Eiji mira el reloj de pared colgado en el salón y suspira con cansancio. Toma la taza de té que ha dejado en la mesita de centro y se levanta con mucho cuidado del sofá, para dirigirse a paso lento hasta la cocina y dejar en el lavabo la pieza de cerámica. No tiene intenciones de lavarla en ese momento, la espalda le duele demasiado y tiene los pies inflamados, por lo que todo lo que desea es ir a su habitación y sentarse un par de minutos en su mecedora y eso es justo lo que va a hacer.
El muchacho arrastra los pies enfundados en suaves pantuflas de conejo hasta su pieza, cuyo interior apenas es iluminado por la bombilla del corredor. Está bien así, la luz tenue le relaja y le hace sentir tranquilo por lo que no necesita encender el interruptor interior del cuarto y en su lugar, simplemente se dirige hasta su silla junto a la ventana, no sin antes tomar el libro sobre partos que su hermana le ha regalado que se encuentra sobre la cómoda junto a su cama, para después ponerse a leer.
Está a sólo un mes del nacimiento de su cachorro y su cuerpo no da para mucho más. Está cansado todo el tiempo, todo lo que come lo absorbe el niño apenas dejando algo para él y, por si fuera poco, la ansiedad y la depresión están más presentes que nunca debido a las hormonas. La única razón por la que Eiji no se ha derrumbado es porque está demasiado consciente de que dentro de su barriga está cargando con una vida, una que por voluntad propia decidió tener y no es que en realidad lo deteste, es sólo que es muy difícil.
El nipón se ha tomado un descanso de su trabajo desde el sexto mes y aunque significó un peso menos, las cosas no mejoraron mucho. Aún no puede dormir por las noches y su apetito es poco. A veces, incluso despierta llorando por sueños que no recuerda, pero de los que él se hace una idea sobre lo que tratan y eso no es lo peor, lo peor es tener que lidiar todos los días con el recuerdo de una persona que ya no está, ni estaría. Una persona que Eiji ya ha aceptado que ama unilateralmente y aunque aún se pregunta si esos sentimientos son reales —o efecto de la dinámica alfa/omega—, realmente a estas alturas, le importa poco. No es como si saber la respuesta a esa pregunta fuera a cambiar algo.
En todo caso no todo es malo. Disfruta de la compañía de su cachorro al que suele leerle cuentos con la esperanza de que pueda escucharle allí dentro. Se deleita en los sonidos de su corazón cada que tiene revisión en el médico y se lo muestran. Se divierte tejiendo algunas prendas para él y comprándole algunas cositas en tiendas en línea y sobre todo le espera, le espera tan ansiosamente que no ve el día de tenerlo entre sus brazos y admirarlo.
Por supuesto, también está Sing que vive con él y con el que comparte el desayuno todos los fines de semana. Sing que le consiente en todos sus caprichos y que le entiende pese a que él no ha podido darle una respuesta a sus sentimientos. No es que no haya querido hacerlo, de hecho, piensa que ha sido demasiado desconsiderado aprovecharse de eso que siente por él para hacerle permanecer a su lado, pero es que, por más que lo ha pensado, no ha llegado a ninguna parte. Eiji siempre lo ha visto como un hermano pequeño, siempre. Le recuerda un poco a su propia hermana y tal vez fue por eso que nunca se percató de su amor por él. Justo ahora las cosas no son muy diferentes; él sigue estancado con Ash —ocultándoselo fallidamente intenta a sí mismo— y aunque ahora es más consiente de Sing, tampoco es que algo dentro de él sea diferente.
Y no cree que eso vaya a cambiar pronto. Eso es lo más preocupante.
Eiji escucha el sonido de la puerta principal abriéndose y, posteriormente, el sonido de pasos que se dirigen hasta su habitación. Sing aparece por la puerta luciendo visiblemente cansado, pero regalándole la bonita sonrisa que siempre le muestra para no preocuparle. El menor consiguió un trabajo en una compañía como vendedor prácticamente desde que se mudó a Japón y no gana mal, pero dada su falta de título universitario, no pudo conseguir algo mejor. El nipón se siente un poco culpable por eso, pero espera que el chico pronto pueda retomar la escuela.
