Los reflectores del estudio se apagan, dejándolo todo un poco menos iluminado. Los ayudantes y maquillistas se despiden y Eiji les corresponde con una resplandeciente sonrisa en los labios y la frente perlada de sudor. Está cansado pero tan entusiasmado que no podría importarle menos. No puede creer que ha tenido una sesión fotográfica profesional y que además, ha sido todo un éxito. Esa mañana se había despertado tan ansioso que casi cancela la cita, pero negándose a lucir como un cobarde, se había dirigido a la editorial a cumplir con su promesa de una vez por todas.
Y está tan satisfecho con el resultado que no se arrepiente de nada.
No fue fácil. Aslan Callenreese no es un modelo con experiencia y él tampoco el fotógrafo adecuado para la sesión, pero todo ha salido a la perfección gracias a la ayuda del personal y a que el beta se había sentido tan inseguro que la noche anterior no había dejado de buscar referencias de retratos en internet.
Habían tenido unos cuantos problemas de organización al principio, pero en cuanto el pelinegro se acostumbró a dirigir la sesión, todo lo demás fue pan comido, al punto en que el joven fotógrafo se había dejado llevar, adecuándose a la situación rápidamente. Bueno, Eiji tampoco iba a robarle el crédito a sus colegas que con paciencia y profesionalismo se adaptaron a su estilo de trabajo y tampoco a Aslan que, aunque al principio parecía un poco tenso, obedeció cada una de sus palabras al punto que en que el beta casi olvidó que estaba tratando con un alfa, casi.
—Buen trabajo, Okumura —dice el editor desde el puerta—. Te enviaré una copia de los archivos para que puedas agregarlos a tu portafolio.
—Muchas gracias —responde genuinamente agradecido—. Gracias a todos por su ayuda.
El equipo técnico le responde amablemente, haciendo faena mientras continúan con su trabajo de recoger las luces y los cables antes de llevarlos al almacén dentro de la misma habitación. Eiji recoge su mochila con el corazón aún acelerado y la euforia a tope. Todavía se siente como si acabara de hacer la cosa más increíble del mundo y realmente duda que el efecto vaya a desvanecerse pronto. Todo lo que quiere es poder llamar a casa y contarle a su familia y a Ibe sobre su experiencia, sin importar que suene como un niño que ha ido al parque de diversiones por primera vez.
El japonés se despide una última vez con voz alegre y sale del estudio sintiéndose ligero como una pluma. El cuerpo le pesa poco y apenas puede sentir sus pies sobre el suelo. Está viviendo un sueño y aunque sabe que pronto tendrá que despertar y regresar a la realidad, está disfrutando cada instante de esa fugaz satisfacción.
Tarareando, Eiji atraviesa los largos pasillos de la editorial hasta el ascensor. Saluda a algunos de los editores que Max le presentó la primera vez que lo llevó e incluso se toma la libertad de pasar a la oficina de su amigo para notificarle que todo ha salido perfectamente, pero Glendreed está en una junta y él no quiere molestar así que se marcha sin más.
El muchacho sigue su camino con paso alegre, pero después de un par de minutos, sus pies se detienen gradualmente, hasta inconscientemente plantarse frente a la puerta de cristal de la oficina que aún tiene la placa con su nombre; Eiji Okumura. Fotógrafo.
El nipón mira el interior de la oficina con una sensación extraña en el pecho. Sus paredes son de cristal y el escritorio de madera y la silla mullida son demasiado nítidas. Hay una maceta con una hermosa planta de hojas verdes en una esquina y la vista hacia la avenida principal es simplemente espectacular.
Eiji extiende la mano, pero antes de posarla sobre la manija se detiene y se recuerda que esa no es su oficina por mucho que diga su nombre. Él ha rechazado el puesto y debe volver a Japón, ¿verdad? Lo que ha ocurrido ese día ha sido simplemente una excepción y no va a volver a repetirse.
Lentamente, el ojinegro baja de la nube en la que se ha subido durante la sesión fotográfica y el sentimiento al que no le ha dado nombre antes ahora parece algo similar al arrepentimiento. Sabe que no está hecho para trabajar en una editorial reconocida pero quiere hacerlo y se siente como un fraude por desearlo.
