –El zorro se colocó un par de guantes negros que sacó de sus bolsillos traseros. Dio un suave golpe en la carrocería, le alzó su pulgar y ella le devolvió el gesto.

- Suerte, Nick. Todo va a ir bien. –La coneja sonrió y él asintió, deseando que tuviera razón.

El zorro cruzó con gracilidad el oscuro callejón y se detuvo en la entrada del mismo, en la esquina que daba justo al edificio. Lo observó de arriba a abajo con rapidez y se fijó en el portal de entrada. Era sencillo, con unos cuantos adornos metálicos dorados en la puerta y un par de maceteros bastante bien cuidados. –Bien, la entrada parece despejada, pero tomaré la ruta trasera, como de costumbre. Voy a dar un vistazo. –Dijo en un tono de voz bajo.

- Recibido. –Le contestó Judy a través del auricular.

El ambiente era algo sofocante y todo indicaba que iba a ser otro verano caluroso en la gran ciudad, por lo que Nick se alegró de haber ido en manga corta a la misión. Caminó con decisión por el desgastado asfalto, tratando de aguantar ligeramente la respiración al pasar por al lado de un par de contenedores entreabiertos.

Ya en la parte trasera, donde solamente había un aparcamiento, un par de coches estacionados y una cabina de teléfono bastante descuidada observó la escalera de incendios. Decidió que ese sería el lugar por el que subiría hasta arriba, mucho mejor que ascender por la escalera interior del edificio, pensó. Caminó hasta ella con paso firme.

- Procedo a subir por la escalera de emergencia. –Dijo mientras se impulsaba de un salto hasta la algo oxidada estructura y comenzaba a treparla sin mayor dificultad. El metal de la escalera estaba ligeramente oxidado y crujió un poco con sus primeros pasos pero no pareció que fuera a derrumbarse.

Comenzó a ascender sin prisa pero sin pausa, intentando no hacer demasiado ruido para poder pasar desapercibido lo máximo posible. Casi todas las ventanas por las que pasaba no mostraban ningún signo de actividad. Tan solo se cruzó con un par que mostraban algo de luz y ruido en su interior.

Cuando llevaba ya cinco plantas subidas, el horizonte de la ciudad comenzó a dibujarse a través de las azoteas de los edificios colindantes.

- Bonitas vistas desde aquí. –Dijo sin dejar de subir peldaños.

- Ya me lo imagino. –La coneja sonrió. –Vivimos rodeados de polución, de pirados y de delincuentes pero está claro que la ciudad no tiene la culpa de eso, es impresionante.

El zorro ya podía ver gran parte del distrito central desde esa altura. Muy a lo lejos el distrito de la sabana y el selvático destacaban en la oscuridad como un manto iluminado de colores verde y marrón, desenrollándose desde los límites de la ciudad hasta donde alcanzaba la vista.

Ya estaba cerca de la novena planta y sus jadeos empezaron a ser cada vez más prominentes.

- La verdad es que no te envidio lo más mínimo ahora mismo, Nick. –Le dijo Judy tras escucharle resoplar, intentando chincharle. –Pero has sido tú el que ha pedido entrar y que yo me espere en el coche, que no se te olvide.

Nick sonrió levemente mientras seguía ascendiendo e impulsándose a través de los desgastados escalones. –Ya me lo imagino, ya. Me parece que no he pensado yo esto detenidamente. –Dijo en tono jocoso y ella sonrió. –A la próxima te toca a ti pringar, zanahorias. –Resolló con suavidad y elevó la cabeza para mirar la parte superior del edificio. –Menos mal que ya estoy cerca porque si no se me iba a salir el corazón por la boca. –El zorro podía notar como el latido de su corazón retumbaba ligeramente en su cuello.

Judy rió. –Oh venga, si estás muy en forma. Vi tus puntuaciones en los circuitos de resistencia. Estás hecho un chaval, hiciste muy buenas marcas.

El zorro chistó ligeramente. –Vaya con la conejita cotilla. –Esbozó media sonrisa y miró hacia el horizonte. Ahora ya podía ver casi toda la ciudad a sus pies. Resplandeciente, viva y brillante en plena oscuridad. Centró su mirada en la parte superior. –Estoy a punto de llegar.

