—¡Vamos Harry! ¡Ponte de pie, estamos de vuelta —le dijo su hermana zarandeándolo de manera emotiva mientras él intentaba desperezarse— ¡Vamos! ¡Date prisa, Cedric ya debe de estar esperando por nosotros en el muelle! ¿No estás ansioso? Parece que fue hace un siglo que no vemos a papá o a mamá, espero que hayan preparado aquella tarta de melaza que tanto nos gusta. ¡Oh Harry! ¡Es tan bueno estar de vuelta! ¿Aún no te levantas? Pareciera que no tienes prisa ¿es que acaso no extrañas a Diggory?
—Comiste demasiada azúcar durante el viaje, te he entendido la mitad, Lila ¿es que acaso planeas recibir a tu prometido en este estado? ¿Qué dirá la profesora McGonagall? Estaría muy decepcionada de no verte actuar como la reina que serás pronto. —replicó ya levantándose de la cama y evadiendo el tema de Cedric Diggory.
Algunos años atrás, poco antes de que se marcharan del reino del sol para ampliar sus conocimientos y horizontes, su pequeña hermana, Lila, le había confesado estar enamorada de Cedric, uno de los sirvientes del castillo más jóvenes. Cedric era mayor que él por tres años, hijo de uno de los guardias del palacio, de cabellos castaños y ojos como de oro, Cedric era como el sol, brillante y amable, caluroso e imponente, su pálida piel contrastaba con cobre de su cabello y su reluciente sonrisa le decía al mundo que no existía hombre en el reino más apuesto. A Harry no le había sorprendido demasiado que su hermana, de ese entonces trece años hubiera caído rendida a sus pies, tal cual él había hecho. ¿La diferencia? Diggory le había correspondido a él y no a ella, lo que hubiera causado un escándalo en todo el reino; él único heredero era homosexual, algo imperdonable. Pero su hermana era noble, buena y le amaba más que a nada en el mundo, así que cuando se enteró no hizo de ello un alboroto, simplemente se retiró con la cara en alto, prometiendo guardar su secreto.
Sin embargo aquella hermosa relación terminó cuando Harry tuvo que partir del país, un romance a distancia sería mucho más peligroso, con sus cartas expuestas y gente desconocida a su alrededor. Cedric lo había aceptado con algo de tristeza, a Harry le costó mucho menos trabajo, pero el problema de verdad fue cuando sus padres se enteraron; no lo habían desheredado, ni lo habían entregado a algún verdugo como marcaba el protocolo, todo con una sola condición, debía cederle la corona a su hermana menor y permitir que ésta se desposara con un hombre que beneficiara sus tierras. Harry había estado aterrado, Lila siempre había sido una niña con sueños y casarse por conveniencia no entraba dentro de sus planes. Sin embargo, su hermana una vez más se sacrificó por su felicidad y aceptó el trato sin titubear; ella sería la reina, tendría como marido al príncipe del reino de la luna y Harry podría estar con quien quisiera, siempre con discreción.
Él sabía que para Lila las cosas no serían fáciles, era por eso que intentaba siempre lo mejor de sí para hacerla feliz; cumplía todos sus caprichos, pasaban más tiempo de calidad que cualquier pareja de hermanos y se entendían mejor que nadie en el mundo, con una sola mirada se comunicaban y con una sonrisa se respondían; para Harry no había nada ni nadie más importante que su hermana y para Lila no había nadie sobre su hermano mayor. Pese al compromiso arreglado, la joven Potter siempre intentaba ver todo con humor, solía decir que con mucha suerte su príncipe sería el más encantador del mundo, que se enamoraría de él nada más mirarlo y tendrían un final feliz como en todos esos cuentos que solía leerles su madre de niños, y Harry de verdad deseaba que las cosas ocurrieran de aquella manera, deseaba que el príncipe del reino de la luna fuera un hombre culto, inteligente, apuesto y caballeroso, todo lo que merecía su hermana y mucho más, deseaba que éste hombre se enamorara de ella también, como en los cuentos, deseaba que juntos fueran felices y llevaran al nuevo reino que se levantaría hasta la cima.
