Hola a todxs!
Toca capítulo par, así que ya sabéis qué significa eso, jajajaja.
Pues nada, después de la pequeña pausa estamos de vuelta. Me ha resultado muy productivo este tiempo, me he podido permitir el lujo de releer prácticamente todos los capítulos del principio (necesitaba hacerlo para las correcciones y revisiones que también he hecho). Por mi parte estoy bien en general, covid-free, no PCR y bastante en forma para qué negarlo, jajaja, no hay queja posible ;) Estoy descansada y tranquila, de verdad, os agradezco la preocupación porque sois un encanto y no esperaba esa reacción vuestra tan cariñosa, jajaja, se os quiere bastante, creedme.
Y ahora os respondo a vuestros mensajes del anterior capítulo :)
Luna de Tabantha, muchas gracias! Pues sí, simplemente fue una semana complicada en la que no pude publicar como siempre, aunque entiendo haber causado preocupación (y luego me arrepentí muchísimo de no avisar para evitarlo). Habrá que entender qué pasa con Kahen, por ahora sólo tenemos algunos datos: una prueba en sus aposentos y poco más. Un abrazo, espero que estés muy bien :)
ElenaGilbert24, mi relectura de estos días me ha servido para ver un poco a grandes rasgos cómo he conseguido evolucionar esa relación, y creo que de todos mis fanfics, no sé si mejor o peor, pero es la que más he trabajado, jajaja. Respecto a la tecnología sheikah, decidí no introducirla en esta historia, sí que hay investigaciones arqueológicas y demás, pero la tecnología no está en descubierto del mismo modo que en BoTW, lo imagino como algo mucho más primario y aún no he decidido si terminaré dándole cabida o no. Siento mucho haberte preocupado, la próxima vez seguro que aviso para evitar que pase de nuevo. Un abrazo, cuídate! :)
Ai Biam, muchas gracias por la comprensión :), aun así la próxima vez avisaré si no puedo publicar, porque sé que estáis pendientes y no quiero que haya otra vez preocupación o dudas. Imagino a Link hablando con Zelda de las setas e iniciando un incendio allí mismo, jajajaja, en mi opinión ella ha sido prudente en ocultarle (al menos de momento) esa información. Me alegra muchísimo leerte de vuelta por aquí, que yo también me preocupo cuando estáis un tiempo sin aparecer, aunque también lo comprendo :) Un abrazo!
Vivi-ntvg, aún tenemos pocos datos sobre cuál es el objetivo de Kahen (si es que es cosa de él lo del envenenamiento). Exacto, has dado en el clavo, ella no debe contar a nadie lo del veneno hasta no saber de verdad qué significa, porque si abre la boca antes de tiempo, Link seguro que reaccionaría de un modo brusco como ella sospecha.
Generala, podría ser Ganondorf, Kahen… aún faltan datos. Confieso en que para diseñar esta "hermandad" entre Kahen y Zelda me inspiré en "Zelda II: The adventure of Link".
Linkzel, de nuevo, gracias por preocuparte, y lo dicho, avisaré la próxima vez :) Pues tienes razón, creo que has descrito bastante bien la personalidad de Kahen, tal vez eso sea una pista en sí misma :) He estado tentada de dejaros a todxs una explicación más amplia, pero si lo hago podría estar soltando spoilers (no sólo de Kahen, sino más cosas que podrían pasar), así que de manera velada he dado una pista en mis comentarios, pero sin el detalle que os había escrito en un principio, jajaja. Vuestros reviews me dan muchísima fuerza, de verdad :) y por suerte como he dicho estoy muy bien, no sólo física sino también mentalmente. Un abrazo! Cuida't molt!
Un abrazo, cuidaos y disfrutad del finde!
-Juliet
32 Independencia
Aunque estábamos en el Bastión Norte, la ventana de nuestra cámara tenía la mala suerte de dar al Este. Así que las pestañas de los ojos cerrados de Zelda se volvieron doradas con el primer rayo de sol.
Quise levantarme para cerrar los postigos, pero ella gruñó sin abrir los ojos y atrapó mi brazo para envolverse con él. No sé si estaba enferma. En ese momento no parecía enferma, pero la noche anterior...
—Hola, orejotas... —susurró, con la voz ronca de sueño.
—Zelda, ¿cómo-
—Estoy bien. Siempre que pueda estar así como ahora estaré bien, te lo prometo.
