Estaba nervioso, caminando de un lado a otro en su habitación, sosteniendo la última carta de Malfoy, aquella a la que había respondido más de un mes atrás y no había recibido respuesta después de ello, aquella donde el rubio le pedía sin razón aparente que dejaran de comunicarse y que le había dejado el corazón destrozado. Había intentado pedirle una explicación, había intentado convencerle que platicar y ser amigos no tenía nada de malo, pero Malfoy no había respondido a sus súplicas, porque si, prácticamente había suplicado que no rompiera con aquel único contacto que los mantenía unidos, que le hacía sentir que lo que tenían era palpable y real, que existían en el mismo mundo y que se entendían mejor que nadie. Pero había sido en vano, Malfoy había tomado una decisión y Harry no había podido hacer nada para persuadirlo.

Intentaba canalizar toda su frustración sobre el príncipe de la luna, pero sabía que de nada serviría, pues entendía perfectamente sus razones, aunque Draco en ningún momento las había expresado, sabía el porqué de su repentina decisión y cambio de actitud, entendía perfectamente porque él también había llegado a plantearse el alejarse del que pronto sería su cuñado y es que, aunque ambos se habían mantenido firmes en la línea de la amistad, Harry sabía, porque podía sentirlo, que los sentimientos que guardaban el uno por el otro habían crecido y cada vez era mucho más difícil no expresar con palabras lo que de verdad sentían. Pensaba que Draco estaba asustado, tan asustado como estaba él, lo había visto en sus grises ojos, cuando se reencontraron más de un año atrás en los jardines de su castillo; se habían mirado a los ojos, se habían reconocido, habían dejado que las emociones les invadieran y habían estado tan cerca el uno del otro que había podido sentir su respiración pegando contra su rostro y entonces había llegado Lila y Malfoy se había puesto más pálido que de costumbre y cuando fueron presentados y la realidad cayó sobre sus hombros pudo darse cuenta de que Draco se sentía culpable y abrumado, pues le correspondía y no podía, no debía.

Harry había pasado aquella tarde tan azorado como el príncipe del reino de la luna, con el cerebro trabajando a toda velocidad, convenciéndose de que aquello tenía que ser un mal sueño, pero no lo era y ambos estaban tan confundidos que cuando fue el momento de que Draco partiera solo lograron dedicarse una última mirada que decía de manera silenciosa lo mucho que lamentaban que las cosas no fuesen de otra manera. Todo cambió con el asunto de las cartas, habían encontrado en ellas una manera de mantener viva aquella llama que había nacido muchos años atrás y que no se había apagado, solo había crecido, porque después de su reencuentro el olvidarse se había vuelto una tarea imposible y mantenerse lejos el uno del otro también. Harry había preferido su amistad a no tener nada y ahora ya no la tendría tampoco.

Entendía que lo mejor era alejarse, que de permanecer así de unidos las cosas podían salirse de control y que podía terminar dañando a la persona que más amaba en el mundo, a su hermana. Y se sentía tan mal, pues Malfoy había tenido los pantalones suficientes para mantenerlo en su lugar, había sido lo suficientemente responsable al pensar en sus reinos, en Lila y en su deber, al contrario de él quien simplemente estaba pensando en sus sentimientos, pero es que jamás había deseado tanto tener algo como deseaba tener a Draco Malfoy. Y justo en ese momento sentía un particular rencor por sus padres que jamás le forzaron a nada como los padres de Malfoy lo habían hecho con su unigénito, y ahora entendía que había sido un gran error no ser un poco más rígido, como él.

Se había acostumbrado tanto a la comunicación con el rubio que el no tenerla le carcomía lentamente los nervios, ansioso, como si aquellas palabras contando su día fuesen el oxígeno que necesitaba para respirar y poder vivir; se había acostumbrado a leerle feliz por que algún tratado había salido de maravilla, porque había logrado reducir la pobreza en sus tierras, enojado por la traición de algún monarca, ansioso por que alguna nueva pintura llegara desde el extranjero, porque por fin llegaran sus nuevos lienzos de importación, lo había leído satisfecho de si mismo cada que aprendía alguna nueva manera de aprovechar la herencia de la luna, había aprendido a conocerle con solamente aquel conjunto de letras, palabras y oraciones, como si todas aquellas cosas se las hubiera compartido de frente, tomando el sol en el jardín del reino de la luna.

