CAPÍTULO 28

"Ya no me controlas"

La miré fijo a los ojos y sentí una pequeña presión en mi pecho.

— Creo que sí — confesé.

— ¿Crees? — cuestionó confundida.

— Mamá, la verdad es que nunca me pasó algo así. Yo…

— Eres una promiscua– me acusó con indignación.

— Sí, puede ser.

— ¿Con cuántas mujeres has estado? — me preguntó.

—Mamá, ¿no crees que…?

— Contéstame, Quinn — sentenció con firmeza.

Sonreí ante su enojo. Siempre quise que mi madre me regañara.

— No lo sé – contesté.

— ¿Cómo que no lo sabes?

— No, no lo sé. Nunca me puse a contarlas.

— Oh, eres una desconsiderada, promiscua. No puedo creerlo.

— Mami, ya no me regañes. Sabes que solo tú me interesas — le dije poniendo mi mejor cara de niña buena. Ella me miró bien y sus ojos se humedecieron. Sonrió y volvió a abrazarme.

— Aún consigues comprarme — murmuró sin soltarme. Se alejó y me miró – Pero creo que eso ahora no es así, porque he visto cómo la miras.

—Ella no sólo es hermosa por fuera, también lo es por dentro — le conté.

— Sí, se nota y mucho.

— Te extrañé tanto.

— Y yo a ti, bebé —se puso de pie entregándome su mano — Vamos a fuera.

Tomé su mano y caminamos hasta la parte trasera de la casa. Salimos y detuvimos nuestros pasos al ver cómo Rachel y Elise reían y jugaban con las muñecas.

Sentí un cosquilleo en mi estómago. Ella era tan bella, y tan dulce. Ambas se giraron a vernos. Elise se puso de pie y corrió hasta nosotras.

— Tu novia es muy linda, hermanita – me dijo sonriente.

— ¿Qué es eso de 'hermanita', enana? Aquí la hermanita eres tú.

— No, yo soy toda una mujer. Sino pregúntale a mamá, ya me maquillo —colocó sus dos pequeñas manos sobre su cintura parándose coquetamente.

— ¿Y acaso tú permites que se maquille? – regañé a mi madre.

— Oh, no me digas que vas a ponerte igual de insoportable que Ben con ese tema. Ella es una niña y a todas las niñas les gusta maquillarse y jugar a ser grandes. ¿A caso no recuerdas que tú hacías lo mismo a su edad?– me dejó en evidencia mi madre.

Rachel se acercó a nosotras. La miré y tuve muchas ganas de besarla, pero no podía hacerlo delante de mi hermana y mi madre.

— Estábamos divirtiéndonos un poco — nos contó la morena mientras le sonreía a Elise.

Mi madre se acercó a ella y la abrazó. Un tanto confundida, Rachel le devolvió el gesto.

— Muchas gracias, Rachel. Quinn me contó que tú conseguiste el número. De verdad no sé cómo voy a hacer para agradecerte esto — le agradeció y se alejó de ella.

— Primero que nada, Feliz cumpleaños, señora Judy.

— Ya no me digas señora. Sólo dime Judy. Nada de formalidades conmigo, al fin y al cabo eres la chica que me devolvió a mi hija.

— ¡Oigan, vamos a comer! — nos llamó Ben.

Mi madre y mi hermana comenzaron a caminar hacia él, Rachel estaba por caminar también pero la tomé del brazo y la jalé hacia mí para mirarla a los ojos.

— Gracias —Ella me miró bien.

— ¿Por qué? – preguntó.

— Por darme el segundo mejor día de mi vida.

— ¿El segundo? ¿Cuál fue el primero?

— El día en que te conocí — contesté y me acerqué a ella para besarla levemente en los labios.

La besé despacio, dulcemente, en cámara lenta. Me olvidé completamente en donde estábamos. Parecía que nada estaba a nuestro alrededor. Su nariz acariciaba la mía, con cada leve movimiento que hacían nuestras bocas.

No había nada más en el mundo que yo quisiera en este momento que estar besándola. Era una sensación hermosa. Su boca tenía un sabor único, dulce, adictivo… embriagante. Su pequeña mano se apoyó en mi rostro, mimándome dulcemente.

— Si ella no fuera tu novia, no la besarías en los labios — escuchamos la pequeña y suave voz de Elise. Ambas nos alejamos rápidamente para mirarla bien.

Mi pequeña hermana tenía una sonrisa pícara en los labios. Sus manitos estaban apoyadas sobre su cintura y se movía levemente para un lado y para otro.

— Lo que pasa, enana, es que aún eres muy pequeña como para entender ciertas cosas — la regañé mientras me acercaba a ella y la alzaba en brazos.

Ella me miró y sonrió para luego mirar a Rachel.

