Las puertas metálicas del edificio se abren de par en par. El saludo cordial del portero llega hasta los oídos del japonés quien, aún con la costumbre de saludar con una pequeña reverencia, le da las buenas tardes. El portero parece haberse acostumbrado a ello porque le sonríe y nervioso se quita el sombrero del uniforme antes de inclinarse en respuesta. Han pasado cuatro meses desde que Eiji se mudó allí y aquello se ha vuelto parte de la rutina establecida. La única razón por la que el dependiente del edificio parece ansioso es porque, en esta extraordinaria ocasión, el nipón no está solo.
Ash camina detrás de él con un abrigo para la lluvia color canela, sujetando un paraguas en la mano izquierda y su maletín de cuero en la otra. Su cabello rubio, oscurecido por la lluvia, se pega húmedo a su rostro de porcelana y sus ojos verdes brillan salvajes en medio del apenas iluminado recibidor. Su semblante es serio a muerte y hace que el pelinegro se pregunte si aún está haciendo berrinche por el asunto de las calabazas. De cualquier forma, no hay manera de que su aura de alfa pase desapercibida y esa es la razón por la que el portero luce tan intimidado. O algo así.
—Buenas tardes —dice el rubio pasando de largo hasta las escaleras y mirando con odio al aún descompuesto elevador a su lado.
—Si está siendo intimidado llamaré a la policía, señor Okumura —ofrece el portero, prácticamente escondiéndose detrás de su escritorio.
—Está bien. Es un amigo, sólo está de mal humor —ofrece el fotógrafo como respuesta, bastante divertido con la situación, si tiene que admitirlo.
Juntos, el americano y el japonés suben hasta el tercer piso, en dirección al apartamento de Eiji, quien nada más cerrar la puerta suelta la enorme carcajada que ha estado conteniendo por aproximadamente quince minutos. Es fresca y liviana como el aire de verano y le hace ignorar un poco el hecho de que en realidad siente como que va a volver a enfermarse, por segunda vez en lo que va del mes.
Callenreese bufa como un perro enojado y se queda de pie en la entrada, colgando su abrigo en el perchero y dejando escurrir el paraguas en el contenedor metálico junto a la puerta. Sus movimientos son pesados y un poco grotescos, justo como los de los alfa de las cavernas de la película que Eiji vio la semana pasada. Nadie burlarse de alfa. Alfa estar enojado. Y aquella comparación es suficiente para que las carcajadas se intensifiquen hasta que el dolor en su estómago es prácticamente insoportable. Porque Aslan Callenreese; heredero del grupo financiero más grande del mundo, alfa dominante, millonario y el sueño de todos los omega le tiene pavor a las calabazas. El ojinegro no lo sabía y lo descubrió de la mejor forma posible. Aún no puede superar la forma en la que el rubio saltó y gritó cuando entraron al supermercado y le comentó que llevaría un par para hacer una tarta.
El mejor momento de su vida en New York, sin duda.
—Sí, sí. Muy divertido —dice el ojiverde dejándose caer en el sofá.
—Ya no me estoy riendo, ¿ves? —dice, pero sus ojos están llenos de lágrimas de diversión.
—Me alegra saber que al menos uno de los dos lo pasó bien.
—Oh, vamos. No es tan malo. Todos le tenemos miedo a algo. Aunque tengo que admitir que siempre creí que los alfa no.
—Somos personas también. No robots —Eiji se encoje de hombros y abre la nevera, el frio haciéndole estornudar—. Veo que ya has terminado de amueblar. El sofá queda fantástico.
—Gracias. Jess y Max estuvieron aquí para ayudarme —dice—. ¿Té está bien? Mamá lo envió de japón.
—Sí, gracias—le responde—. Si me lo hubieras pedido, también hubiera venido a ayudar.
—Lo sé. Pero tenías mucho trabajo y ya te había causado demasiados problemas pidiéndote que me ayudaras a elegir todo.
—Fue divertido —aclara—. Mi parte favorita fue cuando miraste feo al vendedor ese. Lucías realmente feroz.
—¿Ahora te burlas de mí? —pregunta con falso enojo, colocando la tetera en la estufa.
