EL COSMOS DE SEIKA
por ZGé Palabragrís

Summary (completo):
En medio de su última oportunidad para despertar su cosmos, con su propia vida en riesgo a manos de su maestra Shaina de Ofiuco, Seika es testigo de la batalla de un hombre contra una sombra mientras viste la Armadura de Pegaso. Reconoce en él a su hermano muerto hace tiempo, Seiya, quien le advierte de los peligros que se ciernen sobre ella y de la traición de la diosa Atenea. Sin saberlo, esto, y el cosmos excepcionalmente extraño que logra despertar, la ponen como pieza central en la guerra civil entre los Santos del Santuario y los traidores que han proclamado a una niña japonesa, Saori Kido, como la verdadera diosa. Todo mientras Seika intenta demostrar que es digna de vestir una armadura que por derecho no le corresponde.

La traición de los seres queridos, la batalla contra las dudas propias, la rivalidad entre enemigos y enemigos, y la intriga política que rodean los misterios de su propio poder. Seika debe luchar y aprender. Pero por sobre todo, debe tratar de comprender el verdadero significado tras el ruego de su hermano.

Fan Fiction Shonen.


~ ACTO INTRODUCTORIO ~

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SU PRIMER COSMOS

Seis arduos años de entrenamiento llegaron a su fin cuando Seika vio a su maestra dar un potente salto hacia el cielo nocturno, fundiéndose con las estrellas. Tal como su maestra había prometido, y Shaina de Ofiuco nunca había faltado a una promesa, aquel ataque lo decidiría todo.

—Antes de verte morir ante Cassios —le había dicho momentos antes—, prefiero matarte yo misma. ¡Prepárate, Seika!

Seis largos años habían transcurrido desde que Seika arribara al Santuario para intentar convertirse en un santo femenino, seis años en los que había conseguido fuerza, velocidad y las agallas suficientes como para hacer frente a sus enemigos, pero en los que había fallado una y otra vez en alcanzar el aspecto más esencial que se esperaba de un santo: no había conseguido despertar el cosmos de su corazón.

A pesar de que sus habilidades para el combate le habían granjeado la oportunidad de combatir por el derecho de vestir una armadura, ¿cómo podría llegar siquiera a considerarse un verdadero santo? ¿Acaso alguna armadura llegaría a aceptarla como su portadora? No podía culpar a su maestra por sentirse frustrada y decepcionada. Después de todo, ella se sentía frustrada y decepcionada consigo misma. Si su maestra le arrebataba la vida, simplemente estaría cumpliendo con su deber hacia el Santuario y, por sobre todo, hacia la diosa Athena, quien gobernaba el Santuario desde su recinto privado. Al final, la culpa era simplemente de ella y de nadie más.

Con la mandíbula caída en sorpresa, los ojos muy abiertos bajo la máscara de metal gris y un sudor frío cayendo por su espalda, Seika pudo observar con claridad cuando múltiples destellos púrpuras comenzaron a danzar entre los dedos de la mano que su maestra había alzado en el aire. Su instinto de guerrera le instaba a reaccionar, a utilizar alguno de los movimientos que había aprendido, aquellos que le habían permitido derrotar a otros candidatos como ella, pero tenía los músculos del cuerpo entumecidos por un miedo que solo su maestra conseguía provocarle. Quizás su valentía, agilidad e inteligencia le hubieran permitido vencer a otros candidatos, pero su habilidad no significaban nada sin un cosmos verdadero ardiendo desde el corazón. No contra un verdadero santo femenino. No ante su maestra. Ante ella volvía a sentirse como aquella huérfana que había sido abandonada de bebé a las puertas de aquel monasterio en su natal Japón: indefensa, cobarde y débil...

¡Thunder Claw!

