Eiji toma una bocanada de aire y se deja caer sobre el sofá con el móvil en mano, pero incapaz de mantenerse quieto, vuelve a ponerse de pie y comienza a caminar. Sus pies le llevan a la cocina, donde en un intento por hacer algo, cualquier cosa, abre la nevera sin estar muy seguro de lo que necesita de ella, obteniendo un yogurt bebible que deja sobre la barra para luego regresar al salón donde se recarga con ansiedad en el respaldo del sofá. El omega pasa una de sus manos a través de su cabello un poco alborotado, rebelde como siempre, y lo aparta de su rostro afligido mientras con valentía, levanta la otra y posa la mirada en la pantalla del teléfono, allí en donde se dibuja la información de contacto de Aslan Callenreese a quien ha estado intentando llamar desde hace una hora, sin éxito.

Frustrado, el muchacho aprieta los ojos irritados sintiendo las lentillas sobre ellos, un poco incómodas. No puede creer que no ha podido hacer algo tan sencillo como presionar el estúpido icono del teléfono junto al nombre del alfa y llamar. No puede creer que a pesar de tanto tiempo no ha aprendido de sus errores y que sigue siendo el mismo Eiji que llegó de Japón; cobarde e inmaduro, alguien que es incapaz de hacer realidad sus propias resoluciones y es un poco decepcionante, porque hasta antes de que supiera de que es un omega, se había creído diferente.

En cualquiera de los casos sabe que debe llamar, ahora. Sabe qué debe hacerlo por diversos motivos, entre ellos su egoísta deseo de ver al que alguna vez fue su gran amigo una vez más, pero no sé atreve. No se atreve porque si Ash le atendiera la llamada y le dijera que ya no tiene ningún asunto con él, se deprimiría, aunque no le culparía porque él se lo habría buscado después de haber sido tan indeciso, por haber huido. Dos veces. De la misma forma en que huyó de Japón.

De la misma forma en la que planea huir de New York.

El muchacho suelta un alarido de frustración y estruja el móvil con ambas manos antes de volver a suspirar y tallarse los ojos con los puños mientras se repite mentalmente que sólo necesita presionar el botón rojo, sólo eso. Presionarlo y esperar. Tal vez Aslan ni si quiera atienda. Tal vez no lo haga porque según los medios está demasiado ocupado con los preparativos de su boda. Tal vez no lo haga porque está con su prometido. Tal vez no, pero él espera que sí. Todo lo que necesita es una oportunidad.

La última.

El ánimo del omega decae ante ese pensamiento pero también refuerza su ya tomada decisión y marca antes de que se esfume de nuevo, porque es verdad. Probablemente jamás tendrá otra oportunidad como esa, no ahora que sabe que espera un bebé de ese hombre y aunque aún no ha decidido que es lo que quiere hacer con él, definitivamente dejarle saber no es una opción. Conoce al alfa lo suficiente como para saber que sería capaz de abandonar a su destinado para estar con su hijo, aún si le odiara a él por haber arruinado su vida y eso no es lo que quiere.

Cuando Eiji se descubrió que estaba embarazado no pudo evitar pensar en todas estas cosas. Pensó en ellas incluso antes, cuando vislumbró la posibilidad de estar cargando un cachorro y la sola idea le hizo sentir aterrado, pero ahora simplemente está tan confundido porque, aunque le encantaría deshacerse de élnosabe si podrá. Su parte omega se estremece de solo pensarlo porque ese es su hijo —y el de Ash— y él está dudando, dudando demasiado. Tal vez si las circunstancias hubieran sido diferentes, tal vez si hubiera sido otro alfa —un desconocido que lo hubiera tomado por la fuerza—, tal vez, sólo tal vez él habría podido deshacerse del embrión sin darle tantas vueltas y seguir con su vida.

Pero las cosas no son así.

