Yume (sueño)
Disclaimer: Los personajes de Candy pertenecen a sus respectivas autoras K. Mizuki y Y. Igarashi. Ésta es una historia construida con la única intención de esparcimiento, sin fines de lucro, y sin relación con historias que comparten el mismo título. Existen partes de la historia que hacen referencia a CCFS que identificarán con facilidad.
Esta obra cuenta con un registro de la propiedad intelectual Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 4.0 que obliga a citar a la autora, no usarlo para fines comerciales o de lucro, entre otros: /licenses/by-nc-sa/4.0/
Nota de la autora:
Yume se traduce del japonés como "sueño". Intenté poner en papel un sueño de la infancia de C&T... un sueño de Navidad inspirado en CCFS.
‒ ¡Candy! ¡Despierta Candy! Hay un auto frente al hogar ¡Un auto precioso!
Candy abrió sus ojos pesadamente. Una muy pequeña Annie estaba frente a ella sacudiéndola con toda la fuerza de la que era capaz.
‒ ¿Annie? ¿Eres tú? ‒ dijo mientras recorría con la mirada el lugar... Techo de vigas, cama compartida con cálidas sábanas remendadas... No había duda, estaba en el Hogar de Pony.
‒ ¿Te sientes bien Candy? ¿Tienes fiebre? No puedes enfermarte, ¡Mañana es Nochebuena!
La mirada preocupada de Annie terminó de despertar a Candy ¿era esto un sueño?
‒ Estoy bien ‒ dijo la niña rubia sonriendo. ‒ ¿Dices que ha venido alguien?
Annie asintió emocionada. Esto era lo que ella siempre había soñado, una pareja descendiendo de un elegante auto frente al Hogar de Pony para recogerla y llevarla a un maravilloso lugar.
‒ ¿Qué esperas, Annie? ¡Vayamos a conocerlos!
Bajando las escaleras de puntitas pudieron escuchar las voces de la señorita Pony y la hermana Lane.
‒ Este invierno parece menos frío que los anteriores ¿no le parece hermana?
‒ Eso parece, incluso el señor Cartwright ha logrado alquilar esa preciosa cabaña dentro de su propiedad a una pareja. Al parecer son extranjeros y deseaban un poco de privacidad para pasar una Navidad "de cuento de hadas", con pino recién cortado y chimenea incluidos.
‒ Vaya lugar tan peculiar han elegido para pasar las fiestas. ¿Una celebridad quizás? ‒ aun detrás de los anteojos la señorita Poni no podía ocultar su interés por el mundo de la farándula.
‒ La señora de la casa parece ser una de ellas, es muy guapa. Me parece familiar, me pregunto a quién me recuerda.
‒ ¿Cómo es que sabe tanto hermana? ‒ dijo la señorita Pony sonriendo ante el comentario de aquella joven y curiosa novicia.
Ella simplemente se encogió de hombros sonrojándose al verse sorprendida.
‒ Quizás podríamos enviarles algunas galletas caseras. Estoy segura de que Candy y Annie estarían felices de cocinar con nosotras y eso mantendría alejada a Candy de los pequeños patos que no dejan de separarse de su madre.
Pero para ello era casi demasiado tarde...
Candy miraba atónita detrás de los árboles a la joven pareja. A sus ojos eran como un par de príncipes de cuento de hadas. La mujer tenía el cabello dorado como si fueran rayos del sol y los ojos azules más bonitos que hubiera visto jamás. Y él era un caballero muy alto que detrás de su rostro serio tenía un atractivo solemne que no la dejaba quitarle los ojos de encima.
En un inicio ambas niñas también creyeron que era una pareja que venía a adoptar. Llegaron en un gran auto con chofer y parecían haber aparcado suficientemente cerca como para pensar que visitarían el Hogar de Pony.
Fue grande su desilusión al verlos bajar del auto y dirigirse hacia la parte trasera de la propiedad Cartwright, mientras el chofer llevaba cargando un bulto cubierto por una abrigadora manta de la cual asomó una pequeña mano.
Ellos ya tenía un hijo o hija.
Annie bajó la mirada tristemente.
‒ ¡No Annie, aún no es momento de ponerse triste!
Visitantes de esa categoría eran increíblemente raros en esa zona, más aún en los alejados caminos que llevaban al Hogar. Quizás deseaban un par de hermanas para ese pequeño bulto.
A la mañana siguiente, Candy arrastró a Annie fuera de la cama y corrió con ella hacia el amplio patio que dividía el rancho Cartwright de la zona donde se encontraba su hogar. Tenía una gran curiosidad por conocer la identidad del "bulto misterioso".
‒ Candy, tengo miedo ‒ dijo Annie temblando. ‒ Si nos ven aquí se molestarán, ellos no han venido por alguno de nosotros.
