Eiji abre los ojos de golpe con el corazón latiendo a toda velocidad. De fondo, su móvil resonando por toda la habitación. Se siente inquieto y perturbado, pero no por haber sido despertado repentinamente, sino por el sueño que tuvo y que aún se reproduce en su cabeza como una película. Un sueño recurrente que creyó olvidado después de un año de no tenerlo y que ahora vuelve por la simple interacción con un alfa del que no recuerda su rostro y con el que no volverá a encontrarse en su vida.
Patético.
El japonés toma un poco de aire e intenta calmarse antes de tomar su móvil, recordándose que sólo ha sido un sueño y que los sueños no pueden dañarlo, pero es inútil, siente un agujero donde debería estar su corazón y los ojos le pican un poco. Es la segunda vez en esa semana y comienza a ser incómodo. Él realmente lo había creído en el olvido.
El teléfono deja de sonar por un par de segundos antes de volver a la carga, encendiendo la pantalla y vibrando sobre el mueble de madera a su lado. El pelinegro lo mira con ojos cansados y finalmente lo sujeta para tomar la llamada, esperando que su voz no sea demasiado obvia. Está muy lejos de Japón como para dejarse amedrentar por algo que claramente no tiene solución.
—¿Sí? —responde y todo lo que puede escucharse en su voz es cansancio.
—Eiji, buenos días. ¿Has dormido bien? ¿Cómo te tratan en el hotel? —pregunta la voz de Max al otro lado del teléfono y como siempre, parece demasiado entusiasmado.
—Buenos días —le responde sintiéndose un poco más tranquilo—. El lugar es muy agradable pero aún no puedo acostumbrarme a la diferencia horaria. Paso demasiado tiempo despierto en la noche —dice mirando su reflejo en la pantalla de la portátil sobre la que se ha quedado dormido. Tiene las teclas marcadas en la mejilla—. He terminado de editar las fotografías del salón de eventos.
—Me alegra escuchar eso. ¿Puedes enviárselas a Carol para que comience a armar el artículo?
—Claro, sólo dame un momento —dice frotando su mejilla, pero la letra «A» y la «J» no parecen querer desaparecer—. Me he quedado dormido literalmente sobre la computadora.
Max suelta una carcajada.
—Me gusta tu dedicación, se refleja bastante en tus fotografías.
Eiji se sonroja y se pone de pie dispuesto a abrir la llave de la ducha y dejar que el agua se caliente. El cuarto de habitación es como un pequeño apartamento demasiado lujoso para él, pero no le ha quedado de otra más que aceptarlo cuando Max le dio la llave electrónica y le dijo que quedaba a sólo seis cuadras de la editorial.
—Lo haces sonar como si fueran buenas.
—Son más que buenas. Todas las fotografías son fabulosas, incluso nuestra diseñadora está teniendo problemas para elegir alguna. Realmente no me equivoqué cuando te ofrecí el puesto.
—El cual no he aceptado.
—Y yo sigo sin entender porqué.
—Porque no estoy capacitado para él, ya te lo he dicho. Sólo acepté ayudarte con esto porque eres mi amigo, pero sigo creyendo que sería mejor idea contratar a alguien con más experiencia.
—Creo que te subestimas demasiado.
—Sólo estoy siendo realista.
—¿Esto tiene que ver con el hecho de que eres beta?
Eiji guarda silencio con la mano en la perilla del agua caliente y con una sensación agria en la boca del estómago. Su segundo género no tiene nada que ver con su decisión. O al menos no del todo.
Cuando Max se había contactado con él, por recomendación de Ibe-san un mes atrás, él había esperado tener que desempeñar un trabajo sencillo; tal vez la fotografía para un folleto o para un catálogo. Algo mucho menos artístico y llamativo que hacer las fotografías para el artículo principal de la revista más importante de los Estados Unidos; la New York Faces, famosa por sus exclusivas con personalidades de todo el mundo, de la que Max era dueño y de la que también era columnista de la sección de política y negocios.
