CAPÍTULO 27
"Nuestro primer encuentro"
Comencé a despertar por un extraño ruido que llegó a mis oídos. Somnolienta abrí un ojo y miré el techo. Esta no es mi casa. Entonces recordé todo y giré la cabeza para poder comprobarlo.
Sentí que mi corazón latía rápido al verla allí. Ella dormía profundamente boca abajo. Su largo y castaño cabello caía sobre su espalda. Me apoyé sobre mi codo y la miré fijo.. Su rostro estaba relajado y sus labios parecían curvar una leve sonrisa.
Bajé mi mirada por su cuerpo, que estaba debajo de las sábanas. Levanté mi mano y acaricié su mejilla. No puedo creer que de verdad me haya quedado, aunque después de hacer el amor casi toda la noche no podía irme.
Bajé mi mano de su mejilla a su mentón, seguí bajando hasta encontrarme con las sábanas. Con cuidado comencé a bajarlas, para poder apreciar la morena y suave piel de su espalda. Cuando la sábana quedó justo sobre el final de su espalda, subí mi mano y la acaricié con cuidado. Su piel se erizó y ella se movió levemente. Pero yo quería ver más de ella. Volví a tomar las sábanas y seguí bajándolas, hasta retirarlas completamente de su cuerpo. Su pequeño y redondo trasero se veía suave.
Sonriendo bajé mi mano por su espalda, hasta llegar a él y acariciarlo despacio.
—¿Por qué estás tocándome el trasero? —su voz suave y adormilada llegó a mis oídos.
Levanté la cabeza y miré su rostro.
—Buenos días hermosa princesa Berry—la saludé.
—Pásame las sabanas, pervertida. Y deja de mirarme así —me regañó.
—Me parece que la más pervertida de las dos eres tú —me defendí.
Se sentó en la cama y tomó las sabanas para taparse. Volvió a acostarse boca arriba y giró la cabeza para mirarme.
—¿Te quedaste de verdad o estoy soñando? —me preguntó.
Rápidamente me acerqué a ella y la besé con pasión. Llevé mi mano a su nuca y enterré mis dedos en sus cabellos. Su lengua acarició la mía y elevó sus manos para tocar mi rostro.
Entonces no pude evitarlo, me subí a su cuerpo, haciendo que gimiera levemente. Solté despacio sus labios.
—No podía irme, cielo —le contesté agitada.
Ella arqueó una ceja y subió y bajó sus manos por mi espalda.
—Mmm, que excitante es despertar y encontrarte aquí… tocándome —susurró provocándome.
—¿Recuerdas las barbaridades que me susurrabas? —le pregunté.
—¿Yo? —Cuestionó haciéndose la desentendida —No pequeña, tú eras la que me decía cosas que ni siquiera me atrevo a repetir.
—¿Cómo qué? Lo duro que…
—¡Quinn! —me calló antes de que continuara.
—Vamos, te encantó que te dijera todas esas cosas mi pequeña y pervertida cajita de mentiras.
—¿Quieres saber qué es lo que realmente me encantó, mi fogosa y lujuriosa motoquera LionQuinn?
—Mmm… fogosa y lujuriosa, que bonitos adjetivos —Ella sonrió —¿Qué fue lo que te encantó?
—Me encantó hacer el amor contigo y que te quedaras.
—¿Qué me estás queriendo decir con eso? —pregunté alejándome un poco más de ella para mirarla bien a los ojos —¿Acaso me estás queriendo decir que te gustaría intentarlo?
—¿Tú lo intentarías? —me preguntó. La miré fijo a los ojos y ya no lo dude.
—Claro que sí, porque eres la primera chica con la que duermo, y eres la primera chica con la que hago el amor… la primera que me vuelve loca… y me encanta tanto —le balbuceé mientras me inclinaba hacia ella para tomar sus labios.
Su boca me esperó dulce y cálida. Comencé a besarla más profundamente al sentir que el deseo volvía a brotar en mí.
Subí mi mano por el costado de su cadera y cintura, hasta toparme con su pecho. Ella gimió y su pezón se endureció contra mi palma. La apreté sutilmente y su boca se abrió más para mí.
—Quinn… cielo —musitó alejándose apenas de mí —Tenemos que levantarnos.
—No —susurré y la callé besándola de nuevo.
Volvió a soltar mi boca y respiró profundamente.
—Fabray—me llamó en tono de advertencia.
