Cuando el silbar del viento de la noche romana comenzó a despertarle, aún rodeaba su cintura desnuda con el brazo.

Al principio se rebeló y trató de ignorar aquel inoportuno sonido, decidido a dormir un poco más, pero no tardó en darse cuenta de que, para bien o para mal, había comenzado a despabilarse y el continuo susurro del aire al pasar cerca de las ventanas de su habitación no haría nada por dejarle seguir durmiendo. Sentía el suave y mullido tacto de la almohada contra su mejilla y, a pesar de notar aún los párpados enormemente pesados, Patrick McKenna terminó por hacer un esfuerzo y comenzar a abrir los ojos poco a poco, adaptándose a la oscuridad que aún invadía la estancia.

La luz que entraba de la calle proyectaba sombras desiguales a lo largo de la amplia habitación, sumida en el más absoluto silencio. Tumbado boca abajo en la cama, el joven parpadeó un par de veces antes de lograr mantener los ojos abiertos por completo: le sorprendió comprobar, al otro lado de la ventana, lo oscuro que aún estaba el cielo, aunque la luz anaranjada de las farolas que alumbraban Roma por la noche, velando el sueño de sus vecinos, brillaba ahora por su ausencia. Su mirada se perdió por unos momentos en esas pequeñas y lejanas estrellas que, con su tímido titilar, aún retaban a la incipiente llegada de la aurora. Él solía despertarse todos los días antes de que los rayos del sol comenzaran a teñir el cielo romano de tonos rosados y rojizos, difuminando la oscuridad de la noche a su paso, para poder preparar la misa de las siete de la mañana con suficiente tiempo, así que no le costó identificar el momento del día en que se encontraba.

Apenas debían quedar unos minutos para que amaneciera.

Era algo que no esperaba, a decir verdad. Aún se sentía tan agotado que no le hubiera extrañado dormir hasta bien entrado el día siguiente, pero suponía que el ritmo de su rutina diaria había bastado para hacerle despertar a esas horas, incluso cuando no tenía que hacerlo debido a los días de considerable menor actividad que había en el Vaticano tras las celebraciones de los días clave de las fiestas navideñas. Conforme el sueño le abandonaba poco a poco, iba siendo más consciente de cuanto percibían sus sentidos y no tardó en estremecerse: el frío invernal, acentuado ahora que se aproximaba el alba, recorría sus hombros desnudos en gélidas caricias. Irguiendo la cabeza y alargando el brazo hacia la mesilla de noche, Patrick tomó el despertador, asegurándose de que la alarma no estuviera activa.

Y, al girar sobre sí mismo, ahí estaba ella.

A medida que los recuerdos de la noche pasada acudían a su mente aún somnolienta, el joven se sintió conmovido por su presencia allí, acurrucada aún entre sus sábanas. Ajena al leve ulular que había bastado para despertarle a él, Claire Dilthey aún dormía profundamente, su rostro reflejando una calma absoluta. Sus labios, esos labios que Patrick había besado tantas veces hacía apenas unas horas, permanecían un poco entreabiertos, escapando de ellos una respiración suave y pausada. Teniendo cuidado de no moverse demasiado para no despertarla, el joven se acomodó de nuevo a su lado, sintiendo cómo una ya conocida cálida sensación inundaba su corazón: ¿acaso podría llegar a acostumbrarse a despertarse a su lado sin sentirse así? No creía que fuera posible, a pesar de todo, no había día en que no hubiera considerado la presencia de Claire en su vida como una bendición.

Era tan hermosa… Sabía que Claire pondría los ojos en blanco y esbozaría una sonrisa divertida si pudiera leerle la mente en esos momentos, pero era cierto: no creía que le hubiera parecido nunca tan preciosa como en aquellos instantes. Su cabello rubio contra el blanco inmaculado de su almohada, la curva de sus pestañas adornando sus ojos cerrados, la forma de sus labios rosados… Lo que habían compartido, lejos de todo lo que le habían enseñado a lo largo de su vida, había sido algo especial y bello. Sólo habían existido ellos y el profundo amor que se profesaban, todos los problemas y dificultades se habían esfumado como si nunca los hubieran tenido, dejándoles únicamente con la sensación de que juntos podían lograr cualquier cosa.

Podían llegar a ser felices, una vez que todo acabara.

Odiaría volver a dormirse en aquellos momentos, al igual que odiaba la sensación de que debía completar parte de su agenda diaria antes de volver a su lado, sentía que no quería perderse ni una sola de sus respiraciones, ni cómo estaba esparcido su cabello sobre la almohada… Quería aprendérsela de memoria, que ese momento quedara grabado a fuego en su mente para poder rescatarlo cuando ella regresara a su apartamento. Incapaz de resistirse, Patrick le apartó unos mechones rubios del rostro, aprovechando para acariciar de nuevo su rostro, dibujando círculos con los nudillos en una de sus mejillas, sin atreverse a hacer más por temor a despertarla, aunque no ansiaba otra cosa que volver a cubrir sus labios con besos, colmarla de caricias y envolver su cuerpo con el suyo.

Aún dormida, Claire suspiró y se estiró un poco, tratando de cubrirse mejor con las mantas. Patrick se apresuró a arroparla con mimo, viendo lo torpes que eran sus intentos.

- Ya está, tranquila… - le susurró Patrick, a la vez que se aseguraba de que ni la más mínima brisa pudiera deslizarse bajo las sábanas. - Sigue durmiendo, Claire…

- Hace frío… - murmuró ella, todavía adormilada.

- No te preocupes por eso, mi amor… - le contestó él manteniendo el tono de voz bajo, casi como si le confesara un secreto. - Para tí aún es de noche, descansa…

Se inclinó hacia ella, besándola largamente en la mejilla, y al apartarse comprobó que la periodista continuaba durmiendo, su sueño aún demasiado profundo como para comenzar a despabilarse. La voluntad de Patrick de incorporarse de la cama y comenzar un nuevo día flaqueaba frente a la alternativa de permanecer a su lado, pero se obligó a pensar que cuanto antes hiciera las pocas cosas que tenía en la agenda aquel día, antes podría volver con ella. Así, forzándose a apartar la vista de la joven que dormía acurrucada en su cama, Patrick McKenna se levantó y se dirigió hacia el armario más próximo, tomando el primer pijama que encontró antes de dirigirse a la ducha, aún sorteando las prendas de ropa que tanto Claire como él habían dejado por el suelo de cualquier manera la noche anterior.

