—Dime, Severus ¿tú crees en el amor a primera vista? —preguntó el joven príncipe mientras si mirada repasaba el libro frente a él.

—¿Tiene relación con la lección que estamos repasando, o me preguntas por otra cosa? —respondió con otra pregunta, indiferente.

—Me gustaría saber tu opinión —confesó.

—¿Es que acaso estás preocupado por la reunión de mañana con tu prometida?

—¿Podrías responder mi pregunta sin usar otra pregunta? Comienza a ser molesto.

—Un príncipe jamás debe expresarse de esa manera —le reprendió con el mismo tono de voz indiferente de toda la vida. Draco suspiró y volvió a su lectura.

Su mentor caminó de un lado a otro de su oficina, reacomodando frascos con ingredientes extraños y algunos libros que permanecían fuera de su lugar sobre su escritorio, Malfoy simplemente volvió a sumirse en la lección del día comprendiendo que no recibiría respuesta por su pregunta, pero tampoco era que la hubiese esperado de verdad, su consejero y amigo Severus Snape era un hombre bastante serio y recatado, y la verdad es que no esperaba que el hombre comprendiera sobre aquel tema que lo había asediado por años y que, en sus cortos dieseis años seguía plantándole dudas. Ahora que era un poco mayor comprendía muchas cosas que antes no, como su conexión con el joven de ojos verdes que había sido tan intensa que había despertado en él sentimientos que en su momento catalogó como amor y que hasta el momento, en vez de haber menguado, había crecido, alimentado por la curiosidad, la expectación y la espera, pues por más que indagó, en todo su reino no existía un chico como el que había conocido aquella tarde de verano.

Y se sentía como dentro de aquellos cuentos infantiles que había dejado de leer pero que se encontraban tan frescos en su memoria como aquella mirada esmeralda que por las noches le visitaba en sueños. Recordaba muy bien que antes de él se había preguntado un montón de veces como era posible que Ariel se hubiese enamorado de un hombre al que solo había visto una vez en un barco, o como era posible que Aurora hubiese caído por un joven al que había conocido a la mitad de un bosque, alegando que lo había visto por primera vez en un sueño. Porque, si era sincero consigo mismo, era simplemente ridículo mirar a alguien y quedar flechado por el simple hecho de que jamás había visto a una persona tan hermosa, pero le había pasado, había terminado peor que Blanca Nieves, completamente enamorado de un completo desconocido con quién no había convivido más de media hora, patético.

A veces sentía que aquella conexión con el moreno se debía a algo mucho más profundo, algo que involucraba magia o algo similar, por que recordaba perfectamente que, cuando se tomaron de las manos la herencia de la luna había reaccionado con la herencia del sol y se habían equilibrado de una forma que no había vuelto a experimentar de nuevo. Había sido como si hubiese sido cosa del destino, aunque tal vez estaba cayendo en las tonterías románticas de nuevo, solo le hacía falta un hada madrina y un baile a media noche para terminar de caer en el cliché, pero las hadas se habían marchado de su reino hacía mucho y si quería encontrar el traje perfecto tendría que encontrarlo él mismo, solo, porque nadie parecía querer cooperar en aquella ridícula historia de amor que parecía nunca terminaría.

—Sí, creo en el amor a primera vista —dijo entonces su mentor, sentándose detrás de su escritorio, restándole importancia al asunto fingiendo que leía un grueso libro de alquimia. Draco levantó la vista asombrado por la respuesta pero decidió guardar silencio y dejar que continuara— hace muchos años me enamoré de una joven, teníamos solo diez años, la conocí en la plaza principal, iba acompañada por su hermana. Cuando la vi fue como si el resto del mundo hubiera desaparecido, solo tenía ojos para ella —declaró con voz suave, una que no usaba mucho— fuimos grandes amigos, mejores amigos —y entonces guardó silencio, Draco esperó paciente pero la continuación no llegó, así que preguntó.

—¿Y qué ocurrió?

—Ella se enamoró de alguien más y se casó.