— ¿Es una buena novia? — le preguntó. Rachel sonrió levemente y comenzamos a caminar hacia donde estaban mi madre y Ben.

— Por ahora no la llamo novia — le contó la morena — Pero por ahora es una buena amiga.

— Pero si es tu amiga, ¿Por qué te besa?

— Porque me gusta besarla — le contesté yo.

— ¡Quinn! — me regañó Rachel.

— Entonces, si mi amigo Andrew quiere besarme porque le gusta ¿lo dejo? — preguntó.

— ¿Qué? ¡No, claro que no! ¡Tú no debes dejar que ningún mocoso atrevido te bese! Y si eso sucede tendré que ponerme violenta — la amenacé algo nerviosa.

— Oh, Quinn, no puedes decirle eso a tu hermana — me reprendió la morena y tomó en brazos a Elise. La pequeña la miró fijo a los ojos mientras caminábamos — ¿Quién es ese tal Andrew? — le preguntó.

— Vamos juntos al jardín — le contó ella — Y él es mi amigo… y siempre jugamos juntos a la familia y él siempre es mi esposo. Tenemos una hija que se llama Amelia y una mascota llamada Otto.

— ¿Te besó? — preguntó Rachel. Me tensé un poco.

— Sólo cuando se despide de mí porque se va a trabajar, me da un beso en el cachete. ¿Eso es un beso de novios?

— Pero qué mocoso más desubicado. Creo que tendré que hablar muy seriamente con tu padre, jovencita —caminé un poco más rápido.

— Quinn, ven aquí — me llamó Rachel, haciendo que mi paso se detuviera. Ellas me alcanzaron y me miraron — Tú no vas a decirle nada a Ben, porque tienes que ser una buena hermana y guardarle los secretos a tu hermana.

— ¿Las hermanas guardan secretos? – preguntó Elise.

— Es su deber – le contestó la morena.

— Sí, pero no cuando un mocoso desubicado trata de propasarse con tu hermanita. ¡Tiene cinco años, por Dios! — solté exasperada.

Llegamos a la mesa y mi madre y Ben se giraron a vernos un poco extrañados.

— ¿Sucede algo? — preguntó Ben.

— Sí, sucede que…

— Sucede que estábamos hablando un poco del jardín con Elise ¿no es así, Quinn? — me preguntó Rachel interrumpiéndome.

— Sí, es así – asentí con tono bajo.

— Bueno, ya siéntense a comer… que, si no, se enfría — habló mamá.

Nos sentamos a la mesa y Ben se acercó a nosotras con una bandeja.

— Mamá, casi me olvido… Rachel es vegetariana — le advertí al mirar la bandeja que Ben traía, de seguro era carne. Mi madre miró a la morena.

— ¿En serio? — le preguntó.

— Bueno, en realidad es algo que hace poco que estoy implementando. Exactamente dos años. Estoy intentando limpiar mi organismo — le contó Rachel.

— Es asombroso, porque yo también lo soy.

Me sorprendí al recordar aquello. Juro que me había olvidado completamente de que mamá también era vegetariana.

— No puedo creerlo — se sorprendió Rachel y me miró – Nunca me dijiste que tu madre era vegetariana.

— Lo que pasa es que lo había olvidado – respondí un tanto sorprendida aún.

— Bueno, eso no es problema. Tenemos comida para las vegetarianas en esta casa — interrumpió Ben, y sonreí – Pero nosotros comeremos carne, ¿no es así, Quinn?

— Por supuesto que sí, Ben — le respondí.

— Carnívoros – concordaron mi madre y Rachel al mismo tiempo.

Todos reímos divertidos y comenzamos a comer. Mi madre y Rachel hablaban como si se conocieran de todo la vida. Ellas tenían tantas cosas en común. El amor por la naturaleza, por las fotografías. Esa manera de ver la vida como el mejor regalo del mundo, esas ganas de vivir.

Y sobre todo esa entereza y dedicación que las hacía verse indestructibles.

— Son hermosas, ¿verdad? – me habló Ben sentándose frente a mí, mientras dirigía su mirada a ellas, que aún seguían hablando con Elise junto a ellas.

— Tienen tantas cosas en común, juro que no me había dado cuenta de eso –lo miré.

— Son mujeres increíbles. No puedo creer que hayas encontrado a una chica así.

— Fue por casualidad… o el destino — musité asintiendo.

— ¿Dónde la conociste? – preguntó.

— En la Universidad… cuando volví de mi suspensión.

— ¿Te suspendieron? – me interrumpió. Reí por lo bajo.

— Sí – asentí en un susurro — Me metí a los jardines del campus en mi moto, y destruí patrimonio del establecimiento.

— Oh, eres increíble — dijo divertido — ¿Y cómo le hiciste para enamorarla? Parece ser una chica muy aplicada, como tu madre.

