Las luces del estudio se apagan y Eiji sale por la puerta principal acompañado de sus asistentes. Todos se sienten exhaustos y un poco estresados, pero después de casi tres semanas de arduo trabajo, por fin han podido completar la sesión fotográfica con el muy insoportable Yut-Lung Lee. Ninguno tiene idea de cómo lo han logrado, el pequeño imbécil no parecía tener intenciones de aprobar ninguna de las fotografías, pero ahora que se han librado de él y que tienen el resto del día libre, el mundo luce mucho más hermoso y pacífico que un par de horas atrás.

—Creo que odio a los omegas —confiesa una de sus asistentes con voz cansada, pero aliviada.

Todos los presenten ríen con fatiga.

—Oh, vamos. No podemos generalizar y decir que todos son iguales —interviene otro de los chicos—. ¿Verdad? —agrega preocupado cuando se da cuenta de que nadie le da la razón.

El grupo se detiene frente al ascensor y espera a que haga parada en su piso. Cuando lo hace, las puertas metálicas se abren de par en par y uno a uno, los miembros del grupo de fotografía, lo abordan.

—Es la primera vez que trato con un omega —confiesa Eiji.

—Como sea —dice el técnico—. Deberíamos ir a celebrar que por fin hemos terminado. ¿Qué tal si vamos a almorzar?

—Tendré que pasar esta vez —responde el japonés con un bostezo—. Ya he quedado con alguien.

—Una cita, ¿eh? —dice otra de las chicas con mirada pícara. Eiji sonríe nervioso y niega.

—Sólo voy a reunirme con un... con alguien. Me va a ayudar a amueblar mi departamento. Hemos retrasando la reunión un par de semanas por el trabajo y mi espalda ya no soporta la falta de cama. No sería tan malo si pudiera conseguir un futón.

—¿Aquí? Imposible —responde el técnico—, pero sí necesitas un servicio de mudanza, puedo contactarte con uno de mis primos.

—Muchas gracias —responde el muchacho.

—Pero dinos, jefe —insiste una de las maquillistas—. Este "alguien..."

—Vamos, Tania, no molestes al jefe. Ya te ha dicho que no es una cita.

—Sólo estoy un poco curiosa —ella se defiende.

El ascensor se detiene en la recepción, tal cual han indicado con el botón y ordenadamente todos descienden. De camino a la salida, un coro de despedidas se dirige a las dos secretarias de la recepción que amablemente despide al grupo y les desean un buen día. El teléfono del nipón suena y él lo extrae descuidadamente de su chaqueta sin molestarse en mirar el nombre del remitente en la pantalla antes de contestar. Después de todo, no le ha dado su numero a nadie que no conozca.

—¿Sí? —pregunta.

—Soy yo. Espero que no te moleste que haya venido hasta tu trabajo. Te espero en el auto frente al edificio. Ya sabes, el rojo.

Abruptamente el fotógrafo aparta el móvil de su oído y mira la pantalla, sólo para encontrarse con el contacto de Aslan en ella. Se suponía que se encontrarían en la estación en una hora, no qué pasaría por él en su demasiado llamativo auto deportivo. Sus colegas seguramente harían preguntas y él no quiere responderlas.

—No tenías que tomarte la molestia —responde mirando la puerta de salida con nerviosismo. Puede ver el coche a través del cristal.

—Estaba en una junta a un par cuadras, así que...

El sonido de un silbido impide que Eiji escuche las siguientes palabras, no así las de uno de los técnicos que dice:

—Ese un auto. ¿Creen que sea de un alfa?

—¿Alguna vez has visto a un beta con uno de esos? —pregunta sarcásticamente uno de los asistentes.

—No —responde tristemente el técnico—. Ya lo pensé mejor, creo que detesto más a los alfa que a los omegas.

—Cuida lo que dices, John. Los jefes son alfa.

—Pero los Glenreed son diferentes. Son únicos.

—Bueno, allí tenemos que darte la razón. Escuché que ambos fueron criados por betas, tal vez esa sea la razón.

—Como sea, igual es injusto que los beta no podamos tener un auto de esos.

—Es por que los beta no somos tan extraordinarios como los alfa, ya deja de lloriquear.

—¿Tú crees en esa basura? Los alfa no son mejores que nosotros. Ellos sólo se las arreglaron para ponernos debajo de la pirámide de alguna forma. No son más un montón de idiotas presumidos, ¿cierto, Jefe?

