Eiji cuelga el teléfono con cansancio impregnado en el rostro y suspira, para después tallarse la cara con la palma de la mano. Le han llamado del departamento de edición para avisar de unos cambios de último momento y él no podría sentirse más estresado porque sólo queda una semana para la impresión de la revista de ese mes. Ni si quiera está seguro de que su equipo pueda lograrlo a tiempo, aún si les comunica de inmediato las nuevas especificaciones, pero tendrá que intentarlo si no quiere tener problemas con el editor, que desde que se trasladó a Tokio, ha intentado hacer de su vida laboral miserable y él no va a permitírselo.
El sujeto no está de acuerdo con que un omega ocupe un cargo como el que tiene, tampoco aprueba que planee criar a un niño solo y mucho menos que no tenga un alfa. Es el típico hombre criado de manera tradicional al que le explota la cabeza cuando las cosas no son como "normalmente" deberían ser. Piensa que pelinegro debería estar en casa, limpiando y atendiendo a los niños, sentado mientras finge que todo es perfecto en su vida y presumiendo una marca en su cuello. Eiji no lo supone, el editor se lo ha dicho de frente y él lo ha mandado al diablo. La única razón por la que no lo despidieron fue Max que, aunque no está allí, la editorial sigue siendo suya.
Lo que no significa que debe ser irresponsable con su trabajo.
El muchacho abre en una pestaña del navegador de su computadora el correo electrónico y redacta a su equipo de trabajo los cambios al último photoshoot del que estuvieron a cargo. Son las ocho de la noche y sabe que sus chicos son lo suficientemente profesionales como para ponerse a trabajar de inmediato aún si sólo duermen un par de horas antes de tener que asistir a la oficina. A Eiji le gustaría no tener que explotarlos de esa forma, pero no tiene otra opción.
El omega se levanta de su asiento con algo de dificultad, apoyando ambas manos en los brazos de la silla para ayudarse. Piensa que lo mejor es conseguir algo de cenar antes de que pase el tiempo y se vuelva imposible comer algo, no sería saludable para el bebé y ya tiene suficiente con el dolor de espalda que le causa tener que estar sentado de la misma forma todo el día. Tiene solo cinco meses de embarazo y lidiar con las molestias es más complicado que nunca.
El estómago de Eiji apenas está abultado, pero el peso extra en su cuerpo hace que le duelan los pies y la cintura y aunque las náuseas ya se han calmado, los antojos no. Sin embargo, eso no es lo peor, lo peor son los cambios de humor que apenas puede controlar. Todo lo que siente se incrementa en un doscientos por ciento, sea bueno o malo; el estrés, la ansiedad, la tristeza. Todo. El fotógrafo simplemente no puede con ello y la única razón por la que sigue adelante y es fuerte, es el cachorro, por su bebé. Es por él que no puede permitirse claudicar en el trabajo con ambiente de mierda, es por él que no puede detenerse y lamentarse, porque si lo hiciera, entonces se derrumbaría.
El chico camina hasta la cocina y busca en la nevera las sobras de la comida de esa tarde, dispuesto a ponerlas en el horno de microondas y comer mientras trabaja. Se trata de un poco de takoyaki que compró en la calle porque, aunque él sabe cocinar, no ha tenido el tiempo para hacerlo. Así que toma el plato y lo coloca dentro de la cabina del horno siendo su sonido lo único que se escucha de fondo, mientras él aguarda recargado en la barra con el móvil en la mano, revisando su agenda; quedan sólo dos días para su siguiente revisión en el hospital.
Aquello se ha vuelto una rutina. Cada dos semanas, Eiji tiene la obligación de asistir con el ginecobstetra para un chequeo. Su embarazo ha sido prácticamente un milagro por lo que se podría decir que es un poco riesgoso, tanto para él como para el bebé, todo por el asunto de su cuerpo tardíamente desarrollado. Es gracias a eso que se encuentra bajo tratamiento continuo y la mirada de los especialistas, aunque él no se ha sentido en peligro ni una sola vez y parece que el cachorro ha estado creciendo como cualquier otro. De todas formas, él jamás sería tan irresponsable como para desatender las indicaciones de los médicos y asiente puntual a todas sus citas.
