Capítulo 8: … prepárate para la guerra
¿Es posible estar loco sin padecer alguna enfermedad mental? Debe serlo porque, de lo contrario, no hay explicación.
Cuando se dijo que volvería a hablar con Terry no pensó que la situación se saldría de control de semejante manera.
Terry había empezado la guerra y Candy no podía ni quería permitirle ganar la batalla. Pero ahora se arrepiente de hacer combatido porque si bien todo empezó con una incómoda conversación y continuó con una enfurecida terapia de superación de muertos, el desenlace sería completamente sorpresivo.
Y ahí están, de nuevo, sentados uno junto al otro en la segunda colina de Pony. La tensión del silencio ha desaparecido.
―Siento como si estuviéramos juntos desde hace años ―piensa ella y le mira, él se preocupa por curarla y un libro cae de su bolsillo ―¿Qué estás leyendo, Terry?
―Cuento de invierno ―Candy conoce esa historia, la estudiaron hace poco en clase. Hablan sobre ella ―A pesar del final feliz, siempre he creído que la muerte del príncipe Mamilo fue un elemento trágico sin compensación, sumado a los años de separación. Y la reina Hermione que vivió 16 años haciéndose la muerta. Pero ¿acaso no hacemos eso, Candy? Fingir estar muertos para sobrevivir.
―No lo creo, usamos mascaras para ocultar nuestros miedos y enojos. Todos tenemos oscuridad dentro, pero no por eso estamos muertos. Terry, los muertos no sienten.
―¿Oscuridad interna, Candy? Siempre creí que tu léxico no iba más lejos de "mocoso engreído" ¿Has puesto atención en clase, pecas?
―He aprendido algunas cosas, Terry.
―Es bueno saber que tu familia no desperdicia su dinero en tu educación ―dice él, irónico. Candy se le queda viendo en silencio ―¿qué pasa?
― Nada ―murmura ―. A veces creo que eres dos personas distintas.
―De hecho somos tres ―responde el castaño, sarcásticamente, haciendo gestos, como si hablara con él mismo.
Candy le sonríe débilmente.
―Siempre haces esos.
―¿Hablar con mis otras personalidades?
―Actuar – Candy le sostiene la mirada ―¿por qué no puedes ser tú mismo, sin personajes ni máscaras?
―Porque no me gusto ―sentencia Terry, instantes antes de ponerse de pie e intentar irse.
Pero Candy es rápida y está a su lado, sujetándolo por los hombros.
―A mí sí me gustas, Terry.
Terry parece haber perdido la habilidad de comunicarse verbalmente, así que, se limita a mirar a Candy, sorprendido y conteniendo la respiración.
Suspirando, Candy se acerca con paso cauteloso un poco, lo suficiente para que sus rostros queden a centímetros.
―Tú también me gustas, Candy ―ahora la que contiene la respiración es Candy, aguardando la reacción de Terry.
¡Oh, vamos Terry, Candy lo está deseando! ¡Hazlo de una vez!
Algo vacilante, Terry levanta la mano y la apoya en la pálida mejilla, todavía indeciso.
Ambos tienen los ojos cerrados, concentrados totalmente en la sensación que los recorre. Extasiados. Como si hubiera esperando esa caricia durante toda su vida.
Terry usa su otra mano y acuna el rostro de Candy en ellas, la rubia deja escapar el aire lentamente, como si intentara controlar sus emociones y le estuviera resultando muy difícil.
Terry está seguro de que si sigue reprimiéndose mucho más tiempo, acabará colapsando.
Terry sabe que ese momento ha llegado, y tiene miedo, jamás se ha sentido tan entregado a alguien. En realidad, jamás se había sentido entregado a nadie.
Tienen los ojos abiertos y las mejillas rojas, observándose fijamente uno al otro. La incertidumbre y el temor se leen en la mirada verdiazul. Es extraño ver aquel ansioso anhelo en lugar de la frialdad y la seguridad que habitualmente refleja.
Terry le murmura algo al oído y en respuesta, Candy niega con la cabeza.
Continuará...