Era verdad que a veces anhelaba la corona, aquella que por derecho le pertenecía, pero sabía que las intenciones de sus padres habían sido solo las mejores, pues de imponerle el trono él tendría que casarse con una mujer y vivir una vida en la que tendría que fingir cada día hasta su muerte. Y no era que los sentimientos de Lila no importaran, pero James y Lili le habían dado a escoger y ella había elegido; ella no estaba enamorada de nadie, ella no tenía problema en conocer a alguien nuevo y Harry le agradecería toda la vida su sacrificio, pues, aunque las cosas con Cedric no se retomaran al volver, él sería libre para ser quien era y de todas formas él sabía que su hermana sería una monarca inigualable.
Pese a no ser el heredero del reino del sol, Harry había partido junto a su hermana para recibir la misma educación como si fuese a serlo, estudiaba día y noche todo lo que necesitaba saber para dirigir un reino y era tan capaz como ella de ser un gran líder. Sin embargo, la razón principal de su partida había sido el hecho de que con el tiempo cada vez le era más difícil controlar la herencia del sol; sus poderes se descontrolaban con facilidad, sobre todo el elemento del fuego y era un elemento destructivo, no deseaba dañar a nadie. Sus padres pues, acudieron a Albus Dumbledore, un hombre sabio y muy anciano quién le había enseñado a controlar su poder y a dominarlo con maestría y, aunque aún le faltaba mucho por aprender, al menos podía irse a dormir sin miedo a incendiar la habitación entera. Sus padres le habían dicho que era de suma importancia ocultar su condición como heredero del sol y él había obedecido sin cuestionar nada, nadie sabía sobre sus poderes, solo sus padres y por supuesto, su siempre fiel hermana.
El sol le dio de lleno en el rostro cuando bajó del barco cargando su maleta y la de su hermana, el equipaje no era mucho, se quedarían solo un día, pues luego debían volver y seguir con su educación fuera del reino. La única razón de su regreso había sido el compromiso de su hermana, por fin, después de años ella conocería al que sería su esposo para toda la vida, el chico que representaba la unión entre ambos reinos, la entrada de la paz y la prosperidad a aquellas divididas naciones. Harry no había planeado volver, pero Cedric había sido bastante insistente en una de sus cartas así que al final cedió y su hermana estaba completamente feliz de tener algo de compañía.
Estaba atardeciendo y era primavera, una de las estaciones que favorecían al heredero del sol, así que con mucha energía tomó la mano de su hermana y juntos caminaron por el muelle hasta que divisaron el conocido rostro de Cedric Diggory. Se saludaron con respeto, como un sirviente saluda a su amo y cuando ambos jóvenes estuvieron dentro del carruaje simplemente se dejaron llevar. El camino hasta el castillo no tomó mucho tiempo, apenas había anochecido cuando los caballos les dejaron frente a la puerta principal. Diggory recogió las maletas y le dirigió a Harry una mirada llena de anhelo mientras éste le sonreía cariñosamente. Lila soltó una risita enternecida y luego tomó el brazo de su hermano. En el vestíbulo se encontraban sus padres, quienes los recibieron con un fuerte abrazo.
El resto de la noche se fue entre una deliciosa cena y una larga charla sobre muchas cosas que habían ocurrido en los últimos meses. No había lugar como el hogar, pensaba Harry y no veía el momento de cumplir la mayoría de edad y poder volver de manera permanente a donde pertenecía, su muy adorado reino, junto a su hermana, sus padres y el hermosos jardín donde le gustaba pasar el tiempo, tendido sobre la hierba, alimentándose del sol, junto a Cedric quién parecía no haberle olvidado, entre aquellos brazos que alguna vez significaron la libertad.
Si, Cedric había sido su primera relación formal, una secreta, pero formal al fin y al cabo, con él había aprendido la palabra noviazgo y lo que aquello conllevaba, pero no había sido su primer amor, aquel que Harry jamás olvidaría, por mucho que lo intentara. Su primer amor había sido un jovencito del cual nunca supo su nombre, de hermosos cabellos platinados, facciones afiladas y preciosos ojos color plata, lo había conocido una tarde de verano mientras sus padres estaban en una visita diplomática con el rey del reino de la luna. Su hermana y él solo los habían acompañado por curiosidad, siempre habían querido conocer aquel reino y aquello era una oportunidad única, dada la situación política entre ambas tierras. Lila se había perdido entre las flores del jardín nada más bajar del carruaje, su nana había estado muy preocupada por lo que, cumpliendo con su deber de hermano mayor había ido en su búsqueda sin saber que aquello le llevaría a enamorarse.
