El silencio de la noche es interrumpido por el sonido de dos disparos estruendosos dentro de un callejón y sin embargo, no parece que nadie haya sido despertado en el vecindario. Las luces en los destartalados edificios siguen apagadas y las que no lo estaban simplemente permanecen allí, con si nada hubiese ocurrido. Tal vez los vecinos están demasiado acostumbrados, es Downtown al fin y al cabo.
—Voy a repetirlo una última vez y te aseguro que, si vuelves a responder la misma mierda, la próxima vez que te apunte no saldrás con vida.
El hombre contra la pared de ladrillos tiembla y apenas puede respirar del miedo. Él sabe que el alfa ha fallado a propósito, que busca torturarlo con su fuerte presencia y aun así no puede evitar caer en su trampa. Sabe que si quiere tener la mínima oportunidad de largarse de allí con vida debe hablar, incluso si el resto de sus camaradas piensa que es un traidor. Es un beta y al contrario de los alfas y los omegas, él tiene que buscar una manera de sobrevivir, de destacar y al diablo con el resto.
—En el almacén oeste. Ahí es donde los llevan. No sé nada más, lo juro.
El alfa de cabello rubio le mira con ojos centellantes, como si tratara de decidir si está diciendo la verdad o sí debe plantar una bala en medio de su frente de una vez.
—Creo que está diciendo la verdad —interviene su colega de lentes oscuros y cabello púrpura.
—Pero no es suficiente —le responde y luce indiferente—. Por ahora ve a investigar el almacén, si confirmas que este payaso está diciendo la verdad llama a Blanca para generar un plan de acción. Yo me encargaré de éste.
Los hombres del alfa se retiran sin hacer más preguntas, dejándolos completamente solos. El beta sabe que sólo es cuestión de tiempo para dejar de ser de utilidad, conoce los rumores sobre el implacable Ash Lynx y ninguno es precisamente bueno. Nada sorprendente tomando en cuenta quién es el hombre que lo educó y lo llevó hasta la cima.
—Puedes considerar este tu día de suerte —le dice entonces, mirando despreocupadamente el arma en su mano—. Puedes seguir viviendo un poco más, pero necesito que me hagas un pequeño favor.
—Haré lo que sea, señor —responde como un perro asustado. Ash sonríe y parece que se burla de él, que reafirma su posición en la punta de la pirámide.
—Por supuesto que lo harás —afirma y se acuclilla a su lado, poniendo la boca de la pistola debajo de su barbilla. Su mirada es peligrosa y letal—. Quiero que vuelvas con Arthur y le digas que al contrario de mi «padre» yo no voy a permitir que ensucie de mierda mi ciudad. No quiero que haga sus jodidos negocios en New York y si insiste en ello iré personalmente tras su cabeza. ¿Lo has memorizado? —El beta asiente y pasa saliva pesadamente. Las palabras de ese chico no están vacías—. Bien, lárgate y no vuelvas a mostrar tu rostro frente a mí o no seré tan amable.
El hombre se pone de pie y corre despavorido hasta la calle principal. El alfa le mira desde la oscuridad, guardando su arma en el pantalón y sacando de sus bolsillos una cajetilla de cigarros y un encendedor de plata grabado con sus iniciales. Se siente más tenso de lo que ha dejado ver y realmente necesita un poco de nicotina.
La primera calada le sabe a gloria, pero la segunda le hace sentir náuseas así que simplemente arroja el cigarrillo al suelo y lo pisa como si tuviera la culpa de todos sus problemas y no es así. Él es el único culpable de todo lo que está ocurriendo y está realmente cansado. Cansado de tener que jugar al jodido gánster, cansado de fingir que no le molesta el rol que le han otorgado y que sólo ha soportado porque sabe que todo lo que tiene que hacer es soportar una semana más, una semana hasta cumplir la mayoría de edad.
Aslan aprieta con fuerza la caja entre sus manos y la devuelve a su bolsillo justo en el instante en que su móvil comienza a sonar. No necesita mirar la pantalla para saber de quién se trata así que simplemente contesta y espera. ¿Tanto tiempo ha permanecido dentro del callejón perdido en sus propios pensamientos?
—Está aquí, todo el cargamento —le dice.
—¿Estás seguro?
—Sí, encontramos el camión robado estacionado justo en la entrada y todas las cajas están dentro del almacén. ¿Deberíamos notificar a la policía?
—Esperemos un poco y consultémoslo con Blanca antes. Si mis sospechas son ciertas debemos ser cautelosos o podríamos terminar llenos de mierda.
—No voy a cuestionar tu decisión, pero sabes que sólo es cuestión de tiempo para que la policía se involucre.
—Está bien. Por ahora todo está bajo control, podemos esperar hasta el día de la fiesta.
—Suenas tenso.
—Lo estoy.