El japonés no responde, está demasiado ocupado estornudando por el repentino aroma a flores de cerezo que pica su nariz en cuanto sale del edificio. Tampoco es que tenga algo que decir, desde que tiene uso de razón, esa es la típica charla entre betas. La ha escuchado en la escuela, en el trabajo e incluso en las calles. Hombres y mujeres quejándose de las injustas diferencias entre alfas y betas. Diferencias que él entiende, que asume y que también le hacen sentir miserable porque sabe que no importa cuanto se esfuerce, naturalmente, un alfa siempre tomará el primer lugar. Sin embargo, por alguna razón, no se siente capaz de decir algo. Quejarse y patalear no va a reducir la brecha física e intelectual que hay entre los géneros y si decidió quedarse en América fue precisamente para ayudarse a supera esos estigmas. Está consciente de ello y aún así, no se siente con el valor de confesar que, de hecho, el alfa dentro del auto lo está esperando a él.

Eiji detiene su paso y parpadea un par de veces. De repente se siente como un completo idiota. ¿Desde cuando le importa tanto lo que la gente piense de él o de la gente con la que se relaciona? Ash fue lo suficientemente amable para ir a buscarlo en su auto y de llevarle la cena unas cuantas noches atrás. ¿No es lo justo dejar de ser un imbécil?

—Bueno, chicos, aquí nos despedimos —dice más nervioso de lo que pensó que se sentiría al hablar.

—¿Eh? ¿No vas a tomar el metro?

—Hoy han venido a recogerme —confiesa con una sonrisa tranquila, señalando con la cabeza el flamante auto deportivo rojo a su espalda.

—¿Ese es tu amigo? —pregunta una de las chicas y parece genuinamente curiosa.

—Algo así —confiesa el nipón, incapaz de ponerle una etiqueta a lo que tiene con Callenreese. Después de todo, apenas se conocen—. Bueno, tengo que irme. Nos vemos mañana.

El grupo asiente perplejo y Eiji agita la mano como despedida antes de dar la media vuelta con las rodillas temblando un poco. Nadie lo ha dicho en voz alta, pero sabe lo que ellos están pensando y la presión social es abrumante. No es normal que un beta de clase media se encuentre con un alfa de clase alta, mucho menos que sea recogido en un auto como esos.

—¿Jefe? —pregunta la voz de John a su espalda interrumpiendo sus pensamientos—. Ten cuidado.

Eiji asiente con una sonrisa y abre la puerta, adentrándose en el auto con su corazón latiendo más rápido de lo normal. Su resolución de no ser un imbécil se tambalea un poco, pero logra superarlo rápidamente, alejando los malos recuerdos evocados por esas simples dos palabras: Ten cuidado.

—¿Todo en orden? —pregunta Aslan y su suave tono de voz es suficiente para que Eiji recupere la calma.

El ojinegro inhala discretamente, seguro de que un poco de aire le hará sentir mejor y no se equivoca. Una bocanada es suficiente para que su corazón corra más lento y para que sus manos dejen de temblar. Para que los malos recuerdos se vuelvan borrosos y lejanos. Hace que Eiji sea capaz de volver ser el mismo y no el cobarde beta en el que se convierte cada vez que recuerda.

El aire que entra a sus pulmones es cálido y huele a cerezo.

—Sí, gracias. ¿Nos vamos?

Un poco más relajado, el japonés se permite sonreír sinceramente hacia su acompañante que, aunque realmente parece curioso, no hace más preguntas y enciende el motor antes de arrancar el auto. El nipón agradece mentalmente su discreción y se reafirma que no se ha equivocado al subir al coche. Realmente espera no haberse equivocado.

La radio suena suavemente. Es Bach de fondo y Eiji no está sorprendido de que, incluso vistiendo unos jeans desgastados y una camiseta blanca sencilla, Aslan aún luzca como un alfa dominante. Tal vez es el tapizado de piel del coche o la música clásica. Tal vez es la colonia que el japonés ha aprendido a asociar con él, esa con el aroma a flores que por alguna razón no es agobiante.

Sea como sea, el fotógrafo está feliz de alejarse de la editorial y de sus compañeros de trabajo. De las dudas. Ha decidido seguir adelante y escondiéndose entre las sombras de su pasado no va a lograrlo. Los alfa pueden ser buenos, los omega también y él debe dejar sus prejuicios de lado. Va a dejar sus prejuicios de lado.

