Dabi
(Menciones de abuso, violencia, sangre e imprecaciones)
– ¡Eres tú quien debe superarme! – me desplomé al suelo al recordar su maldita voz. Empecé a odiarme por sentirme débil y frágil. Miles de golpes certeros y quemaduras alrededor de mi cuerpo no hacían más que arder una vez más. Mi pecho dolía con la brusquedad de un taladro enterrándose bruscamente y mi respiración era inestable. Estaba perdiendo el conocimiento.
– ¡Otra vez esa maldita pesadilla! – apreté mis ojos con fuerza, sentado al borde de la cama. Mi cuerpo estaba empapado en sudor y la respiración agitada. Llevé mi mano a mi garganta como aquella vez, y sentía como la quemadura cubría parte de mi pecho hasta las comisuras de mi boca. Pensando en mi actual apariencia no hice más que terminar el trabajo.
A medida que los recuerdos de la última vez que lo vi me azotaban, las llamas azules no hacían que aumentar. Y por un corto tiempo, la imagen de un niño de cabello bicolor se escurrió en el cuarto oscuro donde estaba. Sus pequeñas manos sostenían mi rostro mientras impotente solo sentía mis lágrimas caer, para luego ser sustituido por un resentimiento exponencial.
Tomé mi chaqueta y decidí salir a caminar. Había una oscuridad infernal y pese a estar en altas horas de la madrugada, había más transeúntes de lo que imaginaba.
De camino, empezaba a tener visiones que jamás pensé que volverían a torturarme. Mi cuerpo se sentía pesado y apenas podía moverme. ¿Cómo es posible que después de tanto tiempo estuviera a su merced?
Recuerdos de una mujer de cabello blanco en una esquina, arrinconada tras recibir una paliza de un hombre robusto cubierto de flamas incandescentes, venían en oleadas que me tenía como su próximo objetivo.
Sentía la misma ansiedad nerviosa cada vez que la simple silueta en llamas frente a mí me obligaba a cumplir con las expectativas que ni siquiera él pudo cumplir. Dejaría de aparecerse como un espectro solo cuando no fuera más que eso, una ilusión de un recuerdo incorpóreo.
Me detuve en el techo de uno de los edificios más próximos a la plaza principal. Había una repetición del noticiero, acompañado de varias pantallas de brillantes colores anunciando estupideces promocionados por los malditos héroes.
Cuando el impulso de encender unos botes de basura detrás del edificio me tentó a causar un alboroto, un empaque con la inscripción "Teiko no Market" revivió recuerdos que pensé que había enterrado.
– Al parecer la franquicia sigue en vigencia – tomando la bolsa plástica para volverla cenizas, segundos después. Habían pasado menos de diez años que se sentían como una eternidad, sin embargo, las imágenes en mi cabeza se sentían como si les pertenecieran a alguien más.
– ¡No puedo hacerlo! – me costaba respirar tras el fuerte golpe en el estómago
– ¡No eres más que un debilucho! – volviendo a patearme, esta vez consiguió que escupiera sangre – ¡Levántate y defiéndete! – Mi visión era borrosa. Temblaba ante el dolor de mis músculos, y mi piel quemada por el uso constante de mi don inestable. Lo último que recuerdo era mi inútil intento de ponerme en pie al tiempo en que perdí el conocimiento, solo para despertar en el salón de entrenamiento, magullado, impotente y miserable.
La composición fría de mi madre y el don incandescente de él, eran la perfecta combinación para un prometedor, pero inestable don. Mis llamas ardían con más intensidad que las de él, pero mi cuerpo compatible con el hielo, no hacía más que consumirse a sí mismo en cada uso.
No era permitido que me acercara a mis hermanos, por lo que eran solo dos personas que me miraban con angustia, o más bien, miedo desde la distancia, temerosos de correr el mismo destino que yo. Rara vez veía a mi madre, y solo mi abuela se acercaba a mí para darme de comer. Era como si mi mayor logro fuera permanecer con vida durante las vacaciones de verano, anhelando que iniciaran las clases para poder darle descanso a mi piel gastada, a mis músculos entumecidos y a mi espíritu cada vez más decadente. Pero no fue más que un anhelo efímero.
