Holi,
Sí. Creo que estáis tan atónitas como yo ante mi actualización tan rápida y vertiginosa, pero se ha dado esta circunstancia y mejor aprovecharla pese a que me he tirado todo el fin de semana a trabajar en esto. Ventajas del COVID, supongo. Cuando no tienes vida social, te focalizas en tu fanfic. Creo que también mis ganas de acabarlo influye, pero esa es otra historia.
Os traigo un capítulo que quizás no pase mucho, pero marcan ciertos puntos sobre las ies. ¿Me mataréis por el final? Seguramente, pero no sois tan tontas de haceros el spoiler y leeros todo antes.
Aprovecho también para agradecer por vuestro esfuerzo en dejarme reviews. En serio, no os hacéis una idea de lo muchísimo que los valoro y, como bien sabéis, acostumbro siempre a responderos. Recordad que son mi salario por el tiempo invertido en escribir esta historia que sé que queréis tanto como yo, así que si tenéis la oportunidad y las ganas dejadme una review. También sabed que podéis escribirme por Instagram (itsasumbrellasart) y por Twitter (itsasumbrella).
Espero que disfrutéis mucho con este capítulo.
Thuggory se despertó solo en la cama.
Tenía más calor de lo normal, probablemente porque Le Fey no estaba allí para enfriar las sábanas. Bostezó y, tras apreciar que apenas estaba amaneciendo, se giró hacia un costado para dormir un rato más. Entonces la escuchó. Era una especie de gemido que claramente provenía de Le Fey. El vikingo se enderezó alarmado y se levantó de un salto de la cama. Se puso rápidamente unos pantalones y, sin preocuparse de ponerse algo más encima, buscó a Le Fey.
La reina se encontraba de rodillas junto al hogar de la sala principal de la casa, con la cabeza metida en un cubo de madera. Su pelo estaba encrespado y a Thuggory le preocupó la palidez de su piel. Se inclinó junto a ella a la vez que volvió a vomitar dentro del cubo y apartó el cabello de su cara para que pudiera estar más cómoda. Se tensó al observar las marcas moradas de su cuello, pero procuró ignorarlas para centrarse en lo realmente importante.
—¿Qué te pasa? —preguntó el vikingo angustiado.
Le Fey no respondió. Se tomó su tiempo para incorporarse y limpiarse la boca con su mano antes de apartar el cubo asqueada. Hizo un aspaviento para que soltara su pelo e intentó ponerse en pie sin mucho éxito.
—Le Fey, dime qué demonios te pasa —le ordenó Thuggory enfadado.
—No me pasa nada —replicó ella de mala gana—. He tenido una indigestión, seguramente por la mierda de cena que tu gente nos sirvió anoche.
Thuggory torció el gesto por el insulto de la bruja. Había tenido que volver a su isla a todo correr tras recibir un mensaje del Consejo de que había habido una confrontación entre dos familias que había armado un buen revuelo en la aldea y se requería la presencia del Jefe para poner orden. El Cabeza Cuadrada había dado por hecho que Le Fey se quedaría por la zona de Isla Mema resolviendo sus propios asuntos, sobre todo porque en el último par de semanas se las había pasado principalmente con las brujas de su aquelarre estudiando algo que no le había querido explicar. Sin embargo, cuando Le Fey le anunció que le acompañaría, Thuggory entró en pánico. En el tiempo en el que la bruja había sido Reina del Salvaje Oeste, el vikingo se había preocupado de evitar que Le Fey pisara su isla. Había querido pensar que siendo el supuesto favorito y amante de la reina le había dado el privilegio de proteger su isla precisamente de ella y de Drago.
Por suerte, Le Fey no parecía dispuesta a amargarle la existencia más de lo habitual. Es más, estaba gratamente sorprendido con su actuación como Kateriina, hasta el punto que casi podía confundirla con ella si no fuera porque podía reconocer fácilmente la irritación en sus ojos. Incluso había cuidado su aspecto hasta el punto que había procurado llevar vestidos negros muy conversadores para lo que solía ser el estilo de Le Fey. Su pueblo se mostró amable con la reina, profesando incluso confusión por los terribles rumores que habían escuchado sobre ella. Para ellos, aquella mujer seguía siendo Kateriina Noldor, la dulce amada de su Jefe, y no el monstruo que Acke y los otros hombres que habían vuelto a la aldea tras los acontecimientos de la Isla Berserker habían descrito con detalle.
Sus consejeros estaban tensos ante la presencia de una figura tan importante, aunque pronto se relajaron y la trataron cordialmente e incluso con un paternalismo que Thuggory sabía bien que Le Fey odiaría con todo su ser. Aún así, la reina mantuvo la compostura y no dio señales de tener uno de sus típicos arrebatos de ira. Es más, la primera noche, antes de que fueran a retirarse a casa de Thuggory, Le Fey anunció su compromiso con él para la dicha de su pueblo y el enorme desconcierto del joven Jefe. Cuando por fin se encontraron a solas, Thuggory reclamó saber qué demonios estaba haciendo.
—Nada que no hayamos hecho ya.
—No te entiendo —insistió el vikingo furioso—. ¿Cómo se te ocurre decirle a mi gente que te vas a casar conmigo? Sabes que no lo voy hacer ni muerto.
—Thuggory, tú y yo estamos más unidos que cualquier matrimonio —replicó Le Fey con acritud—. Tu alma está unida a la mía, ¿recuerdas?
—Eso no tiene nada que ver con el matrimonio —dijo él rabioso.
Le Fey se desató las cintas de su vestido y sonrió con picaresca.
—No, es muchísimo más que eso —le aseguró la reina y dejó que el vestido cayera hasta sus pies, quedándose completamente desnuda ante sus ojos—. Me anhelas tanto o más de lo que te deseo yo a ti. Tu alma arde por estar en conexión con la mía —se acercó hacia él exagerando el movimiento de sus caderas y Thuggory tragó saliva cuando posó su mano suavemente sobre el bulto en sus pantalones— ¿No lo ves? Somos perfectos el uno para la otra.
—Mi alma gemela es Kateriina, Le Fey, no tú —escupió Thuggory lleno de odio.
Le Fey apartó los oscuros mechones que caían sobre sus ojos con una ternura casi maternal.
—¡Ay, Thuggory! ¡Sigues sin entender nada! —le reprendió ella con mimo—. ¿No te cansas de ser tan estúpido?
Thuggory le dio un empujón hacia atrás, movido por la rabia, pero ella solo se rió.
—¿Te he hecho enfadar? ¡Pobrecito! No soportas que te recuerden lo tonto que eres, ¿verdad? —se mofó la reina con crueldad—. Todos los de aquí lo piensan, ¿lo sabías? Creen que eres una simple marioneta que se mueve a mi voluntad, como si fueras un perrito faldero que babea a mis pies, siempre fiel y obediente.
—¡Cierra la puta boca, Le Fey! —gritó él rabioso cogiendo de su cuello.
Thuggory sintió que sus propias vías respiratorias se cerraban a medida que hacía fuerza contra el cuello de la bruja. No obstante, Le Fey dibujó de repente una expresión de socorro que le recordó demasiado a Kateriina y la soltó en ese mismo instante, sintiéndose asqueado consigo mismo y divirtiendo enormemente a la bruja.
—No tienes remedio, Thuggory —dijo Le Fey acariciando su pelo de nuevo y besó su mandíbula—. Que seas mi perrito no significa que yo no te quiera. Ellos no entienden cuán afortunada soy de tenerte a mi lado, sobre todo porque para mí eres lo más importante y especial que existe en el Midgar.
Thuggory odiaba que aquellas palabras le reconfortaran tanto y se fustigó aún más cuando a la mañana siguiente observó unos oscuros moretones con la forma de sus dedos rodeando el cuello de la bruja. Para su enorme fortuna, Le Fey se vistió con un vestido de cuello alto que ocultaba las marcas y nadie le señaló como un maltratador, aunque ya habían pasado cuatro días de aquello y los moretones seguían viéndose demasiado oscuros.
Thuggory no era ningún estúpido. Sabía de sobra que Le Fey no estaba bien. Ya no solo por los moretones, sino también porque parecía mucho más desganada y cansada. Estaba perdiendo tanto peso que Thuggory temía que pronto parecería más un esqueleto que una persona, sobre todo porque podía contar cada vértebra de su espalda y cada costilla bajo sus senos, los cuales habían perdido toda la voluptuosidad con la que Le Fey los había rellenado obscenamente tiempo atrás. Estaba tan pálida que la piel se estaba tornando casi transparente y tenía unas ojeras tan pronunciadas que parecía que sus ojos iban a salirse de sus cuencas. Sin embargo, aquella noche era la primera vez que la veía tan mal. Le Fey parecía estar vomitando sus propias entrañas y estaba tan débil que apenas podía moverse.
—Tienes que decirme qué demonios te pasa —le suplicó Thuggory desesperado mientras cargaba con ella hasta la cama—. ¿Quieres que traiga una galena?
—¡No! —exclamó Le Fey muy débil contra su pecho—. Ella vendrá ahora. Ya… ya la he avisado.
—¿Ella? ¿Quién…?
De repente, tocaron a la puerta. Thuggory tumbó a la reina en su cama y la arropó antes de ir abrirla. Se encontró con la anciana de nombre Ikerne acompañada de una mujer rubia algo regordeta que vestía las mismas vestiduras negras que la anciana. Ambas debían ser brujas del aquelarre de Le Fey. Thuggory se apartó para dejarlas pasar cuando observó que tras ella iba una joven cargada con un bebé. La muchacha, quien claramente no era de su aldea, estaba aterrorizada y temblaba como una hoja y, tan pronto lo vio, le suplicó sus enormes ojos que la salvara. El Cabeza Cuadrada miró a las brujas interrogante, pero ninguna de ellas pareció prestarle la más mínima atención. La bruja rubia cogió a la muchacha del brazo y el bebé pareció ponerse a llorar, pero Thuggory observó horrorizado que de su boca no salía ni un solo sonido. La joven entonces se volvió hacia él y abrió la boca como si se pusiera a chillar, aunque tampoco salió ninguna voz de sus labios.
—Perdonad, ¿qué… qué vais hacer con ella y el bebé?
La bruja rubia miró a Ikerne y ésta le hizo un gesto para que siguiera con su tarea. La muchacha intentó zafarse del agarre de la bruja, pero no tuvo éxito y al final la bruja rubia la empujó dentro del dormitorio, cerrando la puerta tras ella. La anciana se acercó a paso muy lento Thuggory y murmuró:
—¿Por qué preguntas algo que no quieres saber? —cuestionó la anciana.
—Quiero saber qué demonios vais hacer bajo mi techo —respondió él ofendido—. ¿De qué van a servir esa muchacha y el bebé a Le Fey?
—Joven, sabes bien con quien compartes lecho, ¿verdad?
—Sí, pero…
—No preguntes entonces —le cortó la anciana con sequedad—. La reina necesita salir del paso, la última batalla la dejó muy débil y su cuerpo necesita energía vital para recobrarse.
—¿Energía… vital? —preguntó él en voz de hilo.
¿Podría ser posible…? No, ni siquiera Le Fey podía ser tan… tan… ¿tan qué? ¿Cómo se puede catalogar a alguien del horror que Thuggory pensaba que estaba a punto de acontecer? Del dormitorio no se oía ni un alma y el Cabeza Cuadrada sintió que la piel se le ponía de gallina.
—¿Entiendes ahora por qué digo que no preguntes lo que no quieres saber?
—Nunca ha hecho nada como esto…
—Que tú supieras —replicó la anciana irritada por su ignorancia—. Lleva meses haciéndolo y lo hace desde siempre.
Thuggory quiso gritar a aquella anciana, exigirle que se lo contara todo e incluso zarandearla por tomarle como un tonto. Sin embargo, ni dijo nada ni se movió, aún cuando Ikerne se retiró al dormitorio de Le Fey sin dirigirle una sola palabra más. Thuggory esperó sentado junto al hogar, sintiéndose completamente bloqueado y consciente de que aquella chica y aquel bebé no iban a salir vivos de aquella habitación. En algún punto de la noche se quedó medio dormido de mala manera contra la silla y cuando tocaron de nuevo a su puerta se sobresaltó tanto que no pudo contener un quejido por el dolor que azotó en su cuello. Miró hacia la puerta del dormitorio que seguía cerrada antes de ver quien llamaba tan temprano por la mañana.
Acke tenía una expresión seria marcada en su rostro. No es que su antigua mano derecha hubiera sido la alegría de la fiesta, pero siempre habían tenido una relación cercana y le había tratado como si fuera su propio hijo. Ahora, sin embargo, su trato era frío y distante y, pese a que Thuggory le invitó a que se sentara junto al fuego, éste se negó cortésmente.
—Simplemente vengo a notificarte que ha llegado un mensajero de Isla Mema para informar a la reina de que ha habido una revuelta.
—¿Qué? ¿Revuelta de qué? —preguntó Thuggory sorprendido.