La verdad que no sabía qué decir, tenía la sensación de que algo no iba bien, pero claro, habían pasado tantas cosas en tan poco tiempo... La Torre Negra de Ikana, el ataque al Nido y a Ocaso, el kandar de Hyrule, el tío Kevan... Era todo muy confuso, como si hubiera vivido años en unos pocos días. Ella estaba como dormida pero inquieta, como si aún tuviera un pie en sus sueños y el otro en el mundo real.
—Link, no vas a dejarme, ¿verdad?
—¿Qué?
—Nuestro matrimonio, no sé qué hablaste con padre y Kahen.
Como aún estaba medio dormida pensé en soltar alguna broma como hacía ella a veces, pero por la forma en la que se acurrucaba conmigo, entendí que no era un buen momento para bromear.
—Nunca.
—¿De verdad?
—Sí, de verdad.
—Ni aunque atacasen otra vez el Nido o tú tengas que ir a la guerra.
—Nunca, te lo juro.
Besé su cabeza y noté como si ella respirase otra vez. Yo también respiré al decirlo en voz alta.
—Gracias —susurró, y se relajó hasta quedarse dormida otra vez.
Más tarde me levanté, antes que ella, pero la esperé y di tiempo para que durmiese más rato y decidiese dejar la cama cuando le apeteciese, por si de veras estaba enferma o le pasaba algo.
Esa mañana desayunamos juntos, en el salón que había en la parte de castillo que el rey Rhoam nos había cedido. La mesa era tan larga como para albergar a dos veces mi familia, pero nosotros nos sentamos juntos en un rincón, el más próximo a la chimenea. Ella me contó que se había ausentado el día anterior con Gae para hablar sus cosas de hermanos, que apenas habían tenido tiempo de estar juntos y así ponerse al día de todo. Yo le hablé de mi encuentro con el rey y su otro hermano. Fue algo insulso y aburrido, el rey no me puso en una encrucijada ni me pidió que le devolviese la mano de mi mujer ni ninguna de esas ideas que a veces me atormentaban. Tampoco fue ocasión para que el príncipe Kahen me echase en cara el conflicto con el Oeste, ni me atacó por haberle disparado una flecha. Fue... aburrido. El rey Rhoam me pidió mi opinión sobre el kandar de Hyrule (no lo llamó así). Por ser educado no le dije que me pareció una gran pérdida de tiempo en la que un montón de tipos raros y remilgados se quejaban sobre el poco oro que había en sus bolsas (en eso sí se parecen a los bárbaros), así que me limité a decir que esperaba que pronto localizásemos a los enemigos, es todo. Y entonces el príncipe Kahen empezó a hablar sobre planes e ideas que se le habían ocurrido, sobre cómo abarcar el problema.
—¿Qué planes e ideas? —preguntó Zelda, mientras mordisqueaba una fresa lo mismo que un pájaro picotea la fruta de un árbol.
—Quiere enviar tropas aquí y allá. No sé, no conozco bien la geografía de tu país.
Ella frunció el ceño y se quedó dándole vueltas a lo que acababa de contarle.
—¿Te parece mal? —robé una fresa de su plato para comérmela entera porque de sólo mirar me estaba apeteciendo y me desesperaba verla comer tan despacio.
—No, no es eso.
—Llegó ayer un halcón con un mensaje de Lord Tyto. Todos están bien y a salvo. Mi padre también está más recuperado y con la ayuda de los orni están levantando Ocaso otra vez.
—Me alegro mucho —sonrió, y estiró la mano para quitarme una semilla o algo que había en mi cara.
—Tu padre me preguntó si quería dirigir mi propia expedición por Hyrule.
—¿Con Kahen?
—No. Quieren formar varios grupos, cada uno con un líder. Podría elegir mi propio grupo, eso dijo tu padre.
—Y como todo está bien en el Oeste estás considerándolo... —intuyó. Los ojos le brillaron un poco. Le agarré la mano.
—No tengas miedo. Yo tampoco sé si lo mejor es dejarte atrás.
—No soy una inútil, sabes que si es necesario puedo defenderme.
—En fin, Fridd y Ardren tendrán que evaluar si estás preparada o no para eso.
—¿Fridd... y Ardren? —sus ojos se movieron como buscando millones de respuestas a eso. Me hizo dar una carcajada, no podía aguantarlo más.
—¿No te ríes de esto? Tú que siempre te ríes de todo lo más raro...
—Link, no tiene gracia, esto es serio —me soltó, haciéndose la ofendida —de todas formas padre jamás me dejaría ir con una tropa a ningún sitio.
—No olvides la lección dos sobre Hyrule.
—La lección dos...
—Tendrás que decidir.
