Un Paseo "Nostálgico"

Cinco Meses y Una Semana desde la Última Muerte (Nueve Muertes)

Con una ligera sacudida, de la que ninguno de sus pasajeros llego a percatarse, la lujosa carroza de fina madera se detuvo frente a un gran portón de oro. Un sujeto de aspecto fornido y gesto malhumorado, que se encontraba vigilando el portón, se acercó lentamente a la carroza. El guardia observó detenidamente al conductor de la carroza y su acompañante, quienes devolvieron la mirada con un saludo.

Un simple movimiento de cabeza, que denotaba desinterés, fue el gesto con el que el guardia saludó de regreso al conductor y su copiloto, señal que fue interpretada por ellos como que todo estaba en orden. El guardia malhumorado, después de haber identificado a los recién llegados, se acercó al portón dorado y le indicó al encargado que se encontraba tras el umbral de entrada que lo abriera.

Las dos secciones del portón fueron entonces divididas, dando finalmente paso a la carroza que se encontraba en espera. El conductor consecuentemente le indicó a su bestia de carga que reanudara el recorrido, ante lo que ésta inmediatamente comenzó a adentrarse en los terrenos delimitados por el portón de oro. Un lujoso camino de piedra calcárea continuaba a partir del portón, lo que lo hacía resaltar bastante en comparación con la carretera de piedra menos lujosa por la acababan de transitar.

El camino de piedra albina se extendía hasta llegar a una enorme mansión, frente a la cual realizaba un giro formando así una especie de rotonda. La mansión ubicada al final del camino era en extremo lujosa, se encontraba totalmente pintada de blanco y poseía detalles en oro en cada rincón que pudiera observarse. Fue entonces cuando la carroza pudo realizar su parada final, frente a la gigantesca mansión de blanco.

Consecuentemente, el conductor de la carroza liberó las riendas que sostenía en ambas manos y se bajó de su asiento, dejando allí a su pequeño copiloto. De un salto, el hombre aterrizó en una de las grandes piedras calcáreas que formaba parte del camino rocoso. Con amplias zancadas, el conductor de la carroza se aproximó al costado de esta, donde fue recibido por una puerta con excelsos detalles cincelados.

Sin la menor muestra de duda, el sujeto abrió la puerta de par en par, para entonces encontrarse con la inteligente mirada de una hermosa doncella. La mujer, ante la aparición de su escolta, estiró la mano elegantemente. El conductor, con una gran sonrisa de aspecto bestial, tomó la mano de la doncella y la ayudó a bajarse de la carroza.

Posteriormente, ambos se acercaron relajadamente a la entrada de la mansión, donde fueron recibidos por dos sirvientes de aspecto juvenil. Después de una reverencia por parte de las dos sirvientes y un pequeño intercambio de palabras, los cuatro personajes finalmente desaparecieron tras el umbral de la enorme puerta que servía como acceso a la lujosa mansión.

Desde su asiento de pasajero, un joven observó detenidamente como su, hasta hace un momento, acompañante ingresaba en la mansión y desaparecía de su vista. Liberando un suspiro, el joven apoyó su barbilla sobre la palma de su mano y se dispuso a pasar su tiempo mirando por la ventana parsimoniosamente. Después de todo, tenía mucho que pensar, y ahora que se encontraba solo, era un excelente momento para hacerlo. Sin embargo, quien había fungido como copiloto tenía otra idea en mente.

"¡Onii-san!" De un respingo, el joven se alejó de la ventana, con su mirada fija en la sonriente niña que ahora se encontraba colgando del marco de ésta. Frunciendo ligeramente el entrecejo, el joven se recompuso y se acercó a la pequeña niña.

"¿Qué haces, Enana? ¿Acaso quieres matarme de un susto?" Ante el reclamo del joven, la niña ladeo su cabeza con un gesto de genuina incomprensión.

"¿Te podrías morir así?" Preguntó ella, después de un momento de analítico silencio.

El joven puso los ojos en blanco, para inmediatamente después dejar salir una genuina sonrisa. "Supongo que no. Después de todo, eres demasiado tierna como para matar a alguien de un susto."

"Je, je, je. ¡Mimi en verdad es super tierna, ¿verdad, Subaru Nii-san?!" Inquirió la pequeña, saltando dentro de la cabina de pasajeros.

