Eiji cierra la puerta del baño suavemente y le pone seguro. Con pasos calmos se dirige hasta el lavamanos y se recarga en él con manos sudorosas. Mira el desagüe por aproximadamente tres segundos, toma una gran bocanada de aire y luego levanta la cabeza, enfrentándose a sí mismo en el reflejo del espejo colgado en la pared. Su rostro se nota un poco más delgado y hay un par de manchas negras poco visibles debajo de sus ojos. Sus cejas de fruncen con preocupación, al igual que su boca demasiado apretada. Es una imagen patética, lo admite, es por eso que con mucho esfuerzo lucha por convertirla en una expresión de decisión. No puede dar marcha atrás. Ya no.

El muchacho vuelve a respirar profundo y deja salir el aire lentamente. Repite el proceso dos veces y luego abre la llave de agua y se empapa el rostro lo mejor que puede. Ahora luce y se siente un poco más relajado, así que piensa que es hora de salir y acomoda el suéter de cuello largo para evitar que el collar que lleva puesto se note. Seca su rosto y practica en el espejo una sonrisa tranquila antes de abrir la puerta y salir, con su mejor expresión de que nada malo está ocurriendo, esa que ha llevado encima toda la mañana.

—¡Eiji, Eiji, papá sirvió el postre! ¡Date prisa! —exclama Michael y nada más salir del lavabo, lo arrastra de vuelta al comedor sujetando su mano y usando todo su cuerpecito para hacerlo.

—Ya voy, ya voy —le dice con voz tranquila, pero sólo consigue que el niño hale con más ímpetu, como si el postre fuese a desvanecerse en su ausencia.

Juntos entran a la sala entre risas infantiles. La habitación es amplia y muy hogareña. El piso es de madera y sus paredes de color salmón. La luz de la mañana se filtra por las enormes ventanas de cristal cubiertas con cortinas semitransparentes con mariposas que, por supuesto, no detienen el sonido del canto de las aves en el exterior.

—Saben que no pueden correr por los pasillos, jovencitos —los reprende Jessica con una taza de café entre las manos, nada más al verlos llegar.

—Lo sentimos —dicen los dos al mismo tiempo, tomando sus respectivos lugares.

—Vamos, cariño. Nos seas tan dura con ellos —interviene Max sirviendo pastel en el platito de porcelana de Eiji.

—No quiero que se lastimen. Eso es todo.

—Lo siento mamá, fui yo el que hizo que Eiji se apresurara —se disculpa el pequeño Michael y su madre suspira—. Por favor no lo regañes.

—Oh, está bien —le dice el japonés—. Mamá no nos estaba riñendo, sólo está preocupada por nosotros, pero ya nos portaremos mejor, ¿cierto? —el rostro del niño se ilumina y asiente antes de comenzar devorar su propia rebanada de pastel.

—Michael te tiene mucho cariño —dice Max entonces, una vez que se hubo servido un trozo también—. Estaba muy entusiasmado al saber que vendrías a desayunar.

—Eiji es muy amable —ofrece el niño como única explicación—. Me gusta mucho.

Los tres adultos ríen.

—Entonces supongo que vendré más seguido —ofrece el peligro.

—¿Y cómo te has sentido? Luces un poco cansado —dice Jess.

—Anoche terminé todo lo que tenía pendiente y lo envié al editor —explica y en parte es verdad. Sí estuvo trabajando hasta tarde, pero tampoco es que haya podido descansar muy bien los últimos días.

—Pensé que tu nueva asistente se estaba encargando de eso —dice Max con gesto pensativo.

—Sólo me encargué de algunos detalles en la edición. De cualquier forma, estoy bien. Yo... fui al médico —confiesa, preparado para soltar lo que ha ido a decir en primer lugar. Está un poco nervioso, pero lo suficientemente estable para no volver a llorar como en el fatídico día en que le dijeron que posee un útero.

—¿Con el especialista? —pregunta la alfa.

—Sí, al parecer ningún doctor general iba a poder ayudarme porque... —Eiji hace una pequeña pausa. La expresión en los rostros de sus amigos es bastante mala. Parecen sumamente preocupados, pero aguardan respetuosos en silencio, esperando a que él pueda continuar—. Porque aparentemente soy un omega. Los resultados del examen de género que me hicieron durante la escuela secundaria eran erróneos.

El nuevo silencio se extiende por todo el salón. El único sonido que puede escucharse es el de la cuchara de Michael golpear contra el plato, aparentemente ajeno a lo que acaba de decir. Es lógico, él a su edad tampoco se preocupaba por las palabras alfa, beta u omega y tampoco le importaba. Es verdad que ya no falta mucho para que el niño pase por su propio examen de género, pero hasta que no los tenga, es probable que esas palabras sigan sin significar algo.