Recobró la sonrisa y fue como si hubiera salido el sol por segunda vez.
—Entonces sabes que tengo clara la decisión.
Justo en ese momento aparecieron los imbéciles de mis amigos, y me arrebataron la oportunidad de seguir un rato más a solas con Zelda.
—Capitán, ¿podemos hablar? —preguntó Fridd.
—Estamos hartos de estar aquí —insinuó Ardren, con una sonrisa burlona. Fridd le dio un codazo en el estómago.
—Os dejo hablar tranquilos, yo ya he terminado el desayuno —Zelda se levantó y soltó la servilleta sobre la mesa —he de buscar a Impa.
—No, alteza, por favor —dijo Fridd, haciendo aspavientos con las manos —podemos esperar, sentimos haber interrumpido.
—¿Otra vez con lo de alteza? —resopló y nos dejó a solas.
Fridd y Ardren se sentaron a apurar conmigo los restos del desayuno.
—Link, estamos hartos de estar aquí —repitió Ardren, esta vez con la boca llena —no estamos aportando nada y el tiempo vuela.
—Ni que dormir y comer hasta que puedas hartarte fuese un castigo...
—No es eso. Es que-
—Lo sé. Yo también estoy harto —admití —pero se trata de la familia de Zelda y es descortés marcharnos cuando nos parezca. Además, el rey Rhoam me ha ofrecido participar en sus planes.
—¿Qué planes?
No les adelanté mucho, eran un par de bocazas. Sólo les dije que dejaríamos al fin el lujo y la tranquilidad del castillo de Hyrule. Ya no tendrían que preocuparse de poner buena cara aunque estuvieran cansados, podrían volver a vestir sus pieles y Fridd respiraría al fin. Se iba a morir de sed con tal de no beber de las copas metálicas del castillo para evitar el mal fario.
La verdad es que no tenía claro el rumbo. Qué diablos. Sí lo tenía claro, pero me asustaba admitirlo. Me asustaba ceder a mis deseos personales. Hatelia era una región de Hyrule como otras, así que, si por una casualidad decidía ir allí a investigar, estaría cumpliendo con el plan de rey y el príncipe. Y podría conocer a mi familia. No era un deseo tan egoísta, estaría cumpliendo lo prometido.
Me dirigí al salón en el que debía dar respuesta al rey de Hyrule. Él había decidido buscar a varios capitanes que liderasen la misión de dar con los ejércitos enemigos, de escudriñar cada rincón del reino. Decidí que no hablaría sobre mis preferencias, mi experiencia con los líderes de las montañas me había demostrado que enseñar mis intenciones antes de tiempo podía ponerlas en peligro. Eso es, esperaría y si nadie viajaba a Hatelia entonces podría ofrecerme voluntario para esa misión.
El salón me pareció vacío, tardé rato en darme cuenta de que sólo había alguien más esperando, junto a una de esas enormes ventanas con cristales de colores que había por todo el castillo. Mierda. Era el tipo gerudo.
—Príncipe Link —saludó, con una reverencia.
—Es capitán Link.
—Príncipe Link. Sois príncipe consorte, no lo olvidéis.
—Ya. No lo olvido. ¿Qué tal os va, príncipe Ganondorf?
—Ah. Mi título sí que está obsoleto —sonrió —Ganondorf a secas estaría mucho mejor.
Forcé una sonrisa. Estaba harto de las formalidades extrañas. En el Oeste, la gente te llamaba por tu nombre, es todo. Sólo conocía a un bárbaro obsesionado con los títulos, el imbécil de Kruu, que obligaba a sus hombres a llamarlo "jefe Kruu". Cierto que a mí me solían decir capitán Link, pero era algo casi vulgar, no es que la gente se forzase en seguir un protocolo cuando lo decían.
—Ni rastro de vuestros enemigos —prosiguió. Hablaba mucho, no era la primera vez que lo había observado —parece que se los ha tragado la tierra.
—Sí, eso parecía también en el Oeste, hasta que salieron de su escondrijo y lo hicieron todo pedazos.
—Os envidio.
Lo miré por si se estaba burlando de mí y sin querer me llevé la mano al cinto. No tenía espada, lo había olvidado.
—¿Envidiáis el desastre que Ikana ha dejado en mi tierra?
—No, eso no —sonrió, sin despegar los ojos de la cristalera de colores —sois muy afortunado en muchos sentidos. Pero suele ocurrir que la fortuna sonríe al más inconsciente. Porque vos ni siquiera sois consciente de vuestra suerte. Os centráis en un detalle, como ese ataque al Oeste.
