Se removió incómodo mientras un par de sirvientas le ayudaban a colocarse el traje que usaría aquel día; uno color rojo escarlata con bordados de oro bastante estrafalario, pero era el que su hermana había elegido para él y no había podido protestar por lo incómodo que se sentía llevándolo encima. Sintió un peine siendo pasado por su cabello, intentando lograr la proeza de hacerlo lucir no tan alborotado, sintió un tirón en las mangas mientras le acomodaban los gemelos en los puños, unos de oro con forma de león, sintió un tirón más cuando finalmente le cerraron el saco y cuando estuvo listo y se miró en el espejo no pudo más que suspirar con resignación. No podía negar que se veía apuesto con aquel traje a la medida y su ya algo largo cabello peinado hacia atrás, no podía negar que, por primera vez en su vida estaba vistiendo y luciendo como un príncipe de verdad y estaba seguro que sus padres estarían orgullosos, pero él no podía pensar en su apariencia, él solo podía pensar en Draco Malfoy.

Desde aquella fatídica noche en que se habían pertenecido por primera y última vez, Draco había cumplido perfectamente bien su palabra, no era que lo evitara o le ignorara, era que simplemente entre ellos las cosas se sentían diferentes; no habían más escapadas por la noche, ni charlas a escondidas en la biblioteca del casillo, no más besos en la oscuridad, abrazos cálidos frente al rio o miradas apasionadas que brillaban con la luna. Entre ellos solamente quedaban charlas a medio día sobre la situación de los reinos, juegos casuales de ajedrez acompañados de sus padres, tardes de cabalgata junto a Lila y cenas familiares en donde no se dedicaban más que un "¿podrías pasarme la sal?"

Y aunque Harry se había sentido frustrado y sumamente abrumado, con el tiempo comprendió que, por mucho que le mirara y le suplicara silenciosamente que volvieran a repetir lo de la última noche, aquello no sucedería, Malfoy era un hombre de palabra y la estaba cumpliendo al pie de la letra, para el rubio, Harry se había convertido únicamente en el hermano de su prometida, alguien a quien debía tratar con respeto y a quién se dirigía usando un tono amable porque así lo indicaban las cortesías. En el fondo sabía que al igual que él, Draco no lo había olvidado y adoraba la fuerza de voluntad que poseía para mantener su relación a raya, después de más de un año de amantes casuales. Él no habría sido capaz de hacer lo que Draco, él hubiera buscado la manera de salvarlo y a la vez conservarlo, pero sabía que ambos veía el mundo de maneras muy diferentes y por mucho que le doliera, debía aceptarlo.

Sin embargo aquella mañana se levantó sintiéndose mucho más desganado que otros días, no tenía ganas de celebrar nada y mucho menos la boda de su hermanita con el amor de su vida, aquel que después de hacer el amor se clavó en su alma, cuerpo y corazón hasta hacer la situación insoportablemente dolorosa. No tenía ganas de caminar por el palacio del atardecer, —aquel que había erigido en medio de ambos reinos, el del sol y de la luna y desde el cual Draco y Lila gobernarían— y ver la decoración blanca por todas partes, las flores, las telas de lino, los platos de oro, los cubiertos de plata y el maravilloso banquete, no tenía ganas de acercarse al pastel, ni de escuchar a los músicos y definitivamente no tenía ganas de llegar hasta la iglesia y plantarse en primera fila y esperar a que fuera su turno para coronar a su hermana y a su cuñado, como indicaba la ley en el caso de que el heredero legítimo renunciara a la corona, no tenía ganas de encontrarse con aquellos ojos grises que por meses le habían hecho inmensamente feliz, no quería porque sabía que de hacerlo se derrumbaría, no era capaz de sellar él mismo el matrimonio de la persona que amaba, y era egoísta, lo sabía, pero por mucho que también pensara en Lila, lo que sentía por Draco ya había pasado a otro nivel.