Un nuevo día amanecía y con él nuevas posibilidades.

Nuevas esperanzas.


Los primeros días el personal del Gemelli la había mirado como si estuviera loca, pero no le había importado.

No podía decir que les culpara especialmente, Erika Keller sabía que la imagen de la pobre chiquilla paralizada y muda, cubierta de la sangre de su novio, al que había intentado socorrer en vano después de que un coche le pasara por encima, aún estaba muy presente en el personal médico que había tratado con ella. La joven suiza sólo había comenzado a hablar a raíz de la visita de Claire Dilthey, quien le había sorprendido muy para bien después de haber pasado buena parte del tiempo que llevaba en Roma detestándola en secreto, aunque no había podido aportar ninguna información sobre el vehículo que había arrollado a Alexandre Chartrand, ni mucho menos sobre la persona que se hallaba al volante.

Todo había pasado tan rápido y ella estaba tan furiosa que le era imposible recordar nada.

Hablar con Claire Dilthey le había ayudado, mucho. Le había hecho ver que no estaba sola y había podido entregarle los documentos por los que Chartrand y ella habían discutido en un primer momento, deseando que la periodista y también Patrick McKenna pudieran encontrar algo en ellos que ayudara a saber quién le había hecho eso al joven suizo. Pero quizás también lo que más había contribuido a hacerle recuperar el sentido de la realidad era escuchar cómo los médicos hablaban en susurros cuando creían que ella no podía escucharles, preguntándose entre ellos si había algún familiar de Alexandre al que pudieran acudir porque estaba visto que ella estaba demasiado afectada como para poder ser de mucha ayuda.

Si algo siempre había destacado en Erika Keller era su voluntad absolutamente férrea, algo indispensable en el mundo del ballet, que exigía tantas horas de dedicación y duros ensayos para crear algo bello que ofrecer a la audiencia. Así, la bailarina había hecho de tripas corazón y se había esforzado por sobreponerse al horror que había presenciado, alzando la barbilla y dirigiéndose a los doctores para hacerles saber los datos completos de Chartrand, todo lo que había sucedido aquella tarde en el puente de Víctor Manuel II, así como hacerles saber que se pondría en contacto con los familiares del muchacho lo antes posible.

Así, había vuelto a sentirse en control de la situación, a pesar de la dura experiencia vivida.

Saber que contaba con la ayuda y el apoyo tanto de Claire Dilthey como de las hermanas de Alexandre había supuesto un mundo, pues le reconfortaba mucho saber que no estaba enfrentándose a ello sola. Además, en cierto modo, una bailarina nunca estaba sola. La mente de Erika Keller siempre escapaba al ballet en tiempos de dificultad, de forma natural, los compases de las piezas más famosas cobraban vida en su mente, inundándola de una paz que aún seguía sorprendiéndola, incluso después de tantos años bailando.

De este modo había sucedido que los médicos volvieron a mirarla como si estuviera loca.

Una de las paredes de la habitación en la que se encontraba hospitalizado Alexandre Chartrand estaba acristalada, de modo que los médicos podían ver lo que sucedía en su interior al pasar por el pasillo. Así era como un día habían visto a la joven suiza realizando estiramientos sobre el suelo de la estancia, tocándose la punta de los pies con una facilidad pasmosa y llevando a cabo estudiados movimientos como el plié, retiré, tendu, incluso la arabesque con una fluidez imposible de imaginar en una mera aficionada. Con el reproductor de música sujeto a su cintura y los auriculares en sus oídos, Erika danzaba en la habitación a solas, perdiéndose en un mundo que era sólo suyo y que le ofrecía abrigo y consuelo cuando más lo necesitaba.

En una de esas ocasiones, había visto que uno de los médicos se detenía a contemplarla en el pasillo, al otro lado del cristal, pero ella le había ignorado, alzando la barbilla y siguiendo la coreografía como si el sanitario no se encontrara allí. Éste, por su parte, finalmente había entrado en la habitación y le había hecho señas para que se quitara los auriculares. Haciéndose a la idea de que iba a recibir una reprimenda, la joven suiza pausó la música con desgana y le miró, aguardando a que comenzara a hablar.

Pero, lejos de reñirle, el médico se interesó por ella, haciéndole varias preguntas relativas al ballet. La muchacha las contestó todas, aún sin saber muy bien de qué iba el asunto, hasta que el hombre le dijo que quizás era buena idea que dejara que la música sonara en el resto de la estancia. El cerebro de una persona en coma, le había dicho, podía reaccionar ante ciertos estímulos como la música, más si tenía un significado especial para él. Erika lo pensó durante unos momentos antes de asentir, dejando los auriculares a un lado y dejando que la música fluyera por la habitación mientras ella retomaba su estudiada coreografía.

Así llevaba abordando los últimos días, en los turnos que ella se quedaba a velar a Alexandre.

Él había ido a ver cada función de ballet en la que ella había participado desde que tenía memoria, incluso antes de que comenzaran a salir, de modo que, allá donde su mente se encontrara en aquellos momentos, Erika esperaba que esas famosas notas estuvieran ayudándole a sanar de cierta manera, una que ella no podía alcanzar a comprender.

Era aún muy temprano aquel día, ni siquiera eran aún las ocho de la mañana y una de las hermanas de Chartrand, Josephine, hacía poco que se había despedido de ella para marcharse a descansar después de pasar la noche velándole. Erika ahogó un bostezo y se pasó la mano por el rostro, moviendo las teclas de su teléfono móvil mientras estudiaba las piezas que iban quedando resaltadas en el dispositivo a medida que repasaba su biblioteca. En los últimos días había recurrido a temas de los ballets de "Romeo y Julieta" de Prokófiev y "La bella durmiente" de Tchaikovsky, puesto que eran los que más había trabajado pero la noche pasada había tenido bastantes problemas para conciliar el sueño, de manera que Erika buscaba alguna otra cosa, algo que la sacara de su zona de confort y la envolviera por completo, sin dejar pasar a ningún problema.