—No tenías que venir hasta aquí —dice para romper el hielo—. Gracias por tomarte las molestias.

—Lamento si te causó algún inconveniente con tus compañeros de trabajo —le responde y esa frase es suficiente para que el nipón se dé cuenta de que el alfa es consciente de cómo los betas se sienten a su alrededor y es un poco triste, si tiene que admitirlo.

—Ellos sólo están un poco celosos —admite con vergüenza, incapaz de incluirse, pero sabiendo que él no es muy diferente—. Ya sabes... el auto deportivo, el dinero, el estatus...

—Claro... —dice, pero suena vago—. No me sorprende y tampoco los culpo. Ven los trajes, los autos y el champagne y dan por hecho de que nuestra vida es perfecta.

El rostro del rubio se contrae en una mueca de desagrado bastante infantil. Aslan luce como un niño al que han ofendido por la ropa que su madre ha elegido por él, pero también un poco feroz, aunque es obvio que se está conteniendo. Tal vez Eiji fue demasiado sincero y descortés.

—Lo siento — es todo lo que puede decir.

—Está bien. No es como si no supiéramos lo que piensan de nosotros. Tú eres diferente a todos ellos. No te importa disimular que no te agradamos.

—Lo dices como si fuera algo positivo.

—Yo aprecio la sinceridad por sobre cualquier cosa y en general, sin importar el género, es muy difícil encontrar ese rasgo.

Ash le sonríe fugazmente antes de volver la mirada al camino. Eiji sabe que las palabras dichas son un cumplido, pero él nunca ha encontrado su honestidad como una virtud. A lo largo de su vida no le ha traído más que problemas y aunque últimamente se siente menos honesto con el mundo y consigo mismo, no puede evitar pensar que sigue siendo su punto débil.

El viaje continúa fluido hasta el centro de la ciudad donde se encuentra una de las mueblerías más grandes. Está señalado en el catálogo de Jessica cómo una de las más accesibles en cuanto precios y Aslan le ha dicho que sus piezas son bonitas así que han decidido echar juntos un vistazo. El japonés no tiene idea de lo que quiere, pero espera que sus habilidades de composición y color aprendidas en fotografía sean de ayuda.

Al llegar, un joven les recibe amablemente. Tiene una tarjeta con su nombre en el pecho sobre el uniforme y aunque su rostro está sonriente, sus hombros tensos son bastante obvios. No quiere tener que tratar con ellos. O con el alfa, más específicamente.

—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarlo? —pregunta a Callenreese, sin tomarse la molestia de mirar a Eiji, quien sólo puede observar en silencio la interacción entre el alfa y el beta.

—Queremos un juego completo de recámara, y sala. También algunas cosas extra para el baño y la cocina —le responde con voz fría y distante. Muy diferente a la que el japonés le ha escuchado usar.

—Por supuesto, señor. Las salas y comedores están al fondo y a la izquierda las recámaras —le dice el chico, nervioso como un ratoncillo. A Eiji le parece que está a punto a arrodillarse o de ponerse a abanicar. Es incómodo, pero Ash no luce alterado en lo más mínimo. Se ha colocado la máscara de alfa y está sobrellevándolo como si le diera igual la falsa y forzada amabilidad que está recibiendo.

Eiji estornuda repentinamente y el rubio suaviza su dura mirada, extrayendo de su pantalón un pañuelo que el japonés toma, agradeciéndole con una pequeña reverencia antes de sonar su nariz que ha comenzado a picar como el infierno. Ha pasado un poco más de un mes desde la última vez que se ha enfermado y no le sorprendería si volviera a pasar. Tal vez debería empezar a tomar sus vitaminas.

—¿Todo en orden? —pregunta el americano.

—Me enfermo fácilmente, pero creo que estaré bien —responde frunciendo la nariz, tratando de alejar la nueva ola de estornudos que se intensifica cuando el beta inhala el aroma a flores impregnando en el pañuelo.

Tal vez es alérgico a la colonia. Probablemente lo es.

Ambos muchachos atraviesan la jungla de muebles siguiendo al vendedor quién no pierde la oportunidad de mencionar las ofertas y los descuentos con amabilidad demasiado falsa para ser tomada en serio. No es la típica amabilidad de un vendedor cualquiera que desea obtener su bono. Es la forzada amabilidad de alguien que no quiere tenerte cerca pero que se obliga a sonreírte porque puedes traerle la misma cantidad de beneficios que desastres. Es la hipócrita envidia de un beta disfrazada de gentileza y buena voluntad.