—¿Hablas en serio? —pregunta la rubia que es la primera en reaccionar y el ojinegro afirma con expresión afligida. Está preparado para ser odiado, criticado o reprendido, cualquiera de las tres opciones, pero ninguna llega, su lugar, ella le dice—: ¿Por qué no nos lo dijiste? Debió ser difícil recibir la noticia tú solo. Pudimos haberte acompañado.

Eiji parpadea, perplejo.

—¿No están enojados? —les pregunta tratando de descifrar sus pensamientos a través de sus expresiones. No lucen como si lo estuvieran, pero quiere estar seguro.

—Por supuesto que no —dice Max y se pone de pie sólo para sentarse más cerca de él—. ¿Por qué deberíamos de estarlo?

—Porque se los oculté —responde con gesto arrepentido.

—Entendemos que decirlo no es fácil, mucho menos a una pareja de alfas. No te mortifiques por eso, cariño —dice Jessica y toma su mano por sobre la mesa, apretándola como consuelo—. Pero por favor, apóyate más en nosotros, eres un amigo muy querido y si podemos hacer cualquier cosa, lo que sea, lo haremos. ¿Cierto, Max?

—Por supuesto —responde el hombre. Eiji no tiene palabras para describir lo agradecido que está, lo muy amado y comprendido que se siente. Fue tan tonto al pensar que algo podría salir mal—. Si necesitas ir de vuelta al hospital, conseguir supresores, lo que sea, lo conseguiremos.

—Muchas gracias —dice con su voz quebrándose en la primera palabra—. De verdad lamento no haber podido decirlo antes. Yo... no necesito nada y me gustaría que no me trataran muy diferente a como ha sido siempre.

El matrimonio se mira y sonríe.

—Por supuesto que no —responde Max—. Sólo nos encargaremos de modificar las clausulas de tu contrato para que puedas tomar el descanso que te corresponde por ley durante tus periodos de celo... pero si quieres, —agrega— también podemos contratar a alguien de seguridad para evitar que algunos alfa te hagan pasar por malos ratos...

—¡Max! —exclaman el omega y la alfa al unísono.

—Lo siento, está bien. Nada de tratos especiales —responde con un puchero―. Sólo estoy un poco preocupado...

—Pero no lo entiendo —dice Jessica, interrumpiendo a su esposo—. Yo no lo noté.

Eiji toma aire, dispuesto a comenzar la misma explicación que la doctora Vanessa le dio.

—Aparentemente, mi cuerpo tiene una extraña condición de desarrollo tardío. Todos somos concebidos como beta y conforme crecemos, ciertos aparatos reproductivos o características se van desarrollando. En mi caso, en el momento en que tomé la prueba no había madurado lo suficiente por lo que el resultado que me dieron era equivocado. Aún incluso ahora mi útero no se ha desarrollado por completo y mi ciclo de celo es muy irregular. A pesar de mi edad, es probable que me tome un tiempo terminar de madurar. Es por eso que mis feromonas son apenas imperceptibles y no sentía "deseo" durante estos periodos.

—¿Quieres decir que todos esos resfriados eran... tu celo? —pregunta la mujer. Eiji asiente.

—La mayoría de ellos, al menos —explica—. Además, estuve consumiendo supresores sin saberlo. Las vitaminas que he estado tomando desde siempre están hechas a base de ellos. Tomarlas me ayudaba asentir mejor no porque reforzara mis defensas, sino porque estaba suprimiendo el celo. Pero también fue contraproducente, en un beta no habrían causado nada, pero a mí me afectó hormonalmente y ahora es probable que tenga que usar supresores más potentes que los de los omegas promedio.

—¿Pero tú cómo te sientes al respecto? —pregunta su amigo y él baja la mirada.

—Lo odio, pero no hay nada que pueda hacer, ¿verdad?

Max y Jessica lo envuelven un abrazo y acarician su cabello. Lo mecen como si se tratara de un niño, pero él no protesta en absoluto, es lo que necesita en ese instante. Está aliviado de que sus amigos lo hayan tomado tan bien, el único problema es que él aún no puede resignarse del todo. Sin embargo, es un recordatorio de que, si quiere seguir adelante va a tener que acostumbrarse al collar, la medicina, los supresores y el miedo constante de tener su primer celo de verdad y no tener idea de que hacer o como reaccionar.

—Todo va a estar bien. No vamos a dejar que nada te pase —dice el alfa y de repente, Eiji siente un peso más rodeándolo. Michael se ha unido al abrazo.