Draco miró a su mentor en busca de alguna señal de debilidad que por supuesto no encontró, conocía demasiado bien a Severus como para dar por hecho que era indiferente ante aquella revelación pero su intención no era incomodarlo o hacerlo recordar cosas desagradables. Sin embargo, aquella corta historia de amor le había enseñado algo nuevo, las historias no siempre tenían final feliz, el amor no siempre era correspondido. Severus no había tenido su "y vivieron felices para siempre" y tampoco se había dado la oportunidad de rehacer su vida después de aquella mujer, no se había casado y jamás le había visto interesado en nadie más. Y de repente tuvo miedo, miedo de terminar como él, demasiado enamorado de alguien que no podía tener como para poder ser feliz. Sí, él no estaría solo, tendría a la esposa perfecta, a la reina perfecta, pero se sentiría vacío y aquello le aterró, de repente recordar aquellos bellos ojos verdes le significaron desdicha.

—No creo que debas preocuparte demasiado por amar a tu prometida —le dijo Severus, rompiendo con el incómodo silencio— esto no se trata de amor, Draco, se trata de deber, de responsabilidad. Él día de mañana, cuando llegues al reino del sol y la mires seguramente no te enamorarás de ella a primera vista, pero seguramente descubrirás cualidades interesantes en ella y con el tiempo tal vez puedas verla como una buena amiga o te enamores.

—No estoy preocupado por eso... —dijo y no era mentira. —Mejor háblame de lo que sabes del heredero del sol —pidió cerrando su libro y mirándolo fijamente.

—El heredero del sol no existe —respondió poniéndose de pie y sacando un libro del anaquel. — es por eso que no lo hemos estudiado.

—¿E-estás seguro? —preguntó recordando la sensación cálida de la piel del desconocido.

—Por supuesto, el último heredero del sol fue asesinado por el heredero de la luna, la profecía decía que una vez que esto ocurriera, ningún heredero volvería a levantarse entre el bando perdedor, por eso es que nuestro reino ha estado en guerra con el de ellos, no nos perdonan que nuestro heredero se atreviera a matar al suyo y por consecuencia perdieran el favor del sol.

—Jamás leí algo similar en los libros de historia.

—Y no ibas a hacerlo, cuando se acordó tu unión con Lila Potter ambas naciones decidieron olvidar las traiciones del pasado. De haber querido, tu padre mismo te hubiera contado la historia de las viejas rivalidades, pero ya no tenía caso; ahora seremos un solo reino y los conflictos no existirán más.

—Pero, sin un heredero del sol... ¿Qué hay del equilibrio de la naturaleza? Por años me has enseñado que para que todo conviva en equilibrio la balanza debe estar igualada, la luz y la oscuridad, el bien y el mal, yo soy viento y agua, debe existir alguien que sea fuego y tierra porque si no yo... yo no existiría.

—Bueno, teóricamente si, tienes razón, pero después de la muerte del último heredero del sol hemos tenido un par de herederos de la Luna más y no ha habido demasiado problema con ello, al menos para nuestro reino.

—¿Para nuestro reino?

—Digamos que el reino del sol la ha pasado bastante mal, sus tierras dejaron de ser fértiles, su economía se fue en picada y la crisis que los azotó casi termina con ellos, la balanza se inclinó a nuestro favor y en parte esa es la razón de su odio. James Potter fue muy inteligente al proponer el compromiso, su reino estaba pasando por una buena racha y sabía que tu padre no se resistiría, aprovechó el mejor de los momentos, una vez que tú y Lila se unan, su reinó será parte del nuestro y por lo tanto la prosperidad y la protección de la luna también será de ellos, un hombre astuto, pero desagradable, debo agregar.

—¿Y ésta racha, desde cuándo?

—No lo sé con exactitud, tal vez poco más de dieseis años —Draco asintió bastante distraído, pensando en todo lo que acababa de descubrir.

—¿Puedo retirarme ahora?