—Comenta que algunos ciudadanos, aprovechando la desaparición de Lars Gormdsen, han intentado arrebatar la Jefatura a Ingrid Gormdsen. Por supuesto, la cosa no terminó bien, sobre todo porque tuvieron la mala suerte de que Drago Bludvist apareció en mitad de la revuelta.
—Joder… —murmuró Thuggory nervioso—. ¿Hay que lamentar muchas bajas?
—Gormdsen solo perdió a una cuarta parte de su guardia gracias a que Drago se implicó a tiempo, pero según tengo entendido no se puede decir lo mismo de la población que participó en la revuelta. Los que no fueron masacrados, están en prisión, de ahí que se reclame la presencia inmediata de la reina para el juicio.
¡Aquello era lo que le faltaba! Tenía esperanzas de quedarse en su isla al menos una semana más, pero claramente debían partir a Isla Mema de inmediato. Se frotó los ojos cansados con sus manos y le pidió a Acke que se retirara.
—Veo que al final la reina ha decidido casarse contigo.
—Ya sabes que llevábamos tiempo comprometidos —dijo Thuggory a la defensiva.
—Sí, pero bien que parecía dispuesta a casarse con otro no hace mucho.
—Acke…
—Solo digo que si vas a casarte con ella, quizás deberías plantearte ceder la jefatura a otra familia —sentenció el hombre.
Thuggory sintió que la sangre desaparecía de su cara y miró a Acke atónito.
—Sabes de sobra que esta tribu ha sido gobernada por mi familia desde hace al menos siete generaciones, es una de las jefaturas más antiguas de todo el Archipiélago.
—Y ya has demostrado lo poco que te importa —le recriminó el consejero malhumorado—. Una aldea como esta no puede ser gobernada por un hombre que nunca está. Tienes que renunciar, Thuggory, y como no cuentas con descendencia el consejo votará por un nuevo sucesor.
El arranque de ira que invadió a Thuggory fue tal que no pudo evitar coger una jarra de agua de barro que había sobre la mesa y tirarla contra la pared. El recipiente se rompió en cientos de añicos y su contenido manchó la pared de madera.
—Sigues comportándote como un niño estúpido —le achacó Acke con frialdad.
Aquella fue la gota que colmó el vaso. Thuggory agarró de la túnica del hombre y lo elevó como una pluma, pues para sus brazos aquel anciano no pesaba nada. Acke se sobresaltó por su reacción tan poco corriente en él, pues Thuggory siempre había respetuoso y sosegado entre los suyos. No obstante, estaba harto. ¡Harto! Harto de Le Fey, harto de las brujas, harto de la aldea, harto de su gente y harto de que le apuñalaran por la espalda a la mínima de cambio. Estaba cansado de estar siempre callado y calmado, ahora solo tenía ganas de coger la cabeza de Acke y aplastarla entre sus manos. Podría hacerlo con suma facilidad si quisiera, porque si algo le sobraba a Thuggory era fuerza.
—Thuggory, por favor, ¡suéltame! —suplicó el hombre muy nervioso.
—No lo entiendes, ¿verdad? —escupió Thuggory sacudiéndolo para que se callara—. Nuestra isla está protegida gracias a mí, al puto sacrificio que estoy haciendo por tener a la reina contenta y a Drago bajo control. Tú has visto cómo vive el resto del Archipiélago, ¿y te atreves a pedirme que me retire de la jefatura? Si me voy, no podré protegeros, Acke.
—Seguirás siendo el favorito de ella —escupió el hombre.
—¿Y qué? ¡Eso no os da ningún derecho a arrebatarme la jefatura! —rugió el Cabeza Cuadrada y le soltó con tal brusquedad que el hombre casi se cayó de bruces al suelo—. ¡Fuera de mi casa ahora mismo, Acke! Y agradece que te permita seguir en el Consejo, pero como me vuelvas con esta mierda te juro por lo que más quiero que os exilio a todos al continente de una patada en el culo.
El consejero le lanzó una mirada tan fría que le revolvió el estómago. Thuggory era perfectamente consciente que Acke y otros consejeros estaban sumamente decepcionados con él, pero lo que peor llevaba era el desprecio que sentían ahora hacia él. No podía negar que le dolía su actitud, más teniendo en cuenta que Acke había sido un segundo padre para él, sobre todo por lo mucho que le había ayudado en sus primeros años como Jefe. Sin embargo, Thuggory había aprendido desde muy pequeño que nadie debía pisotearlo y, si no destacaba por su inteligencia, que al menos le temieran por su fuerza. Acke se retiró sin decir nada más y Thuggory se acercó con paso titubeante al dormitorio. Tocó dos veces y esperó a que Le Fey le diera permiso para entrar.
No había ni rastro de la muchacha ni del bebé e Ikerne tampoco se encontraba allí. Sin embargo, sí que estaba la bruja rubia barriendo un cúmulo de polvo que no había estado allí antes. Le Fey se encontraba sentada en la cama arreglándose el pelo. Thuggory observó que tenía un aspecto mucho más saludable e incluso parecía contar con algo más de peso. Su piel seguía siendo pálida, pero al menos se apreciaba un ligero rubor en sus mejillas, y las ojeras habían desaparecido por completo, al igual que los cardenales que él le había hecho días antes.
—¿Cómo…?
—¡Thuggory! —le saludó ella con entusiasmo—. ¿Quién coño ha venido a molestarnos a estas horas?
Thuggory entreabrió la boca para responder cuando apreció una manta ensangrentada hecha bola junto a la ventana.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó sin ocultar el terror en su voz.
Le Fey dibujó una expresión de falsa inocencia.
—No ha pasado nada —respondió la reina.
—¿Dónde están la chica y el bebé?
La reina se rió con cierto retintín que le irritó todavía más.
—¿Ahora tienes alucinaciones, mi amor?
—No me llames así y ni te atrevas a tacharme de loco —le advirtió el Cabeza Cuadrada—. No estoy de humor para que me tomes por tonto. ¿Dónde coño están?
La cara de la reina se deformó en una mueca de claro fastidio.
—Thuggory, no preguntes cosas que no quieres saber.
—¡Estoy harto de que me digáis eso! ¿Por qué coño no…?
Thuggory movió los labios, pero su voz había desaparecido tan pronto Le Fey hizo un pequeño gesto con sus dedos. El Cabeza Cuadrada se llevó las manos a su cuello alarmado y Le Fey puso los ojos en blanco.
—Ya te dije que soy una superviviente, Thuggory. Hago lo que tengo que hacer para sobrevivir y, a veces, eso conlleva cosas que a gente como tú le parece una atrocidad —argumentó la bruja levantándose de la cama para acariciar su rostro. Thuggory tuvo que esforzarse para no apartarse—. Ahora, ¿serás bueno y me dirás quien nos ha molestado tan pronto por la mañana? ¡Hilda! —la bruja rubia alzó la mirada temblorosa—. ¿Vas a estar todo el puto día recogiendo esa montaña de polvo?
Thuggory observó el montón de suciedad polvorienta que había esparcido por el suelo. No era un polvo normal, más bien parecía ceniza o algo por el estilo. Sintió que el corazón se le paraba de repente, ¿acaso aquello era…? No podía ser, ¿verdad? ¡Aquello no podían ser los restos de la muchacha de antes! Ajena a su horror, la bruja llamada Hilda negó con la cabeza enérgicamente ante la pregunta de la reina.
—¡Aire entonces! Llévate esto también —dijo Le Fey señalando a la manta ensangrentada—. Y pobre de ti como te vean.
—No… no lo harán, mi reina —prometió Hilda bajando la vista a sus manos.
—Más te vale —escupió Le Fey antes de coger a Thuggory del brazo y sacarlo de la habitación.
Una vez que Thuggory fue liberado del hechizo que le robaba la voz, le explicó a Le Fey la situación de Isla Mema. Pese a que al principio se puso hecha una fiera, se tranquilizó cuando le habló de la intervención de Drago, aunque tampoco le entusiasmó especialmente la noticia.
—Ese Drago se está pasando de listo, me va a pedir muchos favores con esa intervención.
—Podrías echarle del Archipiélago si quisieras —sugirió Thuggory.
—No —replicó ella con rapidez—. Lo necesito todavía. Es más bueno de lo que pensaba, quizás es cuestión de tiempo hasta que encuentre los aquelarres que quedan en el Archipiélago y no descarto la posibilidad de que pueda atrapar a Astrid gracias al vínculo que tiene con Haddock.
—Ya te he advertido más de una vez que no es prudente que subestimes a Hipo —le recordó Thuggory cansado—. Mira lo que pasó la última vez.
—Aquello fue un golpe de suerte —se excusó la reina.
—No, Le Fey, ambos sabemos muy bien que aquello no fue un golpe de suerte. Astrid te desafió y actuaste como un pollo sin cabeza —le achacó Thuggory—. La intervención de Hipo con el Furia Nocturna fueron claves para que pudieran escapar, eso sin contar con Gothi.
Le Fey le fulminó con sus grises ojos y frunció los labios.
—Hay algo más —dijo la mujer.
—¿El qué? —replicó él intentando no poner los ojos en blanco.
—Hipo Haddock —aclaró ella—. El chico irradia un aura muy rara.
—¿Cómo que irradia? No comprendo qué quieres decir.
La bruja chasqueó la lengua, claramente mosqueada por su falta de entendimiento.
—Todos tenemos aura, Thuggory. De una manera u otra, cada ser del Midgar irradia un aura. Los humanos… no sois nada especiales, pero Hipo Haddock… no cuenta con una energía que haya percibido antes. Al principio lo achacaba al vínculo que compartía con Astrid, pero tras la boda… sentí algo que no había sentido antes.
—¿Y qué era? —cuestionó el Cabeza Cuadrada intrigado.
—Era similar a la magia, pero tiene que ser diferente —respondió la reina—, ningún hombre puede poseerla… —Le Fey parpadeó de repente como si hubiera caído algo de repente—. A menos que… sería una locura pensarlo, pero podría encajar...
Thuggory sabía bien que aunque insistiera a Le Fey de compartir lo que fuera que se le estaba pasando por la cabeza no lo haría, por lo que se resignó a escuchar a la reina murmurar por lo bajo hasta que volvió en sí y le ordenó que preparara todo para marchar de inmediato a Isla Mema.
El viaje fue lento, casi podía decirse que agónico. El mar estaba especialmente revuelto a causa de las primeras tormentas del verano que cada vez estaba más cerca y Le Fey se volvía aún más insoportable cuando se marea a consecuencia del oscilante movimiento del barco. Thuggory tuvo que contenerse para no mandarla a la mierda en más de una ocasión y pudo jurar que nunca estuvo más contento de pisar Isla Mema cuando llegaron tres días después.
Mema estaba devastada.
Ni en sus peores años durante la guerra contra los dragones debió verse así. Parte de las casa estaban semiderruidas y, las que habían corrido mayor suerte, presentaban ventanas rotas o pintadas. La aldea olía a madera quemada y humo, hasta el punto que resultaba complicado respirar con cierta normalidad, y las calles las ocupaban la guardia de Ingrid Gormdsen, algún ciudadano que se había atrevido a salir de su casa para buscar algo de comer y la gente de Drago. Un consejero de Gormdsen les recibió y les llevó directamente al Gran Salón donde Ingrid Gormdsen estaba reunida con el consejo de Isla Mema y Drago. Ingrid hizo una pronunciada reverencia y se disculpó por no haber ido ella misma a recibirles, pero la grave situación de Isla Mema les tenía inmersos en un debate interminable.
El escenario era mucho más complejo de lo que Acke le había explicado.
Todo empezó con un rumor. La repentina marcha de Lars Gormdsen con los nuevos jinetes de dragones había causado que la población se pusiera nerviosa y alguien —seguramente Bocón, pero Thuggory prefirió guardar su opinión para sí mismo— había empezado a rumorear de que Estoico Haddock estaba vivo. Al principio, nadie se lo creyó, pero cuando la partida que había marchado con Gormdsen regresó de la batalla en la Isla de los Marginados, alguien confirmó no solo que Estoico estaba vivo, sino que Hipo Haddock había vuelto y había destruido él solo con su Furia Nocturna toda la flota de los Cabezas Cuadradas. Thuggory se sintió su orgullo herido, aunque no pudo negar que, pese a no haber destruido del todo sus barcos, Hipo se había preocupado de liquidar todas sus catapultas y reconstruirlas estaba suponiendo un coste cuantioso que su pueblo no se hubiera podido permitir de no ser porque Le Fey había recurrido a las riquezas de otras tribus para pagarlas.
—¿Dónde están los prisioneros? —preguntó la reina.
—Los tenemos divididos entre los calabozos de Isla Mema y los de los barcos de Drago —explicó Ingrid—. Son demasiados, pero no he querido sentenciarlos a muerte sin vuestro consentimiento.
Le Fey clavó sus ojos en la Jefa de Isla Mema.
—Pensaba que ibas a impedir que esto fuera a pasar, Ingrid.