—Un poco. Aunque en realidad estaba sorprendido. Tienes la cara de alguien que no mataría ni a una mosca, pero en realidad puedes ser bastante salvaje. Me gusta.
Eiji rueda los ojos divertido y se dirige a su habitación de donde saca el álbum que ha prometido enseñar a Ash y la razón por la que se encuentra en su casa. Es extraño como después de esa simple salida de compras fue más fácil para el fotógrafo ver el lado humano del chico que para él no era diferente a los alfa que conoció antes y de los que todos los beta hablan tan mal. Él lo intuía de cierta forma, Ash siempre fue amable, un poco extraño también, pero no por eso malo y su relación con él se siente tan natural que en realidad ya no le importa tenerlo sentado en sofá y ofrecerle té. Probablemente se siente así desde el día en que regresó enfermo a casa en taxi y el rubio, para no incomodarlo con su presencia, dejó en su buzón un montón de cosas para su resfriado junto con una lista de indicaciones para su pronta recuperación. Después de eso, el japonés le invitó a comer como agradecimiento y los días siguieron transcurriendo en pequeñas comidas y cenas casuales que los volvió más cercanos. Aunque también es verdad que aún no están en el punto en que tocan temas sensibles de sus vidas personales. Sólo charlas sencillas sobre el clima, el trabajo y sus gustos.
—Aquí tienes —le dice extendiéndole el álbum y dirigiéndose a la cocina cuando el alfa lo toma agradeciéndole con una sonrisa—. Las fotografías que van a salir en la nota están casi al final.
Eiji arroja unas cuantas remitas de té al agua en la tetera y la deja hirviendo a fuego lento mientras vuelve al sofá. También hay otra razón por la que le ha invitado a casa, pero la respuesta a la duda que le ha surgido sólo se le dará si puede sentirlo, así que tendrá que esperar.
—Me gustan —le dice mirando las fotografías del evento de la semana anterior, durante la inauguración de un nuevo laboratorio de supresores dirigido por la compañía de Aslan—. Gracias por no haber colocado a Sing en ninguna de ellas. Realmente detesta las fotografías.
—Fue difícil, pero lo logré —responde sentándose un poco más cerca del rubio, percibiendo claramente su aroma a flores y sintiendo su piel erizarse por ello. No entiende como no puede acostumbrarse.
—Sé que ya lo he dicho antes, pero realmente eres bueno.
El halago le toma por sorpresa, pero alguna manera, Eiji se las arregla para decir:
—Gracias —con las mejillas un poco teñidas de rojo.
—¿Cómo te diste cuenta que esto era lo que querías hacer? Quiero decir... debió haber algo, ¿no? —le pregunta con ojos grandes como un niño curioso.
Por un instante, el beta se pregunta si tienen permitido hacer ese tipo de preguntas. No es muy personal y tampoco tiene nada de maravillosa, pero aún así no se siente muy seguro de dar un paso en esa dirección. Está asustado de terminar revelando cosas que no quiere revelar de su pasado, pero también le parece un poco absurdo no hacerlo porque Ash le ha dado toda la confianza, así que responde.
—Umm... bueno, estaba en mi último año de secundaria —cuenta—. Ya sabes, en ese momento en el que tienes que hacer un montón de papeleo para la universidad y esas cosas. Yo no sabía lo que quería hacer, no era especialmente bueno en nada. Un día Ibe-san me invitó como su asistente a un evento y creo que fue allí que me di cuenta.
—¿Ibe? ¿Llamas a tu padre por su nombre?
Eiji suelta una carcajada.
—Ibe-san no es mi padre. Es un amigo —corrige divertido.
—¿No fue el que llamó el otro día durante el almuerzo? Para mí sonaba como tu padre.
—Supongo que es una especie de figura paterna —medita. Es la primera vez que lo dicen en voz alta, pero sí, ese es un buen adjetivo para él—. Nos conocimos durante mi segundo año de secundaria. Él necesitaba un modelo para un cartel y por casualidad me vio en la televisión, durante una de las competencias interestatales de salto con pértiga. Pidió permiso a los profesores y a mis padres y lo hizo. Pasábamos mucho tiempo juntos, se quedaba a ver todas las practicas.