El joven fotógrafo había llegado a América con la idea de que estaba haciendo un pequeño favor al mejor amigo de Ibe, a quien había conocido durante la secundaria, cuando era saltador de pértiga y lo había usado como modelo para el cartel de un concurso. Había llegado con la idea de hacer su trabajo y volver a casa al día siguiente sin imaginar que Max incluso se había tomado la molestia de alquilar una habitación para él y que le había preparado una oficina en la que él no se había parado más que el primer día.
Tal vez debió imaginarlo un poco, ya era demasiado extraño que le hiciera viajar al otro lado del mundo únicamente por la fotografía de un folleto, pero en un mundo dominado por alfas, el que un beta como él aspirara a algo más era prácticamente imposible.
—Estoy seguro que incluso entre los betas hay mejores fotógrafos que yo.
—De acuerdo, esta conversación se termina ahora —dice y Eiji piensa que tal vez está un poco irritado, pero el alivio que siente por ello no lo deja sentirse culpable—. Cuando la revista salga a la venta sabremos que yo tengo razón.
El japonés suspira. ¿Es que todos los alfa siempre son así de obstinados? Probablemente, aunque él no se había relacionado con muchos, por no decir casi ninguno. Todos se sentían demasiado importantes como para prestarle atención a alguien como él y la verdad es que Eiji no los culpa.
—¿A qué hora empieza el evento? —pregunta cerrando la puerta del baño y quitándose los pantalones para poder ducharse.
—La conferencia comienza a las siete y la recepción de la fiesta a las ocho y media.
—¿Y de verdad es necesario llevar traje? —pregunta recordando el traje hecho a la medida que su jefe temporal le ha obligado a comprar y que incluso le ha financiado con los fondos de la editorial.
—Por supuesto, somos invitados después de todo.
—Querrás decir que tú estás invitado.
—Eres el fotógrafo y yo el periodista. Ambos lo estamos y no pienses si quiera escapar después de la conferencia, que es de mala educación no asistir al evento principal. No querrás hacer enojar a los alfa más poderosos del mundo.
—Eso te lo acabas de inventar y no estoy asustado de ningún alfa.
—Chico valiente. Por eso me agradas —dice divertido—. Pasaré por ti en el auto a las cinco y media. Asegúrate de peinarte bien o tendrás que dejar que Jessica lo haga.
—De acuerdo. Nos vemos.
—Nos vemos.
Eiji cuelga el teléfono y termina de desvestirse antes de entrar a la ducha. Se siente nervioso y muy tenso. La sola idea de tener que permanecer en un lugar rodeado de alfas no le hace ninguna gracia pero está dispuesto a soportarlo por puro orgullo, porque él no les tiene miedo, ni piensa dejarse amedrentar por ellos. Es sólo una noche y después de eso podrá volver a Japón, a su mundo de betas.
El muchacho sale de la ducha y seca su cuerpo y cabello con la esponjosa toalla que la mucama ha preparado para él. Cuando termina, enreda la toalla en sus caderas y se acerca al lavamanos para cepillar sus dientes y de paso, colocarse las lentillas. El espejo frente a él se desempaña cuando enciende el secador para peinarse con él y aunque su reflejo ahora es claro, él simplemente no presta atención a su ordinario rostro de beta.
Una vez terminada su rutina de limpieza, el chico sale del cuarto de baño y usa el teléfono del hotel para pedir el desayuno. La chica al otro lado de la línea le dice que estará listo en unos minutos y él aprovecha ese tiempo para vestirse. Como aún falta algo de tiempo para la conferencia, simplemente se coloca sus desgastados vaqueros de siempre y una camiseta ligera que le ayude a soportar el calor de la primavera.
El desayuno llega no mucho después. Un plato con huevos y tostadas, algo demasiado cliché de las películas americanas al que el nipón ya se está acostumbrando. La chica que se lo ha llevado es una beta muy agradable que le sonríe demasiado y que parece querer decirle algo, pero no se atreve. Eiji no pregunta, por supuesto. Simplemente le agradece su atención y asiente amablemente cuando le dice que el chico de la limpieza estará allí en un momento para cambiar las sábanas de la cama, las toallas y limpiar el baño.