Sin embargo ahora se había quedado sin amigo y todo lo que le quedaba eran aquellas cartas que, aunque funcionaban como una prueba irrefutable de que aquello había sido real, también parecía que se desvanecían entre sus manos y ahora estaba por arribar al puerto de su reino, con Draco Malfoy esperándole... no, esperando a su hermana en el carruaje y dispuesto a llevarlos a casa, aquel lugar al que había deseado fervientemente volver y ahora se arrepentía, sabía lo mucho que le costaría mantener la máscara, sabía lo difícil que sería para él no sucumbir ante los deseos de su corazón y de verdad esperaba que el amor por su hermana fuese lo suficientemente fuerte como mantenerlo fuera de aquel problema.

Finalmente cansado de dar vueltas en su alcoba se sentó en la cama del pequeño camerino del barco, el sol de primavera ya estaba saliendo y calentaba muchísimo, lo que antes le hubiera traído tranquilidad y paz, pero que ahora no servía ni para hacerlo destensar ni un poco. Allá, en el horizonte se divisaba tierra firme y aunque por naturaleza la herencia del sol le hacía querer apartarse de lugares demasiado húmedos como el mar, no quería bajar de ahí, pues de hacerlo tendría que mirarlo y no sabía como debía actuar. Nadie sabía sobre su amistad por correspondencia y dudaba que el rubio se lo hubiera mencionado a su hermana ¿debía saludarlo como a un viejo amigo? ¿Debía hacerlo cortésmente, como se saluda a un desconocido? No tenía idea, solo sabía que su cabeza estaba por explotar.

Lila apareció por la puerta de su habitación, completamente perfecta, con un precioso vestido color crema, su lacio cabello de fuego recogido en un hermoso moño, con pequeñas florecillas adornando su tocado, con las joyas necesarias en su cuello, manos y orejas y Harry jamás lamentó tanto que su pequeña hermana fuese tan bonita, Draco fácilmente podía caer por ella y aunque sabía que era lo mejor, se rehusaba a perderlo, pese a que nunca había sido suyo. Su hermana se adentró a su habitación y mientras comenzaba a hablar nuevamente sobre lo nerviosa que estaba le ayudó a arreglar su traje, él también había elegido sus mejores galas, pese a que se había convencido de que no lo hacía por Malfoy.

Los sirvientes tomaron sus equipajes y Lila se sujetó de su brazo, mientras caminaban lentamente hasta la escalinata que los dejaría descender. El puerto estaba lleno, todo su pueblo estaba reunido ahí para recibirlos como merecían y aunque a Harry jamás le había gustado ser el centro de atención, sonrió y saludó tímidamente, mientras su hermana, un poco más desenvuelta agitaba la mano con ímpetu, agradeciendo a todos casi a gritos por su bienvenida tan calurosa. Recibieron un montón de canastas con flores, frutas, verduras y panes que la servidumbre se encargó de cargar por ellos mientras los guardias del castillo les abrían paso hasta el carruaje.

Harry sintió un hombro muy pegado al suyo y alzó la vista, su viejo amigo Ronald se encontraba ahí, vistiendo el uniforme de la guardia real, sonrió, demasiado contento por él, durante su última estadía en el reino del sol se había enterado que su mejor amigo se encontraba en entrenamiento para pertenecer a la guardia y le alegraba ver que lo había conseguido.

—Te queda muy bien —le dijo sonriente, — estoy feliz de verte, han pasado años.

—Bienvenido de nuevo a sus tierras, su majestad —le respondió con fingida educación— luces bien Harry, te has estado ejercitando, me alegra, comenzaba a preocuparme de que fueses tan flacucho. Mamá había insistido en mandarte a ti solo una cacerola entera de su guiso especial. Gracias al cielo solo ha preparado lo suficiente.

—Lo que sea que Molly prepare lo comeré con gusto en grandes cantidades.

—¿Dónde está Ginny? —preguntó Lila.

—En la tienda con Fred y George, pero vendrán a visitarlos más tarde, si no están ocupados, por supuesto.

—Eso tendríamos que decidirlo al llegar —respondió Harry— mamá y papá no nos han dicho absolutamente nada sobre el itinerario de hoy —llegaron al carruaje y Ron les abrió la puerta.

—Bueno, aquí nos separamos, pero nos veremos después—dijo Ron y ayudó a Lila a subir, luego susurró— Los Malfoy son todo un caso Harry, bastante odiosos si puedo decir, espero que sobrevivas rodeado de ellos, no se parecen para nada a tu familia, son muy severos y rígidos.