Los jardines del palacio eran enormes por lo que pronto se encontró extraviado también, llamando a su hermana con voz fuerte, esperando a que no se hubiera metido en problemas, pues sus padres no estarían mucho tiempo dentro del castillo y temía que el rey de aquel lugar se ofendiera al encontrarlos merodeando en su morada. Finalmente y con mucho esfuerzo, había llegado a un lugar apartado del jardín, bastante oculto por los árboles y las flores, había estado a punto de volver a llamar a su hermana pero una silueta recargada en un árbol le detuvo, era él y estaba profundamente dormido.
Había sido amor a primera vista, no existía nada más que pudiera explicar aquella cálida sensación que se instaló en su pecho nada más mirarlo. Había sido como si un hilo invisible lo hubiera arrastrado hasta él y cuando menos se había dado cuenta ya se encontraba frente a aquel bello rostro. Era como un ángel, uno brillante y perfecto y Harry deseó poder tocarlo y comprobar si la piel de sus mejillas era tan aterciopelada como aparentaba. Pero el muchacho respondió y verlo posar su mirada en él le provocó una cercanía, una confianza y una felicidad tan inmensa que parecía surreal. No sabía quién era, ni como se llamaba, lo único que sabía es que se había colado en su corazón como nadie había hecho nunca y solo tenía once años.
Pero sin duda lo mejor fue descubrir que al igual que él, aquel chico poseía habilidades que nadie más tenía, fue fantástico descubrir que tenían en común poderes tan extraordinarios y la sensación cuando se tomaron las manos por primera vez fue tan agradable que no había querido soltarlo, fuego y viento encontrándose y equilibrándose mutuamente. Pero el sueño terminó tan rápido como comenzó, después de mostrarse sus habilidades, reír e intercambiar como regalos un hermoso dibujo hecho por el rubio y una corona de flores hecha por él, Harry recordó que debía encontrar a Lila para no meter a sus padres en problemas y se fue de ahí, olvidando por completo preguntar el nombre de aquel hermoso ángel bajo el árbol. Solo cayó en cuenta de su error cuando volvieron a su reino y su padre les anunció que probablemente no volverían pues las cosas con Lucius Malfoy no habían salido muy bien.
Entonces ahí se terminaron sus sueños e ilusiones, el heredero de la luna residía en un reino al que no le dejarían entrar y jamás lo volvería a ver. Pese a todo jamás lo olvidó, no olvidó ni una sola de sus facciones y su rostro se encontraba tan dentro en su mente que a veces le visitaba en sueños y volvía a hablarle con su voz comprensiva y cariñosa mientras corrían entre aquellos jardines que jamás volvería a ver. O eso había creído.
No iba a mentir, cuando la unión de su hermana con el príncipe del reino de la luna fue anunciado, una nueva esperanza se instaló en su pecho, creía posible que cuando ambos reinos fueran uno solo podría ir en busca de aquel que había sido su primer amor, pero luego cayó en cuenta de que la realidad era mucho más difícil; si aquel joven resultaba no ser homosexual se metería en problemas y podían lincharlo y masacrarlo, pero sobre todo, metería a su hermana en problemas, siendo la nueva reina de aquel nuevo régimen. Y estaba asustado, porque había visto lo que les hacían a las personas como él, pero la añoranza era tanta que siempre terminaba soñando que aquel rubio le correspondía y se iban lejos, a vivir felices para siempre.
Se recostó en su cama, con aquel viejo dibujo entre sus manos, recordando una vez más a aquel jovencito quién a esas alturas seguramente sería un hombre alto y apuesto, como un verdadero príncipe. Entonces escuchó un par de golpes en su ventana y se puso de pie, dejando la ya arrugada y vieja página sobre la mesita junto a su cama. Cedric estaba bajo su balcón, con un par de caballos, Harry le sonrió y se deslizó por una de las columnas, temiendo que alguno de los sirvientes lo mirase deambular por los pasillos y lo reprendiesen. Cabalgaron por un largo rato alrededor del lago y compartieron varios besos antes de que Harry decidiera que era hora de volver, Cedric por supuesto había esperado un poco más de acción, pero Harry se marcharía pronto, y tener sexo con él le haría las cosas mucho más difíciles. Finalmente regresó a su habitación trepando por las enredaderas de la pared y se fue a dormir, abrazando el único recuerdo del chico de ojos plata.