—Suena como una gran persona.
—Lo es —le responde—. Aunque en realidad no confiaba mucho en él al principio. Me parecía muy raro.
—Y yo que creía que tu paranoia sólo se extendía a los alfa.
—En ese momento los alfa no me... —dice y se interrumpe de inmediato. En un intento por defenderse casi habla de más. Ash es inteligente, no hay manera de que no lo haya notado y, aun así, Eiji se las arregla para cambiar de tema—. Es sólo que yo no era el único en ese torneo, ¿sabes? Estaba compitiendo contra alfas que lo estaban haciendo mejor que yo y no entendía porque Ibe querría fotografiarme a mí. Al principio no estaba de acuerdo con que lo hiciera.
—¿Y por qué aceptaste? —le pregunta, fingiendo que nada raro ha ocurrido, simplemente dejando que el japonés se quede en su zona de confort.
Eiji está muy agradecido y por eso le responde sinceramente.
—Mi padre estaba enfermo y en casa había muchos gastos. Ibe me ofreció parte del dinero del premio como retribución. No iba a aceptarlo, pero al final mi... alguien me convenció para hacerlo.
—Debió ser difícil —le dice. La preocupación en sus ojos es genuina y agita el corazón del beta que no entiende por qué está así, si es algo del pasado.
—Lo fue. Mi familia es de betas de clase media. En casa sólo trabajaba mi padre quién nos mantenía a todos; a mi hermana, a mi mamá, a mi abuela y a mí. Mi madre solía vender cosas de vez en cuando pero no era un empleo fijo. Cuando papá fue hospitalizado ella consiguió dos empleos y yo comencé a trabajar en una tienda de conveniencia. Mi hermana era muy joven para poder hacer algo y mi abuela demasiado vieja, así que el ofrecimiento de Ibe-san fue como caído del cielo.
—Y fue él el que te recomendó con Glenreed, ¿no?
—Sí —responde, recordando que se lo comentó antes, durante alguna de sus reuniones—. El señor Glenreed e Ibe se conocen de hace mucho tiempo. Max le preguntó si quería el puesto o si podía recomendarle a alguien. Y aquí estoy.
—Estás rodeado de muy buenas personas —Sí, casi todas las personas que Eiji ha conocido a lo largo de su vida han sido buenas y amables. Lo que no entiende es por que Ash lo ha dicho como si él no tuviera la misma suerte.
La tetera suena sacando al japonés de sus pensamientos. La habitación completa huele a té verde, pero él no lo ha notando antes y no sabe si es porque ha estado demasiado inmerso en la plática o porque la loción de Aslan es más potente. El chico retira la tetera del fuego y apaga la estufa para después conseguir un par de tazas de los anaqueles y servir el té que muy amablemente Ash le ayuda a llevar a la sala.
Ambos se encuentran sentados uno al lado del otro, con la humeante taza entre sus manos y la lluvia golpeteando el cristal de la ventana. Eiji no sabe si el alfa tiene la intención de continuar con la charla de minutos atrás y aunque el nipón no se atreve a preguntar, está curioso. Sabe que el Aslan es adoptado, que no tiene hermanos y que disfruta más de un buen hot-dog que de la carísima comida italiana de algún restaurante de renombre. Sabe que no se siente a gusto con otros alfa y que, aunque en realidad no los odia, los omegas le desagradan. Su sabor favorito de helado es el de menta con chispas de chocolate (es el que siempre ordena), Shorter y Sing son sus dos mejores amigos y no le gustan las películas de terror —aunque el pelinegro sospecha que es por el tema de las calabazas—. Él nunca menciona sus tardes familiares o sus hobbies. El ojinegro ni si quiera está seguro de que le guste su trabajo, aunque lo hace diligentemente. Sabe que le agrada pasar tiempo con él «porque es relajante» o eso es lo que le ha dicho, pero él más bien piensaa que lo está usando como una especie de escape a su vida cotidiana donde no es más que el señor Callenreese, alfa dominante. Pero nada más.