Un mensaje de su hermana llega de repente y él lo abre con una sonrisa. Se trata de un recordatorio para la invitación a comer a casa de sus padres el próximo fin de semana. No es que Eiji pudiera olvidarlo, desde que llegó de New York es parte de su nuevo estilo de vida. Es más, si hubiese sido por su mamá, él ni si quiera estaría en Tokio, estaría en Shiname aprendiendo a ser una buen padre, un buen omega. Recostado en cama todo el día, sintiéndose un inútil.
Su familia, por supuesto, no sabe la mitad de las cosas que pasaron en américa. Saben sobre su género y los resultados erróneos del primer test y saben lo de su embarazo, pero no tienen idea de quién es el padre del cachorro, ni las circunstancias en las que concibió y él no se las dijo, por mucho que preguntaron. El omega piensa que es mejor así, no haría ninguna diferencia que ellas conocieran la verdad, ni para él, ni para su cachorro. No importa cuánto quiera desahogarse, no importa cuánto desee dejarlo salir de su pecho él simplemente no puede.
Eiji no tiene permitido hablar de Ash, tampoco tiene permitido pensar en él.
No cuando fue él quien decidió desaparecer de su vida. El que decidió marcharse, cobarde. No importa cuánto se repita que fue lo mejor para su amigo, para ambos, aún se siente egoísta haberlo hecho. Haber citado a Aslan, hacerle creer que todos los malentendidos habían sido aclararlos, hacerle creer que aceptaba su matrimonio y luego esfumarse. A veces, el pelinegro piensa en disculparse, otras, que el alfa ni si quiera ha notado su ausencia. Que ha significado tan poco para él que aún después de tantos meses no se ha dado cuenta de que el omega no está cerca. Que está tan ocupado siendo feliz con su omega que no le dedica un solo pensamiento. Que, tal vez, pronto estará esperando a su propio cachorro.
Un bebé completamente deseado.
Y son todas esas ideas en conjunto las que le quitan el sueño, pero también las le ayudan a permanecer lejos de New York, ya sea por despecho o dignidad. Tal vez, en el fondo es Eiji el que realmente desea que Ash haga como si nunca lo hubiera conocido, porque pensar que no le extraña, que le ha olvidado, es más fácil que creer que le anhela tanto como él lo hace, porque es tan grande su deseo de verlo una vez más que el ojinegro comienza a preguntarse si realmente solo es el omega sintiéndolo y no él. Porque no importa cuánto insistan esos libros y artículos de internet en que la presencia del alfa es indispensable durante el embarazo omega, no se siente como instinto.
Se siente como amor.
Eiji sale de sus pensamientos, reprendiéndose a si mismo por haber ido en esa dirección. No importa en que esté pensando o que esté haciendo, algunas veces, le es inevitable pensar en ese alfa y es un poco frustrante. Aun así, toma un poco de aire intentando recomponerse, aunque sabe que todo lo que logrará es fingir que no está sintiendo lo que siente. Que nada está ocurriendo ese que su corazón duele, afligido.
El fotógrafo escribe una respuesta afirmativa a su hermana y la envía.
El horno de microondas suena segundos después, anunciando el fin del ciclo de calentamiento. El japonés abre la puertita presionando el botón y el vapor escapa de la cabina, proviniendo de su comida. Sin embargo, y aunque realmente adora el takoyaki, parece que el bebé ―o la ansiedad recién adquirida por sus propios pensamientos― no está de humor para eso y le revuelve el estómago hasta el punto de casi hacerle vomitar. El muchacho toma un poco de aire y se aleja de la cocina preguntándose qué es lo que va a cenar ahora. No es que realmente esté hambriento, ya no, así que piensa que simplemente puede volver a su habitación y ponerse a trabajar, tiene demasiadas cosas que hacer, pero siente un poco de remordimiento, sabe que no es bueno para el bebé saltarse las comidas, que si quiere que nazca fuerte y sano debe hacer un esfuerzo.
