Eiji se encuentra recostado sobre su cama, con la mirada clavada en el techo blanco y con la sensación de que morirá en cualquier momento. Se siente mareado y está experimentando una de las peores fiebres que ha tenido nunca, tan intensa que le cuesta respirar. Está sudoroso y pegajoso por todas partes y piensa que tal vez sería buena idea llamar a un médico, aunque en realidad no tiene la energía para hacerlo. Se siente como si pudiera estar en la cama todo el día. De verdad quiere estar en cama todo el día.

El japonés rueda sobre su costado para descansar con el pecho sobre el colchón. Ese lado de la cama está fresquito y la sensación es agradable sobre su rostro afiebrado, pero no dura mucho. En ese punto, Eiji comienza a preguntarse qué es lo que su madre suele hacer para ayudarlo a sentirse mejor durante sus resfriados repentinos, pero su cabeza se siente tan caliente que le es imposible recordar. ¿Una sopa de verduras y una compresa de agua en la frente?

Tal vez debería tomar un baño.

El chico intenta ponerse de pie sólo para descubrir que es una tarea imposible. Sus extremidades se sienten pesadas y no reaccionan correctamente. Es hasta el tercer intento en que sus rodillas no han cedido y sus pies se mueven lentamente hasta el cuarto de baño donde simplemente se deja caer dentro de la bañera antes de abrir el grifo de agua fría, haciendo que la tela de su pijama se pegue a su piel y le haga sentir incluso más pesado. La sensación es maravillosa, el contraste de temperatura le hace sentir mejor, pero el pelinegro está consiente de que eso no será suficiente para poder tomar sin problemas su vuelo de vuelta a Japón a las cinco en punto.

Después de una incalculable cantidad de tiempo, su teléfono móvil suena y Eiji está vagamente consciente de que se encuentra en la mesita junto a la cama, así que decide ponerse de pie y como no quiere ser grosero con el personal de limpieza del hotel, el muchacho se deshace de su ropa mojada y se coloca la bata de baño. Ya no se siente tan caliente y se pregunta cuánto tiempo ha permanecido en la bañera, aunque supone que el suficiente para que sus dedos se pusieran arrugaditos como pasas.

El tono de llamada que él mismo ha elegido para su móvil se detiene y segundos después regresa con la misma fuerza. El nipón mira en la pantalla antes de tomar el teléfono y cuando se encuentra con el contacto de Jessica, por alguna razón se siente reacio a responder. Sabe que si su amiga se entera de que se ha enfermado no le dejará marchar y peor aún, insistirá en cuidar de él hasta haber sanado por completo, pero si no contesta, es seguro que tendrá a los Glenreed en la puerta de su habitación, preocupados porque él siempre responde las llamadas.

El joven finalmente toma el móvil y suspira. Se aclara la garganta suavemente y presiona el botón verde para después colocarlo en su oreja. Está dispuesto a disimular lo mejor posible a fin de no preocupar a nadie, aunque tal vez será buena idea llamar a Ibe para que lo recoja en el aeropuerto internacional de Tokio. Sólo en caso de que su condición empeorase.

—¿Sí? —pregunta. Es un alivio que no haya pescado una infección en la garganta y pueda hablar relativamente normal.

¡Eiji! —le saluda la voz de Michael, el hijo de Max y Jessica—. Mamá quiere hablar contigo, pero yo también.

El pelinegro sonríe a la nada, sintiéndose repentinamente mejor mientras se pregunta que es lo que ha hecho para ganarse el cariño del pequeño en sólo un par de días. Cuando él conoció a los Glenreed en Japón, no habían llevado a su hijo y prácticamente lo había conocido una semana atrás, después de su llegada a New York. Habían dado una vuelta por la ciudad, guiados por su padre y aquello parecía haber sido suficiente para que el niño le cogiera un cariño especial, aunque Eiji suponía que su facilidad para cuidar niños tenía mucho que ver. Fuese como fuese, escucharlo tan animado parecía ser un remedio infalible contra su enfermedad.

—Hola, Michael. ¿Cómo has estado? —le pregunta y se sienta en su cama mientras busca en su cajón la medicina que usa para sus resfriados.

Bien, Eiji. ¿Y tú?

—Un poco cansado —confiesa y saca una de las pequeñas pastillas de su envase antes de tragarla en seco—. Estuve trabajando toda la noche.