—¡Okumura! —le llaman desde el otro extremo del corredor y el japonés se obliga a no lucir miserable, después de todo, él mismo se ha puesto en esa situación.
Eiji lleva su mirada hacia la voz que le llama y se sorprende un poco de encontrarse con Aslan quien él creía se había marchado en cuanto hubo terminado la sesión. Se ha quitado la corbata y ha dejado su camisa desabrochada en los primeros botones del cuello pero además de eso, su expresión es un poco más relajada que durante el photoshoot y eso hace que el beta se pregunte si se debe a que no están sus hombres de seguridad vigilándolo, como hicieron en el estudio o es simplemente porque no hay ninguna cámara apuntándole.
—Señor Callenreese —le responde vagamente. No se siente con humor para incomodarse con su presencia de alfa y después de haber trabajado juntos tantas horas, tampoco siente demasiado rechazo hacia él. Lo que sí es extraño es tener que hablar con tanto respeto a alguien que es menor que él, pero hay cosas que simplemente no se pueden cambiar.
—Estaba buscándote —le dice y hace que el fotógrafo se pregunte por qué.
Contrario a lo que creyó, durante la sesión, el alfa apenas le había dirigido la palabra y no hubo señal de que estuviera mínimamente interesado en convivir con él más de lo necesario. Lo que había sido un alivio para Eiji, quien no tenía idea de cómo sentirse con el extraño interés que tenía el rubio por él. Incluso llegó a la conclusión de que sólo lo estaba molestando y ya se había aburrido.
O no.
El alfa se detiene frente a él, demasiado cerca para el gusto del beta que, sutilmente, retrocede medio paso. Tal vez ha sido su imaginación pero por un segundo, le pareció que fue olfateado, lo que no tiene sentido porque él no huele a nada, así que probablemente sólo ha sido idea suya. Espera que realmente sea idea suya.
»Te quedaste con mis mancuernillas —le dice y Eiji frunce el ceño sin entender de lo que habla hasta que mira el puño de su camisa y la encuentra abierta.
¡Claro! Las mancuernillas. El pelinegro se las había quitado en un intento por obtener una fotografía mucho más casual y juvenil que encajara mejor con un chico como él. Había sido una buena idea y había obtenido buenas tomas, pero se había guardado las mancuernillas de plata en el bolsillo del pantalón y olvidó por completo que las tiene allí, pese a que el peso de los quilates es bastante obvio.
Avergonzado de ser visto como un oportunista, el beta mete la mano rápidamente en su bolsa trasera y extrae torpemente los lujosos accesorios que de repente parecen mucho más pesados que antes. Está listo para ofrecer una disculpa y para decir la verdad —que ha olvidado regresarlos—, pero cuando sus ojos se topan con el rostro de Aslan Callenreese se da cuenta de que su expresión no le culpa de nada, pero sí muestra algo que el japonés no puede descifrar. Aunque, nuevamente, tal vez sólo sea su imaginación.
—Lo lamento, olvidé totalmente que los tenía conmigo —dice igualmente y los coloca suavemente en la mano extendida del alfa.
Eiji no puede evitar que al contacto con su tersa piel, los vellos de su nuca se ericen. Electrostática, probablemente.
—No hay problema. Supuse que había sido así.
El nipón hace una pequeña reverencia y se disculpa una vez más antes de que el silencio se instale entre ellos y sea genuinamente incómodo. Parece que el heredero de Golzine quiere decir algo más, pero no lo hace y el ojinegro quien no tiene nada que decir, simplemente busca la manera más adecuada de librarse de un alfa importante sin parecer grosero y es que la urgencia de poner distancia entre ellos es tan fuerte como las ganas que tiene de seguir mirando su bonito rostro de piel pálida y ojos imposiblemente verdes.
—Bueno —comienza el beta—, realmente fue agradable trabajar contigo —dice sin estar seguro de si sus palabras son reales o no—. Tengo que irme, así que... adiós.