Y vaya que si lo encontró.

- "La danza de los cisnes" - murmuró la joven para sí, estudiando la pantalla del dispositivo.

Pese a lo mítico que era, y quizás precisamente por eso, "El lago de los cisnes" le seguía inspirando un fuerte vértigo, una sensación que le desagradaba y le atraía a partes iguales. Sentía desagrado porque no solía sentirse intimidada por una pieza de ballet y atracción porque anhelaba conquistar esa sensación, hacer ese ballet suyo como lo había logrado hacer en otras ocasiones. Aún no había tenido la oportunidad de interpretar ningún personaje de peso en esa obra, sino que había sido parte del conjunto de bailarines de la compañía, pero esperaba ser algún día lo bastante buena como para poder interpretar el papel principal. No obstante, Erika recordó que una versión bastante suavizada de "El lago de los cisnes" debía ser uno de los primeros a los que la joven había invitado a Alexandre Chartrand.

Era especial. Una pequeña pizca de luz en una situación tenebrosa.

Dedicando pocos pensamientos más al asunto y tras realizar los debidos estiramientos, Erika presionó el botón de play y dejó el dispositivo en una mesita cercana, tomando distancia para ponerse en posición. La joven cerró los ojos y esperó a que las primeras notas de música emergieran, inundando sus oídos y despertando sus sentidos poco a poco, entrando en contacto con su mundo interior. Alzó uno de sus brazos con delicadeza para luego dejarlo caer a modo de solemne reverencia, el cisne del cuento de hadas saludando a la luna llena en el firmamento, para después dar unos pequeños pasos de puntillas, lamentando no tener su tutú puesto, ya que el movimiento de éste recordaría al de las plumas de un cisne chapoteando grácilmente por la superficie del lago encantado.

Erika se movía guiada por la música, dirigiendo ésta cada uno de sus pasos como si hubiera estado destinada a bailar incluso desde antes de nacer. Hacía sus brazos ondear con suavidad a su espalda, simulando el agitar de las alas del cisne, teniendo cuidado de no tirar nada. Se encontraba a los pies de la cama, por lo que era imposible que pudiera llegar a chocar con ninguno de los sueros conectados al joven suizo, y, de todas maneras, había llegado a memorizar esa habitación de hospital como la palma de su mano.

Recuerdos de una caja de música acudieron a ella.

La joven abrió los ojos al momento, conteniendo la respiración y se apoyó en el armario empotrado de la estancia. Apretó los labios y parpadeó varias veces antes de cerrar los ojos con fuerza, poco dispuesta a volver a desmoronarse. Aquel verano, cuando Alexandre Chartrand había tenido la oportunidad de pasar unos días de permiso con su familia en su tierra natal, el joven le había hecho un regalo. Erika recordaba haber desenvuelto la diminuta cajita con impaciencia y había quedado emocionada al comprobar que se trataba de una pequeña caja de música en la que sonaba el tema principal del ballet con el que ahora se encontraba danzando. Incluso había una bailarina con su diminuto vestido de tul que giraba sobre sí misma mientras sonaba la música.

Entonces, Alexandre había comentado que le recordaba a la bailarina de papel de "El soldadito de plomo".

Poco imaginaba él lo siniestramente acertado de su comentario.

Pues ella se sentía como una bailarina de papel… Y él era el soldadito al que le faltaba una pierna.

Habían llevado a cabo la intervención hacía un par de días y Erika aún no se hacía a la idea de contemplarle acostado sobre su cama en el hospital, con mil tubos, y que en su relieve le faltara media extremidad a la altura de la rodilla. Sabia que había sido la decisión correcta, el mal menor comparado con lo que podía suceder, pero le preocupaba cómo podía reaccionar él cuando despertara y se diera cuenta de lo que había pasado. Los doctores les habían hablado del tema, a ella y a las hermanas de Alexandre, haciéndole saber que tendría que contar con apoyo psicológico además de la debida rehabilitación física pero que creían que el joven ya había pasado por lo peor.

Quizás pecara de ingenua, pero Erika tenía una fe ciega en Alexandre. Sentía que se recuperaría antes de lo que los médicos podían llegar a aventurar. Él siempre había sido un chico tan valiente, tan entregado y tan fuerte. La joven suiza se llevó una mano al pecho y se obligó a respirar hondo, tal y como le había enseñado uno de los psicólogos que trabajaban en el Gemelli, mientras contemplaba a Alexandre tumbado sobre la cama mientras la música seguía sonando.

Y entonces algo sucedió, algo tan fugaz que si hubiera parpadeado se lo hubiera perdido.

La bailarina contuvo el aliento y se inclinó hacia adelante, prestando toda su atención a una de las manos de Chartrand.

Habría jurado…

Tras unos segundos en los que guardó un silencio monacal, sólo interrumpido por el ir y venir del personal sanitario en el pasillo, Erika había empezado a negar para sí con la cabeza, regañándose por ser tan ilusa, cuando volvió a suceder, justo en el momento en que la música se elevaba en uno de los momentos cumbre de la obra. La joven sofocó un grito ahogado y se lanzó hacia uno de los lados del lecho de Alexandre Chartrand, tomando una de sus manos entre las suyas.

Ahí estaba, sus dedos se estaban moviendo.

Era apenas un leve temblor mientras el guardia suizo, aún inconsciente, parecía tratar de estirar los dedos, pero era más que suficiente.

Era la señal de que toda aquella pesadilla estaba a punto de terminar.

Ya incapaz de contener las lágrimas de emoción, Erika besó con fervor la mano del joven antes de precipitarse al pasillo, llamando a gritos al doctor más cercano.


Al principio acudió a ella tan lejano como una ilusión, el suave gorjeo de los pájaros revoloteando en la plaza de san Pedro.