—Vamos Berry, no te resistas —comencé a bajar mis besos por su mentón.
Al parecer ella perdió todo rastro de cordura, pues comenzó a dejarse y a no protestar por ello. Seguí bajando mis besos por su cuello, mordisqueé esa delicada piel. Seguí bajando y atrapé sus pechos, ganándome un murmuro de placer.
—Quinn… no hagas esto… no, detente ya… Dios. Debemos levantarnos, tenemos que ir a la Universidad —me interrumpió.
—Al diablo con la Universidad —volví a subir por su cuello hasta su boca. La besé con ímpetu, con necesidad. Saboreando cada rincón—Pero si no quieres me alejo. Dime Rachel, dime que no me deseas y me alejo de ti.
—Te deseo Quinn, no sabes cuánto —admitió agitada.
Le sonreí y volví a besarla.
No había nada que me gustara tanto como besarla. Como lo dije varias veces ella tiene una forma muy particular de hacerlo. Sus manos bajaron por mi espalda y soltó mi boca haciendo que mis ojos se abrieran. La miré fijo.
—¿Qué sucede? —le pregunté.
—Nada… sólo quería verte a los ojos —me dijo dulce.
Entre unas tiernas y al mismo tiempo calientes caricias la temperatura de nuestros cuerpos y del lugar comenzó a subir. Jadeé al sentir sus labios en mi cuello y llegando a mi oreja. Con cuidado tomó el lóbulo con su boca y lo mordió despacio.
Ella se sentó a horcajadas sobre mi abdomen y me miró pícaramente. Se inclinó hacia delante y comenzó a besar mi mentón, comenzó a bajar por mis pechos, cerrando y abriendo su boca sobre mi piel. Un celular comenzó a sonar. Ella levantó la cabeza y miró extrañada a nuestro alrededor. La miré y tomé su rostro.
—No atiendas —supliqué agitada.
—Puede ser importante —resopló.
—No hay nada más importante que tú y yo en este momento —gruñí y la jalé hacia mí para besarla.
El celular dejó de sonar, y sonreí sobre sus labios. Nada ni nadie iba a parar este momento, ella no se iba a alejar de mí sin antes ser mía. Otra vez el maldito sonido invadió la casa.
Rachel se incorporó de mí y me miró divertida. Solté un frustrado gruñido. Ella se bajó de mí y giró sobre el colchón para agarrar el celular que se encontraba en la mesita de noche.
—¿Hola? —saludó al atender. Sin dejar de mirarla me acerqué a ella y comencé a besar su brazo.
Ella sonrió y mordió sus labios. Fui un poco más atrevida y subí mi boca por su hombro para luego bajar hasta su pecho.
—¡Quinn no hagas eso, es tu prima!
—¿Brittany? —renegué sin poder creerlo. Tomé el celular de Rachel y lo puse en alta voz.
—¡Estás con Quinn! ¿Cómo que estás con Quinn? ¿Qué hace ella ahí? —escuché como preguntaba sin poder creerlo.
—Primero quieres tirar a MI RACHEL a los brazos de otro y ahora arruinas un momento extremadamente caliente, ¿Qué más vas a hacer primita? —le pregunté.
—¡Oh, eres una asquerosa! ¡No quería saber aquello! —se quejó.
—No seas mala con tu prima —la defendió Rachel —¿Qué pasó Britt?
—¿Cómo que qué pasó? Por si no te has dado cuenta ya son más de las 11 de la mañana y tú aun no estás en la Universidad… pero ya entiendo por qué.
—Me parece perfecto que lo entiendas, bueno adiós —respondí e intenté colgar, pero Rachel tomó el celular y se puso de pie dándome la espalda.
—Creo que ya no vale la pena ir por unas pocas horas —prosiguió ella y me miró de costado, aun mostrándome su cuerpo desnudo, sólo de atrás.
—¿Pasaron la noche juntas? —preguntó Brittany.
—Una larga y lujuriosa noche —le grité fuerte para que me escuchara.
—¡Pervertida! —me chilló mi prima. Rachel tomó su ropa interior y se la colocó rápidamente. Maldije para mis adentros al saber que la cosa ya se había acabado por... ahora.
—Britt, más tarde te llamo ¿sí? —pidió Rachel.
—¿Vas a cambiarme por ella? —le preguntó sin poder creerlo.
—No, no te estoy cambiando por tu prima.