El pelinegro se sienta en su escritorio con el desayuno a un lado y enciende el ordenador dispuesto a darle otro vistazo a su trabajo antes de enviarlo. Está tan preocupado por hacer bien las cosas que no puede evitarlo, aunque sabe que ya ha editado todo lo que ha podido.
El desayuno se termina en un abrir y cerrar de ojos. El chico de la limpieza llega, hace su trabajo diligentemente y se marcha. El almuerzo llega al medio día y Eiji lo come casi sin prestar atención mientras termina de revisar su carpeta. Aún cree que van a pagarle demasiado por esas fotografías tan intrascendentes pero dado que Max no parece querer cambiar de idea con respecto a la paga, no le queda más que enviar los archivos a la diseñadora con un cordial agradecimiento y una petición bastante personal. Y es que hay una fotografía, sólo una que él considera lo suficientemente buena para ser la imagen central del artículo. La fotografía de una escultura de Afrodita; polvorienta y desgastada que según los encargados del hotel estaba a punto de entrar en mantenimiento. No sabe porqué le ha llamado tanto la atención, pero en cuanto la vio supo que debía fotografiarla y lo hizo, obteniendo un resultado satisfactorio.
Carol le envía un correo de vuelta confirmando que ha recibido los archivos y Eiji finalmente puede separarse de la portátil. Los ojos le arden un poco así que decide cerrarlos un momento.
Cuando vuelve a abrir los ojos, son las cuatro y cuarenta y tres de la tarde. Se ha quedado dormido y ahora tiene menos de una hora para arreglarse antes de que Max y Jessica pasen por él.
Aún medio dormido se levanta del escritorio, e ignorando olímpicamente el dolor en su espalda, vuelve a tomar un baño únicamente porque ha olvidado que ya ha tomado uno antes. Se lava lo mejor que puede e incluso se pone un poco de colonia. Se coloca el traje y batalla un poco con el moño hasta que finalmente puede ponerlo en el cuello de su camisa. Se calza los zapatos nuevos y lustrados y cuando finalmente son las cinco y cuarenta y tres, el teléfono suena; es la chica de la recepción, Max ya ha llegado por él.
El japonés desciende cinco pisos hasta el lobby, ignorando la mirada extrañada del chico encargado de apretar los botones del ascensor. Parece que después de una semana aún no se ha acostumbrado a ver a un beta alojarse en un hotel tan prestigioso, pero no lo culpa, las pocas veces que Eiji se animó a comer en el comedor no se encontró más que con Alfas prepotentes.
—¡Mírate! —dice Jessica en forma de saludo en cuanto lo ve—. Estás tan guapo —agrega y el muchacho se sonroja.
—Vamos, cariño. No lo avergüences —interviene su esposo—. ¿Listo para la gran noche? —le pregunta y Eiji aprieta la boca, resistiendo la necesidad de decir que no.
En su lugar simplemente responde:
—¿Estás seguro de que no es necesario que lleve mi cámara?
—Ya se ha instalado el equipo en la sala de conferencias. Sólo tienes que tomar las fotografías.
Los tres adultos salen del hotel en dirección al auto de los Glendreed. Se ve lujoso, nuevo y brillante, pero apenas refleja el estatus social del que Max y su familia realmente gozan. Eiji abre la puerta para que Jessica pueda subir al asiento del copiloto y luego se sienta en la parte de atrás, intentando ignorar la incomodidad que le hace sentir estar tan fuera de lugar.
—Vi tu trabajo, es realmente hermoso —comenta la rubia—. Tal vez puedas hacerte un poco de tiempo para colaborar con mi revista y hacer algunas fotos de celebridades.
—Jess, cariño, Eiji no planea quedarse más tiempo en Estados Unidos.
Jessica Randy le mira por el retrovisor como si no creyera lo que está escuchando y luego vuelve sus ojos a su marido quien, sin inmutarse, sigue conduciendo.
—¿Por qué no le has ofrecido un contrato? —le pregunta.