La joven respiró hondo y apretó los párpados con cuidado, resistiéndose a despertar. No recordaba haber escuchado nunca el canto de los pájaros así, quizás sólo cuando era muy pequeña y aún vivía en Hogganfield. El trino de las aves no era estridente, sino tímido y dulce, produciéndole una sensación cercana a la caricia del sol de un día que acababa de nacer. Encogiendo los hombros de manera que volvieran a quedar cubiertos por las sábanas y el mullido edredón que la cubría, Claire Dilthey pensó que ojalá esa sensación pudiera durar eternamente, la de sentirse a mitad de camino entre el mundo del sueño y la vigilia, siendo arrullada por los pájaros cantores y tan cómoda como si se hallara reposando en una nube.

Pero nada duraba para siempre.

La periodista abrió los ojos poco a poco, dejando que su vista se acostumbrara a la luz del día que sentía contra sus párpados, la habitación en la que se encontraba aún componiendo una confusa danza de formas y colores. Pensó que aquel lugar parecía ser mucho más amplio de lo que era su dormitorio en el pequeño refugio romano que era su apartamento, donde desde luego la luz no entraba de forma tan libre e incontenible. Debía ser muy tarde, desde luego no era la hora a la que solía despertarse todos los días, pero no le importaba. Desde un principio había sabido que aquel día dormiría quizás hasta ya bien entrada la tarde, ya que conducir cerca de diez horas de ida y vuelta era una hazaña que se veía incapaz de repetir…

Entonces recordó.

Claire Dilthey dejó que sus ojos se abrieran de par en par, el manto del sueño abandonándola poco a poco. Sí, desde luego aquella no era su casa y no podía alegrarse más de que no lo fuera, ya que significaba que lo ocurrido la noche anterior no había sido un sueño demasiado bueno para ser verdad. La joven se incorporó un poco, apoyando los codos en el colchón a la vez que sujetaba las sábanas contra su pecho. Patrick no estaba por ninguna parte, pero no debía de andar muy lejos, probablemente en la ducha o en la biblioteca. La cálida sensación en el interior de su pecho que la había inundado la noche anterior se resistía a abandonarla, pues ahí permanecía dibujando una suave sonrisa en su rostro.

Nunca habría imaginado que la noche pudiera terminar así, ni en un millón de años.

Cuando ambos habían acordado viajar a Craco amparándose en el abrigo de la madrugada, Claire había tenido en cuenta que se trataba de un viaje muy arriesgado y peligroso para ambos, casi preparándose para lo peor. Pero nada podría haberle hecho imaginar que aquella madrugada iba a ser la mejor que pudiera recordar. No recordaba haberse sentido tan enamorada nunca antes, necesitar tanto a otra persona como necesitaba a Patrick, y ahora, a pesar de que la situación en la que se hallaban aún estaba lejos de ser perfecta - si es que la perfección existía -, se sentía casi como si flotara en una nube de felicidad de la que no iba a bajar en un futuro cercano.

De alguna manera, habían logrado llevar a cabo el viaje sin mayores contratiempos y su amor había acabado ahogando en lo más profundo de su ser los recuerdos más tristes ligados a aquel pequeño pueblo italiano en ruinas.

Y sabía que Patrick lo sentía de la misma manera.

Escuchó ruidos en la sala de al lado, en la biblioteca, y no pudo evitar sobresaltarse, pero no le dio mucho tiempo a preocuparse de quién podía ser porque la puerta no tardó en abrirse con sumo cuidado, pasando tras ella Patrick McKenna, quien volvió a cerrarla tras de sí de igual modo. Vestía ahora un sencillo pijama blanco de dos piezas y Claire no pudo evitar sonreír al darse cuenta de que si actuaba con tanto cuidado era por temor a despertarla.

- Dichosos los ojos, Patrick… - habló entonces Claire, llamando la atención del joven.

Dios, probablemente llevase durmiendo más de diez horas y su voz aún sonaba adormilada.

Por su parte, algo brilló en los ojos azul verdosos de Patrick, cierta ternura que seguía conmoviéndola más de lo que se veía capaz de confesar. No iba a mentir: a pesar de que habían avanzado mucho en su relación, una pequeña parte de Claire, muy por dentro, temía que el joven pudiera haber llegado a arrepentirse de la noche pasada. No obstante, hacía mucho que la culpabilidad había abandonado sus ojos cada vez que la miraba y en ellos siempre podía leer los mismos sentimientos hacia ella: una admiración y un amor que le hacía preguntarse cómo podía ser tan afortunada de amar a una persona como él, siendo además correspondida de la misma manera.

No creía que pudiera encontrar nunca respuesta a ella.

- Perdona, no quería despertarte… - dijo finalmente el joven pontífice.

- No lo has hecho - contestó Claire a su vez, acomodándose de nuevo contra la almohada. - Casi temo preguntártelo pero ¿qué hora es?

- Son pasadas las once de la mañana: si he de ser sincero, pensaba que tardarías más en despertarte… - admitió Patrick mientras tomaba asiento con cuidado en el borde de la cama.

- Yo también lo pensaba, créeme

La joven alargó el brazo hasta alcanzar una de las manos de Patrick sobre la colcha, quien se apresuró a llevársela a los labios besándola con devoción. Claire sonrió, sintiendo el corazón tan lleno de amor que incluso le hacía difícil respirar con normalidad. No esperaba que entre ellos, a la mañana siguiente de haber hecho el amor por primera vez, existiera ya esa familiaridad y esa naturalidad que invitaba a la calma incluso si ninguno de los dos decía nada. Era increíble lo mucho que habían avanzado en su relación y la periodista apenas podía esperar a ver qué nuevas cosas les depara el horizonte, pues éste ahora le parecía más claro, ayudándole a ver el lado más hermoso de la vida incluso en unas circunstancias que distaban mucho de ser perfectas.

- Me alegro de que estés aquí - murmuró finalmente Patrick. Claire esbozó una suave sonrisa y tiró con suavidad de su mano.