El lazo que tiene con Ash va más allá de eso, hay afecto y eso es lo que hace al asunto tan complicado. El que sepa lo difícil que ha sido para el rubio la vida familiar también, porque después de que su madre lo abandonara y se viera obligado a vivir con Golzine, lo menos que merece es un poco de paz, de amor. Una familia de verdad que le ayude a sanar las heridas que él intentó tratar inútilmente, a ciegas. Una familia con su omega destinado y el cachorro que éste podría darle, no el hijo bastardo que dará a luz un amigo, ni si quiera un amante. Un amigo que no le apoyo, que le mintió y que le ocultó cosas. No, Eiji no tiene el derecho de arrebatarle la felicidad que tanto trabajo le costó alcanzar.

Y aun así la decisión sigue siendo difícil.

El timbre de la llamada suena a través del móvil, una y otra vez hasta que finalmente le manda al buzón y el omega, que hasta ese momento había estado conteniendo la respiración, deja salir el aire de sus pulmones y cansado rodea el sofá para sentarse en él. No cree ser capaz de volver a llamar, no cree ser capaz de nada.

El muchacho se recuesta con la cabeza sobre uno de los almohadones del sillón. Deja el teléfono sobre su pecho y fija los ojos en la lámpara del salón que, irónicamente, fue elegida por Ash el día en que le ayudó con la decoración del apartamento, aquella que hasta hace poco le hacía preguntarse porque le había pedido que le acompañara a elegir muebles si no se conocían de nada, y que ahora ya tiene una respuesta; dinámica alfa-omega. Estúpida dinámica alfa-omega.

El móvil comienza vibrar de pronto y Eiji lo toma con los nervios de punta, alzando la pantalla frente a su nariz para poder ver quien está llamando. Perdiendo la respiración cuando se da cuenta de que se trata de Ash. Ash está devolviendo la llamada de minutos antes y él no puede recordar cómo se habla, cómo se piensa. Siente náuseas y las manos le hormiguean pero se obliga a tranquilizarse y a tomar aire mientras se repite que tener esa charla lo antes posible es lo ideal.

Así que responde.

—¿Eiji? —le llama del otro lado de la línea. No suena enojado. De hecho, suena bastante amable, tal vez... ¿nervioso?

El nipón no sabía que había extrañado tanto escuchar su voz. No. Se corrige. El omega había extrañado su voz.

—Ash —responde y ha sonado casi como un suspiro. Patético.

Tú... llamaste —dice y suena inseguro.

Eiji no está muy seguro de lo que debería decir. Piensa que ir al grano podría ser algo descortés, pero el ambiente es tenso y extraño, como nunca antes había sentido entre ellos, ni si quiera cuando acababan de conocerse y no le gusta. Así que tiene que ir al grano.

—Sí, yo... —se aclara la garganta—. Sé que estás muy ocupado con el asunto de la boda y esas cosas, pero pensé que tal vez podríamos encontrarnos en algún lugar y hablar.

Hablar.

Pensé que no querías hacerlo... No fuiste a nuestra cita.

—Lo lamento, Ash —se disculpa sinceramente, apretando el puente de su nariz—. No fui porque- ¿Sabes? De verdad preferiría hablarlo de frente contigo. ¿Podemos? —pide, pero implora mentalmente, tomando valentía de la idea de que es lo correcto por hacer. Del cariño que le tiene al chico al otro lado dl teléfono.

Aunque sus manos aún están temblando y que Ash tarde tanto en responder le está poniendo nervioso.

Claro. ¿Estás libre hoy, cierto? Iré a tu apartamento.

Eiji entra en pánico.

—¿Ahora mismo? —pregunta mirando su vientre que, por supuesto, no se ha abultado ni un poco.

—...Sí. ¿No se puede?

—No. Sí. Sí podemos —responde tomando aire y pasando las manos por su cabello. Se supone que ya estaba listo para eso—. Es sólo que...

Oh... —le interrumpe—. Lo siento, no lo pensé muy bien. ¿Te parece si nos vemos en la cafetería que está a un costado de Central Park?

