Dime algo que no sepa,

por ejemplo:

que tu tristeza siempre fue una excusa,

que mis dedos fueron flores subiendo por tu costado,

que me echas de menos y que sabes a sal,

que te destrozó no intentarlo,

que tu cama es el lugar más frío de esta parte del mundo,

que llegas tarde a todos los sitios

porque vives en el pasado.

Dime algo que no sepa,

por ejemplo:

que no me quieres,

que eres feliz

o que, de puntillas,

llegas a tocar las nubes de mi cabeza.

Elvira Sastre

Baluarte

XXXIII

Eso no podía estar pasando. Eso tenía que ser una broma. Una maldita broma de mal gusto. Albert nunca haría algo así.

—¿Está usted seguro? —volvió a preguntar, ansiosa y preocupada; mucho más preocupada que la noche anterior.

—Señorita; esta cuenta fue cancelada la semana pasada. Es la cuarta vez que se lo repito. Si no tiene otra operación que realizar, le ruego que se marche.

Necesitaba un milagro, en calidad de urgente.

Tal vez, podía ir al teatro y buscar a Terry, que seguramente ya estaba en sus ensayos o caminar directamente hasta la casa de Eleonor para poder recoger sus cosas y luego pretextar que ya era tarde y así quedarse otra noche…

Vaya que era patética.

¿Cómo era posible que tuviera tan mala suerte?

Una hora después de haber entrado, sin esperanza alguna, salió de las instalaciones bancarias, sin la mínima idea de que como continuar. Observo el edificio de la biblioteca y pensó en entrar ahí, al menos para poder aclarar sus ideas sobre lo que podría hacer o al menos para perder el tiempo.

—Pensé que nunca saldrías —brinco al sentir a Terry tras ella, había tardado más de una hora.

—¿Sí? —¿la estaba esperando?

—Solo quería asegurarme de que todo estuviera bien —pretexto—. ¿lo conseguiste?

—Bueno… veras… —eso lo explicaba todo.

—Me dio hambre, tan solo de estar esperándote —cambio el tema y se colgó la chaqueta en el hombro—. Cerca de aquí venden unos emparedados muy buenos —¿de verdad le estaba esperando?—. ¿Tal vez podríamos compartir uno?...

—Sí —contesto en seguida—. Claro.

Caminaron un par de calles y llegaron a un local que solo tenía unas cuantas mesas, una barra alrededor de toda la pared y muy pocos clientes a esa hora. Mientras él ordenaba, ella eligió un lugar en una de las esquinas y ahí le espero, hasta que fue con un par de refrescos de naranja y un emparedado de buen tamaño.

—Lo siento; no se me ocurrió que sabor te gustaría.

—Esta bien… Gracias —comenzó a comer con una sonrisa, que borro en cuanto Terry le regreso a la realidad.

—¿Qué harás ahora?

—No sé—era cierto—. No quiero causar molestias…

—Siempre y cuando, no planees vivir en la estación central, supongo que todo estará bien. Pero también podrías intentar hablar con Albert.

—Podría; claro que podría, pero… —dio otro bocado, tratando de ganar tiempo para poder responder, pero no había nada que quisiera revelar.

—¿Cuánto dinero necesitas?

—Terry; te agradezco lo que estás haciendo por mi —volteo hacia él—. En serio. Pero… no puedo aceptar más —dijo con pesar—. No lo merezco. Además, es mi problema y debo ver la forma de solucionarlo —tal vez debía aceptar su derrota y suplicar, de una vez por todas, el perdón de Albert.

—Estoy seguro de que aceptara tus disculpas —no pudo evitar jugar con un mechón que se salía de la trenza, que de nuevo se había hecho la rubia, logrando que ella volteara enseguida—. Por el momento, si quieres, podemos ir a ver el lugar que pensabas rentar.

—¿No vas a trabajar hoy?

—No. Según nos dijeron, otra empresa ha pedido prestadas las instalaciones del teatro, hicieron un convenio o algo así —explico—. El caso es que todo el día de hoy y también mañana, habrá audiciones de aquella compañía —tomo un poco de su refresco—. Entonces; ¿qué me dices? ¿vamos?

—Esta bien —accedió sin estar convencida, pero provocando una sonrisa en él—. Es en el barrio italiano.

—Perfecto, pero antes; ¿me puedes acompañar a otro lugar?

Después de unos minutos salieron de aquel local y Terry detuvo un carruaje, causando curiosidad en ella.

—¿Por qué no vamos en tu auto?

—Eso es simple; porque primero necesito ir por mi auto… —parecía jugar con ella.

—Discúlpame por lo de ayer —murmuro de pronto, mientras parecía prestar atención al paisaje.

—Tus disculpas no me sirven de nada —su actitud cambio a una más seca.

—Lo sé. Pero yo…

—¿Por qué te es más fácil disculparte conmigo, que no significó nada para ti, que con Albert, quien te incluyo en su familia? —espero la respuesta—. Tal vez tus disculpas son falsas y por eso me las dices como si no te afectarán.

