Sing cierra la puerta y suspira con pesar. Su corazón late rápido y sus manos sudan, nervioso. No puede creer que ha dicho todas las cosas que dijo y, definitivamente, no puede creer que Ash se lo haya creído con lo temblorosa que se encontraba su voz y la forma en la que sus ojos se posaban en todas partes menos su rostro. Ha mentido como un jodido campeón, pero en realidad no le ha quedado de otra, no con Aslan Callenreese en su puerta luciendo tan desesperado, tan confundido. Tan necesitado redención. Él está consciente de que las cosas que hizo están completamente mal y, aún así, no se arrepiente. ¿Cómo podría? Todo lo ha hecho por el bien de Eiji.
Y el suyo.
El muchacho se aparta de la puerta donde ha estado recargado por minutos enteros, simplemente pensando, intentando calmarse. Camina hasta el salón y se deja caer en el sofá con las piernas aún temblándole. Lidiar con la esencia de un alfa dominante nunca es sencillo y Aslan estaba tan enojado que realmente creyó que le golpearía. Pero no lo hizo y ahora puede decirse que, de los dos, Soo-Ling es el que salió más entero. No puede recordarlo muy bien, pero casi piensa que vio llorar a su viejo amigo y aunque ha sido la primera vez, no puede sentir lástima.
Tal vez es porque él mismo se ha mentalizado para hacer de Ash el villano. Porque le conviene que lo sea. Se ha repetido un millón de veces que haber tenido relaciones sexuales con Eiji durante su celo estuvo mal y que hacerlo mientras estaba comprometido con otro ha sido todavía peor, sin importar que Eiji insistiera que era culpa de ambos. Porque si Aslan se vuelve el malo, entonces él podría ser el héroe y tener un pretexto para mantenerlos lejos.
Egoísta.
Sing no es ningún idiota. Él sabe cosas. Las ha sabido siempre. Como si de dos polos opuestos se tratasen, Ash y Eiji se habían atraído irremediablemente, desde el inicio. Ellos le llamaban amistad, él sabía que era algo más. La forma en la que se miraban, en la que se tocaban. Ash jamás había sido así, con nadie y Eiji, Eiji que se suponía que odiaba a los alfa le dejó entrar en su vida como si nada, en cuestión de semanas, cuando a él le tomó meses enteros ganarse su confianza de verdad y no las sonrisas y charlas por compromiso que el omega le dedicaba. Él lo sabía y aun así no pudo evitar enamorarse de Eiji.
No recuerda cuando fue que todo comenzó. Sólo sabe que un día se despertó y lo supo. Lo mucho que le gustaban sus enormes ojos negros y su sonrisa brillante, su aroma a girasoles. Después de eso, las cosas simplemente fluyeron. Eiji se convirtió en su amigo y aunque él nunca planeó decirle sus verdaderos sentimientos, el que él y Aslan se distanciaran lo hacía más tentador.
Se sentía como el destino.
Sin Ash, él y Eiji pasaban más tiempo juntos; iban al cine, a almorzar, pasaban el tiempo en el apartamento del japonés y a veces, incluso pasaban la noche juntos. Sing se sentía como en el paraíso la mayoría del tiempo, durante la otra, era realmente miserable. Porque sin importar lo mucho que lo intentara, la sombra de Callenreese seguía allí, entre ellos y el rostro del nipón era tan jodidamente obvio que le hería y aun así, decidió quedarse. Se quedó incluso cuando le escuchó decir su nombre entre sueños, cuando sus ojos le buscaban desesperadamente por la calle y cuando huyó de él y se fue hasta el otro lado del mundo sin decirle nada.
Se quedó porque le quiere, incluso ahora. Juntó todo lo que tenía y vendió el resto sólo para tener una oportunidad más de permanecer a su lado. Un lugar al que él tiene más derecho que cualquier otro. Sing y no Ash. Sing que vivió con su amor unilateral desgarrándole el pecho por meses enteros, Sing quien jamás ha dañado a Eiji, Sing que no ha hecho mas que cuidarlo, procurarlo y protegerlo, de todo y de todos, como ha hecho justo ahora. Como seguirá haciendo sin importar quien caiga, porque es lo correcto...
¿Verdad?
El teléfono que se encuentra colgado cerca de la ventana suena, sobresaltándolo. El muchacho toma una gran bocanada de aire y pasa ambas manos por su rosto y cabello para despejarse. Se pone de pie y camina sintiendo las piernas aún un poco débiles, pero de alguna manera, logran sostenerle mientras él lo descuelga y se lo coloca en el oído antes de responder:
—¿Sí? —pregunta y está feliz de escuchar que su voz se percibe más tranquila
—Sing —responde la voz de Eiji al otro lado—. Estoy llegando a casa, ¿puedes bajar a ayudarme con las bolsas de las compras?