- Vuelve a la cama, anda

No era una ingenua. Sabía que rara vez tendrían oportunidad de volver a estar juntos de esa manera y estaba decidida a aprovechar cada segundo que les quedara por delante antes de regresar a su apartamento. Tan pronto como el joven rodeó la cama, deslizándose bajo las sábanas de la misma por el lado contrario, Claire acudió a su encuentro, acurrucándose de nuevo contra su pecho. Por unos momentos no hicieron más que permanecer así, disfrutando de la cercanía y la calidez del otro, Patrick observando la curva de las pestañas de Claire y acariciando sus cabellos rubios. Se inclinó hacia ella, dándole un pequeño beso en la punta de la nariz, algo que hizo que la joven dejara escapar una suave risa, antes de preguntarle:

- ¿Estás cómoda?

- Estoy mejor que cómoda - contestó la joven, acomodando mejor la cabeza contra la almohada. - De buena gana pasaría el resto del día así… Y contigo, desde luego, no permitiría que te fueras a ninguna parte

- Estoy acostumbrado a levantarme muy temprano - se defendió Patrick a modo de broma. - Hubiera preferido quedarme aquí, a tu lado, pero al mismo tiempo pensaba que cuanto antes terminara todo lo que tenía que hacer, antes podría volver aquí…

- ¿Y has estado muy liado? - se interesó ella.

El joven se encogió de hombros, quitándole importancia.

- Siempre hay cosas que hacer: discursos que redactar, correos que enviar, visitas que supervisar… Pero al haber pasado los días más claves de las celebraciones de Navidad, la verdad es que todo está muy tranquilo…

No quería que nada enturbiara la dicha que sentía en esos momentos pero lo cierto era que, por mucho que los dos estuvieran enamorados, de que estuvieran decididos a luchar por su relación, aún les quedaban grandes muros por derribar. Era imposible no pensar en que ella no debería estar allí, no quería imaginarse la reacción que provocaría saber que lo ocurrido entre ellos había tenido lugar y, al mismo tiempo, sentía rabia por ello. No estaban haciendo nada malo, ni perjudicaban a nadie con su amor. Patrick estaba mejor que cuando había vuelto a verle seis meses atrás, no había descuidado sus obligaciones ni un segundo, ni tampoco le había mostrado ningún trato de favor.

El pensar que había gente que pudiera tener un concepto totalmente equivocado de la relación que ambos tenían la apenaba mucho.

- ¿Quieres hablar de lo que te preocupa? - se interesó Patrick, colocando un mechón rubio tras la oreja de Claire.

Ella esbozó una media sonrisa, a la vez que alzaba la mirada, haciendo que sus ojos se encontraran con los suyos. Patrick siempre había sabido leer en ella con una naturalidad que se resultaba cálida y cómoda a partes iguales: junto a él se sentía a salvo, en casa, como si nunca nada pudiera ir mal mientras él estuviera allí. Pasara lo que pasara, ambos estaban en el mismo barco, comprendían las circunstancias del otro y estaban profundamente enamorados. Para cualquier otra pareja eso debía ser suficiente, pero estaban a años luz de ser una pareja corriente.

- No quiero perjudicarte, Patrick - admitió ella. El joven ya había tomado aliento, dispuesto a contestarle cuando ella negó con la cabeza, pidiendo la palabra. - Te quiero, muchísimo: eso ya lo sabes. Y la idea de no tenerte a mi lado me asusta, pero, al mismo tiempo… No se supone que deba formar parte de tu vida

- Nada tiene más sentido que formes parte de mi vida, Claire - contestó él, tomando una de sus manos entre las suyas. - Lo sé, en toda mi vida nunca antes he sentido tanto que algo es como debe ser como esto… Lo único que debería ser de otra manera es que tú no tendrías qué preocuparte por mantenerte escondida, ni tampoco sentirte mal por algo que…

Patrick negó con la cabeza para sí. Al conocer a la periodista, escuchando su experiencia de vida más allá de los muros del Vaticano, creciendo como una persona prácticamente laica, había comenzado a preguntarse por qué algunas cosas de la doctrina de la iglesia eran de la manera que eran, algo que nunca antes se había cuestionado… Y al empezar a amarla esas preguntas no habían hecho más que aumentar, desafiantes y ansiosas de lograr una respuesta que a veces se le mostraba esquiva, no sólo por la doctrina establecida sino también por el pensamiento de parte de los miembros de la Iglesia, cuyo punto de vista a veces llegaba a tener incluso más peso que la propia doctrina.

- Buscaré la manera de solucionarlo, ¿de acuerdo?- le prometió Patrick. - Y voy a protegerte hasta el final, no consentiré que tu imagen quede dañada, no mereces eso. Tiene que haber una manera en que podamos permanecer juntos, estoy seguro de ello: no soy el primer sacerdote ni mucho menos seré el último en enfrentarse a esta situación…

- Si sólo fueras sacerdote sería todo relativamente más fácil… - murmuró Claire, dibujando la silueta de su mandíbula con uno de los dedos. - No conozco apenas nada de la historia del Vaticano, eso ya lo sabes, pero me atrevería a decir que a este nivel sí que somos revolucionarios… - la joven sonrió para sí, resignada. - Eres uno de los personajes más relevantes de este siglo, estás en el punto de mira de forma casi constante, todo el mundo te adora, tanto los que creen como los que no… Para tí ya es complicado en el sentido de que supone quebrantar una promesa, si le añades todo lo demás…

- No te preocupes por ello ahora, Claire - le instó él. - Ni tampoco por mí, he sobrevivido a cosas mucho peores…

- Desde luego - asintió ella, sintiéndose más calmada.

- Por ahora disfrutémoslo, dejemos a un lado todo lo demás - habló de nuevo Patrick, acariciándole el hombro. - Todo lo demás puede esperar, el mundo puede esperar…

Apenas había terminado de pronunciar esas palabras cuando la besó en los labios. La besó como si quisiera borrar no sólo las preocupaciones de la joven sino también las suyas propias. Sabía que Claire tenía razón y era sensato no encontrarse tranquila del todo, pero también sentía una fe irrefrenable porque aquella situación tenía solución. No pudo evitar pensar en algo de lo que la periodista había dicho, sobre que no creía que en la historia del Vaticano hubiera habido ningún pontífice con una situación similar a la de ellos y en parte tenía razón.