Y es repugnante.

El encargado les enseña los juegos de sala, pero Eiji no está escuchando una sola palabra sobre los colores disponibles y los precios. Todo lo que puede hacer es preguntarse es si los suyos siempre han sido así de hipócritas. Supone que sí, aunque en su pequeña ciudad no se viera demasiado la interacción alfa-beta. El ojiverde, por su parte, es obvio que intenta controlarse, pero la voz de alfa está allí al igual que las feromonas que hacen que la piel del nipón se erice. Yo soy el jefe aquí, no te atrevas a faltarme al respeto. Es lo que dice silenciosamente.

—Ash, ¿qué opinas de este sillón? —pregunta interrumpiendo al dependiente y dándose cuenta demasiado tarde de que ha usado el nombre de pila del rubio—Las paredes de mi apartamento son blancas, así que creo que quedaría bien.

Una vez más, el gesto del alfa se suaviza cuando su mirada se dirige a él y la tensión es menos palpable. El alfa ha ocultado los colmillos y las garras y se ha transformado en un gato doméstico tranquilo y sociable. Eiji no sabe porque, pero no soporta más la situación y quiere salir de ella lo más pronto posible.

—Sí, es bonito —le responde con voz tranquila y ojos tranquilos que a Eiji le parecieron un agradecimiento silencioso.

El japones asiente satisfecho y entonces dirige su mirada más fría al vendedor antes de decir:

—Anótalo a la cuenta. Te llamaremos cuando queramos anotar otra cosa a la lista.

Es como si el chico recién se diera cuenta de su presencia. Sus ojos se abren primero con sorpresa, luego con indignación. El idiota abre la boca para decir algo, pero Eiji se las arregla para sostenerle la mirada y retarlo a hacerlo. Por supuesto, no se atreve y se marcha con otra de sus sonrisas falsas y palabras de forzada atención. Es la primera vez en meses que el nipón se siente como él mismo y la sensación le llena completamente el pecho. La cobardía le ha abandonado y ahora piensa que puede seguir por esa línea.

—Entonces... ¿azul? —pregunta el nipón, refiriéndose al mobiliario.

—Es un buen color. Ya sabes, tranquilo, refrescante y esas cosas.

—¿Quién diría que sabrías algo de psicología del color?

—¿Te estás burlando de mí?

—Tal vez —responde el ojinegro.

Ambos jóvenes se miran en silencio antes de romper en carcajadas y liberar todo el peso del estrés acumulado. Tal vez el alfa ha dejado de liberar sus feromonas porque ahora el aire se siente un poco menos pesado y Eiji, que es un beta y sólo puede sentirlas y no olerlas, se lo agradece. Los escalofríos son un poco incómodos. Ahora todo se siente normal.

La travesía por la tienda comienza con el amago de una risa en sus bocas y comentarios simples sobre colores, formas y opiniones que hacen el trabajo de elegir un poco más sencillo para el fotógrafo quién no puede creer lo fácil que está siendo dejarse llevar por los comentarios de Ash, sus bromas y su personalidad que descubre es realmente refrescante. El rubio no luce como el rígido alfa de negocios que vio durante la conferencia, el día de su cumpleaños, ni un par de minutos atrás con el vendedor, sino como un muchacho cualquiera tratando de pasar un buen rato. El japonés no sabe cómo llegaron a ese punto. Aunque tampoco le importa demasiado, se siente tan natural que realmente no importa.

—Te preguntarás por qué te he convocado en este lugar —pregunta el ojiverde con expresión seria y las manos sobre la amplia mesa de madera que claramente fue hecha para una sala de reuniones ejecutiva. Llevan al menos dos horas jugueteando de esa forma y Eiji que está sentado al otro extremo, piensa que no se ha divertido tanto desde el colegio.

—Lo sé, he fallado en mi misión —le responde siguiendo su juego—. Pero hemos logrado descubrir quién es la mente maestra detrás de todo esto.

—¿Sí?

—No tienes que fingir más. Lo sé todo. Tú eres el culpable.

Ash entrecierra los ojos y Eiji lucha por no echarse a reír. Ya han sido vaqueros, piratas, miembros de una pandilla callejera y ahora parece que juegan a los agentes secretos. La única razón por la que no los han echado es probablemente porque los encargados están demasiado asustados de Ash.

—De acuerdo. Lo confieso. Soy culpable.