— Debo decir que fue ella la que me enamoró a mí. Yo no tenía ninguna intención de enamorarme, y mucho menos de una mujer así. Te aseguro que me enloqueció — le conté.

— Pero ¿no estás contenta de haberla conocido? —Entonces volví mi vista a ellas, y la mirada de Rachel se cruzó con la mía. Me sonrió levemente y sonrojándose un poco quitó su vista de la mía. Sonriendo volví mi mirada a Ben.

— Soy la persona más feliz del mundo, de eso puedes estar seguro, papá.

Él me miró bien. Se sentó erguidamente y me miró fijo, sonreí.

— Lo siento, pero ¿Qué has dicho? — me preguntó.

— Te dije papá, Ben… ¿acaso ya estás sordo? — le pregunté divertida. Él negó atónito con la cabeza, haciendo que yo riera — Eres como un padre para mí, no tendré tu sangre, pero te aseguro que eres más padre para mí que Russel.

— Quinn, yo…

— Sé todo lo que has hecho por mi madre. Sé cuánto la amas, cuánto la has cuidado. Y mira, por Dios —miré hacia Elise— Me has dado una hermana que, de paso sea dicho, creo que tendrás que poner un poco más lo límites con esa enana.

— Yo también te quiero como a una hija —lo miré — Y recuerdo que así lo sentí aquel día que te ayudé a venir al mundo.

— Entonces ya no se hable más, papá, porque creo que nos estamos poniendo un poco sentimentales —él rió.

— ¿De qué hablan? — preguntó mi madre mientras ella, Rachel y Elise se acercaban a nosotros. Las miré.

— Cosa entre nosotros— le contesté.

— Esa respuesta grosera tuya — renegó Rachel revoleando los ojos.

Entonces la tomé de la cintura y la senté sobre mi regazo. Me miró bien y me hizo un gesto de '¿Qué estás haciendo?'.

— Estábamos poniéndonos sentimentales — le expliqué mirándola a los ojos.

— ¿Sentimentales? — preguntó mi madre.

— Le dije que lo quería como a un padre y él me dijo que me quería como a una hija… ya sabes esas cosas que son cursis y que salen sin sentido — dije con desenfado.

— Aaaaaw, son tan tiernos — sonrió mi madre y besó cortamente a Ben.

Miré a Rachel y ella me sonrió divertida, le guiñé un ojo y quise besarla, pero se alejó discretamente poniéndose de pie.

— ¿A qué hora cortamos el pastel? — preguntó la morena.

— Un pastel que hizo Elise — habló Ben.

— Enana, ¿tú hiciste un pastel? — le pregunté. Ella me miró y asintió efusivamente.

— Sí, yo solita… bueno en realidad papá me ayudó, pero él es horrible cocinando, es como si yo lo hubiese hecho solita — narró con una pequeña sonrisa autosuficiente.

¡Diablos, esta criatura es una exacta copia de mí, pero en miniatura!

Todos reímos y Ben alzó en brazos a Elise. Mi celular comenzó a sonar, lo miré y me alejé de ellos para contestar. La llamada aparecía como privada.

— ¿Hola? — atendí.

— Sé perfectamente en dónde estás metida, y tienes exactamente dos horas para estar en mi casa. Y te quiero sola, deja a tu 'acompañante' en donde se te plazca, pero no vengas con ella. ¿Entendiste? — me ordenó.

Me tensé al instante de escuchar su maldita voz. ¿Cómo demonios se había enterado denque yo estaba aquí? ¿Acaso el infeliz estaba siguiéndome o algo por el estilo?

— Mal nacido — musité.

— Y más te vale que me hagas caso o ya verás — dijo y colgó.

Apreté con fuerza el celular que estaba mi mano. Cerré los ojos y traté de estar calmada, pero se me estaba haciendo imposible. Sentí una suave mano apoyarse en mi hombro, me giré a verla, y era ella, Rachel.

— ¿Qué sucede? — me preguntó preocupada. Solté un suspiro y acaricié su mejilla.

— Debemos irnos —bajé mi mano para acariciar sus labios.

— ¿Por qué? — cuestionó confundida.

— No puedo explicártelo ahora, sólo sé que debemos irnos, cielo — me acerqué a ella y la besé cortamente.

Volvimos los pasos hacia donde estaban mi madre y Ben. Ambos me miraron con cara de preocupación.

— Lo siento, mamá, pero tenemos que irnos —Ella se acercó a mí y me acarició el rostro.

— Tu padre, ¿verdad? — susurró por lo bajo. La miré fijo a los ojos.

— Él sabe dónde estoy — le contesté. Ella sonrió levemente, se acercó más a mí y me abrazó.

— Él ya no puede hacerme nada, Quinn, que sus tontas amenazas ya no te controlen, cualquier cosa que él te diga es mentira. Perdió control sobre mí hace exactamente un año — me calmó ella y con cuidado la alejé de mí para mirarla a los ojos.