El zorro alcanzó finalmente el último peldaño y dio gracias al Altísimo en su interior. Apoyó su espalda contra la pared rojiza del edificio para descansar unos instantes. Tomó bocanadas de aire y aprovechó para recuperarse de aquel ascenso. Cerró los ojos, palpó ligeramente con su mano su pistola y asintió. Estaba listo.

Se fijó en la barandilla blanquecina de la parte superior del edificio y se encaramó a ella de un salto. Observó el apartamento desde su posición. –Estoy en uno de los balcones. Parece un piso grande. Creo que tiene dos plantas.

- Tiene sentido, sí, al ser un ático… –Dijo Judy, concentrada. –Ten cuidado.

En el balcón había un buen puñado de plantas de exterior, un par de tumbonas y una sombrilla. Nada extraño. –Parece estar despejado, no hay luces encendidas en el interior. –De un grácil salto el zorro entró dentro del balcón. Permaneció agachado y se acercó con rapidez hasta la puerta de cristal que separaba el interior del piso del exterior.

Miró una vez más el interior ahora que estaba más cerca. No había movimiento.

Movió su mano hasta la manija de apertura y la abrió con cautela. El interior estaba a oscuras pero en una ciudad tan luminosa como Zootrópolis eso no era un problema. Varios haces de luz del exterior se colaban a través de las ventanas y del propio balcón, provocando que pudiera ver con cierta claridad el lugar.

El zorro entró, cerró la puerta del balcón y permaneció en su posición. No escuchó absolutamente nada en el interior, tan solo se percibía el lejano murmullo de la carretera principal de la ciudad.

Parecía estar en una especie de salón comedor. Había una tele enorme en una de las paredes y también un amplio sofá de un color que no podía distinguir bien en la penumbra. A mano derecha había una cocina con barra americana con algunas copas vacías sobre la encimera. A su lado, una escalera de caracol que daba a la planta de arriba.

Nick sacó la linterna de su bolsillo, la encendió y con su tenue haz de luz comenzó a observar la estancia.

Había varias estanterías en una de las paredes con unas cuantas figuras decorativas en colores dorados y rosas. En la zona de la entrada al piso había unos cuantos cuadros con formas extrañas que no sabía distinguir. Se fijó de nuevo en el sofá y vio que su estampado era de cebra. Una lámpara roja y varias plantas con formas abstractas daban las últimas pinceladas de su observación. Soltó una leve bocanada de aire.

- Vaya, parece que nuestro amigo LeNoire es un tanto hortera. –Dijo el zorro con cierta acidez. –O un genio. No sé mucho de decoración. –Se fijó en uno de los extremos del salón, donde había una enorme mesa de cristal. –Allí hay algo parecido a un escritorio, voy a echar un vistazo.

- Bien. –Le contestó Judy. –Luego puedes subir a la planta de arriba a cotillear. No te entretengas.

- Sí, mamá. –Le respondió con cierto retintín el zorro. Ella sonrió.

El zorro posó su mano sobre su pistola y comenzó a recorrer lentamente el salón, observando absolutamente todo a través de su linterna.

El suelo de madera pulida silenció bastante sus pisadas. Todo parecía en calma, una calma tensa de esas que no le gustaban. Escuchó a lo lejos el chirrido de las vías del tren de la ciudad.

Se acercó hasta aquel extraño escritorio y comenzó a mirar lo que había encima: Folletos de hoteles vacacionales, algún que otro libro de autoayuda, una revista de crucigramas algo arrugada y unas cuantas facturas. –No tiene cajones, pero he encontrado algunas facturas. –Dudó un instante, mirándolas. –No creo que nos sirvan de mucho. Son de la clínica del Dr. Maeda. Creo que es ese cirujano tan famoso que sale en la tele de vez en cuando. –Leyó un par de líneas. –Mira, esta parece ser una factura de un considerable aumento de pecho. –Soltó un ligero silbido. –15.000 machacantes.

- ¿¡15.000!? –Judy sonó algo escandalizada a través del auricular. –¿Pero eso es de un pecho o los dos? Bueno, es igual. Prefiero no saberlo. –Soltó una leve carcajada. –Ya son ganas de gastarse ese dineral en un par de… melones gigantes.