Los santos de plata como su maestra poseen la capacidad de moverse al doble de la velocidad del sonido, por lo que el impacto inicial de la técnica la golpeó en silencio. Por un momento su cuerpo no pareció reaccionar, pero una fracción de segundo después Seika sintió una corriente eléctrica desgarrándola desde la zona del impacto y que fluyó luego a través de sus venas y músculos como si se tratara del asesino veneno de una serpiente. Su maestra la había golpeado en otras ocasiones, pero en medio de su agonía Seika pudo comprender que aquella era la primera vez que su maestra la había atacado con seriedad. El dolor que sentía era tan profundo que apenas podía pensar y fue solo gracias a su entrenamiento que pudo comprender qué estaba ocurriendo en su interior: cada átomo que la volvía quien era había comenzado a desintegrarse de forma sucesiva, como en una reacción en cadena imposible de detener. Su muerte no sería indolora, pero sí sería rápida. Y por alguna razón, Seika se reconfortó en esa idea; era algo que podía aceptar. Tal era el precio de no cumplir las expectativas de su maestra. Shaina de Ofiuco, quien la había instruido durante aquellos seis años, era conocida por ser uno de los santos de plata más poderosos en el Santuario, cuyo poder hacía llenaba de miedo incluso al guerrero más valiente, pero cuya estudiante carecía de una pizca de aquella fuerza, un hecho que sin dudas resultaba humillante para un Santo tan orgulloso como ella. Seika lo sabía. Si con su muerte podía liberar a su maestra del fracaso que ella le significaba, entonces perder la vida quizás valiera el sufrimiento…

¡Seika!

De la nada, una voz desconocida la llamó desde lo más profundo de su corazón y Seika, embriagada de dolor como estaba, sintió como si despertara al interior de un sueño extraño. Ante sus ojos vio el mismo cielo nocturno donde momentos antes estuviera la silueta de su maestra. Cada estrella, cada planeta y cada galaxia brillaba ante ella como una belleza a la que nunca antes había prestado atención. Ciertamente, era una sensación extraña. Era como si el mismísimo flujo del tiempo se hubiera detenido a su alrededor. ¿Así se sentía morir? ¿Una simple reacción química del cerebro antes de que la vida la abandonara por completo? Cualquiera fuera la respuesta, solo por un instante Seika pensó en disfrutar de un momento de contemplación antes de abandonar por siempre el mundo terrenal. Se percató de que no sentía ni miedo ni dolor. ¿Ya había muerto, acaso? Con los ojos fijos en la bóveda nocturna alto encima de ella, y con la silenciosa mirada del universo eterno fija en su persona, de pronto sintió como si su cuerpo fluyera más allá de sus límites físicos, como si —de alguna manera— se hubiera convertido en uno con todo lo que existía, y que antes de ser destruida por completo todo se sentía más tangible que nunca…

¡Seika, sé fuerte!

Una voz llamándola desde lo más profundo de su ser. Por un momento creyó que podía tratarse de la voz de su maestra, siempre sabia e impaciente, alcanzándola para recordarle una lección que Seika había aprendido en el pasado distante:

—El cuerpo de un santo no se diferencia al de una persona cualquiera —le había enseñado su maestra entonces—. Los santos pueden obrar milagros porque saben cómo utilizar el universo que reside dentro de sus cuerpos: ¡eso es el cosmos!

Y Seika, la estudiante fracasada que se encontraba al borde de la muerte, quien había fallado tantas veces en alcanzar aquel universo interior, por fin pudo sentirlo…

Con las estrellas aun brillando ante sus ojos, con toda su belleza visible incluso tras el frío metal de su máscara de santo femenino, Seika finalmente aceptó renunciar a sí misma. Un trueno repentino rugió a sus oídos y Seika comprendió que se trataba del estruendo provocado por la técnica de su maestra, el que al fin había logrado llegar a ella antes de perderse en la distancia como el eco de un recuerdo distante, como si lo hubiera escuchado otra persona y no ella. Ahí, con las Puertas del Hades abiertas de par en par para ella y con nada que la sujetara a su mortaja mortal, Seika sintió que su cuerpo, sus entrañas y su propio corazón ardían con un calor que creció más allá del infinito.

¡Puedes conseguirlo! ¡Permite que esa sensación crezca y se expanda!