Los días anteriores a la boda se había encontrado a si mismo soñando despierto en que el día del evento llegaba y a la hora de decir los votos Draco se negaba a aceptar, lo miraba, se disculpaba con Lila, con sus padres y el reino entero, lo tomaba de la mano y ambos salían de ahí, huyendo en algún carruaje robado únicamente con lo que llevaban encima, riendo como un par de idiotas, pero un par de idiotas enamorados. O a veces soñaba que él simplemente tenía el valor de oponerse cuando llegaba la parte en que el sacerdote preguntaba si había alguien que lo hiciera, se imaginaba a si mismo poniéndose de pie gritando que él se oponía, que se oponía rotundamente y cuando le preguntaban por qué, el simplemente respondía "Porque estoy enamorado de Draco" y podía escuchar en su cabeza los jadeos de sorpresa, pero no le importaba, se acercaba al altar, eludiendo las miradas asesinas y los improperios de Lucius Malfoy y la mirada de decepción de su madre, se robaba al novio y se lo llevaba muy lejos montando un hermoso caballo negro, cabalgando hacia el atardecer.

Sin embargo, era una realidad innegable que Draco jamás actuaría de aquella manera, él era sumamente responsable y si había llegado tan lejos no iba a romper el compromiso a la mera hora, así como también era una realidad que Harry no sería capaz de interferir en la boda de su adorada hermana. Pero soñar no costaba nada, el problema era cuando debía despertar a la realidad y se daba cuenta de que seguir viviendo dentro de un cuento de hadas era un error, sí, ambos eran príncipes con poderes mágicos, pero aquella no era una historia de amor, ya no más.

Parpadeó dándose cuenta de que se había quedado repentinamente solo, no habían más mujeres ayudándolo con su apariencia, solo estaba él a la mitad de la habitación que le habían otorgado en el castillo del atardecer, frente aquel enorme espejo con ornamentación de oro, mirándose directamente a los ojos, mirando el rostro de un hombre sumamente infeliz y derrotado y jamás se sintió más patético. Los Potter no se rendían, los Potter eran valientes, pero incluso él sabía cuándo algo era una causa perdida y lo suyo con Draco lo era. Se acercó a la ventana, su habitación no tenía balcón, pero si tenía vista a los jardines, aquellos donde se llevaría a cabo la celebración, unos hermosos jardines de rosas blancas que se agitaban con el viento de aquel último día de Invierno.

Afuera el clima era soleado, pero ligeramente frio, Harry podía ver un montón de cabecitas ir de un lado al otro, dando los últimos detalles de la fiesta y mucho más al fondo podía divisar la silueta de la iglesia donde la ceremonia se realizaría. Todo el pueblo del sol y la luna estaban invitados para la fiesta después de la ceremonia, ambos pueblos se volverían uno solo para el atardecer y parecía que todos lo esperaban con ansias, todos menos él. Pero ocurría que cuando quería que el tiempo pasara más lento ocurría todo lo contrario y cuando menos se dio cuenta fue su turno de visitar a Lila a su habitación y darle su bendición, tal cual indicaba la costumbre. Así que, con paso lento y hasta un tanto encorvado llegó frente a la enorme puerta de la que era la habitación de Lila y que dejaría de serlo en unas horas, pues después de la boda debía mudarse junto con su prometido a la habitación principal del palacio.

—Hola —dijo esbozando una sonrisa pequeña, la única que había logrado que saliera de él sin que luciera forzada —¿Puedo pasar? —Preguntó observando que habían un par de mujeres ayudándole aún con el hermoso vestido de novia.

—Por supuesto Harry, adelante —respondió con tono nervioso mientras las sirvientas se retiraban.

Lila tomó asiento en un pequeño diván junto a la ventana, suspirando como si estuviera realmente cansada, Harry se sentó a su lado, teniendo cuidado de no pisar el largo vestido de seda que brillaba a la luz del sol. El vestido entallado la hacía lucir espectacular, se amoldaba a su figura con precisión, resaltando su estrecha cintura y levantando sus pequeños pero redondos pechos, el corte en uve en la espalda le hacía lucir más alta, al igual que el elaborado y elegante peinado que descansaba sobre su cabeza. Harry sabía que estaba usando tacones, pues también lucía más alta, pero aquello no era un problema, Draco era muy alto y ni así lo alcanzaría. El maquillaje en tonos neutros resaltaba sus ojos avellana y sus labios rojizos, así como su pálida piel y las pequeñas pecas que le cubrían la nariz. Tan idéntica a su madre, pero con los ojos de su padre.

—Te ves preciosa —le dijo finalmente y ella esbozó una sonrisa enorme.

—Gracias —respondió algo avergonzada— las chicas han hecho un gran trabajo.

—Vamos Lil, no seas modesta, eres preciosa con y sin todas esas cosas encima.