Nick dejó la factura sobre el escritorio y sonrió ante aquel comentario. –Tienes razón, es una completa barbaridad. Tú estás muy bien como estás y no necesitas nada así. –De repente cayó en lo fuera de lugar que había sonado esa frase.

Judy permaneció en silencio durante unos cuantos segundos que a Nick le parecieron interminables. –Vaya. Gracias, Nick. –Dijo la coneja algo perpleja y confusa. –Gracias por fijarte en mis pechos, supongo. –Sonó algo divertida.

El zorro apretó los dientes en silencio y se frotó la frente y los ojos, frustrado. –A ver, no es eso. Yo no… Bueno, ya sabes, o sea, que no te imagino con un par de… En fin, que ya sabes a qué me refiero, ¿no? –Su tono de voz sonó nervioso y trastabillado.

Judy dio una ligera carcajada. –Míralo que nerviosito se pone el zorro. Relájate, que tan solo estaba bromeando, bobo.

El zorro miró hacia el techo, maldiciéndose en silencio. Se calmó. –Bueno, será mejor que nos centremos y que me dé prisa.

- Estoy de acuerdo. –Añadió Judy.

- Vale, pues voy a subir a la planta de arriba que aquí no parece haber mucho donde rascar.

El zorro caminó hasta la escalera de caracol que había al lado de la puerta que daba al balcón. Al pasar por al lado de la cocina notó un ligero olor a ron y hierbabuena en el ambiente. –Creo que alguien se ha dado un buen festín de mojitos por aquí. –Dijo el zorro.

Judy sonrió. –Oh, qué bueno. Este finde tenemos que tomarnos unos cuantos, ¿eh? Pero con moderación, por supuesto.

- Por supuesto, por supuesto. –Añadió Nick, cómplice.

Subió la escalera despacio y con cautela, tratando de no hacer demasiado ruido. Los amplios escalones de mármol ni se inmutaron ante el peso del zorro.

Cuando llegó al último peldaño y pisó la segunda planta, que a diferencia de la planta baja estaba enmoquetada, vio algo que le preocupó bastante. Notó un ligero escalofrío en la espina dorsal. –Mierda, Judy. Creo que podemos confirmar al 100% que este piso es de LeNoire.

- ¿Qué has visto? –Preguntó su compañera, intrigada.

El zorro iluminó con su linterna un enorme armario de metacrilato lleno de armas de todo tipo.

- Aquí hay armas. Muchísimas armas: Escopetas, ametralladoras, rifles automáticos… –Fue moviendo el haz de luz por todo el armario mientras las enumeraba. –Hay incluso granadas. Suficiente para armar un buen escándalo.

Se dio cuenta de que en la pared, justo al lado del armario, había una foto enmarcada. La observó y arrugó los ojos. –Míralo, ahí está. Hay una foto colgada donde sale LeNoire con un grupo de amigotes, me imagino. Menudas pintas llevan.

En la foto aparecía el jaguar vestido con un traje impoluto de color púrpura y con una cara de idiota que no se la podía aguantar, o eso pensó el zorro. Parecía estar en una especie de casa de campo. Nick decidió no centrarse demasiado en los detalles.

- O sea que esto confirma que mi contacto tenía razón y que sí que es uno de los apartamentos de LeNoire. –Dijo Judy algo emocionada. –Genial, Nick. ¡Genial! Sigue buscando, tiene que haber algo por ahí que nos sirva para empapelarle.

- Crucemos los dedos. –Dijo Nick, esperando que fuera así. Continuó registrando el lugar.

En frente del armario de armas había un tocadiscos antiguo, así como un par de sofás de cuero y una pequeña mesa de madera llena de posavasos con algún que otro vaso a medio terminar. Un poco más adelante también había una enorme mesa de billar. En uno de los lados, una barandilla daba hacía la parte inferior del salón.

- Hay un pasillo al fondo, voy a investigar. –Dijo el zorro con decisión.

- De acuerdo. –Le respondió su compañera.

Nick se movió como una sombra a través del suelo enmoquetado y observó el pasillo desde la esquina. Silencio. Allí la oscuridad estaba mucho más presente que por donde ya había pasado pero gracias a su linterna pudo ver sin mayor dificultad que había una puerta al fondo y un par más en el lateral izquierdo.