—Hola, tú —le saluda con un beso en la mejilla, tan suave y cariñoso que hace que el estómago del omega se sienta extraño.
El bebé da una patadita y él, sonriendo, toma la mano del alfa para que lo sienta.
—Está feliz de que estés aquí —dice.
—Yo también estoy feliz de estar de vuelta —le responde acariciando su barriguita—. ¿Qué hicieron el día de hoy?
—Oh, ya sabes. Estuvimos muy ocupados viendo un maratón de películas de terror.
—¿Y no tuvieron miedo? —les pregunta divertido.
—Somos valientes.
Sing sonríe y se deja caer en su cama.
—¿Te dio problemas? La bebé, quiero decir.
—El día de hoy se portó muy bien. Sólo se acomodó un par de veces y me pateó menos de cinco. Tuve algunas calambres también.
—Mañana tienes revisión, ¿estarás bien por tu cuenta? Te pagaré un taxi para que no tengas que usar el transporte público.
—Mamá va a acompañarme, llevaremos su auto —le informa—. Llamó esta mañana. Sigue insistiendo en que debería ir a vivir con ella, menos por este último mes. Le preocupa que esté aquí solo.
—Tu hermana viene por las tardes a verte dos veces a la semana y yo estoy aquí por las noches.
—Parece que eso no es suficiente.
—¿Qué es lo que tú quieres hacer? —le pregunta levantando la cabeza y mirándolo.
—No lo sé… tal vez debería ir.
—De acuerdo, llevaré tus cosas y las del bebé este fin de semana… ¿Te sientes bien?
—No mucho. La espalda ha estado matándome desde esta mañana y estoy muy cansado.
—Te prepararé el baño. El agua caliente debería hacerte sentir mejor.
—Tú debes estar más cansado que yo… —le dice sintiéndose culpable.
—Lo dudo —le responde aún así.
Sing sale de la habitación y Eiji ve la luz del cuarto de baño encenderse. El omega cierra su libro y con dificultad se pone de pie para devolverlo a la mesita de noche de donde lo tomó. Piensa que lo menos que puede hacer para agradecer las atenciones del alfa es calentarle un poco de la comida que ha preparado esa tarde, debe estar hambriento. Así que lo hace, camina de vuelta a la cocina y toma de la nevera su porción de kushiyaki para posteriormente meterla en el horno.
Una sensación molesta comienza en entonces. Un pequeño dolor punzante en la base de su barriga que hace que lleve su mano hasta la zona y la frote en busca de alivio. Lo encuentra momentáneamente, pero cuando el pitido el microondas anunciando que su ciclo de calentado ha terminado suena, ya se ha vuelto insoportable al punto en que el omega ha llevado ambas manos a su estómago y respira con bastante dificultad. ¿A caso está entrando en labor de parto? No puede saberlo.
—¡Sing! —llama intentando sonar tranquilo, pero fallando completamente. Su voz sale ahogada.
—¿Qué ocurre? —le pregunta apresurándose desde el cuarto de baño, con una toalla en las manos y con rostro acongojado—. Oh, por Dios.
Eiji le mira hacer una expresión de horror repentinamente y él lleva sus ojos hasta su mitad inferior, de donde ha sentido algo húmedo mojar sus pantalones. No, no es la fuente, no se ha roto. Es algo peor: sangre. Sangre a montones bañando sus jeans especiales para embarazos, manchando un bonito color azul con un rojo tan perturbador que, por un instante, el omega se siente como si fuera a perder la conciencia. El alfa llama a su nombre, o al menos eso es lo que cree. Lo ha escuchado a la distancia mientras su vista se emborrona y sus piernas pierden fuerza. Sin embargo, no ha caído al suelo, las manos de su acompañante le han sujetado justo a tiempo y ahora le mantiene a penas de pie mientras él intenta recuperarse.
—¿Qué está pasando? —pregunta con angustia, sus puños aferrados a la camiseta del alfa.