—¿Has terminado con la lección de hoy? —Draco asintió— De acuerdo, quiero verte congelar el salón con un solo despliegue de magia. —El rubio asintió y extendió las manos a sus costados cuando una ráfaga de viento salió despedida de su cuerpo entero, congelando por completo la sala, dejándola de un brillante color azul. —Descongélalo todo— ordenó y éste obedeció— manipula el agua, quiero ver una esfera perfecta —Y lo hizo— Ahora enciérrala en una burbuja de viento, bien, deshazte del agua, ahora quiero ver un torbellino, pequeño, hazlo recorrer toda la sala sin que choque con nada —obedeció— bien, deshazte de él, ve a descansar.

—Buenas noches Severus.

Se despidió y caminó lentamente hasta su habitación, al llegar se encontró cara a cara con la pared sobre la que descansaban todas sus obras, eran tantas que ya no cabían más y había tenido que pedirle a su madre un cuarto más, el que estaba justo al lado del suyo, para poder seguir llenando las paredes con su arte plagado de paisajes, animales, arquitectura, objetos cotidianos y otros pertenecientes a la naturaleza. Ahí, en el centro de todos los cuadros se encontraba el de él, lo miró por un instante preguntándose si lo que Severus le había dicho sería verdad, el despliegue de poder del joven de cabellos azabaches no habían sido alucinaciones suyas, le había visto manipular con gracia el elemento de la tierra y le había visto perder el control del elemento del fuego. Aquello no había sido un sueño, él conservaba la corona de flores que le había sido regalada y que, hasta el momento no se había marchitado.

Pensaba que debía echarle un vistazo a aquella profecía y comprobar si era posible perder el favor del sol si su heredero era asesinado por el heredero de la luna. Le preguntaría a su padre sobre aquello, si alguien tenía entre sus manos la profecía sería él y ahora que era suficientemente mayor dudaba que se negara a mostrársela. A la mejor había un hueco en todo aquello, porque él había conocido al heredero del sol, había charlado con él, le había visto mostrarle su poder y finalmente lo había visto marchar. Era posible que el joven fuese de una familia mal posicionada, podría ser el hijo de cualquiera, de una costurera, de un carnicero, de un panadero, podría haber nacido dentro o fuera del reino del sol y aquella sería razón suficiente como para que nadie lo notara.

Se quedó dormido pensando en todo aquello pero al entrar en el reino de los sueños, aquel niño de once años y piel de bronce volvió a aparecerse frente a él, pasaron la tarde en el jardín pero nuevamente, cuando estaba a punto de conocer su nombre se despertó, el sol había entrado por su ventana y era momento de levantarse, le esperaba un viaje de largas horas encarruaje y luego una tarde completa en compañía de su prometida. Se habían comprometido un año atrás y aquella sería la primera vez que se verían, la muchacha había regresado del extranjero con la única misión de conocerlo y aunque solo sería por un día, a Draco le aliviaba saber que no tendría que esperar hasta el día de la boda para saber cómo era.

Se puso de pie y caminó hasta el baño para darse una ducha a conciencia, al salir de la enorme tina de mármol enredado en su bata de lino uno de los sirvientes ya había guardado en una pequeña maleta algunas de sus cosas entre las que figuraban su cuaderno de dibujo. Se colocó su mejor traje, uno color gris perla, muy similar al color de sus ojos y peinó su ya algo cabello largo en una coleta que amarró con una cinta de satín. Su traje, hecho a la medida le hacía lucir sumamente elegante, apuesto y varonil, su madre lo había mandado a confeccionar para aquella ocasión en específico y había sido un completo acierto. Era ligero para pasear en primavera y además le quedaba muy bien.

Se marchó después del desayuno, despidiéndose de sus padres y asegurándoles que haría uso de todos sus encantos principescos para que su joven prometida quedara fascinada y no se arrepintiera de haberse comprometido con él. Subió al carruaje, iría solo a petición propia, aquella sería la primera vez que visitaría el reino del sol, la rivalidad había sido tal que en su reino no contaban ni con ilustraciones del lugar y estaba ansiosos por descubrir nuevos horizontes. Llegó a su destino al medio día, pasó la mayoría del trayecto bocetando rápidamente las cosas que veía por la ventana, así que cuando divisó el castillo no había podido quedar más impresionado; parecía estar hecho de roca blanca y oro que brillaba con el caluroso sol de primavera.

