CAPÍTULO 26

"Peligrosa obsesión"

Llegué a mi casa y tiré todas mis cosas al suelo. Tomé la carta de mi madre y me senté en el sillón para volver a leerla. Me había olvidado completamente de su letra. Una letra fina y bien clara. Me levanté y fui hasta mi habitación. Comencé a revolver los cajones de mi mueble, hasta que encontré lo que estaba buscando. La tomé con cuidado y la miré detenidamente. Ella era tan hermosa… y debe serlo aún.

Sentí un nudo de impotencia que no me dejaba respirar tranquila. Ella era una mujer increíble y nunca tuvo que haber pasado por todo lo que mi padre la hizo pasar. Maldito cobarde, infeliz… será mi padre pero lo único que siento hacia él es desprecio.

Me puse de pie, necesitaba salir y despejarme, dejar de pensar en todo. Me cambie la molesta ropa de la Universidad y tomé mis llaves y mi teléfono para salir de casa. No iba a ir en moto. Necesitaba caminar.

Caminé sin rumbo alguno por las calles de la cuidad, sin prestar mucha atención a dónde estaba yendo. Hasta que mis pasos se detuvieron frente a un viejo bar. Miré a mí alrededor y decidí entrar. Un lugar con luces bajas, todo estaba relativamente oscuro.

Me acerqué a la barra y me senté en la silla. Un hombre de unos 70 años se acercó a mí y me miró fijo.

—¿Qué se te ofrece pequeña? —me preguntó.

—Dame una botella de ron – le pedí. Él asintió. Se alejó de mí y se agachó para buscar lo que le estaba pidiendo.

"¿No vas a hacer ninguna tontería, cierto?"

Su pregunta y preocupación llegó a mi cabeza. Me la había vuelto a preguntar después de que la había ido a besar. El hombre se acercó de nuevo a mí y apoyó la botella frente a mis ojos, colocó un vaso al lado. Lo miré y le agradecí con la cabeza. Se alejó de nuevo.

Lo siento cielo, pero no puedo cumplirte. Necesito que mi mente esté en otro lugar, necesito olvidar y embriagarme. Abrí la botella y me serví un poco de ron. Miré mi vaso y dude un poco en hacerlo… Rachel estaba en mi cabeza.

Pero no, tenía que hacerlo. Llevé el vaso a mi boca y tomé de golpe. Apoyé el vaso conl un poco de fuerza sobre la barra, ya que el ron me había quemado hasta el cerebro.

Volví a llenarlo y volví a tomar.

"—Tu madre es una cualquiera, ¿entiendes eso? Ella te dejó, decidió irse con otro… ¿y sabes por qué? Porque eres un error… nunca te quiso. Cuando se enteró de que estaba embarazada de ti… quiso abortarte pero yo no la dejé. La tuvieron que obligar a que te diera de amamantar porque eras su peor error. ¿Cuándo vas a entenderlo? Ella nunca quiso que nacieras…"

—¡Mentira! —grité sin darme cuenta.

La gente que estaba a mí alrededor se giró a verme. Volví a tomar el ron que estaba en mi vaso. Sus malditas palabras llenaron mi cabeza.

¿Por qué me hacía esto? ¿Por qué mi propio padre quería destruirme? ¿Por qué quería acabar conmigo? ¿Qué le había hecho yo a él?

Seguí tomando y tomando. Mi cabeza ya daba vueltas. Pero aun así no había logrado despejar mi mente de aquellos recuerdos horribles y aquellas palabras hirientes. No sé cuánto tiempo pasó, pero mi botella ya estaba casi vacía.

Miré a mí alrededor y luego miré a la hora del reloj de pared del bar. Ya era tarde, debía irme. Me puse de pie y ante el repentino mareo me agarré de la mesada. Saqué un poco de dinero y sin mirar cuanto era lo dejé encima de la mesa. Salí del bar y las gotas de lluvia mojaron mi rostro. Levanté mi cabeza y miré el cielo. Estaba oscuro y había refrescado bastante.