—Dije que sometería a los rebeldes y eso es lo que he hecho, ¿no? —replicó la mujer.
—Dejaste que se levantaran contra ti —le advirtió la reina molesta—. Y no habrías sobrevivido sin la ayuda de Bludvist.
Ingrid y Drago sonrieron satisfechos.
—Como ya os dije, esperábamos este ataque y era perfectamente consciente de que partía con desventaja —explicó la mujer—. Por supuesto, contraté a Drago para que me cubriera las espaldas. Además, de esta manera nos hemos curado en salud y hemos identificado con mayor rapidez a los rebeldes.
Le Fey arqueó cejas, no molesta, sino más bien sorprendida. No obstante, Thuggory sabía que debía estar inquieta. Ingrid sabía que ella era una bruja, por tanto era un riesgo para todos que la ahora Jefa de Isla Mema pudiera plantearse una alianza de última hora con Bludvist. Thuggory no se fiaba ni un pelo de ella y sabía que Le Fey tampoco, sobre todo porque Ingrid no había caído bajo su manipulación mental como lo habían hecho otros jefes del Archipiélago. Estaba claro que Ingrid Gormdsen era un peligro andante con la que no debían bajar la guardia en ninguna circunstancia.
Tras terminar la reunión con el consejo, Ingrid solicitó una audiencia a solas con la reina y Le Fey no tardó en despacharlo. Aunque no le entusiasmaba especialmente dejarlas solas, Thuggory decidió aprovechar la oportunidad para hablar con Bocón y comprender qué mosca le había picado para encabezar aquel suicidio de revuelta.
El herrero de Isla Mema estaba custodiado en una de las celdas más aisladas de la isla, probablemente en la misma que él o Estoico estuvieron encerrados tras la boda. Los guardias abrieron la puerta de la celda y Thuggory tuvo que taparse la nariz ante el aire tan viciado a sudor y orines que había en aquel minúsculo lugar. Los guardias le tendieron una antorcha para iluminar la oscura estancia y se encontró con un Bocón casi irreconocible. La mala alimentación había causado que hubiera perdido mucho peso y la piel ahora le caía flácida por su cuerpo. Le habían rasurado el bigote y sus tupidas cejas estaban blancas. Una fea herida cubría la zona donde debía estar su oreja izquierda y a Thuggory se le revolvió el estómago al ver que tenía parte de la boca sin dientes y los pocos que le quedaban estaban partidos.
—Vaya, vaya, ¡mira quién se ha dignado a aparecer! —exclamó el herrero sin poder evitar sesear por la falta de dientes—. ¿Por qué me honras con tu presencia?
—Me he enterado de la que has armado —respondió Thuggory sin poder ocultar el agotamiento en su voz y se acercó a una esquina de la celda para coger un taburete y sentarse ante el herrero—. Siempre he pensado que eras un tipo prudente, Bocón, pero veo que me equivocaba.
—La prudencia no es común entre los vikingos —le aseguró Bocón con acritud—. Cuando alguien está desesperado actúa como mejor puede. El plan hubiera funcionado si no hubiera sido por la alianza de última hora entre Gormdsen y Bludvist.
Thuggory estrechó los ojos, poco convencido de su argumento.
—Ambos sabemos porque actuaste tan precipitadamente, Bocón.
—¿Ah, sí? Ilústrame, Thuggory, que sé que eres más listo de lo que dicen.
Aquella pulla hizo que apretara los puños para contener su ira. No quería tomarla con el herrero.
—Sabes que Hipo ha vuelto.
—¡No me digas! —exclamó el vikingo fingiendo sorpresa.
—Bocón…
—¿Y no se ha dignado a pasar por aquí saludar? ¡Que poco decoroso por su parte! ¡Yo no le eduqué para que fuera así de maleducado! —siguió el hombre indignado.
Thuggory no tenía paciencia para aguantar el sarcasmo del herrero, por lo que tomó aire profundamente antes de ir directo al grano.
—Si has armado una revuelta, me imagino que será porque sabes dónde se oculta la gente que huyó de la Isla de los Marginados —argumentó el Cabeza Cuadrada muy serio.
Bocón rompió a reír de una forma que podía describirse casi como histérica.
—¿Saberlo? Todo lo que sé se debe a los rumores, Thuggory. ¿Crees que tengo una manera de comunicarme telepáticamente con Estoico o con Hipo? —cuestionó el herrero sin dejar de mofarse—. ¿No ves el puto sin sentido de lo que dices?
—¿Entonces por qué coño os revelastéis? —insistió en saber el Cabeza Cuadrada.
Bocón dejó de reírse de repente y sostuvo su mirada con ojos tan fríos que casi parecían que iban a helar su alma.
—¿Por qué? —cuestionó el herrero—. ¿Por qué va a ser? ¡Estamos hasta los cojones de esta dictadura! ¡De morirnos de hambre! ¿Crees que yo tengo mala cara? ¿Tú has visto a Cubo? ¡Está tan esquelético que el condenado cubo que llevaba en la cabeza se le ha caído! ¿Y qué me dices de lo que tenemos que hacer al no poder pagar los putos impuestos de tu reinecita? Estamos esclavizados a trabajar como jodidas mulas, sin apenas agua o comida, para crear armamento para la guerra contra los nuestros, y el que se releva marcha a galeras con Drago o los asesinan. ¿Y te piensas que nos revelamos porque pretendemos huir? Nos revelamos porque esto no es vida ni es nada y tienes suerte de que no tenga mis prótesis conmigo, sino ya te habría retorcido el pescuezo, hijo de la grandísima puta.
La bilis subió por su exófago peligrosamente y Thuggory tuvo que carraspear para no dejarse llevar por las náuseas. Había sido consciente de que la situación en Isla Mema había sido especialmente mala en comparación al resto del Archipiélago, ¿pero tanto? Thuggory se vio abordado por un espantoso sentimiento de culpa, pero no podía venirse abajo delante de Bocón. El vikingo lo aprovecharía para usarlo a su contra y no dudaba que a estas alturas Bocón haría lo que fuera con tal de destruirlo.
—Pediré que te curen esa herida de inmediato y que te traigan algo caliente para comer —le prometió el Cabeza Cuadrada levantándose de su asiento.
—No necesito tu piedad, chico —escupió Bocón—. Nadie en esta isla necesita pensar que tú eres el bueno, eres igual o peor que ella.
Thuggory era perfectamente consciente de que no podía replicar esa acusación.
—Si no hubiera sido por mí, Brusca Thorston no habría conseguido sacar a Gothi viva de esta isla.
Bocón sonrió enseñándole su dentadura destrozada.
—¿Y tengo que felicitarte por eso? ¿Por tener un momento de lucidez entre toda la mierda que has removido? —se mofó el herrero—. No me extraña que la reina se aproveche tanto de ti. Quizás me equivocaba y realmente eres el tonto que todos dicen que eres.
Thuggory no controló sus impulsos cuando, movido por la ira, cogió de la túnica raída de Bocón, quien no dejó de sonreír en ningún momento.
—¿Podrías haber huído con Gothi y el resto de los jinetes si hubieras querido, pero decidiste quedarte? ¿Y yo soy el idiota? —cuestionó el Cabeza Cuadrada rabioso.
—Al menos yo no le doy la espalda a los míos —declaró el herrero.
Bocón sabía darle donde más le dolía, estaba claro. Quizás, de haber sido otro, Thuggory le habría dado una paliza, pero respetaba demasiado al herrero como para ponerle una mano encima, más sabiendo que si estaba encerrado en aquel lugar, en parte, se debía por él. Tras contar hasta veinte, soltó al herrero y salió de la celda sin mediar una sola palabra más con él. Cerró la puerta tras él y se dirigió a los guardias en voz muy baja:
—Aseguraos de que todos los prisionerosreciben agua y comida caliente.
—Pero señor, la Jefa…
—Si la Jefa Gormdsen tiene algún problema ya sabe adonde tiene que ir a quejarse, vosotros haced lo que os digo —les ordenó.
Los guardias asintieron titubeantes ante sus órdenes y Thuggory subió las escaleras de nuevo al exterior. Pensó que tal vez sería conveniente comprobar el estado de las provisiones de Isla Mema, simplemente para cerciorarse de que se estaba haciendo un reparto equitativo, aunque sabía que no sería así. Sin embargo, a medio camino, una mujer se acercó a toda prisa para arrodillarse y coger de su capa.
—¡Lord Meathead, por favor, pido clemencia! —suplicó ella desesperada.
Un par de hombres de Drago corrieron hacia ellos para coger a la mujer, por lo que Thuggory les empujó tan pronto ella se puso a chillar desesperada mientras se abrazaba a su pierna.
—¿Qué coño estáis haciendo? —rugió el Cabeza Cuadrada.
Los dos hombres dieron un paso hacia atrás espantados por su reacción.
—Es una presa, señor. Drago nos ha ordenado llevarnos a todas las mujeres sospechosas de brujería a sus barcos.
—¡Piedad, mi señor! —exclamó la mujer con lágrimas en los ojos—. Lord Meathead, mis hijos… solo me tienen a mí y tienen a mi niño, al mayor, en prisión. ¿No me recuerda?
Thuggory necesitó hacer memoria para por fin recordarla. Era la madre del niño que trabajaba para Eret. Es más, se acordaba de lo mal que aquel crío había tratado a su madre y que Thuggory le había agarrado de las orejas para callarle la boca. ¿Cómo era su nombre? Fey, Frey… ¡Faye! Faye Haugsen. La última vez que se vieron cargaba con un montón de niños y su marido estaba muy enfermo. Thuggory le había dado incluso dinero porque estaban en la miseria y no podían pagar los impuestos de Lars Gormdsen. El Cabeza Cuadrada hincó una rodilla para ponerse a la altura de la mujer, aunque esta se veía muy pequeña a su lado de lo demacrada que estaba.
—Señora Haugsen, ¿por qué la han apresado? —preguntó el hombre con suavidad.
Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas.
—Mi esposo Jora murió hace unas semanas y… y… no lo sé, me dijeron que Einar lo tenían preso y que ahora estaba en deuda con Drago —Faye sollozó—. Me advirtieron que si no pagaba se llevarían al resto de mis hijos, pero nadie tiene tanto dinero… En toda mi vida he tenido tanto… Y yo… yo… Estaba dispuesta a hacer lo que fuera por salvar a mis hijos, lo que fuera, ¿me entiende? —la mujer se cubrió la cara con sus manos, abochornada y desolada—. Llegué a un acuerdo con Drago.
—¿Qué clase de acuerdo? —cuestionó Thuggory horrorizado.
—Yo… me… me... he dedicado a consolar a sus hombres —respondió avergonzada—. ¿Qué otro remedio tenía? No podía permitir que me quitaran al resto de mis niños y así podía pagar la deuda de Einar, pero… —Faye se sorbió la nariz y su mirada se ensombreció—. Uno de ellos puso interés en mi Seren, y no podía soportar la idea de que la tocaran. ¡Sólo tiene seis añitos! Así que tan pronto leí sus intenciones le acuchillé sin pensarlo dos veces.
Thuggory sintió que se le revolvían las tripas ante el relato de aquella pobre mujer. No podía ni imaginarse lo horrible que había tenido que ser para ella, ya no solo el quedarse viuda, sino el tener que venderse a sí misma para salvaguardar la seguridad de sus hijos y pagar una deuda impagable para recuperar a su hijo mayor.
—Soltadla —ordenó Thuggory con voz autoritaria.
—Señor, nos va a meter en problemas si no la llevamos al barco. Drago la acusa de brujería por su acción y está sentenciada a morir.
—Esta mujer y su familia están ahora bajo mi protección —sentenció el Cabeza Cuadrada ayudando a Faye a levantarse—. Liberad también al chico.
—Me temo que eso va a ser imposible —dijo alguien a su espalda.
Thuggory se tensó al reconocer la voz de Drago Bludvist. El cazador de brujas se acercó con una sonrisa que le puso los vellos en punta, pero Thuggory procuró no mostrarse intimidado. Los dos hombres que habían arrastrado a Faye se pusieron rectos como palos y casi parecía que estaban conteniendo la respiración para no perturbar a Drago. Faye se quedó muy quieta, aunque no soltó su capa.
—Tu jurisdicción no está por encima de la mía, Bludvist.
—Puedes hacer con esta zorra lo que te venga en gana —le aseguró Drago irritado—, pero el niño es mío.
—¡No es justo! —chilló Faye rota—. ¡Mi hijo no tiene la culpa de lo que sucedió en el barco de Eret! ¡No entiendo por qué tiene que pagar él también!
—Si uno se equivoca, como ha sido el caso de Eret, lo paga toda la tripulación, así es como aprenden que bajo mi mando los errores no tienen cabida —sentenció el cazador de brujas con frialdad—. No te preocupes, entre los míos nunca pasará hambre.
—Pero será un esclavo para el resto de su vida… ¡Por favor! ¡Devolvédmelo!