—Yo voy a cuidarte —le dice en cuanto sus ojos enrojecidos por las lágrimas que no quiere derramar se posan en él.

—Gracias —les dice—. Gracias a todos.

Así se quedan por un instante. Hasta que todo parece haberse tranquilizado y se separan, volviendo a sus respectivos lugares y con la confianza renovada entre ellos. Para distraerse un poco y calmar su conmovido corazón, Eiji toma una cucharada de su pastel. Jamás algo le había sabido tan delicioso.

—¿Ya has hablado con tu familia? —pregunta la rubia—. Si necesitas hacerlo, ¿Por qué no te tomas unos días y vuelves a japón?

Eiji niega y toma otro trozo de pastel.

—Estamos a mitad de mes y aún hay algunas ediciones cuyas fotografías no se han tomado. Necesito estar aquí y coordinar el departamento y...

—Escucha, Eiji —interrumpe Max—. De verdad creo que deberías ir. Tu madre se preocupará si no puedes explicarle correctamente por teléfono y no hablemos de Shunichi. Puedes coordinar todo desde allá por teléfono o correo electrónico. Tu equipo es muy eficaz, así que pienso que todo estará bien.

El muchacho reflexiona por un par de segundos y luego asiente. Sus amigos no han dicho más que la verdad, sin embargo, no piensa que sea un buen momento para hacerlo así que responde:

—Esperaré a finales del mes, cuando ya todo se esté imprimiendo. No hace ninguna diferencia ir ahora o posponerlo un poco y también... también me gustaría acostumbrarme a todo.

La pareja asiente comprensiva y todos vuelven al postre. Eiji sabe que tienen que asimilar la información y los comprende. Sabe también que va a costarles mucho trabajo no tratarlo diferente porque aunque nadie lo diga en voz alta, toda la sociedad siempre ha visto a los omega como seres demasiado frágiles y débiles, un blanco fácil para la gente malvada, como se ha visto últimamente en las noticias, donde chicos y chicas de éste género han sido violentados, mancillados y asesinados. Eiji no está especialmente asustado por eso, sus feromonas son casi inexistentes y duda mucho volverse el blanco de alguien, lo que le asusta es que la gente empiece a tratarlo diferente, que sus colegas en el trabajo le pierdan respeto, que los modelos se nieguen completamente a posar para él y que eso afecte la reputación de la editorial de los Glenreed. Se supone que los omegas deben permanecer en casa, aguardando por un alfa y nada más. Cosa que él definitivamente no planea hacer.

El sonido de su móvil interrumpe el tranquilo silencio que se había formado en el comedor. Michael exclama que alguien está llamando y busca por todas partes el origen del ruido. El fotógrafo extrae el teléfono de sus pantalones y se lo muestra con una sonrisa antes de mirar la pantalla.

Su corazón se detiene y toda la ansiedad liberada anteriormente regresa con el doble de intensidad. Las manos de Eiji tiemblan y le impide sujetar el móvil correctamente. Sabe que tiene que contestar la llamada, ser valiente, pero parece que ha olvidado como hacerlo, así que el infernal aparato sigue sonando por un par de segundos más, hasta que finalmente se detiene y la notificación de «llamada perdida» aparece en la pantalla. Es entonces cuando el japonés se da cuenta de que ha estado contenido la respiración, demasiado asustado.

Porque Aslan le ha llamado.

«¿No es demasiado pronto?» Se pregunta. Han pasado dos semanas desde que el alfa inició su viaje de negocios así que probablemente no lo es. Él realmente había esperado tener un poco más de tiempo para prepararse, para asimilar por si mismo la nueva situación, pero parece que no será posible.

—¿Eiji? —le llama Max con voz preocupada

—Lo siento —dice intentando formar una sonrisa en su rostro que espera pueda llegar a reflejarse en sus ojos—. El pastel está delicioso. ¿Dónde lo compraron? ―desvía el tema.

—Yo lo hice —responde Jessica y es obvio que ha notado su cambio de actitud.

No sabe porque está tan aterrado. Ha intentado convencerse por todos los medios que Ash es una buena persona y un gran amigo y que no hay razón para que lo rechace si le dice que es un omega. Que Sing tiene razón y que de la misma forma en que los Glenreed han tomado la noticia con calma, el rubio no será la excepción. Sin embargo, las palabras de Yut-Lung aquel día también le golpean como pesado martillo. Ash odia a los omega y a él le consta, pero si hay algo odia más es a los mentirosos y él no ha sido precisamente sincero.