—Escucha, amigo. No tienes que cargar con toda la responsabilidad. Aún puedes lárgate de aquí y vivir bajo otro nombre. Fingir que no sabes nada de toda esta porquería.
—No puedo hacerlo, Shorter. He estado esperando esta oportunidad durante años y no voy a dejarla ir sólo porque estoy un poco asustado.
Shorter suspira del otro lado de la línea.
—De acuerdo, hablaré con Blanca pero estoy seguro de que él también piensa que lo mejor es actuar lo antes posible.
—Lo hablaremos después, ¿sí? —responde con frustración. Tal vez está siendo demasiado suave—. Buenas noches.
—De acuerdo. Sigue fingiendo tan bien con el viejo como hasta ahora y estoy seguro de que no tendremos problemas. Te veo mañana, llámame si necesitas algo.
—Lo haré, gracias.
El rubio cuelga la llamada y guarda el móvil antes de comenzar a caminar fuera de callejón de peor humor que antes, pero sabe que Shorter tiene razón, que está a sólo un paso de obtener su primera victoria contra Dino Golzine y sus inseguridades no lo arruinarán.
Las luces de las farolas en la avenida principal le deslumbran momentáneamente. Es la primera vez que Ash ve tan poco movimiento en la ciudad. Es un poco desconcertante pero para nada molesto. Es mejor que ver a un montón chicos en renta tratando de seducirlo para obtener un poco de su fortuna o a alcohólicos cayéndose de borrachos en las esquinas, vomitando y arrastrándose como parásitos.
El joven camina con paso firme por las solitarias calles de New York, con las manos en los bolsillos y su aliento pintándose en el aire por el frío. Es invierno pero él no lleva más que un abrigo color canela demasiado ligero y tampoco necesita más, su automóvil está estacionado en la siguiente calle y Ash puede verlo desde dónde está parado.
Un solitario taxi de color amarillo pasa lentamente a su lado y se estaciona un poco más delante de donde ha dejado su convertible rojo. El ojiverde no le presta demasiada atención, no huele a peligro y eso es todo lo que importa, así que simplemente busca las llaves del auto dentro de su abrigo y presiona el pequeño botón que desbloquea las puertas. Las luces del coche parpadean y el alfa puede escuchar las del taxi cerrarse al tiempo que una ligera brisa sopla en su dirección, golpeando directamente su rostro y agitando su cabello rubio. Sin embargo, no es el frío lo que le deja paralizado, sino ese olor.
Ash no ha olido nada igual en su vida. Es sutil y floral, como caminar en medio de Central Park durante la primavera. Le hace sentir un poco ansioso, desconcertado por la forma en que su piel se ha erizado, la manera en que su estómago se revuelve de manera agradable y lo mucho que desea saber de donde proviene semejante olor.
Su mirada se aparta de las llaves en su mano y se posa en una figura a un par de metros de él. Se encuentra de pie mirando un trozo de papel entre sus manos y no parece haberse dado cuenta de su presencia. Tiene el ceño fruncido y las mejillas un poco rojas, probablemente por el frío. Se trata de un muchacho que luce mucho más joven que él; cabellos que se confunden con la noche, piel demasiado blanca y ojos grandes y rasgados. Ash no lo ha visto nunca en su vida, pero se siente como si lo conociera de siempre y se pregunta por qué.
La verdad le golpea como un relámpago y le hace sentir enfermo. Es probable que ese muchacho sea un omega y sean sus feromonas lo que él está oliendo, lo que inevitablemente lo atraen hacia él como un los polos opuestos de un imán. Ahora que ha llegado a esa conclusión quiere alejarse pero su cuerpo no parece obedecer y comienza a sentirse ansioso cuando también se da cuenta de que es la primera vez que un omega lo hace sentir así, que es la primera vez que las feromonas no le hacen querer vomitar. No lo entiende en absoluto.
Repentinamente, el pelinegro levanta la mirada, tomándolo por sorpresa y Aslan se encuentra con unos profundos ojos negros que parecen contener el infinito. El tiempo se detiene y el alfa se siente como si no pudiera respirar correctamente. Se siente avergonzado por la cantidad de tiempo que se ha quedado de pie, sólo observándolo, pero ni siquiera puede pensar en una buena excusa, todo lo que quiere saber en ese momento es su nombre. Sólo su nombre.
—¿Disculpa? —dice la voz del chico con un acento extraño y eso es suficiente para que el rubio salga del trance y se odie a sí mismo por haber caído por algo tan bajo como las feromonas de un omega—. Estoy buscando esta dirección y me preguntaba si podrías ayudarme.
El pelinegro le mira un poco avergonzado y le tiende el trozo de papel que ha estado mirando minutos atrás. El ojiverde no lo toma de inmediato, lo duda porqué se tiene prohibido el trato con omegas, pero finalmente lo hace. Sólo debe darle indicaciones y eso no tiene nada de malo, ¿cierto?
