42.

Pansy:

«Para llamarte he tenido que

recorrer un camino negro

como la boca de un lobo».

Tocó el timbre tres veces seguidas, rápido. ¡Estaba tan emocionada, que quería gritar de la felicidad! La puerta se abrió. Hermione respiraba de forma acelerada, como si hubiera corrido para llegar allí.

—¡LOS TIMOS! —dijeron al mismo tiempo.

Pansy había caminado a toda velocidad, casi al ras de considerarse que corrió hasta la casa de los Granger. Tenía el pergamino de la carta que le había llegado esta mañana bien agarrado, tanto que lo había arrugado y comenzaban a dolerle los dedos por la fuerza que ejercía.

—¿Qué obtuviste? —preguntaron, de nuevo, al mismo tiempo.

Ambas comenzaron a reír entonces, por la doble coincidencia, y Hermione se movió a un lado para permitirle ingresar. Fue guiada hacia las escaleras y al subir entraron en un cuarto que enseguida Pansy supo que pertenecía a su novia. Era muy obvio que se trataba de su dormitorio: por los estantes repletos de libros, y otros libros en el escritorio cerca de la ventana, y aún más libros cerca de la cama... Pero prefirió centrarse en otros detalles menos obvios: las fotos sobre el escritorio le llamaron la atención, sabía que las fotografías muggles no se movían, pero seguía resultándole curioso, como si se trataran de dibujos hiperrealistas; al lado de ellas tenía un teléfono de colores sobrios. Había varias cosas color rosa pastel, como las cortinas, y solo pudo pensar "tierno" por eso. Incluso había un tigre de peluche cerca de su almohada, agregando todavía más puntos para coronarla como adorable. ¿Sería decoración? Los juguetes inanimados todavía le resultaban intrigantes; al menos su juguete del McDonald's sí se movía, no exactamente solo, pero lo hacía. Todo el cuarto se veía muy bien ordenado, como era de esperarse, su novia no era el tipo de chica que dejaba la ropa tirada en una silla de un rincón.

—Aquí —Hermione le extendió una carta.

Ya estaba abierta, así que la desdobló mientras le ofrecía su propia carta, para que así pudiera leer sus notas también. A diferencia de la suya, el papel estaba impecable y para nada aplastado.

TÍTULO INDISPENSABLE

DE MAGIA ORDINARIA

APROBADOS:

Extraordinario (E)

Supera las expectativas (S)

Aceptable (A)

DESAPROBADOS:

Insatisfactorio (I)

Desastroso (D)

Troll (T)

RESULTADOS DE

HERMIONE JEAN GRANGER.

Aritmancia: E

Astronomía: E

Cuidado de Criaturas Mágicas: E

Defensa Contra las Artes Oscuras: S

Encantamientos: E

Estudio de Runas Antiguas: E

Herbología: E

Historia de la Magia: E

Pociones: E

Transformaciones: E

La única diferencia en cuanto a asignaturas que tenían Hermione y Pansy era que en lugar de Aritmancia, la Slytherin había optado por Estudios Muggles. Se alegró especialmente al ver que en Runas Antiguas también había un extraordinario, a pesar de todas las preocupaciones de Hermione, hacer hecho una sola mala traducción en una mísera palabra, teniendo en cuenta la complejidad del examen, no fue suficiente como para merecer un supera las expectativas o menos.

En realidad, ahora se sentía un poco intimidada. Hermione era una bestia del estudio, lo cual no era una sorpresa, pero seguía siendo impactante de ver. Consiguió obtener TIMOS en todas las asignaturas en las que se inscribió para quinto año (incluso el supera las expectativas en Defensa Contra las Artes Oscuras seguía siendo suficiente nota como para poder seguir cursándola durante el próximo año). Ella en cambio...

Miró de reojo a la cama, donde Hermione estaba sentada leyendo sus notas:

RESULTADOS DE

PANSY PARKINSON.