‒ ¡Vamos, Annie! No seas tan cobarde, estoy segura de que nadie nos verá. Solo echaremos un vistazo y...
Era demasiado tarde, sin que Candy pudiera reaccionar a tiempo, Annie emprendió la carrera de vuela al hogar de Pony. Suspirando mientras veía la figura de Annie hacerse cada vez más pequeña conforme se alejaba, emprendió la marcha.
¡La misión para descubrir al "bulto misterioso" tendría que llevarla a cabo sola!
Con cuidado, se acercó a una de las ventanas trepando en una pila de leños que se encontraba a un costado. El calor interior empañaba las ventanas por dentro haciendo imposible ver hacia adentro, por más que se esforzaba no lograba ver nada.
‒ ¿¡Quién eres!?
Demasiado pronto había sido sorprendida. Quizás si no se movía, aquella persona se iría de allí.
‒ ¡Hey! ¡Hay una persona sospechosa aquí!
‒ Shhhh, basta ¡No soy alguien sospechoso! Me llamo Candy y yo... ‒ dijo Candy roja de vergüenza apretando los ojos y los labios dispuesta a pedir perdón por su incontrolable curiosidad. Sin embargo, al darse la vuelta descubrió a un chiquillo un poco mayor que ella que la observaba con una mirada fría y seria, con los mismos ojos azules que la hermosa mujer rubia que había visto antes.
¡Era tan solo un niño como ella! Y sin embargo la miraba como si fuera el dueño del lugar.
Ella lo recorrió de pies a cabeza achicando los ojos desafiante.
‒ ¿Y bien? ¿Es que las enanas no saben hablar el mismo idioma?
‒ ¿¡Qué dices!? ¿¡A quién llamas "enana"... tú... tú, mocoso insolente!? ‒ dijo ella inflando las sonrojadas mejillas.
‒ ¡Tú...! ‒ dijo el chico preparándose para replicar.
Antes de que pudiera decir un sola palabra, aquella rubia, pecosa y diminuta niña que mostraba todas las emociones en su rostro, había corrido con todas sus fuerzas hacia una colina que se veía a lo lejos.
Con el corazón retumbando en sus oídos, Candy irrumpió en la cocina del Hogar.
‒ Candy... ¿quizás has estado vagando por la propiedad de los Cartwright?
A Candy nunca le había gustado mentir, pero si admitía que había estado rondado la cabaña en la propiedad contigua la hermana Lane la retaría y era muy probable que no la dejara comerse una de esas deliciosas galletas que estaban preparando.
‒ Bueno hermana, por la mañana Annie y yo, mientras dábamos un paseo, decidimos asegurarnos de que los nuevos vecinos tenían leña suficiente. Pero ha sido imposible verlos.
Nada, mal. Había admitido que se había acercado a la propiedad, pero no había dicho algo acerca de espiar.
‒ ¿Es así? Bien, quizás quieras llevarles estas galletas ya que estás tan interesada en ellos. Solo déjalas en el buzón, ¿de acuerdo? No queremos importunarlos el día de Nochebuena.
‒ Pero hermana...
‒ ¡En el buzón, Candy! Luego puedes comer un poco de éstas ‒ dijo la hermana dándole un pañuelo con un par de galletas.
A regañadientes la rubia tomó aquello y se dirigió a la cabaña. Sin desearlo puso la caja en el buzón y luego caminó a la colina escalando hábilmente hasta una de las ramas altas del padre árbol para disfrutar de sus galletas.
‒ ¿Acaso eres un mono?
El susto casi la hizo caer del árbol. Era el chico de los ojos azules, que no contento con haberle dicho sospechosa y enana, ahora la llamaba "mono".
‒ ¿Acaso tus padres no te han enseñado modales? ‒ dijo Candy con media galleta en la boca y la cara llena de moronas.
‒ ¿Y eres tú quien lo dice? ¡Cielos! Observándote bien, eres una mona pecosa. Debes pertenecer a una especie realmente rara ‒ dijo él con una sonrisa burlona.
Candy se sonrojó tratando de ocultar el rostro tras la servilleta que contenía sus galletas.
El chico comenzó a trepar el árbol con una agilidad que la tomó por sorpresa, nunca se hubiera imaginado que un chiquillo rico supiera cómo trepar un árbol.
‒ Si subes hasta aquí tus ropas se rasgarán, niño.
‒ ¿A quién le importa? ‒ respondió él con desdén. ‒ Tengo algo que puede interesarte, glotona.
La niña abrió los ojos ofendida e hizo un ademán que indicaba que comenzaría a descender.
- ¡No, espera! ‒ la detuvo él con un tono sincero – En realidad he venido a buscarte ‒ dijo bajando la mirada mientras se acomodaba en la misma rama del árbol en la que se encontraba ella y sacaba de su abrigo la caja de galletas que Candy dejara en el buzón.