— Entonces ¿ya no… no hay peligro? — pregunté con algo de duda.

— No, ya no hay peligro. Pero sé cómo es, así que ve… y hazle saber que ya no le tienes miedo, pero por favor no pierdas el control, Quinn, es tu padre — me pidió.

Asentí y besó mi mejilla, para luego alejarse completamente.

— Más tarde, cuando todo esté arreglado voy a llamarte.

— Esperaré ese llamado ansiosamente, pequeña.

Los tres nos acompañaron hasta la puerta. Elise no tenía esa sonrisa que tenía cuando llegamos.

— ¿Qué pasa, enana? — le pregunté agachándome hasta quedar a su altura.

— Yo no quiero que se vayan — me dijo sin dejar de mirar al suelo. Levanté su rostro con una mano e hice que me mirara.

— Prometo que nos veremos otra vez. Eres mi hermanita y prometo que voy a cumplir bien mi rol de hermana mayor –Ella me sonrió y luego miró a Rachel.

— Tú también cumplirás bien tu rol de cuñada ¿verdad? —Rachel la miró asombrada.

— ¿Qué es eso de rol de cuñada? — la regañó mi madre — ¿De dónde has sacado eso?

— Lo vi en una telenovela, en casa de la abuela — se defendió ella. Todos reímos divertidos y salimos fuera de la casa.

Caminamos hasta el auto de Rachel y nos giramos a verlos.

— Prometo, mamá, que esto pronto va a acabar — Ella me sonrió.

— Lo sé, mi amor, cuídense. Adiós, Rachel, y gracias por traerme de nuevo a mi bebé— le agradeció a la morena. Ella sonrió.

— Gracias a usted, por haberla traído al mundo —entonces la miré algo sorprendida.

Ella me miró y al instante se dio cuenta de que eso le salió sin permiso de la boca, se sonrojó de sobremanera y apartó la vista de mí.

— Adiós, chicas — nos despidió Ben. Me acerqué a él y lo abracé.

— Por favor, cuídalas — le susurré.

— Tranquila, las cuidaré. Tú cuídate y cuida a Rachel, es una chica increíble — me respondió al oído. Asentí y me alejé de él.

— Adiós — se despidió Rachel de todos antes de subirse al auto. Miré una última vez a mi hermana y a mi madre y sonreí. La pequeña agitó su mano y eso me llenó de alegría.

— Cuídate, enana, y no comas muchos dulces… te van a hacer mal.

— Está bien, hermanita — me dijo sonriente.

— "Hermanita" — susurré divertida y me subí al auto.

Rachel arrancó y comenzamos a andar. Giré mi cabeza para ver como sus pequeñas figuras volvían a entrar a la casa. Soltando un leve suspiró volví mi vista al frente. Miré a Rachel y ella aún seguía sonrojada. Sonreí.

— Así que… le estás agradecida porque me trajo a este mundo — me burlé en tono divertido. Ella se sonrojó más aún.

— Bueno… sí, porque si no lo hubiese hecho…

— No te hubiese conocido, no me hubieses conocido… no sería completa y tontamente feliz en este momento.

Ella me miró y detuvo el auto. La miré extrañada, entonces se acercó a mí y me besó desesperadamente. Gruñí por lo bajo ante aquella excitante manera de besar. Giré hacia ella y la tomé de la cintura, para con un simple movimiento subirla sobre mí.

— No, Quinn… — susurró agitada sobre mi boca.

— Cállate — la interrumpí y volví a reclamar sus labios.

Mis manos se volvieron un poco traviesas y se metieron debajo de su remera, para acariciar su suave piel. Gimió levemente, haciéndome saber que deseaba eso tanto como yo.

— No, no, estamos en un auto, Quinn… ya para… no… espera… diablos.

Hice oídos sordos a sus peticiones y la tomé de las caderas para acercarla más a mí. El dolor que se había producido en mi ingle, fue provocado por ella. Entonces lo iba a pagar, dándome lo que yo quería en este auto, si es preciso.

Tomó mi rostro con sus manos y logró alejarme de su boca. Me miró fijamente a los ojos. Sonreí mostrándole una agitada sonrisa.

— ¿Por qué no me escuchas? — me preguntó.

— ¿Por qué no me besas? — le pregunté.

Levanté mi mano y la tomé de la nuca para acercarla rápidamente a mí. Al parecer toda su cordura saltó del auto, porque sus manos pasaron a mi nuca y me acercaron más a ella. Coloqué mis brazos alrededor de su cintura, abrazándola más a mí. Cómo necesitaba estar cerca de ella, cómo me gustaba estar así de cerca.