Sí, está bien. Te veo en veinte minutos —acuerda y se despide, cayendo en cuenta de que Aslan probablemente pensó que no quería encontrarse a solas con él cuando sólo había entrado en pánico por tan repentino encuentro.

Fuese como fuese, tenía una oportunidad para aclarar casi todo y disculparse, así que lo haría.

El omega se levanta del sofá y camina hasta su habitación para tomar un abrigo. Inconscientemente, se hace con uno que le ha enviado Ibe desde Japón como regalo de cumpleaños hace unos meses; tan grande y amplio que cubriría su barriga a la perfección aún si tuviera más semanas de embarazo. No las tiene, apenas han sido cuatro y no se le nota nada de nada, pero él está un poco más paranoico que de costumbre sobre lucir embarazado. Supone que es normal, desde que quiere ocultarlo.

Después de largos minutos de pie frente a la puerta —alargando el momento—, el muchacho finalmente se decide a salir del apartamento y descender por las escaleras hasta la recepción donde el portero de despide amable. Eiji no lo está haciendo a propósito, pero sus pasos son lentos y flojos, casi como si no quisiera seguir avanzando, pero lo hace por sobre la lucha interna que está teniendo consigo mismo, hasta que divisa la cafetería y de repente duda en si debe entrar.

En si debe dar la vuelta y simplemente desaparecer.

No lo hace. Ya ha sido cobarde por demasiado tiempo y las cosas no pueden ni deben seguir de esa forma, así que se adentra, toma asiento en uno de los sofás con mesita al centro de salón y espera con el corazón en un puño y el estómago en el otro.

Si haces vomitar a papá, va a estar muy disgustado. Le dice mentalmente al bebé y aunque es la primera vez que le habla, no lo nota porque está demasiado nervioso.

Eiji se tensa en cada ocasión que la campanilla de la puerta suena. La mesera le ha traído un té de canela con leche, perfecto para el clima frío y nublado del exterior y ha estado a punto de derribarlo al menos tres veces. Se ha estado reprendiendo, por supuesto, no quiere que Aslan piense que odia estar en su presencia porque no es así, pero su actitud no está ayudando para nada. Él definitivamente lo notará al llegar.

La campana suena una vez más y el nipón dirige la mirada hacia la puerta, como si algo le atrajera magnéticamente hacia ella. La brisa del exterior trae consigo un aroma a cerezo que le relaja cada músculo del cuerpo y le hace sentir en paz. Inmediatamente sus ojos se encuentran con la figura de Ash enfundado en uno de sus trajes de negocios demasiado costosos, desentonando completamente con la decoración vintage del lugar. Es elegante, dominante. Eiji no es el único que le mira, pero eso no importa porque sus ojos verdes están clavados únicamente en él y el omega se está derritiendo.

Cómo la última vez.

Rápidamente, el fotógrafo aparta su mirada de él, sintiendo el rostro arder. Sabe que es imposible que entre en celo estando embarazado, pero aún así se siente como si pudiera. De repente, es como si el miedo le hubiera abandonado y en su lugar sólo hubiera quedado nerviosismo, de ese que sientes cuando algo emocionante está a punto de pasar y es absurdo porque ellos no están allí para ponerse al corriente con sus vidas, están allí para hablar de cosas importantes. Cosas serias e importantes.

Eiji entierra al omega profundo dentro de él y se prepara.

—Hola —le saluda el alfa llegando inesperadamente rápido hasta su lugar—. Lamento la demora. ¿Te hice esperar mucho? —le pregunta y no suena enojado, ni incómodo. Suena como si se hubieran visto la semana anterior para ir a los bolos y nada de la mierda que realmente sucedió hubiera pasado.

—No... acabo de llegar —le responde y se siente sinceramente confundido. Esperaba gritos y reclamos, no eso.

—Que bueno. ¿Ya ordenaste algo?

