El sol brilla intensamente en el cielo despejado. La brisa sopla suave y agita las copas de los árboles. La gente camina de un lado a otro, entre charlas y sonrisas casuales. Parecen estar pasando un buen momento y no es para menos, el fin de semana es para disfrutar. Hay niños corriendo por la explanada principal, siendo perseguidos por sus madres, parejitas de todo tipo mirándose con ojos enamorados como si el resto del mundo no existiera, jóvenes acompañados por sus amigos que no dejan de decir tonterías, haciéndolos reír y entre toda esa multitud se encuentra él, sintiéndose totalmente fuera de lugar.
Eiji mira todo al su alrededor, preguntándose como es que el ambiente luce tan deslumbrante cuando él se siente tan mal. El muchacho mira la pantalla de su móvil en busca de la hora, son las once de la mañana con cincuenta y tres minutos, lo que significa que Sing aún tiene ocho minutos para llegar, así que espera nervioso.
El beta recarga su espalda pesadamente en el muro tras de él. Realmente está pensando en marcharse, en volver a casa y encerrarse en su habitación como lo ha hecho últimamente, cada que tiene oportunidad, pero sabe que entre más tiempo posponga lo que ha ido a hacer, menos tranquilo se sentirá y ya no puede con la ansiedad. Apenas duerme por las noches y está tan distraído que ha tenido que repetir el trabajo que pudo haber hecho fácilmente en un par de horas. Max y Jessica están preocupados y no dejan de hacer preguntas porque, por muy enfermo que se encuentre, jamás ha dejado que eso intervenga en su vida profesional. Tampoco siente apetito por nada y es obvio que está adelgazando, pero lo peor de todo, es que no ha podido ver a Ash a la cara y se siente tan patético.
No es que hayan perdido contacto en absoluto. Aslan se ha encargado de mantener la comunicación por mensajes de texto todos los días. Parece preocupado, no deja de insistirle que vaya al médico y envía todo tipo de cosas para su pronta recuperación, algunas útiles como medicamentos para los síntomas y otras que son más como un capricho, como caramelos y libros para pasar el rato en casa. Al principio, insistía mucho en encontrarse con él y segurarse de que todo estaba en orden y con lo testarudo que sabe que puede ser, Eiji había esperado encontrarlo un día de repente frente a su puerta, después del trabajo.
Pero eso nunca sucedió.
Tal vez fue por su constante negativa a encontrarse con él, o tal vez, se dio cuenta de que todo era un pretexto y en realidad lo estaba evitando, porque un día, simplemente dejó de insistir. Los buenos deseos no pararon y aunque los detallitos se hicieron cada vez menos frecuentes, lo que más le sorprendió fue darse cuenta de que, tal vez, Ash se había cansado de él y su cobardía. Más que sorprenderle, tendría que decir que le afectó. No se podía esperar otra cosa si rechazaba sus visitas todo el tiempo, ellos son amigos, pero Eiji no se comporta como tal. No está viendo a Aslan como el chico que sabe que le apoyaría a pesar todo, sino como el alfa que le hace sentir cosas. Cosas que habría ignorado toda su vida si Yut-Lung no hubiera aparecido en su puerta y hubiera dicho toda esa sarta de tonterías que aún se niega a creer.
Cosas que no quiere aceptar porque es doloroso.
El japonés toma una bocanada de aire y con manos temblorosas pasa sus dedos a través de su esponjoso cabello negro, sacándose de sus propios pensamientos. No quiere darle más vueltas al asunto. No quiere pensar en nada, pero tiene que hacerlo. No puede comportarse como un niño asustadizo el resto de su vida, hay cosas que tiene que afrontar si quiere seguir adelante. Aunque sinceramente, sigue aferrándose a la idea de que todo es un malentendido y pronto podrá volver a la irrelevante vida de un beta, sin emociones demasiado fuertes y alejado de las dinámicas alfa/omega donde él sabe no tiene un lugar.