—Sí, sí lo está haciendo —vociferé mientras me recostaba en la cama y colocaba mis brazos detrás de mi cabeza.—Bueno, no importa —habló Britt y ambas escuchamos como reía levemente —Me alegro que se hayan dado cuenta de que tienen que estar juntas, me alegro que lo hayan entendido de una vez, en vez de estar como perro y gato peleando y reclamándose cosas.
—En eso estoy completamente de acuerdo primita —coincidí.
Ella colgó el teléfono y se quedó parada dándome la espalda. Esperé a que girara pero no lo hizo. Me senté en la cama.
—Oye, ¿Por qué no me miras? —le pregunté. Lentamente se giró a verme, con los brazos sobre sus pechos, cubriéndose – Oh, ¿ahora te pintó la vergüenza?
— No seas tonta… claro que tengo vergüenza… no es algo que haga siempre.
— Eres la criatura más hermosa y tierna que vi en mi vida.
— Mentira — me contradijo.
— ¿Quieres que te lo demuestre? —le pregunté. Ella rió y se acercó a la cama, para acercarse a mí y depositar un dulce beso sobre mis labios.
— No, porque sé exactamente qué clase de demostración está pasando por tu mente perversa en estos momentos, ahora debemos levantarnos y bañarnos, y…
— ¿Bañarnos juntas? — la detuve. Ella arqueó una ceja y se puso de pie.
— No, claro que no.
— ¿Por qué no? — pregunté como una niña pequeña.
— Porque no – contestó – Es tarde Quinn, por tu culpa ya no fuimos a la Universidad.
— ¿Por mi culpa? Disculpa cielo, pero eras tú la que no quería parar anoche.
Hizo un gesto de indignación.
— ¡Claro que quería parar!
— ¿Segura? – susurré con tono seductor.
— Bueno, en realidad… no. Pero ese no es el tema ahora, lo que importa ahora es que tú te bañas en este baño y yo voy al de abajo – me ordenó.
— No, no, no espera – rezongué y me puse de pie.
Ella tapó sus ojos rápidamente y giró dándome la espalda.
— ¡Cúbrete! — chilló. No pude evitar soltar una sonora carcajada.
— Mmm, me parece que de verdad el día te vuelve tímidona — sonreí mientras me acercaba más a ella.
— ¡No te me acerques! — me advirtió. Sonreí y me acerqué más hasta tener su espalda contra mi pecho. Ella se paró erguidamente
— ¿Por qué?
— Quinn… no seas atrevida — susurró un tanto agitada.
— ¿Vas a dejar que me bañe contigo? – le pregunté y acerqué mi boca a su nuca, para comenzar a besarla tiernamente.
— N… no — balbuceó con un poco de dificultad.
— Por favor — supliqué y coloqué mis manos en su cintura para acercarla más a mí.
— No y es mi última palabra Fabray — ordenó firmé y se alejó para comenzar a bajar las escaleras.
— ¡Está bien! Tú te lo pierdes —me volví a acostar en la cama pesadamente.
— ¡Levántate y entra a ese baño! ¿Me escuchaste? — me habló desde abajo.
— No, no quiero — protesté como una niña de 5 años.
— Será mejor que lo hagas, cielo —sonreí ante su forma burlona de llamarme así.
— ¿Qué pasa si no lo hago?
— Sufrirás las consecuencias.
— ¿Y cuáles son las consecuencias?
— No voy a besarte más, por el resto del día – me advirtió.
Rápidamente me levanté de la cama y busqué mis cosas, para entrar a bañarme. No quería semejante castigo sólo por no hacer lo que me decía.
— Está bien, está bien… ya entro — cedí y obedientemente entré a ducharme.
Me di una refrescante ducha y salí cambiada. Bajé las escaleras y me dirigí hacia la cocina. Detuve mis pasos al verla allí parada, preparando el desayuno, envuelta en una toalla de baño. Su pelo estaba mojado, y caía pesadamente a ambos lados de sus hombros.
Ella levantó la mirada y me miró. Una sonrisa se curvó en su perfecta boca, haciendo que me diera cuenta de algo. Siempre que ella me sonreía de esa manera, mi corazón se aceleraba.
— Pensé que la ducha te había tragado — se burló — Por poco y subo a buscarte.
— ¿Y porque no lo hiciste? Así tenía una buena excusa para meterte conmigo debajo de aquella tibia y relajante agua.
— Por eso mismo no subí… sabía que eras capaz de eso —volvió a mirar hacia lo que estaba haciendo.