Astronomía: S

Cuidado de Criaturas Mágicas: I

Defensa Contra las Artes Oscuras: D

Encantamientos: S

Estudios Muggles: E

Estudio de Runas Antiguas: E

Herbología: A

Historia de la Magia: E

Pociones: S

Transformaciones: E

Fue al leer su última calificación que sintió que podría explotar y correr hasta el polo norte de la felicidad. Que fue, de hecho, la causa de su maratón a la casa de los Granger. ¡Había sacado un extraordinario en Transformaciones! Ni siquiera sabía cómo era posible. Bueno, sí lo sabía, estaba parada frente a la causa. Por eso quería mostrarle sus resultados.

—¡Pansy, tus notas son excelentes! —exclamó—. ¡Estoy tan impresionada! La profesora McGonagall debió sorprenderse tanto... y en Encantamientos también conseguiste un TIMO. ¡Te dije que podrías! ¿Y un extraordinario también en historia? Tú duermes en casi todas esas clases, y no tomas apuntes jamás. ¿Cómo...?

—El profesor Binns recita el libro de texto de memoria, Hermione —dijo, soltando una risa—. Él no ofrece nada nuevo, solo voy a sus clases por la presencialidad.

—Cuatro extraordinarios y tres supera las expectativas —contó, acariciando el papel para intentar quitar las arrugas.

—¿Podemos hablar de tus notas? Eso sí que es impresionante.

—No me fue tan bien en Defensa Contra las Artes Oscuras —murmuró desanimada.

—¿Estás decepcionada? ¿De verdad? Sacaste un supera las expectativas —Pansy bajó su vista a la carta con los resultados de Hermione. ¡Era perfecta!

—No, no. Yo solo... ah... quizá un poco... —terminó admitiendo mientras suspiraba. Ante la ceja arqueada de Pansy, puso una mueca avergonzada—. ¡Estoy feliz! No me estoy quejando, de verdad. Es solo que sabía que esta asignatura sería un problema, y me esforcé mucho... esperaba que a lo mejor... ¿Superaría mis límites? Una tontería.

—Típico de la sabelotodo —la molestó con media sonrisa—. Felicitaciones por tus notas Hermione, de verdad, eres impresionante.

—Gracias. Tú lo hiciste muy bien también, estoy feliz por ti.

La sonrisa de Hermione la desarmó. Se veía tan adorable sonriéndole así, mostrando sus dientes, con las mejillas rojas de felicidad, mirándola con verdadero orgullo... Se movió hacia adelante, dejó con suavidad la carta de Hermione sobre la cama, asegurándose de que ninguna la fuera a aplastar por accidente, y se encorvó hacia abajo, para sujetar su rostro por ambos lados. Cuando estaban por besarse, alguien gritó a unos metros de distancia:

—¿Está todo bien? Subieron tan deprisa que no pude ofrecerles nada. ¿Quieren un poco de té, galletas...?

No habían cerrado la puerta. Hermione, asustada, le dio una patada en la rodilla al intentar levantarse de la cama para tomar distancia. Pansy retrocedió, mordiendo su labio para ahogar su quejido. Cuando Kayla llegó, miró desde el marco de la puerta hacia adentro de la habitación para ofrecerles una sonrisa amable. Por suerte, el "¡Aiiss!" que siseó Pansy le pasó desapercibido.

—Estamos bien mamá.

—¿Segura? Hola por cierto, Pansy. Insisto, ¡no me dieron tiempo ni para saludar!

—Hola, señora Granger.

—Kayla —le recordó—. Estoy feliz de que Hermione invite amigas de su colegio. Nunca había traído amigos aquí antes.

—¿En serio? Me siento bastante especial entonces.

Hermione se removió incómoda, mirando para otro lado con cierta culpa, sabiendo bien que por el tono en que habló Pansy más que especial, se sentía dolorosamente pateada.

—Me sorprende que hayas venido hoy. Y tan temprano —comentó Kayla.