Los átomos de su cuerpo ya no se destruían, sino que rejuvenecían y volvían a obtener los mismos elementos que formaban a todo el universo. Y Seika sintió un vigor que no lograba comprender por completo, pero que poseía el mismo ardor que el núcleo de una estrella…

¡Lo que sientes es la energía cósmica que habita en tu corazón, Seika!

«¿Esto es el cosmos…?»

Su primer cosmos. Al borde de la muerte.

Con claridad prístina, un brillo reconfortante surgió de la nada y la llamó desde un punto distante en el universo. Seika siguió su sombra con ojos rápidos y con todos los demás sentidos. Se sentía tan liviana tras renunciar a su cuerpo físico que pensó que podría tocarla con solo estirar la mano, pero rápidamente comprendió que aquello no era necesario; que tanto ese brillo como todo lo demás que la rodeaba eran uno y lo mismo; todo parte del mismo universo eterno.

¡Seika, debes concentrarte! ¡Esta es la única chance que tengo de alcanzarte con mi cosmos!

La voz provenía de todo lugar y de ninguna parte a la vez. Y aunque al comienzo creyó que era la voz de su maestra, una vez que el sonido tomó forma en su corazón lo reconoció como una voz masculina que jamás había oído antes. Buscó la fuente, pero la vastedad ante ella era tan grande y completa que no logró ver nada.

¡Seika, al fin pudiste conseguirlo!

Esta vez la voz provino desde el interior del brillo, y cuando Seika movió los ojos para observarla se descubrió a sí misma contemplando las trece estrellas de la constelación de Pegaso, su constelación guardiana que ahora brillaba para ella con la misma belleza que el mitológico caballo alado. Sintió nuevamente el llamado y este parecía provenir de la misma constelación:

¡Hermana!

La voz clamó por ella y por una fracción de segundo Seika volvió a sentirse humana.

«¡¿Hermana?!»

¡Concéntrate en mi voz!

«¡¿Qué es todo esto?!»

¡Sigue el rastro de mi cosmos!

De pronto, y con la misma profundidad que la llenaba, una inquietud logró escabullirse en su corazón. Se sentía incapaz de explicarla, pero ciertamente estaba ahí. Buscó a su alrededor y no encontró más que las estrellas. Fue ahí que sintió el ruego de su constelación, pero al mirar atrás nuevamente descubrió que las estrellas de Pegaso habían desaparecido y que en su lugar se hallaba la estructura destruida del viejo templo en el que su maestra y ella solían entrenar; columnas de mármol rotas y caídas, baldosas blancas resquebrajadas y sucias, todo rodeado por un mar de llamar anaranjadas que se elevaban alto en el cielo al quemar la piedra. Seika podía sentir su calor voraz en todo el cuerpo, como si ya hubiera recuperado su humanidad y ahora se encontrara en medio del templo que había visitado tantas veces antes, pero que ahora le parecía extraño y hostil. Entonces escuchó los gritos y el estallido lejano de los golpes. Miró hacia todos lados —una niña completamente humana en medio del caos—, pero no había nadie a quien mirar; se encontraba completamente sola en ese lugar.

Caminó por un rato, con los sentidos confundidos y las llamas lamiendo su piel desde cada ángulo, mientras percibía sentimientos y emociones que hasta entonces ignoraba que existieran y que ahora la abrumaban.

«¡¿Qué está pasando?!»

Las piernas le fallaron y cayó de rodillas sobre el frío suelo de piedra, segura de que todo lo que sentía —las emociones, la rabia, el miedo, el trueno implacable del grito de los guerreros y el estallido lejano de la batalla— acabarían por quitarle la cordura. Sin embargo, justo cuando la desesperación iba a consumir su corazón, se sintió rodeada por un cosmos tan abrumador como el abrazo de la madre a la que nunca conoció; tan profundo como la fuente de la que nace la sabiduría. Parecía ansioso por darle tranquilidad. Miró hacia arriba y de pronto se encontró de rodillas ante el Coloso de Atenea que yacía cerca de las habitaciones de la diosa, el lugar que durante sus seis años de estancia en Grecia apenas había conseguido mirar a la distancia. La diosa la observaba con su rostro pétreo, en su mano derecha se alzaba la diosa Niké en su forma de ángel descabezado y en mano izquierda estaba sostenido el escudo que protegía la Tierra; un yelmo dorado coronando los rasgos sabios, antiguos y hermosos bajo su sombra.

