Dabi
(Menciones de muerte, agresión)
Estaba siendo arrastrado por una fuerza invisible, envuelto en tinieblas sofocantes que me consumían desde adentro, sofocándome lentamente mientras ese par de ojos turquesas me miraban con desdén con superioridad y una mueca de satisfacción ante mi inevitable sufrimiento.
Inerte, e incluso, divertido por la escena, no presentaba ni la más mínima intención de ayudarme, mientras yo le extendía mi mano, desesperado, anhelando ser una de los tantos civiles a los que había ayudado sin pensar, solo para que me mostrara su espalda, al tiempo en que yo perdía la conciencia y mi vista se tornaba nubosa.
Mi cuerpo estaba empapado de un sudor frío, cuyas gotas podía sentir claramente deslizarse por mi espalada y sien. Incluso después de tanto tiempo, esos malditos ojos me perseguían incluso dormido, recordándome que mientras existieran no tendría descanso.
Mi respiración seguía agitada y ver mis manos temblar, tal y como lo hacían años atrás ante su presencia, convirtió en cenizas el edredón que pocos minutos antes me cubría.
Las pesadillas en las que era el protagonista siempre concluían dejando consigo la sensación de vacío, pérdida y desprecio.
Desde que casi fui descubierto cuando los vi salir del hospital, había pensado en ellos más de lo que debería, reviviendo recuerdos que parecían ser de alguien más, donde poco o rara vez compartí tiempo con alguno de ellos. Para mis hermanos, no debo ser más un ente desdichado cuya breve existencia no fue más que una sentencia a su prematura muerte.
Odiaba sentirme así de aturdido. Incluso durante la maldita reunión con Shigaraki en la que me solicitó reclutar más miembros para este circo al que llama "Liga de Villanos", seguía sintiendo la mirada desdeñosa del que esta podrida sociedad llama "héroe".
Para variar, debía escabullirme entre los callejones más oscuros para llevar los plácidos encuentros con seres a los que las ratas no tendrían nada que envidiar, para que, como siempre, tuviera que deshacerme de puro puberto pretencioso con aires de delincuente de guardería o, peor aún, ladrones de electrodomésticos a los que ni siquiera la policía tomaba en serio y a quienes sentía que les facilitaba el trabajo, al purgar a su perfecta ciudad de alimañas como estas.
Yo no era más que una morgue andante, una urna cuyas cenizas estaban desbordadas de fantasmas que no figuraran más que como insignificantes desaparecidos en un reporte oficial. Ya que, si ni siquiera sirves para ser un villano, ¿para qué otra cosa sí?
La ronda de esa noche estaba a punto de terminar, cuando el último de ellos, un tipo cuyo don, imitar voces, era mucho más útil para un ventrílocuo barato que para provocar terror, nada que un modulador de voz corriente no hiciera. Lo descarté como la repugnante cucaracha que era, solo para que intentara, fallidamente, intimidarme con la voz más grave que tuviera. Patético.
– ¡Por favor! – gritaba como lo haría una alimaña ante un insecticida – ¡No diré nada! ¡Lo ju..! – cociéndolo a fuego lento, ahogando uno de sus inútiles gritos de ayuda. No te salvaron de ser un antisocial, ¿y crees que lo harán ahora que lo eres? Dejé escapar una risa ante lo ridícula de su premisa, al tiempo en que veía como sus piernas ya no le servían ni para mantenerse en pie.
– Si hubieras sabido que no debes confiar en un villano, – haciendo que la tela de su ropa se consumiera por mis llamas – no te habrías presentado en primer lugar. – Lanzando otra llamarada en su dirección, para que ahora se retorciera como babosa en sal, con la piel rojiza y cubierta de ampollas – Al menos sin una coartada.
– ¿Acaso… no piensas en… tu familia? – temblando. De todas las preguntas que jamás pensé escuchar, esta no era ni remotamente la que esperaría de un moribundo desahuciado, aunque, mentiría si dijera que no me tomó desprevenido. La imagen de Natsuo y Shoto felizmente jugueteando en la acera tras haber visitado a nuestra madre se coló brevemente en mi campo visual, para recordarme que, los fantasmas no existen.