Eiji termina la frase consiente de que en realidad se está despidiendo definitivamente de él. Su vuelo sale a la mañana siguiente y no hay más razones para encontrarse con el alfa con quién apenas ha intercambiado un par de palabras, que le hace sentir extrañamente incómodo y aun así no se siente completamente como un alivio el no volver a verlo.
El beta pasa a su lado, reanudando su camino de vuelta al ascensor. El alfa no ha dicho nada y eso para él es más que una despedida exitosa, así que no pierde más tiempo. Sin embargo, a medio camino su voz le llama y se siente tan natural para él responder que se queda quieto en el recodo del pasillo y espera, aunque desea todo lo contrario.
—Oye, dijiste que no habías almorzado, ¿verdad? —le pregunta y suena un poco tímido, lo que es extraño porque los alfa no suelen ser así.
—Yo... no —responde y no entiende porqué no ha mentido. Había estado tan nervioso por la mañana que su estómago apenas pudo con el jugo de naranja, pero eso no era algo que importara al rubio.
—Déjame invitarte algo entonces —dice y parece que no necesita una excusa para hacerlo porque no la da. Ni siquiera el típico «en agradecimiento a».
Eiji lo mira por un par de segundos tratando de descifrar lo que piensa, pero su expresión no rebela nada y eso es aún más desconcertante que ser el blanco de un alfa de clase alta.
—No, gracias —le dice sin pensar, sin tacto alguno, aunque en el fondo es realmente lo que quiere decir. Aslan Callenreese le agradaba más cuando no actuaba sospechosamente y se mantenía al margen con él.
—¿Estás ocupado? —le pregunta, porque claro, debía ser así si Eiji tenía el coraje de rechazarlo.
—No realmente —contesta francamente. No tiene razones para mentir.
—Oh... —expresa, pero algo en su rostro luce como si comprendiera que, en realidad, su invitación es algo extraña. Porque lo es y aun así, de alguna manera, el japonés siente un poco de pena, o algo similar. ¿Está siendo demasiado descortés?
Nadie dice nada más y el joven fotógrafo se queda de pie sobre el piso de madera sin saber a ciencia cierta porqué no se ha marchado, aunque tal vez tenga que ver con el hecho de que Aslan es un alfa de rango alto y su presencia es arrolladora. La situación se parece un poco a cuando lo conoció, porque aunque no quiere admitirlo, Eiji no pudo alejar sus ojos de él, era tan atractivo que daba miedo y cuando le ofreció llevarlo en su auto a penas y había tenido la fuerza de voluntad suficiente para declinar su oferta, todo gracias a que un taxi estaba llegando en ese instante. El japones casi podría jurar que por un momento olió sus feromonas, lo que era una locura por que él es un beta, pero así de fuerte fue su primera impresión.
Y es precisamente por esa aura tan fuerte que el nipón se sigue preguntando por qué un alfa como ese insiste en estar cerca de él cuando podría aprovechar mejor su tiempo saliendo con alguna modelo o con el hijo de algún importante inversionista.
Así que se lo pregunta.
Ha sido por curiosidad e impulso, ni siquiera lo había planeado pero dado que él no es del tipo que se ande con rodeos y que prefiere dejar las cosas claras, lo ha hecho y se ha arrepentido al segundo siguiente. Ni siquiera recuerda como planteó su pregunta y Callenreese no le da ninguna pista con su indescifrable expresión.
Hasta que rompe en carcajadas.
Es una risa fuerte y refrescante que resuena en el pasillo vacío. Su endurecido rostro se ilumina y sus labios se extienden hasta mostrar sus aperlados dientes. Sus ojos se achican y se arrugan mientras su cuerpo tiembla y las carcajadas salen una tras otra, casi como si Eiji hubiera dicho el mejor chiste que jamás hubiera escuchado. Al japonés le parece un poco divertido, pero opta por fingirse un poco ofendido para recuperar un poco de su dignidad.