Un día tormentoso, en el que mis hermanos no estaban, nuestra abuela me solicitó ir a traer algunas compras para la cena. Cubrí la mayor parte de mi cuerpo como pude; explicar el origen de mis vendajes sería algo insólito para quienes admiraban al ahora héroe número dos. Sin embargo, no podía esconder del todo los moretones de mi rostro, por lo que mi vista contantemente estaba fija al suelo. Pese a querer pasar desapercibido, era inevitable no llamar la atención de quienes veían a este niño temeroso mantenerse al margen, sosteniendo el menor contacto posible.
Era incómodo salir y sentir la mirada curiosa de algunos sobre mí, pero era en estos momentos donde me sentía libre. Por esas pocas ocasiones en las que al fin podía salir, no sentía la presión de ser ideal o alcanzar metas que, aunque las quisiera cumplir, mi cuerpo se negaba a cooperar. En la parada de autobús, que anunciaba mis pocos minutos de libertad antes de llegar a mi destino, había colocado un gran afiche brillante del héroe número uno, All Might. Frente al clima gris, su cabello amarillo llenaba de vida la sombría estación. Era como si su energía traspasara la pantalla y llenara el espacio con calidez. Verlo me transmitía paz y esperanza, como si todo fuera posible. Verlo me hacía querer ser como él; ser un héroe que salvara a los demás; que me salvara a mí.
El chapoteo de dos personas que se acercaban a la estación, me trajo a la cruda realidad, que mis aspiraciones serían imposibles mientras no tuviera dominio de mi don.
Una vez llegué, la entrada se encontraba abierta, y se escuchaba un ligero alboroto. Vi la silueta de mi madre y quise acercarme a ella en cuanto la vi, había estado ausente y solo cuando ella estaba cerca me sentía seguro. Dejé las bolsas en la entrada, y quise adentrarme en el recibidor solo para que mi cuerpo se paralizara en cuanto lo viera, justo detrás de ella, creando una barrera impenetrable en la que jamás me atrevería a pertenecer.
Y entonces, un lloriqueo estridente hizo eco en el salón. Yo solo me escabullí en una de las habitaciones, resguardado detrás de un panel, tenía miedo de acercarme o ser visto, pero quería saber de qué se trataba. Una vez se hizo posible un hueco entre él y mi madre, pude ver que ella mecía con insistencia un bulto que era el origen del chirrido. Era un bebé… esa era la causa de su ausencia; estaba embarazada.
Entre la conmoción, no terminaba de comprender cómo era posible que, pese a los contantes maltratos fuera capaz de seguir entregándole descendencia al abusivo que me mantenía en ese estado. Sin embargo, mirando más de cerca su rostro, lejos de estar feliz, parecía igual de miserable al mío. Ella siempre adoptaba una postura recatada y retraída. Rara vez su presencia era percibida en la casa y, cuando intentaba protegerme, no hacía más que ser herida por el abusivo a su costado, hecho que me forzó a mantenerla alejada, para no lastimarla.
Y entonces fue como, a tan solo ocho años, había caído en cuenta de la cruda verdad; no éramos más que experimentos fallidos. Como los tres anteriores no alcanzaban tus ideales, decidiste tratar una cuarta vez. Mis hermanos y yo no éramos más que errores en sus enfermas y obsesivas aspiraciones para alcanzar el primer puesto. Como acto reflejo, llevé mi mano a mi boca para contener los sollozos que querían escapar de mi garganta. La impotencia de no saber cómo defenderme me quebró. Me sentía condenado a un deber que yo no quería en primer lugar y que nunca sería capaz de alcanzar.
Los años siguientes a su llegada, el cuarto hijo era cuidado y supervisado con especial esmero, pero al igual que yo, era mantenido al margen de los demás, y a lo mejor, motivado por ese mismo aislamiento, fue el que lo llevó a toparse con mi habitación. Me encontraba sosteniendo mis rodillas, en la esquina más apartada de la entrada, apretando mis vendajes sangrantes, deseando perder el conocimiento para así estar anestesiado. En mi cabeza retumbaban sus gritos al compás de los contantes golpes que recibía. Estaba aterrado, temblando descontroladamente cuando su presencia inesperada me produjo un espasmo.