Eiji suspira y se dirige a la entrada para descolgar su abrigo, dispuesto a ir a la tienda y conseguir algunos ingredientes para preparar udon. Todo lo que tiene es la soja, así que le tocará hacerse con lo demás y para eso, toma las llaves y la cartera y sale de casa aun vistiendo lo que llevaba encima cuando salió de la oficina, a excepción de las pantuflas, esas se las puso al llegar y con el trabajo que comienza a costarle agacharse, ponerse los zapatos no está a discusión.
El nipón atraviesa el corredor hasta el elevador y presiona el botón para llamarlo. Es una suerte que haya juntando el dinero suficiente para poder rentar en un lugar como ese que, aunque no es de élite, es un edificio en una zona acomodada con tarifas relativamente bajas y, además, con todos los servicios necesarios. Es verdad que el apartamento es un poco más pequeño que el que tenía en New York, pero el hecho de tener un elevador en su estado ya lo compensa.
Tres pisos, dos pisos, un piso y el elevador se detiene frente a él que aún sostiene las llaves en la mano y ajusta su abrigo alrededor de su barriga.
Las puertas se abren.
—Eiji —le llama una voz conocida desde el interior de la cabina. Él deja caer las llaves y se tambalea, demasiado sorprendido—. Oh, por dios, ¿estás bien? —le pregunta, pero él no sabe que responder. ¿Lo está?— Ven aquí. Eso es recárgate en mí —le pide y él lo hace porque correr de allí no parece que sea una opción—. ¿Te sientes mejor? ¿Debería llamar a alguien?
Son muchas las preguntas. Se atropellan entre ellas dentro de su cabeza y rebotan, repitiéndose una y otra y otra vez. ¿Qué debería decir? No lo sabe, su corazón está latiendo demasiado rápido y la ansiedad duplicada por las hormonas no está ayudando en nada. Realmente no esperaba tener que lidiar con él, no ahora, no después. De hecho, dio por sentado de que cada cosa proveniente de New York se quedaría allí, en New York y no le seguirían hasta el otro jodido lado del mundo después de tantos meses, causándole un mini infarto.
—¿Q-Qué haces aquí? —le pregunta cuando se recompone lo suficiente del shock como para hacerlo y automáticamente cubre su estómago, escondiéndolo.
No quiere que lo vea, porque si lo hiciera, entonces seguramente se lo diría a él y ya ha pasado por muchas cosas tratando de ocultarlo.
—Tranquilízate, ¿qué es lo que ocurre? —le pregunta y Eiji no puede más que actuar paranoico.
—Ocurre que estás aquí. ¿Por qué estás aquí? —le pregunta y se aparta de su pecho donde le ha acurrucado al perder el equilibrio—. ¿Cómo me encontraste, Sing?
El menor le mira con indiferencia, casi como si hubiera estado preparado para esas preguntas. Sus ojos negros completamente vacíos. Eiji no puede saber si está furioso, aliviado o feliz de verlo, en comparación con su cálida voz llena de preocupación minutos antes, su expresión es fría y no le gusta porque le hace sentir juzgado, aunque probablemente se lo merezca. Sing lo apoyó hasta el último momento, siempre y él se fue de américa sin si quiera un aviso, su última reunión una salida al cine tres días antes de que él decidiera marcharse.
Sing no responde su pregunta, mantiene su mirada clavada en él con esa expresión dura que logra mantener un par de segundos más hasta que, lentamente, se suaviza hasta convertirse en el puchero de un niño herido que todo lo que quiere es llorar y Eiji, por supuesto, lo abraza porque el causante de esas lágrimas ha sido él y aunque no fuera así, también le habría abrazado. Se siente tan culpable que ha olvidado su propio pánico, sus inseguridades. Se siente tan culpable que, al enrollar sus brazos alrededor del alfa, ha olvidado cubrir su propio vientre.
—Ey... No, por favor no... —dice, pero no se siente con el derecho de pedirle que deje de llorar—. Vamos, Sing —vuelve a intentarlo, sin éxito y el alfa se aferra a su cuerpo como si fuese a desaparecer una vez más, empapando su hombro—. Escucha... entremos, ¿sí? Ven, vamos a casa.