—Todo va a estar bien, ¿de acuerdo? Iremos al hospital de inmediato.
El nipón no responde, está mareado y confundido. Es verdad que no se sintió especialmente bien a lo largo del día, pero además de los leves dolores, no hubo nada que le indicara que algo estuviera mal. Y lo está. No hay manera de que tanta sangre sea normal pero tampoco quiere pensar en ello. Quiere ignorar el hecho de que se le advirtió sobre su útero y su cuerpo especialmente débil y quiere aferrarse a la esperanza de que ese bebé ha sido un milagro sin importar que la forma en la que fue concebida no fue la mejor de todas.
Eiji siente su cuerpo ser levantado entre brazos y la voz del menor hablar, no sabe si con él o con alguien más. Minutos después escucha voces, muchas, pero todas vuelven a silenciarse cuando, de alguna manera, llegan hasta un auto que bajo su percepción conduce demasiado lento. Su frente se encuentra perlada en sudor y los dolores son cada vez más intensos. Tal vez es por el dolor, no lo sabe, pero aunque ha lo largo de tantas semanas ha logrado evitarlo, ahora todo lo que puede hacer es pensar en Ash aún cuando se prometió que no lo haría.
Piensa en él incluso mientras sus ojos se cierran, párpados pesados en su rostro, haciéndole perder la conciencia.
El japonés abre los ojos de golpe inmediatamente después de haberlos cerrado, tomando una bocanada de aire. Su corazón late rápido y se siente como si hubiera estado a punto de cometer la peor estupidez de su vida. No puede desmayarse no cuando su vida y la de su hija corre peligro. Se ha dejado vencer por la situación un par de segundos, pero nada más. De ahora en adelante, aunque duela, se mantendrá alerta hasta que el taxi llege al hospital y sea atendido correctamente.
Sólo que ya no está seguro de estar en el taxi.
El nipón parpadea un par de veces para despejar de su mirada las luces que él creía eran las farolas del exterior, pero que ahora se da cuenta de que son ventanas. Ventanas grandes de cristal cubiertas por cortinas semitransparentes de color blanco, con pequeñas mariposas bordadas. Ventanas de una amplia habitación que él no conoce de ningún lado, pero que le parece tan familiar que simplemente no puede sentirse desorientado. De hecho, está bastante cómodo.
Eiji observa todo el lugar con ojos entornados. Luce suave, limpio y acogedor. Una habitación en tonos blanco y hueso con muebles de madera y mármol que incluyen una preciosa cuna tallada a mano muy cerca de él. El nipón la mira, está completamente vacía, pero esa no es una sorpresa, él aún no ha tenido a su cachorro quien aún descansa dentro de su cuerpo… O así debería ser, pues el fotógrafo se percata rápidamente de que su vientre se encuentra completamente plano, casi como si ningún ser vivo la hubiera habitado. Se alarma, se asusta y quiere llorar, pero no lo hace únicamente porque el sonido de pasos dirigiéndose a la habitación no se lo permite.
Él conoce esos pasos.
Aslan Callenreese entra en la habitación vistiendo uno de esos costosos trajes de diseñador hecho a la medida. El corazón del omega se detiene en el momento en que lo ve sonreírle y acercarse a él como si nada de lo sucedido en los últimos meses hubiese pasado. Lo que es muy extraño porque Eiji puede recordarlo muy bien; todo el dolor, el sufrimiento y la soledad.
No entiende nada, ¿está soñando?
—Hola —le dice extendiendo una de sus pálidas manos hasta su rostro y apartando un mechón de cabello de él—. Por fin despiertas.
—¿Ash? —es todo lo que él puede preguntar. No entiende porque de todos los momentos, su cabeza ha decidido usar ese para hacerle una mala jugada.
A menos que no sea una mala jugada y sea real. Parece real.
Él se ríe.
—Sí. ¿Por qué luces tan sorprendido de verme?
—Tú estabas en américa… —le responde incapaz de creer que está frente a él, pero el tacto en su rostro se ha sentido tan cálido.