Coloqué sobre mi cabeza la capucha de mi abrigo. Tenía que ir a algún lado, tenía que dejar de pensar un poco. Mis pies comenzaron a caminar sin rumbo alguno, la lluvia fría había logrado traspasar un poco mi ropa. No sabía a donde ir, mis pasos caminaban sin dirección.

Hasta que me detuve frente a un edificio. Lo miré bien y supe que ese era el edificio de Rachel. Me acerqué a la puerta y para mi buena suerte, estaba abierta. Me quedé un segundo quieta, esperando a que todo volviera a ser visible, ya que lo estaba viendo borroso. Reí por lo bajo y me acerqué al ascensor.

Entré y sin dudar marqué el piso 6. Llegué al piso más rápido de lo que pensé. Me acerqué a la puerta y di tres golpes firmes y lentos. Necesitaba que me abriera, necesitaba verla, necesitaba abrazarla. Que ella me abrazara y que me contuviera.

Tragué ante el pensamiento.

—Ya voy —escuché su dulce voz desde adentro. La puerta se abrió y ella me miró sin poder creerlo —Quinn…

—Lo siento, no sabía a qué otro lugar ir —me disculpé y me tambaleé un poco. Ella se acercó a mí y tomó de la cintura. Su rostro quedó cerca del mío —Puck ha salido de casa y Santana está en un caos familiar —disculpé con esas excusas mi presencia en su casa. Me ayudó a entrar y me hizo sentarme en el sillón.

—¡Menos mal que te dije que no hicieras tonterías! —me empezó a regañar. Mi cabeza. daba muchas vueltas. Sólo vi cómo se acercaba a la cocina —¿Por qué haces esto? ¿Qué necesidad tenías de tomar así? A kilómetros se te huele el alcohol —siguió hablando. Sonreí por lo bajo y vi como ella servía algo en una taza —¡Creo que ya estás un poquito grande como para estar emborrachándote por ahí y poniendo tu vida en peligro!

—Ya, ya no me retes —le pedí. Ella se acercó y se arrodillo frente a mí. Me quitó la capucha.

—¡Tienes los ojos rojos por el alcohol! ¿No te da vergüenza? Encima me lo prometiste, me prometiste que no ibas a hacer tonterías.

—Perdón, perdón —me disculpé.

Levantó su mano y secó mi rostro con la toalla que había traído. Luego me ayudó a quitarme el abrigo, ya que estaba empapado.

Colocó la toalla alrededor de mis hombros. Giró y tomó la taza para dármela. Miré el. líquido verde claro y la miré a ella.

—Es un té chino, quita la borrachera más rápido que el café y no provoca efectos de adicción, como el café.

Volví a mirar el té y con duda lo acerqué a mi boca. Apenas un sorbo de aquello tocó mi lengua lo alejé de mí.

—Esto es un asco —gruñí mientras dejaba que esa horrible cosa pasara por mi garganta.

—Lo siento querida, pero la que quiere celeste que le cueste —me hizo tomar de nuevo.

Juro que era lo más asqueroso que había probado en mi vida.

—No, no quiero más —alejé la taza de mí, pero ella volvió a acercarla.

—No, claro que no —llevó la taza a mi boca —Vas a tomarte todo, quieras o no.

Sonreí por lo bajo y tomé obedientemente.

—Estoy segura de que así debe sonar mi madre —balbuceé algo divertida. Sus ojos se clavaron en los míos, y acomodó un poco mi cabello.

—¿Sabes? La noche de la fiesta en la que nos encontramos, ¿recuerdas? —Asentí con la cabeza mientras volvía a tomar un poco de té. Ya no sabía tan horrible — Estábamos jugando a las veinte preguntas, no lo terminamos. Me tocaba a mí.

—Fueron cinco, no veinte... bueno seis —le respondí al recordarlo con claridad. Sonrió por lo bajo y luego soltó un leve suspiró mientras se arrodillaba mejor frente a mí.