— ¿Qué cocinas? — curioseé.
— Estoy cortando fruta… así comes un poco de fruta — dijo sin dejar de cortar.
De repente recordé que día era hoy. ¡El cumpleaños de mi madre! Comencé a buscar en los bolsillos de mi abrigo mi celular, y lo encontré.
— Cielo, ¿puedo usar tu teléfono?
— Claro que sí.
Tomé el teléfono y me alejé un poco de la cocina, para sentarme en la mesa que estaba en medio de la sala. Le puse tonó y miré el número que ayer me había dado mi padre.
Respiré profundamente y comencé a marcar. Mi corazón latía desesperado… juro que tenía miedo.
Llevé el teléfono a mi oído y esperé a que sonara.
"El número solicitado no corresponde a un cliente en servicio. El número solicitado no corresponde a un cliente en servicio. El número solicitado no corresponde a un..."
— ¡Demonios! — rugí y colgué.
El maldito bastardo me había engañado. Aquel no era el número de mi madre. ¿Cómo pude ser tan estúpida y creer que de verdad él iba a dármelo?
Sentí como unas pequeñas manos se apoyaban en mis hombros y luego bajaban hacia mi cintura. Cerré mis ojos y sentí como ella apoyaba su mentón sobre mi hombro izquierdo. Sus manos acariciaron mi barriga en forma de consuelo.
— Tengo algo para ti — me susurró al oído.
Abriendo los ojos, giré mi cabeza para mirarla. Alejó su mano derecha de mi estómago y me la mostró. Un pequeño papel estaba entre sus dedos. Lo tomé y la miré extrañada.
— ¿Qué es esto? — le pregunté.
— Ábrelo — pidió ella y se alejó de mí para sentarse sobre mi regazo.
Acomodándola bien sobre mí, miré extrañada el pequeño papel que me había dado. La miré a los ojos y luego decidí abrirlo. Judy Wilson.
Mis ojos se abrieron como platos al ver el nombre de mi madre en aquel papel y debajo un número. Más que extrañada volví a mirarla.
— ¿Qué… qué es esto? — musité confundida. Ella me sonrió y acarició mi rostro.
— Es el número del celular de tu madre.
— ¿Qué? — susurré sin poder creerlo.
Ella asintió con la cabeza, sin dejar de acariciar mi mejilla.
— Vamos, llámala — pidió mientras tomaba el teléfono.
Pero entonces la detuve, agarrando su mano suavemente con la mía. Me miró fijo a los ojos, y me hizo sentir en el aire.
— ¿Cómo lo hiciste? — le pregunté.
— No pude evitar escucharte ayer… bueno en realidad me acerqué a escuchar. Lo siento si soy metida pero… tenía que hacerlo. Además después de lo que tu padre me dijo… con más razón aún.
— ¿Qué te dijo mi padre?
— Mmm, no tiene importancia.
— Dímelo, cielo – le pedí.
— Me dijo que hiciera que odiaras a tu madre… que dejes de pensar en ella y en querer llamarla y encontrarla — me contó — Perdona si digo esto, pero tu padre es un imbécil.
Sonreí divertida y capturé sus labios en un tierno beso. Sus labios se movieron suaves sobre los míos. Se alejó despacio y me miró.
— No puedo creer que lo hayas conseguido —volví a mirar el papel — ¿Cómo fue?
— En un momento, en el que estabas con tu padre en la oficina, la secretaría se fue a no sé dónde y me acerqué a su escritorio, me puse a revolver sus cosas hasta que encontré el nombre tu madre.
— ¿Cómo sabías el nombre de mi madre? — le pregunté.
—Brittany, una vez me la nombró — reveló haciendo un gesto con los hombros — Entonces anoté su nombre y unos datos más. Ayer por la tarde comencé a averiguar sobre ella. Hasta que encontré un número que había, pero que era de Londres. Luego llamé y me atendió una mujer… le pregunté por ella y me dio este número.
— ¿Está segura que es ella? — le pregunté.
— Sí, por todo lo que me dijo la mujer, sí es ella… así que por favor llámala – suplicó y levantó el teléfono hasta mi rostro. Suspiré y lo tomé.
Comencé a marcar el número y coloqué el tubo en mi oreja. Comenzó a sonar y sentí como mi corazón se aceleraba más que antes. Rachel aún estaba sentada sobre mí, por lo que coloqué uno de mis brazos alrededor de su cintura y la apreté un poco.