Al día siguiente todo era un caos en el castillo, los sirvientes iban de un lado a otro encargándose de los preparativos de la llegada del príncipe, Harry llegó al comedor para encontrarse a sus padres desayunando entre charlas y risitas tranquilas y finalmente tomó asiento junto a su padre.
—¿Has dormido bien? —Preguntó Lily.
—Si, mamá, ¿Qué tal tú? —preguntó mientras le era servido el desayuno.
—Hubiera descansado mejor sin esos ruidos de cascos de caballo a media noche —dijo entre divertida e indignada. Harry se sonrojó fuertemente.
—Buenos días— saludó Lila aún en pijama, luciendo muy despeinada y un tanto nerviosa.
—¿Lila, cariño, te has peleado con la cama una vez más? —Preguntó James sonriendo— No me respondas, has perdido ¿cierto? —todos rieron menos ella.
—Estoy muy nerviosa —confesó— no tengo hambre si quiera —pero la sirvienta le sirvió igual y pese a su declaración la chica comió.
—No deberías estarlo —le dijo Harry tomando su té —eres hermosa, inteligente y graciosa, sería estúpido si no cayera a tus pies.
—Harry...
—Lo siento mamá; sería un completo idiota si no cayera a tus pies —se corrigió.
—Tal vez no le gusten las personas como yo y quiera romper el compromiso —dijo con pesar, tomando un gran bocado de su desayuno —tal vez, tal vez le gustan más, más diferentes.
—No seas tonta, Lila, eres perfecta —le apoyó su hermano,— lo más probable es que la que quede desencantada seas tú, tal vez sea un patán arrogante como su padre, o tal vez se coma los mocos —James y Lila rieron pero Lily negó divertida— tal vez sea muy feo, muy, muy feo y entonces tú desearás romper el compromiso y él va a rogarte por que jamás encontrará a nadie como tú.
—O tal vez sea un hermoso príncipe y nos enamoraremos nada más mirarnos y viviremos felices para siempre mientras ordenamos cortar las cabezas de nuestros enemigos —respondió Lila de mejor humor, con tono soñador.
—Sí, ese era nuestro pasatiempo favorito cuando jóvenes, ¿verdad Lily? —preguntó James, siguiéndoles la broma.
—Lo recuerdo como su hubiera sido ayer— concordó la mujer y todos echaron a reír.
Al terminar el desayuno, Harry ya aseado decidió salir a visitar su jardín, sabía que el joven príncipe llegaría pronto pero pensó que su presencia no sería requerida, así que se perdió entre la maleza y los árboles, haciendo crecer flores a su paso, plagando de naturaleza aquellas partes que aún se encontraban vacías. Tuvo mucho cuidado de no quemar nada y finalmente fue a parar junto a la fuente, donde Cedric, usando una delgada camiseta de algodón se encontraba podando algunos de los arbustos, lleno de tierra y sudoroso, luciendo realmente varonil. Potter se sentó en el pasto a observarlo en silencio, como cuando se había dado cuenta que le gustaba y no se animaba a cruzar una palabra con él.
—Es un día demasiado caluroso, pero tú no has sudado ni un poco —le dijo el castaño percatándose de su presencia. ¿Cómo lo haces?
—El sol y yo somos uno mismo —dijo a modo de broma, aunque era más o menos la verdad.
—Luces tan fresco como en otoño —continuó podando y se quedaron en silencio. —¿Vas a marcharte de nuevo, cierto?
—Ya te lo había dicho. Aún tengo asuntos en el extranjero.
—¿Pero, volverás?
—Lo haré.
—¿Y querrás volver conmigo? —Harry miró alrededor, esperando que nadie más los escuchara.
—¿Querrás hacerlo tú?
—Estoy enamorado de ti, Harry y lo sabes. Si hubiese sido por mí esto jamás hubiera terminado.
—Sabías que era peligroso. Fuera del castillo no hay nada que nos proteja —el sirviente suspiró y asintió resignado.
—¿Te has divertido anoche?
—Sí, fue fantástico —sonrió ampliamente.
—Me hubiera gustado que te quedaras un poco más.
—No podía, mi madre nos descubrió —el castaño lo miró lleno de pánico.—Tranquilo, no me ha regañado ni nada.