—Bueno, entonces comenzaré —Asentí —¿Por qué haces las cosas que haces?

—No lo sé, es algo que… no lo sé.

—Está pregunta siempre quise hacértela —confesó algo divertida —¿Qué le viste a Kitty?

Su pregunta me hizo reír por lo bajo. La miré a los ojos y arqueé una ceja.

—¿Celosa? —pregunté.

—La que hace las preguntas aquí soy yo —me regañó seria.

—Está bien, está bien —suspiré —Katherine es una más del montón, nada significó para mí y jamás va a significarlo.

—¿Yo soy una más del montón?

—No, jamás —contesté rápidamente.

—¿Playa o montaña?

—Montaña, así podría ir con alguien a quien le parece que lo mejor de tener frío es poder entrar en calor —Rió levemente y clavó sus ojos en los míos.

— ¿Cómo se llama tu madre? —preguntó.

Detuve el recorrido que estaba haciendo la taza a mi boca. Sentí como un nuevo nudo se formaba en mi garganta. Aquel mareo horrible que tenía cuando llegué ya casi ni estaba.

—Judy —musité por lo bajo.

—¿Dónde está ella?

—No lo sé —renegué y fijé mi mirada en la nada —Hace diez años que no sé nada de ella. Mi padre… mi padre la golpeaba. Ella un día se cansó y me agarró y nos fuimos de casa con Ben.

—¿Quién es Ben? – la miré a los ojos y sentí como los míos se llenaban de lágrimas.

—Ben era el hombre por quien mamá iba dejar a Russel. Siempre lo quise mucho, era un hombre increíble —contesté su pregunta —Nos… fuimos de casa, pero papá fue por mí con un juez y se quedó conmigo. Desde entonces, no supe más nada de ella. No sabía si estaba viva, si estaba muerta —mi voz se quebró al final de la oración —Mi padre me ha amenazado toda su vida con que si yo no hacía lo que él quería iba a mandar a matar a mi madre —la miré de nuevo a los ojos y sus marrones ojos estaban llenos de lágrimas también —Yo no pude hacer nada, ¿entiendes? ¡El maldito me tiene entre sus manos!

—Otra pregunta —interrumpió con un hilo de voz. La miré extrañada —¿Puedo besarte?

No dije nada. Ella se inclinó hacia delante y chocó suavemente sus labios con los míos. Mis ojos se cerraron instantáneamente. Sus labios se cerraron suaves sobre los míos, que con temor respondían a su gesto.

No había ganas en ese beso, no era una insinuación sexual. Ese beso era preocupado, angustiado, quería consolarme. Esto no podía ser así, no debía ser así. Algo asustada me alejé de ella. Me miró algo sorprendida.

—¿Qué sucede? —me preguntó.

—No… no hagas eso. Yo no quiero tu lástima… no me gusta la lástima…

Tomó mi rostro con sus manos e hizo que la mirara fijo a los ojos. Me sonrió dulcemente, provocando que un escalofrió bajara por mi espalda. Volvió acercarse a mi boca.

—No, no es lástima —susurró sobre mis labios —Sólo quiero cuidarte. Tú viniste hasta aquí, no porque Puck o Santana no estuvieran. Viniste hasta aquí, porque necesitas que te cuide, necesitas que te abrace, que te bese. Me necesitas.

Se acercó más a mí y se sentó sobre mi regazo. Me encontré colocando torpemente mis brazos alrededor de su cintura, mientras sus labios eran una suave caricia sobre los míos.

Sus manos acariciaban mis cabellos, hacia atrás. Y luego las yemas de sus dedos, acariciaban mis mejillas. Y su boca, ¡Dios santo su boca! Su boca se estaba convirtiendo en una obsesión.

Una peligrosa obsesión.

Se alejó un poco y yo quedé colganda en el aire. Abrí mis ojos, para enfrentar los suyos. Despacio acarició mi nariz con la suya y luego se puso de pie.