Un celular comenzó a sonar, ella se alejó agitada de mí e intentó volver al asiento de al lado, pero la detuve y la volví a besar. El celular dejó de sonar, pero al instante comenzó a hacerlo de nuevo. Ella se volvió a alejar y, esta vez, se escapó de mí. De manera agitada se sentó de nuevo en su asiento. Metí la mano en mi bolsillo y saqué mi celular, era Ben.

— ¿Ben? — gruñí extrañada al atender.

— Oye, ¿están bien? — me preguntó.

— Sí, ¿Por qué?

— Porque el auto está detenido ahí justo en la salida, pensamos que se les había quedado o algo, ¿necesitan ayuda? —No pude reprimir una risa, y miré a Rachel.

— No, Ben, tranquilo, estamos bien. Ya nos vamos, sólo nos detuvimos unos segundos porque… — miré a Rachel y ésta me miró para luego ponerse roja — Porque estábamos viendo a dónde ir ahora.

— Bueno, entonces no pasó nada — dijo Ben con tono divertido — Tu madre dice que por favor, cuando termines de hablar con tu padre, la llames.

— Dile que lo haré sin falta —colgué.

Rachel colocó sus manos sobre el volante y comenzó a manejar de nuevo. Sonreí sin que me viera, y luego dirigí mi mirada a ella.

— ¿En dónde nos habíamos quedado, cielo? — le pregunté y estiré uno de mis brazos para tocarla, ella al instante se salió.

— No me toques, pervertida — protestó sin dejar de mirar al frente.

— ¿Pervertida yo?

— Sí, la más pervertida del mundo. ¿Cómo… cómo se te ocurre hacerme una cosa así?

— Discúlpame por ser una pervertida, pero en este caso la culpa la tienes tú, ¿Quién diablos te mandó a ser tan deseable?

Ella sonrió por lo bajo, pero aun así no me miró. Guardé silencio, mientras que nos íbamos alejando más de aquel campo y salíamos por la ruta para llegar a la ciudad.

— ¿Por qué tuvimos que volver? — me preguntó. La miré y solté un suspiro.

— Mi padre… sabe dónde estoy. Entonces ahora voy a ir a decirle que todo se terminó y que sus amenazas se las puede meter en donde no le da el sol — gruñí bastante contenta por aquella idea.

— Voy contigo — afirmó.

— No, Rach — le indiqué y me miró — Fue muy claro conmigo cuando me dijo que fuera sola.

—Quinn, eres demasiado impulsiva a veces… tal vez te descontroles y… a pesar de todo es tu padre — me dijo con preocupación.

— Tranquila, cielo — susurré y tomé una de sus manos, haciendo que me mirara — No voy a hacerle nada al infeliz.

— ¿Me lo prometes?

— Te lo prometo —besé la palma de su mano.

Más rápido de lo que esperé Rachel se detuvo frente a la gran mansión de mi padre.

Solté un suspiró y la miré.

— ¿Estás segura de que no quieres que me quede contigo? — me preguntó. Sonreí por lo bajo.

— Rach, todo va a estar bien —Suspiró y me miró a los ojos.

— Está bien, te dejo aquí. Yo tengo que ir a ver a Leroy y luego a mi otro padre… sino después se ponen insoportables —Acaricié su mejilla.

— Ve tranquila, saluda a Leroy de mi parte… y dile que tal vez considere el volver a trabajar los sábados — dije divertida. Ella me miró desaprobadamente — ¿Qué? ¿Acaso no te gustaría?

— No, no me gustaría — La miré sorprendida.

— ¿Por qué?

— Porque no quiero verte babeando por las flacuchas esas que tiene mi padre como modelos —contestó celosa.

— Por la única que he estado babeando últimamente es por ti, cielo — me acerqué a ella y la besé despacio para luego alejarme — A la noche te llamo… quizás podemos salir a comer algo o al cine y luego…

— Y luego nada — me interrumpió.

— Pero mañana no tenemos Universidad — suspiré al instante.

— No me importa… ¿tú crees que a mí me gusta estar así todo el tiempo? — preguntó. La miré fijo, y asentí levemente con la cabeza — Ya bájate… y, por favor, no hagas locuras, Quinn, prométeme que no vas a ponerte loca.

— Juro, Rach, que no voy a hacer nada malo —Ella sonrió y me besó cortamente — No, uno así de cortito no, ¿Sabes cuantas horas estaremos alejadas? Yo necesito un beso más largo para no desesperarme.

Mordió su labio y se acercó de nuevo a mí. Su boca se movió suave sobre la mía, mandando sensaciones que nunca había sentido sobre mi cuerpo. Se alejó despacio pero se mantuvo cerca.

— Ahora sí, ya puedes irte — susurró.

— Te juro que no tengo ganas de hacerlo — le confesé. Sonrió y se alejó completamente de mí.

— Vamos, cielo, ve, tu padre te está esperando.

— Está bien, adiós — la besé otra vez y me bajé del auto.