—Claro, un detalle...
Definitivamente era un imbécil. O estaba trastornado. Puede que ambas cosas.
—Un ataque es algo pasajero —prosiguió —un pueblo fuerte sabe cómo levantarse y curar sus heridas. Siempre que siga siendo un pueblo.
Asentí sin decir nada. Si él supiera... la guerra ya se había llevado muchas cosas, y aún podía llevarse muchas más.
—Seguís sin comprender vuestra fortuna —volvió a sonreír, y me miró un instante, antes de volver la vista a la ventana —vuestra fortuna, príncipe Link, es algo anormal. Parece como si alguien, adrede, jugase con los hilos de las vidas de las personas en el mundo y los colocase en el lugar y en el instante oportuno. Algunos, como vos, son los afortunados, los tocados por las diosas. Otros, como yo, por algún motivo que no alcanzo a comprender, jamás conseguiremos nada. No importa lo que luchemos, lo amables que intentemos ser, lo fuertes, lo persistentes... no importa. Nunca llegaremos a conseguir nada, sólo porque parece que el destino se empeña en truncar nuestra meta una y otra vez. Y... creedme: es triste y agotador. Y cuesta sobreponerse a esa realidad.
—Veis la realidad de una forma muy oscura. Vos no sois un desgraciado, según veo. Sois joven y fuerte, un guerrero. La mayor parte de los tipos que han venido a este kandar no han tocado una espada en su vida. Y tenéis un pueblo fuerte, de mujeres guerreras. Os siguen y os son leales. No todo el mundo en Hyrule es así, en la Ciudadela he visto a gentes durmiendo en las calles, envueltos en harapos. Es muy extraño, no se me ocurre cómo un país tan rico puede dar lugar a algo así. En el Oeste, el que no tiene nada se hace cazador, vive de los bosques. Es mejor que estar tirado en el suelo de una gran ciudad como un perro enfermo.
—¿No hay pobreza en el Oeste? Vaya, qué utopía...
—No es que no haya pobreza. Es que tampoco hay gran riqueza, no como aquí. Y el que tiene menos también es feliz. Nadie aspira a vivir en un castillo como este. De hecho, los que tienen más suelen ser peores.
Como el ávaro de Kruu y su tropa de saqueadores de oro. Claro que ese detalle me lo guardé. Nunca hablaba de tensiones internas con extranjeros, y menos con un tipo tan raro como él.
—En el Oeste hasta el más pobre es feliz porque es un pueblo independiente.
—No entiendo...
—Vuestra fortuna, una vez más. Vuestro pueblo no ha sido aplastado por el puño del rey Rhoam, como el mío. Habéis persistido, tenéis menos recursos eso sí, pero seguís adelante sin tener que rendir cuentas a otro rey. Y vos mismo, a pesar de afirmar que no hay castillos en el Oeste, sois el dueño de uno.
—Bueno, es más bien una torre con una muralla, no vayáis a pensar. Da más trabajo que lo quita.
—Sois un señor, no pretendáis engañaros a vos mismo —dijo, con frialdad —y además un capitán guerrero, bastante hábil por lo que dicen.
—Nadie me ha regalado eso.
Parecía que estaba oyendo a Ardren... "capitán, qué manejo de la espada, ¡eres el elegido de Or!" Pero no hay regalo de Or, ni de las diosas. Yo había practicado horas incontables. Practicaba hasta que me sangraban las manos, hasta que no podía levantarme del suelo. Lo hacía con sol, lluvia y nieve, sin importar el día. Otros preferían estar en la taberna, o cantando canciones, como Ardren. Y lo del castillo... bueno, sí, pero también tenía responsabilidades y dolores de cabeza que no tenían otros.
—Decidme, príncipe Link, ¿qué habría pasado si el Oeste no fuese independiente, si hubiese tenido que rendirse al rey Rhoam?
—No lo sé.
—Desde que nací, me he esforzado mucho, cada día. Podría haber nacido un día cualquiera y las mujeres de la tribu me habrían enviado fuera de Ciudad Gerudo como a otros hombres y como es tradición. Habría sido comerciante, explorador, soldado... ¿Quién sabe? Pero nací bajo la luna de Din, en el octavo día del octavo mes del octavo milenio, cuando la estrella de la octava matriarca brillaba en lo alto del pico más alto de nuestra cordillera. Una señal. El odioso hilo del destino.
—¿Qué significa eso?
—Que yo debía gobernar la tribu. No suelen hacerlo los varones, a menos que nazcan en esas circunstancias. No se dan casi nunca, así que es algo raro y excepcional.