No sabe nada de él y eso le entristece un poco.
—Yo tampoco nací aquí. En New York, quiero decir —la voz de Ash irrumpe a través del silencio. Es tranquila y amena. Del tipo de voz que usas en una cálida charla entre amigos— Soy de Massachusetts. Viví los primeros años de mi vida en un pequeño pueblo en Cape Code, muy cerca del mar —comienza con una sonrisa—. Ya sabes, prados verdes e infinitos, brisas cálidas y un cielo tan azul que era imposible no mirarlo todo el tiempo.
—Suena como un lugar maravilloso —dice el fotógrafo, recordando su propio hogar en Shiname, aliviado de que la charla no haya tomado un curso extraño.
—Lo es —dice con agradable melancolía—. Durante el verano, solíamos ir a pescar a un lago cercano o a bañarnos en el mar. Bebíamos sodas y comíamos frituras hasta el atardecer. También solía jugar al beisbol, aunque era muy pequeño, así que probablemente lo hacía terriblemente mal —Eiji suelta una carcajada.
—Me gustaría verte.
—Sólo si me dejas verte saltar.
El japonés sonríe con una mueca extraña, mirando la alfombra bajo sus pies, pensando. No sabe que respuesta dar a eso. Han pasado años desde la última vez que hizo salto de pértiga y aunque le emociona, ya ha decidido hace tiempo que renunciaría a ello. Pensándolo bien, esa fue una de las primeras actividades a las que renunció por sentirse inferior a los alfa que eran mucho más rápidos y ágiles que él. Simplemente superiores.
—No lo sé. Hace mucho que lo dejé.
—Al menos muéstrame la fotografía que Ibe tomó para el concurso.
—Le pediré que la envíe —dice y Ash asiente.
—¿No vas a preguntar?
—¿El qué? —pregunta, aunque cree saber a lo que se refiere.
—Como llegué aquí. Por qué no me quedé en Cape Code. ¿No tienes curiosidad?
El japonés le mira detenidamente por un par de segundos, un poco cauteloso. No parece que sea una trampa o algo similar, Aslan luce dispuesto a aclarar esos dos enormes agujeros dentro de la historia que el fotógrafo ha notado antes, pero que por educación ha silenciado. Sabe que, para estar en una liga de beisbol, por muy pequeña que sea, hay que pagar una cuota y que un orfanato no podría darse el lujo de enviar a sus niños, así que deduce que el rubio tendría que haber vivido con sus padres en ese tiempo.
—Yo... no me gusta meterme en los asuntos de otros —dice, aunque en realidad es la frase que usa siempre para dar a entender que odia que se metan en los suyos.
Callenreese le mira con sus profundos ojos verdes, dándole al beta la sensación de que en realidad está buscando algo dentro de ellos. ¿El qué? No lo sabe, pero su piel se ha erizado y el aroma a flores se ha intensificado.
Está nervioso.
—Esto que voy a decirte no lo saben muchas personas —comienza y Eiji le interrumpe.
—¿Y está bien para ti decírmelas? —pregunta, inseguro—. Quiero decir... nosotros no...
—Nosotros —le interrumpe también— somos amigos, ¿no? Tal vez no nos conozcamos de años, pero sé que primero irías a la tumba antes que revelar mis secretos. Eres ese tipo de persona.
—Luces muy seguro —le dice con las mejillas encendidas. Ash no se ha equivocado, pero es un poco vergonzosos ser halagado de esa forma.
Tal vez es su imaginación, pero de repente hace más calor.
—Puedo verlo en tus ojos, que eres de confianza —por un instante Eiji se pierde en el profundo sonido de su voz y en su loción demasiado agradable. En lo terso de su piel, lo rojo de sus labios y lo brillante de sus ojos que le examinan como si pudiera verle hasta el alma. Tal vez puede, tal vez todos los alfa pueden y él acaba de enterarse. De cualquier manera, esa sensación de sopor le mantiene en silencio aguardando a que el rubio siga hablando—. Cuando yo tenía cinco años mi madre...