—¿Y lo admites, así como así?

—Sé que no vas a delatarme con el resto del equipo.

—Pareces muy seguro de ello.

—No vas a delatarme porque yo soy tu padre.

El pelinegro suelta una carcajada y se pone de pie. El americano le sigue de cerca con una sonrisa en su rostro.

—¿En serio? ¿Star wars?

—Eso nunca falla —responde—. Deberías llevar el comedor. Me gusta.

—Ni deshaciéndome de la cocina entraría en el departamento.

—Tienes razón. ¿Qué es lo que hace falta?

—Bueno, ya hemos elegido la sala, un juego de recámara. Las cortinas, las lámparas y un par de alfombras.

—Necesitas una nevera y un horno de microondas. La mitad de la comida aquí se calienta en el microondas.

—Lo conseguiremos en la tienda de electrodomésticos que está en la otra calle —responde con su nariz picando una vez más y sintiendo las mejillas un poco calientes.

—De acuerdo. Llamaré al encargado. ¿Necesitas otro pañuelo? ¿No has estado estornudando demasiado? —le pregunta colocando casualmente su mano en su frente.

—Estoy bien —le dice con amable voz, apartándose de su tacto—. Yo me encargaré del pedido. Por favor, espérame afuera.

El alfa asiente no muy convencido, pero se marcha de todas formas mientras el nipón se dirige en busca de alguien que pueda atenderlo. Eiji se siente un poco mareado y el calor en sus mejillas frente y cuello se elevan un poco mientras atraviesa la tienda hasta la caja. Definitivamente ha pescado —de nuevo— un resfriado, pero piensa que puede manejarlo, al menos hasta llegar a casa. Tal vez tendrá que posponer su visita a la tienda de electrodomésticos.

Gracias al cielo, el japonés no tiene que lidiar con el vendedor del principio y el trato del resto de los trabajadores es neutral, porque él es un beta y no hay otra forma de tratarlo. Fue una buena idea pedirle a Ash que saliera y ahorrarle el mal trago.

Una vez confirmada la compra, Eiji sale de la tienda en busca de su acompañante. No es difícil encontrarlo, Ash es alto y su tono de cabello no es común ni si quiera en Estados Unidos. El joven fotógrafo camina en su dirección, pero se detiene en cuanto se da cuenta de que no está solo. Yut-Lung Lee le está haciendo compañía y la escena es tan desagradablemente familiar que se le revuelve el estómago. Se siente como el día en que comenzó a detestar a los alfa y a los omega a partes iguales, un año atrás y es una lástima, porque por unas cuantas horas, realmente creyó que podría superar sus traumas y ser parcial.

Tal vez es momento de volver a casa.

Eiji da media vuelta y comienza a caminar diciéndose a sí mismo que no está huyendo y que enviará al alfa un mensaje de agradecimiento por su ayuda más tarde. Convenciéndose de que sólo está un poco enfermo y cansado. Que mañana volverá a ser el mismo y dejará de comparar a cada alfa que conoce con el único que le hizo daño.

—¡Oh! ¡Eres Eiji! Quiero decir, el señor Okumura —el japonés parpadea un par de veces y levanta la vista, encontrándose con un rostro familiar. Es el chico de seguridad que trabaja para Callenreese, Sing, el que lo confundió con un omega durante su primer encuentro—. No nos veíamos desde la sesión de fotos de Ash... ¿Te encuentras bien?

—Yo... creo que pesqué un resfriado —responde, sintiéndose repentinamente un poco más enfermo. Con el cuerpo pesado y la piel caliente.

—Tu cara está roja. Tal vez tengas fiebre... ¿puedo? —Eiji asiente y Sing coloca su mano en su frente. Su tacto se siente diferente al de Ash, en vez de calentarse más, la piel del beta se enfría un poco y el aroma que llega a su nariz no es a cerezo, sino a loto.

Eiji se pregunta si siempre ha sido tan sensible a los olores.

—¿Amm... Eiji? Sé que ya he preguntado esto, pero ¿estás seguro de que eres un beta?

—No entiendo a que viene tu pregunta —dice con sinceridad—. Por supuesto que estoy seguro.

—Claro... lo siento. Es que me llegó un olor muy extraño, pero probablemente sea mi imaginación... Tú... ¿Estabas con Ash, cierto?

—¿Cómo lo...?

—No es que los estuviera siguiendo, o algo. Hoy es mi día libre. Es sólo que... bueno, hueles a él... Ya sabes, a alfa.