—En realidad, Jessica. Lo hizo, pero lo he rechazado. —La mujer abre la boca para claramente preguntar por qué, pero su marido la hace callar con una mirada tranquila. El ambiente después de eso no es incómodo, pero Eiji comienza a sentirse como si estuviera tomando una mala decisión—. Creí que Michael estaría aquí —dice en un intento por distraerse, sin embargo.
—Se ha quedado con mi hermana —responde la rubia—. Tenemos que trabajar después de todo y él detesta las fiestas de los adultos.
—Lo entiendo totalmente —dice el pelinegro sin pensar y realmente espera que no lo hayan escuchado. No quiere verse como un adolescente quejumbroso, mucho menos cuando es un adulto y además está allí para trabajar.
El resto del camino es relativamente corto. Nadie menciona de nuevo el asunto del puesto de trabajo, ni siquiera el asunto de la fiesta hasta que finalmente llegan al Hotel Plaza donde un hombre ya los está esperando para recoger el automóvil y estacionarlo mientras ellos se adentran en el impresionante edificio. No es la primera vez que Eiji se encuentra allí, todas sus fotografías fueron tomadas al interior y exterior del edificio para el artículo de la revista durante los días anteriores, pero aun así no puede evitar sentirse pequeño frente a él.
—¿Tienes tú identificación? —le pregunta Jessica y él asiente mientras busca en el bolsillo de sus pantalones la pequeña tarjeta que Max le ha dado tres días atrás—. Cuélgala en tu saco durante la conferencia, después podrás quitártela. Por favor, evita que Max haga preguntas innecesarias a Golzine, aún tenemos un artículo que escribir.
—¡Yo no hago preguntas innecesarias! —se defiende el castaño pero su esposa se marcha sin mirarlo de nuevo—. De verdad que no —insiste y Eiji se ríe mientras ambos se presentan ante los hombres de seguridad, hay muchos de ellos.
Ambos se forman a la espera de ser revisados. La brisa sopla y la nariz de Eiji pica, causándole un estornudo que espera sea algo casual y no un catarro como los que está acostumbrado a padecer. Está un poco cansado de las fiebres y el dolor en el cuerpo. Lleva tres meses sin enfermar y eso ya es un récord.
—¿Me permite su identificación? —le pregunta entonces un chico de cabello negro y ojos rasgados que luce joven pero es un poco más alto que él.
—Por supuesto —le responde el japonés entregándosela y esperando mientras el picor en su nariz incrementa.
Los segundos pasan sin que el chico le diga algo y Eiji no insiste, simplemente se queda allí esperando a que le devuelva su tarjeta y le deje entrar.
—Tú... —le llama, pero no parece estar muy seguro de lo que quiere decir. El pelinegro se pregunta si hay algo malo con su identificación—. No, lo siento. Todo está en orden, adelante.
Eiji asiente y le sonríe amablemente mientras se cuelga la credencial en el pecho. Max ya lo espera de pie y juntos atraviesan un enorme pasillo de pisos alfombrados y candelabros con luz dorada. Luce incluso más bonito que de día, pero parece que Eiji es el único dispuesto en invertir unos segundos de su tiempo para admirar esa belleza, el resto de los reporteros y fotografos que también se dirigen a la sala de conferencias ni siquiera miran a su alrededor.
En la entrada de la sala no hay guardias pero sí un hombre que se asegura de que todos los presentes estén en una lista que carga con él. Él mira sus pechos, a través de sus lentes oscuros confirma sus nombres y les deja pasar agitando la cabeza seriamente haciendo que su cabello púrpura se agite un poco.
—La identificación donde pueda verla, por favor —le dice y Eiji mira su propio pecho sin comprender a que se refiere, hasta que se da cuenta de que no lleva consigo su credencial.
—¿Qué ocurre? —le pregunta Max desde dentro de la sala.
—Creo que dejé caer mi identificación. Voy a buscarla.
El chico de seguridad no le dice mucho más y el japonés se marcha lleno de vergüenza mientras sus ojos buscan la identificación por la alfombra. No puede creer que ha sido lo suficientemente torpe como para dejarla caer y arruinar todo. Max podría escribir un gran artículo, pero sin las fotografías todo carecería de sentido, están hablando de una revista al fin y al cabo.