Cerré la puerta y la miré. Me sonrió de manera dulce y luego arrancó para dejarme allí parada mirando cómo se alejaba.

Solté un suspiro y giré para enfrentar la casa de mi padre.

Aquel hombre que era mi padre, aquel hombre que me dio la vida, pero al mismo tiempo aquel hombre que hizo de la mitad de mi vida un infierno. No solo la mía, sino que la de mi madre también.

Ese hombre que sólo podía tener odio de mi parte, vergüenza, decepción. Yo no podía sentir otras cosas por él, nada de nada. Respirando profundamente comencé a caminar hacia la puerta, toqué el timbre y esperé a que alguien me abriera.

— Buenos días, niña Fabray — me saludó Bertha cuando abrió la puerta. Ella era la encargada de limpiar la mansión.

— ¿Qué tal, Bertha? — la saludé y besé su mejilla.

— Bien, niña —me miró con algo de preocupación — Su padre la espera en el despacho.

— Gracias —entré del todo para empezar a caminar hasta el despacho. Hacía ya tres años que había dejado esta casa, nunca me había gustado vivir aquí. Por el simple hecho de que siempre me recordaba el sufrimiento de mamá. Me acerqué a la puerta del despacho.

— Pasa — escuché su voz.

Abrí y él estaba sentado en aquella inmaculada silla. Su mirada estaba fija en unos cuantos papeles que tenía en las manos. Levantó su vista hacia mí y una sonrisa hipócrita se dibujó en su rostro.

— Me alegro que hayas venido, hija, por el bien de los que quieres.

Lo miré fijo por unos cuantos segundos, no puedo entender como alguien así puede ser mi padre. Cómo mi madre pudo amar a esta basura.

—Ya no más, Russel —Él sonrió de costado y se acomodó mejor en su silla.

— Creo que va a ser mejor que pienses en el bien de tu madre— me habló.

Ahora yo sonreí de la misma manera torcida y perversa que él.

— Ya no puedes hacerle daño — le aseguré. Su sonrisa se desvaneció lentamente.

— Dime — rugió mientras se ponía de pie – ¿Qué te llevó a tu madre? – no contesté y sólo me dediqué a mirarlo fijamente — Sé que esa jovencita con la que estás últimamente consiguió el número de tu madre.

— No es ninguna tonta, ya sé que intentaste manipularla ayer, no te funcionó ¿verdad? – reí levemente — Ella no es como las demás. Ya no tienes poder sobre mí. Se terminó.

Se puso de pie y salió de atrás de su escritorio. Se acercó a la biblioteca y comenzó a mirar los libros que allí estaban. Él podía llegar a ser tan cínico, tan frío… tan distante.

Luego de que mamá se fue aprendí que lo único que podía recibir de Russel Fabray eran órdenes y amenazas. Se giró a verme y volvió a sonreír.

— Voy a demostrarte que puedo ser generoso, Quinn –volvió la mirada a los libros – Tienes un poco de tiempo para jugar a 'la casita' con la ramera de tu madre.

— Bastardo – lo interrumpí — Ella no es una ramera.

— No me interrumpas, hija, sabes que no me gusta – respiré profundamente tratando de no perder el control – Como te decía, tienes un tiempo para jugar a 'la casita' con tu madre y divertirte con esa muchachita.

— Sabes que ya no es cuestión de tiempo, se terminó, Russel, ya no más amenazas estúpidas y ese tipo de cosas —Volvió su vista a mí, se notaba que ya estaba perdiendo la paciencia.

— ¿Sabes? Sé a qué jardín va Elise – me paralicé y mi cuerpo se tensó – Es una niña muy linda, se parece a tu madre. Le gustan mucho los dulces, ella me lo ha dicho.

— Gusano — musité por lo bajo.

— Por eso mismo, hija, piénsalo bien, hija, no me molesta que estés con la hija de Berry, una pequeña diversión no te viene mal, pero lo mejor va a ser que dejes de la loca idea de estar cerca de tu madre y de ese infeliz – sonreí ante la forma en que llamó a Ben.

Reí divertida y él me miró con furia.

— Padre, padre, padre — suspiré calmando mi risa — No sé si has visto a tu alrededor últimamente pero, si no, aquí tienes una noticia: YA NO ME CONTROLAS, NI ME CONTROLARÁS.

— No estés tan segura de eso — dijo apretando los dientes.

— Puedes meterte tus amenazas en donde más se te acomoden.

— Puedo hacerlo mucho mejor, hija, te sorprenderías.

— ¿Sabes? — lo ignoré sin dejar de sonreír — He visto cómo está mamá y debo decirte que alejarla de ti ha sido lo mejor que has podido hacer en este mundo. Así que, sin rencores... papi, todo está bien. Ben le ha dado todo lo que tú jamás pudiste darle en la vida – lo vi ponerse rojo del coraje, y eso me llenó de satisfacción – Cuidado, papá, creo que estás a punto de tener una embolia. Cuídate, ¿sí?... ya estás viejito, no debes pasar corajes.