— ¿Hola? — escuché su voz y me paralicé. Pensé que nunca más en mi vida iba a volver a escuchar su dulce voz — ¿Hola? — volvió a decir.
Intenté hablar pero las palabras no salían de mi garganta. Era como si me hubiese olvidado de cómo hablar.
— Vamos Quinn, dile algo — me salvó Rachel.
— ¿Lucy? – preguntó sin poder creerlo. Las palabras se atoraron más en mi garganta — ¿Quinn hija, eres tú?
Rachel me quitó el teléfono y lo llevó a su oreja.
— ¿Señora Judy? — le preguntó y sonrió — ¿Qué tal? Mi nombre es Rachel y… estoy aquí con su hija Lucy — guardó silencio y me miró con una pequeña sonrisa — Sí es ella… ¿Están aquí? ¿Dónde? Oh sí, lo conozco — respondió asintiendo — Está bien, dentro de un rato estamos por ahí… adiós — se despidió y colgó.
— ¿Está aquí? — le pregunté. Ella sonrió mostrándome todos sus dientes.
— Llegó hace unos días de Londres, se está quedando en un campo, que está a una hora de aquí. Nos espera allí.
— No es cierto – suspiré mientras una pequeña sonrisa se curvaba en mis labios.
— Si lo es… tenemos que ir para allá ahora mismo —se puso de pie.
Un poco atontada me puse de pie. Ella se giró a verme.
— ¿Qué pasa? — preguntó.
— Que eres lo mejor que se pudo haber cruzado en mi camino – le agradecí y rápidamente me acerqué a ella para abrazarla.
Sus pequeños brazos se levantaron y me apretaron más cerca de ella.
¿Cómo tuve el valor de siquiera negar lo mucho que ella vale, lo mucho que significa para mí? Cualquier otra, se hubiese dejado manejar por mi padre, pero no ella, ella no se iba a dejar manejar jamás por nadie. Y eso era lo que más me gustaba.
Despacio se alejó de mí y se puso en puntas de pie para besar cortamente mis labios.
— Vamos, debemos ir ya — me ordenó e intentó alejarse.
Pero entonces la tomé de la cintura y la apegué a mí. Me miró con algo de sorpresa.
— Esperé toda mi vida por esto, no pasa nada si espero unos minutos más —me acerqué más a ella para besarla.
Su boca se abrió despacio para mí. Nunca había experimentado algo así. Nunca me había gustado tanto besar a alguien. No sólo se podía encontrar placer en un beso… hasta ahora no era consciente de eso.
No sé cuánto tiempo estuvimos así, besándonos suavemente. Recorriendo cada centímetro de su delicada boca.
— Ya… deja de besarme así — susurró sin separar sus labios de los míos.
— No puedes pedirme eso — le supliqué por lo bajo.
Sus pequeños brazos se colocaron alrededor de mis hombros, mientras ella se ponía en puntas de pie, para llegar mejor hacia mí. Mis brazos la rodearon por la cintura, abrazándola casi asfixiantemente.
Se alejó despacio y acarició mi nariz con la suya.
Abrí mis ojos y junté nuestras frentes. Ella sonrió levemente y mordió su labio.
— ¿Realmente esto está pasando? — me preguntó.
— No lo sé… tal vez yo esté soñando.
— O tal vez yo esté soñando.
Levanté mi mano y acomodé un poco su cabello, para luego bajar mis dedos por su mejilla, y llegar hasta su boca. La acaricié despacio, con cuidado. Como si fuera algo que realmente pudiera romperse.
— Rach… — susurré.
— ¿Qué? — preguntó.
— ¿Qué somos ahora? — pregunté. Ella sonrió y se alejó completamente de mí.
— Estamos comenzando… podríamos llamarlo 'Amigas con derecho'.
— Pero sin derecho a estar con otra persona.
Sus ojos brillaron de manera especial.
— ¿Me estas queriendo decir que serás solo para mí? — cuestionó algo sorprendida.
La miré fijo y pensé un poco en eso. Ya no más salidas nocturnas a cada rato, ya no más coqueteos con alguna chica. Ya no más libertad de mirar y opinar sobre algún trasero.
Pero a mí ya no me interesaba hacer eso, yo sólo quiero estar con ella. Dormir con ella, estar a su lado, opinar sobre su trasero y coquetear con ella.
— Sólo quiero estar contigo — admití.
Ella sonrió y se acercó a mí para besarme impulsivamente. Se alejó y comenzó a subir las escaleras hacia su cuarto.