—Imaginé que los serían, pero tranquilo, sobreviviré. Salúdame a tus padres y a tus hermanos ¿de acuerdo? Dile a Hermione que se pase pronto por el castillo —Ronald sonrió en respuesta y Harry subió.

Nada más entrar se encontró con Draco Malfoy dándole la espalda de manera descarada mientras charlaba con Lila en voz muy baja sobre algo que no le interesaba escuchar. Se sentó frente a ellos, junto a la ventanilla y la puerta se cerró ligeramente, el carruaje comenzó a avanzar de manera lenta, mientras los caballos de los guardias flanqueaban el vehículo, obstruyéndole un poco la vista. A la mitad del viaje Harry comprendió que Draco no lo miraría, lo único que había obtenido de él había sido un escueto saludo con la cabeza y un "buenos días" que sonó más frio que el elemento viento que manejaba. Cuando estaban a punto de llegar le descubrió por el reflejo de la ventanilla, mirándolo como si quisiera decirle algo y acercarse, pero aquella mirada fue alejada de inmediato, cuando Lila se rio de algo que Harry no escuchó. Aquel fue el único contacto decente que hicieron y Harry bajó del carruaje bastante frustrado mientras veía a su hermana y su prometido alejarse hasta la entrada del castillo, tomados de las manos.

Sabía que estaba pisando demasiado fuerte y que de encontrarlo McGonagall, su mentora, de aquella manera le castigaría una semana, pero la mujer estaba del otro lado del mar y no le importaba lucir más como un niño berrinchudo que como un príncipe de ya dieciocho años. Se cruzó con un par de sirvientes y los saludó aún de muy mal humor, el suelo tembló ligeramente, la tierra se sacudía y algunas rocas de tamaño pequeño levitaban estrellándose contra los cristales de las ventanas del castillo. Los candelabros se mecían lentamente, los jarrones temblaban y cuando se plató frente a la puerta del comedor se obligó a relajarse.

Cuando uno de sus hombres le abrió la puerta sus padres, su hermana y Draco le miraban de manera interrogante, probablemente habían sentido su pequeño descontrol de magia. Intentó, con mucho esfuerzo recordar las cortesías de la realeza, se acercó hasta los Malfoy de la manera más amable que pudo, sonriendo tranquilamente y halagando a Narcissa Malfoy; ahora entendía de donde había heredado Draco su belleza, Lucius era guapo, pero Narcissa era preciosa, a un nivel completamente diferente. Se excusó por llegar tarde y tomó asiento junto a su padre. La merienda transcurrió con una escueta charla sobre negocios y política que Potter no tenía ganas de seguir pese a las miradas de su madre que le advertían que debía mantener la compostura.

Finalmente la tortura terminó cuando los Malfoy y sus padres se llevaron a los novios a una sala aparte para comenzar con la planeación de la boda y aunque Lila había dicho que podía estar presente él no se sentía con muchas ganas de soportar ni un minuto más de aquella tortura personal. Reencontrarse con Draco había sido mucho más difícil de lo había esperado, sus ojos le llamaban a gritos, su piel le rogaba que la tocara, sus cabellos suplicaban ser acariciados y sus labios ser besados. Le atraía como la miel a las abejas y apenas y había logrado mantener compostura. La atracción entre ellos había crecido exponencialmente, ahora Harry ya no veía solamente a aquella cara bonita y cuerpo de en sueño que significaba Draco, veía también al joven solitario, al príncipe obediente, al ser humano detrás de aquella apariencia serena.

Decidió que no podía permanecer dentro del castillo, estaba asfixiándose, claustrofóbico entre aquellas paredes de mármol y piedra. Salió hasta el jardín, quitándose la chaqueta que le cortaba la respiración, se aflojó el corbatín y se tiró junto al pequeño lago, dejando que el viento limpiara sus problemas lentamente y que el sol iluminara su mente. Él había sabido desde mucho tiempo atrás que las cosas serían así, sabía que era incorrecto dejar que los sentimientos que tenía por Draco crecieran pero se atraían tanto que le había costado alejarse y ahora dolía muchísimo verlo partir una vez más. Se encontraba realmente abrumado, no podía tener a Malfoy, no podía arrebatarle a su hermana a aquel hombre que ella consideraba su hombre perfecto, no podía hacerlo por ella, ni por el bien de su reino, pero sentía que no debía rendirse que debía hacer algo, lo que fuera para obtener un beso, solo uno, para obtener un abrazo, un apretón de manos, una mirada, lo que fuera para sentirse cerca de él.

