XXVII
El comienzo del año 1919, justo cuando comenzaba a creer que, sin importar nada debió haberse ido con Candy, cambio la rutina del actor gracias a que Eleonor enfermo. Preocupados, nadie en la propiedad de la actriz deseaba acercarse a sus aposentos, lo cual le demostró a Terry el terror que muchos sentían ante la posibilidad de contraer la infección; incluso dentro de la casa, esa misma tarde, todos excepto él, llevaban aquel ridículo cubre bocas. El médico llegó por la noche, temiendo lo peor, pero respirando con alivio, en cuanto le examinó y respondió algunas preguntas.
—Solo es un resfriado —afirmo, para alivio suyo y del inglés—. Necesita reposo y muchos líquidos. También le recetare algo, en caso de que vuelva a tener fiebre y para las molestias que presente —escribió la nota médica y de su maletín saco los medicamentos prescritos—. Contáctame, si es que llega a presentar síntomas más graves o sigue con malestar, después de siete días.
Esa misma noche, en cuanto se marchó el médico, Terry tomo las riendas de la casa y reunió al personal; después de todo, desde ese momento se mudaría a dicha propiedad.
—La señora no se ha contagiado de la influenza; así que, a consecuencia de sus actos y el claro temor, me veo en la necesidad de esto —hizo una ligera pausa—. Si alguien desea marcharse, este es el momento para que lo haga. De lo contrario. No dudaré en echar de la propiedad a todo aquel que decida quedarse, para después pasearse por la casa con cubre bocas, sobre todo, frente a la señora.
Nadie hizo un solo movimiento, pues, en aquella época tan difícil todos temían de igual forma a la idea de contagiarse y también a quedar desempleados, viéndose obligados a buscar trabajo en otro lugar para terminar arriesgándose aún más.
En aquel pesado ambiente, se veía obligado a permanecer; limitándose solo a escuchar que en la radio, desde que se habían ido no sé decía una sola noticia sobre Candy o los Andrew, a excepción de cierta tarde, cuando se anunció el fallecimiento de Elroy por causas naturales y días después, el de la señora Sara Leegan que siguió el mismo destino; y sin embargo, una y otra vez se oían decenas de otros obituarios. Por alguna razón siempre se alegraba, pues, aquello significaba que la rubia estaba bien.
Su cumpleaños llegó con la misma monotonía que había celebrado la navidad y el año nuevo, además del alivio de ver que Eleonor se recuperó en tiempo y forma.
—Lamento que no hayamos podido tener más que este pequeño pastel quemado —dijo la actriz, al lado de su hijo e inclinándose para dejar su platito, casi lleno, en la mesa de centro de su estancia, luego de comer el primer bocado, notar el sabor y ver la tristeza que la faz de su hijo delataba—. Debí haber dejado que Lou lo hiciera.
—No te preocupes —le dedicó una media sonrisa—. Lo que me gusta de este pastel es justo eso; que tú lo hiciste —tomo otra cucharada.
—Basta ya de comer ese pastel. Te hará daño.
—No te preocupes. Me está gustando.
—Terry; he estado pensando en todo este caos que la gripe a ocasionado, llenando de temor a todo el mundo. —se atrevió a decir—. Pero, sobre todo, me doy cuenta de que, en realidad no tienes miedo de contagiarte… —el castaño creyó saber hacia donde iba—. Me preguntaba; ¿por qué?
—A lo que en realidad le temo, es al tiempo en que tengamos que seguir así; con miedo, siempre tratando de tener cuidado y sin poder trabajar —explico—. Tu sabes lo que ya he perdido gracias a esto. La vida, no solo la nuestra, sino también a nivel mundial, se ha detenido ante la desgracia. Eso es lo que me agobia.
El reloj sonó anunciando las nueve de la noche, motivo que plasmó una sonrisa juguetona en la cara de la rubia.
—Querido; tengo una sorpresa para ti —en cuanto termino de pronunciarlo, el teléfono sonó—. Ven —le animo a levantarse, sin lograr que lo hiciera.
—Déjame disfrutar de mi pastel —reprocho.
—¡Vamos! ¡Terry! Si no contestas tú, te perderás de la sorpresa.
—No me interesa…
—¿Estás seguro? Te daré una última oportunidad, en lo que terminas tú "suculento y quemado" postre —cambio de asiento y levantó el auricular.
—Has lo que quieras —a pesar del sabor amargo y quemado, agradecía el gesto y disfrutaba el primer pastel que, según recordaba, había horneado la afamada actriz.