—Bueno, entonces es de familia —lo miró— te vez muy guapo, Harry, como si fuera el mismo día de tu boda y ese color rojo, que bien queda con tu tono de piel, aunque un verde hubiera resaltado tus ojos.

—Sabes que la familia real debe vestir los colores del reino; escarlata y dorado, además no deberías quejarte, tú elegiste mi ropa.

—E hice un gran trabajo, debes admitirlo.

—Lo que creo es que deberías de dejar de pasar tanto tiempo con Malfoy, cada día te expresas más como él —soltó una pequeña risita que su hermana imitó. Después de un momento de silencio finalmente se puso de pie frente a ella.

—¿Ya es el momento?

—Lo es —respondió y se hincó en una rodilla frente a ella, tomando sus manos. La miró a los ojos y dudó por un momento, sabía que podía ser peligroso dar una bendición sin sentirse genuinamente feliz por la unión, pero era su deber y aunque no estaba del todo feliz por él mismo, sí que lo estaba por su hermana. —Espero, desde lo más profundo de mi corazón —comenzó a decir y una pequeña luz naranja comenzó a brillar entre sus manos unidas— que aquello que has elegido para el resto de tu vida sea lo correcto, que lleve a ti prosperidad, abundancia y felicidad, que sea el amor lo que te mueve para tomar esta decisión y que nada ni nadie interfiera entre ustedes. Yo, tu hermano, amigo y compañero, el príncipe y heredero del sol Harry James Potter, juro protegerte a ti y a tu futuro esposo como parte de mi sangre, juro que en mi mesa siempre habrá lugar para ustedes y para su descendencia —sintió un escalofrió recorrerle el cuerpo pero lo ignoró y continuó— juro que siempre seré tu espada y tu escudo, juro que en mi encontrarás un ciervo fiel y que mi corazón... —entonces se detuvo, la luz entre sus manos había comenzado a cambiar de color, se estaba tornando oscura, pero Lila pareció no notarlo— y que mi corazón... —repitió pero las palabras no acudían a su boca, entonces Lila miró sus manos como si apenas se percatara de que entre sus manos y la de Harry algo había comenzado a brillar— ¡Y juro por el poder del sol que mi corazón te será leal y nunca te traicionará! —entonces la luz negra se apagó de repente y una ligera briza le alborotó el cabello.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó la chica apartando sus manos— Con mamá y papá no ha ocurrido. —Se frotó las manos incómoda, Harry también lo había sentido, su juramento, algo había salido mal y él sabía perfectamente bien que había sido.

—¿De qué hablas? —Mintió e intentó sonreír— Debes sentirte nerviosa pero debes tranquilizarte, Lila, solo faltan un par de horas para que te cases.

—Si... si, tienes razón —respondió recuperando su sonrisa— es solo que se sintió como... bueno, ya no importa.

—Bueno, ahora debo marcharme para que termines de arreglarte.

—¿Podrías decirle a mamá que venga si la encuentras?

—Por supuesto— respondió besando su frente y salió de ahí.

Una vez que se encontró solo en el pasillo comenzó a sentir que el pánico se apoderaba de él, caminó apresuradamente mientras la alfombra color canela amortiguaba sus torpes pasos hasta la biblioteca. Una vez frente a la puerta se aseguró de que nadie estuviera viéndolo entrar y una vez dentro cerró con seguro. Caminó frente a la puerta alrededor de cinco minutos, tratando de hacer memoria y de encontrar algo que le dijera que lo que había hecho no estaba mal, sin embargo sabía que era inútil, que algo malo iba a ocurrir y todo había sido culpa de su juramento, aquel que había memorizado y al que no había tomado demasiada importancia hasta que ocurrió y entonces recordó que él, como heredero del sol no solo había hecho un juramento mágico de verdad, sino que además lo había roto casi de inmediato, pues su corazón ya había traicionado a Lila, mucho tiempo atrás y todo por Draco Malfoy.

Caminó entre las estanterías tratando de hacer memoria, Dumbledore le había hablado sobre aquello durante su educación en el extranjero y ahora de verdad todo cobraba sentido. Recordaba haber escuchado del viejo profesor alguna advertencia sobre jurar bajo el nombre del sol, le había dicho que a menos de saber que cumpliría su palabra no debía hacerlo pues estaría obligado a cumplir o a atenerse a las consecuencias. Porque, aunque sus padres juraran por el sol, ellos no corrían peligro, no eran herederos mágicos del astro, pero Harry era otro caso. Suponía que sus padres le habían hecho jurar de aquella manera pensando que lo haría con voluntad de corazón, dando por hecho que para Harry no había cosa más importante que Lila y se habían equivocado.