—Te he estado buscando —dijo una voz a sus espaldas pero Harry no se molestó en abrir los ojos. Sintió un cuerpo inclinarse sobre el suyo y unos labios rozando los suyos, apretó los párpados y recibió el beso sintiéndose completamente incorrecto.

—He estado aquí —dijo quitándose de encima a Cedric en quién no había pensado desde que se había reencontrado con Draco Malfoy.

—Alguien está de mal humor —dijo intentando bromear, sentándose a su lado— ¿ha ocurrido algo?

—Han ocurrido muchas cosas.

—No me digas que estás celoso por tu hermana —sonrió amablemente— ella siempre va a ser tu hermanita, Harry, además el príncipe Malfoy parece ser perfecto para ella, los vi llegando al castillo tomados de la mano, se ven genuinamente interesados el uno en el otro, está en buenas manos —Harry sintió que el estómago se le revolvía al escuchar aquello.

—Ella no quería una boda arreglada —intentó rebatir.

—Ahora no parece que le moleste demasiado —se limpió la frente del sudor— escucha, porque no vamos a mi habitación, el sol está abrazador, creo que me voy a morir de una insolación.

—Estoy bien aquí, gracias, y no creo que sea buena idea, tenemos visitas el día de hoy —Cedric lo miró y Harry suspiró. —Además... escucha, creo que lo mejor será no retomar lo que teníamos.

—¿Por alguna razón en especial? ¿Por alguien en especial?

—No, simplemente no me siento con ganas de nada formal, tengo demasiadas cosas en la cabeza, la boda de Lila, la unión de los reinos, pronto tendré que tomar algunas responsabilidades sobre nuestras tierras y... solo, solo hay que dejarlo así, Ced, como amigos ¿está bien? —la mirada del chico le decía que no, que no estaba bien, en sus ojos podía ver la desilusión y el dolor y Harry se sintió culpable, si Draco no hubiera aparecido en su vida de nuevo, seguramente habría retomado aquella relación, Cedric eran un joven muy apuesto y ejercitado, amable, cariñoso y profundamente enamorado de él y Harry había creído en algún momento que le correspondía, pero lo que sentía por Diggory no se comparaba con lo que Malfoy le hacía sentir. Draco le había llevado fuera del planeta con una sola mirada.

—Yo... tu sabes que yo te amo Harry, y ser tu amigo... —cerró los ojos con frustración y Harry finalmente se levantó de la hierba— Te estuve esperando por mucho tiempo y yo de verdad esperaba que... —una pequeña lagrimita se escapó por su ojo y Harry la limpió de manera cariñosa.

—Te mentí —dijo finalmente— si hay alguien más.

—Lo sé, eres muy malo mintiendo ¿él te corresponde?

—No, y jamás va a hacerlo, es un hombre casado.

—¿Y entonces por qué?

—¿Por qué, que?

—¿Por qué no puedes corresponderme si él no va a hacerlo? —Harry lo miró, para él la respuesta era obvia, pero había algo en esa interrogativa que tenía un poco de verdad.

—Porque creo que le amo —respondió— y creo que él me corresponde, aunque no podamos estar juntos.

—Pero él va a hacer su vida y tú te vas a quedar aquí, soñando con lo que nunca va a poder ser ¿cierto?

—Bueno...— sí, aquello era justo lo que iba a pasar.

—Tal vez, tal vez no me quieras tanto como a él, pero yo podría hacerte feliz —le dijo con una sonrisa triste, poniéndose de pie. — Piénsalo Harry, porque tampoco puedo esperarte toda una vida.

El moreno le vio partir entre los arbustos de flores con paso lento y un tanto rígido, claramente afectado por la charla que acababan de tener. Harry pensó que Cedric tenía razón, que era un tanto idiota quedarse a ser infeliz solo porque la persona que quería no estaba a su alcance, Draco se casaría y sobre aquello no había nada que pudiera hacer, estar soltero y disponible para él no hacía diferencia alguna, Draco no traicionaría a Lila y él no lo haría tampoco pero, ¿acaso debía refugiarse en los brazos de un viejo amante para sobrellevar aquella fatídica situación? ¿Era correcto usar a Cedric para olvidar a Draco Malfoy? No lo sabía, pero algo si tenía bien en claro era que no quería estar solo, necesitaba de alguien que le ayudara a reponerse cada que tuviera que ver a su hermana besar a su marido, alguien que le apoyara cuando la noche de bodas llegara y Draco y Lila tuvieran que sellar su unión con sexo.