El sonido del teléfono móvil del rubio llega desde el bolsillo interior de su chaqueta colgada en el perchero. Los toma por sorpresa, haciéndoles sobresaltar e interrumpiendo de golpe la anécdota. Ash lo mira como si realmente quisiera seguir adelante y decirle algo que ha estado guardando por mucho tiempo, pero no lo hace. Eiji se siente halagado, honrado, porque significa que su más reciente amigo lo percibe como alguien lo suficientemente confiable como para apoyarse y eso, de alguna manera, lo hace sentirse más cerca de él, del verdadero Aslan Callenreese. Su amigo.
—Yo... disculpa. Sólo será un momento —le dice y Eiji asiente con una sonrisa mientras lo ve partir en dirección a la puerta.
—Claro... no hay problema —responde en un susurro que sabe no fue escuchado.
El japonés toma su taza de té y toma un sorbo mientras intenta con todas sus fuerzas no escuchar la conversación ajena. Hace años que no hace un nuevo amigo y está tan deshabituado que se pregunta si siempre ha sido tan fácil. No está seguro, tiempo atrás no estaba realmente interesado en las relaciones humanas (sin importar el género), pero ahora que ha descubierto que la charla y un poco de tiempo de calidad son los ingredientes necesarios para ello, piensa que podría hacerlo más seguido. Salir con sus compañeros de trabajo, con los Glenreed e incluso con Sing con quien intercambia mensajes de vez en cuando.
En eso está pensando cuando la furiosa voz de Ash llega hasta sus oídos. Es baja, pero definitivamente tensa. Algo pasa, algo no muy bueno, si el aire turbio a su alrededor es una señal. Tal vez es imaginación de Eiji pero cree que le ha escuchado gruñir. Cualquier otro beta se hubiese alejado, despavorido. Un alfa furioso no es una broma, pero a él le parece genuinamente divertida la forma en la que su labio se crispa, mostrando el colmillo.
—De acuerdo. Esteré allí en veinte minutos —dice antes de colgar con un suspiro.
—¿Problemas en el paraíso? —pregunta el japonés tratando de aligerar el ambiente.
—Siempre —responde el rubio—. Lo lamento. ¿Está bien si nos encontramos mañana para el almuerzo?
—Lo siento, creo que estaré ocupado toda la semana. ¿Nos escribimos?
Ash abre la boca, parece que va a replicar, pero no lo hace. En su lugar sólo dice:
—Claro y escucha, Eiji. Si notas algo extraño cerca de tu departamento o afuera de tu trabajo, por favor llámame.
—Me estás asustando —le dice medio en broma, medio en serio.
—No es nada, de verdad. Pero ya sabes... mucha gente está interesada en saber con quien me relaciono y no me gustaría incomodarte —le dice y de alguna manera el fotógrafo siente que es una verdad a medias.
—De acuerdo —responde de todas formas. Nada demasiado malo podría pasar por relacionarse con uno de los alfa más poderosos del mundo, ¿verdad?
—Bien... entonces... —ambos se miran en medio de la oscura habitación con sonrisas un poco tontas antes de decidir despedirse con el apretón de manos que se está haciendo más frecuente. A Eiji no le gusta mucho, le causa escalofríos, pero piensa que un abrazo sería mucho peor—. Nos vemos.
—Nos vemos.
Ash toma su abrigo y se lo coloca antes de salir del apartamento. Parece que quiere decir algo más pero no lo hace y se marcha. El japonés también se ha quedado con un par de palabras atoradas en la garganta, pero las olvida en el instante en que un montón de estornudos salen de su boca y nariz, uno tras otro. Se ha estado conteniendo durante mucho tiempo, pero no está consiente de cuanto hasta que no puede parar. La nariz le pica horriblemente, siente la piel caliente y eso es todo lo que necesita para comprobar su teoría.
Durante un par de minutos se queda de pie con los pies en la alfombra y con los ojos en la puerta cerrada. Su taza de té se ha enfriado un poco y ya no emite vapor, pero como si el tiempo no hubiera transcurrido, la lluvia sigue golpeando afuera con la misma intensidad que antes. Los estornudos se detienen finalmente después de unos minutos y la sensación febril en su piel aminora paulatinamente.