—¿Y eso no es fortuna?
Soltó una carcajada que retumbó en la sala vacía.
—Podría serlo. Pero resulta que para mi tribu, una tribu matriarcal, que gobierne un hombre es un símbolo de mal agüero. ¡Mal agüero! ¿Quién ve el nacimiento de un niño inocente como mal agüero? ¿Quién diablos elige cómo, cuándo y dónde nacer? Porque os aseguro que, si pudiera elegirlo, me cambiaría por vos hoy mismo...
—Nadie elige dónde nacer, pero sí qué hacer con su vida —dije, intentando sonar seguro. Aunque, por otra parte, entendía que la vida de alguien que nacía bajo un símbolo de superstición no debía ser fácil.
—...y mi pueblo. Ja. —apoyó el puño en la cristalera —lo único que las hacía sentir fuertes y orgullosas era que eran un pueblo, el pueblo Gerudo. Y ni siquiera pude conseguirles eso. En todo este tiempo no he podido conseguir nada que merezca la pena para mi gente, nada que aparte las supersticiones por siempre.
—Puedo entenderlo y lo siento, de veras.
—Intenté que un matrimonio nos garantizase un estatus, ya que no podíamos seguir siendo un estado aparte, al menos tendríamos una mejor posición que otras regiones de Hyrule. Así que en cuanto la princesa Zelda cumplió la mayoría de edad, me presenté formalmente para cortejarla. Pero ella es... ¿cómo decirlo?
—¿Difícil?
No me podía ni imaginar intentando competir con otros hombres para intentar cortejar a mi esposa. Habría sido el más patán de todos, sin lugar a dudas.
—No le gusto, es evidente. Nunca le gusté y eso me ponía las cosas difíciles. Pero creí que con el tiempo y la insistencia podría considerar mi propuesta, habría sido muy flexible con sus deseos. Y, además, creí que la estabilidad política convencería al rey. Pero ya no nos veía como una amenaza. Diosas, es que ni siquiera nos veía como una opción. Sólo éramos "un pueblo más", y eso nos restaba estatus frente a otros pretendientes, príncipes y reyes de países independientes.
—Estáis equivocado, Zelda ya había elegido a otro tipo. Ese príncipe Richard, me lo dijo ella misma. Así que no creo que eso que decís tuviese nada que ver.
—Y sin hacer nada, sin pasar por un cortejo, ahora es vuestra. Ni siquiera habéis tenido que pelear para conseguirla. Y vuestro matrimonio es lo que os asegura más si cabe la independencia del Oeste. Y todo por un estúpido accidente de caza. Un accidente... ¡el príncipe heredero herido por vos! Y el viejo Rhoam os la entrega en bandeja... Diosas... —rio, agitando la cabeza.
—Ella jamás me habría elegido a mí si hubiera intentado cortejarla.
—Pero os ama, puedo verlo. También sois afortunado en eso, vuestro matrimonio de conveniencia ha resultado ser una especie de regalo de las Diosas.
—No es un regalo, es difícil —dije, apretando los puños —intentamos cumplir con nuestra obligación. Y eso... no sé explicarlo mejor —resoplé —pero nos ha ido acercando.
—Y además no tenéis ni idea de cómo funciona el amor, interesante... —se burló.
Estaba seguro de que Zelda no le interesaba de un modo romántico, no era una amenaza para mí en ese sentido, pero verle tan frustrado conseguía darme lástima. No era mal tipo, y de veras que pensaba que era un guerrero válido e inteligente. Mucho más que otros de los que habían visitado el kandar de Hyrule.
—Príncipe Ganondorf, creo que os entiendo. Entiendo vuestro dolor y que todo lo que habéis hecho hasta ahora, es por vuestro pueblo. Pero sólo veis lo que queréis. ¿Sabéis? Or sólo puede ver por uno de sus dos ojos. Se arrancó el otro porque decía que a veces ver demasiado ocultaba la verdad, así es como puede impartir su justicia, mirando por un ojo sano y otro ciego, para recordarse que no todo es lo que parece. Vos sólo estáis mirando por el ojo de la apariencia, deberíais intentar mirar por el ojo de la verdad. Puede parecer que en mi vida es todo privilegio, o que todo ha sido fácil. Os engañáis a vos mismo. Del mismo modo en que os engañáis al creer que tenéis que hacer algo extraordinario para que vuestras mujeres os admiren. Seguro que ya lo hacen, aún recuerdo sus frías dagas en mi cuello, cuando os defendían en el poblado orni.