—No es eso. Lo que pasa es que… —de pronto el carruaje se detuvo y Terry fue el primero en salir, dejando que ella se bajará sola mientras le pagaba al cochero—. ¿Qué hacemos aquí? —trato de no prestar importancia y reconocer el lugar, que era un negocio de autos usados.

—Venimos por mi auto.

—Pero ya tienes uno.

—Corrección; tenía un auto y ahora, necesito otro —sin esperarla, entro al negocio y comenzó a recorrer los pasillos, observando los pocos detalles visibles de estos.

Siempre tras él, tardaron alrededor de una hora, hasta que al fin el muchacho se decidió por un vehículo, que no estaba en mal estado, ni era tan costoso. La negociación fue rápida y minutos después salían en el "nuevo vehículo", hacia el barrio italiano.

Llegando ahí, aunque no dijo nada, para ella fue claro lo que pasaba.

—¿De verdad te gusta este lugar?

—Pues… —le avergonzó la actitud del actor—. Creo que tiene potencial…

—Vámonos. Estoy seguro de que encontraremos algo mejor.

—¿Por qué dijiste eso? —una vez de vuelta en el coche, le reclamo.

—¿Qué importa? De todas formas no tienes dinero para pagarlo —eso era cierto—. Volvamos a casa de Eleonor y comamos algo.

En cuanto llegaron, el actor pregunto por su madre y tan solo se enteró de que estaba en el jardín, con algunas visitas, pidió que les llevarán algo de comer, tomo a Candy del brazo y subió con ella hasta la recámara en donde se quedaba.

—Cuando le visitan es mejor mantenerse al margen —comento, recostándose, cruzando los brazos tras su nuca y observando como ella se sentaba a su lado—. Es una pena ya no tener mi departamento —se quejo.

—¿Por qué?

—Hace unas semanas, tuve un poco de dinero para poder hacer algo y recuperarlo. Pero, preferí gastarlo en un estúpido viaje —enseguida, intuyo a que viaje se refería—. Cuando regresé ya era muy tarde, además de que ya no tenía suficiente dinero —suspiro—. No tengo la menor idea de quién lo compro.

—Es una lastima…

—Lo sé —la observo con tanta profundidad, que ella apartó la vista—. Te lo juro, Candy, que si aún fuera mío, no habría dudado en llevarte, arrancarte el vestido y hacerte mía, a pesar de todo —una idea cruzó por su mente.

Ella no supo que hacer o que decir y sintió alivio cuando llegó la mucama, aunque está no tardo en volver a marcharse.

—Tal vez debería arreglar mis cosas —pretexto, nerviosa de estar ahí.

—Tranquila… —se incorporó un poco, se acercó a ella y a la vez la acercó a él—. Sabes que puedes confiar en mí —estaba jugando, pero ella no lo sabía—. Sabes que cuidaré de ti —le acercó un poco más, hasta rozar sus labios—. O; ¿acaso lo dudas?

No, no lo dudaba, pero no podía responder bajo el efecto de ese hechizo que estaba segura, había comenzado a controlarle.

—Terry… —jadeo cuando la besó profundamente y provocó que se tumbara sobre él.

—Sí. Di mi nombre —comenzó a besarle por todos lados, consiente de lo que le estaba provocando y esperando poder controlarse el mismo, hasta el final—. Repite mi nombre —exigía, siendo obedecido, besando rincones cada vez más prohibidos, hasta que, de repente, se detuvo—. Espera… —se incorporó, haciéndole a un lado—. Una dama no haría nada de esto… —fue hasta la puerta, tomo un poco de agua, observo el nerviosismo que esa simple frase había provocado en ella y cerró el pestillo de la puerta.

—Por otro lado, lo hemos hecho antes, no creo que haya de que preocuparse. ¿No? —ella solo le observaba, insegura de sus movimientos—. Te juro que a nadie le diré que hace tiempo dejaste de ser una "señorita" —se burlo—. Así que ya no hay nada que perder.

Volvió a acercársele, pero esta vez ella se apartó.

—Te aseguro que portándote así, no conseguirás que tú "flor" vuelva a resurgir.

—Ni tú podrás volver a conquistarme de esta manera —el castaño no logro evitar reír.

—¿Volver? Muy bien. Excelente respuesta —le aplaudió con discreción, sonriendo de lado, para luego nuevamente sentarse a un lado, jalarla hasta que pudiera sentir su aliento, como si nada y seguir burlándose de ella—. Puedo pagarte —balbuceo contra el cuello de la rubia, sin dejar de besarle, ni acariciarle—; si es lo que deseas… —esperaba, que lo empujara o al menos, una buena bofetada que nunca llego; ¿acaso lo estaba considerando? ¿acaso estaba tan desesperada?

Ella no pudo hacer ni decir nada durante un par de minutos, después solo suspiro con fastidio y le alejo con lentitud.

