NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE DISNEY, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO
¡Hola a todos! oh rayos, LO LAMENTO MUCHO, apenas me di cuenta que las notas que puse en este capítulo no se guardaron :c aquí me tienen intentando corregir el error.
Básicamente en esta sección les comenté que, por haber comenzado un nuevo trabajo, me demoré mucho en actualizar, pero que ya recuperé mi ritmo y podré subir los capítulos con más frecuencia, también les AGRADEZCO mucho por la enorme cantidad de favoritos y seguidores que este fic ha tenido en los últimos días. Son los mejores. Ahora si, les dejo el capítulo.
Capítulo 33
Coruscant
Mira, ahí va esa chica tan extraña
Una preciosa madmoiselle
Es penoso sin dudar, que no encuentre su lugar
Ya que una chica rara es
Desde que Jobal llegó a Varykino buscando a su hija menor, un mismo recuerdo iba repitiéndose en su cabeza, de cuando Padmé era una niña.
En ese entonces, Padmé tendría unos siete años de edad, y regresaba de la escuela cargando libros en sus brazos, pues su mochila no daba abasto a la cantidad de préstamos que sacó de la biblioteca. Jobal estaba en la puerta de la casa, saludando a la distancia a su niña, cuando presencio que un grupo de niños iban molestándola.
—¿Para qué quieres esas cosas?—preguntó uno de los niños.
—Para leerlas—dijo Padmé rodando los ojos.
—¡Que rara eres!
Jobal decidió hacerse presente, saliendo de la casa y saludando a su hija en voz alta para que los niños se fueran. Apenas entró a su hogar, Padmé se fue corriendo a su cuarto y se puso a llorar. Jobal se sentó a su lado, acariciándole la cabeza y susurrando palabras afectuosas, hasta que su hija habló.
—¿Por qué me molestan, mami? —preguntó Padmé descorazonada—¿En verdad soy tan rara?
—Claro que no, encanto—respondió Jobal prontamente—Eres una niña hermosa, e inteligente.
—Pero soy diferente, ¿verdad, mami? —sollozó Padmé, abrazando a su madre—No soy como tú, o como Sola.
—Todos somos diferentes, Padmé. Y tú eres especial. No les hagas caso, ellos no te comprenden ni lo harán nunca. Pero algún día, encontrarás a alguien que sí te entienda, y serás mucho muy feliz.
—¿Tú lo crees, mami?
—No lo creo, cariño. Lo sé—afirmó Jobal, besando a su hija en la frente y dándole otro abrazo.
Y todas las noches desde ese día, Jobal le rezó a la Diosa para que mandara a esa persona a la vida de su hija. Mientras pasaba el tiempo, y Padmé iba creciendo, se convirtió en una mujer apasionada y ambiciosa, lo cual la alejó todavía más de los muchachos de la cuadra, e incluso en ocasiones de su propia familia. La verdad era que Jobal, muchas veces, temía que su hija se quedara sola.
Jobal Naberrie era una mujer sencilla, por eso, siempre le fue difícil comprender a su hija menor. Amaba a Padmé con todo el corazón, pero fueron muchas las cosas que Jobal nunca comprendió de Padmé: su pasión por la política (en la casa Naberrie todos sabían de política, pero Padmé la adoraba) su dedicación a las personas, y su tenacidad insoportable. Sin embargo, la cosa que menos pudo entender de su hija, y que incluso en su lecho de muerte seguiría sorprendiéndola, fue su elección de pareja.
Nunca olvidaría la primera vez que conoció a Anakin Skywalker (Padmé jamás permitió que se usara el nombre "Vader" en su familia) y, contra todos y cada uno de sus deseos, le agradó. A primera vista, era un hombre muy apuesto, de facciones definidas y ojos azules penetrantes. Era difícil recordar que se trataba de la misma persona que, usando un casco y capa negra, había mantenido cautiva a su hija en un destructor estelar. Pero no fue su belleza física, o su intento de sonar amable, lo que hicieron que a Jobal le agradara.
Lo que le gusto de él, fue que le dio la razón.
No era un asunto de ego, o de satisfacción personal, no. Anakin Skywalker le dio la razón en cuanto a la seguridad de Padmé. Porque la primera vez que Jobal Naberrie conoció a su futuro yerno, fue cuando Obi-Wan les contó de su plan para detener a los clones. Era simple, pero muy arriesgado, y desde luego que Padmé quería ser parte del mismo.
Cuando vio a su hija con mirada firme diciendo que ella participaría en el plan porque, en sus propias palabras: "No me quedaré de brazos cruzados cuando mi papá y Naboo me necesitan" Jobal sintió palpitaciones en el pecho y le faltó el aire por un momento. Apenas acababa de recuperar a su hija, al fin después de meses Padmé estaba a salvo, y ahora, ¿en serio quería ella misma salir de Varykino para poner su vida en peligro voluntariamente?
"Por la Diosa, que no entiendo a esta niña" pensó ella, armándose de valor para replicar.
Pero Jobal, por primera vez en su vida, no tuvo que manifestar su descontento y enfrentarse a su voluntariosa hija. Ya no. Porque antes de que una palabra saliera de su boca, Anakin Skywalker habló.
—No—dijo Anakin con voz firme—Es muy arriesgado. No pondré tu vida en peligro.
Jobal frunció los labios, debatiéndose entre el desagrado de que ese hombre le hablara así a su hija, y el alivio de no ser la única insatisfecha con los deseos de Padmé. A su lado, Sola se cruzó de brazos y miró con gesto divertido la escena frente a ellas, comenzando a comprender el enamoramiento de su hermanita.
—No lo estás haciendo—replicó Padmé—Tu no me estás haciendo ir, yo quiero ir.
—No quieras usar tus trucos lingüísticos conmigo. Es peligroso y me niego a permitir que hagas algo así de descuidado.
—¿Permitir?—Padmé frunció el entrecejo, y Anakin contuvo la respiración, sabiendo que había usado el verbo equivocado—¿Y porque eres tú quien permite mis decisiones?
—Sabes a lo que me refiero—respondió Anakin.
—No, no lo sé. Pero eso no cambia nada: iré así tenga que colarme en la nave al último minuto.
—Entonces me quedaría en el planeta hasta que bajes de la nave.
—Cancelarías la misión antes de que eso pase.
"Por la Diosa" pensó Jobal con una combinación de miedo y asombro "Son igual de tercos" mientras Jobal tenía una crisis interna, sin saber que pensar, Sola parecía emocionada ante la idea de ver finalmente a Padmé enfrentándose a un igual.
—¿Enserio llegarías a ese extremo?—cuestiono Anakin—¿Arriesgarías así la misión que puede salvar a tu padre?