En la pared de la derecha y en frente de la segunda puerta, más o menos, había una pequeña mesita con una especie de jarrón amarillento con algún tipo de flor roja que no pudo distinguir. Sin perder ni un ápice de concentración, se adentró en el pasillo.

La primera puerta que se encontró a mano izquierda estaba ligeramente entreabierta. La abrió con cuidado y pudo ver desde su posición que se trataba de un pequeño aseo. Lo registró con su linterna.

Había un plato de ducha, un retrete y un lavabo. Crema de afeitar, cosméticos… No olía mal. Nada fuera de lo común, pensó.

Continuó caminando, y ahora que estaba más cerca, pudo comprobar que tanto la siguiente puerta como la del fondo estaban cerradas a cal y canto. Apretó los labios, inspiró profundamente y puso su mano sobre el pomo de la segunda puerta. Al abrirla, chirrió ligeramente. Eso no le gustó en absoluto pero ya no podía hacer nada al respecto. Observó el interior de la sala.

Allí dentro había una enorme mesa de madera situada justo en el centro. En las paredes, unos cuantos trofeos y algún que otro cuadro, de un estilo parecido a los de la entrada del piso. También había una ventana que ofrecía unas impresionantes vistas al corazón de la ciudad. Al fondo pudo ver un par de archivadores metálicos bastante prometedores.

- Creo que he encontrado el despacho de LeNoire. –Dijo el zorro en volumen muy bajito, tapándose ligeramente la boca con su mano derecha.

- Genial. Si pudieras encontrar lo que buscamos y salir de ahí sin llamar la atención, triunfamos. –Dijo Judy casi en forma de súplica. Nick asintió ligeramente aunque sabía que su compañera no podría verle.

- Voy a registrar esto. Intentaré no tardar demasiado. Cuanto antes salga de aquí, mejor. –Dijo el zorro.

- Sí, date prisa. Y recuerda, buscamos registros, listas de contactos, facturas, albaranes… –Enumeró Judy. –Cualquier cosa relacionada con la droga que mueve por la ciudad nos vale.

- No te preocupes. Lo sé.

El zorro se acercó hasta la mesa de madera y dio un vistazo rápido a la parte superior, iluminándola. No había ningún tipo de papel o documento, tan solo un par de plumas estilográficas, una lupa, un abrecartas y otras cosas de nulo interés para él.

Se acercó hasta la parte posterior y apartó con cuidado el enorme sillón de cuero rojizo que presidía la mesa. Allí, bajo la mesa, había un cajón que pudo abrir sin mucha dificultad. Abrió los ojos al máximo ante lo que vio y un suave aroma dulzón llegó hasta sus fosas nasales.

- Vaya, vaya… En el cajón del escritorio hay cositas interesantes. –Musitó. –Aquí hay un revolver, unos cuantos preservativos, un puñal… y lo que parece ser un pequeño alijo de cocaína. –Dijo casi susurrando. Levantó con cuidado una de las bolsitas del narcótico y la iluminó. La observó de cerca. –Es de un tono azulado así que seguro que es de la sintetizada a partir de los aulladores nocturnos. Además, el cajón rezuma del típico olor dulce de la flor original.

- Bien. –Dijo con algo de efusividad su compañera. –Sabía que estábamos sobre una buena pista. Tiene que haber algo por ahí que le incrimine. Es nuestra oportunidad de oro.

- Desde luego. –Nick dio un vistazo rápido de nuevo por la estancia y se acercó hasta los archivadores. Abrió uno de los cajones inferiores y se encontró con un enorme volumen de carpetas. –Madre mía, aquí hay mil documentos. –Dijo algo frustrado.

- Algo tiene que haber que nos valga. No puede ser todo morralla. –Dudó. –O facturas de aumentos de tetas. –La respuesta de Judy hizo sonreír a Nick.

- Esperemos que no. –Dijo mientras comenzaba a registrar el cajón.

El sonido de los papeles moviéndose de un lado a otro llenó el silencio del despacho. Todo parecían ser registros de propiedades y extractos de cuentas. –Este tío está forrado. –Fue lo único que se le ocurrió decir a Nick mientras veía cifras exorbitantes pasar por sus ojos. –¿Qué cosas, eh? Parece que vendiendo droga se gana buen dinero. –Nick resopló. –Creo que nos equivocamos de profesión, Judy.