Un mayordomo le recibió e insistió en tomar su equipaje pero él se negó muy amablemente, inmediatamente después fue guiado dentro del palacio que no distaba mucho del suyo, aunque no era tan extravagante, parecía que a los monarcas de aquel reino no les gustaban las excentricidades y se conformaban con decoraciones sencillas pero agradables a la vista. Finalmente terminó de pie frente a una enorme puerta de cristal la cual se abrió de par en par ante su llegada; del otro lado, sentados en un enorme sillón de terciopelo rojo se encontraban el rey y la reina, James y Lily, acompañados de la que claramente era su hija, la princesa y su prometida. James era un hombre moreno de porte descuidado pero imponente, con cabellos oscuros y alborotados, su hermosa esposa, Lily era una mujer de tez blanca y hermoso cabello de fuego con unos hermosos ojos... verde esmeralda. Miró al rey, luego a la reina, su mente trabajó a gran velocidad pero sus cavilaciones fueron interrumpidas por un de los mayordomos.

—El rey y la reina James y Lily Potter —presentó— su hija, la princesa Lila Lily Potter, Draco Lucius Malfoy, heredero del reino de la Luna, hijo de Lucius y Narcissa Malfoy.

Sus grises ojos se posaron por primera vez en la princesa, era una hermosa jovencita de quince años, el vivo retrato de su madre, a excepción de los ojos que eran como los de su padre, de color avellana. La chica tenía su cabello rojizo peinado perfectamente y estaba enfundada en un precioso vestido verde musgo, su sonrisa era cálida y sincera, se le notaba nerviosa, pero Draco no estaba pensando en ello, si no en los ojos de la reina, que eran sumamente parecidos a aquellos que le pertenecían a su primer amor.

—Buenas tardes —saludó recordando las cortesías de la realeza, acercándose y estrechando primeramente la mano del rey y luego besando las manos de ambas damas. —Gracias por haberme recibido el día de hoy, estaba ansioso por conocer a Lila y debo admitir que me he llevado una grata sorpresa al descubrir a tan hermosa joven, sin duda, tan parecida a su madre.

—Por favor, joven Malfoy —respondió Lily un tanto sonrojada por el cumplido. Draco se perdió en sus ojos por un momento, sí que se parecían a los de él pero había algo diferente, muy diferente.

—Es un placer y un honor tenerlo entre nosotros y comprobar que es todo lo que su padre dijo que era, sin duda Lila estará encantada —dijo James con una resplandeciente sonrisa.— Nosotros debemos marcharnos, pero nuestra hija se encargará de mostrarle el palacio y esperamos que en el transcurso puedan conocerse un poco más. Queda usted en su palacio.

Y salieron. Draco miró por un instante la sala donde se encontraba, era bastante amplia para solo contener algunos sofás y una chimenea pero era bonita. Le hizo una seña a Lila para que tomara asiento antes que él y de inmediato tomó lugar a su lado, la chica era bastante sincera con sus emociones, con solo mirarla sabía que estaba nerviosa y expectante.

—Me alegra que hayas podido venir —dijo ella finalmente— debo confesar que estoy algo ansiosa, los matrimonios arreglados jamás fueron de mi agrado, pero es bueno ver que pareces ser muy normal —dijo y luego abrió los ojos, asustada— ¡quiero decir, no planeaba, no quería...! Dioses... —Draco soltó una carcajada sincera, solo había conocido a una persona tan sincera como ella.

—Pues yo estoy bastante feliz de ser alguien normal —siguió con la broma— aunque no sé exactamente qué significa eso.

—Lo lamento, mi lengua suele soltarse cuando estoy nerviosa.