—Estábamos emocionadas por los resultados —explicó Hermione.

—¡Oh! ¿Cómo te fue a ti? —preguntó entonces a Pansy con curiosidad.

—Bastante bien. Aunque fallé en dos.

—Está siendo modesta, mamá. Algunos de mis amigos ya me comentaron sus notas. A Ron y Harry le llegaron ayer, y a algunas de mis compañeras de dormitorio en el primer día. Ron consiguió varios supera las expectativas, pero ningún extraordinario. Harry solo un extraordinario. Los tres obtuvieron siete TIMOS en total, pero ninguno de ellos consiguió tantos extraordinarios como ella —Hermione giró, para ver a Pansy—. No necesitabas aprobar en Defensa de las Artes Oscuras o Cuidado de Criaturas Mágicas, así que realmente no importa.

—¡Vaya! Muchas felicidades entonces. Conseguir varios puntajes perfectos es todo un logro —dijo Kayla—. ¿Te quedarás a almorzar? Seguro podemos hacer algo para festejar por tan buenas notas.

—Es muy amable, pero debo comentarle mis resultados a mi madre, y seguro querrá hacer algo conmigo para celebrarlo.

—¿No sabe tus notas todavía?

—¿Viniste hasta aquí sin siquiera contarle a tu madre? —se burló Hermione. Parecía un poco halagada, y hasta socarrona, por haber sido la primera persona en enterarse de sus resultados.

—Está trabajando —masculló, avergonzada, sin querer que se deje entrever lo poco que pensó en su madre al momento de venir aquí—. Pero volverá a casa para la una, así que me iré pronto. No los molestaré mucho más —buscó captar la mirada de Kayla antes de disculparse—. Perdón por venir sin avisar.

—Para nada, eres bienvenida. Incluso puedes llamarnos, preguntar si estamos, seguro te diremos que sí —dijo Kayla, antes de girarse para volver a dejarlas solas.

—Deja de ser tan amable con mi madre —bufó, divertida.

—Sería estúpido de mi parte hacer que me odie.

—Como digas...

—¿A qué se refería tu madre con llamarlos?

—Por teléfono —aclaró—. Nunca te di mi número porque los magos solo se comunican con cartas o por las chimeneas. Es una lástima, honestamente, sería más rápido poder usar tecnología, y mi casa no está conectada a la Red Flu así que solo me quedan las lechuzas...

—Quizá los usaríamos si la magia no interfiriera con ellos —dijo, encogiéndose de hombros con resignación—. Por cierto, Hermione. Hay algo más que me estuvo llamando mucho la atención.

—¿Qué cosa?

—¿Hermione Jean Granger? —Preguntó con media sonrisa—. ¿Tienes segundo nombre? ¿Y es Jean?

—Hmm... sí —confirmó—. ¿Por qué?

Pansy se encogió de hombros, cosa que pareció alertar a Hermione.

—Por nada. No sabía que tenías segundo nombre.

. . .

Para matar el tiempo, acostada boca abajo en el sofá, leía una novela psicológica; uno de los géneros favoritos de Pansy, junto al drama y el misterio. Cuando su madre llegó a casa, recién a las seis de la tarde, siguió mirando el libro como si no se hubiera percatado de su presencia, sin embargo, dejó de leer. Se sentía un poco molesta con ella, pero tampoco tenía buenas razones para estarlo, solo sospechas: de nuevo se habría quedado bebiendo luego del trabajo.

—Pansy —la saludó mientras se agachaba para quitarse sus tacones.

Soltó un suspiro de alivio al liberarse de ellos y caminó en dirección al baño. Se detuvo un segundo, extrañada al notar una carta sobre la mesa.

—Los resultados de mis TIMOS —aclaró Pansy, adelantándose, ya que había estado observando sus movimientos de reojo.

Aurora agarró los papeles entonces, y los ojeó.

—Conseguiste bastantes —reconoció—. ¿Me dijiste que necesitabas buenas notas en Encantamientos, verdad? Y eh... ¿Estudios Muggles, era?