—Llora cuanto quieras, zorra, te di la opción de pagarlo y acabaste matando a uno de mis hombres. Agradece que Lord Meathead —a Thuggory no le pasó por alto el retintín en su voz— te haya haya salvado tu insignificante vida.
—¿Cuánto? —intervino Thuggory.
Drago alzó una ceja.
—¿Cuánto qué?
—Cuánto quieres por el niño.
El cazador de brujas sostuvo su mirada antes de romper a reír.
—¿Te crees que es dinero lo que quiero? ¡Me sobra por todos lados! ¿Crees que tengo la flota que tengo por algo? Si quiero dinero voy adonde quiero y lo cojo, así de sencillo. Por no mencionar que el tráfico de dragones sigue siendo muy beneficioso para mis arcas y la mano de obra me sale muy rentable. Por tanto, no quiero tu dinero de mierda. El chico es mío, fin de la discusión. Si Eret no hubiera dejado escapar a la bruja, nada de esto habría pasado.
—¡Por Odín, Drago! No puedo permitir que…
—Tendrás que hacerlo —le cortó el cazador—. Tengo el permiso de la reina, así que puedo hacer lo que me venga en gana. ¿O acaso vas a contradecirla? A nadie le gusta un perro desobediente, así que no sé si te conviene desobedecerla —Drago se dirigió a sus hombres—. Vosotros dos, ¡al barco!
Faye intentó abalanzarse sobre Drago, pero Thuggory la sujetó con fuerza a la vez que el cazador les regalaba una sonrisa malvada. Tan pronto se alejaron, la mujer rompió a llorar y Thuggory sintió una congoja espantosa en su pecho.
—Faye, deberías volver a casa con tus hijos.
—¿Y qué pasará con Einar? —chilló ella rota.
—Intentaré razonar con la reina…
—Ella no te escuchará, a ella le da igual que mi hijo sea un esclavo o no —farfulló la mujer con furia.
—Faye…
—Él tiene razón, ¿sabes? Jamás te atreverías a desobedecer la voluntad de la reina, por tanto, ¿qué sentido tienes que me des falsas esperanzas? —reclamó la mujer—. Mi pobre niño… ¡Ojalá nada de esto hubiera pasado! ¡Ojalá nunca hubiera sucedido esa boda!
Thuggory no podía estar más de acuerdo con ella, pero ni siquiera cuando se marchó cojeando y llorando a moco tendido fue capaz de formular una sola palabra de consuelo para aquella pobre mujer. Había salvado su vida, sí, y ahora podría volver con el resto de sus hijos, pero al no poder hacer lo mismo por su hijo mayor tenía la espantosa sensación de que solo había empeorado las cosas. Es más, Thuggory tenía la amarga sensación que todo esto lo había hecho para aliviar su conciencia más que para salvar a la mujer, que había obrado más bien por su egoísmo de querer sentirse mejor consigo mismo, de no ponerse a la altura de Le Fey y de Drago.
Se sintió asqueado ante aquel pensamiento.
Sabía que para el resto del mundo él era el peor de todos. Un traidor. Un sumiso enamorado ante los deseos de una reina tirana que había traído la desgracia al Archipiélago.
¿Realmente merecía la pena todo aquello?
¿Qué pensaría Kateriina? ¿Qué diría ella ante sus acciones? ¿Y si le odiaba por ello? Thuggory no podía soportar la simple idea de que le fuera a rechazar por todo lo que había hecho para salvarla, aunque no tenía excusa por lo de haberse dejado aprovechar por Le Fey y haberse acostado con ella.
Thuggory se esforzó en apartar aquellas ideas de su cabeza mientras caminaba en dirección a las reservas de la aldea. Desde que había decidido ayudar a Le Fey, tenía claro cuál era su intención y ya estaba decidido que debía de hacer lo que hiciera falta con tal de rescatar a su amada. ¿Que ello conllevaba a ser un apestado el resto de su vida y tener que marcharse eventualmente del Archipiélago? Que así fuera.
Escuchó de repente el sonido de unos matorrales moverse a poca distancia de su ubicación. El Cabeza Cuadrada se volteó a la vez que desarmaba su espada, pero sus músculos se relajaron tan pronto apreció la figura de Bain Eldarion de entre los árboles.
—¿Qué demonios haces aquí? —preguntó Thuggory sin poder ocultar la irritación en su voz—. ¿No ibas a buscar a Hipo y a Astrid?
El mercenario se movió haciendo eses y pudo oler el desagradable hedor a alcohol desde donde estaba.
—Los encontré, pero… los volví a perder —respondió el hombre con voz pastosa.
—Estás borracho —le acusó Thuggory molesto.
—Siempre lo estoy —Eldarion hipó y sacó su petaca de su mugrienta alforja para dar otro trago—, pero admito que hoy he trincado más de lo normal.
—¿Qué coño, Eldarion? ¡No te pago para que me vengas ciego! —escupió el Cabeza Cuadrada—. ¿Y dices que has encontrado a Hipo y a Astrid? ¿Dónde?
Eldarion se apoyó contra un árbol y le enseñó sus dientes amarillos.
—Te encantaría saberlo, ¿verdad?
—Si quieres te puedo llevar ante la reina para que te lo saque ella misma —le amenazó Thuggory perdiendo la paciencia.
—¿Con su magia? —cuestionó él divertido y Thuggory sintió que la sangre abandonaba su cara—. ¡Vamos, chico! ¿Pensabas que la chica no iba a contármelo?
—Tu misión era atraparlos, no dialogar con ellos.
—Y lo hice, pero hubo un par de… inconvenientes —dijo el hombre sacudiendo los hombros—. Pero vengo a decirte que hay un problema, uno muy muy muy muy gordo.
Thuggory no pudo contener una mueca de asco cuando el hombre soltó un profundo eructo. ¿En qué momento se le ocurrió que era buena idea contratar a aquel imbécil?
—Eldarion, rescindo de tus servicios aho…
—El chico tiene magia —le cortó el hombre con sequedad.
Thuggory frunció el ceño.
—¿Cómo que magia? Los hombres no pueden hacer magia.
—Haddock sí —insistió el mercenario y se levantó la túnica para mostrar su abdomen. Thuggory jadeó cuando observó que su piel cetrina estaba marcada por ampollas y quemaduras muy rojas, como si hubiera estado apoyado contra hierro ardiente.
—¿Qué demonios…?
—He noqueado a hombres más grandes y corpulentos que tú, chico, por lo que comprenderás que noquear a Hipo Haddock debía ser pan comido —argumentó Eldarion—. Es tan fácil como herirle a la pierna sin prótesis, rodear su cuello entre mis manos y dejarle sin aire hasta que su cara se vuelve morada. Sin embargo… el chico no luchó, me miró muy fijamente y vi la ira arder en sus ojos. Me extrañó que no reaccionara como lo haría cualquier otro, incluso la bruja se alteró infinitamente más que él, pero Haddock me miró como… como…
Thuggory sintió un escalofrío sacudir su espalda.
—¿Como qué? —cuestionó el vikingo.
—Como si supiera que yo iba a morir y, entonces, empezó el dolor. Nunca he sentido un dolor más espantoso que ese, ni siquiera cuando perdí el ojo. Solo hay algo que se asemeja a ese dolor.
¡Aquella era una locura! Hipo no podía tener magia, Le Fey le había explicado que era imposible que los hombres tuvieran magia. Sin embargo, sonaba surrealista que Hipo pudiera haberse liberado de Bain Eldarion por su propia fuerza. ¿Astrid? Casi seguro, ¿pero Hipo? Imposible.
—¿A qué se asemejaba el dolor?
Bain Eldarion sostuvo su mirada durante unos largos segundos. Pese a la borrachera, resultaba evidente la tensión e incluso el miedo en sus ojos.
—Ese dolor podría parecerse a cuando un dragón te quema vivo solo que Haddock parece capaz de iniciar un incidencia desde lo más profundo de tus entrañas, como si quisiera empezar arrasando con tu alma primero. Te lo digo, chico, ese chico es un peligro y una abominación. Si no lo atrapamos, podemos darnos todos por muertos, sin importar el bando al que pertenezcamos.
Xx.
—¿Os habéis enfadado Astrid y tú?
Hipo dejó de prestar atención a su mapa para centrarse en su padre, quien lo observaba preocupado. El joven ladeó la cabeza y arrugó la nariz antes de terminar el pequeño apunte que estaba haciendo junto al dibujo de la Isla Berserker.
—No que yo sepa —contestó Hipo.
—No me da la sensación de que sea así —insistió su padre.
—Papá, cuando Astrid y yo nos enfadamos se entera todo el Archipiélago —le aseguró el joven con cierta impaciencia—. Que no estemos juntos todo el tiempo no significa que nos hayamos peleado.
—Hipo, que no nací ayer —dijo Estoico exasperado—. A veces, las peleas no tienen porqué venir a raíz de una discusión.
Hipo dejó su lápiz sobre la mesa y volvió a mirar a su padre muy serio. ¿Estaba realmente enfadado con ella? En realidad, ¿tenía el derecho de estarlo? No había sido él el que se había enterado de que toda su familia había muerto de la boca de un tío borracho con instintos asesinos o que una bruja loca había alterado su cuerpo para hacerla infertil. Así que, ¿de verdad podía estar enfadado con Astrid? Puede, solo puede, que le hubiera molestado un poquito que ella se hubiera cerrado en banda con él, que no quisiera hablar de cómo se sentía y temía que todo aquello explotara en su cara en cualquier momento.
Sin embargo, cuando habían vuelto a la isla del aquelarre del Vindr, Astrid había actuado como si nada hubiera pasado. Hipo cayó enseguida de que la bruja no tenía la más mínima intención de hablar de Finn o de las brujas y aquello había dejado a Hipo en una posición muy delicada. Ya no solo porque le angustiaba toda la situación de su novia, sino también porque cargaba con una información muy valiosa para la resistencia que sin la aprobación de Astrid sentía que no podía desvelar. Y, para colmo de los colmos, su novia le había estado evitando desde su vuelta y de eso ya hacía tres días. No es que no le hablara, porque claramente se esforzaba en simular que estaba perfectamente y estaba conteniendo todos sus sentimientos detrás de una máscara de frialdad e indiferencia.
Las cosas por la isla del Vindr tampoco habían ido mejor desde que se habían marchado. Pese a que aquella isla era un remanso de paz, ajena al caos y la desolación que afectaba al Archipiélago, se respiraba un ambiente tenso y casi podría decirse que furioso que se había intensificado tras su regreso con las manos vacías. Hipo sólo había descrito lo que se habían encontrado en la Isla Berserker a Alvin, a Camicazi y a su padre, pero la noticia de la masacre se extendió con suma rapidez entre los refugiados. La desesperanza era latente entre todos y a Hipo no se le ocurría nada que les ayudara a ver un poco la luz, quizás porque él lo veía todo tan o incluso más negro que los demás.
Y no había sido porque no lo hubiera intentado.
La noche en que las brujas por fin les liberaron, Hipo pidió audiencia con Ying Yue. Le hubiera gustado que Astrid lo hubiera acompañado, pero su novia andaba medio desaparecida e Hipo no había tenido la oportunidad de encararse con ella y preguntarle si estaba bien o había hecho algo malo. Pensó que quizás estaba molesta con él por haberse ido a la herrería sin haberle dicho nada, aunque Hipo no comprendía por qué debía disculparse por eso. Tal vez él no estaba pasando por lo que Astrid estaba sufriendo y no podía hacer nada más que imaginarse el calvario que estaba pasando, pero su rechazo a abrirse con él le dolía. Su novia siempre le había insistido que nunca se guardara sus sentimientos con ella y le había acogido entre sus brazos cuando había necesitado consuelo; sin embargo, el silencio de Astrid le tenía roto. La bruja estaba pasando por el peor momento de su vida e Hipo estaba dolido precisamente porque ella no deseaba compartir su dolor y buscar consuelo en él. No quería juzgar a Astrid, comprendía que no tuviera la misma facilidad en abrirse como él, pero sentía que ella desconfiaba de él y que incluso le rechazaba por no permitir usar el sexo como consuelo. Si Hipo no lo había permitido había sido precisamente por su experiencia, puesto que el sexo solo era un parche que les hacía sentirse mucho peor después y lo que Astrid necesitaba era poner palabras a todo el cúmulo de sentimientos que la embargaba por dentro. Por esa razón, Hipo decidió darle su espacio y esperar, aunque Astrid, por alguna razón, seguía sin estar contenta con su decisión. Por esa razón, terminó yendo a ver a Ying Yue él solo.
La reina del Mairu le recibió en su casa. Le sorprendió recibiéndole con un simple túnica azul y unas mallas rojas, se había quitado la corona de flores y había recogido su largo y fino cabello azabache en un moño. Si no supiera —y percibiera— que era una poderosísima bruja, Ying Yue podía pasar tranquilamente por humana. Hipo nunca había conocido a nadie con los rasgos de Ying Yue, pero no cabía duda que debía de ser de una tierra lejana al continente y era una de las mujeres más bellas que había tenido la suerte de conocer nunca. La bruja le preguntó si quería té e Hipo consideró que rechazarlo sería una muestra de poco respeto, por lo que aceptó pese a estar demasiado nervioso como para tomar nada.