Eiji parpadea perplejo y señala su té al tiempo que el alfa toma asiento. No sabe lo que Ash está pensando, no puede leerlo con la facilidad de antes pero es obvio, porque lo que sea que había entre ellos se rompió hace tiempo y recién se ha dado cuenta. Es un poco doloroso pero no sorpresivo, hace un par de meses que dejaron de frecuentarse y ahora, aunque sabe quién es la persona frente a él, no puede decir que la reconoce. Tal vez Aslan se siente igual y por eso ha decidido fingir que todo está bien, que nada ha cambiado.

El nipón se pregunta si debería hacer lo mismo.

Ash ordena una taza de chocolate caliente y se deshace de su bufanda y abrigo. El fotógrafo no se pierde la forma en la que ha evitado a toda costa hacer contacto visual con él, la única señal de que se siente tan incómodo como Eiji, pero no le dice nada porque sabe que si sus ojos volvieran a posarse en él, se sentiría de la misma manera que cuando entró a la cafetería y saberse desarmado no le alienta para nada. El chocolate llega y el té del omega ya se ha enfriado. Ninguno de los dos ha dicho nada en largos minutos que se sienten como una eternidad. El japonés quiere hacerlo, pero de nuevo, no encuentra las palabras, así que es un alivio cuando la voz de Ash rompe el silencio una vez más.

—Luces diferente —le dice y es irónico que haya utilizado las mismas palabras que Haru cuando se reencontraron hace unas semanas.

Cuando se despidieron.

—No me siento diferente —dice y es una mentira. Todo es diferente. Él, Ash, ellos—. Tú también luces distinto, tal vez por los nervios de la boda —suelta una pequeña risita pero ha sonado muy falsa—. No debe ser fácil.

—Escucha, Eiji. Sobre Yut y la boda, yo de verdad lamento no...

—Está bien —le interrumpe, dispuesto a aclarar el asunto que los llevó a distanciarse en primer lugar—. Quiero decir que al principio no entendía porque no me lo habías dicho, pero supongo que estabas asustado, ¿verdad? —Aslan asiente lentamente—. No sabías cómo reaccionaría cuando escuchara que no podríamos seguir siendo amigos y de hecho, lo tomé bastante mal. Lamento haberme ido ese día de Luna Park así. Debí haberte hecho sentir fatal y en realidad no es culpa tuya que las cosas tengan que ser de esa forma.

—Pero lo es —se culpa—, debí haberte explicado todo desde el principio pero mi cabeza estaba hecha un lío y empecé por la peor parte.

—Supongo que tienes razón —le dice bromeando de verdad esta vez. Él no le culpa de nada.

—Perdón.

El japonés le sonríe conmovido y niega.

—Yo también te debo varias explicaciones, ¿no es así? No fuiste el único ocultando cosas por miedo.

—Tú... eres un omega —dice y parece que sólo trata de reafirmarlo.

—Lo soy... ¿Me odias? —le pregunta bajando el cuello de su suéter para mostrarle su collar y no sabe por qué. Tal vez sólo necesita saberlo por salud emocional. Esa pregunta le ha estado carcomiendo por días.

Sin embargo, Ash le dice:

—No, Eiji. Por supuesto que no —y sus ojos sin sinceros, amables y cálidos y todo lo que quiere el omega es acurrucarse junto a él y su aroma a flores. Pero no lo hace—. Tú eres... Tú para mí eres... No podría. ¿Por eso no me lo dijiste? ¿Creíste que te odiaría?

—Yo iba a hacerlo, de verdad —confiesa—. Pero cuando subimos a la noria y me hablaste de tu madre, simplemente no supe cómo, a pesar de que dijiste que ya no odiabas tanto a los omega, así que te dejé hablar primero y luego...

—Yo te dije lo de la boda.

—Fuiste mucho más valiente que yo.

Ash niega y toma un sorbo de su bebida.

—Sólo era que no podía con la culpa. Estaba siendo egoísta.

—Lamento haberte metido en aprietos —dice el fotógrafo sinceramente.

—Lamento yo haberte metido en aprietos.

Ambos se miran y sonríen. Parece que los dos se sienten mejor después de haber sido francos. Eiji se siente mejor, hasta que recuerda y pregunta. Tiene que preguntar.