—Sí. También en Transformaciones.

—Estoy orgullosa de ti. Lo hiciste bien.

—¿Estás borracha?

Era una pregunta retórica. Ya sabía la respuesta, su madre se había tambaleado hasta sin llevar los tacones puestos, sus palabras también patinaban un poco...

—Algunos compañeros...

—Mamá, no tienes que darme excusas falsas —murmuró incómoda.

Aurora soltó un suspiro pesado, apoyando la cadera en la mesa mientras se restregaba la frente con su dedo índice y pulgar. Lucía agotada.

—Hoy no fue un buen día.

—Está bien —susurró Pansy, volviendo a su lectura—. Esto... espero que te sientas mejor mañana.

Aurora le sonrió en agradecimiento. Todas sus acciones parecían mecánicas, uno de esos días difíciles, por lo que siguió con su plan original, entrando al baño. Poco después se fue a dormir. Fue recién a las doce de la noche cuando Pansy terminó de leer, se pasó todo el día haciendo eso. El libro le había gustado y le permitía ignorar cosas que no quería pensar. Ahora las páginas se habían acabado, igual que las excusas.

Comió un sándwich entre medio de su lectura, pero ahora de nuevo su estómago gruñó, por lo que fue por algo de postre a la cocina, quizá galletas. Golpeó un par de veces la mesada con sus dedos, inquieta, mientas revisaba los estantes. No tenía sueño, pero su libro se había acabado y con su madre en su propio cuarto la casa se sentía demasiado silenciosa y solitaria...

Intentó dormir, pero seguro haber comido cosas con azúcar antes de acostarse no ayudó a su tarea. Dio tantos giros en su cama que las sábanas se habían soltado de los bordes del colchón, enredándose aún más en su cuerpo. Se sentía atrapada. Ahogada. Salió de la cama, tirando con más brusquedad de la necesaria de las telas entre sus piernas, que la ataban, y fue a su armario para buscar un abrigo ligero. Al caminar por el pasillo escuchó un suave ronquido que provenía del cuarto de Aurora, así que, con más confianza, avanzó hasta la puerta principal de su hogar y salió. Atravesó el pasillo y bajó las escaleras del edificio sin prisa. Las luces de las velas de la recepción parpadearon al abrir la última puerta que la separaba de la calle. Había bastante viento, pero era cálido. Se llevó las manos a los bolsillos mientras paseaba por la acera, sola. Agradecía sentir que de nuevo podía respirar.

Su departamento ya no le resultaba tan horrible, en los días buenos poco a poco fueron mejorándolo, agregando algunos cuadros, pintando algunos cuartos de otros colores para tapar la humedad e imperfecciones de las paredes. Comenzó a verse más habitado y menos tétrico. De cierta forma, su nuevo hogar resultaba más acogedor que el anterior: más pequeño, por lo que se volvía fácil recordar que había otra persona viviendo con ella, incluso el aromatizante a jazmín que su madre usaba para perfumar ayudaba. Su departamento ya casi no tenía nada que envidiar a La Madriguera o la casa de los Granger.

La mansión donde creció, en cambio, era enorme, demasiado para tres personas y un par de elfos domésticos. A veces parecía un museo, o incluso Hogwarts, elegante e impersonal, y aun así, fue su hogar. Su papá siempre estuvo ahí. Nunca se sintió perdida entre los interminables pasillos ni el silencio ensordecedor. Enorme, espaciada, tranquila... a veces fría, porque Pansy se iba al colegio casi todo el año, sus padres trabajaban y viajaban todo el tiempo, y la chimenea pocas veces se encendía. Todo estaba bien allí, se sentía a salvo, fresca. Allí su padre estaba vivo y su madre se veía feliz. Ese era el hogar de la familia Parkinson.