Había muchos nombres de pontífices que se le habían quedado grabados en la mente de sus estudios en las distintas salas de biblioteca del Vaticano. Recordaba un volumen dedicado a los pontífices más cuanto menos cuestionables con los que había contado la Iglesia Católica y era un hecho que cierto número de ellos no habían respetado el voto de castidad, aunque estaba seguro de que debían existir más casos de los que se hallaban documentados. Del mismo modo, no todos los casos eran iguales: habían habido papas viudos cuyas esposas habían muerto antes de que ellos se ordenaran sacerdotes y papas que habían quebrado sus votos durante su pontificado de manera deliberada, tanto con mujeres como hombres.

Quizás el más conocido de todos fuera Alejandro VI, cuyo nombre secular había sido Rodrigo Borgia, quien había mantenido en el Vaticano a la amante a la que ya frecuentaba cuando era un simple sacerdote y con la que tuvo cuatro hijos. Ya durante su pontificado había frecuentado la compañía de Giulia Farnese, cuyo rostro incluso había mandado pintar en los muros del Vaticano poniéndola en las vestimentas de la virgen María o de ángeles celestiales. Con ella había tenido una hija y se creía que había tenido al menos diez más de mujeres cuyo nombre la Historia desconocía. El papa Borgia no había sido un pontífice ni mucho menos cándido, habiendo hecho uso de su poder para enriquecer a su familia y que aún a día de hoy era recordado como un tirano, una mancha negra en las páginas de la historia de la Iglesia.

Por otra parte Juan XII había sido acusado por sus contemporáneos de convertir un lugar sagrado en una casa de rameras, habiendo llegado a tener relaciones con su propia sobrina y encontrando su final al ser atacado por un marido celoso en pleno acto sexual. Luego estaba Sixto IV, quien había pasado a la Historia por nombrar cardenales a sus jóvenes amantes, a quienes premiaba por su belleza, para así poderlos tener a su disposición…

Pero lo cierto es que no le venía a la mente ningún caso como el suyo.

No le daba la impresión de que ninguna de esas mujeres u hombres hubiera importado demasiado a ninguno de sus predecesores, siempre envueltos en escándalos y juegos de poder en los que el sexo era utilizado para conseguir títulos, propiedades o riquezas diversas.

Él estaba enamorado de Claire.

No había nada que no estuviera dispuesto a hacer por ella.

Algo dentro de sí le recordaba que su posición en el Vaticano no era lo único que le separaba de ella, sino que también existían secretos que Patrick guardaba en lo más profundo de su ser. Secretos cuya existencia le hacían sentir que traicionaba la confianza que la joven había depositado en él, poniendo su vida a sus pies. Esa falta de honestidad con Claire se le hacía ahora más difícil de soportar que nunca, pero se obligó a apartarla a un lado. Ya se había torturado bastante por cosas de las que estaba profundamente arrepentido y que por desgracia no podía cambiar, lo único que podía hacer era tratar de reparar el daño causado y ésa había sido su prioridad desde que fue nombrado sucesor de san Pedro.

No obstante, llegado el momento tendría que contarle todo a Claire… ¿O no?

Su mente se despejó al sentir la suave risa de la joven contra sus labios, clara y serena como el alba, abriendo los ojos para poder contemplarla. Dios, era tan hermosa… No creía que pudiera cansarse nunca de mirarla.

- Bueno, ¿qué es tan gracioso? - se interesó él, rozando la nariz de Claire con la suya.

- Nada - contestó ella, la sonrisa aún sin abandonar sus labios. - Soy muy feliz, eso es todo

Patrick no pudo evitar sonreír también, conmovido por las palabras de la joven. Las circunstancias estaban lejos de ser perfectas, pero se alegraba de poder hacerla feliz pese a todo: ojalá pudiera dedicar todos los días de su vida a ese bendito cometido. Distraída, Claire le acarició el rostro con ternura hasta posarle la mano sobre el hombro, entonces sus mejillas se enrojecieron ligeramente justo antes de que la periodista se aclarara la garganta y murmurara:

- Sólo a tí se te ocurre volver a vestirte…

Ahora era a él a quien le tocaba reírse para después volver a besarla en los labios, sintiendo que no había besos suficientes que compensaran los que no le había dado cuando aún sentía conflicto respecto a sus sentimientos por ella. A la vez que ella le atraía hacia sí, dibujando senderos con los dedos entre sus cabellos castaños, Patrick recordó que no siempre iba a poder estar con ella de esa manera, no si quería protegerla, así que guió las manos de Claire hasta los botones de la camisa de su pijama a la vez que sus besos se tornaban más intensos e impacientes, dispuesto a hacer que cada pequeño instante que estuvieran juntos se convirtiera en una igual de pequeña eternidad.

Una en la que no le importaba en absoluto perderse.

O al menos eso pensaba, hasta que escuchó sonar el teléfono de su despacho.

- Oh, ¿va en serio? - se quejó Claire, separándose de él y dirigiendo la mirada hacia el muro que daba a la habitación contigua. - Estoy segura de que no ha sonado en toda la mañana

No, no lo había hecho, pensó Patrick. Una parte de él, cuya voz era más sonora en esos precisos momentos, envuelto en el abrazo de la joven, le alentaba a ignorar el molesto sonido del aparato telefónico; pero, no obstante, la otra parte le insistía en que debía acudir a contestar la llamada si es que quería normalizar la situación y, sobre todo, aprender a equilibrar su relación con Claire y su deber como pontífice… Aunque hasta el momento creía haberlo hecho bastante bien, no podía permitirse ningún descuido si quería que aquello funcionara.

- Tengo que contestar - dijo el joven, casi en un susurro.

Por un momento le pareció que la periodista iba a decir algo, pero no lo hizo. Aún acurrucada contra él, Claire acertó a esbozar una breve sonrisa y asintió con la cabeza.