—Yo no soy quien la está arriesgando, eres tú.
—¿Yo? ¿Cómo?
—Lo estás haciendo justo ahora, al intentar ordenarme que hacer. Yo iré te guste o no.
—Entonces esto se trata de ti, y no de Naboo.
Padmé iba a replicar, pero su boca se quedó abierta mientras pensaba rápido cuál sería la mejor forma de responder ese argumento que no se había esperado. Sola Naberrie sonrió complacida, "Oh, te llego la hora, hermanita" pensó.
—Esto es sobre Naboo y mi padre—dijo Padmé, pero solo Anakin notó el cambio sutil en su tono de voz—No puedo quedarme aquí sabiendo que puedo hacer algo por ellos.
—¿A quién quieres probarle que puedes hacer esto, Padmé? ¿A tu familia? ¿A Naboo?
—Yo no...
—¿O a ti?
Silencio.
Era la primera vez en sus 29 años de vida que Sola Naberrie vio a su hermana vencida en su propio juego.
Lo que pasó a continuación, hizo que tanto Sola como Jobal comprendieran que la relación entre Padmé y Anakin era mucho más que una rivalidad amistosa, un entendimiento intelectual o una forzada camaradería.
Padmé bajo la guardia, mirando a Anakin a los ojos cuando respondió.
—A mí—admitió, con voz baja pero firme.
Anakin asintió, la línea de su mandíbula se suavizó de inmediato, y sus ojos proyectaron un cariño que incluso hizo que Obi-Wan alzara una ceja, sorprendido.
—¿Enserio es tan importante para ti?—preguntó Anakin, con voz baja.
Padmé asintió, ambos se miraron a los ojos, comunicándose en silencio con una claridad que dejó aturdidos a sus acompañantes. Anakin respiro profundo, luego caminó hacia ella, abrazándola protectoramente. Fue un gesto tan natural, que ni siquiera Jobal pudo enfadarse.
—Irás conmigo, y no harás nada que se salga del plan, ¿entendido?—dijo él con voz firme—Te protegeré.
—No es necesa…
—Te protegeré.
Padmé asintió, y le devolvió el abrazo. A pocos metros de distancia, Sola esbozo una sonrisa suave. Cualquier otra persona hubiera pensado que Padmé se salió con la suya, pero las Naberrie notaron la sutil diferencia entre una mujer que hacía lo que quería, a una mujer que aceptaba un acuerdo que le convenía.
No era que Padmé debiera pedirle permiso a Anakin, nada más alejado de la realidad. Lo que acababa de pasar fue algo que Sola muchas veces deseó para su hermana, algo que ella misma tenía con su marido y que, estaba segura, tenían sus padres: Padmé había encontrado a alguien que la comprendía. Anakin demostró en una sola tarde, con una discusión sencilla, que conocía, comprendía y quería a Padmé. No permitió que Padmé se mintiera a sí misma, hizo que reconociera sus verdaderos sentimientos, y encontró un escape más seguro para sus deseos. Porque si, Padmé acudiría a esa misión, pero plenamente consciente de lo que ella deseaba obtener y con un hombre a su lado dispuesto a ayudarla y protegerla.
Jobal se cruzó de brazos, comenzando a admitir su derrota. Claro que Padmé iba a enamorarse de un hombre así, uno que la comprendía, que no se dejaba utilizar, y que la retaba a mejorar ayudándole en el proceso. Deseo con todas las fuerzas de su alma que ese hombre no fuera Anakin Skywalker, pero en silencio, se resignó a que no podía odiar totalmente al hombre que abrazaba a su hija mientras juraba protegerla de todo mal.
Jobal Naberrie pensó que había perdido a su hija ese funesto día en que desapareció en el espacio a bordo de una nave negra. Ahora se daba cuenta que el verdadero día en que la perdió fue esa tarde en Varykino. Con infalible instinto materno, Jobal noto un brillo en los ojos de Padmé que nunca antes tuvo, acompañando la pasión interna que heredó de Ruwee. Al lado de Anakin, Padmé se iría de Naboo, primero con un plan, como ahora, pero después, a construir sus vidas. Sería ridículo pensar que Padmé se conformaría con casarse y atender una casa llena de hijos, tomando el té de la tarde con ella y Sola. No, claro que no.
Mientras veía a su hija terminar la pequeña maleta que llevaría a la misión, Jobal sintió al mismo tiempo una enorme dicha de saberla contenta, acompañada de la pena que experimentaba al verla partir.
—Padmé, por favor, cuídate mucho—dijo con el rostro conteniendo una expresión de absoluta angustia—No sabemos a qué puedas enfrentarte allá.
—Mama, si sobreviví hasta ahora, creo que no me irá tan mal—sonrió Padmé, intentando sonar graciosa para no preocuparla.
"¿Cómo hacerte entender?" pensó Jobal, cuyo corazón de madre le provocaba una angustia imposible de describir. Para distraerse, se concentró en su hija, y el amor que la inundó al contemplarla tan hermosa y madura opacó toda inquietud. A sus ojos, siempre sería esa niña inquieta y curiosa, ávida de aprender y de ayudar a las personas. Pero el tiempo había pasado, y su bebe de ojos atentos ahora era una mujer, con el corazón noble y la voluntad firme para hacer lo correcto.
—Estoy tan orgullosa de ti—dijo Jobal, acunando el rostro de su hijita—¿Recuerdas cuando eras pequeña, y los vecinos decían que eras una niña curiosa?
—Creo que sus palabras exactas eran "niña rara" —replicó Padmé, sin comprender porque su mamá había mencionado uno de sus peores recuerdos de la infancia.
—Ah, cierto. Una vez te encontré llorando por eso, ¿recuerdas lo que te dije?
—Me dijiste que ellos no me comprendían, y que no debía escucharlos.
—Así es. Supongo que no fue de tanto consuelo en ese momento, pero ahora ya debes estar entendiéndolo—Jobal estrecho ambas manos de su hija, mirándola a los ojos—Eres especial Padmé, este fuego que tienes dentro, que te ha mantenido viva y que te llama a Coruscant, no todos lo tienen. Esa pasión hace que nuestro mundo actual te quede chico, pero ahora… oh, ahora marcará una diferencia, te lo aseguro.
Padmé sintió un nudo en la garganta, sorprendiéndose por la manera en que esas palabras de su madre la afectaron. Nunca fue un secreto para ambas que su relación era difícil, en gran medida por la incapacidad de Jobal para entenderse con su hija. Pero esa tarde, mientras su madre le sujetaba las manos y la miraba a los ojos con orgullo, Padmé comprendió que, a su manera, Jobal la apoyaba.
—Ahora al fin vas a encontrar tu lugar—sollozó Jobal—Solo te pido que te cuides, mi amor. Y que seas feliz.