Pansy se escabulló por un callejón, pasando al lado muggle de Londres. Las calles empedradas y los faroles con velas quedaron atrás, reemplazados por bombillas eléctricas, carteles con luces de colores intensos y asfalto liso. A esta hora todavía quedaba un poco de movimiento, algunas parejas o grupos de amigos saliendo de locales. Todo era mucho más alborotado aquí que en la calle donde vivía, que estaba compuesta de varios edificios con departamentos para alquilar para residentes magos.

Miraba a su derecha mientras caminaba, la mayoría de los escaparates pertenecían a negocios de ropa, que estaban cerrados, con las rejas bajas y con las luces apagadas, por lo que no se detuvo a mirar. Esquivó a dos chicos que salieron riendo entre ellos de un bar, olían a cerveza. Los locales de entretenimiento no cerraban tan temprano como los negocios que vendían objetos.

Su madre tenía problemas con el alcohol. Días como hoy, Aurora se sentía demasiado mal, pero de alguna manera tenía que seguir trabajando, funcionando, y caía en ese hábito, intentar distraerse con la bebida. A veces se disculpaba y decía que no lo volvería a hacer, otras, fingía que nunca bebió en primer lugar. Sabía que su psicóloga le recomendó ir a reuniones de alcohólicos anónimos, pero que Pansy supiera, Aurora no estaba siguiendo el consejo. Podía imaginar la causa: el temor a soltar lo que la mantenía a flote, y que al mismo tiempo la ayudaba a hundirse más.

También ahogaba a su hija, en consecuencia. Algunos días Pansy se sentía culpable, porque ella en unos meses comenzó a superar, aceptar, la muerte de Narcisso, mientras que Aurora seguía sufriéndolo tanto como el primer día. Se preguntaba si es que no lo quiso tanto como su madre, por lo que no tuvo tantas lágrimas para derramar por él. Otras veces tenía miedo, de que Aurora hiciera una estupidez, de que de nuevo fuera egoísta y la dejara sola.

Su departamento no se sentía como su casa. Una familia rota no puede formar un hogar. No debería necesitar escuchar a su madre roncar, vivir, para sentirse más segura. Ni tampoco asfixiada por una casa que comenzaba a tomar calor.

Se refregó los ojos con la manga de su abrigo, quitando las lágrimas, y terminó usando la palma de su mano para limpiar las que ya habían caído por sus mejillas. No le gustaba ver sufrir a su mamá. Odiaba no saber qué hacer.

Sin darse cuenta, había llegado a un puente. Arriba pasaban algunos autos, veloces. Atrás de ella quedaron las personas, las luces fluorescentes y el olor a alcohol y tabaco de los bares. Hundió más sus manos en sus bolsillos, apretándolas formando un puño, y luego soltó una fuerte exhalación. Siguió adelante, metiéndose en la oscuridad.

En las noches no se veía el horizonte; esa era, para Pansy, la mayor diferencia que tenían con el día. No estaba el Sol arriba, indicándole el final del túnel. Solo había oscuridad y el ruido de los autos cuando pasaban sobre su cabeza, que se escuchaban lejanos, ahogados. Quizá, ahogarse en el Lago Negro se sentiría así. Porque de alguna manera, esto le recordaba a su dormitorio en la sala común de Slytherin, con sus oídos como si estuvieran taponados, escuchando solo el eco, un goteo... ¿Eran autos o serpientes? Cada vez sonaban más como un siseo. ¿O eran sus propios pies, arrastrándose? No podía respirar, no se atrevía a tragar el agua... el aire. Se sentía húmedo, en Londres siempre llovía. Pero había un techo, solo estaba llorando de nuevo.