El móvil vibra en su bolsillo y el fotógrafo lo saca presuroso, siendo tomado por sorpresa. Está esperando ver el nombre de Sing en la pantalla, llamado para disculparse porque va tarde, pero no se trata de él, sino de Ash y no es una llamada, él no le llama, ya no. Se trata del mensaje del día y como todos los que ha recibido, éste también le hace sentir culpable. No puede creer que fue capaz de hablarle sobre Haru pero no de decirle que tal vez, sólo tal vez, él no sea un beta.
El texto es breve y conciso, pero hace que su corazón se detenga por completo cuando lo lee.
«Cuando vuelva de mi viaje a los ángeles, hablemos, por favor».
No hay buenos deseos o bromas sosas sobre cosas sin gracia que de alguna manera lo hacen reír. Éste, a diferencia de los que el ojiverde le ha enviado antes, le ha dejado un muy mal sabor de boca y no sabe por qué. Tal vez es su imaginación, pero se siente como si las cosas complicadas apenas estuvieran comenzando y se pregunta si tiene relación con la visita de Yue hace algunas semanas atrás. En cualquiera de los casos, también hay cosas que Eiji quiere decirle, no puede escapar por más tiempo y sea lo que sea que ocurra ese día tiene que enfrentarlo porque eso es lo que los amigos hacen; confían el uno en el otro y salen adelante, así que le responde:
«De acuerdo, hazme saber cuándo estés de vuelta en NY. Ten un buen viaje»
El japonés lucha con la necesidad de expresar lo mucho que le extraña. Extraña la cercanía que forjaron a lo largo de los meses, las bromas y las charlas largas. Extraña su presencia en todas partes, las visitas sorpresa a su oficina y los almuerzos en los pequeños puestos de perritos calientes. Quiere a su amigo de vuelta, quiere a Ash de vuelta y aunque el mensaje a levado su nivel de ansiedad, también le ha hecho sentir un poco más seguro de su decisión.
Está haciendo lo correcto. No puede dudar.
Eiji suspira y guarda de nuevo el móvil para poder pasar sus manos libremente por su rostro. Siempre supo que involucrarse con alfas y omegas le traería problemas. Se supone que había aprendido la lección así que no entiende cómo fue que terminó de esa forma. Lo peor de todo es que no se arrepiente, no puede arrepentirse. Lo ha dicho antes y lo repetirá las veces que sean necesarias; Ash es de los mejores amigos que ha tenido nunca y ese hecho no va a cambiar. Por supuesto, también están Max, Jess y Sing y está tan agradecido por tenerlos.
Cómo si lo hubiera llamado con la mente, Sing aparece en su campo de visión. En cuanto sus miradas se cruzan, el joven alfa levanta la mano y le saluda con una enorme sonrisa. Su rostro está rojo y su respiración es irregular por lo que el nipón deduce que ha estado corriendo, probablemente porque se le ha hecho tarde, aunque él no sabe ni qué hora es ni cuanto ha estado esperando, perdiendo la noción del tiempo mientras se ahogaba en sus problemas.
—Eiji —le llama con el energético tono de voz de un muchacho cuyos problemas son nulos y no sabe mucho de la vida aún. No es que el japonés lo esté subestimándolo, pero Sing es joven e inexperto y realmente lamenta haberlo arrastrado a esa situación—. Lo lamento, el vuelo de Ash se retrasó un poco y tuvimos que esperar.
—Está bien. Lamento... ya sabes —le dice y es la verdad.
La sonrisa de el alfa se vuelve suave y comprensiva.
—No tienes nada de que disculparte, Eiji. Para eso son los amigos. Sé que no somos tan cercanos como lo eres con Ash, así que me hizo feliz que confiaras en mí para esto —dice con la inocencia y sinceridad de un niño—. Aunque probablemente me elegiste porque no había nadie más... ¿verdad? —agrega un poco avergonzado, pero aún sonriendo.
—No, por supuesto que no —responde el beta de inmediato, aunque no es del todo verdad. Eiji le pidió su ayuda porque sabe de lo honesto y discreto que el chico puede ser, porque es su amigo. Pero también es verdad que no podía decírselo a los Glenreed... no hasta que estuviera seguro. Lo último que quiere es tener a toda su familia y a Ibe-san a las puertas de su departamento, haciéndole preguntas sin parar. Lo que no hace menos cierto que es su amigo y que probablemente su lazo será más fuerte a partir de ese momento.