– Sí, lo hago todo el tiempo. Lo pienso tanto que me está volviendo loco. – Avanzando hacia él, pues ese breve lapso le permitió arrastrarse unos cuantos metros lejos de mí. – Sin embargo, para tu desdicha – el terror en su rostro era fascinante – soy incapaz de sentir melancolía. – Haciendo que su último recuerdo fuese la imagen turquesa de un fuego infernal que lo convirtió en lo que siempre fue, escoria. – Que recurso tan patético.
Quizás si hubiera sabido que esa sería su última interpretación, habría usado su tiempo para huir al menos dos cuadras antes de que no fuera más que otra mota de polvo en los lúgubres rincones de esta ciudad. Aunque debo admitir que, verlos aferrarse desesperadamente a su minúscula existencia era entretenido, e incluso, fascinante. Aún en su nadería, querían ser salvados por quienes los rechazaron en primer lugar. ¿Qué tan desesperado hay que estar para caer tan bajo?
Aunque, a lo mejor, su agonía no fue más que el típico terror a morir. Si tan solo hubiera sabido que hay peores finales que la muerte, quizás incluso me hubiera agradecido por reducir la condena a la que llamó una vez vida.
Irónicamente, desquitarme con todos esos infelices fue catártico. Nada mejor que ver arder a alguien hasta la muerte para sentirme aliviado.
El hedor de los vestigios de quien ya no habitaba este mundo pronto atraería a las ratas para concluir mi trabajo y, adentrándome a la oscuridad de esa alcantarilla, cuyo mapa memoricé casi a la perfección, me mezclé con ella homogéneamente… O al menos, eso pretendía.
Debía ser de madrugada cuando la luna llena alcazaba su punto más alto sobre el cielo despejado sin otro punto de luz que le hiciera competencia. Supongo que debe ser mi noche de suerte pues, de no haberme hipnotizado como un licántropo sobre el techo de ese local, me habría perdido de ese peculiar aleteo al que podría identificar a distancia.
Las ráfagas de viento que movían mi abrigo fueron el preámbulo de una de mis más divertidas distracciones. Mi suerte solo mejoraba.
– Hola pajarito, no esperaba verte esta noche. – Aterrizó prolijamente, expandiendo sus alas, brillantes bajo la luz nocturna. – ¿Me extrañabas?
– ¡Claro! ¿A quién no le haría falta un pirómano? – Su sarcasmo lejos de incomodarme, era justo lo que más me divertía
– ¿Qué te trae por aquí? – sus ojos brillaban a contraluz, a diferencia de su expresión que era de obvio desagrado. – Sabes que no necesitas excusas para verme.
– No lo sé. ¿Tal vez los reportes de cremación esporádicas en toda la ciudad y el humo a poca distancia me guiaron hasta aquí? – a la ofensiva
– ¿Has escuchado acerca de la "combustión espontánea"? – mientras una de sus flechas se ajustaba a mi cuello.
– Si dijiste que esperaban las órdenes de "su superior", ¿por qué hay tantos reportes de delincuentes que curiosamente fueron encontrados calcinados?
– Quizás quería reducir la criminalidad – Sin intentar disimular lo mucho que me divertía su frustración
– Sí, nada mejor que el olor a cadáveres incinerados para mantener la paz. – Dejé escapar una carcajada mientras sus ojos rasgados parecían capaces de cortar el material más denso.
– Si te sirve de consuelo, estuve a punto de irme porque nada salió como se esperaba. – Alejándome de él.
– ¿Y por qué debería creerte? – sus plumas parecían listas para convertirme en un alfiletero
– Porque de lo contrario, tu serías pollo frito – en breves segundos, estaba delante de él, quien ni siquiera se inmutó – Quizás deba hacerlo.
– Desaparece de una vez – espetó, perdiendo el contacto visual. Podía apreciar su barbilla definida pese a la pobre iluminación, al tiempo en que mis ojos repararon en el puño que apretaba una magullada pluma. De repente, me dieron ganas de divertirme.
– ¿Sabes? Quizás deba tomarte la palabra. – empujándolo para separarlo de mí, creando una barrera de fuego que, desde el borde de ese rascacielos, no opacaba el amarillo de su vestimenta. – Después de todo, – dando el último paso atrás a sabiendas que, si continuaba, sería otro cadáver más – ¿no sería fantástico librarte de mí? – el vértigo a esta altura era vigorizante, aunque quizás era debido a su rostro de pavor mientras me desplomaba a mi suerte. Pero si eso hubiera ocurrido, no tendría historia que contar, ¿cierto?