Se tiró de nuevo en el pasto, tallándose el rostro con las manos, frustrado, necesitaba aclarar un montón de cosas y para eso necesitaba hablar con Malfoy, pero Malfoy no había querido ni verlo a la cara y aquello le estaba consumiendo. Suspiró pesadamente y se levantó cuando el sol estuvo por ocultarse, decidido; los Potter eran valientes y osados, y Malfoy le escucharía, le diría lo que sentía, sola una vez, le explicaría lo que había sentido por él desde que lo conoció y luego... luego se apartaría del camino, dejaría que la boda corriese como debía, no le complicaría más las cosas, se alejaría de él, le desearía la más grande las felicidades y entonces, solo tal vez podía estar con Cedric una vez más. Sabía que para cualquier persona era absurdo confesar sus sentimientos y luego alejarse, pero para él era importante darlos a conocer, para él era importante que Draco comprendiera porque le dolía su repentino alejamiento.

No esperaba obtener una confesión de Draco, por supuesto, pero sentía que aquellos sentimientos amenazaban con explotar dentro de su cuerpo y le urgía dejarlos salir. Sí, demasiado cursi, pero así era como se sentía y de todas formas, aunque estuviera en lo correcto y el heredero de la luna le correspondiera, aquello no significaba nada, estaban destinados a estar separados pero por lo menos se irían por caminos distintos sabiendo que en el mundo existía alguien que los amaba con una fuerza tan grande que había bastado una mirada para unirlos.

De camino a su habitación encontró a uno de los sirvientes de los Malfoy y le preguntó por la habitación del joven príncipe, una vez que se hizo con la información se dirigió a su propio cuarto y tomó una ducha, se vistió con un traje bastante sencillo y finalmente escribió en su escritorio una nota: "A media noche en el invernadero, junto a la fuente. H". Usó su magia para crear una pequeña flor color blanco y con ambos objetos se dirigió al pasillo perpendicular al suyo para finalmente dejar la nota y la flor en el suelo antes de tocar la puerta y salir corriendo de ahí, nervioso. Se ocultó en una esquina, detrás de una armadura y miró la puerta abrirse, mostrando a un Draco recién duchado y con su largo cabello escurriendo aún un poco de agua, lo vio recoger la flor y la nota, leerla, apretar la boca, claramente debatiendo entre asistir a la cita o no y finalmente adentrarse de nuevo a su habitación.

Harry cenó en su habitación aquella noche, alegando sentirse algo enfermo, cosa que no era mentira, pues los nervios le causaban unas nauseas insoportables y de tener que mirar a Draco a la cara sabía que aquella sensación solo se intensificaría. Con mucho trabajo terminó con la charola de comida y cuando una de las sirvientas se la llevó se recostó en su cama, estiró el brazo y comenzó a jugar con una pequeña llama de fuego que él mismo invocó, lanzándola de una mano a otra, como si se tratase de una pelota. La llama fue creciendo junto con su nerviosismo, hasta que solo fue posible sujetarla con ambas manos; era de un brillante color rojo que rápidamente pasó a azul, Harry se levantó de la cama a toda prisa y se deshizo de ella; cuando se ponía azul le era imposible mantener el control demasiado tiempo. Suspiró sentándose a la orilla de la cama y entonces el reloj de la capilla sonó de manera estruendosa.

Mierda. Pensó mientras salía corriendo de su habitación chocando contra algunas cosas a su paso, pero ignorándolo totalmente, solo esperaba que el ruido no alertara a nadie. Atravesó prácticamente todo el castillo y luego el jardín, hasta el otro lado del lago donde se encontraba el invernadero. Abrió la puerta de cristal del lugar y se adentró. El invernadero solo estaba alumbrado por las luciérnagas que amablemente revoloteaban por todas partes. Tomó aire, y se limpió el sudor del rostro, arregló sus ropas y comenzó a caminar de manera tranquila hasta el centro del invernadero, donde estaba la fuente. No había nadie.