Se sentía impotente, con la cabeza gacha, oculta en la oscuridad. La mansión estaba oscura aquel día. Narcisso estaba sentado frente a la chimenea del salón y tenía en su mano una copa de vino. Sentado junto al fuego, que desfiguraba con sombras su rostro y el resto del cuarto. Lo miraba casi con cariño, sin saber que sería consumido por sus llamas al día siguiente. "Mi padre, tu abuelo, bebía conmigo a veces. Pero no vino, a él nunca le gustó, prefería otras bebidas. Solía ofrecerme una copa cuando debía hablarme honestamente. Nos sentábamos como dos amigos, y no como padre e hijo" le dijo Narcisso, Pansy todavía lo recordaba bien. Se sentó frente al fuego con él, sintiendo calor por la ira, aumentando la llama con el alcohol. "Me metí en problemas" confesó, parecía un niño. Pansy preguntó qué pasaba, quería saber el problema de los Parkinson. "Le hice caso a unos amigos, y mi error nos va a costar"; aunque insistió no consiguió más explicación que esa. No sabía más todavía hoy, solo que unos amigos traicionaron a su padre, y que su padre al mismo traicionó a otros amigos al estafarlos. Narcisso no sonaba como un buen amigo, o quizá sus amigos no lo fueron. Ese día se sentaron a hablar como dos amigos curiosamente, y no como padre e hija. Él le preguntó por su libro favorito, y ella respondió la verdad: "Todo es Blanco". Lo leyó esa noche, junto a Pansy y el fuego. Lo odió tanto, por osar a derretir la nieve. Recitó algunas frases en voz alta, Pansy detestó cada segundo. La amistad de Narcisso fue cálida, cuando ella necesitó a su papá para sentirse segura... Su hogar nunca se había sentido así, ese no era su hogar.

Su departamento estaba más cálido que nunca y su mamá estaba triste. No sabía qué hacer, más que apagar el fuego. Frío, agua... No preguntar, no quería las respuestas sobre nada.

El túnel terminó, y vio justo en la salida unas cuantas monedas esparcidas por la acera. Miró a su alrededor, pero esta parte de Londres era más tranquila, el muggle que haya perdido las monedas ya no estaba, no había nadie más que ella. Se agachó y las recogió. Caminó hasta una cabina de teléfono al final de la calle. En Estudios Muggles le hablaron de teléfonos, Hermione también. Aprendió por los TIMOS cómo se manejaba el dinero muggle. Ahora sabía que la moneda de ellos se llama libra y que cinco libras equivalían a un galeón. La magia interfería con la tecnología, pero no si estaba alejada de las concentraciones de magos. Mientras más compleja, más fallaba. Si a un muggle una computadora le funcionaba seis años o más, a un mago con suerte un año. Colocó una moneda y marcó unos números, los que recordaba que Hermione le dijo.

—¿Hola? —se escuchó. Había bastante interferencia, pero de todas formas podía oír.

—Buenas noches, señorita Jean.

En la línea solo sonaba la estática. Pansy pensó en volver a hablar, pero Hermione se le adelantó.

—¿Qué...? ¿Quién habla?

Apretó sus labios, pero la risa comenzó a filtrarse. Quería calmarse, pero le resultaba imposible. El tono atemorizado con el que preguntó le resultaba demasiado gracioso.

—Oh por... —gruñó Hermione—. ¿Pansy, eres tú?

Consiguió soltar un "ajá" ahogado en carcajadas. Su ira solo le resultaba más hilarante. Le quemaban las mejillas, el pecho se sentía cálido mientras escuchaba cómo vociferaba quejas y regaños. Si no fuera por Hermione, todo seguiría inquietamente silencioso. No la podía ver a ella, ni al horizonte en medio de la noche. Todo estaba tan oscuro y sus lágrimas comenzaron a apagar el fuego. Su risa ahora sonaba triste.

—¿Pansy? —la llamaron. Ella soltó un sollozo, no pudo responder más—. ¿Pansy, qué sucede?

—Tengo miedo —gimió.

—¿Por qué? ¿Qué pasó? —el tono de Hermione ahora era mucho más firme y seguro.

—Me preocupa mi madre —respondió, limpiando su rostro con su mano libre.

—¿Ella está bien?

—Duerme, bebió mucho.

—Ya veo...

—Ella está triste. No sé qué hacer.