- Tienes razón… Anda, ve…

- No tardaré nada… - le aseguró él.

- Ya, seguro que no… - rió Claire. - En serio, no importa, ve…

Patrick la besó una última vez antes de deslizarse hacia el borde de la cama, saltando de la misma aún en pijama para ir a zancadas hacia la puerta del despacho. Una vez desapareció tras ella, Claire sonrió y negó con la cabeza para sí: aquella situación no dejaba de ser una locura pero, por una vez, era una que no le hacía sentirse en peligro, ni amenazada, sino todo lo contrario. Tenía la sensación de que todo podía salir bien, pese a todo, y tenía la intención de aferrarse a ella por tanto tiempo como fuera posible. Echando un vistazo a su alrededor, la joven pensó que quizás debería vestirse ella también: tarde o temprano tendría que hacerlo y mejor aprovechar ahora que Patrick estaba ocupado para ello. Sujetando las sábanas contra su pecho, Claire se incorporó hasta quedar sentada sobre el lecho y se dio cuenta de que, mientras ella dormía, el joven había recogido la ropa que la noche anterior había ido abandonando por la alcoba y la había colocado cuidadosamente a los pies de la cama.

- Si es que tengo que quererte, Patrick… - murmuró la joven, alargando el brazo hasta alcanzar su ropa interior y el jersey.

Mientras se iba vistiendo, se dio cuenta de que también su abrigo estaba allí, sobre el respaldo de uno de los sillones de la estancia. Menos mal que Patrick había tenido a bien recogerlo también porque Claire sí recordaba que las primeras prendas en desaparecer habían sido ésas, en la biblioteca, y desde luego que no querían que nadie los encontrara allí. No dejaba de parecerle un fastidio que tuvieran que comportarse como si estuvieran haciendo algo gravísimo, pero aún así entendía las circunstancias en las que había florecido su romance y que debían de tener cuidado si es que querían que todo llegara a buen puerto. Tras comprobar la hora que era en el despertador de Patrick, la joven se apresuró a ponerse los leotardos y la falda también, para así poder salir de la cama y cruzar la estancia hasta alcanzar su abrigo. Quería comprobar su teléfono móvil, era probable que no tuviera nada excesivamente urgente que atender, pero quería asegurarse de lo que le esperaba cuando llegara a casa, ya fueran correos, mensajes de texto…

Le sorprendió ver que, a tempranas horas de la mañana, Erika Keller la había llamado en varias ocasiones, la última de ellas no hacía demasiado. A pesar de que había estado durmiendo hasta hacía poco, de que su teléfono móvil estaba en silencio y además en otra estancia, Claire lamentó no haber podido contestar a la joven bailarina, después de todo le había dado su número para que pudiera acudir a ella si necesitaba cualquier cosa…

Dios santo.

¿Y si había sucedido algo en el Gemelli?

¿Y si Chartrand…?

Aún permanecía mirando la pantalla del teléfono móvil cuando se abrió la puerta de la habitación y apareció Patrick, cerrando con cuidado la puerta tras de sí. Algo en su rostro era diferente, como si la llamada que había recibido no hubiera resultado ser tan carente de importancia como en un principio había imaginado.

- Patrick - le llamó Claire. - Erika…

- Lo sé, acabo de hablar con ella… - musitó el joven pontífice.

La periodista sintió cómo un escalofrío la recorría de arriba a abajo.

No, no podía ser.

- Me ha dicho que Chartrand ha movido los dedos esta mañana… - terminó de decir Patrick, esbozándose en sus labios una sonrisa de incredulidad.

- ¿Cómo? - acertó a contestar ella, sin estar segura de haberle oído correctamente.

El joven asintió varias veces, sintiendo cómo una renovada felicidad le invadía: ¿acaso aquel día no iba a traerle sino puras bendiciones? ¿Podía ser que, después de todo, estuvieran viendo ya la luz al final del túnel? El día que se extendía tras los cristales de su habitación, aunque encapotado, se le antojaba más brillante que nunca.

- Sí - le confirmó Patrick acercándose a ella y tomándola de la mano. - He estado hablando con ella, la pobre estaba tan nerviosa que al principio apenas podía entender lo que quería decirme. Pero le he dicho que respirara hondo y lo intentara de nuevo y me ha dicho… Claire, Erika estaba danzando en la habitación del hospital, había puesto el tema principal de "El lago de los cisnes". Al parecer fue uno de los primeras obras en las que Chartrand la vio bailar y…

Notó cómo las lágrimas se agolpaban en sus ojos y, por primera vez en mucho tiempo, eran de alegría.

- Chartrand comenzó a mover los dedos… - terminó de decir el joven pontífice. - Al principio fue tan fugaz que Erika creyó haberlo imaginado, pero se acercó a la cama y… Llamó a los médicos corriendo, sin saber muy bien qué esperar, ya que parte de ella temía que pudieran tratarse de simples espasmos pero… Lo cierto es que parecían seguir cierto compás e incluso apretó la mano de Erika cuando ella le habló, estando los médicos en la habitación… Creen que se va a poner bien y antes de lo que todos esperaban…

La periodista se llevó las manos a los labios, sin poder creer lo que oía. Se había acostumbrado tanto a las malas noticias en el Vaticano que, aunque no lo admitiría jamás, parte de ella había empezado a hacerse a la idea de que quizás Chartrand no volvería a despertar nunca. Pero estaba visto que su joven amigo era un ser aún más extraordinario de lo que ella imaginaba y no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer en aquella batalla. Sí, había pagado un alto precio por el coraje que había mostrado, pues había perdido una de sus piernas… Pero iba a vivir.

Chartrand iba a vivir.

Dejando el teléfono móvil a un lado, Claire caminó los pocos pasos que la separaban de Patrick fundiéndose con él en un fuerte abrazo. Era maravilloso poder compartir una noticia así sobre alguien a quien los dos querían tanto, a quien habían echado tanto de menos. Había sido gracias a él que Claire había podido volver a ver a Patrick tras su regreso a Roma, siempre había permanecido a su lado como el más leal de los amigos y el cielo sabía que también había sido el más valiente de ellos. Alexandre Chartrand no se merecía nada menos que todo lo bueno que la vida pudiera depararle y ésta estaba a punto de volver a empezar para él. No sería sencillo, habiendo perdido una de sus extremidades con todo lo que eso conllevaba, pero podría superarlo.