—¿Está bien que estés aquí, conmigo? —Ash se tensa.

—Lee no lo sabe —confiesa.

—¿Lee? ¿Así llamas a tu prometido? —pregunta incapaz de usar la palabra destinado.

—Es complicado, pero prometo que te lo explicaré todo.

Eiji asiente y toma su taza entre sus manos sin beber nada. Supone que el alfa aún no se ha acostumbrado al hecho que tiene una persona destinada, tal vez incluso ahora se lo esté negando un poco, así que él asiente. Sin embargo, el nipón no sabe si quiere estar allí cuando él lo acepte por completo, pero está bien porque él lo ya sabe y lo entiende. O eso dice, pero tal vez, en el fondo, el omega no quiere escucharlo de su boca, que él y Yut están hechos el uno para el otro, así que lo deja ser.

Cambia de tema.

—Yo no sabía que era un omega —dice y espera no haber sonado tan desesperado por no hablar de lo otro—. No te mentí, yo realmente creí ser un beta. Decidí ir al médico porque... —se interrumpe, no cree que sea lo mejor mencionar a Yue y su participación en la toma de esa decisión—. No me sentía bien y llevaba mucho tiempo así. Mis primeros exámenes arrojaron un falso resultado porque tuve una maduración tardía —explica.

—Oh... Eso explica los resfriados y el aroma.

—¿Podías olerme? —pregunta sorprendido. Su esencia era apenas perceptible para los alfa, aunque ahora se ha intensificado. Supone que tiene que ver con el hecho de que Aslan es un alfa dominante con sentidos desarrollados por encima de lo normal.

—Bueno... sí. Desde el principio. Es agradable. E-eso no quiere decir que yo esté pensando que tú- que nosotros.

El silencio se instala entre ellos cuando Ash decide cortar la frase. Eiji siente sus mejillas arder y desvía la mirada, clavándola en su té de canela. Tiene que decir algo. Cualquier cosa para sacar a su amigo del aprieto y del obvio mal entendido. El alfa no ha querido decir nada que él tenga que pensar demasiado.

Nada.

—Escucha, Ash —dice aclarándose la garganta—. Lo que pasó ese día... yo no te culpo de nada. Puede que no entienda muy bien cómo funcionan estas dinámicas pero entiendo que tú eres un alfa y yo... yo un omega. Estaba en celo y abrí la puerta cuando te olí. Sé que no debí porque tú tienes a alguien, pero no pude evitarlo —dice y sus palabras comienzan a atropellarse unas con otras por la vergüenza—. N-ni si quiera recuerdo muy bien ese día, así que no tienes que sentirte culpable y si tengo que ir y disculparme con tu- con Yut, lo haré.

El omega toma una gran bocanada de aire y levanta la vista que no sabía que había apartado. Ash mira la mesa, parece que le ha dejado sin palabras. O tal vez ha hablado demasiado rápido y está procesando la información. En cualquiera de los casos, cuando se recompone le mira y luce algo decaído. Eiji no sabe si ha dicho algo malo, pero planea disculparse hasta que el alfa le sonríe. No es como ninguna de las sonrisas que le ha visto antes y le desconcierta tanto que su mente está en blanco. ¿Debería preguntar qué es lo que está mal?

—De acuerdo —es todo lo que él le dice y su tono de voz no está acorde a su expresión—. De acuerdo —repite.

—¿Ash, tú...?

—Estaba muy preocupado —le interrumpe—. Estaba preocupado de que pensaras que me había aprovechado de ti y me odiaras, pero me alegra saber que no es así. De todas formas no puedo dejarte tomar toda la responsabilidad, yo... también hice algo que no debía. Lamento haberte hecho sentir culpable todo este tiempo.

—Oh, no. Creo, creo que fue culpa de los dos —aclara nervioso por el arrepentimiento que ve en sus ojos—. Si hubiéramos podido hablar antes, tal vez...

—Sí, tal vez.

Eiji le sonríe.

—Entonces, ¿estamos bien?