Sus amplios ojos me miraban con curiosidad y yo solo pensaba en qué ocurriría si nos encontraban a los dos allí. Era cuestión de tiempo para que se percataran de su ausencia. Quise moverme para alejarlo, pero el llevó su pequeña mano a mi mejilla. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que había sentido algún tipo de afecto, que su minúscula palma me estremeció por la calidez de su tacto.
Teniéndolo más de cerca pude apreciar su peculiar apariencia. Tenía tanto el cabello, como los ojos de distinto color. Su lado derecho era igual al de nuestra madre, de ojos grises y cabello platinado, en cambio, su lado izquierdo era más parecido al de él, con los ojos azules y cabello rojo, como el mío. Él me miraba apaciblemente, sin parecer asustarle las quemaduras o moretones que me cubrían.
Verlo me provocó una profunda angustia. Quería estar con los demás, pero no podía. Estando apartado de ellos, los protegía. Comencé a llorar sin poder parar, y fue su otra mano la que barrió con las lágrimas que no dejaban de salir. No obstante, sabía que este breve momento sería efímero. Me levanté para llevarlo a la entrada, apenas llegaba a mi cintura. Tendría al menos tres años. Escuché a nuestra abuela llamarlo, y me despedí de él, quien permaneció de pie ahí pese a que cerré el panel tras de mí. La anciana lo tomó en brazos y me sentí tentado a mirarlo una vez más. Él tenía los ojos en mi dirección y no los apartó hasta perderse de vista. Por los breves minutos que estuvo allí, mis heridas fueron inexistentes y en cambio, solo estábamos él y yo. No habría podido imaginar que su presencia sería el desencadenante de mi detonante estado.
Fue una noche en la que la fiebre por el exceso del uso de mi don me llevó a automedicarme, como ya era costumbre que, escuché la funesta charla que confirmó lo desechables que éramos los primerizos; lo inservible que era yo para sus planes.
– ¡Él es quien superará a All Might!
– Es solo un niño – la voz de mi madre protestó, nerviosa
– ¡Él hará lo que los otros tres no pudieron! Sus dones de hielo y fuego son la combinación perfecta para contrarrestar las limitaciones de cada uno
– ¡Apenas tiene cinco años!
– ¡Exacto, ya tiene cinco años! Y yo soy quien toma las decisiones sobre él – y el sonido de un golpe seco, concluyó la conversación. Pocos después sus sollozos fue lo único que pude escuchar.
Con dificultad podía mantenerme en pie. La fiebre había llegado a su límite, pero mi mal estado era confirmar lo que siempre había sabido; nunca sería un héroe que cumpliera con sus expectativas; había sido remplazado sin reparos, como un objeto inservible cumplida su utilidad.
Corrí de allí tan rápido como pude, sin rumbo fijo, y con las alucinaciones siendo mi guía. Una brillante luz me atrajo y, me acerqué a ella con la rapidez que mis debilitadas piernas me permitían. Con diferente traje, pero la misma sonrisa, incluso a través de ese afiche, All Might seguía transmitiendo ese aire de esperanza que tanto deseaba. Como un imán, mis manos se apoyaron sobre la publicidad, pero mis ojos estaban pesados, y lo último que vi fue cómo esa luz que iluminaba el lugar, se extinguía.
Al despertar, me encontraba en la cama de un apartamento monocromático. Tenía nuevos vendajes y mi fiebre ya no estaba. Mi mente divagaba en los eventos que me habían traído en este lugar.