Continuaron la tarde entre charlas mientras Diggory intentaba cumplir con su trabajo. Cuando tuvieron tiempo, se escabulleron en la parte más alejada del jardín y pasaron algo de tiempo juntos, mirando las nubes y charlando, tomados de la mano y riendo de bromas tontas hasta que estuvo por atardecer. Se habían saltado la hora del té y la merienda por lo que con mucho pesar, Potter se despidió del buen rato y se puso de pie, dispuesto a cambiarse de ropa y descansar antes de que fuese la hora de la cena, pero justo a unos metros de la entrada al castillo una hoja de papel voló hacia él y él la sujetó de manera indiferente, atrapándola en aire.
Sintió que alguien tironeaba ligeramente de la hoja de papel, pero él no estaba prestando atención de verdad, aquella hoja tenía plasmada en una de sus caras un rostro, un dibujo, no uno cualquiera, uno de él, de él cuando era mucho más joven. Miró la maestría con la que había sido elaborado y admiró cada trazo y observó cada movimiento del grafito, tan delicado y en ritmo. Entonces la persona que halaba la hoja la soltó y él levantó la vista solo para encontrarse con aquel rostro que plagaba sus sueños desde que era un chiquillo.
Allí estaba él, el ángel del árbol y le estaba mirando con los ojos bien abiertos, como si le tuviera miedo, pero aunque él quería decirle algo, lo que fuera, no podía, su cuerpo no le respondía pese a que su mente corría a mil por hora. Había soñado con aquel momento más de una vez y nunca jamás imaginó que lo encontraría ahí, en su jardín, tan guapo, alto y bien parecido. Y creyó que se desmayaría de la impresión. Quería extender sus brazos y estrecharlo, pedirle disculpas por haber sido tan distraído y no haberle preguntado su nombre. Pero entonces el pánico volvió a apoderarse de él, el miedo a ser expuesto por su condición sexual, pese a que aquellos ojos le miraban con un anhelo que se transformó en tristeza. Entonces el chico se disculpó en voz baja, dio media vuelta y comenzó a caminar.
Todos sus sentidos entraron en alerta, se estaba marchando, lo estaba perdiendo de vista nuevamente y no quería. Quería verlo sonreír, no quería verlo triste. ¿Había creído que lo había olvidado? Probablemente, se había quedado como un completo idiota ahí de pie, sobrepasado por la situación, sin decir nada, sin si quiera hacer una mueca, demasiado paralizado como para actuar. Y entonces, cuando se dio cuenta de la nueva oportunidad que le estaba dando la vida caminó decidido a detenerlo, porque aquello debía ser el destino, es decir ¿Qué posibilidad existía de encontrárselo precisamente en su casa, el único día que permanecería en ella después de tantos años?
Entonces sintió que los nervios le traicionaban, amenazando con hacer que el elemento del fuego se descontrolara y causara caos. Caminó más rápido, extendió la mano, las llamas estaban por salir, entonces le sujetó la mano y todo entró en equilibrio nuevamente, el fuego se tranquilizó en su interior, la tierra tembló ligeramente, un torbellino de viento los rodeo, el rubio se giró, muy sorprendido, con las mejillas rojas por la vergüenza y él solo atinó a decir.
—Eres tú.
Se miraron por largos minutos, analizando las facciones ajenas y lo que Harry encontró en los ojos de aquel chico fue la respuesta que necesito para dar un paso hacia adelante y estirar su mano hasta su rostro. Sus ojos no se apartaban, el rubio soltó un suspiro que sabía a espera contenida y que por fin liberaba. Su mano morena estaba a punto de llegar hasta aquellas mejillas y las acariciaría, como si fuese lo más natural del mundo, como si llevaran años haciendo lo mismo, pero entonces una voz les interrumpió y el rubio se alejó con prisa un par de pasos de distancia, claramente nervioso.
—¡Draco! —Había dicho Lila y Harry miró a su hermana, creyendo que aquel era el nombre más hermoso que hubiera escuchado nunca, pero entonces una nueva duda surgió en él, ¿Por qué Lila sabía su nombre? — Harry, estás aquí, no te había visto en todo el día —entonces la chica se colgó del brazo del rubio y Harry comprendió todo mientras el mundo se le venía abajo— Draco, éste es mi hermano, Harry, del que te hablé, hermano, éste es Draco Lucius Malfoy, mi prometido.