—¿Le hablaste?

Guardó silencio. Claro que hablaban: Aurora le contaba cosas, decoraban su casa juntas, comían en la misma mesa.

—Pansy... ¿Cómo me llamaste? ¿Dónde estás?

—En la calle. Está todo bastante oscuro...

—Deberías volver a casa —dijo. La preocupación en su voz era obvia. Pansy se sintió peor, no quería preocuparla—. ¿Tienes idea de la hora que es?

No tenía la más remota idea. No quería saber cosas.

—¿No me vas a dejar? —preguntó con la voz quebrada.

—¿Qué? ¿Por qué...?

—Estaba tan sola, Hermione... A veces todavía me siento así. Cuando no estás conmigo... a veces yo... —tragó saliva, escocía su garganta al hacerlo—. Me sentía muy sola. Hoy mismo. Mi cuarto se sentía tan pequeño. Tenía calor. Necesitaba tomar algo de aire.

—Estoy aquí —la calmó—. No me voy a ir a ningún lado.

—Me siento muy feliz y muy triste al mismo tiempo —susurró—. Tú, Luna, Rachel, Sophie, incluso Harry y todos los Weasley, me hacen feliz. Mi mamá no tiene eso. Si los tuviera, quizá... ella seguro que...

—Te tiene a ti —la interrumpió Hermione.

—Ella no está...

—Estoy segura de que la haces feliz.

Pansy se mordió el labio, todavía quedaban rastros del llanto, sollozos suaves que se mezclaban con la estática.

—No quiero volver a mi casa.

—Es más de la una de la madrugada...

—Aún así...

—Seguro despertaste a mis padres, por cierto.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Hay varios teléfonos, todos suenan cuando llamas y uno de ellos está en el cuarto de mis padres.

—¿Todos los teléfonos tienen el mismo número?

Eso no se lo había enseñado Hermione ni Estudios Muggles.

—Los que están conectados entre sí. Pero da igual. Solo... no vuelvas a llamar tan tarde, mis padres me matarán.

—Supongo que me importa tu vida, Jean. Estás a salvo por ahora, no lo volveré a hacer.

—¿Te hace gracia mi segundo nombre?

Pansy soltó una risa suave, estaba bastante ronca.

—¿Mejor?

—Molestarte siempre me hace sentir mejor.

—Qué idiota —suspiró.

—No puedo creer que me hayas llamado.

—¿Te molesta?

—Estoy impresionada, más bien. No pensé que recordarías mi número. Tu buena memoria comienza a asustarme.

—Quería hacerlo. Es decir, hoy fui impulsiva y lo hice... pero quería hacerlo en otra ocasión, quería probarlo, poder escucharte sin tener que ir a tu casa.

—¿No quieres volver ya? Quizá tu madre se preocupe.

—Está dormida.

—No me parece una buena idea que estés sola en la calle en medio de la noche.

—Estoy contigo.

—Sabes a lo que me refiero, no intentes hacerte la lista —la regañó.

—Un rato más. Una moneda más y luego me iré a casa —cedió.

—Gracias —dijo, el alivio en su voz era obvio.

—No quise preocuparte.

—No, en lo absoluto. Está bien. No quiero que hagas cosas estúpidas como pasear por la noche, pero conociéndote, no me sorprende. Pero no estás sola, aunque te sientas así a veces. Todos necesitamos a alguien de vez en cuando, me alegra poder estar para ti ahora.

—¿No te resulta tonto?

—Claro que no —negó rotundamente.

—Tus papás... tú pasaste por cosas horribles, yo no debería...

—Y tú igual. No tiene sentido ponerse a pensar cuándo merecemos estar tristes. Son tus sentimientos, está bien.

El teléfono soltó un aviso sobre que faltaba poco para que terminara la llamada. Agregó otra moneda, extendiéndola. Cuando hablaba con Hermione, Pansy se sentía menos perdida, así que no quería dejar de hacerlo.