Mamá y papá también —dice orgulloso—. Siempre trabajan un montón para hacer revistas bonitas. ¡Oh! A qué no adivinas —cambia de tema abruptamente y el ojinegro mantiene silencio mientras se pone de pie, dispuesto a recoger la ropa mojada del suelo del baño y a ponerse unas nuevas pijamas—. Mañana en la escuela, las enfermeras van a pincharnos con una aguja —dice entusiasmado y es el único niño que Eiji conoce que está tan feliz por algo así—, y van a hacernos el examen de género. Papá dice que los resultados no son importantes, pero a mí realmente me gustaría ser un alfa como él y como mamá.

Sujetando el móvil entre la cabeza y el hombro, el japonés escurre sus pijamas dentro de la bañera que ha comenzado vaciarse y cuando ya no escurre, sale hacia el balcón y la tiende al sol, esperando que esté completamente seca para cuando sea momento de empacar.

Comprende el entusiasmo de Michael, él a su edad no podía esperar para saber su género secundario y no porque realmente supiera lo que eso significaba, aunque en clases de biología la sensei ya se había dado a la tarea de explicar muy vagamente el asunto.

Sucedía que el saber el segundo género, era para los niños el equivalente a comprar uno esos huevitos de chocolate con un juguetito dentro, no saben lo que les tocará, pero esperan con ilusión encontrar el más genial y raro de todos. En el caso de Michael es muy probable que sea así, viniendo de padres alfa. Eiji había sido mucho más ingenuo proviniendo de una familia de betas.

—Bueno, no lo sabremos hasta que te den los resultados. Déjame saber cuándo te los entreguen, ¿de acuerdo?

¡Sí! ¡Oh! Te paso a mamá. Ten un buen día, Eiji.

—Igualmente —le dice de todo corazón. Esperando que sin importar el resultado de esa prueba, el niño siga siendo tan amable y sincero como sus padres.

Buenos días, señor fotógrafo —le saluda Randy desde el otro lado de la línea—. Gran trabajo el de ayer. Las fotografías son maravillosas. Estuvimos trabajando toda la madrugada para tener listo el artículo. Hoy se imprime, mañana sale a la venta y yo tengo excelentes noticias.

—Deben ser realmente buenas si has dicho todo eso sin tomar un poco de aire.

Aslan Callenresse ha aceptado dar una entrevista para la siguiente edición del New York Faces y además ha concedido una sesión fotográfica. Me contactaron de su oficina justo hace un momento —dice demasiado emocionada—. Cuando Max y yo le preguntamos por ello en la fiesta se negó sin más así que realmente no esperaba esa llamada.

—Bueno, felicidades. Estoy seguro de que eso traerá muchas ventas.

Ya lo creo. Sólo tenemos un pequeño problema —ella hace una pausa y el muchacho espera paciente al otro lado de la línea, con un mal presentimiento creciendo lentamente dentro de su pecho—. Nos han dicho que la única condición de Callenresse para aceptar ambas cosas es que tú seas el fotógrafo de la sesión. No tenía idea de que se conocían.

Eiji no responde, realmente había esperado estar equivocado respecto a su presentimiento, pero ahora que Jessica simplemente lo ha soltado, parece peor de lo que imaginó. Es perturbador pero tampoco lo entiende del todo, no sabe que lo que ese tipo está tramando o lo que pasa por su cabeza. No lo conoce de nada, apenas ha intercambiado un par de palabras con él, más por cortesía que otra cosa y en ninguna de esas charlas se ha dicho algo mínimamente interesante.

El japonés piensa que tal vez sólo está siendo molestado, que el americano querrá jugar un poco antes de casarse como los niños pequeños y dejarlo de lado. Tal vez su interés radica en su género, tal vez jamás había visto a un beta mezclarse con tantos alfa y le llama la atención. Tal vez simplemente es un idiota. No lo sabe y no quiere averiguarlo. Se niega a averiguarlo.

—Mi vuelo sale a las cinco, Jessica —le recuerda y espera que sea suficiente para zafarse del asunto—. Lo siento pero...

Por favor, Eiji —le interrumpe—. Sé que Max y yo prometimos no presionarte pero esto es realmente importante. Aslan Callenresse no ha concedido nunca una entrevista, mucho menos una sesión de fotos. No sabes lo mucho que significa para nosotros, para nuestra carrera, para la revista y la editorial. Te lo pido como amiga.