"Lo serías más si no fueras tan inquieta…" Murmuró Subaru burlonamente, ante lo que la pequeña con facciones felinas lo miró con un vistoso puchero.

"¡¿Qué dices Onii-san?! Si esa es una de mis grandes cualidades." Se quejó la pequeña mientras lo picaba con uno de sus pequeños dedos. Subaru, para molestia de ella, simplemente rió ante su actitud infantil.

Dejando de reír, Subaru colocó su mano sobre la cabeza de pequeña, para posteriormente acariciarla cuidadosamente. La niña recibió el gesto en silencio, con un ligero sonrojo apareciendo en sus mejillas y la parte superior de sus orejas. Mimi, avergonzada, levantó lentamente la mirada, esperando encontrarse con la sonrisa que hasta hace solo un instante Subaru había estado desplegando.

Pero con lo que se encontró no era más que una versión corrompida de esto. Una sonrisa quebrada descansaba en el rostro empalidecido del joven, cuya expresión ahora no expresaba más que agonía. ¿Qué había sucedido para causar semejante expresión en él, que hasta hace solo un momento había estado sonriendo tan naturalmente? Mimi no estaba segura del qué exactamente, pero sí lo estaba de que su mente tenía que ver con ello.

La mente de Subaru estaba quebrada, así como su espíritu. Y lastimosamente no era raro que una expresión de completa melancolía se filtrara en su rostro cuando él se descuidaba; después de todo, mantener su fachada todo el tiempo simplemente no le era posible. Él era débil, no había duda de ello. Débil tanto física, como emocional y mentalmente. Mimi no sabía lo que él estaba pensando en ese momento, pero podía hacerse una idea…

Mostrándose decidida, la niña se alejó suavemente de Subaru y saltó fuera de la carroza. Y cuando Subaru se percató de ello, su mano se encontraba flotando sobre la nada. Confirmando que estaba solo, Subaru golpeó repetidamente sus mejillas, forzándose a regresar a la realidad de la que se había ausentado por tan solo unos segundos. Realmente tenía mucho que pensar, pero con Mimi cerca esa no era una opción; tendría que esperar a encontrarse solo en su habitación.

Subaru estaba reacomodándose en uno de los alargados asientos que conformaban la cabina para pasajeros, cuando escuchó una de las puertas de la carroza abrirse. Se trataba de Mimi, lo que no resultaba una sorpresa para él. Subaru se corrió ligeramente para un lado, indicándole a la niña que podía sentarse a su lado, palmeando el espacio que acaba de dejar.

Claro, ella podía sentarse en el asiento en el que hasta hace unos minutos se encontraba Anastasia, pero Subaru conocía a Mimi lo suficiente para saber que ella preferiría sentarse a su lado; así ella podría guindarse a su hombro si así lo consideraba de su agrado, después de todo. Sin embargo, contrario a sus expectativas, la niña no se sentó donde él había indicado. De hecho, no se sentó del todo, ni siquiera subió a la carroza.

"¿Pasa algo, Mimi?" Preguntó él, temiendo que algo pudiera haber ocurrido. Pero la niña, para su tranquilidad, le sonrió tan enérgicamente como siempre antes de responderle.

"¡Nop! Mimi estaba hablando con uno de los sirvientes de la mansión, eso es todo." La niña aun insistía en no entrar a la carroza, lo que estaba confundiendo cada vez más a Subaru.

"¿Hablabas con uno de los sirvientes? ¿Con que fin?" ¿Qué podía buscar Mimi intercambiando palabras con uno de los sirvientes de la mansión? ¿Acaso había ido a molestarlo? Si ese era el caso, podría ser que tanto ella como él se metieran en problemas.

"Mimi le pidió que llevara la carroza y el dragón de tierra a los establos; eso es todo."

"¿Que se llevara la carroza y el dragón de tierra? ¿Pero…?"

"¡Vamos Onii-san! ¡Tienes más de un mes de no salir de la mansión!" La niña entonces finalmente entró a la carroza, pero no para sentarse a su lado y hacerle compañía, sino que para sacarlo de ésta.

"¿Vamos? ¿A dónde? Mimi, deberíamos quedarnos aquí y no causar problemas." Objetó Subaru, negándose a atender los deseos de la niña. Después de todo, Anastasia podría volver en cualquier momento, y no sería correcto que ellos no se encontraran allí cuando eso ocurriera.