El muchacho le obedece, pero no le suelta en ningún momento, tampoco le mira más a la cara, pero Eiji sabe que está llorando porque lo escucha, incluso mientras abre la puerta y le deja pasar. Cree que es la primera vez que lo ve tan afligido. De hecho, es la primera vez que le ve llorar. Sing para él siempre fue la felicidad encarnada, sonriendo, ayudando a los demás y de buen humor, como un niño, así que ahora es un poco desconcertante que, su reunión después de un tiempo comience así; primero él entrando en pánico y luego haciéndolo llorar.
Había esperado un par de bofetadas, pero no eso.
―Te fuiste ―le dice una vez que ambos se han instalado en la sala y aunque claramente es un reclamo, no suena como tal. El corazón del fotógrafo sintiéndose pesado―. Te fuiste sin decir nada.
―Lo lamento ―es lo único que puede responder y está siendo sincero. A Eiji le habría gustado decirle la verdad, pero simplemente no pudo. No quería arriesgarse a que Sing le dijera a Ash lo del bebé.
―¿Por qué? ―le pregunta y levanta la mirada. Ya no hay lágrimas en sus enrojecidos ojos, sólo dolor―. ¿Tan poco confiable fui para ti?
―Eso no- no es eso ―dice, pero tal vez lo fue un poco―. No fue culpa tuya. No le dije a nadie. Las cosas simplemente sucedieron. Me ofrecieron un mejor puesto aquí y-
―Mentiroso ―interrumpe su farsa.
El corazón de Eiji se detiene y el aire desaparece de sus pulmones. Las manos le tiemblan y un agujero enorme se instala en su pecho.
―Fue un error venir aquí, Sing ―suelta sin pensarlo, atacando como un animal acorralado y ha sonado tan frío que no puede creer que ha sido su propia voz.
―Responde mi pregunta ―insiste. ―Responde ―presiona más y más, con su voz de alfa, haciendo que el omega se sienta pequeño e indefenso, al borde de las lágrimas. Al borde de la verdad.
―Detente ―dice con voz ahogada.
―¿Qué es tan importante que te marchaste sin decir nada y que justo ahora te tiene temblando como una hoja? ¿De qué estás huyendo?
―¡No estoy huyendo! ―se exalta y se pone de pie. Sing lo imita―. Así que por favor, para.
―Cuando me viste pensé que te alegrarías, aunque fuese un poco, pero lucías tan asustado. Justo como ahora.
―No estoy asustado ―insiste, pero las piernas apenas le sostienen.
―¡Soy tu amigo, puedes confiar en mí, mierda!
El corazón del omega se quiebra y sus ojos se llenan de lágrimas. La presencia del alfa es más imponente que nunca, pero esa no es la razón por la que Eiji se siente fatal. En los ojos de su amigo hay tanto dolor que la traición es casi palpable, y hace que el fotógrafo se pregunte por qué está allí en primer lugar, por qué si está tan dolido viajó hasta el otro lado del mundo para encontrarse con él. Duda que haya ido solamente a reclamar o exhibirlo. Tal vez está actuando demasiado cauteloso, demasiado a la defensiva, pero ¿de qué otra forma podría ser en su situación?
La primera y única lágrima rueda por su mejilla, caliente. Sing le mira y su expresión se ablanda, pero nipón no puede soportar su lástima, no cuando el que le ha dañado ha sido él. No quiere que le compadezca, ni que le excuse, porque lo que Eiji le ha hecho fue malo y nada de lo que diga es pretexto. Está tan cansado de tener que hacer las cosas mal por hacer el bien. Está cansado de herir a la gente que le importa y herirse a sí mismo en el camino.
―Lo lamento ―le dice entonces, acercándose a él y abrazándolo de nuevo, con la dulzura de siempre―. No quería gritarte. No llores, por favor.
Pero Eiji no está llorando, está temblando, culpándose por todo.
―Estoy esperando un bebé ―dice repentinamente con voz ahogada y no sabe por qué no ha podido retenerlo más tiempo dentro.