El nipón suspira tratando de expulsar la culpa de su cuerpo. Quiere decir «no» pero a cada segundo que pasa es más difícil. Jamás nadie nunca le había pedido algo con tanta vehemencia como en ese instante y no sabe manejarlo. No quiere defraudar a sus amigos pero tampoco quiere quedarse más tiempo en esa ciudad y mucho menos tratar con Aslan Callenresse, quien parece verlo como su nuevo juguete de niño rico.

»Por favor —le dice una vez más y realmente está implorando, lo que es suficiente para que Eiji y su voluntad se tambaleen y finalmente se hagan pedazos. Él simplemente no soporta que la gente implore.

—De acuerdo —responde cansado. De repente se vuelve a sentir afiebrado y enfermo—. Haré las fotografías, pero nada más, Jess. Volveré a Japón en cuanto terminemos.

—¡Gracias! Eres el mejor amigo que podríamos tener. Le diré a Mónica que cancele tu vuelo y que reserve la habitación por un par de días más.

—Que Ibe no te escuche decir eso —le pide, pero en el fondo está realmente feliz de poder ser de ayuda. Jamás creyó que sería pieza indispensable de algo.

Programaré la sesión para el día de mañana, así podrás terminar lo antes posible.

—N-no —interviene—. ¿Podría ser el miércoles?

Claro, pero...

—Estoy resfriado —interrumpe con pesar. Entre confesar estar enfermo o encontrarse de inmediato con el alfa rubio, Eiji ha preferido lo primero—. No me siento realmente mal pero las sesiones son largas y se necesita mucha energía.

Oh... Así que ayer durante la fiesta realmente te sentías mal. Le dije que un abrigo más grueso sería mejor, pero no quiso escuchar, ¿verdad jovencito? ¿Necesitas algo?

—No será necesario, gracias. ¿Recuerdas lo que dijo Max? Me enfermo seguido así que siempre cargo con vitaminas y medicina.

¿Seguro? —pregunta y por un instante ha sonado como su madre, conmoviéndolo.

—Completamente.

Prométeme que si empeora, llamarás para que te llevemos al hospital.

—Lo haré. Pero estoy seguro que en un par de días me encontraré completamente bien.

De acuerdo. Entonces hablaré a la oficina de Callenreese para agendar la sesión. Max te hablará después para saber cómo te sientes y para informarte de los pormenores del photoshoot. Nos vemos, ten un buen día.

—Igualmente. Por favor despide a Michael de mi parte y dile que, si hay un poco más de tiempo, lo llevaré a Central Park una vez más antes de que me vaya.

La idea va a encantarle. Creo que le has flechado —dice a forma de broma pero Eiji siente verdadera vergüenza—. Adiós.

—Adiós.

El muchacho termina la llamada presionando el botón rojo en la pantalla de su móvil y se queda de pie en el balcón con vista a la avenida principal, preguntándose qué es lo que acaba de hacer. Está genuinamente feliz de poder ayudar a sus amigos pero también un poco perturbado. No quiere admitirlo, aunque tal vez es un poco obvio, pero realmente no le gusta tratar con alfas, mucho menos con alfas cuyas intenciones desconoce. Max y Jessica son la única excepción y Michael lo sería también, los únicos alfa con los que se relaciona y hasta hacía poco, se encontraban al otro lado del mundo así que no representaba un problema.

Eiji vuelve al interior de la habitación y enciende su portátil antes de llamar a recepción para pedir el desayuno y para pedir de favor que manden a alguien que se lleve su ropa sucia a la lavandería. La recepcionista lo atiende diligentemente y él cuelga para después sentarse en su ordenado escritorio, desbloquear el computador y finalmente abrir Google. Sabe lo que quiere buscar, pero se resiste un poco, en primer lugar porque realmente no le interesa —o eso es lo que se dice— y en segundo porque hacerlo podría ser contraproducente para su encuentro con el alfa. Así que se queda en silencio, mirando la pantalla con los dedos sobre el teclado y su corazón latiendo un poco más rápido de lo normal, sin que él entienda porqué.

Finalmente, después de unos minutos interminables, el nipón decide que ha tenido suficiente. Él nunca ha sido un cobarde y no va a comenzar a serlo ahora, mucho menos a causa de un tonto alfa, así que simplemente coloca la primera letra en el motor de búsqueda y luego la segunda. Así sucesivamente hasta completar las palabras clave y finalmente pinchar en el botón de «buscar».