—Claro, había olvidado que ustedes pueden sentir ese tipo de cosas... Sí, estábamos juntos, pero él se encontró con Lee y decidí volver a casa.

—¿Yut? —pregunta el muchacho con una mueca de desagrado. Eiji asiente divertido—. Uhg, siempre se las arregla para acapararlo. Bueno, no importa. ¿Qué te parece si te acompaño a casa? No podría estar tranquilo sabiendo que te fuiste en subterráneo con fiebre.

Eiji sonríe agradecido. El aura alrededor del chico no es muy diferente a la primera vez que se encontró con él. No se siente como si estuviera tratando con un alfa y eso, de alguna manera le hace bajar la guardia. Tal vez por qué es joven y sus feromonas no son lo suficientemente fuertes. Sea como sea, se siente como estar en compañía de un beta más y no tiene la necesidad de rechazarlo.

—Gracias. ¿Pedimos un taxi?

Sing asiente y ambos esperan de pie junto avenida. Se encuentran a un par de calles de la tienda de muebles y aunque Eiji sabe que Ash probablemente ya se ha marchado con el omega, no puede evitar sentirse un poco culpable por no haberse despedido y su enfermedad ya no le parece tan buen pretexto como antes. Tal vez le enviará un regalo como disculpa más tarde y definitivamente le llamará. No piensa que el rubio pueda estar preocupado por él, pero no estaría de más, ¿cierto? Pasaron un buen día, y la brecha entre ellos parecía haberse cerrado un poco. Incluso descubrió que tienen algunas cosas en común y que el rubio es, de hecho, bastante divertido. Es él el único con problemas que no le dejaron disfrutar de la buena compañía del alfa.

El teléfono del beta suena sacándolo de sus pensamientos. Lo saca de su chaqueta y mira la pantalla, encontrándose con el contacto de Aslan en ella. Por un momento, el nipón duda en responder, se pregunta si el rubio estará enojado o si aún no se percata de su ausencia y sólo está llamando para avisarle que se marchará con alguien más. En cualquiera de los dos casos, piensa que lo mejor es contestar y descubrirlo, ya ha sido cobarde al marcharse sin avisar y él no es ese tipo de persona.

—¿Hola? —responde con cautela.

—¿Dónde estás? —le pregunta con clara preocupación en la voz—. Regresé a la tienda a buscarte y me dijeron que ya te habías marchado.

—Yo... me sentía mal así que pensé en volver a casa y tú estabas con...

No te muevas, estaré allí enseguida.

Eiji suelta una risita.

—¿Allí donde? No sabes dónde estoy.

Puedo olerte. No estás lejos.

El corazón del japonés se detiene por un segundo, sus rodillas tiemblan y su rostro se siente arder. ¿Qué se supone que significa eso? No es como si él fuera un omega, su aroma debe ser igual al de cientos de betas en ese lugar y aún así, de alguna manera, esas palabras le hacen sentir extraño.

—¿Eiji? —pregunta Sing y el aroma a loto se incrementa, pero es rápidamente cubierto por el aroma a cerezo.

—¡Eiji! —exclama la voz de Ash a unos metros.

Eiji no lo había notado, pero parece que cuando se enferma, su vista se nubla y su sentido del olfato toma más fuerza. O tal vez la sensación es causada por la fiebre que sube lentamente de nuevo, haciéndole sentir que perderá la cabeza en cualquier momento.

—Yo... creo que iré a casa —declara con la boca seca y levanta el brazo, haciéndole parada un taxi—. Solo.

—¡Eiji, espera! —dice Aslan acercándose y dirigiéndole una mala mirada al menor sin que el fotógrafo entienda por qué.—. Te llevaré en el auto.

—Estoy bien —responde el beta con las piernas cada vez más débiles, abriendo la puerta del taxi—. Gracias por acompañarme, fue divertido —dice al ojiverde—. Y gracias por ayudarme, Sing, pero creo que puedo ir a casa por mí mismo.

Ambos alfa abren la boca para replicar, pero Eiji no les da la oportunidad. Se despide de ellos con la mejor sonrisa que puede brindarles como genuino agradecimiento y cierra la puerta del taxi sin molestarse en mirar atrás cuando el chofer arranca. No quiere pensar en nada más, se siente cansado, la fiebre está subiendo y la pregunta de Sing está rondado su cabeza como un eco interminable:

«¿Estás seguro de que eres un beta?»