Tomó varios libros y con bastante prisa las colocó sobre una de las mesitas, le urgía saber qué consecuencias tendría el haber hecho un juramento que de antemano era insostenible y rogó a los dioses que el castigo recayera únicamente sobre él y no sobre su hermana, pues jamás se perdonaría si algo le sucediera. Pero no halló en ningún libro nada de lo que estaba buscando, había poca o ninguna información sobre juramentos mágicos de aquel tipo y en ese momento odió tanto que Dumbledore se encontrara al otro lado del mar que quiso arrancarse el cabello de frustración.

Caminó nuevamente de un lado a otro frente a su mesa, intentando tranquilizarse, diciéndose a sí mismo que el castigo no podía ser tan malo, la mayoría de su juramento había sido de corazón y la parte de la traición solo había sido una pequeña parte y además no volvería a hacerlo ¿aquello debía estar bien, no? Tal vez simplemente enfermaría unos días, tal vez perdería parte de sus poderes por haberlos hecho jurar en vano, tal vez sus tierras entrarían en escasez por un tiempo, pero nada que no tuviera solución, sí, tal vez no había sido tan malo, tal vez solo estaba siendo paranoico. Pero la verdad era que esa luz negra no le había traído mucha tranquilidad.

Devolvió cada libro a su lugar y tomando un poco más de aire salió de la biblioteca, aún se sentía ansioso, pero aunque lo disimuló lo mejor que pudo, su angustia era grande. Se cruzó con algunos sirvientes e invitados a los que saludó cortésmente, encontró a su madre y le dijo que Lila la requería en su alcoba, finalmente logró salir de palacio y esconderse en una de las zonas desiertas del jardín, donde la luz del sol le hizo sentir mucho más tranquilo. Respiró la brisa y se sentó en una banquita de piedra gris mientras cerraba los ojos.

—¿No deberías estar ayudando con los preparativos, Potter? —Entonces una voz le hizo sobresaltarse y abrir los ojos, frente a él estaba Severus Snape.

—Yo... ya he hecho mi parte —respondió ignorando su tono mordaz, demasiado preocupado por otras cosas. Entonces miró al hombre alzar una ceja y tuvo una idea, Snape sabía muchas cosas sobre magia, tal vez podría ayudarle —Tengo una pregunta que hacerle —él solo respondió inclinando la cabeza de manera suspicaz. —¿Qué pasaría si yo hago un juramento usando el nombre del sol y este resultara... más o menos falso?

—¿Más o menos? Un juramento debe ser real o no, así de sencillo —Harry se removió incómodo en su asiento.

—Bien, pues, en caso de que sea falso.

—Eso depende de a quién le hayas hecho el juramento ¿se lo hiciste a alguien que querías?

—¿Qué le hace creer que ya lo hice?

—Eres igual de inútil que tu padre para ocultar cosas —Harry bufó irritado— ¿entonces?

—Sí, lo hice, a alguien que quería.

—¿A alguien de tu familia? —Harry cerró los ojos con frustración.

—Sí —El hombre le miró por largos segundos que se le hicieron eternos y respondió.

—La muerte.

—¿Qué? —Preguntó sin aire.

—El castigo por traicionar a alguien con quien compartes lazos de sangre es la muerte, pero no la tuya Potter, no, eso sería demasiado fácil. De alguien que ames con intensidad, generalmente es la persona a la que has hecho el juramento —Harry frunció el rostro en un gesto de desesperación.

—¿Y qué puedo hacer? —Dijo con su voz a punto de quebrarse, entonces Snape suspiró cansado.

—Un acto de traición a alguien que amas solo puede ser burlado por un acto de amor verdadero proveniente de alguien que ella ame.

—Draco... —Dijo en voz baja, casi solo para él.

—Probablemente.

—¿Pero cuándo?

—¿Cuánto tiempo tiene que hiciste el juramento?

—No lo sé, un par de horas.

—Entonces no debe tardar —Harry se puso de pie y sonrió, estrujándole la mano exclamó.