Cuando Eiji se siente lo suficientemente recompuesto como para hacer una llamada se dirige hasta la barra de la cocina donde descansa el teléfono y marca una serie de números mientras con dedos temblorosos, rebusca en un cajón cercano la medicina que se ha estado tomando después de cada reunión amigable con Ash. Cuando finalmente encuentra el frasco, sujeta el teléfono entre su oreja y el hombro y con mucha calma desenrosca la tapa mientras la llamada entra con pitidos constantes al otro lado.
El teléfono lo manda a buzón y el fotógrafo lo cuelga decidido a esperar un par de minutos antes de volver a intentarlo. Cuidadosamente deja su pastilla sobre la encimera y procede a tomar un vaso de cristal limpio del escurridor para llenarlo con agua directamente de la llave, poner la pastilla en su boca y usar el agua para tragarla. El alivio es casi inmediato. Los síntomas de la alergia se desvanecen como si nunca hubieran estado allí y Eiji lo agradece infinitamente con un mal presentimiento llenándole el pecho.
El teléfono suena entonces y el beta, que se encuentra a un lado lo coge con la esperanza de que sea Jessica devolviéndole la llamada y lo es.
—Hola. Acabo de salir de una junta. ¿Qué ocurre?
—Hola Jess. ¿Está Max contigo?
—Oh, no. ¿Querías hablar con él?
—No —dice dejando el vaso con agua en la barra y tomando asiento en uno de los banquillos—. En realidad me gustaría que no le mencionaras lo que estoy por decirte.
—¿Estás bien? —pregunta y suena tan asustada como fuera su madre.
—Lo estoy pero... ¿Recuerdas esa charla que tuvimos sobre mi salud hace unos días?
—¿Te has vuelto a enfermar?
—No... Bueno, no lo sé. Verás, creo que he descubierto lo que lo causa.
—¿De verdad? —le pregunta escéptica.
—Sí. Los alfa —suelta.
—¿No crees que estás llevando demasiado lejos tu apatía por...?
—No —le interrumpe—. Esto es en serio. Sé que suena absurdo. Pero creo que las feromonas alfa me causan alergia o algo así. ¿Crees que estoy loco?
—Yo... no estoy segura de que una enfermedad así exista —confiesa—. Tal vez es psicológico.
—Yo también lo he pensado. Es por eso que te llamo. Necesito el número de ese doctor que mencionaste antes.
—Por supuesto. Te enviaré un mensaje con él al móvil.
—Gracias —dice—. Por favor, no le menciones nada de esto a Max. Estoy seguro de que se lo dirá a Ibe y no quiero que se preocupe por mí.
—De acuerdo. Pero no entiendo, antes no has querido ir a ver a un doctor, ¿por qué ahora?
Eiji duda por un momento, pero finalmente confiesa:
—¿Recuerdas a Ash?
—¿Callenreese?
—Sí. Nosotros nos hemos estado viendo y...
—Eiji, no sé sí eso sea buena idea, tú sabes que...
—Oh, no —le interrumpe de nuevo—. No es lo que crees. Somos amigos. Me ha ayudado mucho estar cerca de él, ya sabes, para superar mi estúpida paranoia y mis prejuicios. Es agradable, pero... Cada que estoy con él comienzo a sentirme enfermo y me parece estúpido. Estoy cansado de que el asunto con Haru me siga afectado de esta manera.
Listo, ha confesado y ni si quiera sabe por qué. Incluso ha dicho su nombre y le sabe tan amargo como la última vez que lo dijo en voz alta.
—Está bien, Eiji. Te agendaré una cita. Tu seguro lo cubre así que no tienes nada de que preocuparte.
—Gracias —dice con el pecho un poco más ligero. Está consciente de que Jess no sabe ni la mitad de la historia y le agradece que no pregunte en ese momento.
—De nada y, ¿Eiji?
—¿Sí?
—Todo va a estar bien. Aquí él no puede hacerte daño. No vamos a dejar que te haga daño.
Eiji no sabía lo mucho que necesitaba esas palabras hasta que las escuchó. Tal vez lo mejor sería hablar con alguien al respecto.