Hacía mucho tiempo que no había sentido el deseo de reír y comer golosinas, sus padres peleaban cada día sin parar, gritando amenazas sobre llevárselo a algún lugar lejos del otro. Pero desde que había visto las expresiones cambiantes en el rostro de aquella curiosa niña se había sentía más animado. Había una extraña alegría que se reflejaba en ella con solo mirarla.
Hace unos momentos, cuando había levantado la mirada por casualidad y la había visto colocar la caja de galletas haciendo un puchero y pateando un par de piedras, no pudo evitar seguirla hasta aquel árbol.
Pero el chico no le confesó todo esto. Se limitó a observarla en silencio, mientras ella con una expresión confusa en el rostro, todavía sostenía la servilleta con sus manos.
‒ Nunca me habría imaginado que un presumido malcriado como tú sabría trepar a los árboles ‒ Logró murmurar finalmente ella, tratando de romper el silencio.
Él sonrió y empezó a comer una de las galletas.
‒ Vine a compartir el botín ‒ dijo el chico poniendo una galleta en la pequeña mano de Candy con complicidad.
‒ Es posible que Papá Noel aún no te haya sacado de su lista ‒ dijo Candy dando una gran mordida a la galleta. ‒ ¡Hey! Estas galletas son para tus padres, tendré que corregir lo dicho, estoy segura de que estás fuera de la lista de los niños buenos, tú...
‒ Me tiene sin cuidado, es más, espero también salir de la lista de mis padres, quizás así tendría un poco de paz. Mi nombre es Terence, pero solo la gente inútil me llama así, tú puedes llamarme Terry.
‒ Como te envidio... Terry, tú tienes unos padres de los cuáles puedes quejarte ‒ No pudo evitar decir Candy.
El chico se giró con sorpresa en su dirección.
‒ Aunque no te simpaticen, al menos los tienes… Yo no tengo ninguno ‒ confesó con sinceridad.
Los ojos azules de Terry se suavizaron.
Casi como si hubiera sentido el corazón de ese chico susurrando palabras de pena, Candy negó ligeramente con la cabeza y sonrió.
‒ Yo fui abandonada en el orfanato más bello del mundo. Estoy agradecida con mis padres por haberme dejado aquí, estoy segura de que lo eligieron con gran cuidado.
Al oírla hablar con tanta alegría, él la observó casi deslumbrado.
Háblame más de ti, Candy.
Él recordaba perfectamente su nombre.
Candy parecía entender sus gestos e interpretar lo que deseaba. Naturalmente, ella no necesitaba que nadie le rogase para hablar del maravilloso Hogar de Pony.
Le habló de la generosa y amable señorita Pony y de la hermana Lane, tan seria y sin embargo, tan amorosa.
‒ ¡No hay nadie más experta que yo en el lazo o en escalar árboles, ya lo verás!
‒ ¿Y qué me dices del número de pecas? ¿También en eso eres imbatible?
‒ ¡Pero claro! No me dirás que ahora sientes envidia, Terry ‒ Bromeó ella, riendo.
‒ Sí, me siento realmente envidioso… Me gustan las pecas...
Como si hubiera dejado escapar una terrible confesión, Terry tosió y cambió rápidamente la conversación.
– A propósito, ¿qué hacen los chicos en el Hogar de Pony para celebrar la Navidad?
‒ ¿Por qué no vienes y lo averiguas por ti mismo?
Es posible que y ya no esté aquí por la noche pensó él apoyándose fuertemente contra el tronco y bajando la cabeza absorto en aquel pensamiento.
‒ ¿Es que no quieres venir, Terry?
‒ Sí, pero sólo en lo que respecta a ti, no tienes derecho a pensar en la gran cena después de comerte todas mis galletas ‒ dijo él entre carcajadas.
Candy que lo miraba fijamente, comenzó a reír junto a él llena de alegría.
En ese momento sonó la campana que convocaba a todos los niños a reunirse en la capilla previo a la merienda de Navidad.
Sin que ellos se hubieran dado cuenta, la hora de la puesta del sol ya había pasado y el horizonte estaba teñido de un color azul oscuro con tonalidades naranja. Si Candy no se apresuraba para llegar a tiempo la retarían.
‒ Debo irme ‒ dijo Candy agarrando fuertemente los bordes del tronco. En su cabeza no podía dejar de escuchar una frase…
"Me gustan las pecas"
Era la primera vez que alguien le decía algo como eso. A ella nunca le habían gustado tanto, pero escuchando la manera en la que Terry había dicho esa frase, deseaba pedir en su carta a Papa Noel unas cuantas pecas más en su rostro.
Ella echó a correr colina abajo cuando ligeros copos de nieve comenzaban a caer frente a sus ojos. Maravillada se dio la vuelta gritando.