—Hablas como si nunca más fuera a volver.
Jobal no respondió, en su lugar abrazó con fuerza a Padmé. Los vecinos tuvieron razón, Padmé siempre fue una chica rara, porque era única. Mientras abrazaba a su hija, Jobal le rezaba a la Diosa para que la cuidara, para que su hija al fin encontrara la felicidad que merecía, y un lugar al cual pertenecer. Esos días en los que Padmé la ayudaba en la casa y cuidaba de las niñas habían terminado para siempre. Desde luego, Padmé siempre sería una Naberrie, pero con lágrimas en los ojos, Jobal aceptó esa tarde que Padmé nunca más sería solo su hijita.
Ahora sería mucho más.
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El plan era, en realidad, muy sencillo, pero también arriesgado y por eso decidieron dividirlo en tres fases. La primea fase era conseguir salir de Naboo. La segunda, llegar a Coruscant sanos y salvos. La tercera, colarse a la vieja oficina de Palpatine en el Senado para que Anakin pudiera alterar las órdenes de los clones.
Anakin había confirmado que, en los chips mentales de los clones, estaba una orden que les impedía atacar cualquier cosa que fuera de Palpatine. Y Obi-Wan recordaba muy bien que había una nave negra en el hangar de la Casona. La propia Padmé confirmó que, cuando ella y Pooja encontraron la Casona, había dos naves en el hangar. Si conseguían subirse a esa otra nave, podrían salir de Naboo tan tranquilamente como Padmé cuando fue al Executor.
Mientras escuchaba eso, Sola Naberrie supo que ella podía ayudar en algo. Definitivamente no tenía el mismo nivel de agallas que Padmé –en gran medida, porque ella tenía un esposo y dos niñas esperándola en casa– pero tampoco era una mujer sin recursos. Así pues, luego de discutirlo con Padmé, Sola decidió usar sus influencias.
—Esto es muy arriesgado—dijo Anakin, cruzándose de brazos—¿Estás segura que podemos confiar en ella?
—Claro que sí—respondió Sola ofendida—¿Crees que arriesgaría la vida de mi hermanita?
—Está bien, Ani—le dijo Padmé con una sonrisa, haciendo que el antiguo Sith asintiera a reticencia.
Con extremo cuidado, Sola ingresó al comunicador y comenzó a crear un canal encriptado, luego, llamó una frecuencia que se sabía de memoria. No tardó mucho en responder.
—Hola, amiga—saludo Dormé—¿Cómo has estado?
—Muy cansada, pero no me quejo—respondió Sola, suspirando con dramatismo—¿Y tú? He oído que estás saliendo con alguien.
—Oh, son solo rumores amiga. No hagas caso de los chismes.
—Por eso es preferible acudir a ti, ¿no es cierto?
—Siempre.
Sola sonrió, haciéndole un gesto afirmativo a Padmé.
—Entonces tenemos que ponernos al corriente—continuó Sola, haciendo que su voz sonara más alegre—¿Podríamos vernos mañana?
—Desde luego, mándame un mensaje con las coordenadas.
—Hecho. ¿Te veo mañana, en la tarde verdad?
—No, por la mañana por favor.
—Así será. Hasta mañana.
—Cuídate amiga.
Dicho eso, Sola cortó la comunicación y sonrió a su hermana menor.
—Mandare un mensaje encriptado, mañana por la mañana Dormé tendrá todo listo—explicó Sola.
—¿Estás segura?—preguntó Obi-Wan.
—Totalmente.
Dicho eso, Sola Naberrie se sentó frente al computador de Varykino, y comenzó a redactar su mensaje. En los días en que se postuló para princesa de Theed, Sola hizo una amistad muy fuerte con Dormé, quien entonces estaba terminando unos cursos de protección para ser parte de la corte. Cuando la Crisis de la República comenzó, Dormé le enseñó a Sola un sistema de encriptación especial que solo el círculo inmediato del soberano conocía, con la intención de que Sola pudiera acudir a ella si en algún momento la situación se volvía más crítica.
Terminado su mensaje encriptado, Sola lo envió a la frecuencia especial que tenía con Dormé, la cual estaba bloqueada para cualquier tercero. Se quedó unos minutos contemplando la pantalla del computador, pensando en cuantas normas estaban rompiendo justo ahora. Técnicamente, Dormé no debería hacer nada a espaldas de la reina, pero incluso si Apaillana supiera de esto, Sola dudaba que la reina les diera la espalda.
Después de todo, Apaillana no era Kamila.
—Está hecho—dijo Sola, asomándose a donde estaban los demás.
—¿Nos responderá?—preguntó Obi-Wan.
—Solo si es seguro.
Todos en Varykino estuvieron muy nerviosos, hasta que poco antes del anochecer, Sola recibió una respuesta de Dormé. También estaba encriptada, parecía un simple mensaje de confirmación entre dos amigas que tomaron el té, pero Sola supo muy bien lo que decía el mensaje en verdad.
"La casona estará despejada. La reina les manda su bendición"
Lo dicho, Apaillana no era Kamila.
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Nadie supo cómo se las arregló Dormé para que, en la mañana, la Casona de Palpatine estuviera libre de vigilancia. Desde que se encontró ahí el cuerpo sin vida de Palo Andalerrie, los clones se habían vuelto locos revisando de pies a cabeza el lugar. Pero esa mañana, cuando el trío llegó a la casona listos para usar la nave que quedaba en el hangar de Palpatine, no encontraron a nadie.
Bueno, a nadie peligroso. Parada frente a la nave negra de Palpatine, evidentemente esperándolos, estaba Dormé. Llevaba puesta una túnica sencilla de doncella palaciega, y cuando vio al grupo, sus ojos se posaron en Padmé instintivamente.
—Padmé Naberrie—la saludo con respeto—¿Sola no irá a la misión?
—No.
—Muy bien. Vine a advertirles que, para salvar las apariencias con el ejército clon, la reina ha autorizado que un escuadrón de pilotos los persiga—explicó Dormé—No tiraran a matar, pero serán convincentes, espero que eso no sea un inconveniente.
—No lo será—afirmó Anakin.
—Perfecto.
—Gracias Dormé—respondió Padmé—No es por ser grosera, pero debemos irnos.
—Claro, pero antes debo darte esto.
Era un DataPad del palacio. Padmé los había visto muchas veces en manos de Palo o del señor Lorrein, deseando tener uno alguna vez. Era irónico que el primer DataPad gubernamental que ella usara fuera de manera clandestina.
—Es un mensaje de la reina. Ustedes solo ocúpense en su plan, nosotros nos haremos cargo de Naboo.