— Apúrate que tenemos que irnos.
—Tú eres la que se tiene que apurar, yo me pondré lo de ayer porque no traigo más—me acerqué a la cocina para comer un poco de la fruta que ella había cortado.
Luego de unos cuantos minutos ella bajó las escaleras y se acercó a la cocina. Estaba cambiada y peinada. La miré embobada.
— ¿Qué sucede? — me preguntó.
— Que eres hermosa —Ella se sonrojó levemente y tomó una frutilla. — ¿Vamos?
— Vamos, cielo —tomé mi abrigo para salir con ella de su departamento.
Bajamos hasta la cochera y nos subimos a su auto. Nos colocamos los cinturones de seguridad y Rachel arrancó para prender marcha no sé muy bien a dónde.
— ¿Estás nerviosa? — me preguntó. Me giré a verla.
— Un poco — reconocí con una media sonrisa — No sé qué voy a decirle.
— Sólo tienes que decirle lo que sientes en el corazón – me aconsejó ella sin dejar de mirar al frente.
Estiré mi mano y acaricié su mejilla. Me miró de reojo y sonrió.
— ¿Sabes dónde es?
— Queda cerca del campo de mi abuelo – contestó.
— ¿No te conté, verdad? Tengo una hermana —Ella se giró a verme sorprendida.
— ¿Qué? — contestó sorprendida.
— Sí, en la carta que me mandó mi madre… me contó que tengo una hermana de 5 años llamada Elise, ¿puedes creerlo?
— Es maravilloso, yo siempre quise tener hermanos, pero no los tuve. Mis padres no adoptaron a alguien más luego de separarse.
— ¿Crees que aún se aman? — le pregunté. Ella sonrió levemente.
— Sí — dijo asintiendo — Sólo que son tan orgullosos, que ninguno lo va a admitir.
—Pero ¿Quién te dice que en cualquier momento me dicen que están juntos de nuevo?
Seguimos hablando de algunas cosas más y pusimos un poco de música, mientras que de a poco íbamos saliendo de la ruidosa ciudad. A medida que nos acercábamos más a donde estaba mi madre, mis nervios aumentaban. ¿Qué tengo que decirle? ¿Qué debo hacer? ¿Cómo va a reaccionar? ¿Mi hermana me querrá? Todas esas preguntas cruzaban mi cabeza.
Ella dobló para entrar en una cerca y comenzar a andar por un camino de tierra. Luego de unos cinco minutos divisamos desde lo lejos una casa. Afuera de la casa había dos autos y una camioneta. La casa era grande y a lo lejos tenía una pequeña caballeriza. El auto se detuvo justo frente a la casa. Se giró a verme y tomó mi mano. La miré a los ojos.
— Todo va a estar bien… y yo voy a estar contigo.
Entonces me incliné hacia ella y la besé fugazmente. Me alejé y me quedé cerca de su rostro.
— Muchas gracias cielo, de verdad muchas gracias – le susurré.
— No, tonta, no me agradezcas —tomó mi rostro con sus manos para depositar un pequeño beso en mis labios — Ahora vamos.
Nos bajamos y el aire limpio y puro del campo invadió mis pulmones. Aquel lugar era increíble. Los árboles eran enormes y el pasto era tan verde que al mirarlo te molestaba a los ojos. Me acerqué a Rachel y tomé su mano para comenzar a caminar hacia la puerta de aquella gran casa blanca y azul.
Nos paramos frente a la puerta y ella apoyó su dedo en el timbre. El timbre sonó y esperamos a que alguien nos abriera. Mi corazón latía desesperado, en cualquier momento se me iba a salir del pecho. Apreté ligeramente su mano, provocando que ella sonriera por lo bajo.
— No traje un regalo y es su cumpleaños — recordé algo nerviosa.
— Quinn, no creo que tu madre tenga mejor regalo que verte a ti.
Escuchamos el sonido de unas llaves, y unos segundos después la puerta se abrió. La miré fijo, ella se quedó quieta mirándome como si yo fuera irreal.
— ¿Lucy? — pronunció mi nombre levemente.
— Mami — susurré apenas audible. Entonces llevó una de sus manos a su boca y la tapó para luego soltar un sollozo y acercarse rápidamente a mí para abrazarme.