«Aslan Golzine» tiene más de un millón de resultados en internet que se duplican cuando Eiji da clic en el enlace de corrección que Google arroja; «Quizá quisiste decir Aslan Callenreese». No hay fotografías, no muchas al menos. La mayoría de ellas tomadas por paparazzis y no muy buenas. Hay unas de una conferencia, pero Aslan luce demasiado joven así que el nipón supone que deben tener al menos diez años. Artículos hay demasiados, tanto que el pelinegro no sabe por dónde empezar así que simplemente opta por agregar la palabra «biografía» a la búsqueda y entrar al primer enlace.

Aslan nació el doce de agosto y actualmente tiene veintiún años. Es americano y fue oficialmente registrado en Massachusetts. Huérfano, adoptado por Dino Golzine a la edad de diez años. Alfa, con un IQ superior a los 180. A los dieciséis años recibió un par de reconocimientos por un ensayo sobre el análisis económico y político de Estados Unidos y a los dieciocho, fue oficialmente nombrado presidente de la cadena farmacéutica de la que su padre adoptivo era dueño. Fue también durante ese año en que recuperó su antiguo apellido sin que su padre se opusiera. Así que, en conclusión, Aslan Callenreese es un alfa dominante y genio especializado en economía y política, ya no sólo presidente de una de las empresas más grandes del mundo, sino dueño del emporio Golzine recién heredado el día anterior. La definición perfecta de alguien que ha sido tocado por Dios mismo, porque además de todas esas cualidades, el ojinegro podía dar fe de su agraciado físico.

Eiji suspira, no quiere dejarse atemorizar por él, pero probablemente tendrá que lidiar con uno de los hombres más ricos del mundo en menos de tres días y tomar unas fotografías decentes si no quiere ser demandado o algo así.

El muchacho baja en la ventana del navegador, únicamente con la intención de mantenerse ocupado y no pensar demasiado en ello, basta con decir que es la primera vez que se encuentra con alguien tan extraordinario y el sentimiento es arrollador. El chico es una especie de alfa de los alfa, si es que el término existe. No es necesario que el nipón baje demasiado para encontrarse rápidamente con las páginas dedicadas a los chismes apareciendo en la pantalla y son muchas.

Los títulos son demasiado obvios y explícitos por lo que el beta ni siquiera tiene la necesidad de cliquear en alguno. Aparentemente, Aslan "Ash" Callenresse no sólo es un genio millonario, también es un alfa fetichista al que le gusta desquitar sus instintos con betas. O al menos, eso es lo que dan a entender todos los encabezados. Eiji encuentra realmente divertida la forma en que cada uno de ellos fue redactado, es demasiado obvio que todo lo que buscaban era generar polémica y aun así, de alguna manera, no puede evitar pensar que tal vez esa es la razón por la que Callenreese ha insistido en encontrarse con él. La razón por la que le ofreció llevarlo en su lujoso auto rojo durante su primer encuentro.

La idea es rápidamente desechada cuando, ahora realmente curioso, cliquea en uno de los enlaces y mira las fotografías de los supuestos amantes del ahora nuevo dueño de Golzine Entreprise. El alivio es inmediato cuando sus ojos se posan en las atractivas figuras de hombres y mujeres que sí, probablemente son betas, pero betas por arriba del promedio, atractivos y carismáticos, no como él, cuyo mayor atractivo es su habilidad en la cocina y no su rostro.

El japonés cierra las ventanas de navegación y apaga la portátil con una sonrisa divertida aún en la boca, dispuesto a tomar una siesta. No puede creer que de verdad ha pensado por un instante que está en la mira de un alfa como Aslan Callenreese. Él, que además de beta, no es nada extraordinario. Él, a quien la vida le ha recordado en más de una ocasión que no tiene permitido aspirar a ir más allá. Porque hay líneas que él no puede cruzar. Límites que existen para los betas como él y no para los alfas como Callenreese.

Eiji se recuesta en su cama, acurrucándose entre las sábanas mientras la fiebre le arrulla suavemente. La piel le cosquillea y sus vellos se erizan mientras la imagen de aquel joven alfa se plasma tras sus párpados, haciéndole sentir un poco irritado.

No quiere verlo, no quiere pensar más en él, todo lo que desea es poder dormir y que, al despertar, la jodida fiebre se haya marchado.