– Al fin despertaste. – Era un tipo extraño, de aspecto sombrío, pero voz apacible. Delgado, de piel clara, cabellos y ojos amarillos. Estaba fumando un cigarrillo cuando entró – Si hubiera tardado un poco más en encontrarte, probablemente no estarías despierto. – Se sentó en una silla próxima a la cama, colocando una bandeja con avena y manzanas picadas. – Te traje esto, debes tener hambre. – Yo me mantuve en el extremo más alejado de la cama. – Debes estar asustado, soy Jin Bubaigawara, aunque puedes llamarme Twice – me extendió una mano, pero no me atrevía a acercarme. – Descuida, no te voy hacer daño. Solo estaba esperando a que despertaras para llevarte a tu casa, si tienes una, claro – cuando pensé en regresar, mis puños se apretaron. Los recuerdos de porqué hui comenzaron a bombardearme, sus gritos hacían eco en mi cabeza, y yo solo cubría mis oídos con mis manos – ¡¿A ti también te ocurre?! – Y sin entender su pregunta, alguien igual a él, entró por la puerta
– ¡Al fin despertó!
– Pero no ha dicho nada – no entendía qué estaba ocurriendo
– Ah, por cierto, no te preocupes. Él es yo y yo soy él. Mi don es multiplicarme cuantas veces quiera. Él hacía las compras mientras te cuidaba. – el otro tipo se dirigió a una encimera, donde colocó las bolsas de comida.
– ¿Sabes quién es?
– No. No ha querido hablar.
– Debes haberlo asustado – acercándose a mí – ¿Cuál es tu nombre? – Y antes de poder responder, un fuerte escándalo se escuchó desde el exterior. Fue entonces cuando me di cuenta de que estábamos próximos al centro de la ciudad.
– ¿Y ahora qué? – ambos se dirigieron a la ventana – Es uno de esos estúpidos héroes otra vez. Creo que es el número dos ahora. – Pensé que mi pecho estallaría al pensar que se encontraba tan cerca, pero esta vez no era miedo, era rabia y desprecio. Con los músculos contraídos me acerqué a una de las ventanas y un tumulto de gente lo rodeaba. Él mantenía ese gesto indiferente mientras era ovacionado. Mi garganta se sentía seca y mi ira no hacía más que ir en aumento. ¿Ni si quiera le importó que huyera? ¿Acaso no notó mi ausencia? Mi cuerpo temblaba bruscamente y mis llamas me cubrieron, pero esa vez mi piel no dolía; ya no.
– ¿Qué te pasa niño? – me giré y los contemplé rigurosamente antes de continuar.
– ¿Tu don solo hace copias de ti? – ambos se miraron, hasta que uno de ellos respondió
– Puedo copiar a los demás, aunque esas copias son menos resistentes.
– Eso será suficiente. – Volviendo a la cama
– Al parecer los héroes no son de tu agrado
– No del todo. – tomando una silla en la cual sentarse, cada uno a un cotado de mí – Quienes no encajamos con sus ideales, somos renegados – u obsoletos. – Necesito de su ayuda… para acabar con uno de ellos. – Ambos se miraron confundidos
– Espera, ¿a qué te refieres?
– A que quiero castigar Endeavor – sus ojos se expandieron y antes de lograr hacerme otra pregunta, les conté mi desdichado vínculo con él y sin mayores detalles, accedieron. Después de todo, no hay peor villano que finge ser héroe.
Esa tarde regresé. En el lugar apenas estaba mi abuela y él. Mis hermanos junto con mi madre se encontraban ausentes, debieron obviar mi ausencia también, pero ya no me importaba.
– Es hora del entrenamiento. – con su típica voz rasposa y ceño fruncido – Si no serás mi sucesor, al menos serás uno que importe. – cómo lo pensé, ni siquiera se percató de mi ausencia. – Seguí sus pasos hacia la sala habilitada para combates. Una vez allí, no me contuve, lancé incansables llamas que cubrieron casi toda el área libre.
Me sometió con una tacleada contra el piso hasta dejarme pasmado con un golpe seco. Al parecer él tampoco planeaba contenerse. Volvía a lanzarle llamaradas de fuego, cada vez más precisas que esquivaba con agilidad. Apenas podía acercarme a él sin ser noqueado, pero no pretendía parar.