Pretendía invocar a Kurogiri confiando en su agilidad para crear portales en cuanto así era solicitado, sin embargo, el héroe profesional más joven le hizo honor a su presteza. No era el más veloz por nada. El choque sobre el suelo me recordó que tengo espina dorsal, extrayendo con brusquedad el aire que me quedaba, aunque considerando que aún respiraba, supongo que eso era buena señal. Estaba sobre mí a horcajadas, con una de sus manos en mi cuello y la otras a punto de rediseñarme la cara.
– Por supuesto que lo que más quisiera es librarme de ti – ajustando su agarre – pero en cuanto tenga la primera oportunidad, yo seré el más feliz con tu muerte. – su respiración era pesada pese a ser yo quien era ahorcado, y se sentía mejor de lo que esperaba. Tanto, que mi mano derecha recorrió su brazo hasta llegar a su mejilla.
– Oh Hawks, yo ya estoy muerto – quitando su mano de mi cuello, para acercar sus labios a los míos que, pese a la resistencia que hacía como podía, no impidió que me las arreglaba para introducir mi lengua en su boca, solo para sentir cómo la resistencia inicial menguaba en cada cabeceo, disminuyendo la velocidad al tiempo en que emitía casi imperceptibles gemidos mientras sus mechones de cabello cosquilleaban mis dedos. Su respiración cálida chocaba en mis mejillas y sus manos solo hacían el contrapeso suficiente para sostenerlo, al menos antes de que súbitamente, se levantara tambaleante para desplegar sus alas e irse.
Aturdido por la adrenalina de una posible y visceral muerte, seguido por el un impredecible intercambio de saliva, descubrí, por la forma irregular visible a través de mi pantalón en mi entrepierna que estuve más emocionado de lo que esperaba. Me eché a reír desenfadadamente ante el absurdo de que semejante quimera pudiera provocarme algo más allá de lástima.
Una vez apaciguados mis sentidos, continué la invocación previamente abortada y aparecí en la barra a la que el reseco usaba como consultorio de su siempre fiel e incorpóreo terapeuta, quien organizaba misceláneas botella coloridas en los anaqueles.
– Espero que esa estúpida sonrisa sea porque encontraste nuevos reclutas – dando un trago de una bebida color ámbar
– La calidad está subestimada – sentándome en una silla contigua – Un zoológico tiene mejores candidatos – por la mirada que me lanzó, supongo que era afortunado de que su don solo funcionaba si me tocaba y, tras el tintineo repentino del vidrio chocar y la confirmación de una falsa alarma, nuestro tercer acompañante continuó su labor
– Necesitamos más integrantes, y tú los descartas como si fueras más competentes que ellos. – Porque, lo soy – Aunque por lo visto, sería mejor reclutar payasos. – Y mi analogía al circo estaba completa.
– Oye, si todo sale bien con ese mocoso, – tomando el vaso de su sutil agarre – quizás no hagan falta incompetentes resentidos porque las cosas no salieron como quisieron. – Dejando que aquel licor aumentara aún más mi temperatura corporal.
– Espero que, por tu fastidiosa existencia, así sea – sentenció, dejándome a solas con un indiferente Kurogiri.
Pedí que me sirviera un par de tragos más, hasta que mi conciencia no supiera si aún seguía despierto. De alguna forma llegué a mi habitación, y me dejé caer sobre la cama, para encontrar un nuevo edredón y una nota con un corazón rojo, cuya reconocible tintura oxidada, solo podría ser obra de la descendiente de Drácula.
"Espero que esta noche puedas dormir mejor." Con letras rojas que parecían haber sida escritas con un cuchillo. La chica se había acercado cada vez más a mí y pese a que era muy bizarra, era tolerable.
Me acomodé torpemente bajo el grueso pedazo de tela y esperaba que el alcohol fuera suficiente somnífero para olvidarme de mi existencia por unas horas, solo para que el recuerdo de mi fallido simulacro para dejar este mundo y posterior beso con esa ave evolucionada, fuera lo que divagara en mi mente antes de quedarme dormido.
Parece que aún tengo asuntos pendientes aquí.
Los capítulos de Dabi son uno de mis favoritos.
Dato #70
Siempre he pensado en el lado humano de los villanos, aunque lo supriman, pero siempre latente detrás de sus intenciones, para bien o para mal. Y me encantó la descripción de la muerte.
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