—Está bien. Yo lo entiendo, de verdad que sí —le dice y no parece afectado—. Estoy feliz con solo poder ayudar. Entonces... ¿nos vamos? Agendaste una cita, ¿cierto?
Eiji asiente bajando la mirada hasta la punta de sus zapatillas un poco desgastadas. Siente el ánimo por los suelos hasta que Sing toma su barbilla y lo obliga a mirarlo.
—Todo va a estar bien —le dice y luce tan maduro. Si antes lo ha comparado con un niño ahora se retracta. Es extraño, pero no incómodo. Bueno, el fotógrafo supone que lo ha estado subestimando un poco.
Eiji asiente y le regala una muy pequeña sonrisa para reconfortarlo, sabe que está preocupado por él y lo último que quiere es causarle más problemas.
Juntos, el alfa y el beta caminan entre la multitud por toda la calle principal. Los colosales edificios lo cubren todo y aunque la gente está siendo ruidosa, todo lo que el mayor puede escuchar es el sonido de su propio corazón en sus oídos. Las palabras de Sing han sido reconfortantes, pero no lo suficiente. Sí tan solo Ash estuviera allí...
Después de una silenciosa caminata de quince minutos, ambos finalmente divisan el hospital que se irgue orgulloso sobre el amplio terreno donde lo han construido. Está rodeado por enormes zonas de áreas verdes y su aura es tan tranquila que, contrario a otros hospitales que ha visitado, no se siente tan deprimido. Hay algunas personas entrando y saliendo, nadie le mira en absoluto y eso también le ayuda a sentirse mucho mejor así que, sin pensarlo demasiado, ambos se adentran en el edificio.
Les recibe una recepción limpia y bien iluminada. Es obvio que todo el lugar fue diseñado por expertos para brindar al usuario una experiencia tranquila y poco traumática. Un hospital de elite, al que Jessica lo ha adscrito por puro capricho, aunque ahora le viene de perlas. Es uno de los pocos especializados en alfas y omegas y si no fuera por su seguro, jamás podría costeárselo.
—Buenas tardes, ¿puedo ayudarle en algo? —le pregunta una de las amables y sonrientes enfermeras detrás del escritorio de la recepción.
Eiji mira a Sing y este le alienta con una sonrisa y un pequeño empujoncito apoyando su mano en su baja espalda.
—Buenas tardes —le responde el beta—. Mi nombre es Eiji Okumura, tengo una cita —dice y su voz ha sonado más firme de lo que esperaba.
La mujer le sonríe y asiente tecleando lo que seguramente en su nombre en la computadora. Sus ojos claros van de un lado a otro hasta que finalmente parece encontrarlo y le dice:
—La doctora Vanessa, por supuesto. Consultorio 23, segundo piso —le informa.
—Muchas gracias.
—Y muchas felicidades a los dos.
Eiji y Sing le sonríen y se marchan sin decir nada en dirección al asesor. No les parece extraño que los hayan confundido con una pareja en espera de un bebé, después de todo, la doctora que le han asignado dada su «condición», es una especialista en embarazos de omegas. Sin embargo, él está allí por una razón completamente diferente.
Todos los consultorios se encuentran perfectamente señalizados, por lo que es fácil dar con el número veintitrés. Eiji se siente como cuando asistió a la fiesta de Ash como fotógrafo y pensó que jamás había visto tantos omega en un solo lugar, sólo que aquí, todos están embarazados. Algunos estás solos, otros han sido acompaños por sus alfas que celosamente se aferran a sus cinturas. El tamaño de sus barrigas varía y algunos parecen estar llevándolo mejor que otros. Hay rostros deslumbrantes que demuestran lo mucho que están deseando la llegada de sus cachorros y miradas sombrías que no ven el momento en que todo termine.