—¡Seika!

Escuchó el grito no con su cosmos, sino que con sus propios oídos y rápidamente comprendió que provenía de un lugar cercano. Se giró sobre sus pies, sintiendo por primera vez que la voz le era tan familiar que le resultaba perturbador, como si ya la hubiera escuchado antes en algún lugar, quizás en el pasado remoto; quizás en otra vida.

Cuando volvió nuevamente la vista hacia arriba se descubrió como testigo privilegiado de la batalla que se llevaba a cabo a los pies de la diosa. Dos hombres ataviados con armaduras luchaban a muerte ante sus ojos y el tronar de sus golpes liberaban una energía tan poderosa que Seika estuvo segura de que no podían tratarse de seres humanos. ¡Debían ser dioses! Justo en ese momento, el cosmos en su interior volvió a arder con renovadas fuerzas, justo antes de explotar en un brillo azulado que se expandió sin control. Pero la intensidad del cosmos de los combatientes consumió el suyo propio como si este fuera nada. Se trataba de cosmos tan magníficos y tan profundos que quizás ni siquiera el de su maestra pudiera comparárseles. Quizás la única en el Santuario que tuviera tal nivel fuera la mismísima Atenea.

—¡Hermana, no tengo mucho tiempo! ¡Por favor, escúchame!

El grito provino de uno de los guerreros. Seika lo reconoció como un hombre joven que vestía una armadura dañada y de cuyo cuerpo emanaba una vigorosa aura dorada.

—¿Quién…?

Quiso preguntar su nombre, comprender por qué sentía que lo conocía, pero las palabras se le atoraron en la garganta, incapaces de salir. No pudo hacer más que contemplarlo en silencio y admirar su valentía, porque aquel joven combatía sin cesar aunque claramente estaba perdiendo la batalla. Su armadura aún mantenía cierta belleza, pero su piel de tonos celestes similares a los del cielo matutino y sus ornamentaciones doradas que brillaban con rebeldía habían decaído debido al daño sufrido en el combate. Una pieza del pecho había desaparecido, al igual que una de las hombreras. El cinto y las piernas estaban resquebrajadas y rotas. Y aunque las alas que se proyectaban desde la espalda intentaban levantar el vuelo, estaban tan lastimadas que carecían de la energía y parecían comenzar a rendirse, a pesar de que el hombre que las vestía daba a entender que jamás se daría por vencido.

Seika ignoraba la identidad de aquel joven guerrero, pero sentía en su corazón la desesperación por ayudarlo.

—¡La Tierra ha caído a manos de los dioses!

Seika no podía moverse. Lo único que podía hacer era escuchar e intentar comprender el significado de las palabras de aquel hombre, pero era difícil, pues había perdido incluso el control de sus pensamientos. Aunque era muy consciente del miedo que sentía. El otro guerrero la asustaba. Pudo reconocer en la forma de aquel hombre un poder sobrenatural: vestía una armadura portentosa de colores cambiantes, con despiadadas alas de metal brotando de su espalda, como si aquel guerrero fuera un ángel maligno enviado para castigar a la humanidad; claramente, un ser terrible. ¡Y su hermano —porque en su corazón de pronto reconoció en aquel joven guerrero a su hermano perdido— estaba combatiendo contra aquel demonio por sí solo!

—Utilicé lo último de mi cosmos para sincronizar con el tuyo, pero puedo sentir como la conexión se desvanece. ¡Escúchame bien, Seika!

Seiya alzó su rostro hacia el cielo y su armadura moribunda pareció gemir por el dolor. Seika sintió como si aquel lamento proveniente de la Armadura de Pegaso —porque en su corazón también había logrado reconocerla— hubiera golpeado su propia alma con un llanto de una tristeza profunda. Ahí, solo pudiendo observar a su hermano haciendo arder lo poco que quedaba de su cosmos para concentrarlo en un único punto en su puño, Seika comprendió que él, tal como ella un momento antes, se estaba preparando para morir. Seiya lo sacrificaría todo en un ataque final, un último intento por alcanzar la victoria. La intensidad del aura dorada que irradiaba creció de forma inconmensurable, expandiéndose de tal manera que parecía no solo a punto de devorar a su rival, sino que también a ella ¡e incluso al universo por completo!