Caminó hasta la cocina y se puso a revolver algo.

—¿Te quedas a comer? —Me puse de pie y caminé hasta donde estaba ella.

—Creo que va a ser mejor que me vaya —Me miró a los ojos.

—Está lloviendo y ya es tarde, ¿Por qué no te quedas, Quinn? —se preocupó.

—No… no lo sé Rachel —susurré con duda.

Puso su mejor cara de perro mojado y me miró fijo sacando un poco de puchero.

¡Maldita sea! No puedo creer que tenga esa facilidad de hacerme ceder así.

—¿Sí? —preguntó sin dejar de mirarme y hacerme ojitos. Respiré profundamente.

—Está bien —acepté mientras soltaba el aire que tenía en mi cuerpo.

Sonrió y se estaba por acercar a mí, pero se detuvo y me miró.

—No, no. No lo tengo que hacer. No lo voy a hacer, quédate tranquila. Mantendré distancia entre nosotras —La miré divertida.

Me acerqué a la mesa y me senté frente a ella mientras observaba como cocinaba.

— ¿Qué estás haciendo? —me interesé.

—¿Recuerdas aquel día en la oficina de mi madre que me desmayé y me dijeron que estaba anémica? Bueno, fui al médico el otro día y confirmó aquello. Me dijo que debo comer carne. Así que estoy haciendo algo con un poco de carne —La miré divertida.

—Aquí tienes carne para comer, cielo – repuse refiriéndome a mí. Me miró divertida.

—No, esa carne tiene miedo de mí. Así que mejor no la como, y trato de no mirarla, para que no salga corriendo —me respondió sin dejar de sonreír.

Volvió su vista a la comida. Y una pregunta se trabó en mi garganta.

Mi mirada estaba clavada en ella, pero ella parecía no notarlo. El imborrable recuerdo de su cuerpo contra el mío, llegó a mi cabeza para agitarme. Tenía que preguntárselo, tenía que hacerlo.

—¿Me pasas ese plato? —me pidió haciendo que saliera de mis pensamientos. Asentí y le alcancé lo que me pedía —Tengo helado de postre, ¿Te gusta el helado?

—Algo frío para entrar en calor, sí —asentí.

Ella rió divertida y vi como sus mejillas tomaban un poco de color. Como me encantaba que sus mejillas tomaran color. Se veía tan inocente así.

—¿Vas a quedarte, verdad? —me preguntó mientras me alcanzaba un plato con comida.

—Por ahora no tengo ninguna intención de irme —le contesté. Ella suspiró levemente.

Se sirvió comida para ella y se sentó frente a mí. Vi como miraba con cierto asco la carne frente a su plato. Con el tenedor, corrió un pedazo y se dedicó a pinchar la verdura. Reí por lo bajo y me miró.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Pinché un pedazo de carne y estiré mi mano para acercarlo a su boca. Arrugó la nariz y me miró implorando que no lo hiciera.

—Debes comerlo, o me veo en la obligación de que comas otro tipo de carne.

Dispuesta, estaría a hacerlo… —susurró, y clavó sus ojos en los míos —No me hagas comer eso, voy a ensuciar todo mi organismo. Hasta tal vez me agarre una patada al hígado por comer esto, después de tanto tiempo.

—¿Qué te dijo el médico? —le recordé.

—Puedo sustituir eso por alimentos con fibra —me ignoró sin dejar de mirar asqueada la carne en mi tenedor —No me hagas comer eso.

—Rachel, los humanos estamos para comer carne.

—¿Si como un pedacito, ya no me harás comer más? —preguntó como una niña pequeña poniendo condiciones para comer sus verduras, en este caso… carne.

—Lo prometo —le afirmé.

Respiró profundamente y abrió apenas su boca para acercar la carne. Cuando estuvo dentro se quitó el tenedor. Dio un pequeño mordisco y frunciendo aún más el ceño quitó la carne de su boca. La miré bien.