Dicho eso, Dormé entró a la casona, dejándoles el hangar libre para que pudieran irse. Mientras Anakin preparaba los controles, Padmé se sentó con el DataPad en sus manos, un poco temerosa del mensaje que pudiera contener. Desde la infancia admiraba a la reina Apaillana, ¡y ahora iba a recibir un mensaje de ella!
Era impresionante lo mucho que había cambiado su vida. Solo unos meses atrás, era la chica rara que iba diario al palacio ansiosa de aprender y esperando su oportunidad para hacer algo por su pueblo. Ahora, estaba en una misión secreta hacia Coruscant, siendo fugitiva de los clones, y recibiendo mensajes privados de la reina. No lo hubiera creído si alguien se lo hubiera dicho.
Apretó el botón del DataPad y de inmediato vio el holo con la regia imagen de Apaillana, ataviada con sus galas de reina.
"Señorita Padmé Naberrie, mi doncella me ha informado algunos pormenores de la misión que desea llevar a cabo con sus aliados para salvar a Naboo de la invasión de los clones. No conozco los detalles, para protección de su misión, pero me tomé la libertad de grabar este mensaje para felicitarla por su valor, y mandarle mi bendición para que la Diosa los proteja. Su familia aquí en Naboo ha sido puesta bajo una protección especial, y haremos todo lo que esté en nuestras manos para garantizar un regreso seguro de su padre, el señor Ruwee Naberrie. Quiero terminar este mensaje pidiéndole de favor personal que, si llegase a Coruscant, busque a la senadora Adele. Ella fue una buena amiga mía y no dudara en ayudarles si ustedes lo necesitan. Me despido reiterándole mis mejores deseos. Es en estos tiempos de crisis cuando vemos el valor existente en nuestro interior, y su peculiar valentía, señorita Naberrie, es inspiradora para todos aquí en el palacio. Que la Fuerza le acompañe."
Padmé no se había dado cuenta que tenía lágrimas en los ojos hasta que sintió a Anakin pasando su brazo sobre sus hombros, besándole la sien.
—¿Todo bien, ángel?—preguntó él con tono suave.
—Si, todo bien.
Se recargó en él por un momento, asimilando las palabras de Apaillana.
Definitivamente, su vida no podía ser más distinta.
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Anakin Skywalker estaba acostumbrado a los cambios.
Su vida cambió cuando Sidious lo secuestró, asesinando a su madre. Cambió cuando peleo a muerte en Mustafar. Cambió cuando Padmé llegó a su vida, haciendo que la armadura de Vader colapsara por completo. Aun así, esto era demasiado.
Estaba piloteando una nave en dirección a Coruscant, con Padmé sentada a su lado en el asiento de copiloto, y Obi-Wan Kenobi en la parte de atrás intentando meditar.
¿En qué momento dejó de estar solo? Cuando Padmé decidió estar a su lado.
¿En qué momento se volvió aliado del Jedi? Cuando supo que era la única opción para ayudar a Padmé.
Ah, qué caprichosa era la vida.
Quería engañarse a sí mismo y decir que solo por Padmé estaba haciendo esto. Conocía a los clones, ellos nunca se rendían, si los habían marcado como fugitivos morirían antes de olvidar llevarlos ante la justicia. Y mientras no existiera un gobierno formal, cualquier corte marcial que los clones crearan para enjuiciarlos sería todo menos justa. No era mentira que Padmé nunca estaría a salvo así.
La seguridad de Padmé era su prioridad, y aunque no quería decirlo en voz alta, también él quería vivir. Estuvo diez años aislado de la galaxia esperando la muerte, pero ahora que Padmé estaba en su vida, realmente, anhelaba vivir a su lado. Por alguna especie de milagro, Padmé Naberrie también lo amaba, y no iba a permitir que nada ni nadie se interpusiera entre ellos. Ahora menos que nunca.
Su futuro con Padmé dependía de esta misión. La familia de Padmé dependía de esta misión. Pero no solo eso tenía en mente, y los rezagos de su tiempo como Sith le causaban una mala jugada mientras pensaba, con un poco de pena, que la galaxia entera dependía de esta misión.
Y él quería ayudar a la galaxia entera.
Ahora que no sentía oscuridad, que al fin era libre de la siniestra voz de su Maestro, Anakin volvió a sentir en su interior esa ira justiciera que tan bien recordaba de su infancia. Oh, durante tantos años se cuestionó sobre las injusticias de la vida, anhelando tener la fuerza para impedirlas. Palpatine encontró una manera de torcer sus ansias justicieras para sus propios intereses, pero con Padmé al lado y sin sentir oscuridad, era tan sencillo encontrar su brújula otra vez. Quería ayudar a los indefensos, a las familias destrozadas, a los niños huérfanos. A todas esas personas cuyas voces no eran escuchadas. Y el primer paso, era terminar esta maldita crisis.
Anakin no se hacía ilusiones. Él no tenía la ambición de Padmé, ni soportaba mucho el ambiente político. Pero estando al lado de ella estaba seguro de que encontraría formas de desarrollar sus proyectos.
Sin embargo, una cosa a la vez: llegar a Coruscant.
A Coruscant, donde su Maestro le enseñó tantas duras lecciones. Coruscant, la capital de una República que lo abandonó a su suerte, de un gobierno corrompido, el centro de una galaxia que lo maltrató.
Fuerza… sin Padmé a su lado, realmente dudaba encontrar la voluntad de terminar esta misión.
Hasta ahora, la misión no tuvo inconvenientes. Salir de Naboo fue mucho más sencillo de lo que debió ser. Anakin estaba preparado para tener que usar todas sus estrategias aéreas, pero cuando la nave negra de Palpatine orbitó alrededor de Naboo, acercándose hacia el bloqueo, el Destroyer III no hizo absolutamente nada. El chip aun funcionaba y los clones no consiguieron atacarlos, aun cuando seguramente sabían que eran ellos a bordo de la vieja nave del canciller.
Tal y como Dormé había dicho, el Palacio mandó un escuadrón a perseguirlos. Anakin los burló con mucha facilidad, maniobrando alrededor de sus formaciones genéricas como solía maniobrar en las carreras de Pods, tantos años atrás. Mientras giraba en el espacio, evadiendo los disparos falsos y sintiendo la adrenalina de la persecución, Anakin sintió una oleada de nostalgia, había extrañado esto mucho más de lo que se permitía admitir.
—¡El plan es llegar enteros a Coruscant!—gritó Obi-Wan desde su asiento, aterrado por sus maniobras.
—Así será—Anakin acomodó la nave permitiéndole entrar al hiperespacio en el segundo exacto en que la computadora termino los cálculos—Listo, ya puedes dejar de lloriquear, Kenobi.