—No acostumbro a tener audiencias con humanos, por lo que espero que no te extrañe que me sorprenda que quisieras hablar conmigo —comentó Ying Yue.
—En realidad, podría decirse que vengo en representación de la resistencia humana —argumentó Hipo intentando ignorar la abrumadora influencia mágica de aquella bruja.
—¿Ah, sí? —cuestionó ella intrigada—. ¿Y qué querría la resistencia humana de mi y de mi aquelarre?
—Una alianza —respondió Hipo—. Si unimos fuerzas, tal vez no sea tan descabellado enfrentarnos a Le Fey y a Drago.
Ying Yue no hizo ningún gesto ni dijo nada respecto a su propuesta. Se quedó observándolo en silencio e Hipo casi podía adivinar que estaba buscando algo en él que, a primera vista, no había conseguido visualizar. Se esforzó en ocultar su magia dentro de él y ésta, consciente de la situación de peligro, se sometió fácilmente a su voluntad. La reina del Mairu ladeó la cabeza frustrada y chasqueó la lengua.
—Me imagino que no estarás muy puesto en la situación real de mi especie, dado que Astrid es tan ignorante como tú en todo este asunto —comentó la bruja.
—¿A qué te refieres?
Ying Yue hundió los hombros resignada.
—Ya no se bautizan a tantas niñas como antes —argumentó Ying Yue—. Cada vez nacen menos niñas marcadas por Freyja y muchas de ellas no desean seguir los designios de la diosa. Es más, antes de que toda esta mierda con Le Fey y Drago iniciara, muchas brujas, ya no solo de mi aquelarre, sino también de los demás, habían decidido dejar las vestiduras e integrarse entre los humanos.
—¿Por qué? —preguntó Hipo sorprendido.
—Ninguna bruja lleva bien el tener que separarse de sus hijos —explicó la mujer—. No solo los niños han de marcharse cuando alcanzan la edad, también las niñas no marcadas o que deciden no bautizarse tienen que irse.
—¿Y por qué no quieren bautizarse?
Ying Yue sacudió los hombros.
—Puede haber varios motivos. El auge de la caza de las brujas, la idea de que algún día tendrán que separarse de sus hijos si desean tenerlos o probablemente porque la magia cada día está menos presente en el Midgar —explicó con cierta tristeza—. Somos una especie resignada a desaparecer de aquí a pocas décadas.
Hipo torció el gesto.
—¿No habéis pensado nunca en integraros con los humanos? —sugirió él.
Ying Yue sonrió con cierta desgana.
—¿De verdad crees que podríamos integrarnos entre vosotros?
—No veo razón por la que eso no pueda suceder.
—Los humanos sois simples e ignorantes —Hipo torció el gesto—. No te lo tomes como una crítica porque es una realidad. Es más, creo que los vikingos, aún respetando la antigua religión, no destacáis precisamente por ser el pueblo más inteligente y brillante del Midgar. Sois supersticiosos y teméis lo que no entendéis.
—Pero el Archipiélago…
—Sí, sí, integrasteis a los dragones en vuestra sociedad, ¿pero qué son los dragones al fin y al cabo? —cuestionó la reina—. Los tratáis como mascotas y medios para haceros la vida más fácil.
—¡Eso no es verdad! —se defendió Hipo indignado—. ¡Los dragones son nuestros amigos y nuestros iguales!
Ying Yue se rió abriendo mucho la boca y enseñando todos sus dientes sin vergüenza alguna. Para lo seria que era se veía hasta surrealista que se riera así.
—¡De verdad! ¿Ves como sois simples e ignorantes? Puede que hayas creado un vínculo especial con el Furia Nocturna, pero los dragones no están hechos para vivir una vida doméstica. Son criaturas salvajes, hechas para vivir en nidos y comunidades protegidas por alfas —Hipo quiso replicar, pero Ying Yue alzó la mano para silenciarlo—. Las brujas contamos con poderes extraordinarios, Hipo, pero los humanos recelan de nosotras y, con el tiempo, la envidia hace que nos ataquen o nos marginen. Se ha demostrado con brujas que han abandonado aquelarres para casarse y, al final, muchas de ellas han tenido que volver porque no encajaban entre vosotros.
Hipo sintió una desagradable tensión en su pecho. Una parte de él le estaba advirtiendo de que si Astrid no hubiera estado vinculada con él, habría hecho exactamente eso mismo. Ella misma había señalado más de una vez que no gustaba a los humanos, que de alguna manera ellos podían detectar que ella era diferente. Fira había sido la prueba de todo ello, pero no solo con Astrid sino con él mismo también.
—De igual manera, todo esto que me señalas no significa que no podamos colaborar y aliarnos contra nuestros enemigos comunes —insistió Hipo preocupado.
—Precisamente es lo que te estoy intentando hacer ver —señaló la reina irritada—. Una alianza como esa nos acabará explotando a nosotras en la cara. Si se diera la circunstancia de que ganáramos la guerra, lo cual honestamente lo veo prácticamente imposible, vosotros acabaréis en nuestra contra. ¡Nos meteríais en el mismo saco de Le Fey!
Hipo sintió que temblaba de la rabia y la impotencia por la cabezonería y la ceguera de aquella mujer. El simple hecho de que considerara de que su tribu, sus amigos e incluso él mismo pudieran ir en su contra por ser diferentes y poseer magia le asqueaba. Admiraba a aquellas brujas y a la comunidad de aquelarres que habían creado y que tan diferente resultaba de lo que Astrid le había contado. Si no hubiera sido de que aquella aldea de brujas estaba formada exclusivamente de mujeres, casi podría decir que se había sentido como en los viejos tiempos en Isla Mema.
Sin embargo, Hipo sabía que no merecía la pena insistir, por lo que no se molestó tampoco en sacar el tema a Iana y mucho menos a Drina, quien seguía descontenta con su presencia en la isla. Hipo y Astrid partieron la noche siguiente y, tal y como habían acordado, Ying Yue le devolvió el grimorio.
—Recuerda que una vez que todo esto acabe, deberás devolverlo, sino iré yo misma a buscarlo —le advirtió la reina.
Astrid puso los ojos en blanco, pero no discutió. Se despidieron y pusieron rumbo de nuevo a la isla del aquelarre del Vindr. El viaje se le hizo inusualmente largo, pero fue sobre todo incómodo por el tenso silencio que había entre ellos dos. Ni siquiera los dragones, quienes tan felices habían sido cuando por fin los habían liberado, pronunciaron una sola palabra. Tan pronto llegaron a la isla fueron recibidos entre exclamaciones de alivio e incluso sorpresa, como si algunos no esperaban que realmente fueran a regresar. Sin embargo, la alegría duró muy poco tras enterarse de lo sucedido en la Isla Berserker y, por supuesto, la idea de salvar a Dagur de las galeras de Drago había quedado descartada en el mismo instante que se sugirió. Rescatarlo sería un suicidio, acordaron todos. A raíz de su regreso, un lúgubre pesar arrolló la isla. Sin un ejército que pudiera ayudarles, no había posibilidad de hacer nada contra Le Fey y Drago. Estaban resignados a permanecer escondidos y a esperar, aún sin saber a qué. ¿A que los encontraran? ¿A que se terminaran los recursos de la isla? ¿O a que empezaran a matarse entre ellos?
Todo aquello le angustiaba enormemente, pero no tanto como la actitud de la propia Astrid.
Tan pronto llegaron a la isla, la bruja había corrido entre la multitud que habían acudido como locos para recibirles y había ido directa a la habitación de Gothi. Hipo la siguió tan pronto fue capaz de evadir a la gente y la encontró formulando el conjuro mientras una fascinada Brusca la observaba ojiplática. Ambos vikingos observaron a la bruja en silencio, aunque Hipo la notó inquieta e incluso podía decirse que nerviosa. Al parecer, el hechizo debía ser lo bastante complicado como para que Astrid tuviera que concentrarse en canalizar su magia a través de un filtro que no dañara a la galena. Brusca soltó una palabrota cuando la infección que estaba cubriendo parte del cuerpo de Gothi empezó a disolverse en su piel; no obstante, Hipo podía percibir por la cara de Astrid que no era suficiente. Cuando el rastro de la infección desapareció por completo, el fulgor dorado de Astrid desapareció de sus manos y se dejó caer agotada sobre sus rodillas.
—¿Y bien? —preguntó Brusca angustiada.
—Está fuera de peligro, pero no puedo despertarla —anunció Astrid con voz sombría.
—¿Qué? ¿Por qué? —replicó la vikinga desconcertada.
—El hechizo que le hace dormir es demasiado poderoso, yo sola no puedo… —Astrid se frotó los ojos agotada—. Necesitaría a otra bruja que me diera soporte para romperlo y además requiere un conocimiento de magia curativa que desgraciadamente no poseo.
—Osea, ¿que estamos en las mismas? —dijo Brusca rendida.
Astrid hundió los hombros mientras clavaba la mirada en el rostro dormido de la anciana.
—Debemos seguir alimentándola hasta que encuentre una forma de despertarla —argumentó Astrid y cerró el grimorio para abrazarlo a su pecho—. Me pondré a ello enseguida.
Hipo la siguió preocupado, queriendo preguntarle si él podía hacer algo para ayudar. Quizás su magia podría venir para esta ocasión, pero comprendió que si ella no le había dicho nada se debía a que ni siquiera él tenía el poder para curar a Gothi. Hipo la acompañó afuera, pero cuando fue a rodear sus hombros para abrazarla contra su cuerpo, alguien gritó su nombre. Hipo se despistó solo dos segundos, pero cuando volvió a dirigirse a Astrid, ésta ya había desaparecido.
Y así habían estado desde entonces.
Aún compartían cama, pero habían cogido la extraña dinámica de darse la espalda e incluso no tocarse. Hipo odiaba todo aquello, sobre todo porque tenía la sensación de que estaba durmiendo con una completa desconocida, y ya no sabía cómo actuar sin que volviera a rechazarla como lo hizo en la Isla Berserker. Eso por no mencionar que Hipo podía sentir su propio cuerpo tensionado a causa del vínculo ante el poco contacto físico que estaban manteniendo y le enfadaba especialmente que a ella también se le notara. Las tentativas a agarrar de su mano, a apoyar su cabeza contra su hombro o el simple hecho de apartar el pelo de sus ojos… eran pequeños gestos suyos que Hipo sabía que estaba conteniendo; y, a pesar de ello, Astrid parecía más decidida a enfocarse en su mundo interior más que en abrirse de una puñetera vez con él para dejar de estar separados a un océano de distancia. Además, al no poder revelar nada sobre Finn Hofferson, la verdadera identidad de Astrid y su encontronazo con las brujas, Hipo se había reducido a tener muy poco que contar y las tareas rutinarias que ocupaban su rutina apenas le ayudaban a borrar la frustración y mucho menos a que le viniera milagrosamente una idea brillante a la cabeza que pudiera salvar a todo el mundo. Hacer un nuevo mapa había supuesto una distracción entretenida, por lo que cuando su padre apareció para recordarle sus problemas con Astrid, Hipo quiso gritar con todas sus fuerzas.
—¿Por qué te preocupa cómo esté con Astrid? Hasta donde yo sé, no te gusta —le reprochó Hipo.
Estoico no pudo evitar hacer un mohín.
—Que no me guste para ti, no significa que no me preocupe tu felicidad —le advirtió Estoico—. Además, estás muy malhumorado y callado. No me gusta cuando estás así.
—Siento no ser pura dicha y felicidad —se quejó Hipo con sarcasmo.
Su padre le lanzó una mirada de circunstancias.
—Ella no está bien, ¿verdad?
Hipo frunció el ceño. Astrid era muy buena mentirosa y estaba acostumbrada a esconder sus emociones bajo una fachada de indiferencia que bordaba a la perfección. Por tanto le resultaba muy extraño que su padre pudiera adivinar con tanta facilidad el malestar de de la bruja.
—¿A qué te refieres? —preguntó el vikingo con inevitable curiosidad.
—Está, pero no está —argumentó su padre preocupado—. Astrid es de ese tipo de personas que estudia cada gesto, cada palabra y cada acción que ocurre a su alrededor. Ahora, sin embargo, parece preocupada en lo que sea que le está pasando por la cabeza. No la conozco bien, pero parece enfadada e incluso podría decirse que triste. Y no te creas que no me he dado cuenta que evade tus miradas, por eso quería saber si os habéis peleado.
Hipo se mordió el labio y se apoyó contra el respaldo de su silla rendido.
—¿Alguna vez te ha pasado con mamá que no quería abrirse contigo cuando tenía un problema? ¿O que tuvieras la sensación de que te estaba ocultando algo?