- Ya te digo, zorro. –Le contestó de forma divertida su compañera.

Él sonrió mientras seguía registrando el cajón, pero no encontró nada que les pudiera interesar. Arrugó la nariz y lo cerró.

Pasó al siguiente cajón y ahí tampoco encontró nada destacable. Facturas de relojes, de móviles, de yates… Parecía que la frustración se iba a apoderar de él cuando notó que no podía cerrar el cajón. Apretó ligeramente, tratando de no hacer demasiado ruido, pero había algo bloqueando el mecanismo de cierre. Frunció el entrecejo.

Se rascó la barbilla, sujetó la linterna con la boca y sacó el cajón con cuidado, dejándolo en el suelo. Al fondo del archivador parecía haberse descolgado una pequeña libreta de color amarillo que reposaba sobre el contenido del cajón inferior. La tomó entre sus manos y la iluminó. Esbozó una sonrisa.

- ¡Bingo! –Dijo Nick.

- ¿Qué has encontrado? –Preguntó su compañera con curiosidad.

- Tengo la agenda personal de LeNoire, creo. –Comenzó a ojear unas cuantas páginas con avidez y sonrió. –Aquí hay direcciones, contactos, puntos de entrega, número de fardos de droga a repartir… ¡Le tenemos, Judy!

- ¡Magnífico! Pues venga. Sal de ahí, rápido. –Casi ordenó su compañera, algo emocionada.

Pero la alegría de ambos duró más bien poco.

Nick escuchó con claridad como unos pasos se estaban acercando hasta su posición por el pasillo. Eran pasos lentos y cortos, sin duda de alguien que estaba intentando no hacer mucho ruido. Un escalofrío recorrió su espalda y se le pusieron los pelos de punta. Su garganta se secó.

–Mierda… ¡mierda! ¡Viene alguien, Judy! –Dijo él de forma casi inaudible y con bastante nerviosismo.

Apagó la linterna inmediatamente, se la guardó y sacó la pistola de su funda. Le envolvió la oscuridad. Agarró el arma con firmeza, con el cañón apuntando hacia el suelo. Cerró los ojos un par de segundos e inspiró profundamente barajando sus opciones. Se dio cuenta de que no tenía demasiadas.

Su compañera se quedó literalmente en shock y sin saber muy bien que decir. –Oh, no… ¡No, no, no! ¡Joder! ¡Sal de ahí, Nick! –Balbuceó de forma casi ininteligible. Sabía que su compañero estaba en peligro.

Estar en peligro no era ninguna novedad para ambos, ya que ya habían resuelto más de un caso peligroso. Pero el tener a un agente de paisano metido de lleno en uno de los apartamentos secretos de uno de los mayores narcotraficantes de toda la ciudad, eso sí que era algo nuevo. Y muy arriesgado. Tal vez demasiado, pensó la coneja. Y encima le iban a pillar con las manos en la masa.

Los pasos cada vez estaban más cerca, Nick lo percibía con claridad. Una gota de sudor le cayó por la frente. El latido de su corazón se fue acelerando. No sabía qué hacer. ¿Gritar diciendo que era policía? ¿Esconderse? ¿Salir por una ventana? ¿Desde esa altura? Imposible. Estaba atrapado.

Se movió hacia el lado contrario por el que se abría la puerta con cuidado. Seguiría teniendo ventaja si no podían verle con claridad, dedujo. Sus ojos empezaron a acostumbrarse a la penumbra y el brillo de las luces de la ciudad que entraba por la ventana ayudó a que pudiera distinguir su entorno de nuevo.

Los pasos cesaron. Silencio. Escuchó como la puerta se fue entornando muy lentamente. Cada vez más, cada vez más…

Un ligero sonido metálico llegó a sus oídos y sus ojos se tensaron en la oscuridad. Alguien venía armado y acababa de colocar su dedo en el gatillo. No había duda posible. El zorro no se lo pensó dos veces y quitó el seguro de su pistola con cautela.