Anastasia se hallaba en medio de una reunión con Russell Fellow, el líder del Gremio de Mercaderes. Y la razón por la que él no la había acompañado, era que ésta no tenía nada que ver con la Operación Reinvención. No, la reunión tenía que ver con un trato que Anastasia había hecho con ese hombre, que involucró el préstamo de una gran cantidad de recursos, como armas, carrozas y raciones, para la cacería que tuvo lugar meses atrás; la cacería de la Ballena Blanca.

Subaru desconocía los pormenores del asunto, y después de lo ocurrido con dicha cacería, esa era la menor de sus preocupaciones. Así que la reunión no tenía nada que ver con él. Consecuentemente, Mimi se había quedado para protegerlo en caso de que algo transcurriera. Aun así, cabía preguntarse, ¿entonces por qué había acompañado a Anastasia?

La primera respuesta y la más obvia, era que ambos asistirían a la sede de la Empresa Comercial Hoshin en Lugunica, pues Subaru, desde que habían comenzado operaciones, no se había vuelto a reunir con el departamento de diseño. Los diseñadores habían terminado de procesar los últimos diseños que él había llevado, y dado que tenía una enorme pila de estos esperando en su habitación, esa no era una reunión que pudiera seguir postergando.

La segunda respuesta, y era una de la que Subaru no se había percatado hasta ahora, era sacarlo de la mansión. Incluso se podía decir que el verdadero objetivo era la conversación que Anastasia y él acababan de tener, puesto que la misma Anastasia era quien le había sugerido acompañarla con el pretexto de que, después de que ella se reuniese con Fellow, él pudiera reunirse con los diseñadores.

Y considerando que Mimi, contrario a como usualmente ocurría, había acompañado a Ricardo mientras manejaba, en vez de a Anastasia y a él, estaba más que claro que todo había sido un plan de su jefa para tratar ese tema que por tanto tiempo había preferido ignorar. Y Subaru no sabía cómo sentirse al respecto…

"¡Vamos Onii-san! ¡De todas formas, Mimi está segura de que la reunión tomará un par de horas, así que durante ese tiempo podremos recorrer las calles de esta zona del distrito de clase alta! Aquí viven muchas de las personas más importantes del reino, así que debería ser seguro. Además, cerca de aquí se encuentra un mercado, así que podríamos ir a presenciar de cerca las reacciones de la gente ante las increíbles invenciones de Subaru Nii-san."

"Mimi… En serio no creo que sea buena idea…" Subaru realmente no quería arriesgarse; no se suponía que esa corta salida de la mansión se convirtiera en una aventura… Pero la mirada expectante y anhelante de Mimi en verdad estaba carcomiendo su determinación a negarse. Después de todo, era esperarse que la niña también se encontrara preocupada por él, así como Anastasia; ella solo quería ayudarlo… a su manera. "Bien, supongo que una pequeña caminata no hará daño."


Después de explicarle al guardia encargado de vigilar el portón sobre su pequeña "aventura" y su pronto regreso, ambos, Mimi y Subaru, comenzaron su paseo por las calles de la zona este del que era conocido como la zona de la clase alta, o el distrito de los nobles y demás similares. Si Lugunica, la capital del país con el mismo nombre, fuera representada en un mapa de relieves, resaltaría a la vista que se encuentra construida sobre un amplio cerro; y que el nivel de riqueza de su población es directamente proporcional a la altura en que ésta viva.

Aquellos que gozan de mayores recursos construyen más cerca de la cima del cerro, con el castillo ubicándose en su cúspide, representando el máximo rango social en la sociedad del Reino del Dragón. Consecuentemente, los desdichados se han visto en la necesidad de hacer vida en las faldas del cerro, donde el deslumbrante y lejano castillo sirve como metáfora de que tan lejos se encuentran de conseguir condiciones de vida dignas.

Esa marcada desigual había sido uno de los primeros aspectos de esa ciudad que Subaru había llegado a notar. Y solo era un preámbulo a los muchos problemas sociales que acechaban en la Capital Real. Aun así, era fácil olvidarse de todo ello cuando se recorrían los lujosos caminos que formaban parte del distrito de clase alta; uno al que Subaru se había acostumbrado debido a su casi permanente estadía en éste.