Sing toma asiento en la fila de sillas frente al consultorio de la doctora Vanessa. Eiji, en cambio, se dirige a la enfermera con el escritorio frente a él, la mujer encargada de llevar el registro de las citas de ese consultorio en particular y, además, de dar información. Ésta en particular no luce tan animada como el resto de las enfermeras, pero es profesional y le atiende muy amablemente.
—Buenos días, tengo cita. Mi nombre es Eiji Okumura.
La mujer asiente y busca su nombre en el ordenador, pero en esta ocasión es diferente. Probablemente hay detalles de su cita en la ficha porque la enfermera le mira con gesto extraño antes de volver a asentir y ponerse de pie para tocar la puerta del consultorio. Le hace sentir como bicho extraño, pero no puede culpar a la mujer por sentir curiosidad por su condición. Condición que ha ido a confirmar.
—La doctora le atenderá en unos minutos, por favor, tome asiento —le dice después de intercambiar un par de palabras con la mujer dentro de la sala y el chico afirma, tomando un lugar junto a Sing quién le pregunta:
—¿Todo en orden?
—Sí... Me pidieron esperar un momento —le responde sintiendo la ansiedad comenzando recorrerle las piernas y volviéndolas de gelatina. De nuevo.
—Me refiero a ti. Luces un poco pálido. ¿Quieres que te traiga algo dulce de la máquina en la recepción?
—Estoy bien —dice y más que para el alfa, está tratando de convencerse a sí mismo—. Estoy bien.
Sing le mira en silencio durante un par de segundos. Es obvio que no está muy convencido, pero tampoco quiere agobiarlo. Después de un momento, sujeta su mano firmemente y le dice:
—Escucha, Eiji. Es verdad que no tengo idea de como te sientes. Debe ser realmente difícil estar pasando por esto justo ahora, pero hay algo de lo que tienes que estar seguro, sin importar lo que pase dentro de ese consultorio, nada va a cambiar. Vas a seguir siendo Eiji, el exitoso fotógrafo de la revista más importante de américa. Mi amigo.
—Sing, por favor, no...
—No, por favor escúchame —le interrumpe con seriedad de muerte impregnada en su rostro y él le obedece. La forma en la que le mira le ha dejado mudo, pero su amabilidad es un poco dolorosa—. A ninguno de nosotros nos importa si eres un beta o un omega y estoy muy seguro de que Ash y el señor Glenreed piensan igual. No vamos a dejarte solo. Además, aun no estamos seguros de nada, todo esto podría ser un malentendido.
El japonés no lo sabía, pero joder que necesitaba esas palabras, el apoyo. En su cabeza, todo se sentía como el fin del mundo. Sentía que no podría conservar su trabajo, que sus amigos le verían como un mentiroso y le abandonarían, que tal vez comenzarían a subestimarlo, a sobreprotegerlo, a mirarlo como alguien débil e inferior, pero sobre todo, lo que más le afectó fue que, durante los primeros momentos del shock, mientras el inhibidor de Yut hacia efecto y él se arrastraba hasta su habitación, realmente maldijo a la vida por haberle revelado tan tarde su verdadera naturaleza. De haberlo sabido antes, todo pudo haber sido tan diferente. Él, Haru, New York.
Ash.
—Gracias, Sing —le dice e intenta relajarse un poco—. Eres un gran amigo.
—Estamos esperando un bebé, es lo mínimo que puedo hacer —le dice bromeando con la confusión de la mujer de la recepción, haciendo reír al nipón sinceramente por primera vez en días.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dice después de un momento y el menor asiente con toda seguridad—. ¿Tú crees que lo soy? Quiero decir... cuando nos conocimos tú me pediste que me colocara el collar. Nunca te pregunté por qué.
—Bueno... supongo que dadas las circunstancias puedo decírtelo. Quiero decir, tú me confiaste esto, así que supongo que... Lo siento, estoy desvariando —se disculpa con un leve rubor en las mejillas—. Es verdad que soy un alfa, pero soy lo que llaman un «alfa de baja clase». Mis feromonas no son fuertes y además, tengo un problema para percibir las feromonas de otros alfa u omega, es por eso que no encajo muy bien con la élite. Cuando era mucho más joven nadie creía que yo fuera un alfa, ni si quiera yo pero... Ese día durante la fiesta yo olí algo y provenía de ti, así que...