Su cuerpo se tensó. Un cañón de ametralladora asomó por la rendija de la puerta, muy lentamente. Quien quiera que fuera no iba a andarse con medias tintas, iba a ametrallarle. A fusilarle, y Nick no estaba dispuesto a que eso ocurriera. No había tiempo para hablar o negociar. Alzó su pistola.

Bang! ¡Bang! ¡Bang!" Tres tiros certeros hacia la puerta hicieron caer a su acechador, atravesándola y astillándola. Escuchó a su atacante gritar.

Aquel individuo chocó contra la mesa del jarrón que había en medio del pasillo, haciendo que este cayera al suelo y estallara en mil pedazos, provocando un gran estruendo. Fue en ese mismo instante cuando se percató de que Judy le estaba gritando a través del aurícular.

- ¡Nick! ¡Nick! ¡Contéstame, Nick! ¿¡Estás bien!? ¡Nick, contéstame, por favor! –Su preocupada voz se entremezcló con la adrenalina que seguía retumbando en su cabeza.

El asaltante comenzó a gemir. Comenzó a llorar.

¿A llorar? Nick no lo sintió como algo habitual.

Rápidamente se acercó hasta la puerta, la abrió de par en par y vio a aquella misteriosa figura tendida en el suelo. Encendió la luz de la oficina sin dudar ni un instante y entonces le vio. Sus manos se tensaron, su garganta se bloqueó y su cuerpo se paralizó.

La pistola se deslizó entre sus dedos, cayendo al suelo con un sonoro y pesado golpe.

Era un niño. Era un niño con un rifle de juguete. Un joven guepardo que no tendría más de nueve o diez años.

El muchacho había recibido un disparo en el hombro y otro en el lado derecho de la garganta. Sus ojos, abiertos al máximo, no expresaban dolor, sino más bien confusión. Sus intentos por hablar se convirtieron en una amalgama de gorgoteos pegajosos.

El zorro se agachó junto a él y trató de taponar la herida del cuello. La sangre caliente y palpitante del chico embadurnó sus manos con rapidez. –¡Judy! ¡Llama una ambulancia! ¡Deprisa! ¡Que venga una ambulancia ya mismo! ¡No me preguntes ni una maldita cosa y hazlo!

El chico golpeó sin querer el rifle de juguete de un manotazo. Sollozó.

Iba en pijama. Un pijama blanco y sencillo que cada vez más y más se estaba tiñendo de rojo.

Tal vez la herida del hombro hubiera sido llevadera, pero la del cuello era prácticamente una sentencia de muerte. La sangre comenzó a fluir a borbotones por la comisura de sus labios.

- Esto no puede estar pasando... ¡Esto no puede estar pasando! –Gritó el zorro con furia inusitada mientras seguía taponando la herida. La mano izquierda del chico cogió con una inesperada fuerza el antebrazo de Nick a la vez que sus pupilas marrones iban danzando de un lado a otro, como buscando algo. Algo que no parecía encontrar.

Aquel rostro joven, asustado, ensangrentado y agonizante se marcó a fuego en la mente de Nick. Quiso decirle que todo iba a ir bien y que todo había sido un error. Pero sabía la cruda realidad.

Sabía que el niño iba a morir.

Los minutos pasaron y Nick sintió que llevaba ahí años, arrodillado y desesperado.

No tardó mucho en notar como el charco de sangre que se estaba formando en la moqueta manchó sus propias rodillas. El pequeño cuerpo del guepardo se fue relajando progresivamente: Primero su boca se entreabrió, luego su mano le soltó y finalmente exhaló.

De golpe, los sollozos cesaron y el silencio regresó de nuevo. Había muerto.

Las luces del pasillo se encendieron de repente, provocando que aquella terrible escena se acentuara aún más a los ojos del zorro. La mirada sin vida del chico le atravesó el corazón.

Su mente estaba embotada y no podía escuchar absolutamente nada. Judy se puso a su lado. Le cogió por los hombros y le zarandeó. El zorro la miró de forma errática.

La mirada violácea de su compañera estaba aterrada y confundida. Tras ella, aparecieron un par de sanitarios vestidos de color verde pálido.

Nick cayó de espaldas contra la pared. Observó sus manos y rodillas ensangrentadas, con varios trozos del jarrón roto incrustados en ellas. Vio como uno de los sanitarios trataba de administrar oxígeno al niño en balde. Era demasiado tarde.