Eiji busca desesperadamente, ignorando las quejas de los otros reporteros que también están llegando al evento, incluso ignorando los gruñidos de los alfa que encuentran reprobable su comportamiento. Con la única persona que realmente le preocupa quedar bien es su amigo y no piensa defraudarlo.
El nipón se aventura entre corredores buscando en cada rincón que encuentra, pero cuando ya ha recorrido todo de ida y vuelta dos veces no puede más que comenzar a sentir ansiedad. No sabe que ocurrirá si no puede entrar a la conferencia y tampoco quiere pensarlo.
Se encuentra solo en un corredor por el que ni siquiera está seguro de haber pasado y sabe que, para ese punto, todos ya han comenzado a criticar al beta incompetente al que Max Glenreed ha contratado. Lo peor es que el picor en su nariz es cada vez más insoportable y comienza a sentir escalofríos.
—Creo que perdiste algo —le dice una voz conocida, repentinamente y Eiji gira la cabeza.
En la esquina del corredor, un muchacho de cabello rubio y ojos verdes le mira. Es alto y su piel blanca. Viste un traje de alta costura y su cabello está peinado a la perfección. Eiji no puede olerlo, porque es un beta, pero sabe que está tratando con un alfa. Un alfa de alto rango. Tampoco es como si fuese difícil de adivinar. Lo que le tiene más consternado es que piensa que lo conoce de alguna parte y eso es imposible considerando su propio género secundario. Los alfa muy rara vez se involucraban con betas y a él, con algunas excepciones, no le gustaba mezclarse con alfas.
Algo tiene que admitir. Ese alfa es increíblemente guapo.
—¿Disculpa? —pregunta y el chico se acerca a él con las manos en los bolsillos. Tal vez sea su imaginación, pero Eiji piensa que quiere intimidarlo y él no va a permitirlo.
—Dejaste caer tu identificación. De nuevo, Eiji.
El pelinegro entrecierra los ojos y a su cabeza viene el fresco recuerdo de la noche en la que llegó a New York. ¿Él era...?
—¡El chico del auto rojo! —exclama y él sonríe, volviéndose incluso más atractivo que antes.
—¿Por qué pareces tan sorprendido? —le pregunta, genuinamente divertido.
—Olvidé tu rostro. —Miente, porque no había nada que olvidar. Aquella noche no se había puesto los lentes de contacto y no había podido distinguirlo entre la miopía y la oscuridad, pero eso no es algo que él deba saber, ¿verdad?
De manera increíble, en vez de enfurecerse por el orgullo dañado, el alfa ríe aún más fuerte, aunque Eiji está seguro de que sólo es porque su ego no le deja creer sus palabras.
—Bueno, espero que no lo olvides en el transcurso de la noche —le dice pasando su mano de delgados dedos por su cabello y sonriendo.
Eiji mira en su pecho. No hay un gafete de identificación, por lo que el chico debe ser un invitado a la fiesta y no un periodista. No es para menos, está seguro de que prácticamente todos los alfa importantes del mundo han sido invitados.
—¿Tú... eres un invitado? —pregunta de todos modos y no sabe porqué prolonga su inútil estadía en ese pasillo.
El alfa le sonríe ampliamente y sus ojos brillan con picardía. Parece que algo le hace mucha gracia y trata de ocultarlo inútilmente, pero Eiji, además de nulas ganas de preguntar, tampoco tiene tiempo, la conferencia debe estar a punto de comenzar.
—Oh, sí. Lo soy. Un invitado muy importante.
—Me encantaría quedarme a escuchar lo importante que eres —dice sarcásticamente—, pero debo ir a la conferencia. ¿Puedes devolverme mi tarjeta de identificación?
—Por supuesto, señor fotógrafo —responde y se la entrega, causando la sensación más extraña que Eiji ha sentido nunca.
Al rozar sus dedos, una descarga eléctrica le recorrió la espalda y los vellos de su nuca se erizaron. Fue un contacto cálido y terso al que el beta no le encontró explicación, pero le hizo sentir un incómodo déjà vu, justo como la noche en que lo conoció y le ofreció llevarlo en su auto. La misma razón por la que rechazó su amable ofrecimiento.