—No puedo, no puedo —refunfuñó apunto de chillar como si de verdad tuviera 5 años —Está viscoso y… diaj qué asco. El sólo hecho de pensar que un pobre animalito fue asesinado brutalmente para terminar en mi plato me repugna. No sabes lo mal que me sentí cuando tuve que cortar la carne en pequeños pedacitos.

Reí divertida y me miró entrecerrando los ojos.

—Oh eres increíble —murmuré sin dejar de reír.

—Lo siento señorita 'como carne porque soy un humano' pero no puedo hacerlo. Simplemente no puedo.

—Está bien, está bien. Por lo menos come tus verduras.

—Sonaste como mi padre —dijo algo asustada.

Volví a reír. Ella era divertida y tan única. Tan espontánea y natural. Tal vez yo podría estar pasando el peor momento de mi vida, pero estoy completamente segura que ella sería capaz de sacarme una sonrisa.

Comimos entre risas y unas cuantas intensas miradas. Mirarla era algo tan especial, juro que me daba paz. Terminamos y la ayudé a lavar todo. Se giró a verme.

—¿Seguirá lloviendo?

Hice un gesto con los hombros. Entonces ella comenzó a caminar hacia un gran ventanal. Corrió las cortinas y vimos como la intensa lluvia caía pesadamente sobre la ciudad.

—Sí, aún llueve —le dije acercándome a mirar un poco. Ella abrió una de las puertas del balcón.

—Amo el olor a lluvia —musitó con los ojos cerrados y respirando profundamente.

—Y yo amo el olor a ti —susurré inconscientemente. Se giró a verme y pestañeó nerviosa.

—¿Vemos una película? —me preguntó rápidamente.

—¿Por qué no? —acepté asintiendo.

Volvió a la cocina y tomó dos pequeños potes de helado del refrigerador. Me entregó uno y me dio una cuchara.

—Ven, vamos a arriba —comenzó a subir las escaleras a su cuarto. Otra vez los recuerdos de esa noche volvieron a mi mente. Lentamente subí detrás de ella. Y cuando llegamos ambas nos quedamos quietas —Mmm, ponte cómoda —pidió algo nerviosa.

Asentí y me quité las zapatillas para sentarme en la gran cama. No podía evitar recordar aquello, se me hacía casi imposible.

Amelie, película de origen franco-alemana, me dijeron que es muy buena —describi ella y se acercó hasta el gran televisor que estaba frente a nosotras para ponerlo.

Puso el DVD y luego se sentó en la cama. Se acercó más a mí, apoyando un costado suyo contra mi pecho. La miré y en un impulso me acerqué a ella, para besar su mejilla.

Vi como sonreía sin dejar de mirar al televisor.

La película comenzó. Una voz en off comenzó a narrar la historia. Traté de concentrarme, pero mi vista se desviaba hacia el perfil de Rachel, hacia su forma de comer helado, mientras concentradamente leía la traducción.

Luego de un rato apoyó la cabeza en mi pecho. Yo sólo me quedé así, mirando muy entretenida aquella interesante película y comiendo helado. Coloqué mi brazo alrededor de ella, y mi mano quedó descansando en su espalda.

"Sin ti, las emociones de hoy no serían más que la piel muerta de las emociones de ayer."

Esa frase quedó bastante metida en mi cabeza.

Bostecé cuando la película terminó y el disco salió solo. Quise moverme, pero Rachel no se levantó. Estiré un poco mi cabeza para mirarla y estaba dormida.

Sonreí levemente y con cuidado la solté. Abrí la cama, y la acomodé bien allí para taparla como a una niña. Me acerqué al televisor y lo apagué. Tomé mis zapatillas para irme.

Yo tenía que irme de allí, salir e irme para dejar de pensar un poco en todo lo que ella me producía cuando estábamos juntas. Caminé hasta la escalera, pero mis pasos se detuvieron. Giré para mirarla y su pequeña figura sobresalía en aquella inmensa cama.

—Mierrda… —susurré y solté las zapatillas para acercarme de nuevo a la cama.