—Así que pensaste que se trataban de la esencia de un omega.
—Por favor, no lo malentiendas —le pide y luce un poco preocupado, aunque Eiji no le está acusando de nada—. Sólo pensé que sería peligroso si alguien te atacara, el salón estaba lleno de alfas y...
—Lo sé y fue muy noble de tu parte. Gracias.
Parece que el alfa tiene intenciones de decir algo más para la voz de la doctora desde la puerta del consultorio le interrumpe.
—¿Señor Okumura? —le llama y el fotógrafo se pone de pie en respuesta.
Por alguna razón se siente un poco más valiente.
—Buenas tardes, por favor tome asiento —le pide la mujer amablemente y él obedece—. Soy la doctora Vanessa, especialista en omegas —le dice mientras de sus cajones extrae algunas herramientas. El consultorio, al igual que el resto del hospital, es limpio, blanco y ordenado. Muy agradable—. Cuando hablamos por teléfono parecías un poco confundido, así que pensé que lo mejor sería encontrarnos y charlar sobre el asunto. ¿Está bien si te hago algunas preguntas?
—Sí, claro —responde sintiéndose como un niño. Es como si la doctora estuviera suavizándolo todo y no sabe si eso es lo mejor.
—De acuerdo —dice arrastrando la silla a su lado y tomando su brazo—. Voy a tomar una muestra de sangre para enviarla al laboratorio, ¿de acuerdo? —Eiji asiente y ella prepara la jeringa—. Mencionaste que eres enfermizo; fiebres, cuerpo pesado, estornudos ocasionales. ¿A estos síntomas le acompañan catarros, irritación en la garganta o tos?
El pelinegro lo piensa detenidamente y responde con sinceridad.
—La mayoría de las veces no —ella introduce la aguja en su brazo, pero él es incapaz de sentir dolor, está demasiado pensativo.
—¿Has detectado algún patrón respecto a estas enfermedades? —pregunta mirando la aguja llenarse lentamente.
—Yo... no en realidad, a veces me enfermo dos veces al mes y luego, pasan un par de veces más antes de que vuelva a ocurrir, pero... —dice tragando saliva pesadamente—. Ha sido más frecuente desde que llegué a New York. Yo pensaba que era la ansiedad o el estrés, pero...
—Ahora piensas que podrían haberse equivocado en los resultados de tu examen de género cuando joven—le dice con una mirada comprensiva—. ¿Dirías que tu interacción con alfas incrementó después de mudarte aquí?
—Sí —su respuesta es rotunda—. Yo... hice un amigo con el que paso mucho tiempo. Es un alfa.
—De acuerdo —responde extrayendo la aguja y colocando una gasa sobre su brazo—. Sujétalo fuerte. Dejará de sangrar de inmediato —Vanessa se pone de pie y pone la sangre en un pequeño vial antes de llamar a la enfermera del escritorio afuera y pedirle que lo lleve al laboratorio—. Mencionaste que durante estos periodos de enfermedad no sientes deseo sexual ¿cierto? —ella continúa de vuelta en su silla y él asiente—. También dijiste que un doctor general te diagnosticó alergia y te recetó algunas pastillas, pero antes de eso, otro medico ya te había recetado... ¿vitaminas?
—Sí, así fue.
—¿Tienes idea de cual es el nombre de ambos medicamentos? ¿Su compuesto?
Eiji niega.
—No, pero los traje conmigo —dice rebuscando entre las bolsas de su mochila y entregándoselos.
Ella los mira detenidamente a través de sus gafas y lee todos los compuestos impresos en la etiqueta. Después de un breve momento asiente y le dice:
—Los resultados del laboratorio no estarán listos hasta dentro de una semana, pero basándome únicamente en lo que me has dicho, yo recomendaría hacerte una histerosonografía de inmediato.
—¿Una... qué? —pregunta, ignorante al término.