—Era una broma —quiso remediar la tensión.

—Tenías razón —solo dejo pasar un minuto extra de silencio y antes de que él continuará tomándole el pelo, se levantó y fue hasta la puerta, a la cual le quitó el pestillo—. Todo lo que dije ayer fue mentira. Solo lo dije, porque no quería arruinar tus posibilidades con aquella chica del auto —suspiro—. También tuviste razón cuando insinuante que había regresado para poder enmendarme contigo y quiza darnos otra oportunidad —declaro—. Pero, no conté con que todo me saldría mal y al final fuera como siempre; ya sé que solo soy una chica tonta, que no pudo hacer otra cosa más que alimentarse de fantasías rotas, pero ese no es pretexto para que me trates así —abrió la puerta y la volvió a cerrar—. También quiero que sepas que estoy arrepentida, muy, muy, pero muy arrepentida, de lo que pasó en Chicago; fui aún más tonta, es claro que sigo siendo una tonta, pero también quiero que seas feliz y… esa chica, la del auto, sin duda es más linda que yo…

Salió, entro a la recámara que le habían otorgado y cerró con pasador; no podía creer que, aunque solo hubiera sido por un instante, considero aquella idea tan descabellada de recibir dinero a cambio de sus favores; sobre todo viniendo de él y que solo por eso pensó que quizá podría ser un poco más fácil que con cualquier otra persona.

x – x – x

—Al fin… —respiro tranquilo, no importaba el costo, le había obligado a admitir la verdad; ella si había ido a buscarle.

¿Ahora que debía hacer?

Y; ¿Qué era eso de la chica del auto? ¿Se refería a Rose? Pero Rose solo le había ayudado a vender el vehículo…

Terry se incorporó de inmediato, salió de su pieza, se acercó a la puerta de enfrente, intento abrir sin éxito alguno e hizo lo único que se le ocurrió.

—Si te refieres a Rose —hablo a la puerta, recargándose en la pared y usando su mano para que el sonido de su voz no se esparciera—. Debes saber que ella solo es una compañera de trabajo, que me compró el auto.

Espero un instante, en el que no obtuvo respuesta alguna y luego bajo, imaginando que Eleonor ya estaría desocupada, al no ser así, regreso a su recámara y busco el juego de gargantilla y pendientes que días atrás la actriz le había entregado. Pero justo se abrió la puerta cuando comenzaba a revisar su maleta.

—Terry… —volteo enseguida.

—Sé que no fue la manera correcta, y no creas que es una disculpa o que más tarde me disculpare contigo, de hecho si he de ser sincero, aunque aún te quiero ya no deseo lo que deseaba antes —fue honesto y actuó como si nada le afectará—. Pero no sé me ocurrió otra forma, para hacerte decir la verdad y preferí correr el riesgo —ella acepto en silencio y sin saber cómo demostrar su alegría, de inmediato le abrazo, siendo correspondida.

—Perdóname. En aquel momento, cuando fuiste a Chicago, deseaba aceptar, casarme contigo y regresar a Nueva York. Pero no quería meterte en problemas y tampoco podía hacer que te endeudaras más y pagarás mi universidad. Sé que, debí decirte todo esto en ese momento, pero no estaba lista para hacerlo, ya que al final, todo se resumía en dos opciones; tú o mi deseo de ser médico, de ayudar al hogar de Pony y seguir siendo una Andrew… y al final te elegí a ti…

—Cuando te vi ayer, fuera del teatro, me imaginé que algo así había pasado —la enfermera esperaba que le volviera a pedir matrimonio, pero eso ya no estaba en los planes a corto plazo, del actor.

La rubia se alejó solo un poquito, para poder ver la expresión del inglés, sonrió contenta aunque él la observaba con extrañeza.

—Necesito que me hagas un favor… —no deseaba incomodarla, así que no toco el tema de su ropa directamente.

—Sí. Lo que sea —estaba inquietaba por lo ocurrido antes.

—¿Tienes algo de ropa más formal? Necesito que me ayudes a vender algo…

—No… —se sintió avergonzada—. Solo traje tres cambios de ropa —ahora entendía el olor.

—No te preocupes. ¿Te podemos ir a comprar algo justo ahora?

—Terry, yo… no tengo dinero…

—Sera un regalo de mi parte.

—Pero…

—Si no te agrada esa idea, tómalo como un pago por el favor que me harás.

—Esta bien —lo meditó.

En seguida, Terry fue a la habitación de su madre, busco el vestido más juvenil que pudo encontrar en su guardarropa, estaba seguro de que Eleonor no se enojaría, y regreso con Candy, pidiéndole que se cambiara. Él esperaba que la rubia regresará a su alcoba, pero para su sorpresa y sin pudor alguno, ella se quitó un vestido y se puso el otro, justo frente a él, dejándole boquiabierto y con deseos de ver y hacer mucho más que solo observar.

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Ultima edición, octubre 2019

Disculpen la tardanza, ando un poquito ocupada