El contacto con los dedos del extraño le hace estremecer. Una pequeña descarga eléctrica le ha recorrido todo el cuerpo y todo lo que el alfa puede hacer es mirar insistente las letras garabateadas en el papel e intentar descifrarlas aunque claramente están en inglés.
—Creo que te han traído al lugar equivocado —dice y jamás le ha costado tanto ocultar sus propios sentimientos. No sabe qué es lo que le pasa pero realmente quiere irse de allí—. Esta dirección se encuentra en Uptown.
—Ya veo —le responde el ojinegro frunciendo la boca y tomando el papel nuevamente—. Supongo que tomaré otro taxi. Gracias por la ayuda.
—Claro.
Ash lo mira tomar una maleta de la que no se había percatado hasta ese instante y dar la media vuelta mientras el sonido de las rueditas le marcan el paso. Dada la hora va a ser complicado conseguir transporte, pero no imposible y el rubio, aunque se siente un poco inquieto, sabe que es mejor marcharse antes de que todo se vuelva complicado. Ya tiene demasiados problemas con los cuales lidiar. No agregará un omega a la lista.
El alfa toma entonces la manija y abre la puerta de su auto, dirigiendo una última mirada a aquel muchacho de manera casi inconsciente. Se dirige con paso calmo a los pies de una farola, introduciendo una mano en el bolsillo de su abrigo, sacando su móvil, pero dejando caer accidentalmente una pequeña credencial a la mitad del camino.
Aslan suspira y vuelve a cerrar la puerta. Todo lo que hará será recoger la tarjeta y entregársela. Sólo eso, así que camina un par de pasos hasta ella y se inclina para recogerla. Se trata de una identificación expedida en Japón con una pequeña fotografía del chico que ya se encuentra bajo la farola y algunos de sus datos que no ha podido evitar leer porqué, aunque no se considera una persona entrometida, no ha podido con la curiosidad y Ash no sabe que le ha sorprendido más, si el hecho de que el japonés es dos años mayor que él o que en realidad sea un beta y ese simple hecho lo haya cambiado todo.
Eiji Okumura es su nombre, tiene veintitrés, es ciudadano japonés y es un beta aunque no lo parezca en absoluto. Ash está un poco confundido, pero visiblemente aliviado. Considera que es mucho mejor haber sido flechado por el aura de un beta que por las feromonas vacías y sin sentido de un omega. Él, después de todo, no es como el resto de los alfa y el chico Okumura es definitivamente su tipo.
Una vez desaparecidas todas sus dudas, el ojiverde camina con paso firme y seguro hasta donde el beta aún está esperando un taxi sin mucha suerte. Ha metido las manos en su abrigo por el frío y ha entrecerrado los ojos para enfocar a la lejanía, casi como si necesitara gafas. Parece un poco confundido cuando gira la cabeza y se encuentra con que el rubio no se ha marchado y además está caminando en su dirección.
—La dejaste caer —le dice mostrándole la identificación con una sonrisa suave. Se siente un poco idiota por sentirse aliviado ahora que sabe que está tratando con un beta pero no puede evitarlo, él realmente detesta a los omega.
—Oh, Dios. Muchas gracias, no sé qué habría hecho sin ella —le responde tomándola con sus delicadas manos y guardándola en la cartera—. Me la pidieron en el aeropuerto y olvidé ponerla en su lugar.
—No hay problema —dice, pero no puede evitar notar que la fragancia a flores aún emana de su cuerpo y se pregunta si se trata de alguna loción—. No hay mucha suerte con el taxi, ¿eh?
Eiji sonríe y dirige su mirada a la avenida para confirmarlo.
—Parece que no.
—¿Qué tal si te llevo? —le pregunta señalando su auto—. Mi casa queda en Uptown y podría dejarte de paso.
El pelinegro le mira por un instante en completo silencio y Ash no sabe qué pensar. Es la primera vez que alguien no le da un «sí» instantáneo a cualquier propuesta que implique pasar más tiempo con él. No que le parezca molesto, él jamás ha sido así de ególatra pero le tiene un poco desconectado. De la forma agradable, por supuesto.
—Gracias por la propuesta, pero esperaré. No quiero ser una molestia —le responde amablemente.
El alfa está a punto de abrir la boca para decirle que no es ninguna molestia, pero para su mala suerte, justo en ese momento un taxi aparece dando vuelta en la esquina. El beta se aparta de la farola y levanta la mano, haciéndole la parada al automóvil. El chófer se detiene inmediatamente y desciende para abrir el maletero con gesto indiferente.
—Sayonara —le dice el pelinegro sin intención de alargar mucho más la plática y Ash no sabe porqué se siente tan decepcionado.
—Adiós —es todo lo que puede decir mientras le ve subir al taxi.
Aslan sabe que probablemente jamás volverá a encontrarse con Eiji Okumura, el chico del aroma a flores y no sabe porqué se siente tan melancólico, ni porqué volver a su realidad le pesa tanto.