Él le había matado. Todo se había ido al traste en un abrir y cerrar de ojos.

- ¿Pero qué has hecho? ¿¡Qué has hecho!? –Le dijo Judy desesperada, dándole golpes en el pecho mientras sus ojos se empañaban.

El zorro se llevó las manos a la cabeza, manchándose de sangre las orejas y parte de su frente. –No... Yo no sabía… Esto no… No es… ¿Qué…? ¿Qué he hecho?

El gesto del zorro se hundió y se quedó en shock. El hedor de la sangre empezó a ser insoportable. Tenía la visión borrosa y sudores fríos invadían su cuerpo. Notó como le empezaba a fallar la respiración. Estaba hiperventilando.

Judy le cogió la cara entre sus manos. –La hemos cagado, Nick. ¡La hemos cagado! –Gruesas lágrimas empezaron a brotar de los temblorosos ojos de la coneja.

- Agentes, no hemos podido hacer nada por él. –Dijo la profunda voz de uno de los sanitarios, un carnero de semblante serio que procedió a cerrar los ojos del niño y a certificar la hora de su muerte.

Y así fue como decidí que mi vida como policía había terminado.

No tardamos en averiguar como el niño había llegado hasta ahí.

Resulta que el chico era el hijo de una de las amantes de LeNoire y dormía en la habitación del fondo, ajeno a mi investigación.

Si tan solo la hubiera registrado antes de ponerme a rebuscar en aquel despacho…

LeNoire y su amante estaban en una fiesta y le habían dejado a solas, pensando que no le pasaría nada puesto que ya lo habían hecho en numerosas ocasiones.

Sí, es bastante reprochable dejar un menor a solas en casa para irse de juerga pero no fueron ni los primeros en hacerlo ni serán los últimos.

Supusimos que el niño me acabó escuchando y decidió acercarse a mirar, en plan curioso. Seguramente se acercó con su fiel rifle pensando que sorprendería a algún ladrón. O tal vez querría investigar el ruido que hice con los archivadores. O vete tú a saber.

Al fin y al cabo el motivo daba igual, la cuestión es que tan solo era un niño y mi descuido acabó con su vida.

Fue por mi culpa. Yo le maté. Es algo que jamás podré olvidar. Imposible.

Al cabo de unos días Bogo y parte de la cúpula de la ZPD se las terminaron arreglando para intentar demostrar que teníamos una orden judicial para entrar allí, aunque no era verdad.

Ese fue mi gran desencanto con la policía. "Los buenos". Dispuestos a cualquier cosa con tal de conseguir sus propósitos.

LeNoire acabó detenido gracias a la agenda que encontré y todos los medios ensalzaron una vez más al cuerpo de policía de Zootrópolis, bravos defensores de la ciudad... Ya os podéis imaginar cómo reaccionó la madre del niño a todo aquello.

La versión oficial fue que el incidente sucedió en defensa propia, aunque en el sumario supieron pasar por alto el hecho de que el rifle que sostenía el chico era de juguete.

La madre denunció a la policía, sabía que era imposible que su hijo hubiera empuñado un rifle de verdad. Pero aquello dio igual, el juez del distrito no tuvo demasiada consideración con ella: Relación con un traficante, abandono de un menor, posesión de drogas…

No tenía nada que hacer. Al final se indemnizó a la madre del chico con una cantidad irrisoria y ya nunca se habló más del tema. El caso se había cerrado y habíamos detenido a LeNoire. Todo un éxito a ojos de nuestros superiores.

Yo quise quejarme, no me pareció correcto lo que se había hecho con aquella mujer, pero me di cuenta de que no tenía ni voz ni voto, era un simple peón. "Gajes del oficio", como dijo el Jefe Bogo.

Judy se puso de mi lado y lo sintió mucho, igual que yo. Pero siempre remarcó que tan solo había sido un accidente.

Tuve claro que aquello no era para mí, no estaba dispuesto a volver a pasar por algo así.

Esa misma semana dejé mi placa. Me alejé de Judy y de todos mis compañeros. Algunos insistieron en que me quedara, otros se alegraron de que me fuera.

Pero me dieron igual tanto unos como otros.

Me fui. Sin mirar atrás.