A su lado, Padmé intentó esconder su risita. Haberla hecho reír le complació.
La primera fase del plan había concluido en menos de diez minutos, ahora solo quedaba esperar las largas horas que separaban Naboo de Coruscant. En ese largo viaje, sin Padmé, muy probablemente Anakin hubiera tenido algún colapso. Quizá ya no tenía la oscuridad en su mente, pero aún estaba muy lejos de volver a sentirse totalmente el mismo. Aunque todo indicaba que estaba en el camino correcto.
Podía escuchar a la Fuerza, con ese suave canto de luz que nunca lo abandonó, susurrando palabras de aliento y diciéndole que todo estaría bien. Y a estas alturas, Anakin si le creía.
Esperaba que eso fuera suficiente.
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Obi-Wan Kenobi siempre había sido bueno meditando… excepto ahora.
En sus tiempos como padawan, Obi-Wan se desempeñó muy bien en casi todos sus deberes, su Maestro le enseñó varias técnicas de meditación, que perfeccionó en sus diez años desterrado en Naboo. Pero ahora, a mitad del espacio en la vieja nave de Palpatine, con Vader (es decir, Anakin) y Padmé como únicos acompañantes, le costaba mucho concentrarse.
Por un lado, la nave en sí misma era desgastante. Bastaba con entrar a la nave para darse cuenta de que Palpatine hizo cosas terribles en ese lugar, porque la Fuerza lloraba el dolor de los desafortunados que sufrieron en ese inmueble a merced del Sith. Ahora, con un pesar impropio de él, Obi-Wan se preguntaba si el propio Vader (es decir, Anakin) no fue uno de esos desafortunados.
Lo cual lo llevaba a pensar en el segundo factor que dificultaba su concentración: el propio Vader (Anakin) sentado en la cabina de piloto, distrayéndose de su entorno calculando opciones inverosímiles en la computadora solo para tener algo que corregir. Aunque tenía unos escudos mentales muy fuertes, Obi-Wan conseguía sentir algunas de sus emociones cuando se descuidaba, lo cual solía pasar cuando Padmé estaba cerca de él.
Lo cual, al menos en la nave, era todo el tiempo.
Los sentimientos que conseguía atisbar de Vader (Anakin) eran muy intensos. Combinaban miedo con rabia, rencores con dolor, determinación con desespero. Desde que le mencionó este plan, era muy notorio que Vader (Anakin) no quería ir a Coruscant, cualquiera que fuera la razón podría ser válida, considerando lo poco que sabía de su pasado; pero solo debió mencionar a Padmé para que él accediera. Y ahora, volvió a ser Padmé quien lo mantenía en un delicado estado de equilibrio.
Era algo desgastante para la pareja, que incluso desgastaba a Obi-Wan a pesar de estar sentado, en posición para meditar, al otro lado de la nave. Vader (Anakin) estaba tenso, y Padmé permanecía a su lado sabiendo que la necesitaba. Honestamente, no entendía a la pareja. A pesar de la terrible forma en que ellos dos se conocieron, ahora parecían tan compenetrados que, a través de la Fuerza, sus energías se combinaban muy fácilmente. La mayor prueba de eso era que Padmé, aunque no era sensible a la Fuerza, proyectaba una vitalidad enorme, ya que su propia esencia de alguna forma estaba mezclada con la de Vader y…
"¡Maldita sea Obi-Wan Kenobi, no es Vader, es Anakin!" se replicó a sí mismo, no por primera vez en todo ese viaje. Estaba frustrado con su necedad, con lo difícil que era para su mente conciliar que el ex-aprendiz de Sith había dejado el Lado Oscuro. En otro tiempo, de hecho, en los tiempos de la República, nunca lo hubiera creído posible, pero la prueba misma estaba en esa nave, la prueba era ese joven cuya presencia en la Fuerza había dejado de ser tenebrosa, y que mostró en más de una ocasión un amor puro imposible de provenir de un Sith.
Frustrado y comprendiendo que no meditaría pronto, Obi-Wan intentó al menos aclarar un poco sus complejos sentimientos sobre ese tema. Todos los Maestros del Templo Jedi fueron muy claros en sus enseñanzas: no existía un retorno del Lado Oscuro. Pero si eso era cierto, ¿cuál explicación aplicaba en Anakin? ¿cómo pudo conseguir tal proeza? ¿qué tenía aquel hombre para ser la excepción a la regla?
Algo le decía que no tendría respuestas pronto a esa pregunta.
Por ahora, debía conformarse con su presente. Qui-Gong muchas veces le advirtió que debía prestar más atención a su entorno, y era justo ahora cuando las palabras de su viejo Maestro adquirieron otro significado. Estaban a la mitad del espacio, cada vez más cerca de Coruscant, esperando arrebatarle un milagro a la Fuerza para llegar ahí con vida.
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Los controles de la nave advirtieron que habían llegado, Anakin tomó el volante de nuevo y en un parpadeo, salieron del hiperespacio. Frente a ellos, el planeta se atisbaba rodeado de destructores estelares, que iban manteniendo el bloqueo desde hace diez años.
Con extremo cuidado, Anakin voló abajo de los destructores estelares para entrar al cielo de Coruscant. No los atacaron, al menos no aun, el trío sabía muy bien que apenas pusieran un pie fuera de esa nave serían un blanco de ataque. Pero mientras Anakin descendía a Coruscant, acercándose hacia la zona del Senado, Padmé contuvo el aliento.
Ningún holo pudo prepararla para la majestuosidad de Coruscant.
Todo ahí era enorme, los rascacielos, los edificios, las plazas, no existía nada pequeño en esa ciudad del tamaño de un planeta. Aunque quiso mantenerse enfocada en la misión, el asombro aturdió sus sentidos y por varios minutos, mientras Anakin estacionaba la nave, se dejó cautivar por la magnífica vista del Senado Galáctico.
A su lado, Anakin estaba conteniendo la repentina ansiedad que lo invadió al mirar de nuevo el paisaje urbano del cual tenía tan malos recuerdos, pero entonces sentía la mano de Padmé sobre la de él, y veía su sonrisa de reojo, y su corazón saltaba y su alma se renovaba y por un instante, solo uno, todo esto estaba valiendo la pena.
Porque a través de la Fuerza, podía sentir la emoción de Padmé. No era para menos. Padmé Naberrie, una política sin título, estaba mirando por primera vez la capital de la República que tanto admiraba. Finalmente había salido de su mundo para conocer las grandezas que la galaxia podía ofrecer.
Hubiera querido que fuera diferente. Solo por Padmé, Anakin hubiera querido que regresaran a un planeta próspero, con su clima perfectamente controlado para que disfrutaran todos los museos, conferencias y plazas que Padmé llevaba años queriendo conocer. Incluso la hubiera llevado al Senado para que pudiera desplazarse a su antojo por el centro mismo de la democracia que ella amaba.