Quise echarme a reír ante su notorio enojo, traté de controlarme, pero es que juro que se me hace imposible. Este infeliz tiene que pagarme una y cada una de las que me. ha hecho.

— Ten cuidado, hija mía — me amenazó con toda la calma posible, mientras me miraba fijamente. Mi mandíbula se tensó — Mide tus palabras… no querrás que algo le pase a tu nueva dama de compañía ¿o sí?

Y esa fue la gota que rebalsó el vaso, rápidamente me acerqué a él tomándolo de la camisa para acercarlo a mí.

— Escúchame bien, maldito infeliz — le hablé entre dientes sin dejar de sostenerlo por la camisa. Sus ojos se clavaron en los míos — Dejaré de lado el motivo de tener tu maldita sangre si le tocas un pelo a Rachel, no voy a dudar en acabar contigo.

— Te importa de verdad — susurró como si acabara de descubrir lo mejor de su vida.

— Entendiste, ¿verdad? No juegues conmigo, Russel, ya no tengo 9 años. Y lo único que siento por ti es desprecio, así que mejor no me busques — lo solté bruscamente y salí de aquel despacho antes de acabara con la poca paciencia que me quedaba.

Cuando estuve afuera de la casa, pateé lo primero que estuvo delante de mí. El tacho terminó en medio de la calle con toda la basura esparcida.

Intenté calmarme, pero se me estaba haciendo imposible. De verdad, pero de verdad si a él se le ocurre hacerle algo a Rachel, lo mataré. Solté un suspiró y decidí calmarme del todo. Comencé a caminar y luego de unos cuantos minutos llegué a mi casa, necesitaba dormir un poco, pensar, despejarme. Abrí la puerta y al instante mi prima salió de la habitación.

— ¡Hola! — saludó con una sonrisa de oreja a oreja. Se acercó a abrazarme, al instante se alejó de mí y me miró bien — Oye, ¿Qué te pasa? ¿Acaso vas a decirme que arruinaste todo con Rachel y pelearon? — no pude evitar sonreír.

— No, no peleé con Rachel — respondí en un suspiro.

— ¿Entonces? ¿Por qué esa cara horrible? — preguntó. Le estaba por decir algo, pero me interrumpió con un pequeño gritito – Quiero que me cuentes, quiero saberlo todo... todo ¿Qué pasó con Rachel? ¿Por qué durmieron juntas? ¿Cómo te sientes? ¿Estás enferma? ¿Sabes lo que haces verdad? — volví a reír.

— Sí, sé lo que hago, todo está bien. Anoche me di cuenta de que todos tenían razón, yo estoy loca por Rachel, la quiero, no puedo evitarlo.

Brittany llevó sus manos a su pecho y puso su mejor cara de tonta emocionada, apretó los labios como si evitara llorar y luego volvió a gritar. Me alejé un poco de ella.

— Aaay, muero, te juro por Dios que me muero aquí mismo. No puedo creerlo, esto es increíble. Al fin, primita – sonrió y apretó mis mejillas.

— Ya, ya — renegué alejándome de su molesto agarre.

— Te quiero, prima — me volvió a abrazar. Sonreí y le respondí el gesto.

— Yo también te quiero, tonta — Se alejó de mí y soltó un suspiro. La miré bien, percatándome de que estaba bastante arreglada — ¿Vas a salir? — ella se sonrojó instantáneamente y ahí supe que ella saldría con Santana — Oh, vas a salir con Santana.

—Bueno yo… ella me invitó al… cine y bueno, creo que ya es hora de… de hacerle un poco de caso. La pobre ya me estaba dando pena —habló nerviosa.

—Mentira tonta —dije divertida y la empujé levemente —Te mueres por ella, admítelo.

—Bueno sí, me gusta —aceptó haciendo un leve puchero y mirando al suelo —Así que… no me esperes hoy, no vendré.

—Está bien… al fin podré dormir en mi cama —golpeó levemente mi brazo —Ya, sólo bromeo. Me voy a bañar y a dormir un rato.

—Está bien tontina, adiós —se despidió y besó mi mejilla.

Me dirigí a mi habitación y me tiré en la cama. Tomé mi celular y busqué su número.

Sonó una… sonó otra.

— ¿Cómo te fue con tu padre? —preguntó al atender.

—Primero que nada, hola cielo ¿Cómo estás? Te extraño —escuché su risa.

—Hola cielo, ¿Cómo estás? Te extraño.

Sonreí y me senté en la cama para buscar un poco de ropa ya que iba a entrar a bañarme.

—Bien ¿y tú Rach? —pregunté.