Ellos estarían a su lado a cada paso del camino.

Los jóvenes se separaron lo suficiente como para mirarse a los ojos y, al hacerlo, no pudieron evitar compartir una risa emocionada, acompañada de lágrimas que no tenían nada de tristes. Era increíble cómo había cambiado todo en tan poco tiempo, prácticamente en todos los aspectos posibles: en los últimos meses se habían acostumbrado a lidiar con situaciones bastante difíciles, hasta tal punto que la llegada de buenas noticias parecía ya más improbable que lejana. Pero lo estaban consiguiendo, pese a todo, lo estaban consiguiendo. Patrick besó la frente de Claire y la atrajo hacia sí en un nuevo abrazo, meciéndose con cariño en mitad de la estancia: su mera presencia le inspiraba una calma que difícilmente podía describir con palabras, pero no le importaba.

Era la mejor manera de quedarse sin palabras.

- Tiene gracia que te bromearas sobre la prisa que me había dado en volver a vestirme - comenzó a decir Patrick, aún envuelto en el abrazo de la joven. - Y eres tú a la que le ha faltado tiempo nada más salir yo de la habitación…

Claire se echó a reír, separándose un poco para enjugarse las lágrimas que aún danzaban en sus pestañas.

- No sabía el tiempo que ibas a estar ocupado - murmuró ella, para poco después encogerse de hombros. - Además, es algo que tiene fácil solución…

El joven sonrió y volvió a besarla, dejando que esa calidez que sentía en el interior de su pecho fuera la que mandara en aquel día en que, por primera vez en mucho tiempo, todo era como debía ser. Era el inicio de algo nuevo, era la aurora que traía consigo días mejores y, en esos momentos, sintió de nuevo que todo era posible.

Y era una sensación maravillosa.


Aún no sabía por qué había accedido a la petición de su hermana de esperar unas horas más, pero el caso era que el plazo se había cumplido y ya estaba harto de esperar. Hubiera querido salir a dar una vuelta por las calles cercanas a su apartamento en Piazza della Signoria, lugar privilegiado como pocos en la ciudad de Florencia, con el fin de tomar algo de aire fresco y dejar que sus preocupaciones se difuminaran en medio del trasiego de turistas y conversaciones amigables de sus vecinos, pero no podía no estar en casa por si su tío aparecía.

A pesar de que les había dicho que llegaría hacía dos días.

Desde entonces no habían vuelto a saber nada de él y la incertidumbre le estaba volviendo loco.

Tenía que romper una vara a favor de su hermana Allegra y es que en algo de todo ese asunto sí había tenido razón, y era en el hecho de que no era la primera vez que su tío se retrasaba respecto a la fecha en que les visitaba, incluso si ponía lo mejor de sí para no retrasarse, pero era un hombre muy ocupado, siempre lo había sido.

Incluso antes de convertirse en el camarlengo del actual pontífice de la Iglesia Católica.

Filippo Baggia comprobó la hora en su reloj de pulsera y dejó escapar un bufido de exasperación. Allegra le había dicho que esperaran unas horas más y, si no aparecía, pondrían el asunto en manos de la policía. Pues bien, el sol ya había comenzado a ponerse tras el horizonte de la ciudad y su tío, Marco Baggia, seguía sin dar señales de vida. No era la primera vez que se retrasaba, eso era cierto, pero en casos anteriores sí había procurado ponerse en contacto con ellos para que no se preocuparan. La última vez que hablaron con él, el cardenal les había dicho que habían tenido unos días complicados en el Vaticano, como siempre solían ser los días más significativos de las celebraciones navideñas, y que había ciertos asuntos a los que tenía que prestar atención antes del viaje.

Después de eso, nada.

Ni una llamada, ni un correo electrónico.

Se habían puesto en contacto con el cardenal Strauss, decano del colegio cardenalicio, pero éste les había dicho que no le había visto después de la fecha en la que en teoría se marchaba a Florencia, pero que también era cierto que él mismo llevaba unos días sin apenas abandonar su despacho debido a una carga de trabajo extra sobre la que no quiso especificar nada. No obstante, había mandado a unos miembros de la Guardia Suiza a los apartamentos de su tío y éstos le habían dicho que no estaba allí. A pesar de haberse quitado de encima la posibilidad de que hubiera tenido un accidente doméstico y eso le tranquilizaba, ahora había otros escenarios con los que debían lidiar y Filippo se sintió de nuevo en un callejón sin salida.

Aunque Marco Baggia tenía una fortaleza tanto física como mental envidiable en alguien de su edad, lo cierto era que los años no pasaban en balde: ¿y si se había confundido de tren?, ¿y si le habían asaltado por el camino? Negando para sí con la cabeza, Filippo Baggia tomó su teléfono móvil y marcó el número de su hermana Allegra, dispuesto a hacerle saber que estaba harto de esperar y que iba a llamar a la policía.

Hablaría incluso con el mismo papa si hacía falta.


NdA: No me puedo creer que esté volviendo a actualizar tan pronto, pero aquí estamos. Este capítulo es más corto que sus dos predecesores y es un poco de transición, pero no podía ser de otra manera teniendo en cuenta todo lo que ha pasado en los dos últimos capítulos. Volvemos a ver a Erika y cómo va avanzando Chartrand tras la operación, cómo Patrick y Claire siguen en su particular nido de amor y... ¿Dónde se ha metido el cardenal Baggia? Tengo hecho un pequeño esquema de lo que tengo que incluir en los capítulos siguientes y espero no salirme demasiado de él, ya que tiendo a enrollarme demasiado y acabo dedicando más capítulos a ciertas tramas de lo que en un principio pensé, pero bueno. De momento tenéis esta nueva actualización. Cuidaos muchísimo, permaneced a salvo y nos leemos en la siguiente actualización :).