—No estaba bromeando —dice y le sorprende lo infantil que ha sonado. Aslan lo nota y ríe aún más fuerte, pero aun así le dice:
—Lo lamento, es sólo que parecías tan serio —se disculpa, pero con la risa no parece demasiado arrepentido—. «¿Por qué querrías almorzar conmigo?» preguntaste. Bueno, te encuentro sinceramente refrescante.
—Querrás decir que te gusta burlarte de mí.
—No creo que lo entiendas —le dice con una sonrisa amplia en su bonito rostro de piel pálida.
—¿Por qué soy un beta? —pregunta y la verdad se siente un poco ofendido. Él sabe que son diferentes, pero detesta que lo traten de idiota por ello.
—Por que no fuiste criado como yo —le corrige. No parece que lo diga sólo por complacerlo e incluso así, Eiji se siente un poco incómodo. Siempre que lo piensa demasiado, termina recordándose que las diferencias entre un alfa y un beta son abismales y no hay manera de acortarlas. No quiere intentar acortarlas y aunque está sumergido en sus propios problemas, no pasa desapercibido para él el tono de voz que el alfa utilizó para hacer su aclaración.
Tal vez Eiji está un poco curioso. Pero sólo un poco.
—Escuché que sólo sales con betas, ¿por qué? —le pregunta como una forma de aclarar todo el asunto.
—¿Escuchaste o leíste en el artículo de alguna revista de chismes?
El japonés se sonroja notablemente pero no flaquea. Mira al rubio intentando que su pose no luzca afectada y se mantiene firme, casi retándolo a que intente mentirle.
—No has respondido mi pregunta —insiste y el ojiverde luce genuinamente divertido.
—De acuerdo —le responde con ojos amables que hacen que por un instante, Eiji se olvide de que está tratando con un alfa—. ¿Qué te parece si te cuento sobre ello mientras comemos algo?
El estómago del fotógrafo gruñe, revelando así su falta de alimento una vez más. En ese punto parece casi vergonzoso negarse a la invitación, dado lo sinceras de sus reacciones fisiológicas. No quiere lucir inmaduro y testarudo, pero tampoco tiene razones para pasar demasiado tiempo con Aslan Callenreese.
Sin embargo, su indecisión es tomada por aceptación y el rubio rápidamente lo guía hasta el ascensor haciendo uso únicamente de una mirada penetrante que, por alguna razón, hace que sea imposible para Eiji negarse a seguirlo.
Juntos llegan al elevador que —para mala suerte del fotógrafo— está completamente vacío. El pelinegro quiere negarse a subir y compartir tan poco espacio con el alfa, pero el leve empujoncito en su espalda le toma por sorpresa y prácticamente salta dentro cuál gato que ha sido rociado con agua. El ambiente después de eso es un poco incómodo, al menos para él que siente que la nariz le pica y que el oxígeno es cada vez menos.
Los números en la pantalla electrónica del ascensor cambian lentamente mientras el pelinegro se recuerda mentalmente que todo terminará en segundos y que debe ser paciente. Han pasado literalmente años desde que ha estado a solas con un alfa de esa forma y aunque la sensación no es agradable, no es tan terrible como pensó que sería.
Un extraño aroma a flores de cerezo llega fugazmente a su nariz, lo que claramente es su imaginación porque está encerrado en un elevador en el corazón de New York y está seguro de que no hay ni un sólo árbol de ese tipo plantado en toda la ciudad. Tal vez son los nervios. Tal vez se está volviendo loco. O tal vez es el aromatizante de la alfombra.
Una pequeña gota de sudor resbala por su frente al tiempo en que las puertas se abren al llegar al lobby. La brisa golpea directamente en el rostro del japonés, refrescándolo un poco y haciéndolo consiente de lo muy acalorado que se siente. Las manos le tiemblan un poco, pero poco a poco todo vuelve a la normalidad mientras el mundo parece volver a dibujarse frente a él y el aroma a flores desaparece. Un aroma extraño para la alfombra de un elevador pero él no tiene ninguna queja.