—Puede que en parte tengáis razón. Pero la rueda está girando desde hace tiempo. Ya es tarde para muchas cosas.
—¿Tarde?
—Pensadlo. Pensad en qué pasaría si el rey Rhoam se apoderase del Oeste, si fuese el rey de Fuerte Halcón y del Nido del Águila.
Iba a replicar, pero él pareció dar la conversación por zanjada.
Me costó mucho concentrarme en la reunión posterior, con el resto de capitanes, el príncipe Kahen y el rey Rhoam. No paraba de darle vueltas a lo que Ganondorf había dicho. Él estaba tan ausente como yo, asentía y sonreía, pero sus ojos no miraban nada que hubiera presente en la habitación. Sólo lo vi estremecerse un poco cuando el rey hizo una vaga mención a los poderes "intrínsecos" de su familia o algo así... la verdad es que yo tampoco entendí mucho a qué se refería con poderes intrínsecos. ¿No podía todo el mundo en Hyrule hablar como la gente normal? Diosas, tenía la sensación de que cada frase era un acertijo lleno de misterios.
Al final el príncipe y el rey ya habían decidido cómo dividir a las tropas para que fuesen en busca del enemigo. La región de Necluda cayó en manos de uno de sus capitanes de la guardia real, no hubo más que decir. A mí me asignaron la región de Akalla, a saber, cualquier sitio me habría dado igual porque en realidad no conocía ninguno. En Akalla había un castillo con una poderosa defensa, eso me dijo, y no temían demasiado por el enemigo, pero no estaba de más preguntar por si acaso. Dos enormes gorons viajarían con nosotros y... bueno, no le mencioné al rey mi intención de llevarme a mi mujer hasta el final de la reunión.
—Es del todo descabellado —dijo, torciendo el gesto, una vez nos quedamos a solas.
—Vos habéis dicho que esa región es segura.
—Más seguro es el castillo de Hyrule. Aquí estaría protegida por toda mi guardia personal, más las tropas sheikah. Estaría con su hermano pequeño, feliz y tranquila. Debéis mirar más allá, capitán Link, es importante que mantengáis la perspectiva.
—Mantengo la perspectiva. Ella ha visto a los espectros, puede ayudarnos a encontrarlos. Conoce Hyrule y me ha dicho que ha hecho muchas expediciones antes, para investigar. Llevaré a mis hombres, más los goron más esos soldados que vos nos habéis asignado.
—Lo desapruebo.
—Ella desea viajar conmigo, ya me lo ha dicho.
—Más vale que este viaje sea productivo —resopló el rey, aceptando a regañadientes.
—Enviaremos mensajes, nada malo pasará.
—Eso espero.
Partimos ese mismo día. Eso sí, dejé margen para que Zelda se despidiese de su hermano Gae, que se quedó con una especie de cara de desolación al saber que todos nos marchábamos y él tenía que quedarse allí sin remedio. El otro que se quejó hasta la saciedad fue Ardren, cuando vio que Impa no vendría con nosotros.
—¿Y a dónde va ella?
—Viaja con el príncipe Kahen.
—¿A dónde?
—Yo qué diablos sé... al bosque de no sé dónde.
—Diablos Link, deberías poner más atención a estas cosas.
Zelda volvió a su ropa cómoda de viaje, la que había traído del Nido, aunque vi que guardaba demasiadas cosas en su bolsa. Le insistí en que era mejor viajar ligeros, con lo imprescindible, pero la vi echar una especie de abrigo de pelo para la nieve, botas, un vestido... Diosas. Y lo peor es que no se llevó el camisón transparente, echó dos botas horribles forradas con piel que pesaban como una tonelada y no hubo espacio para el camisón.
—¿Por qué pones esa cara? ¿Es que no piensas hacer tu equipaje? —refunfuñó.
—Ya lo he hecho.
Miró hacia la cama, donde estaba mi mochila de viaje.
—¿Sólo esa bolsa diminuta? ¿No llevas nada de abrigo? ¿Y si hace frío? En Akalla a veces hace frío, nieva en primavera. Está muy al norte. Eres muy friolero y te vas a arrepentir.
—Ya pensaré algo. Siempre que te vas a explorar por ahí... ¿llevas tantas cosas?
—No, no las llevo. Pero no sabemos cómo de largo puede ser este viaje y prefiero ir preparada, no como tú.
—Sabes que yo puedo estar bien sólo con mis pieles, de hecho, las echo de menos. Por otro lado, tendrás que cargar con esa bolsa tan enorme tú sola, porque no llevaremos carro.