¿Le creerá si le dice que él mismo no lo sabía? Piensa que es poco probable. Es más fácil que el alfa crea que mintió para sacar algún provecho. Lo que generalmente buscan los omega al acercarse a un alfa de élite como él; estabilidad, dinero, estatus, reconocimiento y cómo no pensarlo, si la única razón por la que grandes estrellas se dejan fotografiar por él es gracias a que Ash fue el primer modelo con el que trabajó nada más llegar a América.

Por supuesto, él podría explicarle la situación, pero ¿acaso no se sentirá ofendido de saber que no confío en él en primer lugar para decirle sobre la visita de Yue y de las cosas que hablaron? ¿No se sentirá traicionado si le dijera que prefirió contarle a Sing de sus sospechas sobre ser omega y pedirle que lo acompañara a confirmarlas, cuando se supone que su relación con él es mucho mejor? Porque la confianza y el apoyo mutuo no es algo de lo que han hablado, pero es algo que se sobreentiende cuando tienes una amistad y la amistad que ellos comparten es muy fuerte.

Sí es que realmente existe.

Eiji ha pensado en esto en los últimos días. Fue inevitable desde que supo que era un omega y recibió el primer mensaje de Ash preguntando por su salud. Piensa que tal vez, el lazo que los une es una falacia. Los alfa y los omega se atraen casi por naturaleza y la manera en la que se desarrolló su "amistad" no fue precisamente normal. Ese «algo» que Ash sentía, que él mismo sintió al verlo por primera vez podría ser parte de lo mismo; compatibilidad de la inevitable dinámica alfa-omega.

Y está asustado.

No quiere pensar que la única razón por la que Ash está interesado en él es esa, aunque fuese de forma inconsciente. Quiere creer que es su amigo, sinceramente su amigo y que nada va a cambiar cuando sepa la verdad. Que a pesar de todo van a poder seguir pasando la tarde juntos, charlar y reír como si nunca lo hubieran hecho en la vida. Que podrán ir al cine, a almorzar o simplemente quedarse en casa a hacer nada sin que lo que son en esencia retuerza las cosas y las vuelva extrañas.

Todo esto en conjunto hace que sea el doble de difícil para él decirle la verdad de lo que fue hablar con los Glenreed. Tiene el presentimiento de que, cualquiera que sea el caso, las cosas van a terminar terriblemente mal y aun así, está determinado a afrontarlo porque no quiere perder eso que ha formado con Ash. No le importa si ese sentimiento ha pertenecido al omega dentro de él todo este tiempo, para él, Aslan Jade Callenreese es invaluable y todo lo que desea es poder seguir apoyándolo como hasta ahora, incondicionalmente.

Su móvil vuelve a sonar, esta vez con una notificación de mensaje. Eiji lo aferra con fuerza y después de unos segundos, se arma de valor para mirar. Es Ash de nuevo, por supuesto, pero ha enviado un escueto mensaje que no se siente como si fuera suyo. Es algo distante, frío y muy serio. Ellos jamás se han tratado con tanta seriedad. Tal vez es su imaginación, sus miedos haciéndole sentir cosas que no hay. Espera que sea eso.

«Estoy de vuelta en NY. ¿Podemos vernos?» Es todo lo que dice.

Eiji respira profundamente para hacer callar a su nerviosismo y responde:

«Claro. ¿Cuándo estás libre? Supongo que querrás descansar un poco y atender tus asuntos aquí antes»

Después de unos minutos, el móvil vuelve a sonar.

«De hecho, ¿está bien si nos vemos en Coney Island ahora mismo?»

El japonés no comprende de donde proviene la urgencia y ese simple hecho eleva la tensión. ¿El alfa lo sabe? ¿Yut se lo dijo? ¿Qué está ocurriendo?

«Justo ahora es un poco complicado...» Intenta excusarse, obtener más tiempo.

«Por favor, Eiji» Le responde y dentro de su cabeza suena casi como si se lo implorara.

Definitivamente hay algo malo ocurriendo.

Eiji lo piensa detenidamente y finalmente toma una decisión. Mira a Jessica y a Max que le observan preocupados y luego a Michael que parece no entender que es lo que está mal, pero también se ve angustiado. Todos parecen estar esperando a que diga algo, pero él no sabe cómo explicar la situación, porque aunque ellos saben que tiene una especie amistad con Callenreese, no tienen idea de que es tan importante para él.

El omega responde:

«De acuerdo, estaré allí en una hora».


Hola a todos, muchas gracias por su apoyo a esta historia. Muchas gracias por sus comentarios porque el saber que les gusta o interesa al menos.

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