Se le hacía extraño preguntar sobre su madre, más sabiendo que seguía vivita y coleando mucho más al norte, pero Hipo no sabía cómo exponer la situación sin contárselo todo a su padre. Dudaba mucho que el mundo y mucho menos Astrid estuvieran preparados para descubrir que Astrid Hofferson había regresado de entre los muertos convertida en una bruja letal que podía controlar las tormentas. Aún así, su cuestión había pillado a su padre completamente desprevenido y necesitó un tiempo para buscar las palabras adecuadas.
—Mira Hipo, cada persona es un mundo distinto. Hay gente que está preparada para sacar sus sentimientos y otras que no. A tu madre… se le daba muy bien escuchar, pero era muy torpe a la hora de expresar sus propios sentimientos, sobre todo al principio cuando nos conocimos —explicó su padre y parpadeó sus húmedos ojos un par de veces—. Fue muy duro, sobre todo cuando empezaron a darse los abortos. Tu madre no me contaba nada al principio, es más, el primer aborto me enteré por pura casualidad. Me esforcé en no enfadarme con ella por no habérmelo contado, pero tampoco se molestó en expresar cómo se sentía al respecto. Si yo estaba roto, ¿cómo debía sentirse ella? Al final, no pude soportarlo más y me encaré con ella.
—¿Te encaraste? —cuestionó Hipo atónito.
—Creo que esa fue la discusión más grande que tuvimos nunca, pero conseguí que tu madre comprendiera que aislándose sólo me hacía más daño. Aquel era un dolor que debíamos cargar juntos, no separados.
Hipo suspiró.
—Discutir con Astrid es discutir contra una pared, no me va a escuchar —se lamentó el vikingo.
—Si crees que no quiere hablar, dale a entender que estás ahí para ella, pero si la quieres no tengas miedo en expresar tu malestar. En eso consiste las relaciones, hijo, en escucharse mutuamente y resolver los problemas juntos.
Hipo se llevó las manos a su cabello y se lo revolvió con fastidio.
—¡Deberías darle esta charla a Astrid! —se lamentó el joven.
Su padre se rió con suavidad.
—Los dos tenéis caracteres muy fuertes, pero estoy seguro de que ella acabará abriéndose contigo.
Hipo miró a Estoico con cierto recelo.
—¿Por qué me aconsejas sobre esto?
Su padre arrugó el gesto.
—Eres mi hijo.
—Una cosa no quita la otra. Sigues desaprobando mi relación con ella.
—No considero que sea una buena influencia para ti —argumentó su padre ofendido—, pero tampoco creo que sea la mala de esta historia. Es más, por lo que parece, ella no deja de ser una víctima más, pero comprenderás mi recelo después de todo el tema de la magia.
El «tema» de la magia seguía siendo un asunto muy delicado entre padre e hijo. Hipo le hubiera gustado presumir que lo tenía bajo control, más tras haber conseguido pasar desapercibido entre un montón de brujas, pero temía confiarse demasiado. La voz de su magia, aún con la mano abierta a obedecer sus mandatos, seguía siendo viperina e Hipo no negaba que despertaba impulsos en él que nunca antes había sentido.
Como cuando quiso matar a Finn Hofferson
Le horrorizaba lo que habría estado a punto de hacer si Astrid no le hubiera detenido a tiempo. La imagen de Finn Hofferson, el cabronazo que había amargado parte de su infancia y que había conspirado contra su padre para acabar con él, ardiendo pasto de sus llamas era algo que le excitaba casi tanto como el sexo. Su magia le había gritado al oído que quemara primero sus órganos y que la llama se extendiera desde dentro hacia fuera. Había sido una sensación muy similar a la que tuvo cuando quemó vivo a Sven Gormdsen y nunca pensó que volvería a caer víctima de su propia magia tan rápido.
Se sentía un monstruo. No por lo que podía hacer, sino porque a una parte de él le fastidiaba no haber matado a Finn Hofferson, aún siendo el único familiar directo vivo de Astrid.
—¿Hipo?
Hipo parpadeó confundido y se encontró con los ojos preocupados de su padre.
—Pe… perdón —se disculpó él frotándose uno de sus ojos—. Se me ha ido la cabeza, ¿qué me decías?
—Que quizás deberías ir a buscarla, hijo.
Hipo apoyó la frente contra la mesa queriendo llorar de la frustración.
—Me va a mandar a la mierda —se lamentó.
Su padre volvió a reírse.
—¿Con la mala leche que tú tienes? No creo que te dejes. Astrid será todo lo tozuda que ella quiera, pero olvida una cosa.
Hipo alzó la cabeza sin comprender a qué se refería.
—¿El qué?
—Que tú eres el vikingo más terco y cabezón de todo el Archipiélago y encimera eres un Haddock, por lo que tiene todas las de perder.
Hipo no pudo evitar soltar una carcajada y su padre hizo lo mismo. ¿Hace cuánto que no estaban así de relajados? Su relación se había vuelto muy tirante en los últimos años y había sido terrible que al poco de descubrir que su padre no había muerto, habían vuelto a discutir como en los meses previos a la boda. ¡Había sido lo último que hubiera esperado después de haber sufrido tanto a causa de su supuesto asesinato! Se había sentido incluso culpable y Astrid le había reprochado que debía calmarse respecto a su padre y comprender que, para él, no debía ser fácil asumir que no solo estaba enamorado de una bruja sino que además también podía hacer magia. Sin embargo, su padre parecía mucho más tranquilo ahora y era una gozada poder hablar con él sin temer que fuera a reprocharle nada.
A la hora de comer, Hipo no vio a Astrid. Preguntó a Brusca si la había visto y ella le respondió que había ido esa misma mañana al bosque a entrenar con el hacha y no había vuelto todavía.
—¿Os habéis peleado? —preguntó la vikinga con curiosidad.
Hipo tuvo que contenerse en no poner los ojos en blanco.
—No que yo sepa.
Brusca estrechó los ojos con desconfianza.
—Eso mismo me dijo ella, pero está rara de cojones. Ha pasado algo durante el viaje, ¿verdad?
—Brusca…
—¡No me jodas que tú tampoco me vas a contar nada! —le achacó ella de mala gana—. ¡Estoy cansada de tanto secretismo!
Hipo comprendía la frustración de la vikinga y no podía culparla de lo contrario. Sin embargo, no le gustaba la idea de contar a nadie algo que pertenecía solo a Astrid. Si le contaba a Brusca sobre Finn Hofferson y la infertilidad de Astrid provocada por Le Fey, la vikinga iría derecha a buscarla para intentar ayudarla y consolarla y sabía bien que la cosa no acabaría bien dado el inestable estado emocional de Astrid.
—Lo siento —se disculpó Hipo y Brusca alzó las cejas sorprendidas—. Me gustaría poder contaros todo lo que está pasando, pero creo que Astrid aún no está preparada.
Brusca sostuvo su mirada unos segundos y soltó un largo suspiro.
—Ojalá hubiera forma de que se abriera con nosotros…
—¿Quién tiene que abrirse? —cuestionó alguien a su espalda.
Heather sostenía un bol de humeante sopa entre sus finos dedos. Llevaba un llamativo pañuelo amarillo que tapaba su cabeza y vestía una túnica verde que le quedaba algo holgada. La bruja rodeó la mesa en la que Hipo y Brusca se habían sentado para sentarse justo enfrente de ellos dos. Hipo sintió que la vikinga se tensaba ligeramente a su lado y se preguntó si había tenido algún problema mientras habían estado fuera.
—¿Nunca te han enseñado que es de mala educación meterse en conversaciones ajenas? —cuestionó Hipo.
—Estáis hablando de Astrid, ¿no? —preguntó Heather ignorando su pregunta—. Bueno, qué cosas más tontas me pregunto, es obvio que sí, sois las personas más obsesionadas de ella que conozco.
—Heather, si vas a tocarnos los cojones te puedes largar —le advirtió Brusca de mala gana.
—¿Por qué iba hacerlo? Quizás yo pueda ayudaros.
Hipo alzó una ceja con cierto recelo y Heather chasqueó la lengua molesta por su desconfianza.
—No creo que puedas hacerlo.
—Déjame adivinar, entonces —Heather paseó su cuchara para jugar con los tropezones de verduras que flotaban en su caldo—. No creo que Astrid esté especialmente afectada por lo que ha pasado en la Isla Berserker. Tiene nervios de acero como para venirse abajo por ver un montón de cadáveres decapitados, así que tiene que ser algo que le pille muy de cerca, por lo que haciendo cábalas solo me hace pensar de que ha descubierto algo de su pasado y no era lo que ella había estado esperando —Hipo se quedó callado, aunque sabía bien que su cara le delataba por la expresión de sorpresa de Brusca—. El suponer qué es lo que ha descubierto de su pasado es más difícil, pero mis apuestas van a que o bien habéis encontrado al menos a uno de sus padres y ni se acuerdan de ella, o que directamente la han rechazado.
Hipo sostuvo su cuchara con tanta fuerza que escuchó la madera crujir contra su mano.
—¿Es eso cierto, Hipo? —cuestionó Brusca preocupado.
—No —respondió el vikingo tajante.
—Por favor, Hipo, no tienes que protegerla cuando…
—No va de protegerla —le cortó el vikingo conteniendo sus ganas de lanzarle su cuenco de sopa a la cara—. Sus padres están muertos, Heather.
Brusca jadeó horrorizada mientras que los ojos de Heather se abrieron de par en par.
—¿Cómo… ? ¿Cómo lo habéis descubierto? —preguntó ella desconcertada.
—Eso es lo de menos —respondió Hipo con frialdad.
—Eso explicaría el porqué está así —comentó Brusca angustiada—. Astrid lleva queriendo conocer a sus padres desde que tiene memoria y nunca ha parecido contemplar de que pudieran estar muertos...
Heather parecía de repente muy contrariada, podía decirse que incluso se podía sentar mal por todo aquello.
—¿Por qué finges que esto te afecta? —le recriminó Hipo con dureza.
—No estoy hecha de hielo, Hipo —se defendió ella.
—Y, sin embargo, no has parado de repetir que Astrid jamás iba a ser querida por sus padres.
—¡¿Qué otra cosa puedo pensar?! —chilló ella indignada, despertando la atención de otros comensales—. ¿Tú crees que solo Astrid ha pensado alguna vez en sus padres? ¡Yo los he tenido en mi mente todos los días de mi vida! ¡Pero yo no soy tan tonta como para pensar que no me abandonaron! Astrid siempre repetía una y otra vez que ellos debían estar ahí fuera buscándola, ¡y le ha ido cómo le ha ido por eso! ¡La muy tonta nunca perdió la esperanza y hacía que los demás tuviéramos expectativas de que, tal vez, hubiera alguien ahí fuera que nos pudiera echar de menos! Así que sí, Hipo, me afecta, porque esto solo demuestra que no hay nada para nosotras fuera de un aquelarre.
Por primera vez desde que la había conocido, Hipo vio cierta humanidad en Heather. Es más, de repente, le pareció más una niña que una mujer adulta. Conocía la historia de Heather por lo que Astrid le había contado y, pese a que a primera vista no se pareciera nada a su hermano, Heather tenía los mismos ojos de Dagur. En realidad, Astrid y él habían acordado que se lo contarían todo a Heather una vez que hubieran hablado con Dagur. Según Astrid, Heather era muy impredecible cuando se ponía alteraba y seguía sin fiarse de ella, por lo que había visto más prudente conocer primero la reacción de Dagur para contárselo después a la bruja. Sin embargo, Heather había pasado a un segundo plano por la sucesión de acontecimientos que se habían dado en los últimos días, por lo que ni Dagur sabía que su hermana estaba viva y Heather desconocía que aún tenía familia con vida.
Hipo entreabrió la boca, pero no fue capaz de pronunciar palabra. ¿Debía cargar con esto también? No conocía a Heather lo suficiente como para saber lo que haría a continuación, ¿iría a salvar a Dagur? ¿los delataría una vez que Drago la atrapara? No tenía dudas de que el cazador de brujas la torturía hasta sacar toda la información que necesitaba para encontrar a la resistencia y en especial a Astrid.
Eso por no mencionar que tampoco tenía idea de que Le Fey le había hecho exactamente lo mismo que a Astrid.
No.
Aún no podía contárselo.
Tenían que esperar al momento preciso para hacerlo.
Ante su silencio, Heather tiró su cuenco de sopa al suelo y se marchó a grandes zancadas del comedor. Brusca suspiró agotada a su lado.
—Esta se piensa que estamos como para malgastar comida —se quejó por lo bajo—. Deberías haber tenido un poco más de tacto con ella, Heather es un poco sensible con este asunto también. Yo iré a hablar con ella y haz lo mismo con Astrid.
—No querrá hablar conmigo —le aseguró Hipo con desgana.
—Pues tampoco haces una mierda quedándote aquí y llorando por eso —le achacó con Brusca muy seria—. La necesitamos, Hipo, y tú eres el único que puede llegar a ella. Así que mueve el culo y vete al bosque a buscarla.