Había estado memorizando sus movimientos por al menos ocho años ya como para saber en qué consistía sus técnicas de combate. Siempre noqueaba al contrincante para dejarlo inconsciente. Sin embargo, ya no le temía, ya no tenía nada que perder; nunca lo tuve. Logré esquivarlo con dificultad, solo para arremeter desde atrás con la más incandescente de mis llamas. Él se mantuvo en pie con dificultad, y su semblante incluso pareció a gusto por el golpe repentino, solo para encontrarme en el suelo sin aliento una vez más.
– Tendrás que hacer algo mejor que eso para derribarme – mirándome desde arriba, mientras mi estómago apenas resistía. Solo era cuestión de tiempo para acercarlo a dónde quería.
Una vez en pie, me deslicé debajo de él, empujándolo hacia atrás. Estuve de pie, observando la distancia de él hacia la parte trasera. Solo un poco más.
Lancé varias llamaradas hasta aproximarme a él. Tenía claro que no le harían nada, pero lo colocó justo donde quería. Sin embargo, me tomó del cuello y el oxígeno comenzaba a escasear. Por más que intentaba liberarme de su agarre, él solo apretaba con más fuerza, entonces pretendiendo ceder, dejé caer mis brazos a un costado para que, con la poca energía restante una vez sus brazos aflojaron su agarre, arremetiera con un cabezazo que lo hizo chocar con la pared. Fue entonces como, a medida que recuperaba el aliento, como las llamas no solo aumentaron su expansión, sino también su temperatura. Se tornaron de un intenso color azul. Como ya lo sabía, él toleraba estas altas temperaturas, incluso era capaz de provocar estas llamas, aunque con mayor esfuerzo. Supongo que, de no haber sido por mi composición principalmente fría, habría sido mucho mejor que él.
– Como siempre, fallaste – era la primera vez en años de entrenamiento que lo veía jadear. – Ni siquiera te valió aumentar la temperatura de tus llamas. – Me aferró al suelo con mayor fuerza que antes, pese a estar sobre mí, yo solo fijaba mi mirada a sus espaldas. Estaba casi completo. Solo un poco más.
– Te equivocas, no apuntaba a ti – y envolví mi cuerpo en la más intensa llama que jamás haya hecho
– ¡Touya, detente! – pero ya no acataría más sus órdenes. La capa impermeable construida especialmente para las altas temperaturas había comenzado a ceder, y justo en la parte trasera, se encontraba la parte más delgada. – ¡Detente!
– ¡No! – y el azul era cada vez más intenso, tanto que no podía acercarse a mí. Nunca más. Controlé mi respiración y estaba decidido a consumirme allí si era necesario. La voz de mi abuela se escuchó a lo lejos y un estruendo dio paso a una columna de humo que comenzaba a ascender. Mi cuerpo temblaba y mi presión cardíaca retumbaba en mi pecho y tímpanos, sin embargo, ya no había cuenta atrás. No iba a detenerme.
Mi cuerpo totalmente azul, comenzó a consumir los cimentos que poco a poco comenzaron a ceder ante el fuego. Lo escuchaba nombrarme a la distancia, pero su voz ya no me alcanzaba.
La última vez que yo, o al menos mi copia, lo vio a los ojos, estos reflejaban desesperación; una frustración intensa que anhelaba ver una vez más, incansablemente, hasta el día de su muerte.
El oxígeno comenzaba a escasear, y ya no tenía fuerzas para seguir en pie. Cuando abrí los ojos, estaba a poca distancia de aquel incendio y es que poco después de que el retumbar de los escombros a mi alrededor comenzó a aturdirme, sabía que debía irme, pero no tenía fuerzas, estaba al borde de un paro cardíaco, mi cuerpo no resistiría más el calor, pero Twice procedió tal y como se lo pedí.
Creó una copia de mí, y ésta se escondió hasta el momento preciso. En cuanto el caos comenzó a imperar, ésta se acercó lo suficiente para sustituirme, o al menos eso pretendía, pues mi cuerpo no pudo mantenerse en pie, fue entonces que una vez estuve fuera de la casa en llamas sostenido por Twice o una de sus copias, que a través de su marioneta pude verlo abalanzarse hacia mí, como el héroe que rescata a una víctima sin éxito, pues los escombros habían aplastado a la copia, cortando a visión que tenía a través de ella.