Abrí con cuidado las sabanas y frazadas, para con más cuidado acostarme a su lado. Cuando lo hice, giró sobre el colchón y apoyó su cabeza sobre mi pecho. Apoyándose dulcemente cerca de mí, colocando sus piernas debajo de las mías y haciendo que su perfume entrara impávidamente por mi nariz. La miré algo sorprendida.

—Sabía que no ibas a irte —me habló en voz baja.

—¿Estabas despierta? —pregunté.

—Sí—musitó y se abrazó más a mí —Y me alegro de que no te hayas ido.

—Rachel…yo...

—Abrázame, no seas tonta… Hace frío —se quejó.

Entonces con cuidado la abracé.

—Rachel —la llamé.

—¿Sí?

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—¿Estás arrepentida de lo que pasó aquella noche? —le pregunté.

No dijo nada, pensé que no iba a responderme.

—No —susurró apenas audible, pero la escuché —No estoy arrepentida —levantó un poco su cabeza y besó el borde de mi mentón —Ahora duerme, ¿sí?

—Rachel —la volví a llamar.

—¿Qué? —rezongó ya frustrada de mí. Reí levemente.

—Déjame besarte —pedí.

—¿Por qué quieres besarme? —me preguntó.

—Porque lo necesito —confesé algo agitada.

—¿Y por qué? —volvió a preguntar.

—No lo sé, maldita sea —solté exasperada —Sólo sé que lo necesito, te necesito desesperadamente.

Entonces, levantó su cabeza de mi pecho y me besó de esa manera suave que ella siempre utilizaba. Moví mi boca a ese ritmo tan especial y delicado. Sentí como una de sus manos se apoyaba suavemente en mi mejilla. La rodeé firmemente con mis dos brazos, mientras la acercaba implacablemente hacia mí.

Se subió a horcajadas sobre mi abdomen, jadeé levemente al sentir el tibio contacto de sus manos debajo de mi remera. Se alejó apenas de mi boca y me miró agitada.

—Déjame demostrarte que puedes llevar más cosas, además de las ganas, a la cama. Déjame demostrarte que no sólo puede haber placer en esto —susurró mientras besaba mi rostro. Tragué sonoramente —En la cama puede haber muchas cosas Quinn. Consuelo, culpa, alivio…

—Rachel… —la interrumpí agitada.

Me besó callando mis palabras.

—Puedes sentir miedo, alegría. Puedes sentir coraje… —se alejó de mi para clavar sus ojos en los míos —Quinn, puedes sentir amor, eso que tanto temes y de lo que huyes despavorida, como si fuera lo más horrible del mundo. En una cama, las cosas son mucho mejor y más placenteras cuando hay sentimientos de por medio.

—Rachel, yo…

—¿Tú qué? —Susurró de forma provocativa—Déjame hacerte el amor.

La miré fijo a los ojos y recordé las palabras de Puck.

"—Cuando hagas el amor con alguna, te vas a dar cuenta. No es cosa de una sola noche. Vas a querer hacerlo todas las noches que sigan…"

—Soy toda tuya, cielo—le dije y ella sonrió para luego inclinarse hacia delante yntomar mis labios en un apasionado beso.

Metí mis manos debajo de la remera de pijama, la suave piel de su espalda estaba fría, mientras que mis manos estaban calientes.

Sentí como todo su cuerpo de erizaba ante el contacto caliente de mi mano, sobre su piel. Su lengua se mezcló con la mía y sentí el sabor dulce y frío del helado.

Con un simple movimiento giré sobre el colchón y la atrapé debajo de mí. Me alejé de su boca para mirarla a los ojos. Ella me sonrió dulcemente y acarició mi rostro.

—Ya dejemos las vueltas, Lucy —me pidió.

—¿Estás dispuesta a admitir que te mueres por mí? —le pregunté divertida. Mordió su labio inferior y me miró de manera caliente.

—Ya no puedo decirte que no —reveló y alzó la cabeza para rozar mi boca —Estoy loca por ti.