Dudó un momento, pero apartó alguna idea de la cabeza y al fin, al fin, terminó de guardar cosas.
—Podrías ayudarme tú, porque pesa bastante —dijo, brazos en jarra, observando el resultado de su trabajo. No sé ni cómo consiguió cerrar la bolsa.
—Te lo he dicho, no has debido echar tantas cosas —intenté levantar su bolsa y... —¿qué has metido aquí? ¿Piedras?
—Son unos cuantos libros de mi biblioteca. Tal vez pueda prescindir de algún tomo...
—Por Or, ¿para qué diablos quieres llevar libros?
—Por si hay que consultar algo. Voy a pedir a padre que me deje llevar uno de los mulos de carga. De ese modo no tendré que oírte lloriquear porque mi equipaje pese demasiado.
Con tal de no oírla protestar dejé que hiciese eso, lo de los mulos de carga. No nos retrasarían tanto como viajar con carro y también podrían acarrear las tiendas de acampada.
Estaba bien entrada la tarde cuando dejamos el castillo. No salimos por el portón principal, ni cruzamos la Ciudadela. En lugar de eso, marchamos encapuchados, con los caballos y mulos, y salimos por un camino que conducía a un muelle, un lugar oculto entre el bastión norte y el oeste, un paso subterráneo. Los pasillos de piedra zigzagueaban en paredes alumbradas por antorchas, y al final del camino había agua, el agua del foso que rodeaba el castillo. Unas enormes barcazas nos esperaban en el muelle, suficientemente grandes como para sacar a varios hombres a caballo de allí. En un par de viajes estábamos todos fuera del castillo, y nos alejamos hacia el norte y el este, según dijo Zelda.
Cabalgamos hasta que empezó a oscurecer, y cuando esto ocurrió dimos con una especie de posada, cerca de un riachuelo. Allí olía a buena comida, y según dijeron los soldados que venían con nosotros habría camas cómodas para todos.
Zelda había estado dicharachera y cantarina todo el día, como una especie de pájaro feliz que revoloteaba de un sitio a otro sin parar de hablar. Nada que ver con la Zelda que había viajado conmigo desde el Nido del Águila al castillo. Supongo que de veras le hacía ilusión participar de alguna manera en todo esto, aunque me seguía aterrando que le pasara algo por mi culpa.
—Link, espera —me detuvo, tirando de mi capa —no puedo quedarme ahí, en la Posta.
—¿Posta?
—Sí, en esa posada.
Me quedé mirándola sin comprender, toda su alegría parecía haberse esfumado de golpe.
—No quiero que nadie me reconozca —aclaró, ante mi silencio.
—Perdona, no lo había pensado.
—Podemos acampar cerca, es más incómodo, lo sé.
—No, está bien para mí, pero me preocupa que tú sí estés incómoda pudiendo dormir en un lugar mejor.
—No lo estaré. He viajado mucho con los sheikah. Siempre acampamos por este inconveniente mío. A veces sí soy un estorbo.
—Vale, avisaré a Fridd y Ardren para que estén con nosotros. Es mejor montar un campamento los cuatro, para vigilar. Los demás pueden quedarse en la posada.
En poco tiempo pudimos montar las tiendas y encendimos una hoguera. Uno de los goron se acercó a nosotros desde la posada, trayendo consigo algo que olía demasiado bien.
—Goro-peces —dijo, y nos repartió varias brochetas de truchas asadas con vegetales que olían a gloria.
—¡Gracias! —exclamó Ardren, casi tan feliz como yo al ver tanta comida.
—¿No quieres para ti, amigo? —ofrecí, al ver que se marchaba sin nada.
—No es comida para goron.
Se alejó rodando, levantando una inmensa polvareda. Eran increíbles esos goron, ojalá hubiera algunos viviendo en el Oeste. Zelda se desternillaba de risa a mi lado.
—Algún día comprenderás lo de la comida goron.
Cenamos y discutimos la ruta del día siguiente. Zelda proponía que atravesásemos un paso del bosque, decía conocer bien el camino. Fridd y Ardren parecían felices de poder dormir al raso, fuera de los muros y los protocolos del castillo, así que Zelda recobró todo el buen humor al ver que estaban mejor en el campamento que en la posada. Hicimos turnos de vigilancia, y por suerte en el reparto me tocó el último, así que podría dormir varias horas seguidas, en mi tienda... con mi mujer.