―¿Qué? ―le pregunta el menor, casi como si no lo hubiera escuchado. Así que el omega lo repite con mayor fuerza.
―Un bebé de Ash. Voy a tener al bebé de Ash.
Es la primera vez que el pelinegro dice en voz alta esas palabras que a cada letra rodando por su lengua le queman a fuego el alma. Hacerlo no es liberador, sino todo lo contrario, es como si Eiji hubiera terminado de cerrar la puerta de la jaula que durante meses luchó por mantener abierta, porque sus palabras son una realidad; ese bebé es suyo, suyo y de Aslan Callenreese y no importa que tan lejos se encuentre de él, eso no va a cambiar.
Sing afloja su agarre como si temiera dañarlo y se aparta con cuidado. El ojinegro sabe que le mira, que le inspecciona, porque lo siente, pero no tiene el valor para devolverle el gesto así que simplemente abraza su vientre y mira la punta de sus pies, como si eso fuera suficiente para desaparecer los problemas. Sin embargo, parece que la furia de su amigo no va precisamente dirigida a él.
―Voy a matarlo ―dice y parece que habla muy en serio―. ¿Qué diablos estaba pensando? Casado e involucrándose con alguien más.
Eiji levanta la mirada por fin, aterrado. No quiere que Sing dañe a Ash, no quiere que nadie dañe a Ash.
―Lo has entendido mal ―interviene entonces, con pánico en la voz―. Fue culpa mía, yo estaba en celo. Yo lo provoqué.
Sing le mira a los ojos, su mirada en llamas.
―Jamás te atrevas a excusar a nadie de esa forma. Tú y tu celo no son ni serán los culpables, nunca. ¿Entiendes?
Eiji niega, llevando una de sus manos a su rostro y frotándolo con frustración.
―Te estoy diciendo la verdad, por favor, no te enojes con él.
―No puedes pedirme que no me enoje. Te embarazó y luego se casó con otro. ¿Por eso te fuiste? ―pregunta exasperado.
―Él no lo sabe, ¿de acuerdo? No se lo dije.
―¿Qué? ―pregunta incrédulo.
―No le dije que estaba esperando un bebé ―repite―. Me fui porque no quería decírselo.
―¿Pero, por qué? ―insiste.
―Porque si se lo hubiera dicho habría dejado a su destinado y hubiera sido miserable el resto de su vida ―Eiji lo suelta todo rápidamente, hasta que se queda sin aire. La frustración y preocupación palpables―. No puedes decírselo, ¿entiendes? Yo... yo decidí manejar esto por mi cuenta; tener al bebé, criarlo y no es necesario involucrarlo. Sé que no tengo ningún derecho a pedírtelo, pero ¿puedes hacer esto por mí?
Sing le mira en silencio, como si no pudiera decidirse en decirle algo o seguir callando. Tal vez buscando la manera de negarse cortésmente a su petición tan egoísta. Él, después de todo, fue amigo de Ash antes que suyo y guardarle un secreto como ese suena imposible. Sin embargo, y pese a todas sus expectativas, lo que el menor le responde no se parece ni mínimamente a todas las posibilidades que el omega figuró dentro de su cabeza. Él le dice:
―De acuerdo. No le diré.
Y no hay nada más. Él acepta regalándole a Eiji un alivio que sabe que no se merece, pero aun así le agradece. El nipón quiere preguntar «¿por qué?» pero no tiene el valor para hacerlo. Se conforma con saber que, por ahora, las cosas seguirán igual que durante los últimos meses, justo como él lo decidió.
—Lo siento —se disculpa una vez más. Se disculpa por haberlo dejado atrás, se disculpa por pedirle favores imposibles.
Se disculpa por todo.
—¿Cuántos...? —comienza, pero parece que duda un poco—. ¿Cuántos meses...?
Eiji mira su barriga que por sobre el abrigo apenas es visible.
—Cinco —le responde y el alfa asiente, como si estuviera pensando seriamente en algo. Tal vez, después de todo, no ha dejado de culpar a Ash—. ¿Aún estás enojado?