Pensé que nunca más iba a volver a sentir un abrazo de ella. Desde que ella se había ido, algunas veces por las noches recordaba la sensación de su abrazo. Juro que me sentía como cuando era una niña y ella me abrazaba para reconfortarme o simplemente porque quería hacerlo. Aunque ahora yo era más grande, la sensación era la misma.
Se alejó de mí y tomó mi rostro con sus manos. Su cara estaba empapada en lágrimas. Miré su rostro, buscándole alguna diferencia. Pero ella estaba exactamente igual que siempre, aunque sus ojos se veían un poco más claros que antes. Tenía el pelo más corto y se veía pequeña.
— No puedo creer que seas tú, hija mía — me habló al fin — Estás tan grande Lucy, mírate.
Se alejó de mí y me miró de los pies a la cabeza, rió entre lágrimas.
—Yo no puedo creer que te tenga al frente de nuevo — le dije.
Se acercó de nuevo a mí y me volvió a abrazar. Luego se alejó y miró a la morena, que se había quedado completamente quieta y callada. Mirando un poco hacia otro lado, la morena secó una pequeña lágrima que había soltado.
— Tú debes ser Rachel — le habló mi madre. La morena la miró y sonrió.
— Sí, señora, soy yo.
— Pero ya no se queden allí paradas, entren —nos dio el paso a la enorme casa.
Tomé la mano de Rachel y ambas entramos detrás de ella, miramos sorprendidos el lugar. Aquella casa era aún mucho más bella por dentro de lo que se veía por fuera. Mi madre se giró a vernos y con una sonrisa miró nuestras manos unidas.
— ¡Ben! ¡Llegaron! — gritó asomándose por un puerta que daba a la parte de atrás de la casa.
Al instante un hombre alto de ojos miel entró, con una niña de la mano. Me observaron bien, en especial ella.
— No puedo creer que sea ella — musitó la grave voz de Ben.
— Yo no puedo creer que tengas algunas canas Ben — contesté algo divertida. Él sonrió y se acercó a mí para abrazarme contento. Acarició mi espalda y yo también lo hice. Se alejó de mí y me miró sin dejar de sonreír — Ella es Rachel.
— Mucho gusto – saludó la morena.
— El gusto es mío – le respondió él.
— Papi, ¿Quiénes son ellas? — preguntó la pequeña voz detrás de nosotras.
Los tres nos giramos a verla. Mi madre se acercó a ella y tomó de su mano para acercarla al círculo. La observé bien, era tan parecida a mí… Dios mío. Puedo jurar que es un clon mío. Aunque ella es más delicada y parece tan frágil. Dos largas y rubias trenzas caían al costado de su pequeño y pecoso rostro. Sus ojos eran enormes y de color avellana.
Con cuidado me acerqué a ella y me agaché para quedar a su altura.
— Soy Quinn — me presenté y estiré mi mano para que ella la tomara. Miró mi mano y luego me miró a la cara.
— ¿Quinn? ¿Mi hermana Lucy? — musitó con algo de sorpresa.
— Así es, Elise, soy tu hermana.
Esperé a que ella me dijera algo, pero sólo me miraba fijo. Tal vez… no le caiga bien la idea de que yo sea su hermana… tal vez no me quiera. Miró mi mano y luego se acercó despacio a mí para abrazarme. Sus pequeños brazos rodearon mi cuello y su pequeña cabeza se apoyó en mi hombro. Con un poco de confusión le respondí el gesto.
Era una extraña sensación. Una hermana, sangre de mi sangre. Jamás pensé que se podía querer a alguien sin haber tenido ningún tipo de contacto alguna vez. Cuando leí la carta de mi madre y me contó sobre ella, juro que empecé a quererla. Al fin tengo a quién celar de babosos adolescentes.
— Mami siempre me habló de ti, pero estás diferente que en las fotos — me contó y se alejó para mirarme.
— Elise, yo te dije que esa era tu hermana de niña. Ahora ella es una mujer – le habló mamá.
Mi pequeña hermana miró a Rachel y luego me miró a mí. Sonrió mostrándome que le faltaba un diente.
— ¿Ella es tu novia? — me preguntó.
— Mmm, no pequeña. Soy su amiga. — le contestó la morena rápidamente.
La miré y sonreí por lo bajo. 'Sí, cielo, eres mi amiga. Pero con derecho a todo'.
— ¿Rachel quieres jugar conmigo a las muñecas? — le preguntó.
— Elise, no creo que ella…
— Tranquila, encantada juego con ella. Además creo que usted y Quinn tienen mucho de qué hablar.