—Es una especie ultrasonido que nos dejará saber si tienes útero o no. Se usa principalmente para detectar sangrando interno —Eiji asiente con lentitud.
No está muy seguro de querer hacerse la prueba en ese instante, pero dada la evidencia que él mismo ha dado, piensa que es lo mejor. Tal vez es que ha tenido suficiente tiempo para asimilarlo o tal vez fueron las últimas palabras de Sing antes de entrar al consultorio, pero entre más lo piensa, más razones encuentra para creer que el hecho de que podría ser un omega era demasiado obvio y no lo veía únicamente por capricho. Esas fiebres repentinas cuando se encontraba con Ash, el misterioso aroma a cerezo que lo rodeaba siempre y que por temporadas era más intenso. La ansiedad que sentía al estar cerca de él al principio, el que esas alergias se intensificaran cuando comenzó a tratar más con alfas, el que Sing, siendo un alfa poco recesivo lo percibiera como un omega. ¿No le había pregunta Ash alguna vez sobre la colonia que usaba regularmente y él le respondió que esas cosas no le gustaban? ¿Significa que el rubio también se percató de algo y nunca lo mencionó?
¿Fue esa la razón por la que Haru se fijó en él en primer lugar?
Eiji piensa que es momento de terminar con la tortura.
—De acuerdo —dice juntando toda la valentía que puede—. Hagámoslo.
Ella le sonríe y le recuerda un poco a su mamá.
—Sígueme.
La doctora lo guía a la parte trasera del consultorio donde hay una camilla y una máquina de ultrasonido. El nipón se recuesta y la mujer levanta su camiseta, descubriendo su abdomen. Él está muy nervioso, pero no dice nada mientras le unta un frío gel y luego presiona contra la zona el artefacto que transmite las ondas a la pantalla de cuyo nombre no tiene e idea. La imagen aparece casi de inmediato, pero él no sabe si es normal ese espacio oscuro en medio de toda la estática gris, así que aguarda mientras la doctora analiza y mueve la fría cosa de metal sobre su piel, como queriendo ver más allá.
Los segundos se vuelven eternos en medio del silencio y todo lo que Eiji puede hacer es repetirse lo que Sing le ha dicho. Nada cambiará, seguirá siendo él, pase lo que pase. Sus amigos no le darán la espalda, su familia va a apoyarlo y Ash no va a detestarlo. Todo va a estar bien.
—¿Lo ves? —le pregunta Vanessa con voz calma y amable, casi cautelosa—. Ese espacio justo en el medio es el útero. Parece que tus sospechas eran ciertas, Eiji. Eres un omega.
Ella continúa hablando, pero él no está escuchando más, dentro de su cabeza la palabra «omega» está ocupando demasiado espacio. Se siente aliviado por finalmente saber la verdad. Tomará el medicamento adecuado y seguirá con su vida como hasta ese momento. Sí, sabe que nada cambiará realmente, así que no entiende porque está llorando.
Las lágrimas escurren tibias por su inexpresivo rostro. Se siente un poco tonto por llorar, pero ya que parece incapaz de detenerse, las deja salir con los ojos aún clavados en el monito del ultrasonido. Su útero es un huequito oscuro en medio de la nada, justo como su corazón en ese momento.
¿Qué debe hacer ahora? ¿Es seguro ir afuera con Sing? ¿Debe conseguir un collar? ¿Qué hay de los supresores? Eiji no tiene la respuesta a ninguna de estas preguntas y la urgencia de volver a Japón y esconderse en los brazos de su mamá es tan grande que sólo intensifica su llanto. ¿Por qué tiene que pasarle a él? Él que por fin había obtenido estabilidad emocional, un buen trabajo y amigos maravillosos. Es tan absurdo. En su familia no ha habido ni un solo omega en toda su historia así que simplemente no entiende, tal vez porque en el fondo se estaba aferrando a la muy pequeña esperanza de que todo fuera un malentendido.
Pero como siempre, se ha equivocado.
Eiji Okumura es un omega y ya no hay manera de negarlo.