—¡Hermana! —Seiya dejó escapar un último grito—. ¡Desconfía del Santuario! ¡Atenea…!

La exclamación llegó a ella con la fuerza de una lluvia de meteoros, haciéndola temblar. El aura dorada del santo cubrió tiempo y espacio, y hasta las estrellas y las galaxias se rindieron a su poder. Todo se vio cubierto por un cosmos tan lleno de rebeldía como de amor por toda la humanidad; un cosmos que sería capaz de arder más allá de sus propios límites con tal de otorgar al mundo una nueva oportunidad.

—¡Espera! ¡Seiya!

Por fin consiguió gritar, justo cuando el cosmos de su hermano comenzaba a llenarla con un sentimiento tan sorpresivo que casi le arrebata toda pizca de esperanza de su interior: arrepentimiento; un arrepentimiento tan profundo que Seika creyó que su propio corazón se desharía producto del dolor.

—¡Hermano!

Corrió hacia él con desesperación, intentando alcanzarlo antes de que su propio cosmos lo consumiera, pero no consiguió llegar muy lejos. El Coloso de la Diosa Atenea perdió su consistencia y se rompió con un crujido profundo como el rugido de un terremoto. Grandes bloques de mármol y oro comenzaron a caer a su alrededor, levantando polvo y expandiendo las llamas.

—¡No te vayas! ¡Seiya!

¡Hermana! ¡Atenea…!

Nuevamente, la voz habló directamente a su cosmos. Pero esta vez su tono era como el de un lamento.

¡Atenea nos traicionó! ¡Entregó la Tierra a los dioses!

El propio corazón de Seika se detuvo y aunque sentía que la cabeza le daba vueltas, confundida por el torrente sin fin de sensaciones que nuevamente había comenzado a fluir al interior de su cuerpo, el último ruego de su hermano quedó grabado en su memoria:

¡Te lo ruego, protege la Tierra! ¡Confía en Pegaso!

El cosmos de Seiya explotó en una nova dorada para luego desaparecer por completo.

Seika se encontró completamente sola, flotando en aquel espacio donde los límites no existen. La oscuridad y el frío comenzaron a hundirla. Sin embargo, poco a poco, como una puerta que se abría con timidez, el dolor abrumador y el miedo a la muerte regresaron a ella con toda su fuerza. Los sonidos también regresaron, justo cuando Seika volvía a sentirse tan humana como siempre había sido. Sus ojos nuevamente mirando hacia el cielo estrellado sobre el Santuario mientras que su cuerpo dibujaba un arco en el aire tras recibir el ataque de su maestra. Aunque tenía todos los sentidos entumecidos y la mirada comenzaba a fallarle, pudo ver con claridad cuando la máscara de metal salió disparada de su rostro seguida por un torrente de sangre que había vomitado de su boca.

El tiempo retomó su curso normal cuando Seika golpeó fuertemente contra el suelo del antiguo templo en ruinas donde su maestra había decidido acabarlo todo. Comprendió que lo que había visto y vivido había ocurrido en solo un momento, aunque su mente confundida ya era incapaz de diferenciar entre lo que había sido real y lo que había sido producto de un cerebro moribundo. Estaba segura de que ahora la vida la dejaría atrás, pero justo cuando sus ojos comenzaban a cerrarse, quizás por última vez, vislumbró la luz de las trece estrellas de Pegaso que la miraban de vuelta desde las alturas. Y justo cuando giró la cabeza para dejar escapar otro chorro de sangre desde sus entrañas, sintió cómo el calor de las estrellas la cubrían y pedían su fe. Nunca antes se había sentido tan cercana a su constelación guardiana como hasta ese momento.


SAINT SEIYA © Masami Kurumada, Shueisha, Toei Animation.