Resultaba sumamente irónico que Brusca Thorston fuera la madura de todos ellos ahora. Por esa razón, Hipo no se atrevió a llevarle la contraria. Terminó su cuenco de sopa y se acercó a coger un trozo de pan y un poco de queso para usarlos como excusa para ir a buscarla, aunque probablemente Astrid no se la creería. Aquel día hacía calor, pareciendo una jornada más propia de mediados de verano que de finales de primavera. Quedaban pocas semanas para el solsticio de verano, para el aniversario de la no boda que inició toda aquella pesadilla y el vigésimo segundo cumpleaños de Astrid. Muchos refugiados, ansiosos por despejar su mente de la barbarie que azotaba más allá de las fronteras rocosas de aquella isla, habían ido a la playa a pasar el día. Antes de tomar el camino del bosque, Hipo observó con cierta melancolía a la gente que nadaba en la orilla y reía mientras jugaban con los dragones en la arena. Aunque su tiempo en el Egeo no había sido el mejor, Hipo añoraba la playa de la pequeña isla de Therasia. Echaba de menos nadar en las cálidas aguas del Mediterráneo junto con Astrid y los dragones; tomar el sol en la arena mientras el agua se secaba bajos sus cálidos rayos; la risa abochornada de Astrid cuando la brisa marina enredaba su cabello y causaba que cayera constantemente sobre su cara; los largos paseos al atardecer; las innumerables veces que habían hecho el amor en aquel lugar… El sol del Mediterráneo había hecho que Astrid hubiera adquirido una expresión más jovial, quizás más propia de una chica humana de su edad, y sus ojos brillaban reflejaban el mismo color que el cielo del Egeo, pues parecía que aquel mar estaba inmerso en un eterno verano.
Ese brillo había desaparecido a medida que se habían acercado más y más al Archipiélago e Hipo cayó que se había apagado por completo tras descubrir que todo el esfuerzo y sufrimiento al que había estado sometida durante toda su vida no había servido de nada.
¿Volverían a aquellos días alguna vez?
¿Tendrían oportunidad de ser felices? ¿De vivir en un mundo en el que no tuvieran que esconderse y pudieran ser ellos mismos? Sin clases sociales, sin repudios, sin diferencias… Sólo Hipo y Astrid. Algo que parecía tan sencillo resultaba complicado que pudiera suceder de verdad, sobre todo porque ni siquiera sabían si iban a sobrevivir a los horrores que les esperaban en un futuro cercano.
Encontrar a Astrid, como siempre, resultó sencillo. El vínculo vibró con más intensidad a medida que se fue acercando a su ubicación y la encontró en un lugar apartado del camino, tomándola con un conjunto de robustos árboles que aguantaban la dureza de sus ataques. Astrid manejaba el hacha como si fuera una parte de su brazo. El arma era indudablemente de buen acero, aunque tenía aspecto de haberse usado más bien poco y eso que Astrid se estaba preocupando de pulir el hacha con toda su energía y frustración contra los troncos de aquellos pobres árboles. La bruja no se volteó cuando Hipo se acercó, pero sabía que el vínculo ya había delatado de sobra su presencia hacía ya rato. Esperó pacientemente a que la bruja decidiera dirigirse a él y se tomó su tiempo para hacerlo. Finalmente, Astrid tiró el hacha a un lado y se sentó mirando a su dirección mientras jadeaba con fuerza para recuperar el ritmo normal de su respiración. Los mechones cortos que caían sobre su cara estaban pegados contra su piel pegajosa y la túnica estaba empapada por el sudor. Era irónico cómo pese a estar tan sudorosa y con una mueca de irritación en su cara seguía viéndose guapa, aunque ella siempre le había parecido hermosa, incluso cuando sólo había sabido estar enfadada. Al poco de volver, Astrid se había cortado el pelo por sí misma y el corte asimétrico demostraba que lo había hecho con total desgana. Hipo había querido preguntarle porque no le había pedido que se le cortara él como de costumbre, pero no quiso tensionar la situación más de lo que ya estaba. Ambos se quedaron mirándose, aunque ninguno pronunció palabra hasta que Hipo sacó el valor para hacerlo.
—Te he traído el almuerzo —titubeó un momento ante su silencio—. ¿Qué tal estás?
—Bien —contestó ella con sequedad—. Me ha parecido oportuno probar el hacha de Asta.
—¿Puedo…? —preguntó él vacilante.
—Por favor —le invitó la bruja.
Hipo le entregó la bolsa con la comida, cogió el arma y se sentó a su lado para estudiar el arma con atención. No cabía duda de que, pese a la antigüedad del hacha, Finn Hofferson se había esmerado en cuidarla. La madera estaba un poco picada, pero el acero se veía impecable y reluciente pese al maltrato que acababa de darle Astrid. Tenía símbolos de un clan dibujados, supuso que el de los Hofferson, e Hipo no dudó por un segundo que estaba ante un trabajo de muchas horas de un herrero sumamente hábil.
—No parece que lo hayan usado nunca —observó él—. Es muy ligera.
—Prefiero una hacha menos fina, pero no está mal para salir del paso —comentó Astrid dando un pequeño mordisco al trozo de queso.
—Por la pinta, tiene aspecto de ser la típica arma que se intercambia en una boda —aclaró Hipo acariciando los símbolos con sus dedos—. Por lo general se suelen intercambiar espadas, pero quizás tu abuelo era más de hachas.
Astrid asintió con lentitud, pero no dijo nada y se centró en dar pequeñísimos bocados al pan y al queso. Hipo echaba de menos a cuando hablaban sin miedo y tensiones de por medio. Añoraba la buena conversación de Astrid, su risa y su inusual buen humor, sobre todo cuando terminaba de entrenar. Ahora, sin embargo, casi le recordaba a aquella bruja tan fría y distante que conoció en aquella playa más que la mujer de la que se había enamorado.
—He estado pensando mucho, ¿sabes? —murmuró Hipo.
—¿Sobre qué? —preguntó ella con cierto desinterés.
—Sobre nosotros —respondió él con firmeza—. Tengo la sensación de que nos separa un abismo desde que supiste la identidad de tu familia y todo este tiempo he intentado buscar la manera de ayudarte, pero creo que he pecado de iluso —Astrid no levantó la mirada cuando él la miró y se redujo a coger trocitos de la miga para hacer bolitas con ellas entre sus dedos—. Me he dado cuenta que eres fantástica escuchando, pero eres todo lo contrario cuando se trata de hablar de ti misma. Sí, una cosa era que me hablaras de la magia, de tu pasado y la búsqueda de tus raíces, pero ahora sé que si lo hacías era porque tenías el discurso totalmente interiorizado y asumido —ella alzó ligeramente los ojos, pero sacudió rápido la cabeza, como si se arrepintiera de haberlo hecho—. Sin embargo, todo esto es diferente ahora, ¿verdad? Nada ha pasado como tú habías calculado. No esperabas que tus padres estuvieran muertos, que tus únicos familiares vivos fueran un borracho senil que trabaja para tu peor enemiga y una anciana comatosa, y muchísimo menos que toda la vida que construiste en el aquelarre se basaba en una mentira.
—Hipo, para —le pidió ella con voz temblorosa mientras se levantaba, tirando el pan y el queso al suelo.
No obstante, Hipo sabía que no podía detenerse. Ahora no. Se alzó también para ir tras ella y, por suerte, consiguió coger de su mano. Sintió una corriente eléctrica sacudir su brazo, aunque no fue lo bastante fuerte como para soltarla.
—Esto es lo que temes, ¿verdad? Tienes miedo a decir lo que sientes en voz alta porque eso supondría aceptar que todo lo que hemos descubierto en los últimos días es verdad. No quieres que vuelva a pasarte lo de la Isla Berserker, pero tampoco quieres aceptar que no están, Astrid.
Los ojos de ella estaban húmedos e intentó liberarse por todos los medios, pero se vio incapaz de hacerlo. Hipo cayó que el cielo despejado y el aire primaveral habían desaparecido tras unos feos y amenazantes nubarrones grises que habían aparecido de la nada.
—No quiero hablar de esto, por favor —le suplicó ella.
—¿Y qué vas hacer? ¿Ir corriendo a la otra punta de la isla? ¿Y luego qué? El hecho de que no quieras afrontar todo esto, no va hacer que tu dolor desaparezca. ¿Prefieres guardarlo y dejar que te consuma? —inquirió él desesperado y cayó que él ya estaba llorando—. Llevas demasiado tiempo escondiéndote del mundo, Astrid. Estás tan acostumbrada a que en el aquelarre te rechazaran por expresar tus sentimientos que odias mostrar la mínima emoción que te muestre vulnerable a los demás.
—¡¿Y qué quieres que haga?! —chilló ella a la vez del trueno que retumbó sobre sus cabezas—. ¿Qué quieres que te diga? ¿Que estoy fatal? ¿Que cada vez que cierro los ojos veo sus cadáveres calcinados? ¿Que toda mi vida es una puta mentira y que ya ni sé lo que significa ser una bruja?
Astrid había conseguido soltarse de su agarre a la vez que empezó a llover con fuerza. La bruja se llevó las manos a la cabeza y soltó un grito que fue insonorizado por una sucesión de rayos y truenos. Seguido se ocultó el rostro para que no la viera llorar. Hipo no dudó ni por instante en envolverla entre sus brazos a pesar de la electricidad que emanaba de su cuerpo y Astrid, por fin, se derrumbó. Lloró tanto como la lluvia que caía sobre ellos, aunque al menos parecía pasar por una tormenta de verano más que el huracán que casi había causado la última vez. Se abrazó a él con todas sus fuerzas, sollozando y gimiendo como la niña perdida y desorientada que había sido siempre e Hipo se dedicó únicamente a acunarla contra su pecho y a acariciar su pelo mientras susurraba palabras de amor y consuelo, dándole vía libre para que por fin pudiera sacar todo lo que llevaba años cargando dentro. Usó su magia para asegurarse que su cuerpo no perdiera calor, aunque eso provocó, para su enorme vergüenza, que saliera vapor de sus poros.
Perdió la noción del tiempo que estuvieron así, pero la lluvia fue amainando a medida que Astrid se fue calmando. El cuerpo de la bruja todavía temblaba cuando por fin rompió el abrazo. Tenía los ojos rojos e hinchados y su respiración seguía agitada debido al disgusto. Sin embargo, por primera vez en varios días, Astrid levantó la mano para acariciar su mejilla. Era un gesto pequeño, casi podría decirse que insignificante, pero sentir el agradable cosquilleo del vínculo proveniente del roce de su piel templada contra la suya era lo que más necesitaba en ese momento.
—Te quiero —murmuró él.
Ella le regaló una sonrisa triste y con su pulgar acarició su piel. Tenía los ojos puestos en sus labios y, por un segundo, pensó que tal vez quisiera besarle, pero enseguida alzó la mirada hacia él con ojos abatidos.
—Hipo, tengo que contarte algo.
Al principio, Hipo pensó que tal vez Astrid quería enumerar sus malos sentimientos en voz alta, pero cuando la bruja empezó a relatarle sobre una conversación que había tenido con Ying Yue y sobre su convencimiento acerca de que él era el hijo de una bruja. Por un momento, Hipo llegó a considerar que el trauma por el que había pasado su novia le había hecho perder la cabeza, pero no había duda en los ojos de Astrid. Parecía compartir la opinión de la reina del aquelarre del Mairu.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Lo tiene —insistió Astrid—. Tu madre sabía que era una bruja porque percibió mi poder, no porque conociera a otras brujas. De ahí que Asaltanubes no hablara, probablemente porque no quería delatar a Valka al saber que yo le oiría. Elea nos dijo que teníamos que descubrir lo que ocultaba el guardián y estoy casi convencida que lo que esconde bajo el lago del nido es una fuente de Freyja.
—Astrid…
—¡Tenemos que ir a buscarla y…!
—¡Astrid!
La bruja se llevó la mano a la boca, consciente de que quizás se había sobrepasado con toda la información que estaba vomitando sin filtro ni control.
—Astrid, escúchate. ¿De verdad crees que esa mujer podría ser una bruja?
—Esa mujer es tu madre, Hipo —le recriminó ella con dureza.
—Que me trajera al mundo no la convierte en mi madre —condenó Hipo conteniendo su rabia.
Astrid abrió la boca, pero la cerró para repensar lo que iba a decir. Estaba seguro que se estaba esforzando enormemente en no terminar aquella conversación en una discusión.
—Nos debe respuestas, Hipo. Estamos en el limbo, sin ideas y sin planes para afrontar la situación. Quizás deberíamos enfocarnos en lo que Elea nos dijo que necesitábamos hacer para ganar a Le Fey —argumentó Astrid con un tono más suave.
—Sabes que eso conlleva que tendríamos que encontrar de nuevo a Finn y buscar una forma de "amansarlo" —le recordó él—. A mí me da que hasta que no me mate no se va a quedar tranquilo.
Astrid hundió los hombros y cerró los ojos agotada. Tenía un aspecto horrible y las marcadas ojeras bajo sus ojos delataban la falta de horas de sueño.