Ash hace una mueca apenas perceptible pero finalmente responde:

—Sí. Lo estamos.

Pero no se siente del todo verdad. Tal vez es su propia culpa ocultando lo que hay en su vientre, así que decide ignorarlo porque no va a decirlo aunque sea tarde de confesiones. Sigue adelante.

Eiji hace un comentario sobre su té ya frio y Ash le responde con esa aura extraña desapareciendo lentamente hasta que ambos se enfrascan en una conversación bastante agradable sobre el trabajo, terreno firme sobre el cual pasar para ambos. Al principio, la charla es un poco incómoda por la tensión previa, pero conforme van pasando las horas, por un instante, todo vuelve a como era antes de que todos los problemas se desencadenaran. Probablemente es culpa de la «dinámica», pero por primera vez, al omega no le molesta estar cayendo en ella.

Aslan le mira con ojos brillantes y sonríe mientras habla de esa serie que ha estado viendo, Eiji le responde y luego la charla se encamina en otra dirección. El proceso repitiéndose una y otra y otra vez hasta que el sol cae, ocultándose entre los altos edificios de New York, como un presagio del futuro.

El teléfono del japonés suena y le saca de la burbuja en la que se vio inmerso hasta el momento, poniendo sus pies en la realidad. Mira la pantalla y luego mira el rostro animado de su amigo a quien le dirige una sonrisa tranquilizadora antes de colgar y volver a guardar el móvil. Ash no pregunta quien ha llamado y Eiji tampoco se lo dice, simplemente suspira tratando de recobrar el aire de las carcajadas anteriores y dice —sin mucho ánimo de hacerlo—:

—Tengo que irme.

—Oh, de acuerdo. ¿Te llevo a casa? —le ofrece con gesto decepcionado, pero el omega se niega.

—Ya te he robado mucho tiempo hoy. Me alegró poder verte. Me lo pasé muy bien.

Ash asiente y se pone de pie cuando él lo hace.

—Yo también.

Eiji sale del café con el corazón sintiéndose más pesado a cada paso que da pero se obliga a mantener la sonrisa hasta que atraviesa la puerta. Por un instante, la idea de felicitar al alfa por el compromiso o mínimo desearle suerte con los preparativos de la boda le pasa por la cabeza, pero lo descarta porque sabe que no sería sincero. Así que simplemente se queda allí, de pie, mirándolo a la cara y grabando en su mente su bonito rostro de labios rosas y ojos verdes.

—Entonces... —dice el rubio y parece que espera algo. Tal vez que Eiji le pida que se vuelvan a encontrar, pero él no puede hacer eso.

Sayonara —dice y su corazón se desborda por esas palabras. Da la media vuelta—. Cuídate Aslan Callenresse.

—Tú también —le responde a su espalda y Eiji no es capaz de ver su expresión. Es lo mejor.

Sigue caminando.

El aroma a cerezo se hace cada vez más tenue hasta finalmente desaparece. Su móvil suena justo en el momento en el que pone un pie dentro de su edificio. El nipón atiende esta vez, pero descubre que no puede hablar, tiene la garganta cerrada y un hueco allí donde debería estar su corazón.

Max, quien ha sido quien llamó antes dice al otro lado de la línea:

—Ya he arreglado todo. Te recibirán en la editorial de Tokio el lunes. Tu vuelo sale el sábado. ¿Arreglaste el asunto que tenías pendiente?

Eiji derrama una solitaria lágrima que rueda por su mejilla y se detiene frente a la puerta de su apartamento.

—Sí —responde con voz ahogada—. Gracias Max.

—¿Sabes? Si no estás seguro de hacer esto, puedes seguir trabajando aquí. Puedes seguir viviendo aquí.

Eiji niega a pasar de que sabe que su amigo no puede verlo.

—Es mejor así.

—No suenas muy convencido.

Eiji baja la mirada hasta su vientre y lo acaricia.

—Lo estoy —responde.

Volverá a Japón en tres días. Ha terminado todos sus asuntos en New York.