—Sí. Sí. Adelante. Estoy esperando la llamada —despidió a la operadora con prisa—. ¡Querida! ¡Qué gusto escucharte! —hizo una pausa—. Sí. Ya sabes cómo es; se queja en su amargura para luego rechazar un pequeño momento feliz. Estoy segura de que eso lo heredó de su padre. Pero que le voy a hacer; también es mi hijo. Por cierto; ¿cómo has estado? —aquellos comentarios le intrigaron y divirtieron al actor—. Entiendo… entonces fue una suerte que fui yo quien contesto primero… ¡claro! Comunícame con él… Hola, ¿Qué tal?... —por el tono de voz que ahora usaba, el castaño dedujo que estaba hablando con algún fan—. Bien, Archie, te propongo algo… —¿Archie? ¿había dicho Archie?, En toda su vida solo había conocido a un Archie, y ese era…
—El elegante… —musito Terry, mientras su madre seguía hablando y proponiendo un futuro encuentro, solo para firmar un autógrafo—. Eleonor —musito—. ¡ya! ¡Pásamela!
—Entonces; ¿te parece bien la idea? —hizo caso a su hijo—. Perfecto. Ya que hemos quedado de acuerdo; ¿podrías volver a comunicarme con?... Gracias… —quitándose el auricular al instante, se lo ofreció a Terry.
—¿Hola? —en cuanto escucho su voz y confirmo quién estaba al otro lado de la línea, tuvo una sensación extraña en el estómago.
—Pecosa…
—Dame un segundo… —nada más le identificó, exigió tranquilidad a su alrededor—. Archie; ya hablaste con quien querías —se escucho tras la bocina—. Ahora vete y déjame charlar en paz… es una plática de mujeres que nada tiene que ver contigo… —el actor reía y esperaba—. Listo. Disculpa la intromisión, pero deseaba un poco de privacidad para platicar contigo —su voz era juguetona y melodiosa.
—Ese elegante siempre fue muy obstinado —se burló, sin poder contener una sincera sonrisa que durante el resto de la llamada permanecería en su fas, alegrando a su madre que se servía un poco de té.
—Sí. Sigue siéndolo. Aunque, mi intención nunca fue hablar sobre él, sino desearte un feliz cumpleaños —aclaro.
—Gracias —realmente estaba emocionado con la sorpresa—. Ha sido un buen día…
—Terry; querido. Por favor despídeme de Candy… —luego de terminar el té, la actriz se retiro.
—Eleonor me está pidiendo que te avise que se marcha.
—Claro. Agradécele después, de mi parte.
—Pecosa, nunca imaginé que podríamos hablar hoy..
—Al menos durante este momento, estaremos un poco más cerca, el uno del otro. Pero, ya no terminaste de contarme que tal estuvo tu día.
—Eleonor me cocino un pastel —rio—. Estoy seguro de que me hará daño. Imagínate; nunca había probado algo que pareciera estar quemado y al mismo tiempo crudo, también con azúcar extra, además de un toque especial a vainilla y cáscara de huevo…
—¿En serio? Con tantas funciones y tomando en cuenta al cuarteto de servicio que tiene en casa, no me sorprende que haya sido toda una faena para ella.
—Sí. Fue un gesto maravilloso de su parte…
Durante, al menos, media hora, estuvieron al teléfono, charlando sobre todo y nada a la vez. Dejándole de nueva cuenta inmerso en el mismo vacío en que estuvo horas antes, pero ahora sumando una gran interrogante que se clavó en su corazón casi al final de la llamada.
x – x – x
Estar en Chicago y no poder hacer nada, era igual de aburrido que haberse quedado sola en Nueva York; aunque allá al menos habría contado con las visitas de Terry, mientras que ahí se tenía que conformar con saludar a Annie de vez en cuando.
Le resultaba curiosa la forma en que ya nada era igual. Incluso ella, su supuesta mejor amiga desde la infancia, ahora le parecía ser alguien bastante simple y predecible. Y aunque disfrutaba aquella calma, la ciudad ya no llamaba tanto su atención como antes y, en cambio ahora, le parecía un lugar aburrido en comparación con Nueva York.
¿Eso significaba que ya se había acostumbrado al bullicio de esa otra ciudad? Pero, después de todo, cuando lo pensaba bien, no había mucha diferencia entre un lugar y el otro. Sin embargo, deseaba estar allá y no ahí.
Esa noche, después de hablar por teléfono con Terry, sentada en la terraza interior y sin nada mejor que hacer que observar el jardín nevado, Albert decidió acompañarla.
—¿Puedo sentarme? —pregunto con caballerosidad, al verla sumergida en sus pensamientos y provocando que, con un movimiento lento, lo enfocará.
—Pensé que todo aquí era de tu propiedad —su respuesta parecía estar cargada de ironía y una indirecta que no deseo deducir.