—Puedo entenderlo —respondió sonriendo y ella se sonrojó, era claro que gustaba de él. —¿Por qué no comienzas hablándome de ti? —Propuso.

—Bueno, mi nombre es Lila Lili Potter, soy la hija menor de mis padres y me gustan las ciencias, mis cortesanos dicen que debería evocarme más al baile, la música y el arte, pero la verdad es que, aunque me parece bellísimo soy muy mala para para eso, en cambio la astronomía y las matemáticas se me dan muy bien ¿extraño no?

—Para nada, es fantástico encontrar a una mujer con cualidades que van más allá de lucir bien en vestido.

—¿Qué hay de ti?

—Bueno, desde joven he sido instruido en muchas ciencias y las domino casi todas, puedo hablar cinco idiomas diferentes a la perfección, pero lo que más me gusta es la pintura y la literatura.

—¿Pintas?

—Y bastante bien, si puedo presumir.

—¿Pintarías algo para mí? —Draco la miró un instante y sonrió.

—Por supuesto ¿podríamos hacerlo en el jardín? —ella asintió.

Pasaron el resto de la tarde sentados en el exterior, charlando con facilidad. Lila era una joven culta, hermosa y sociable, tomaba las riendas de la plática con facilidad y Draco se encontró rápidamente cautivado por su manera expresarse y de pensar. Severus había tenido razón, probablemente no se enamoraría de ella, pero había encontrado en la mujer una aliada muy importante y con la que congeniaba muy, muy bien. Hablaron de ciencia, de arte, de los acontecimientos sociales, bebieron el té y pasaron gran parte del tiempo sentados uno frente a otro, con Draco y su cuaderno de dibujo en una mano y la chica posando con las flores de su jardín sirviendo de fondo. Rieron sobre algunas cosas y era agradable para Draco saber que la convivencia con ella sería fácil, al menos no sería una tortura vivir con una mujer que no amaba.

Al atardecer los platos de la merienda descansaban sobre la mesita metálica entre ellos y Draco había terminado su retrato. No había llevado sus pinturas por lo que había prometido mandarle el cuadro en cuanto lo tuviera listo y ella aceptó fascinada mientras admiraba su figura plasmada en papel y carboncillo. La princesa no se había contenido a la hora de alabar su talento y Draco muy orgulloso de ello se irguió agradeciendo con fingida modestia.

—¿Podrías indicarme donde puedo lavarme las manos? —le preguntó mostrándole sus pálidas manos manchadas de carboncillo.

—Entrando a la izquierda, tres puertas —le dijo con amabilidad y Draco agradeció con un movimiento de cabeza.

Se puso de pie, tomando su maleta y su cuaderno de dibujo, lo guardaría en la maleta en cuanto tuviera las manos limpias y mandaría la maleta a su carruaje con uno de sus sirvientes. Atravesó el enorme jardín, perdiéndose entre las flores y los setos, hasta que no divisó más la figura de su prometida. Continuó caminando, seguro de que aquel era el camino de vuelta, pero flaqueando en cuanto se encontró con que estaba perdido. Después de un par de vueltas finalmente logró encontrar la puerta que daba al interior del palacio y dejó la maleta en el suelo para poder abrir la puerta del cristal. Colocó su cuaderno de dibujos bajo su brazo pero este resbaló torpemente, dejando las hojas regadas por todo el piso.

Draco se apresuró a recogerlas mientras maldecía internamente, sus dedos llenos de grafito manchaban algunos de sus trabajos y aquello lo ponía de mal humor, finalmente, cuando iba a recoger la última de las hojas una pequeña brisa primaveral la levantó y la mandó lejos. Con un claro fastidio reflejado en sus ojos se apresuró a ir tras ella, hubiera podido usar su poder de viento, pero su padre le había pedido que mantuviera aquello en secreto hasta después de la boda y él no iba a desobedecerlo. Recorrió algunos arbustos con rosas blancas hasta que atrapó la hoja en el aire, al mismo tiempo que otra persona.