La única vez que Subaru viajó hasta los barrios bajos de Lugunica, fue el día que todo comenzó, el día que descubría su bendición y maldición, el día que le dio su espalda a quienes habían sido las primeras personas que conoció en ese mundo, el día que falló a aquella promesa que le ataba con la primera persona que lo ayudó…

Desde entonces, Subaru nunca abandonó la zona central de la capital, lugar donde se encuentra la casa de Leith, y por lo tanto el taller en el que comenzó su labor en ese mundo. Y esto volvió a variar cuando comenzó lo que, se suponía, era una breve gira a Priestella. Tal vez de no haber ocurrido el asedio de las asesinas, Subaru nunca habría llegado a acostumbrarse al estilo de vida de la clase alta.

Y, aun así, disfrutaba tan poco de este estilo de vida que, de tener la oportunidad, aun si implicaba nunca vivir en una mansión, Subaru habría dado todo lo que tenía por no tener que pasar por todo aquello que lo llevó a las circunstancias en las que ahora se encontraba. Después de todo, vivir con Anastasia reforzaba la desagradable sensación de que era una molestia; aunque lo cierto es que lo mismo habría ocurrido si seguía viviendo con Leith.

Después de todo, Subaru era incapaz de verse como algo más que un estorbo que solo era tolerable por la información que robó de su mundo; un estorbo que valía la pena soportar siempre y cuando todavía pudiera producir artefactos de gran valor. Subaru era activamente consciente de que estos pensamientos se encontraban errados, al menos parcialmente, pero eso no cambiaría el cómo se sentía por dentro, en lo profundo de su ser.

Mientras Subaru fuera incapaz de aceptarse, las palabras que Anastasia le había dicho en la carroza no serían más que una droga de efecto temporal. Él en verdad era muy consciente de todo ello. Por eso necesitaba esforzarse para encontrar ese algo en él que de verdad fuera de utilidad, algo que fuera de él, no de personas cuyas ideas ahora él se encontraba imitando mediocremente. Y aunque contaba con el Regreso por Muerte, en su estado actual su uso simplemente se convertía en eternos bucles de sufrimiento que solo servían para resquebrajarlo cada vez más.

Aprender a defenderse a sí mismo y aquellos que, al igual que él, eran incapaces de hacerlo, era otro de sus objetivos; los que estaban comenzando a apilarse uno sobre otro, sin que fueran alcanzados. Si encontraba la manera de proteger su vida y dejaba de depender tanto de los demás, entonces tal vez podría comenzar a apreciarse a sí mismo, antes de ello le sería muy difícil ignorar el enorme autodesprecio que sentía.

Debido a su incapacidad de protegerse a sí mismo e impedir que otros resultaran dañados por sus falencias, Subaru ahora vivía con Anastasia como si de un parasito se tratara. Y aceptar que se había acostumbrado a los paisajes del distrito de clase alta no le enorgullecía, todo lo contrario. La mansión de la dueña de la Empresa Comercial Hoshin se haya en la parte oeste del distrito de clase alta, por lo que ni siquiera el recorrido de allí hasta la mansión del líder del Gremio de Mercaderes había implicado salir de esa zona.

"En verdad soy despreciable." Murmuró Subaru instintivamente. Aun cuando su despreciable ser no valía una moneda de oro, él vivía una vida cómoda en el área de clase alta, mientras otros que trabajaban toda su vida, así como Leith, apenas podían soñar con algún día darles una mejor vida a sus familias. "Y yo ni siquiera fui capaz de intentar impedir todas esas muertes, aun cuando estaba en mis manos el hacerlo…"

Primeramente, se desinteresó de la vida de esas tres personas cuyos destinos se habían entrelazado con el suyo; negligió de la promesa que profirió durante su primer lecho de muerte. Posteriormente decidió ignorar todas las muertes que ocasionó su cobardía y falta de coraje, desentendiéndose totalmente de las consecuencias de su inacción en Priestella. Y la última vez que las vidas de otras personas pendieron de su decisión de usar o no su habilidad, Subaru había optado por hacer oídos sordos al desgarro en la realidad causado por la caza de la Ballena Blanca.