– Ya no está – fueron las palabras de Twice antes de que me desmayara.
…
No quería ser una carga para Twice, una vez me recuperé, me alejé de él. No sin antes cambiar mi apariencia. Mis manos y pies, cubiertos de parches como las cicatrices y el permanente recuerdo de mi último encuentro con él, no hicieron más que servirme de motivación para continuar.
Pese al dolor, debo admitir que fue catártico seguir quemando la piel de mis piernas, brazos, espalda, cuello y rostro. Permanente recuerdo de que el pasado no desaparece. Sin embargo, por la decadente cicatrización, me vi forzado a incrustarme enganches que fijaran la piel quemada a la sana en todo el cuerpo. Poco a poco más acostumbraba más y más a esta apariencia, pero había dos cosas que no hacían más que recordarme a él, por lo que quemé mis ojos hasta el lagrimal, provocándome un ardor insoportable, pero no importaba; ya había llorado lo suficiente como para preocuparme por eso. Mi cabello de un brillante color rojo, pasó a un profundo color negro.
Una vez terminada la metamorfosis, no era ni la sombra de aquel debilucho cuyo patético sueño de ser héroe caducó incluso antes de ser deseado.
Viviendo una vida en los rincones más profundos de Japón, lejos de las luces brillantes de escaparates en las avenidas principales de la ciudad, en las madrigueras donde se regodeaban los renegados por la hipócrita sociedad de héroes, me vi envuelto en ese mundo donde ya no debía contenerme y podía hacer lo que me placiera, habituándome a mis ahora llamas azules, siempre y cuando pasase desapercibido por los defensores del orden. Sin nombre con al cual aludir, solo opté por Dabi; un ente inexistente y sin rastro, ideal para hacer y deshacer a mi antojo.
Los años pasaron y entre servirles a diferentes Yakuzas y todo tipo de antisociales, había renegado mis deseos y anhelos, limitándome a vivir el día a día, hasta que las ideologías de Stain llegaron a mí y entendí entonces que esa serie mi misión, erradicar a esos falsos héroes; erradicar a Endeavor.
Así fue como, luego de unirme a la LOV bajo la máscara de uno de ellos descubrí que se encontraba Twice, quien estaba considerablemente más inestable y quien, ni remotamente, tendría la menor idea de que yo era ese niño al que ayudó a morir.
Pero, el ascenso anhelado del héroe número dos al primer lugar no hizo más que reavivar la razón apresurada de mi fallecimiento; acabar con él. Si bien la LOV no sería más que una pieza para mis intereses personales de eliminar uno a uno a los hipócritas que buscan la fama tras realizar actos heroicos, acabar con él sería la señal perfecta de que, todo aquel que se valga de pretender su posición a causa de falso heroísmo, no haría más que caer. Ya tendría la oportunidad de matarlo con el mismo don que consideró inservible.
Divagando y, sin darme cuenta, me encontraba a poca distancia de ella. Como ya era costumbre, me trepé hasta el árbol más próximo. Dormía plácidamente, ignorante del mundo exterior y ajena a los dilemas con los que ya no lidiaba, sedada para estar en una constante somnolencia, controlada, "cuerda", en esta podrida sociedad que no acepta errores, y solo tiene dos maneras de lidiar con ellos: cubrirlos o eliminarlos.
Al parecer, ambos estamos irremediablemente condenados a permanecer omitidos para no estorbar con los intereses narcisistas de esta podrida sociedad. Aunque no debes preocuparte, yo contribuiría a purgarla, un héroe a la vez.
Comenzando por uno de los más destacables: Hawks.
Este capítulo casi me hace llorar mientras lo escribía y es uno de mis favoritos. Espero que te haya gustado.
Dato #35
No leo el manga y es irónico lo parecido que resultó lo que escribí con lo que eventualmente supo lo que pasó...
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