— Ella tiene razón, vamos afuera — coincidieron Ben y vimos cómo los tres salían al jardín.
Mi madre se sentó en una silla y me hizo un gesto para que me sentara frente a ella. Me senté y al instante ella tomó mis manos. Sus manos… sus manos siempre me arropaban a la noche antes de dormir. Luego de que ella ya no estaba, nadie lo hacía. Sólo Rose cuando venía los fines de semana.
— Eres tan hermosa y no lo digo sólo por ser tu madre.
— ¿Dónde has estado todo este tiempo? — le pregunté.
— En Londres — contestó y suspiró — Tu padre casi me obligó a dejar el país. Tuve que hacerlo, hija, sino él iba a hacerte daño.
— Es una mierda — aseguré.
— Tranquila, mi vida, con odio hacia él no ganas nada.
— ¿Cómo puedes pedirme que no lo odie? Mamá, él, él simplemente es un completo extraño para mí. Nunca se ha comportado como un padre. Siempre fue manipulador y hasta frío conmigo. Simplemente yo creo que él me odia.
— Voy a contarte una cosa, hija — me interrumpió y se acercó más a mí — Tu padre siempre fue así, una persona posesiva, celosa y manipuladora. Pero yo me enamoré de él, lo amé más que a nada en este mundo. Todo era perfecto, hasta el día en que le dije que estaba embarazada de ti.
— ¿Qué? — cuestioné algo confundida.
— Quinn, cuando yo le dije a tu padre que íbamos a ser papas él cambio drásticamente. No me acompañaba a las ecografías, él no estaba pendiente de mí. Y ahí fue cuando conocí a Ben… él trabaja en el hospital al que yo iba a atenderme, y un día yo estaba realmente mal porque a tu padre parecía no importarle nada de ti o de mí. Ben se ofreció a acompañarme aquel día y ahí fue cuando supe que serías una pequeña niña —me contó con una pequeña sonrisa en los labios —Es día fui a contarle a Russel que serías una niña, y la cosa empeoró. Él simplemente no era el mismo… estaba violento, no le importaba mi salud. Y entonces entendí que era. Él tenía celos de ti, Quinn.
—No… no creo que haya sido eso —negué haciendo todo lo posible por entender lo que ella me contaba. Mis ojos estaban algo húmedos.
—Sí, hija, tu padre estaba celoso de ti. Él no concebía la idea de otra persona en mi vida además de él. Cuando naciste él no quiso entrar a la sala ¿Sabes quién estaba conmigo? —preguntó.
La miré a los ojos.
—¿Ben? —pregunté.
—Sí —susurró y unas cuantas lágrimas cayeron de sus ojos —Ben era… o mejor dicho aún lo es… doctor ginecólogo. Y él fue el que te trajo. Eras tan pequeña y rubia, que parecías de mentira. Te pusieron en mi pecho y dejaste de llorar. Tus ojos se abrieron y me pareció que me mirabas… nunca pensé que podía amarte tanto.
—¿Luego que pasó? —pregunté con un nudo en la garganta.
—Tu padre decidió entrar y se acercó a nosotras para mirarte. Pensé que cuando te viera algo se iba a despertar dentro de él, pero no fue así. Él simplemente se dedicó a mirarte fijamente por unos cuantos minutos. Y luego se fue…
—¿Y ahora sigues pensando que no debo odiarlo? —cuestioné mirándola fijamente a los ojos.
—Lo único que puedo decirte es que eres el regalo más grande que la vida me ha dado. Y tu padre también fue participe en ello.
—¿Sabes cómo logré contactarte? —Ella negó con la cabeza —Rachel consiguió tu número. Y ya no quiero hablar de Russel. Feliz cumpleaños, mamá.
Ella sonrió y me abrazó. Luego de unos segundos se alejó para tomar mi rostro con sus manos.
—Verte aquí es el regalo más grande que me pudieron dar hoy —musitó contenta— Creo que tendré que darle las gracias a Rachel —sonreí levemente —¿De dónde se conocen?
—Vamos juntas a la Universidad y ella… ha llegado a mi vida hace un mes. Puedo asegurarte que la ha cambiado completamente —le conté medio boba.
—¿Son novias? —preguntó.
—No precisamente, estamos en algo, comenzando recién.
—Es maravillo, pensé que nunca viviría el momento en que me trajeras a 'tu chica' a casa. ¿Estás enamorada?