"Onii-san… -ira ese… mos…" Sus oídos registraron un foráneo sonido, al que Subaru no prestó la más mínima atención debido a aquel ensoñamiento en el que se encontraba. Mientras divagaba en su mente sobre temas en los que realmente nunca dejaba de pensar, Subaru no se percató que se estaba desviando del recorrido que Mimi había prestablecido…

Anastasia y Julius tenían razón, no era su responsabilidad usar su vida como moneda de cambio para conseguir los resultados óptimos de aquellos terribles eventos que habían tenido lugar alrededor de su desgraciada existencia. Nadie sabía de su peculiar bendición y maldición, por lo que nadie esperaba que él se encargara de ello.

Aun así, él sí que era consciente de su capacidad de influir enormemente en el resultado de cada uno de esos eventos. Y que su eterna debilidad, pero sobre todo su repugnante aversión a la muerte, fueran los catalizadores de que no haya hecho nada cuando había tenido la oportunidad, le disgustaba en extremo. Por su puesto, morir era doloroso y traumático, además había prometido apreciar su propia vida y luchar hasta el último de sus alientos; pero igualmente regresaría a la vida, sin importar cuan doloroso fuera su último aliento…

Si su habilidad servía para salvar a una sola persona, solo a cambio de su propio sufrimiento; ¿no era ese acaso un buen precio? Después de todo, él se estaba esforzando exactamente por ese mismo propósito: ser de utilidad, prologar su propia vida y la de aquellos que lo rodean. Allí se encontraba la mayor falla en su manera de lidiar con sus repugnantes debilidades; aún después de todo lo ocurrido, se negaba a utilizar su mejor herramienta.

Podía usar su habilidad para cambiar el flujo de la historia a un resultado favorable para todos en ese mundo, pero se limitaba a utilizarla solo para escapar de los obstáculos letales con los que no dejaba de encontrarse. Si su mente y espíritu no fueran tan débiles… ¿Cuán importante era la existencia de Crusch Karsten para el reino de Lugunica? Subaru no sabía mucho de ella, pero Leith solo había tenido palabras de elogio hacia ella cuando el tema de la Selección Real había llegado a surgir. Su vida por la de ella; ¿no era acaso lo justo?

Y la muerte de la candidata a la Selección Real no había sido la única que resultó de la batalla contra la temible mabestia, también la de decenas de guerreros y la del legendario espadachín Wilhelm Van Astrea. Tal vez si se hubiera suicidado, y le hubiera advertido a Anastasia sobre lo acontecido durante el combate contra la ballena y la posterior aparición de los Arzobispos del Pecado pertenecientes al Culto de las Bruja, hubiera impedido la mayoría de esas muertes.

Pensar en ello era inútil y solo servía para aumentar su autodesprecio, pero Subaru simplemente no podía dejar de hacerlo; era su forma de auto-tortura, su manera de castigarse por ser tan repugnantemente débil. Podía intentar contentarse a sí mismo pensando en que la muerte del Arzobispo de la Gula había causado que mucha que gente que había desaparecido años atrás "volviera a la vida", pero el solo pensar en ello le parecía extremadamente desagradable; le parecía una mentalidad estúpidamente mediocre y autocomplaciente...

Durante el tiempo que estuvo fuera de Lugunica por su segundo viaje a Kararagi, había llegado a escuchar de parte de Anastasia que el caos había llegado a reinar a causa de la gente que estaba "regresando". Los que habían sido olvidados y perdido las memorias, simplemente regresaban a la memoria de la gente y era como si despertaran de un coma, por lo que no causaban demasiado revuelo. Pero lo mismo no podía decirse de los que recuperaban sus memorias para darse cuenta de que habían estado viviendo otra vida. Efecto que sacudía con mayor fuerza a aquellos que habían sido olvidados y volvían a ser recordados, después de meses o años de haber rehecho sus vidas.

Después de ya un par de meses, aún seguían apareciendo personas que podían clasificarse en alguno de los casos anteriores, pero no al nivel de cuando todo comenzó. Sin embargo, si usaba Regreso por Muerte para advertirles a Anastasia y Crusch, probablemente se alcanzaría ese mismo resultado, pero con menor cantidad de bajas. Por eso se había prohibido usar eso como un pretexto autocomplaciente de que no hacía falta cambiar el resultado de la cacería; realmente no contaba excusas con las cuales evadir la culpa.