Era obvio que ella seguía disgustada. Pero quizá, incluso a eso, el rubio ya se estaba acostumbrado gracias a que, desde que comenzaron el viaje de Nueva York a Chicago, no habían parado las discusiones, casi diarias, entre ellos.
¿Quién era la chica que había hecho ese viaje con él y que había hecho ella con su Candy?
Evitado discutir, se sentó en el sillón al lado de la rubia, también observo al exterior, mientras comenzaba a nevar. Procurando no decir nada, ni una sola palabra, para no alentar una nueva batalla entre ellos, pero que siempre resultaba casi inevitable.
En silencio y mirando al horizonte la rubia se sobresalto al escuchar que llamaban a la puerta, mientras que, presurosa, limpiaba algunas traviesas lágrimas que él no había notado sino hasta ese momento, y luego Dorothy entro para dejar una bandeja en la mesita frente a ellos.
—Gracias —respondió el empresario—. Puedes marcharte —luego, sin estar seguro de que hacer, se incorporó en su asiento, tomo una de las tazas y se la ofreció a la enfermera—. Al ver que estabas aquí, pedí chocolate caliente.
—Gracias… —con voz un poco áspera gracias al llanto silencioso, acepto el gesto, mientras que su acompañante tomaba la otra taza.
—Candy… —con un pujido, debido a que estaba a mitad de un trago, le interrumpió.
—Hoy no —pidió sin fuerza—. Hoy no quiero escuchar ninguna de las razones por las que Terry no me conviene y no es un buen partido —inhalo con fuerza, tratando de contener el fluido en su nariz—. Ni tampoco quiero que me recuerdes que Harvard ha aceptado que vaya a estudiar en su facultad de medicina —coloco su bebida en la mesita y busco su pañuelo—. Ni lo que sea que tengas que decirme —le miró fijamente, antes de voltearse para limpiar su nariz.
—Pero… —volvió a interrumpirle.
—Te quiero mucho, Albert y; en serio, me duele que tantas discusiones se hayan vuelto parte de nuestra rutina —tomo otro trago—. Por favor…
En seguida comprendió y con un leve gesto, accedió, para luego permanecer en silencio por al menos una hora.
—Me retiró —cansado, convencido de que había dormitado durante esos minutos, intento dar las buenas noches a la rubia, pero al no tener una respuesta, se percató de que ella ya dormía.
Con una sonrisa, la cubrió bien en la manta que le abrigaba, le tomo en brazos y la llevo hasta sus aposentos. Ahí, solo le quitó los zapatos y la tapó con sus cobertores, para luego marcharse. Tenía que admitirlo, también a él le dolían tantas discusiones y aquel breve instante en silencio había resultado ser, al menos, un poco conciliador.
x – x – x
¿Qué debía hacer?
¿Qué podía hacer?
Con frustración, tratando de dormir y sin lograr parar de pensar en aquello que le atormentaba, dejó escapar un profundo suspiro.
Tomando en cuenta lo complicado y devastado que, sin duda alguna, todo resultaría; estaba seguro de que no le quedaría demasiado dinero como para poder ayudarla; ya de por si había perdido muchas de sus posesiones.
¿Qué debía hacer?
¿Qué podía hacer?
Pero, quizá más importante; ¿Qué le permitiría hacer?
La situación había cambiado. Todo había cambiado y sin duda alguna, todo cambiaría.
¿Debía aceptarlo? ¿Así de fácil?
Sí. Así de fácil. Tan fácil como siempre había sido. Así de sencillo, con una simple frase, una inevitable e inesperada decisión, tendrían que volver a separarse.
Dolía; por supuesto que le dolía. Era aún más doloroso y frustrante dado que ella no había hablado completamente claro, pero resultaba obvio lo que decidiría.
Y; ¿Qué podía hacer él, más que aceptar?
Después de todo y tal como había dicho Albert, en el pasado, siempre había sido él, quien en su momento interpuso su futuro e incluso a otra mujer, antes que a ella.
¿Por qué la vida se empeñaba en separarlos una y otra vez?
Primero fue por culpa de Elisa, luego por Susana y ahora; Harvard…
¿Qué debía hacer?...
X – x – X – x – X
Última edición, costumbre 2019
Chicas, mucjas gracias por sus comentarios, por tomarse el tiempo de leer y también por seguir agregando el fic a su lista de favoritos.
Les comento un poquito.
No es que Candy sea una malagradecida, al contrario, creo que ella esta tan confundida que no sabe ni para donde voltear.
Tampoco es que Terry se deje mangonear por todos.
Lo que pasara es que llegaran a un límite en picada, gracias a una decisión que tuvo un efecto mariposa inpresionante, y entonces vendra el giro de la historia.
Besos.
Monse