En un principio estuvimos tendidos boca arriba, cada uno en su lado de la tienda sin decir nada. Creí que ella caería rendida de sueño al instante, pero tenía los ojos abiertos como platos, igual que yo. No paraba de pensar en el camisón transparente y en por qué demonios lo habría dejado atrás. Alargó un brazo y me dio en la cabeza sin querer.
—Perdona, hay poco espacio.
Me escurrí un poco más hacia ella y empezó a acariciarme el pelo. Y luego se le ocurrió tocarme las orejas, y eso tenía un efecto inmediato en otra parte de mí. Un poco cegado por la necesidad me eché encima de ella para besarla. Ella parecía esperar que lo hiciese porque se entregó a mí sin dudar. No tenía el camisón transparente, pero sólo dormía con su camisa interior, así que en realidad era mucho más fácil colar mis manos por debajo de su ropa. Diosas, estaba tan suave, quería volver a acariciar su pecho sin el efecto del hidromiel, para poder disfrutarlo mucho más.
—Link, espera —murmuró. Aunque hacía otros ruidos que demostraban que no le importaba lo que yo estaba haciendo —para un momento, espera...
Me incorporé un poco y soltó una de sus carcajadas. Después me empujó con suavidad y caí boca arriba, a su lado, más necesitado de lo que podía llegar a imaginarse. Aunque por lo visto, eso le hacía gracia.
—No te enfades, pero es que pueden oírnos —susurró, tocándome otra vez la oreja.
—¿Quién? ¿Quién puede oírnos?
—Schh, habla más bajo. Pues Fridd. Está a pocos metros de la tienda, vigilando el campamento.
—Le diré que se vaya.
—¡No! No seas idiota. Si le dices que se vaya sabrá por lo que es.
—¿Y?
No la entendía. ¿Quería o no quería que intimásemos? Si le molestaba que nos oyesen tenía fácil solución... Diosas. Mujeres.
—Me da vergüenza que lo sepa, que sepa que tú y yo estamos aquí juntos haciendo... me da vergüenza, es todo.
—Pero es normal que tú y yo... eres mi mujer. Fridd no se sorprenderá por eso.
—Ya lo sé, tonto. Pero... no me siento cómoda. Es como si no estuviésemos a solas. Incluso aunque esté lejos para no oírnos lo sabrá.
—Lo sabrá...
—Sí. Sabrá lo que hacemos y eso es-
—Vale, vale. Está bien. Lo sabrá así que no haremos nada. Entendido. Diosas.
Agarré la manta y me la eché por encima. Zelda se giró y se apegó a mi brazo. Me besó la mejilla y después se acurrucó junto a mí.
—¿Te has enfadado conmigo?
—No.
—A lo mejor a las mujeres del Oeste no les importa que las oigan.
—No, no creo que les importe —refunfuñé. Ni siquiera había conseguido tocarle el pecho esta vez, debía haber sido mucho más hábil.
—En nuestra noche de bodas no estuvimos solos. Me alegra mucho que, bueno, me gusta lo que hacemos juntos. Pero querría que fuese sólo entre tú y yo.
Esa fue una buena jugada por su parte. Yo también quería alejar lo máximo posible los fantasmas de nuestra boda de sangre, así que me rendí al fin y la rodeé para que se acurrucase más conmigo. Cerramos los ojos, pero ninguno logró dormir. Yo no estaba dormido, y por su respiración, estaba casi seguro de que ella tampoco.
—Zelda.
—Deberías dormir o tus orejas crecerán sin control.
—¿Por qué va tu padre por ahí conquistando pueblos que se sostienen bien por sí solos?
—¿Y esa pregunta? ¿A qué viene eso ahora?
—Es por saber. Por qué intenta Hyrule conquistar a otros... no lo entiendo del todo.
—Hyrule siempre ha sido un reino grande, formado por distintos pueblos.
—Vale, pero ¿por qué?
Resopló y se movió para apoyar la barbilla sobre mi pecho.
—Para ayudar. Sin duda padre lo hace para solventar algún problema o conflicto, o para ofrecer ayuda a quien lo necesita. Esa unión termina volviendo al reino más fuerte y pone al pueblo a salvo del peligro.
—¿Y el Oeste? ¿Sería el Oeste más fuerte si estuviese bajo el mando de Hyrule?
—No pienses cosas raras, Link. Padre nunca ha querido conquistar el Oeste.
Volvió a acostarse sobre mí, dando la conversación por zanjada. Yo tardé mucho más en dormirme que ella, de hecho, apenas pegué ojo porque... no podía creerlo, pero en realidad, en parte, el príncipe Ganondorf tenía razón.