Suspirando, Subaru detuvo su letárgico caminar. Realmente tenía mucho que pensar, pero hacerlo no lo estaba llevando a ningún lado; de manera bastante literal. Parpadeando, Subaru se percató que se encontraba en lo profundo del mercado en el que, hasta hace solo un momento, se había encontrado en su entrada.

"¿Enana?" Sin perder tiempo, lo primero que hizo fue buscar a Mimi; ante lo que no tardó en percatarse que la niña no se encontraba a la vista. "¡Mim-! ¡Argh!" Estaba por llamarla de nuevo, cuando de pronto fue empujado violentamente, y antes de que pudiera darse cuenta, había salido del mercado y se encontraba en uno los callejones aledaños a éste.

"¡Rápido, agárralo de los brazos!"

Subaru se encontraba en extremo desorientado. ¿Qué estaba ocurriendo? Hace solo un momento se encontraba en un mercado atestado de gente, y ahora se encontraba en un oscuro y solitario callejón. "¿Qué demon-? ¡Gasck!"

"¡Agárralo bien, no dejes que escape!" Había sido golpeado en el estómago, le habían sacado el aire y sus pies estaban comenzando a ceder ante su propio peso. Desesperado, Subaru luchó por recuperar el aire, pero la oportunidad de hacerlo le fue negada rápidamente por otro repentino golpe que impactó cerca de su hígado.

Subaru se hallaba en la incapacidad de discernir que estaba ocurriendo, le hacía falta el aire y su visión estaba comenzando a oscurecerse, lo único que era capaz de distinguir eran manchas negras sobre un lienzo de corrompida oscuridad. Sin embargo, incluso en ese estado, pudo percatarse de que alguien lo tenía sometido por la espalda; no podía usar sus brazos y su movimiento se hallaba totalmente limitado. Subaru aún estaba luchando por comprender la situación en la que se encontraba, cuando de pronto sintió que le estaban aplicando fuerza en la barbilla.

"¡Vas a pagar por lo de la otra vez! ¡¿Me escuchas?!"Aunque tenía la mirada borrosa, Subaru vislumbrar un rostro similar al de una serpiente. Y no porque el atacante fuera un demi-humano, sino por su mirada viciosa y su lengua serpentina que no paraba de mostrar.

"Hmm… No parece que te reconozca." Comentó un tercer atacante, uno que se encontraba fuera del rango de visión de Subaru. Ante el comentario de su compañero, el asaltante de tez serpentina soltó la barbilla de Subaru a la vez que liberaba un quejido de frustración.

"¡Pues me aseguraré de que lo haga!" Gritó entonces el maleante, maliciosamente. Con un gesto de desagradable placer, el sujeto tomó a Subaru por su cabello, obligándolo a mirarlo a los ojos. "Tú nos jodiste. Llamaste al gran Santo de la Espada, haciéndonos quedar mal, ¡pedazo de mierda!" Frunciendo el entrecejo, molesto por la falta de reacción de Subaru, el maleante jaló con más fuerza el cabello negro de su víctima. "No te estábamos buscando, no te creas tan especial; definitivamente no valías la pena. ¡Aun así, la suerte nos sonrió! Estábamos buscando a un ricachón al cual quitarle todo lo que tuviera, cuando te vimos. Así que pensamos; no deberíamos desaprovechar esta oportunidad…"

"Sigue sin mostrar interés alguno por lo que estás diciendo." Insistió la misma voz que antes, ganándose un gruñido de ira por parte de su compañero.

"¡Ya me aburrí de esto! Agárralo bien, Gastón, estoy a punto de darle la paliza de su vida. Y tú, Camb, deja de ser una molestia y participa de la golpiza."

"Como digas… Yo solo quiero cortarlo un poc-"

"K-Kuro… Sha…" Antes de que el maleante de nombre Camberley pudiera terminar de hablar, un susurro proveniente de Subaru lo alertó a él y sus dos compañeros; Subaru finalmente los había reconocido. El hombre de rostro repugnante estaba por increpar a Subaru por ello, pero antes de que pudiera hacerlo… "¡Shamak!" El callejón fue envuelto por verdaderas penumbras.