Eiji se dirige a la puerta principal pero Aslan se lo impide, tomándolo de la muñeca y arrastrándolo hasta la salida de emergencia en la parte posterior del edificio. El beta no pregunta, está demasiado ocupado preguntándose qué es esa sensación en la piel que el alfa está tocando, sin llegar a ninguna respuesta cuando finalmente irrumpen en el exterior.
El sol cae por el horizonte y las nubes se han teñido de naranja y rosa. Eiji se pregunta cómo es que se ha hecho tan tarde, pero al igual que todas sus preguntas ese día, no obtiene respuesta y su estómago vuelve a gruñir.
—Por aquí, conozco un buen lugar.
—¿Siempre haces eso? —le pregunta, un poco de mal humor, pero no deja de seguirle.
—¿El qué?
—Arrastrar a la gente a dónde quieres sin preguntar primero.
El rubio ríe pero no se detiene y el pelinegro está de malas, pero no se detiene.
—¿Y tú siempre eres así?
—¿Cómo?
—Tan a la defensiva. Por tu cara creí que serías un poco más amable.
—Lamento decepcionarte —le dice con tanto sarcasmo como su voz se lo permite—. ¿A dónde estamos yendo? —pregunta al notar la cantidad de calles que están atravesando.
—Lejos de la editorial.
—¿Por qué?
—Por que me he escapado de mis guardias —responde con seriedad y Eiji no puede evitar reír.
—No es verdad —dice, pero por alguna razón la situación le parece divertida y los cambios de humor tan abruptos que está experimentando son desconcertantes.
—Oh, pero lo es.
—¿No es peligroso para ti estar sin ellos?
—Puedo cuidarme solo.
—Por supuesto que sí —le responde rodando los ojos.
El estómago del beta vuelve a gruñir cuando pasan cerca de un puesto callejero de perritos calientes, estimulado por el aroma del tocino y la salchicha. Tal vez sus cambios de humor se deben al hambre, pero duda que un alfa como Aslan Callenreese quiera comer en un puesto callejero.
—¿Quieres una salchicha? —le pregunta y aunque Eiji se avergüenza un poco de lo obvio que ha sido y de sus gustos tan simples no lo niega—. Podemos comer allí, si quieres. De hecho, hagámoslo.
El rubio se detiene frente al puesto de comida. Su porte de alfa de alto rango y su traje de diseñador están totalmente fuera de lugar, pero contrario a lo que cualquiera creería, no luce perturbado por ello. De hecho, parece realmente ansioso por obtener una salchicha y Eiji se pregunta si el rubio lo ha usado como excusa para obtener una.
Rígidamente, el vendedor atiende al alfa y el japonés se siente aliviado de no ser el único beta que se comporta tan erróneamente frente al rubio. Sin embargo hay una diferencia bastante clara y es que, aunque es obvio que el vendedor no quiere tenerlo allí, lo atiende tan diligentemente que es un poco desagradable, pero Aslan parece acostumbrado y Eiji se mantiene al margen así que simplemente lo ignora.
El hombre les entrega un par de salchichas a cada uno y luego les da el precio. El primero en alcanzar su cartera es el rubio, pero en cuanto se da cuenta de que todo lo que lleva consigo es una tarjeta negra, es Eiji quien termina pagando.
Juntos toman la cena en un banco metálico en un pequeño parque no muy lejos. Es miércoles por la tarde así que no hay demasiada gente. La noche ha caído en algún punto y no parece que ninguno de los dos tenga algo que decir, así que se concentran en comer silenciosamente.
El pelinegro no puede evitar notar la forma tan entusiasta en la que el alfa come su perrito caliente. Casi parece un niño por la forma en que la kétchup y la mostaza se embarran en la comisura de sus labios. Parece demasiado relajado, como si estuviera disfrutando de su compañía y es un poco contagioso. Pero no lo suficiente como para hacerle bajar la guardia.
—No te sientes muy a gusto, ¿verdad? —le pregunta y lo toma por sorpresa.
—¿Disculpa?
—Luces como si quieras escapar.
Eiji mira su perrito caliente a medio comer, sin saber que decir. No entiende cómo lo ha sabido.