—¿Estás en la parada de autobús? —pregunta y la ansiedad antes controlada se dispara. Su mente cavilando la posibilidad de que Ash aún se encuentre cerca—. Iré directo allá, no te muevas de allí —le dice y la verdad es que suena en pánico.
—Ya estoy en la esquina del edificio. ¿Ocurre algo?
—No, nada. Estaré allí dé inmediato— y cuelga.
El pelinegro sale del apartamento sin tomarse la molestia de cerrar la puerta tras él. Corre desesperado por el pasillo hasta el asesor y presiona el botón desesperadamente para llamarlo, rogando a todos los cielos que Aslan realmente se haya rendido, pero después de un par de segundos de espera, pierde la paciencia y baja por las escaleras. Lo primero que ve es el recibidor completamente vació, luego a Eiji a través de las puertas de cristal que se encuentra al pie del edificio. Una de las bolsas de las compras se le ha roto y no puede agacharse a recoger las latas de atún y verduras que se han caído.
Un poco más tranquilo, Sing sale y mira en todas direcciones para estar seguro que sólo son ellos dos, de nuevo. No es así, aún puede oler al otro alfa, pero no sabe exactamente donde se encuentra, así que se apresura a recoger las cosas y a guiar al omega dentro del edificio con su mejor sonrisa.
—Bienvenido a casa —le dice y se siente tenso.
—Gracias por bajar a ayudarme —le dice con una sonrisa avergonzada— Sabía que se rompería en algún momento.
—No ha sido molestia —le responde dándole un beso en la mejilla y provechando el movimiento para mirar a su espalda. No hay nada, sólo un auto saliendo del estacionamiento.
El rostro de Eiji se pone rojo.
—No hagas eso —le reprende, pero no le aparta—. Entremos.
Ambos caminan hasta el ascensor y es entonces que el alfa puede mirar con mayor detenimiento el rostro de su acompañante. Como siempre. El japonés le sonríe y le habla como si nada estuviera ocurriendo, pero Sing es demasiado perceptivo con sus sentimientos como para no darse cuenta de que hay algo más, algo que por el bien de ambos él finge no saber, porque preguntar complicaría todo y él ya ha tenido demasiadas dificultades últimamente. Sin embargo, en esta ocasión hay algo más en su expresión, algo que él no tarda en descubrir. Eiji le dice:
—Creo que me estoy volviendo loco. Yo... por un segundo creí haber olido a Ash. Loco, ¿no? Quiero decir, ¿por qué estaría aquí cuando tiene a su esposo embarazado en casa? —suelta una risa falsa y floja—. Tal vez es el estrés del trabajo.
Sing pasa saliva pesadamente. El elevador abre sus puertas y ellos suben.
—Tal vez —responde con un nudo en la garganta.
—¿Tú crees que él...? ¿Crees que es feliz? —pregunta de repente, después de un largo silencio.
Sing estalla.
—No pienses en él —le dice y aunque suena enojado, realmente está herido—. No pienses en él —repite.
—Lo lamento —responde el omega y como cada que está ansioso, acaricia su barriga.
—No, yo lo siento. No quería...
—Está bien —le interrumpe—. Fui desconsiderado al hablar de él cuando tú te sientes así por mí. Lo siento —vuelve a decir con una sonrisa un poco más sincera que le hace sentir culpable.
—¿Eiji...? —intenta llamarle. No sabe por qué lo ha hecho. No es como si pensara decirle que Ash realmente estuvo allí, que viajó desde américa para decirle que lo ama y tampoco es como si fuera a preguntarle sus sentimientos por el rubio, porque él sabe la respuesta y no le gusta. Así que es un alivio que no le haya escuchado y la conversación vaya en otra dirección.
—¿Tienes que trabajar el fin de semana? —le pregunta y el ascensor llega a su piso. Él niega—. Vayamos a comprar cosas para el bebé. Sé que aún faltan unos cuantos meses para que llegue, pero...
Sing le mira. Para lo único que Eiji tiene ganas, siempre, son cosas relacionadas con el cachorro y él no puede mas que complacerle.
—Vayamos —afirma.
—Y también... gracias —el muchacho ladea la cabeza, confundido—. Por siempre cuidar de mí. Realmente no sé que haría sin ti, Sing. Eres como un ángel.
Eiji le devuelve el beso en la mejilla que él le ha dado al llegar y luego se dirige a la puerta para abrirla con sus llaves, aparentemente se ha cerrado sola por el viento. Sing se queda de pie, tras él con los ojos ardiendo y el corazón destrozado. Consciente de que más que un ángel, es un hombre celoso y egoísta y que, probablemente, destrozó con sus propias manos la única oportunidad de Eiji para ser feliz porque por más que lo intente, su amor jamás será correspondido.
Ellos dos jamás podrán ser felices mientras Aslan Callenreese habite el corazón del omega.