—Bien, acabo de salir de lo de Leroy, ahora voy a lo de Hiram.

—¿Vas a tardar mucho? Quiero verte.

—Quizás no podremos vernos hoy, Quinn —detuve mi búsqueda de ropa y me paré bien.

— ¿Por qué no? —gruñí como una niña al que no quieren comprarle un juguete nuevo.

—Porque papá hará una cena y seguro quiere que me quedé.

—Rachel, no me hagas esto —supliqué.

—Pareces una niña pequeña, rubia —negó divertida.

—Está bien, déjame sola, no te necesito —colgué y me dispuse a buscar la ropa.

Mi celular comenzó a sonar y sonreí al ver que era ella. Esperé unos segundos antes de atender.

—¿Por qué me cortas? ¿Acaso de verdad eres una niña? —preguntó enojada. Sonreí.

—No me extrañas, es eso —rezongué.

—Tonta, eres una tonta, te comportas como una tonta. ¡Claro que te extraño! ¿Acaso crees que no me muero de ganas de besarte en este preciso momento? —sonreí como una boba mientras entraba al baño.

—¿Quieres besarme? —pregunté.

—Claro que quiero besarte —susurró.

—Yo quiero hacerte otras cosas —susurré con voz profunda.

—Quinn —se quejó divertida.

—Entonces, ¿no vas a venir? —pregunté esperanzada con que me dijera que si iba a venir.

—Hagamos una cosa, apenas salga de ahí te llamo y vemos si vamos al cine y tomar algo ¿quieres? Así de paso hablamos de tu padre.

—No, no quiero hablar de él —aseguré.

—Vamos amor, te hará bien —sonreí levemente.

—Está bien, llámame por favor.

—Te llamo, adiós —se despidió y colgó.

Tuve que haberle dicho que la quería pero ¿si es muy rápido? No, no es rápido, es sincero y real, cuando la vea se lo digo. Me duché y luego me puse mi pijama de ovejitas de dormir para tirarme boca abajo en mi cama, estoy tan cansada, necesito dormir un poco. Mis ojos comenzaron a cerrarse de a poco, hasta que todo estuvo totalmente oscuro.

Una sensación dulce recorrió mi espalda, era algo así como una suave caricia… pero de labios. Me moví un poco para alejar el escalofrío que me atravesó. La caricia o beso, no estoy segura, volvió a repetirse, pero esta vez más arriba. Seguro estoy soñando y sólo debo seguir durmiendo. Comenzó a ser más repetitivo y más dulce que antes.

—Hueles a jabón de fresa… eres tan hermosa —escuché su voz.

Me senté rápidamente en la cama y me giré a verla. Seguro que yo estoy soñando y en cualquier momento voy a despertar para estar sola.

—¿Cómo entraste? —le pregunté mientras la miraba bien, para ver si era real. Sonrió y levantó su mano mostrándome las llaves.

—Se las robé a Britt —Sonreí bobamente.

—¿Tú me estabas besando la espalda? —pregunté.

—Ajam —reconoció asintiendo —Y hueles tan lindo.

—¿Qué pasó con la cena de tu padre? —curioseé intentando averiguar si era un sueño o no.

—Te mentí —confesó mordiendo sus labios —Quería darte una sorpresa, parece que funcionó ¿Qué te pasa por qué tienes esa cara?

—Porque creo que estoy soñando.

—No, no estás soñando Lucy —repuso divertida y levantó su mano para acariciar mi mejilla.

Cerré los ojos ante el contacto de su piel.

—Ven aquí —la tomé de la nuca para acercarla a mis labios.

Su boca se movió sobre la mía de manera apasionada, mientras colocaba sus brazos alrededor de mi cuello y se acercaba más a mí. La tomé de la cintura y la subí sobre mí.

Su ropa comenzó a estorbarme cuando sentí la terrible necesidad de sentir su piel contra la mía. Nuestras lenguas se mezclaron y ella gimió levemente enterrando sus manos en mis cabellos.

Subí una de mis manos hasta los primeros botones de su blusa.

—No… no… no… hoy no —suplicó agitada alejándose de mi boca.

—Sí, por dios —musité y volví a besarla.

—No Quinn, no vamos a hacer eso en donde yo comienzo arriba y termino abajo, mañana tengo que ir a lo de mi padre. Además de que Rose viene por la mañana y que... que espanto que nos vea — renegó cuando se volvió a alejar.

—Tu prudencia solo me excita más, amor —ignoré sus palabras con una leve sonrisa.

Sus ojos se abrieron bien y me miró como si acabara de decir algo que no entendió.

—¿Cómo dijiste? —preguntó. Sonreí y la acerqué un poco más a mí, rozando sus labios.

—Que te niegues sólo hace que te deseé mucho más —susurré.

—No, lo otro —musitó. Sonreí para mi misma… ella quería escucharlo de nuevo.