Draco iba a agradecer el gesto y la ayuda como las cortesías indicaban, solo esperaba no haberse topado con alguien importante, pues con las manos llenas de grafito sería realmente incómodo tener que saludar. Pero grande fue su sorpresa cuando lo que encontró del otro lado de la hoja fueron unos hermosos y brillantes ojos verdes. El hombre frente a él no lo miraba, estaba bastante perdido en la hoja que había quedado entre sus manos, admirando alguno de sus bocetos, sin percatarse que cierto príncipe frente a él estaba a punto de desmayarse de la impresión.

Frente a él estaba aquel joven, lo hubiera reconocido donde fuera. Estaba de pie frente a él, mirado sabía dios cuál de sus bocetos, ahí, de pie, completamente ajeno a la manera en que su corazón amenazaba con salirse de su pecho. Después de años de búsqueda, después de años de sueños que le incluían, después de tanto, tanto tiempo él estaba ahí, con sus hermosos ojos verdes detrás de aquellas gafas redondas, con aquella cicatriz y su inconfundible forma, con su perfecta piel bronceada sus cabellos alborotados. Y joder, había cambiado, y bastante, había dejado de ser el muchacho bajito y flacucho que era para convertirse en un joven muy, muy apuesto y en forma y Draco pensó que se derretiría de seguir en su presencia. Si antes, a los once años había creído estar enamorado de él, ahora lo confirmaba, estaba completamente prendado de él y se estaba volviendo loco.

Temblaba, nervioso, las manos le sudaba, sentía ganas de vomitar y sus piernas le decían que debía salir corriendo de allí. Su mente trabajaba a gran velocidad, ¿debía decir algo? No lo sabía, estaba aterrado, aterrado de que no le reconociera y aquello lo dejara en ridículo, estaba aterrado de terminar igual que Severus, aterrado porque aquel segundo encuentro solo había servido para confirmarle lo que ya sabía, aquel joven era para él, podía sentir en su aura algo atractivo y embriagante, su amor infantil había sido sustituido por algo mucho más real y palpable y estaba muy asustado.

Entonces el chico levantó la vista y le miró directamente. Había soñado por mucho tiempo que aquello ocurriría y había creado en su mente un sinfín de escenarios románticos en los que él le confesaba haberlo buscado por años pero ahora su voz se había marchado y todo lo que podía hacer era mirarlo con las mejillas encendidas mientras pensaba que no se equivocaba, que aquel joven frente a él era el hombre más hermoso sobre la faz de la tierra. Y el moreno tampoco dijo nada, le miró por un largo rato como si intentara comprender el porqué de su actitud y Draco no lo soportó mucho más, era obvio que no le recordaba y aquello le rompió el corazón. Extendió su mano hasta la hoja que el ojiverde sujetaba, dispuesto a tomarla y marcharse con una disculpa, mientras intentaba recomponerse de la decepción.

El pelinegro no apartó sus ojos de él ni un segundo mientras el rubio tomaba la hoja con delicadeza, percatándose de que el boceto plasmado en ella era ni más ni menos que uno de los retratos que le había hecho al joven frente a él y se sintió sumamente abochornado. Aferró con fuerza el papel y prácticamente la arrancó de las manos de su acompañante, susurró un "lo siento" que sonó a un susurro y dio media vuelta pensando en que había pasado años enteros recordando a alguien que lo había olvidado, y se sentía tonto, era claro que las cosas no ocurrían como en los cuentos de hadas, que él hubiera quedado flechado no significaba que sería correspondido y dolió.

Había olvidado totalmente que debía lavarse las manos, lo único en lo que pensaba era en que debía volver con su prometida, despedirse como era debido y volver a su reino, pero entonces una mano sujetó la suya y un torbellino de viento involuntario escapó de su cuerpo, agitando la maleza con delicadeza. Se dio media vuelta para encontrarse de nuevo con aquellos ojos verdes que ahora le miraban diferente, la tierra comenzó a vibrar, el viento sopló más fuerte y entonces le dijo:

—Eres tú.