Sentí un cosquilleó en mi estomagó.

Eran las estúpidas mariposas que Rose me había dicho que se sienten cuando una está… está enamorada.

—Yo también estoy loca por ti Rachel Barbra Berry, completa y perdidamente loca —admití y terminé de besarla.

Sus manos bajaron hasta el borde de mi remera y soltando apenas mis labios me la quitó por la cabeza; por surte hoy no llevaba sostén. Arrojó la prenda hacia un costado, mientras sobre sus labios se curvaba una sonrisa. De una manera que me sorprendió hizo que giráramos y quedó sobre mí. Su suave mano acarició mis pechos y bajó por mi abdomen.

Casi desesperada me senté y la besé posesivamente, provocando que un pequeño gemido escapara de su boca. Le quité la molesta remera, que no me dejaba acariciarla con ansias. Volví a besar sus labios, para luego bajar a su cuello. Sus manos acariciaban mi espalda y nuca.

Subiendo una de mis manos por su pequeña espalda, le llevé el broche de su sostén. Se alejó un poco de mí para mirarme a los ojos.

Levante mi mano y la apoyé sobre su hombro. Sin quitar mi mirada de la suya, retiré con cuidado el bretel. Sus labios se apoyaron despacio sobre los míos, mientras mis manos terminaban de quitar el sostén de ella.

Sus brazos se elevaron y rodearon mi cuello. Acercándola más a mí rodeé su cintura connmis brazos, mientras nuestras bocas se conocían un poco más.

De una u otra forma, nos fuimos deshaciendo de cada prenda que nos cubría. Juro que no sólo estaba totalmente excitada y desesperada por entrar en ella, también estaba asustada y una parte de mí me decía que me alejara.

Pero, ¿Cómo podía hacer algo así? ¿Cómo podía hacerlo si simplemente sé que la necesito más que a nada?

Sus manos eran tan suaves y cálidas y me acariciaban tan dulcemente, que puedo jurar que su toque me quemaba por dentro. Me encendía de una forma, que nunca había sentido.

Esto no era simplemente algo sexual, y me daba tanto placer. Más placer de lo que jamás pensé sentir.

Con cuidado me recosté con ella y volví a girar para que quedara bajo mi cuerpo. Bajé mis besos por su cuello, y su pecho. Sus piernas me rodearon las caderas, encendiendo una hoguera en mi interior.

—Sabes tan bien, cielo —le murmuré cerca del oído.

Gimió levemente, cuando con mis manos la acomodé mejor debajo de mí, tomándola de ambas piernas y haciendo que mi sexo se presionara levemente contra el suyo.

—Te necesito dentro Quinn… por favor —me rogó.

Su suplica me hizo estremecer. Y entonces alcé la cabeza para mirarla fijamente a la cara. Sus ojos Marrones estaban nublados por el placer, sus mejillas levemente enrojecidas. Ella era tan hermosa… y yo ya no podía hacer nada para negar lo que sentía. Entonces despacio empecé a entrar en ella. Sus manos apretaron mis hombros, cuando la llené completamente. Bajé la cabeza y la besé con ternura, mientras empezaba a envestirla suavemente con mis dedos, con cuidado y hasta el fondo. Me abrazó dulcemente mientras nuestras bocas se fundían en un delicado beso.

¡Demonios, la tonta sensación de su cuerpo abrazando al mío no tiene descripción!

La sensación de su pecho latiendo contra el mío. La sensación de su corazón latiendo bajo el mío. Su ritmo era hiperactivo y escandalizador, hizo que todo mi cuerpo temblara e hizo que me diera cuenta de que mi corazón latía al mismo ritmo. O peor aún, mucho más.

Suaves gemidos escapaban de sus labios, que eran rápidamente acallados por los míos. Besé cada centímetro de su piel que estaba a mi alcance, mientras aun me movía dentro de ella.

Quinn… —gimió mi nombre mientras sentía que poco a poco la iba llevando a su clímax.