—Adiós —dice sin más, arrebatando de las manos del alfa la identificación y caminando tan rápido como puede. Ni siquiera ha intentado ser un poco amable y eso sí ya es inusual en él.
No sabe porqué ese muchacho lo altera tanto pero detesta sentirse de esa forma, así que decide que lo evitará tanto como le sea posible durante la noche. Hará su trabajo, tomará un par de copas (incluso menos) y luego se irá a casa en un taxi para poder editar las fotografías de esa noche y tomar su vuelo por la tarde.
Eiji está realmente decidido a que las cosas sean así, pero por alguna razón, cada que cierra los ojos, no puede evitar ver el par de esmeraldas con las que aquel desconocido le miró.
De alguna manera, el muchacho logra llegar a la conferencia justo a tiempo para preparar su cámara; arreglar el ángulo y ajustar el lente. Max se encuentra junto a él, con una pequeña libreta en manos y listo para hacer nota de lo más importante.
No es hasta que Dino Golzine aparece en el escenario que Eiji se da cuenta de que olvidó de googlear el nombre de los anfitriones y que no tiene idea de nada. Sabe que Golzine es dueño de la farmacéutica más grande de todo el mundo y que se dedica a fabricar supresores para alfas y omegas, pero nada más. Su cara es nueva para él y le resulta demasiado incómoda. Su expresión es la del típico alfa prepotente que sabe que tiene al mundo comiendo de su mano, pero hay algo más, una señal de alerta que le grita que se mantenga alejado de él.
La conferencia comienza sin que Eiji entienda de qué hablan. Tocan temas económicos y financieros que él en realidad no comprende, así que simplemente se dedica a tomar fotografías del hombre frente al podio, sin muchas ganas de hacerlo. Después de unos largos cuarenta minutos, Golzine finalmente toca el tema por el que todos están allí.
—Sin hacerlos esperar mucho más, me gustaría que recibieran a mi chico, Aslan y le hicieran sentir bienvenido —dice y las cámaras se disparan estrepitosamente al tiempo que un conocido chico de cabello rubio aparece frente a todos. Eiji simplemente no puede creerlo, se trata del alfa molesto de minutos atrás. Al que ha tratado pésimo y realmente quiere morir de vergüenza. Sólo espera que su comportamiento no afecte a Max o su editorial—. A partir de este momento, mi hijo se encargará del manejo de todo lo relacionado con mis empresas e inversiones.
Los reporteros levantan la mano y gritan en busca de la oportunidad de hacer una pregunta pero Golzine los ignora deliberadamente. Parece que todos tienen preguntas, pero para Eiji, el más grande de los misterios es el inexistente parecido entre el chico Golzine y su padre.
—Muchas gracias por estar aquí —dice el rubio y el japonés no puede evitar notar que suena como si repitiera el discurso que alguien más escribió para él—. Sólo me gustaría reiterar mi compromiso con la salud de los alfa y los omega. Al igual que mi padre, trabajaré para mejorar nuestros fármacos y brindarle a los nuestros una mejor calidad de vida.
Eiji mira al chico a través de su lente y toma un par de fotografías suyas durante el monótono discurso que nadie cuestiona. La presencia de Aslan, como le ha llamado su padre, es abrumadora y todos parecen pensar lo mismo porque están completamente paralizados mientras le escuchan hablar. Todos incluyendo al beta, que no se explica porqué no puede apartar los ojos de él.
La conferencia termina después de una pequeña sesión de preguntas y unas cuantas fotografías más. Eiji se pone de pie, un poco mareado y con la frente un poco caliente pero decide ignorarlo y esforzarse sólo un poco más.
Sin embargo, hay algo que no le deja moverse y es que el chico Golzine le mira con sus profundos ojos verdes, clavándolo en el suelo con su aplastante presencia de alfa. Eiji sabe lo que trama. Quiere intimidarlo, doblegarlo y él no va a permitirlo así que simplemente reúne toda la fuerza que tiene y se marcha en dirección al salón de fiestas.
Porqué podrá ser un beta, pero aún tiene dignidad.