"Después…" se dijo a sí mismo. Si el plan funcionaba, tendrían mucho más tiempo para eso.
—Hay que buscar a la senadora Adele—dijo Obi-Wan, cruzando sus brazos—Según la reina Apaillana, ella podría ayudarnos.
—¿Cómo saber siquiera si está viva?—cuestiono Anakin.
—Vayamos a República 500. Si no está ahí, no la encontraremos pronto.
Anakin asintió, pero no se veía especialmente contento con esa idea. Voló la nave hacia el espléndido complejo departamental donde muchos políticos vivían, y en donde Obi-Wan sabía que el gobierno de Naboo tenía registrada la residencia oficial de la senadora Adele. Anakin estacionó la nave a solo unos pocos metros, intentando mantenerla oculta entre otras naves más grandes del estacionamiento.
Conteniendo su aliento, Anakin vio que Padmé estaba terminando se acomodarse su bláster en el cinturón, lista para salir de la seguridad que les ofrecía la vieja nave de Palpatine. Con el corazón palpitando en su garganta, la abrazó fuertemente.
—No te separes de mí—le pidió—Y se en extremo cuidadosa.
—Lo seré, Ani—respondió ella con calma, sabiendo que Anakin solo estaba preocupado por ella.
La respuesta de él fue sacar de su túnica otro bláster, más moderno que el que llevaba Padmé.
—Recuerda, debes mirar siempre al objetivo, y controlar tu respiración—le dijo él, apretando la mano de Padmé alrededor del arma.
Ella asintió, e intentó tranquilizarlo con una sonrisa más.
—Aprendí del mejor.
"Fuerza, por favor, que todo salga bien…" rezó Anakin una vez más.
Luego salieron de la nave.
Para un extranjero, como Padmé, Coruscant debía parecer la ciudad más activa de la galaxia. Para alguien que creció en ella, como Obi-Wan, era evidente que la ciudad no pasaba su mejor momento. Aislada durante diez años, con miles de personas en sus calles suspirando por sus hogares en otros rincones de la galaxia, una atmósfera de tristeza se había instalado en la ciudad que antes proyectaba puro dinamismo.
Intentó no pensar en eso mientras caminaba hacia la entrada de Republica 500. Siendo uno de los rascacielos más altos del sector, Republica 500 tenía diferentes accesos en distintas alturas, y muchos departamentos tenían sus propias plataformas para aterrizar anexadas a verandas y balcones. Pero teniendo que ser discretos, Obi-Wan decidió usar un acceso de servicio, el cual Anakin hackeó con una facilidad perturbadora en cualquier otro contexto.
Una vez dentro de esa pequeña recepción, buscaron en los datos del edificio, mismos que Anakin hackeó de nuevo para poder conseguir los nombres reales de los habitantes. En el piso 555 estaba registrado el nombre de Senadora Adele Moner.
—¿Tienes el DataPad, ángel?—preguntó Anakin, sujetando su mano.
—Si.
Subieron al elevador y presionaron el piso 555.
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Durante diez años, la senadora Adele Moner, de Naboo, había buscado por cielo, mar y tierra cualquier forma de romper ese maldito bloqueo. Los recuerdos del espantoso día en que la República entró en crisis todavía le causaban pesadillas.
Todo empezó como una sesión normal del Senado, discutiendo casi con violencia los pormenores de la guerra, cuando de repente los clones entraron anunciando la muerte del Canciller Palpatine, y la toma preventiva del Senado.
—¡Esto es inaudito! —dijo el senador Organa—¿Bajo qué autoridad declaran la Ley Marcial?
—Bajo la autoridad del Canciller.
Fue así como el Senado entero vio las transmisiones del Canciller Palpatine, dando esas terribles órdenes que los clones obedecieron sin rechistar. Obligaron a todos los senadores a volver a sus casas, y los que ofrecieron resistencia, murieron en el acto. Aterrada, Adele corrió a República 500 y le ordenó al capitán Panaka, su jefe de seguridad, que alistara la nave para volver a Naboo, todo eso mientras mandaba un mensaje a la reina para poner sobre aviso de la apremiante situación.
En su camino al departamento, todo lo que Adele vio fue absoluto caos. Los clones habían colocado un perímetro alrededor del Senado, todo quien se acercara al edificio era disparado en el acto. A la distancia, el Templo Jedi estaba en llamas, y en el cielo, cientos de explosiones creaban luces y escombros que caían sobre la ciudad, de naves derribadas sin miramientos por los destructores estelares.
Para cuando Adele llegó a su departamento en Republica 500, los destructores estelares ya habían bloqueado cualquier intento de salida de Coruscant, y los satélites fueron comprometidos impidiendo que las transmisiones fueran emitidas o receptivas.
Estaban atrapados.
Adele nunca supo si la reina recibió su mensaje. No sabía si Naboo estaba bien, o era cierto ese rumor de que los clones habían invadido todos los mundos de la República. No tenía la menor idea de cómo estaban sus padres, o su prometido Lucio. Todos los días rezaba a la diosa por una oportunidad para salir de ahí, y todos los días, se iba a la cama con el dolor de no poder hacer nada.
Por eso Adele Moner, senadora de Naboo, nunca olvidaría el día en que el ascensor de su departamento anunció la llegada de invitados. Ella, que no recibía a nadie más que a sus amigos de Naboo o compañeros senadores, y eso en días específicos.
Evocando el recuerdo de los clones asesinando a senadores y civiles a las afueras del Senado, Adele agarró un bláster y se paró frente al elevador. Al abrirse las puertas, vio a dos hombres apuestos escoltando a una mujer muy joven y bella, todos eran rostros desconocidos. Por las dudas, mantuvo el bláster en alto.
—¿Quiénes son?—preguntó con su voz al borde de quebrarse—¿Y qué hacen aquí?
Anakin alzó la mano, de repente, el bláster que tenía Adele fue jalado por una fuerza invisible, y la sorpresa hizo que ella emitiera un grito, viendo a su arma flotar hasta la mano del intruso.
—Anakin—le amonestó Padmé.
—No voy a correr ningún riesgo—respondió él en voz baja, solo para que ella escuchara.
—Disculpe, senadora Adele, no es nuestra intención asustarla—explicó Padmé, mirando a la senadora apenada—Me llamo Padmé Naberrie, y aunque no lo crea, soy una ciudadana de Naboo.
—¿Y cómo es que no te he visto en los diez años que llevamos aquí atrapados?—cuestionó Adele.
—Es porque acabamos de llegar.
Adele frunció el entrecejo.