—Me avergüenza este... arrebato —admitió—. Yo solo... me agobié.

—Me aguantaste durante los exámenes. Me parece justo aguantar tu crisis de madrugada.

Ambas rieron. Se sentía bien. Hermione siempre la ayudaba. Esta calidez estaba bien. La estática, su risa, los grillos que sonaban de fondo, el calor en su pecho incluso en medio de la fresca noche de verano. Jugó con uno de los cordones de la capucha de su abrigo, apoyada contra el vidrio de la cabina. Hablaron. Hermione quería estar, marcaba su presencia comentando cosas que la mayoría considerarían aburridas; Pansy también, de hecho. Pero era Hermione quien le contaba esas cosas aburridas, esos datos históricos sobre el libro que estaba leyendo antes de que la llamara, sus explicaciones sobre el funcionamiento de los teléfonos o sobre el porqué de la estática por la magia. Estar con ella era tan fácil, tan cómodo... la hacía sentir segura.

Cuando llegó el momento de colocar otra moneda, no lo hizo. Quería más que nada seguir escuchándola, pero Hermione no lo permitiría; y tenía razón, era tarde.

—¿Me enviarías una lechuza? Tardará un poco en llegar, pero me dejaría un poco más tranquila —dijo Hermione.

—Sí. Lo haré.

—Y Pansy... me gustaría que me vuelvas a llamar, otro día. Pero a un horario decente.

—Quizá lo haga —dijo, fingiendo desinterés, y una sonrisa se le escapó al escuchar el resoplido al otro lado de la línea—. Me cuesta resistirme a hacer explotar una cabina telefónica por forzarla a funcionar con magia.

—En realidad, eso podría ser un problema...

—Tarde, lo haré. Quieras o no.

Hermione suspiró, pero no parecía del todo molesta por el posible futuro destrozo. Probablemente, porque a ella le molestaba tanto como a Pansy terminar con la llamada. A Hermione le gustaba hablar con ella, de verdad disfrutaba de su compañía; se sentía agradable pensarlo: que si fuera por ambas, hablarían toda la noche, se dedicarían madrugadas enteras...

Pansy soltó todo el aire de sus pulmones cuando la llamada finalizó, apoyándose todavía más contra el vidrio de la cabina, saboreando lo agridulce de la situación. Volvió a casa tiempo después, tal como prometió. Se acercó a la ventana nada más entrar, la Pajarraca estaba allí. La lechuza siempre estaba cerca cuando Pansy se sentía inquieta. Escribió una nota rápida avisando que estaba bien "para la señorita Jean" y la ató en la pata de la Pajarraca para que se lo entregara a Hermione. Cuando se giró para volver a su cuarto, Aurora estaba en el pasillo, mirándola. Tenía la línea de su frente marcada, por la mueca de concentración que tenía, que seguro estaba mezclada con el dolor de la resaca. Caminó, pasando por su lado, pero llegó a la puerta de su propia habitación sin ser detenida. Aurora no parecía querer exigirle respuestas. Seguro sabía que salió. Quizá estaba preocupada.

—Mamá.

Aurora volteó, parecía sorprendida de que le haya hablado.

—No podía dormir —dijo Pansy.

—Ya veo. ¿Tienes sueño ahora?

—No, no tengo sueño.

Aurora cambió de posición, haciendo que su peso fuera soportado por su pierna izquierda. Así, encaraba mejor a Pansy.

—¿Te gustaría que te haga un té?

Pansy asintió. Siguió a su madre a la cocina, mientras preparaba una taza y hervía agua.

—¿No me acompañarás? —preguntó.

Aurora de nuevo parecía sorprendida, quieta y descolocada por unos segundos, pero agarró otra taza en respuesta.

Pansy debía hablar más con ella. Quería hacerlo, más bien. Hablar sobre sus notas de los TIMOS, su futuro, de cómo se sienten, reír, llorar... No quería volver a temerle a la calidez de un hogar nunca más.