‒ ¡Está nevando, Terry! ¡Esta será la mejor Navidad de todas!
Pero el chico, ya no estaba allí.
‒ ¿¡Terry!? ¡Terry! ‒ Candy gritó a todo pulmón cerrando los ojos, sintiendo como si esa no fuera la primera vez que llamara su nombre con todas sus fuerzas. Volvió a sentir el mismo oscuro temor de antes.
.
Ella despertó sobresaltada, le llevó unos minutos recobrar el ritmo pausado de la respiración. Se dio vuelta en la cama, con esfuerzo. En unos minutos amanecería.
Su corazón dejó de latir un segundo, quieto, completamente inmóvil mientras se envolvía en una ligera bata y bajaba las escaleras aún descalza para encontrarlo a él de pie junto a la ventana, colocando un regalo bajo el árbol de Navidad.
‒ Candy, ¿qué haces corriendo descalza en la oscuridad? ‒ dijo él con aquella voz profunda que tanto le gustaba, capaz de hacer siempre que su corazón latiera con fuerza. Él estaba allí y la miraba dirigiéndole una sonrisa hacia un lado.
‒ Tuve un sueño... eras tú en el Hogar de Pony ‒ dijo ella abrazándolo fuertemente por la espalda.
‒ Si sigues abrazándome así, yo mismo te llevaré en mis brazos de vuelta a la cama, pero no prometo dejarte dormir.
Él la beso dulcemente en la frente y se sentó con ella en su regazo.
‒ ¿Y en ese sueño estabas perdidamente enamorada de mí?
‒ Eres tan presumido como en mi sueño, éramos tan solo un par de niños comiendo galletas.
‒ Todas tus historias sobre el Hogar de Pony hablan de comida...
‒ ¿Y eso qué tiene de malo? En mi sueño tú te comías todas las galletas de Navidad, es por eso que desperté sobresaltada.
‒ ¿Dejaste que me comiera todas tus galletas? ¡Vaya! Así que la señorita pecas no puede resistirse a mi presencia ni aún en sus sueños, ¿eh? – se burló él y antes de que ella pudiera replicar, besó sus labios largamente.
‒ Feliz Navidad, Pecosa.
Él puso en sus manos el paquete que recién había colocado en el árbol. Candy lo abrió emocionada, nada le gustaba tanto como abrir los regalos la mañana de Navidad.
‒ ¡Es el Hogar de Pony!
Frente a sus ojos, dentro de un marco hecho a mano, se encontraba una pintura al óleo que retrataba su hogar a la perfección, en un extremo poco visible podía verse la firma del autor: Slim.
Cuando Candy lo descubrió casi se le salió el corazón del pecho. ¡Slim! Aquél delgado niño que no hacía otra cosa que dibujar. Él no había olvidado su pasión, sólo él podría retratar su hogar tal y como lo conocían, dando la impresión de tenerlo ahí mismo frente a ella.
Él tomó el cuadro y lo colocó de tal modo que fuera visible desde cualquier ángulo. Le relató como lo encontró en el Mercado de Pulgas de Londres, una sola mirada le bastó para darse cuenta de que aquella representaba al Hogar de Pony visto desde la cima de la colina.
‒ ¡Qué maravilloso regalo! La señorita Pony y la hermana Lane estarían felices de poder verlo.
‒ Este es el hogar que puedo obsequiarte en este lado del océano, el lugar a donde siempre puedes regresar.
‒ Mi hogar es junto al hombre que amo... tú eres «esa persona» (Anohito), Terry.
En la mente de Candy solo esa frase se repetía.
– Vamos Terry ‒ dijo ella tomándolo de la mano dirigiéndose escaleras arriba.
‒ Creí que terminaríamos de envolver los regalos.
‒ Este regalo no se puede envolver – dijo ella riendo con picardía.
Fin.
.
¿Quieres oír un sueño?...
Pues anoche vi la brisa fugaz de la espesura
que al rozar con el broche
de un lirio que se alzaba en la pradera
grabó sobre él un «beso»,
perdiéndose después rauda y ligera
de la enramada entre el follaje espeso.
Este es mi sueño todo,
y si entenderlo quieres, niña bella,
une tus labios en los labios míos,
y sabrás quién es «él», y quién es «ella».
Manuel Acuña.
De corazón feliz Navidad. Esta historia es para quienes se dan una vuelta por aquí en esta surrealista Navidad 2020. Que bajo su árbol encuentren mucha esperanza y salud. Nos volveremos a encontrar y a abrazar, ese es mi deseo.
PD. Esta historia ha sido traducida al italiano por lo que si llegan a verla por ahí, tiene todo mi reconocimiento y autorización.
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Con amor: Claudia
ClauT (ClauTer en sitios italianos)