—Tengo un mensaje de la reina, senadora—agregó Padmé con rapidez—Espero que sea prueba suficiente.
Padmé le tendió el DataPad, Adele miró con desconfianza tanto a Padmé como al aparato, luego puso su atención en los dos hombres acompañándola.
.—¿Ustedes son Jedi?—preguntó, con una mezcla de asombro y recelo.
.—No—respondió Anakin.
.—Yo alguna vez fui un Jedi—dijo Obi-Wan con orgullo—Antes de la Crisis.
.—¿Y cómo sobreviviste a la purga?
.—Conseguí esconderme en Naboo estos años, senadora.
.—Sé que suena difícil de creer—Padmé tomó la palabra, acercándose un poco más a Adele—Pero por favor, Senadora, necesitamos su ayuda. La reina Apaillana nos aseguró que usted nos ayudaría.
.—¿Apaillana sigue viva?—preguntó Adele esperanzada.
.—Sí, mire.
Finalmente, Adele aceptó el DataPad que Padmé le mostró, y la regia imagen de Apaillana volvió a transmitirse. El rostro de Adele fue un espejo de muchos sentimientos conforme escuchaba el mensaje, siendo la primera vez en diez años que sabía algo de su querida amiga y reina. Hacia el final del holomensaje, Adele tenía un par de lágrimas en sus mejillas, pero no se mostró avergonzada por su reacción.
.—Los ayudaré en lo que pueda—dijo Adele con voz suave—Pero primero, díganme, ¿cómo está Naboo?
Padmé reconoció en Adele la misma preocupación que ella sentía por su planeta, y de inmediato sintió una conexión.
.—Por ahora sigue bien—respondió Padmé—Pero los clones amenazan con ocupar el planeta, por eso necesitamos tu ayuda.
.—¿Entonces los clones no lo habían ocupado en estos diez años?
.—No.
.—Tendrán que explicarle muchas cosas—dijo Adele frunciendo los labios—Pero primero díganme, ¿cómo les ayudo?
.—Necesitamos entrar al edificio del Senado—explico Anakin—Sin ser detectados.
.—Eso será difícil.
.—¿Pero es posible?
Adele miró a Padmé, tan joven y llena de energía, y por un instante creyó verse a sí misma cuando empezaba su carrera política. "Me agrada esta muchacha" pensó la vieja senadora, suavizando aún más sus facciones.
.—Difícil no es imposible, ¿verdad?
Padmé sonrió con más ganas, realmente le agradó Adele.
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Adele y otros senadores sobrevivientes de la Gran Purga –que fue como llamaron a esa terrible noche en que los clones sitiaron y mataron a todo quien intento enfrentarlos– perfeccionaron durante diez años trasmisiones clandestinas en una red encriptada cuyos códigos cambiaban cada semana. Hasta ahora, no habían conseguido transmitir información más allá de los Mundos del Núcleo, pero sus espías y transmisiones les permitieron crear una red lo suficientemente fuerte para tener proteger a varios Jedi y otros sobrevivientes en la mira de los clones.
Esta Alianza también llevaba diez años investigando maneras de detener a los clones, deteniéndose siempre con el mismo problema: ¿cómo enfrentar un ejército de millones con apenas unos cientos de personas escuetamente entrenadas? Los trabajos de inteligencia, si bien consiguieron varios planos y rutas de posibles escapes, aún no daban con un plan lo suficientemente sólido para arriesgar la vida de cientos de personas.
Pero tenían planos del edificio del Senado, y eso fue suficiente para el trío de Naboo. Durante horas, Anakin y Obi-Wan analizaron esos planos buscando salidas o entradas poco conocidas o de difícil acceso. Padmé los miraba trabajar contrariada, aunque por un lado era bueno saber que no intentaban ya matarse uno al otro, también era raro verlos trabajar codo a codo.
—¿Quieres un té?—preguntó Adele, tendiéndole una taza a Padmé, ella la aceptó de manera distraída.
—Gracias.
—Estaba preguntándome, ¿tú eres delegada, cariño?—continuó Adele—¿Una consejera? ¿o doncella?
—¿De qué habla?
—Me refiero a qué puesto ocupas en el palacio.
—Oh. Ninguno—suspiró Padmé, tomando un sorbo de su té.
—¿No?
—Hasta ahora, no he tenido oportunidad.
—Me resulta extraño—afirmó Adele—Una mujercita como tú ya debería tener al menos los cimientos de una carrera.
—¿Jovencita como yo?—inquirió Padmé, mirándola con el entrecejo fruncido.
—Desde luego.
Padmé intentó sentirse halagada con ese comentario, pero en honor a la verdad, no estaba segura de qué sentir. Adele debió notar su inseguridad, porque pensó un buen rato cuáles serían sus siguientes palabras.
—Pocas personas se arriesgarían como tú lo estás haciendo ahora, Padmé Naberrie—dijo Adele—Nunca olvides eso.
—Solo estoy haciendo lo correcto.
—Mi niña, si más personas hicieran lo correcto, la galaxia sería muy distinta. Jamás te subestimes.
Padmé miró a la senadora Adele, y de repente, se vio a sí misma. Vio a una política consumada, de cuarenta años bien cumplidos otorgándole una dignidad inigualable a su porte. Vio honestidad en sus ojos, generosidad en su expresión, y sobre todo, una gran sabiduría en sus palabras. Padmé entendió que ella quería ser como Adele.
Y por la expresión de Adele, ella también veía mucho de sí misma en Padmé.
—Bueno, no tenemos un plan perfecto—dijo Anakin, acercándose a las dos mujeres—Pero es lo mejor que podemos hacer con nuestros recursos.
—Viniendo de ustedes dos, eso es mucho—respondió Padmé, besando la mejilla de Anakin.
—Si ocupan más ayuda, con gusto se las brindaré—dijo Adele.
—Gracias por mencionarlo, senadora.
Anakin abrazó a Padmé, pidiéndole un sorbo de té, mientras Obi-Wan le explicaba los detalles del plan a la senadora Adele.
Esa misma noche, la senadora Adele y el capitán Panaka subieron a su nave y marcharon al edificio del Senado. En la entrada del mismo, vieron a un grupo de clones haciendo guardia, como todos los días durante los últimos diez años. Al verlos acercarse, los clones levantaron sus armas.
—Esta es una zona restringida—dijeron con tono monótono—Apártense.
—Disculpen—respondió Adele—Es solo que he tenido un golpe de nostalgia… ¿podría contemplar el edificio unos momentos más? prometo no acercarme.
—Esta zona está restringida para los civiles.
—Lo entiendo, enserio, pero…
Adele siguió hablando, haciendo uso de su avanzada retórica para que el clon continuara enganchado, distrayendo de esa forma al pelotón para que no vieran a tres sombras descender hacia los niveles inferiores del Senado.