—¡Gracias Severus! ¡Mamá tenía razón, si puedes ser amable! —Y salió corriendo de ahí en busca de Malfoy.

Se adentró al castillo una vez más encontrándolo prácticamente vacío, recorrió cada pasillo, cada habitación y preguntó a cada persona que se encontró hasta que decidió volver al jardín donde le dijeron que tanto Lila como Draco se encontraban en la iglesia ajustando los últimos detalles. Corrió como alma que lleva el diablo atravesando los terrenos hasta llegar a la iglesia de mármol, cristal y madera que habían levantado. Sabía que se estaba ensuciando los zapatos, que se estaba despeinando y que seguramente ante los ojos de algún aristócrata que se encontrara ahí luciría realmente desagradable, actuando de aquella manera tan poco serena, pero no le importaba en absoluto, había puesto a su hermanita en peligro y aunque no lo había hecho a propósito, sí que era su responsabilidad ponerla a salvo.

Lo primero que divisó al acercarse fue a su padre junto a su madre charlando con los Malfoy de manera tranquila. Ni si quiera se molestó en saludar o en hacer otra cosa, simplemente se frenó en seco y dijo:

—¿Dónde está Draco? Necesito hablar con él —Notó la mirada de extrañada de su padre, la mirada de descontento de Lucius Malfoy al escucharlo hablar entre jadeos y finalmente la mirada que Lily y Narcissa intercambiaron y entonces supo que había sido un error, que ellas no lo dejarían verlo antes de la boda por miedo a que hiciera una tontería —es importante— agregó al ver que nadie le daba razón. No podía decir nada, eso implicaría decir en voz alta que había traicionado a su hermana acostándose con su prometido, y no iba a hacerlo.

—Está dentro —respondió James— pero está ocupado recibiendo instrucciones del sacerdote, ni él ni Lila pueden recibirte.

Harry suspiró frustrado mirando hacia la iglesia donde la enrome puerta de madera tallada permanecía cerrada. Caminó alrededor de la estructura esperando poder ver lo que pasaba a dentro pese a las malas miradas de los Malfoy y de algunos de los más importantes invitados que comenzaban a congregarse, pues el atardecer llegaría pronto y la ceremonia estaba por comenzar. Estaba seguro de que si algo ocurría en ese mismo instante Draco estaría allí para auxiliar a su hermana, pero los nervios no le permitían quedarse en un solo sitio, así que, simplemente se dedicó a balancearse sobre sus talones hasta que las puertas se abrieron y todos comenzaron a pasar. Harry estuvo a punto de dar un paso cuando una mano le detuvo, sujetándole por el brazo.

—No hagas nada tonto Harry —le advirtió su madre— ese chico no es para ti —no lo estaba regañando, le miraba con simpatía y dulzura, pero Harry ya no estaba pensando en robarse al novio.

Dentro la decoración era de un blanco puro acompañado con dorado que hacía que los invitados con sus trajes coloridos resaltaran de sobremanera. Harry tomó su asiento al frente de la iglesia, muy cerca del altar y fue entonces cuando sus ojos se toparon con Draco quién, mirando hacia los invitados mantenía un semblante pacífico y seguro. No lo había visto en todo el día por lo que cuando se tomó el tiempo de admirarlo, se encontró con que su corazón bailaba nervioso en su pecho, impactado por la belleza que desprendía; su alto, delgado y musculado cuerpo estaba enfundado en un extravagante traje color verde botella y era adornado con bordados y ornamentos de plata pura, su fino cabello, ahora corto, estaba delicadamente peinado hacia un lado y hacia atrás, dejando al descubierto sus preciosas, afiladas y varoniles facciones. Se firme mirando hacia la puerta por donde Lila entraría en un momento en compañía de su padre y Harry casi podía jurar que a pesar de la mediana distancia que los separaba, podía oler la loción que Draco se había colocado.

Y allí estaba, de nuevo la aplastante realidad de lo que había sido y que no sería más, miró al rubio y supo que su hermana estaba en buenas manos, que si algo malo ocurría Draco la salvaría y, aunque una pizca de celos se instaló en su pecho, también un golpe de alivio, haciéndolo sentir contrariado y a la vez resignado; las dos personas que más amaba estaban a punto de unirse en matrimonio y serían felices, muy felices. Cerró los ojos y esperó.