»Eres demasiado honesto. Con sólo verte puedo saber lo que piensas —le aclara.
—Yo... no estoy acostumbrado a tratar con alfas —dice y aunque no es la verdad del todo, funciona.
—Mas que eso, parece que nos detestas.
—Por supuesto que...
—No tienes que mentir —le interrumpe—. Te lo dije, puedo verlo en tu cara.
—¿Y sí lo sabías, porque me arrastraste hasta aquí?
—Porqué fuiste sincero conmigo desde el principio. No intentaste fingir que te agradaba, ni siquiera después de saber quien soy.
Eiji se queda en silencio, sin saber que decir a ello. Se siente como si lo estuvieran halagando, pero es como si hubiera algo más detrás de esas palabras. Algo que por supuesto no va a preguntar.
»Tus fotografías también son muy honestas —el ojiverde vuelve a hablar, aprovechando su silencio—. No estoy seguro de cómo expresarlo, pero fue la sensación que tuve cuando las vi. Ahora entiendo porque Max Glendreed te trajo desde tan lejos.
—Él sólo lo hizo porque somos amigos —dice y no está tratando de ser modesto—. Sólo estaba siendo amable.
—Lo conozco bastante, siempre hace su trabajo diligentemente, así que dudo que te haya traído desde Japón sólo por caridad. Tú mejor que nadie deberías saberlo. Son amigos, ¿no?
Eiji no entiende como, pero de alguna manera sabe que no está siendo adulado falsamente y eso le hace entrar en conflicto, porque Aslan Callenreese es un alfa y Eiji sabe por experiencia que son mentirosos.
—Amo la fotografía —confiesa—, pero un beta como yo jamás...
—Si te gusta entonces sólo deberías hacerlo.
De alguna manera, esas palabras hacen que su resolución de no tomar el empleo y volver a Japón se tambaleé un poco y le haga preguntarse si de verdad va a renunciar a una oportunidad de hacer algo que ama sólo porqué no se siente suficiente para el puesto. Porqué está asustado.
Tal vez deba llamar a Max.
La brisa sopla suavemente y aún metido en sus pensamientos, el beta estornuda discretamente. Piensa qué tal vez no se ha curado del todo. De hecho, piensa que tal vez tiene un poco de fiebre o tal vez sea el calor del verano.
—Oh, aquí tienes —le dice el alfa prestándole un pañuelo de seda demasiado bonito como para que el nipón quiera limpiarse con él.
Pero el alfa insiste y él lo toma sólo para percatarse de que el aroma a flores de cerezo proviene del rubio y no del aromatizante del elevador. Es agradable y sutil y hace que Eiji se sienta más relajado que antes. Es como estar en casa en primavera, pero también es inquietante. Le hace sentir extraño.
Y no le gusta.
—Lo siento... —le dice entonces, devolviéndoselo como si le quemara—. No puedo usarlo. —El alfa lo mira con los ojos entrecerrados y al contrario de la vez anterior, Eiji realmente nota que lo olfatea y no está siendo muy discreto.
El beta se pone de pie, nervioso. De repente se siente demasiado vulnerable. Piensa que es momento de despedirse y marcharse pero el alfa le mira intensamente y sus pies se encuentran clavados en el suelo. Su cabeza está dando vueltas y es como si de repente hubiera olvidado de como respirar.
—¡Ash! —grita una voz en alguna parte rompiendo el extraño ambiente y devolviendo a Eiji todos sus sentidos.
—Mierda —dice el alfa dirigiendo su mirada en dirección a la voz—. ¿Cómo me encontraron?
—Yo... tengo que irme —dice Eiji, sintiéndose mal y deseando marcharse de allí lo antes posible.
—Te llevaré a...
—No es necesario, tomaré un taxi —le interrumpe.
El beta da media vuelta y con paso veloz se dirige a la avenida principal sin decir nada más. No entiende lo que ha sucedido y eso le tiene muy confundido.
—¡Déjame ver todas tus fotografías la próxima vez! —le grita Aslan a sus espaldas.
Eiji no responde, no quiere que haya una próxima vez.