—Dejemos a Finn a un lado hasta que se me ocurra una idea mejor de cómo confrontarlo.
—¿Y qué quieres que hagamos entonces? Además, del hombre tuerto y lo que esconde el guardián, Elea también nos dijo que había que restaurar una línea de sangre, que alguien debía encontrar el perdón y tres debían hacer un sacrificio imposible. Hasta donde yo sé, no sabemos a quienes se refieren el resto de profecías.
—El tiempo al tiempo —le animó Astrid cogiendo de sus manos—. Hipo, tu madre es una persona llena de luces y sombras, pero puede que tenga las respuestas que necesitamos para comprender tu poder.
—¿Mi poder? —Hipo apretó sus manos con fuerza—. Hasta donde yo sé, yo no tenía nada mágico hasta que te conocí.
—Ambos sabemos que eso no es verdad —replicó ella—. La Hidra te lo dijo, ¿recuerdas? Para ella nunca has sido humano y… creo que hay algo más.
—¿Algo más? —preguntó Hipo sin comprender.
—Creo que sé por qué Asta te consideraba una abominación —dijo Astrid preocupada e Hipo alzó las cejas sorprendido—. Sabes bien que tu magia en sí no es solo inusual por el hecho de que seas hombre, sino también porque manipulas el fuego, un poder que ninguna bruja ha poseído jamás. Nunca me he puesto a pensar que pudiera haber algo que pudiera explicar el motivo por el que tengas este poder, pero… resulta que hay una profecía sobre esto.
—¿Pro… profecía? —balbuceó Hipo sin comprender.
El relato que le contó Astrid a continuación le resultó tan absurdo como irreal. La supuesta profecía predecía que el gigante de fuego Surt bendicería con su poder a un niño humano varón que se bañara en la fuente de Freyja para dar inicio al Ragnarok y, al parecer de Astrid, él encajaba con aquel perfil. Su madre, al ser una bruja, podía haberle bautizado ella misma en las aguas de una fuente para salvarle la vida, probablemente la que se escondía bajo el nido, y Surt debía haberle maldito con aquel poder.
—¡Pero eso no explica por qué mi poder no despertó antes! —se defendió Hipo horrorizado—. Si Surt quisiera que yo iniciara el Ragnarok, ¿no sería más lógico que mi magia se hubiera manifestado antes? Además, ¡mírame! ¡Soy todo lo que cualquier Dios o gigante no hubiera querido de un supuesto paladín que traerá el fin del mundo!
—No lo sé, Hipo, desde que somos conscientes de que tienes tu propia magia no hemos conseguido adivinar la razón de su origen —ella cogió su rostro entre sus manos—. Tu madre tiene esa respuesta y, por muy duro que te resulte, es ahora de que sepamos toda la verdad.
Los ojos de Astrid estaban llenos de convencimiento, probablemente porque todo aquello servía también de excusa para no pensar en todo lo malo que le estaba pasando ahora mismo. Hipo sintió que debería enfadarse con ella por querer aprovecharse de su situación, pero no cabía duda que él tenía tantas o incluso más ganas que Astrid de conocer la verdad de Valka y del origen de su magia, aunque temía que la verdad fuera a ser demasiado dolorosa de soportar.
Y, sin embargo, no podían seguir así por más tiempo.
Necesitaban hacer algo y puede que confrontar a Valka fuera al menos un principio de algo.
—Está bien —dijo Hipo—. Partamos esta misma noche.
El anuncio de su repentina marcha no fue bien acogida por su padre, como era de esperar. Además, Estoico le abordó a preguntas: ¿adónde iban? ¿por qué se iban? ¿cuál era su plan? Y, por supuesto, la más dolorosa de todas: ¿pretendían volver?
—Volveremos antes de tres días —le prometió Hipo.
—¿Y si no lo haces? —reclamó su padre—. ¿Qué haremos si no volvéis? ¿Cómo sabré que no os han capturado?
Hipo reflexionó un momento antes de mirar a Astrid, quien parecía tan indecisa como él.
—Si para dentro de tres días no estamos de regreso, ve al noreste, más allá de los glaciares, y sigue hacia al norte hasta que encuentres una montaña de hielo. La reconocerás según la veas, no te será indiferente.
—¿Qué hay en ese lugar? —demandó saber su padre.
Hipo inspiró profundamente.
—Aún no te lo puedo decir, pero te prometo que haré lo que esté en mi mano para que puedas saberlo todo. Solo necesito un poco de tiempo.
Estoico no parecía en absoluto convencido de su promesa.
—Hipo…
—Estoico —intervino Astrid con suavidad—. Es por el bien de todos, creeme.
En el rostro de su padre se apreciaba el cúmulo de sentimientos encontrados, pero finalmente accedió a su marcha. Se fueron con discreción, sin anunciar siquiera que se iban de nuevo, esperanzados de que tal vez volverían antes de que la gente se diera cuenta de que se habían ido, aunque cuando llegaron a los establos a preparar la montura de los dragones, Brusca y Chusco los esperaban en los establos con caras de pocos de amigos.
—No mola una mierda que os marchéis sin decir nada —les recriminó Brusca con severidad.
—No será un viaje largo —se defendió Astrid.
—¿Y no podemos ir con vosotros? —demandó Chusco.
—¡No! —dijo la pareja al unísono.
Aquello irritó a los gemelos y siguieron insistiendo en la importancia de que fueran con ellos hasta que Astrid perdió la paciencia.
—¡Chicos! Hay asuntos que solo nos involucran a nosotros dos. Si nos presentamos una comitiva entera adonde vamos, no vamos a conseguir una mierda. Necesitamos que os quedéis aquí.
—¿Para qué? —replicó Brusca furiosa—. ¿Para cuidar a los enfermos? ¿Para mirar las putas musarañas? ¡Esperaba que al menos hubierais tenido una idea de hacer algo! No sé, atacar o lo que sea.
—¿Atacar a qué? —reclamó Astrid incrédula.
—Isla Mema, Astrid, ahora está más vulnerable que nunca. Deberíamos ir y recuperar lo que es nuestro.
—¿Has perdido la cabeza? —intervino Hipo alucinado.
—¿Por qué? —le desafió ella furiosa—. No es tanta locura si lo piensas. Isla Mema está en el centro del Archipiélago, es un lugar estratégico para Le Fey, Thuggory y Drago. Si la reconquistamos, los debilitaremos.
—¿Y con qué ejército piensas hacer eso? —cuestionó Hipo escandalizado—. Brusca, no tenemos nada con que luchar.
—Nunca hemos necesitado un ejército para hacer frente a nuestros enemigos, Hipo —le recordó la vikinga—. Antes sólo estábamos los Jinetes.
—Pero ya no hay Jinetes —replicó él—. Patapez está fuera de juego, Mocoso no quiere saber nada de mí, tú estás prácticamente desnutrida y Chusco… —el gemelo le miró expectante, aunque Hipo prefirió contener su opinión—, no sé, no me parece que tenga ningún sentido.
—¡Hipo! Si al menos tuvieras la decencia de…
—Brusca —le cortó Astrid de repente—. Comprendemos tu postura y la vamos a evaluar.
—¿Disculpa? —dijo Hipo indignado—. ¡Yo no apoyo nada de esto!
Astrid le fulminó con la mirada.
—He dicho que lo vamos a evaluar —repitió ella con voz amenazante e Hipo puso los ojos en blanco—. Brusca, este viaje es importante también. Hablaremos cuando regresemos, ¿vale? Tres días, no más.
—¡Pero…!
—Tres días —le interrumpió Astrid esta vez—. Después, evaluaremos una nueva estrategia, te lo prometo.
Brusca no estaba contenta, pero terminó aceptando su promesa y se quedó junto hasta que salieron volando rumbo al norte, a luz de las últimas luces del crepúsculo. El vuelo fue largo y complicado, sobre todo porque no había tantas nubes como hubieran esperado y había brujas de Le Fey vagando por los cielos durante la noche. Por suerte, Astrid había sido quien había marcado los patrones de vigilancia de esas brujas y Le Fey no había prestado especial atención en aquel minúsculo detalle por lo que pudieron evadirlas sin despertar ningún conflicto, aunque tuvieron que dar un rodeo considerable que alargó el viaje al menos medio día más. Habían esperado encontrarse con los dragones que vigilaban el nido para impedirles el paso, pero alcanzaron la montaña helada sin altercados. Extrañados por la poca vigilancia, atravesaron los túneles laberínticos de hielo y roca a gran velocidad hasta entrar en el maravilloso oasis que había en el núcleo del glaciar. Aterrizaron justo a orillas del gran lago que estaba burbujeando, aunque no había ni rastro del alfa. Los dragones del nido los observaban atentos y repitían una y otra vez:
—Brujas, brujas, brujas…
Desdentao sacó los dientes amenazante, aunque Hipo le dio unos toques en la cabeza para que se calmara.
—Debíamos haber aterrizado más arriba —lamentó Astrid preocupada.
—No nos atacarán —dijo Tormenta muy seria—. ¡Somos aliados, no podéis atacarnos!
—Brujas, brujas, brujas… —siguieron murmurando los dragones.
—Me parece a mí que estos más que atacarnos quieren intimidarnos —comentó Desdentao.
—No te equivocas.
El grupo se giró bruscamente para encontrarse con Valka sentada en un saliente con el Cortatormentas llamado Asaltanubes a su espalda. Su expresión era seria, casi podía decirse que enfadada, pero Hipo no se dejó intimidar. Aquella mujer había respondido el comentario de Desdentao, por lo que ello confirmaba que podía entender a los dragones.
—Eres una bruja —se adelantó a decir Astrid, aún sorprendida pese a las suposiciones.
—Lo soy —confirmó ella malhumorada.
—¿Y ya no no los ocultas? —le recriminó Hipo con dureza—. ¿Por qué no decírnoslo antes?
—No era el momento de hacerlo —le aseguró Valka y le hizo un gesto a Asaltanubes. El Cortatormentas extendió su ala para ayudarla bajar hasta la orilla del lago—. Además, no soy una bruja al uso.
—Eso no tienes que jurarlo —murmuró Desdentao desconcertado.
Valka sonrió ante su comentario.
—Debéis estar cansados del viaje, os acompañaré a donde podáis descansar sin que os molesten.
—¡No! —gritó Hipo furioso—. Hace unas semanas estabas dispuesta a echarnos sin muchos miramientos de aquí, no finjas que ahora te importamos.
El rostro de la mujer se torció, pero no pareció especialmente alterada por su acusación.
—No estaba preparada entonces —le aseguró Valka—. No preví que fuerais a aparecer en ese momento, temía que además vuestra presencia delatara la ubicación del nido y yo… no supe afrontar la situación.
—¿Y ahora sí? —cuestionó Hipo molesto.
Astrid cogió de su brazo y lo apretó para que se calmara.
—Valka, ¿a qué te refieres con que no previste que fuéramos a aparecer? —preguntó Astrid desconcertada—. ¿Acaso…? ¿Acaso puedes ver el futuro?
Hipo soltó una exclamación y miró primero a Astrid y luego a Valka, quien parecía un tanto reticente en responder a esa pregunta.
—Es el don que Freyja me concedió cuando me bautizaron en sus aguas —confirmó la mujer—, pero nunca he sido una gran vidente.
—Hipo tampoco —corroboró Desdentao.
El vikingo fulminó al Furia Nocturna con la mirada, pero Valka abrió mucho los ojos y dibujó una sonrisa tensa, pero sincera.
—¿Tú también puedes ver el futuro?
—Algo así, pero no lo controlo muy bien.
—La clarividencia es uno de los dones más complejos de controlar, se necesitan años de entrenamiento y no funciona igual en todas las brujas que...
—Valka —intervino Astrid preocupada—. No estamos aquí para hablar de eso. Lo sabes, ¿verdad?
La mujer sostuvo la mirada de Astrid antes de mirar a Hipo con expresión abatida.
—Sí, lo sé.
—Entonces sabes lo que quiero saber, ¿verdad? —dijo Hipo a la defensiva.
Valka asintió con lentitud y tragó saliva, intentando buscar las palabras más adecuadas.
—Antes de contaros nada debéis prometerme que, ante todo, jamás contarás nada de esto.
—¿Por qué? —demandó saber Hipo.
—Porque cometí una atrocidad tan terrible que cualquier bruja que lo descubra no querrá destruirme a mí y a este lugar, sino a ti también, Hipo.
Hipo y Astrid intercambiaron las miradas conscientes de por qué debía ser. A Hipo le horrorizaba la idea de que pudiera ser un producto para hacer algo tan terrible como iniciar el Ragnarok; sin embargo, estaba harto de teorías y conspiraciones. Él sabía quién era y sabía quién quería ser. No iba a permitir que una verdad tan terrible fuera a marcarlo por siempre.
Se negaba en rotundo.
—Tienes nuestra palabra —prometió Hipo—. Ahora, Valka, empieza por el principio.
Xx.