Él niega.
—Jamás estuve enojado —responde y suspira, luego guarda un breve silencio—. ¿Eiji? —le llama y le muestra esa expresión extraña que el nipón no ha podido descifrar. Aquella que se volvió recurrente con el paso del tiempo, cada que estaban juntos—. Me alegra ver que estás con bien. Estaba realmente preocupado.
—Lo siento —vuelve a disculparse. Parece que es lo único que hará en toda la noche—. Pero estoy bien, estamos bien.
—Yo también lo siento, me alteré demasiado.
—Creo que yo hubiera reaccionado igual. Te causé muchos problemas. Incluso viniste hasta aquí y yo te recibí de la peor manera... Espera, ¿qué hay de la universidad? —cuestiona, recordando.
—Vacaciones.
—Mentiroso.
Ambos sonríen por primera vez desde que se reencontraron.
—Entonces... ¿Qué planeas hacer con... el bebé?
Eiji se encoje de hombros y luego talla sus cansados ojos. Aún no puede creer que las cosas se han arreglado tan fácilmente, pero va a tomarlo porque estresarse sería contraproducente. Si Sing está dispuesto a avanzar, él también, aunque algo no le cuadra del todo. Se siente sospechoso.
—Seguir trabajando, ahorrar dinero para él, llevarlo a la guardería y seguir trabajando.
—Suena complicado —dice.
—Supongo que sí, pero estoy dispuesto a correr el riesgo —afirma tomando asiento nuevamente, colocando sus manos sobre su barriguita.
Sing lo duda por un instante, pero finalmente se sienta a su lado.
—Sería más fácil si tuvieras a alguien que te ayudara, ¿verdad? Si el cachorro tuviera un padre.
Eiji se tensa. Allí está. Sabía que la discusión no podía terminar así.
—Ya te dije que no puedo hablar con Aslan sobre esto...
—No me refería a eso —interviene, dejando a Eiji un poco confundido—. ¿Sabes? Hay una razón por la que vine a Japón —comienza, acomodándose en su asiento y juntándose un poco más a él—. En realidad, no planeaba decírtelo nunca, pero cuando te fuiste... Cuando pensé que no volvería a verte... Yo tenía que encontrarte y decírtelo. Por favor no me odies.
—¿Odiarte? Sing, jamás podría odiarte, pero no estoy entendiendo nada de lo que estás diciendo —expresa con sinceridad.
El alfa toma una bocanada de aire y se sienta erguido sobre su lugar. Eiji lo observa en silencio con la cabeza ladeada, en espera de una respuesta, pero todo lo que obtiene es un pequeño golpe en los labios, un golpecito curioso que se siente un poco como un beso. Algo que, por supuesto, es imposible porque Sing nunca... Él nunca. ¿Verdad?
El omega se aparta de golpe con sus manos cubriendo su boca y los ojos abiertos de par en par, porque el alfa le ha besado y él no tiene idea de por qué o qué está ocurriendo. Definitivamente se perdió algo, algo importante, pero él está seguro de haber escuchado atentamente cada detalle de la charla que han mantenido. Las lágrimas, los reproches, las disculpas y los perdones. ¿En qué momento las cosas se habían vuelto de esa forma?
—¿Me odias ahora? —le pregunta entonces, con el rostro enrojecido hasta las orejas y la expresión de un niño que sabe que ha sido pillado haciendo algo malo.
—¿Por qué? —Es todo lo que le puede preguntar. Su mente cayendo en espiral.
Sing le mira seriamente y es entonces que Eiji se da cuenta que desde que llegó, no ha hecho otra cosa más que hacer eso: mirarlo.
—Por que he estado loco por ti desde que te conocí —responde, franco. Como un chiquillo manejado por sus impulsos—. Por favor, déjame quedarme a tu lado. No me importa si no puedes quererme como yo te quiero, todo lo que necesito es una oportunidad. Puedo hacerte feliz, lo sé y por eso es que venido hasta acá. Por eso es que te he buscado por meses —dice, serio de muerte.
Eiji no tiene una respuesta.
Pero tampoco una razón para negarse.