En una de las plataformas más bajas del Senado, había un corredor estrecho y prácticamente olvidado, donde solo dos clones permanecían sentados, terriblemente aburridos con su deber. Antes de que pudieran percatarse de algo, Obi-Wan usó la Fuerza para hacerlos dormir, y así entrar al corredor.
Caminando por esos pasillos por primera vez en una década, Obi-Wan se esmeraba por concentrarse, mirando de reojo lo mismo a Anakin que a Padmé. Por extraño que fuera, confiaba en el ex Sith. Su amor por la mujer era innegable y era solo por ella que había accedido a esta locura. Luego, estaba la tenaz Padmé Naberrie, quien mantenía en alto su bláster y cuyos ojos miraban alrededor con absoluta concentración.
La voluntad de la Fuerza era muy curiosa, pues jamás se imaginó que viviría algo así.
Cuando se acercaron a la parte central del Senado, ya a pocos pasillos de donde estaba la oficina del Canciller, se encontraron con medio pelotón de clones. Encendiendo su sable de luz, Obi-Wan le hizo una seña a Anakin, y se lanzó a enfrentarlos.
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Padmé contempló a Obi-Wan peleando con los clones, discretamente moviendo la pelea hacia el otro corredor, para darles tiempo a Anakin y a ella de cruzar el pasillo sin ser vistos. Así lo hicieron, pero un par de metros después se encontraron con otro grupo de soldados que corrían con sus armas listas para ayudar a sus hermanos. Al verlos, comenzaron a disparar, Anakin inmediatamente encendió su sable para detener el fuego mientras Padmé atacaba sin vacilar.
"Esta adrenalina es adictiva" pensó Padmé, sin querer profundizar en lo que estaba mal dentro de ese pensamiento. Gracias a su buena puntería, cinco minutos después consiguieron pasarlos y corrió siguiendo a Anakin hacia la oficina del Canciller.
Para ese punto, ya había clones persiguiéndolos, pero Anakin no se molestó en enfrentarlos, solo la urgió a correr. Dieron una vuelta y llegaron a la enorme puerta de la oficina, Anakin usó la Fuerza para abrirla, y una vez dentro, para atrancarla. Oyeron desde el corredor los gritos y disparos de los clones, pero se permitieron unos momentos para recupera el aliento.
—La puerta no durará mucho—suspiró Anakin—Debemos apurarnos.
Él corrió hacia el escritorio, y en ese momento, Padmé notó el lujo del lugar en donde estaban parados.
—¿Esta es?—preguntó Padmé maravillada—¿Es la oficina del Canciller?
—Sí—murmuró Anakin, apenas conteniendo sus sentimientos.
La propia Padmé se sintió contrariada. Por un lado, ese era el lugar en donde el máximo dirigente de la República lideraba la democracia. Pero había sido corrompido por Palpatine –Darth Sidious– una personalidad que no solo mancilló a su República, sino que fue el autor de casi todas las desgracias del hombre que amaba.
Anakin debía estar pensando algo parecido, porque su rostro se endureció, recordando al Maestro que tanto odiaba.
—Ani—lo llamó Padmé, sujetando su mano—Estoy contigo.
Él apretó su mano de manera dolorosa, aferrándose a ella para no perderse en esos oscuros momentos de su pasado.
Respirando profundamente, Anakin camino hacia el escritorio de Palpatine, con Padmé a su lado sin soltarlo, y luego encendió la computadora.
Accedió al sistema encriptado, cuyos códigos él mismo había hackeado muchísimo tiempo atrás, y luego introdujo la orden que faltaba.
En el holograma apareció un mensaje.
"Código de voz requerido"
Padmé miró embelesada cómo Anakin Skywalker respiró hondo, dejando que los fantasmas de su pasado abandonaran su mente para poder recuperar el control de la situación, su voz sonando totalmente neutra cuando habló.
—Orden 101—dijo él—Lord Vader asume control total.
Naturalmente, Palpatine sólo había creado 100 órdenes para los clones. Después de que la 501 fuera destruida, y previniendo un caos mayor, Anakin consiguió hackear el sistema de su Maestro para introducir una nueva orden de manera clandestina: la 101.
En teoría debería funcionar. El problema es que no tenía manera de comprobarlo.
Afuera de la oficina, los disparos y gritos del corredor se detuvieron. Padmé y Anakin se miraron entre sí y elevaron sus armas, uno rezando a la Fuerza, la otra rezando a la Diosa, mientras caminaban hacia la puerta.
Este era el momento decisivo.
Al abrir la puerta, vieron a los mismos clones de antes, con sus armas en mano, pero sin apuntar. Dos incluso se habían quitado los cascos, como si no pudieran creer lo que acababan de escuchar.
—¿Lord Vader?—preguntó el capitán del escuadrón, dirigiéndose a Anakin.
Asintió, incapaz de corregirlo por ahora.
—Capitán, sintonice en este momento un canal con todas las legiones y tropas existentes—ordenó Anakin, cuya voz no reflejó su nerviosismo—A la mayor brevedad posible.
—Si señor.
—Y ordene a sus hombres que dejen de atacar al Jedi que está en las instalaciones.
—De inmediato, señor.
Los clones entraron a la oficina y comenzaron a sintonizar los canales de comunicación. Padmé miró a Anakin con harto orgullo en sus ojos, y sin pensarlo, saltó hacia él, abrazándolo con fuerza.
—Funcionó, Ani—murmuró llena de felicidad—Funcionó.
—Gracias a ti, ángel.
Alcanzaron a darse un beso antes de que el capitán les informara que el canal estaba listo.
Canción del capítulo: "La Bella" (o "Qué Lugar") de la película La Bella y la Bestia en su versión Español Latino.
Uff, pues ¿qué másles digo que no hayan intuido ya? jaja.
1.-El personaje de la senadora Adele lo tenía pensado hace varios capítulos, pero siendo sincera, sabía que no tendría más que un rol secundario. Incluso consideré en omitirlo, pero deseaba que Padmé viera más ejemplos de mujeres fuertes en la política además de la reina Apaillana.
2.-Quise mostrar mucho de los sentimiento de Jobal, y algunas de los de Sola, porque estos personajes si bien son secundarios también son muy importantes para Padmé. Muestran, a mi juicio, la ruptura entre la Padmé que empezó esta historia a la que ahora la está terminando, pues ya no es la misma "niña rara" de Naboo. Ni lo volverá a ser jamás.
3.-Espero que los momentos Anidala, aunque pequeños, sean tan lindos y naturales como yo me los imagino jeje.
Gracias por leer, ojalá lo haya disfrutado ¡abrazo a todos!