Mordisqueé sus labios y tironeé de ellos con suavidad, mientras me movía despacio la sostenía con mi otro brazo. Ella entrelazó sus piernas con las mías y me mantuvo cerca.

—Quiero que sepas una cosa —le hablé agitadamente. Sus ojos se clavaron en los míos Me acerqué a ella y rocé su nariz con la mía —Yo quiero hacer el amor contigo, hoy, mañana… pasado mañana y por muchas, muchas noches más.

No sé cómo fue, pero ella giró sobre el colchón y quedó sobre mí. Gruñí fuertemente al sentirla así. Salvaje… mojada… completamente mía. Comenzó a moverse suave sobre mí y era tan placentero verla, que no pude contenerme. Me senté y capturé sus labios en un caliente beso.

—Y yo quiero que lo hagas —me dijo agitada y soltando apenas mi boca.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, y tampoco era que me importaba. Sentí que tenía que liberarme. La tomé de las caderas y la empujé más cerca de mí.

Ella boqueó y se aferró a mi cuello, mientras me mordía levemente el hombro. Luego de unos segundos gimió mi nombre al correrse en mis brazos. Me recosté con ella y giré atrapándola de nuevo.

Besándola otra vez, aceleré mis embates, buscando mi propia paz. Y cuando la encontré no cerré los ojos, solo bajé la mirada hacia ella.

Rachel respiraba trabajosamente, sus labios estaban rojos y un poco hinchados. Levantó su mirada para encontrarse con la mía. Me sonrió y levantó su mano para acariciar mi rostro.

Entonces supe que no había nada que yo no hiciera por ella. Si ella quería, sería capaz de bajar al infierno y matar al mismo diablo, sólo para hacerla sonreír.

Maldije por lo bajo ante el pensamiento. Me estaba por apartar de ella, pero me tomó de la barbilla e hizo que la mirara.

—No te atrevas a alejarte de mí —me ordenó y luego me besó ferozmente.

Apenas podía respirar al sentirla con cada fibra de mí ser. Su pequeño y delicado cuerpo debajo del mío. Pero el calor de sus labios y el valor de su intrépida voluntad eran los que me calentaban.

El fuego de su pasión ardía a través de mí, haciéndome sentir tan vulnerable y al mismo tiempo fuerte y decidida. Soltó levemente mis labios, entonces la miré a los ojos y luego bajé sobre ella, para poder apoyar mi cabeza sobre su pecho.

—¿Escuchas la lluvia? —le pregunté.

—Sí —me contestó sin dejar de acariciar mis cabellos.

—¿Sabes qué escucho yo?

—¿Qué? —preguntó.

—Escucho tu corazón.

—¿Y qué te dice mi corazón?

—Me dice: Más te vale Fabray que te quedes, porque si no te juro que te vas a arrepentir de haberme hecho latir como loca —le susurré.

Ella rió divertida, haciéndome levantar la cabeza para mirarla.

—¿Y qué dice el tuyo? —me preguntó.

—¿Por qué no lo escuchas tú misma? —respondí y giré en el colchón para que ell quedara sobre mi pecho. Se apoyó suavemente, colocando una su mano izquierda en el lado derecho de mi pecho. Con mi mano acaricie su espalda —¿Y qué te dice?

—Me dice: Cielo, ¿Por qué no lo repetimos? Fue muuuy interesante participar esta vez… aunque debo confesarte que la primera vez también participé —se levantó su cabeza para mirarme — ¿Eso es lo que está diciendo?

—Exactamente eso es lo que está diciendo —acepté.

Sonrió y se acercó a mí besando suavemente mis labios. Respiré profundamente y su perfume invadió mi cuerpo. Que agradable era oler a ella.

Mordió mis labios traviesamente. Arqueé una de mis cejas y me alejé con cuidado.

—¿Estás juguetona? —le pregunté.

—Sólo cuando me provocan estarlo —me dijo y capturó mi boca de nuevo.