Subaru, poniendo en uso lo aprendido durante su entrenamiento junto a Julius, que no involucraba puramente esgrima, tomó con fuerza el brazo de su captor y lo torció con fuerza, doblándolo más allá del límite natural del codo. El ladrón liberó un aullido de agonía, que fue la señal de Subaru para comenzar su vertiginoso escape. Tomó una bocanada de aire y esquivó el intentó de embestida por parte del ladrón que hasta hace un momento había disfrutado de golpearlo.

"¡No escaparas de nue-! ¡Agkh!" Subaru sabía lo que debía hacer y así lo hizo. Con un rápido golpe al cuello del sujeto, Subaru se libró de éste y comenzó a correr hacía la salida del callejón. Conforme se alejaba, pudo escuchar como el más pequeño de los maleantes buscaba a tientas a sus compañeros en la oscuridad.

Tenía que correr, tenía que escapar. El dolor fantasma de la apuñalada que recibió en su espalda se estaba manifestando, y Subaru solo podía pensar en aliviarlo alejándose de esos tres patéticos asaltantes lo más rápidamente posible. Subaru sabía que, por mediocre que fuera su avance durante su entrenamiento con Julius, éste sí que bastaría para vencer a esos tres maleantes; después de todo, ya una vez lo había logrado antes de todo ello.

Aun así, su patético miedo a la muerte, reforzado por los últimos ciclos de muerte y los traumas consecuentes, le instaba a seguir corriendo, a no mirar atrás. "No hace falta que luches"; eso es lo que Anastasia y Julius le habían dado a entender. "No tienes que esforzarte tanto"; ¿acaso era tan fácil? ¿Podría seguir huyendo de por vida? ¿Era esa la solución a sus interminables problemas? Subaru sabía que la respuesta era negativa, pero en ese momento lo que menos deseaba era enfrascarse en un combate carente de sentido.

Subaru finalmente vio la luz al final del túnel, se trataba de la salida del callejón. Y dada la ausencia de señales de persecución tras de él, parecía que en verdad vengarse de él por lo sucedido no valía la pena. Y tenía sentido, al fin y al cabo, él carecía de cualquier valor, aun para esos tres patéticos ladrones. "Solo Anastasia… Mimi... Julius... Otto... Leith…" Había escasas personas que, a diferencia de él y aquellos que lo rodeaban, realmente veían valor en él, en su vida.

"¡¿Onii-san?! ¡¿Dónde te metiste?! Mimi dejó de mirarte por un segundo y desapareciste…" Por ello, cuando finalmente pudo reunirse con Mimi, después de diez minutos escapando entre un mar de personas, Subaru se forzó una vez más a sonreír.

"Vi algo que llamó mi atención, terminé dejándome llevar y perdí la noción del tiempo, eso es todo." La niña se encontraba alarmada, y eso considerando que no tenía señales visibles de maltrato; después de todo, solo lo habían golpeado en el abdomen. Mimi lo miró, dudosa, pero finalmente decidió no insistir al respecto.

"Deberíamos regresar de una vez. La señorita podría enojarse si se entera que llegué a perder de vista a Onii-san…" Y así, la breve caminata llegó a su fin.

Subaru lanzó una última mirada al mercado, antes de salir de éste; genuinamente no había señales de ninguno de los ladrones. Subaru liberó un pesado suspiro, esforzándose por ocultar el dolor que le causó hacerlo… Su falta de coraje era vergonzosa, al punto en que le daban ganas de vomitar. Lo mínimo que podía hacer ahora era abstenerse de revelar lo ocurrido, de lo contrario solo preocuparía a Mimi y Anastasia más de lo que ya estaban, y la pequeña podría resultar enormemente afectada.

Se sentía como si estuviera atrapado en un ciclo de miseria, uno del que simplemente era imposible salir. ¿Es que acaso solo había tres maleantes en todo el reino? ¿Por qué siempre se encontraba con los mismos? Era su culpa; si hubiera estado prestando atención en vez de dejarse llevar por sus cavilaciones… Era culpa del destino, de la providencia, que no dejaba de colocar obstáculos en su camino y que disfrutaba de hacerlo sufrir…

Esta vez se había librado sin mayor problema, pero cuando llegara la próxima... ¿Es que acaso se encontraba en un bucle eterno de miseria del que cuya existencia no se había percatado? ¿O simplemente era tan inepto que seguía dando vueltas en círculos, incapaz de mejorar en lo más mínimo? Subaru no estaba seguro de querer descubrir la respuesta…