Se sentó en la superficie de mármol mientras el sonido del agua corriendo le invadía lentamente, pasaron cinco, luego diez minutos y nada, treinta minutos, luego cuarenta y no había señal de que Malfoy apareciera. Harry había tenido que usar el elemento fuego para que una pequeña llamita alumbrara por sobre su cabeza, dándole un efecto rojizo al agua de la fuente. Cuando finalmente pasó una hora y Draco no se dignó a llegar el joven príncipe se puso de pie, sintiéndose triste y derrotado.

—No me dijiste como encontrar el invernadero, idiota —dijo una voz frente a él, Harry extendió la mano y su llamita avanzó hasta que el rostro de Draco se iluminó, haciendo que su dorado cabello brillara bajo la luz.

Harry sintió que el corazón se le salía del pecho, estaba tan emocionado que la decepción de segundos atrás se había evaporado. Sin pensárselo demasiado se acercó al rubio, su cuerpo trabajaba por sí solo, guiado por su corazón y aunque Draco retrocedió al verlo tan cerca, alcanzó a tomarlo de la muñeca y acercarlo hasta él, envolviéndolo en un abrazo. El cuerpo de Malfoy era delgado, pero por debajo de la tela podía sentir sus firmes músculos, también era mucho más alto pero aquello no le importó, le aferró con fuerza, inundándose en su loción y en el frio que desprendía su cuerpo, solo contrarrestado por el calor de su propia anatomía. El fuego y el viento se mezclaron, dejando en el ambiente una sensación agradable.

—Harry... —susurró con voz temblorosa— no podemos... lo siento.

—Lo sé... —respondió consiente de la situación.

—¿Tú también lo sientes?

—¿Aquella atracción inexplicablemente fuerte hacia ti? Si, desde que te vi por primera vez.

—Es una locura...

—Pero se siente tan bien...

—Creo que estoy enamorado de ti —soltó entonces y Harry se separó, los ojos de Draco mostraban decisión y el moreno sonrió conmovido.

—Creo que yo también.

—Esto no tiene explicación...

—El amor nunca la tiene... Creí que no vendrías.

—Tenía miedo de hacerlo pero pensé que, que lo mejor sería ser sincero contigo — se apartó de él y tomó aire— no podemos estar juntos yo... yo me casaré con Lila, es mi deber.

—Lo entiendo —acarició su cabello, era tan suave como lo había imaginado— pero eso no hace que deje de quererte.

—Me siento como en un cuento de hadas —declaró Draco— y me siento ridículo— Harry soltó una carcajada—, amor a primera vista, reencuentros dramáticos en lugares improbables, cartas día y noche, conociéndonos... —colocó su delgada mano en el rostro de Harry y guardaron silencio, solo podían escuchar sus respiraciones acompasadas, el sonido del agua de la fuente y los grillos cantando.

—Bésame Draco, —le pidió con voz baja y tranquila— bésame sola una vez.

—Eso es incorrecto... —respondió pero aun así acercó su rostro lentamente— está mal.

—Solo una vez, déjame descubrir si tus labios son tan suaves como lo parecen.

—Solo una vez, Potter, solo una...

Draco acunó las mejillas del moreno con los ojos cerrados y le besó, el beso fue muy lento, tranquilo y amoroso, la saliva del rubio sabía a manzana y canela, era dulce, muy dulce y aquel simple rose de labios causó que miles de fuegos artificiales estallaran tras sus párpados, recordándole que él era el indicado. Las mariposas revolotearon en su estómago, las luces revolotearon alrededor, la tierra tembló ligeramente, el viento sopló a su alrededor, uniéndolos más. Las manos de Harry se prendieron en fuego sujetando las caderas de su acompañante pero no le quemaron, las manos de Draco se empaparon de agua cristalina sobre las mejillas de Potter pero no lo mojó, sus lengua jugueteaban dentro de la boca ajena, intensamente y entonces todo terminó.

Se apartaron con la boca entreabierta, Harry creyó que jamás había visto unos ojos tan brillantes y hermosos. Draco dio un paso hacia atrás, acariciando la mano de Harry y admirando la forma en que el agua y el fuego se acoplaban sin extinguirse mutuamente. Su afinidad no solo era física y emocional, si no mágica y Harry se sintió completo, como hacía mucho no se sentía. Lo correcto era estar junto a Draco, lo sabía pero era imposible.

—Tal vez en otra vida, Harry Potter... —Le dijo Draco antes de darse la vuelta y salir del invernadero.