—Vine corriendo de vuelta cuando supe que tendrías a nuestro cachorro —le responde y él se paraliza.
—¿Lo sabes? —le pregunta sin aire—. ¿Sabes sobre ella?
Ash le mira confundido.
—Por supuesto, cariño. ¿Por qué no habría de saberlo…? ¿Te sientes bien? Luces un poco confundido.
—Tú- yo no te lo dije. Me fui a japón y no te lo dije —le responde angustiado.
—¿Sigues teniendo esa pesadilla? —le pregunta con voz suave y comprensiva antes de inclinarse y abrazarlo, acunándolo en su pecho como si quisiera protegerlo de todas esas cosas invisibles que le hacen daño. Su calor y su aroma a flores de cerezo invadiéndolo, calmándolo—. Todo está bien, ¿lo ves? Estoy aquí, contigo. Los dos estamos.
—¿Los dos?
—Eiko y yo.
—¿E-Eiko?
—No me digas que te has arrepentido de ponerle así a la bebé.
—¿Esto es real? —se anima a preguntar al fin y Aslan vuelve a reírse.
—Lo es.
—¿Entonces sabes que estoy enamorado de ti?
—Creo que lo dices lo suficiente como para no olvidarlo nunca.
—¿Y tú estás enamorado de mí?
Aslan lo aparta suavemente de él, le mira a los ojos y responde:
—Con toda mi alma.
Los ojos de Eiji comienzan a picar y se tornan rojos antes de derramar la primera lágrima. Su corazón se siente tan aliviado que, físicamente, su cuerpo se siente más ligero. No puede creer que todo este tiempo ha estado viviendo en una pesadilla. Que el compromiso de Ash, su boda, el bebé secreto, el tiempo en japón, la sangre, todo ha sido mentira. Una muy horrible y que está muy feliz de dejar atrás mientras se embriaga del aroma del alfa, su alfa.
Está tan feliz que podría morir.
—¿Dónde está ella? —pregunta entonces, dirigiendo la mirada a la cuna vacía.
—Tomando un baño. La enfermera se está encargando de ello.
—¿Enfermera? —pregunta.
—Sí, la que se encarga de cuidarte a ti y a ella. Nos diste un gran susto cuando diste a luz un mes antes de lo planeado.
—Ah… lo recuerdo —dice y en su cabeza, imágenes de una fuente rota y sangre se interponen una sobre otra, no dejándole recordar completamente—. Aunque no todo.
—Bueno, ahora que has despertado, ¿por qué no tomamos el desayuno? ¿Tienes ánimos de salir de la cama o lo traigo hasta aquí?
Eiji se sonroja, consentido.
—Vayamos al comedor —responde con un puchero.
El omega aparta las sábanas y se pone de pie. Ciertamente se siente como estar en casa y aunque no reconoce muy bien los pasillos y las habitaciones, se las arregla para llegar al comedor donde una larga mesa cos dos platos de comida ya les esperan. Al igual que el resto de la casa está completamente iluminado y afuera parece que hace un cálido día de verano, con copas de árboles siendo mecidas por la brisa y el sol brillando deslumbrante.
Ash aparta la silla de la mesa para él y Eiji se sienta, muy avergonzado. No puede creer que son ese tipo de pareja. Aunque le gusta.
—¿Te gusta? Lo preparé yo mismo.
—¿Tú? Pero si de cocina no sabes nada —se burla.
—Estoy aprendiendo —le muestra la lengua y Eiji toma un bocado que está sorprendentemente sabroso.
—Está rico —le dice y sus ojos verdes se iluminan como los de un niño que ha sido elogiado. Tierno, adorable. Palabras con las que generalmente no se describen a un alfa.
—¿De verdad te gusta? —le pregunta y suena como si quisiera que le siguieran alabando.
—Mucho —Eiji le complace.
—Quiero cocinar para ti todos los días —le confiesa—. Para ti y para la bebé, quiero ser un buen padre, un buen esposo.
El japonés le mira, conmovido. Sabe que detrás de esas palabras está toda la historia que Ash carga en su espalda; el abandono de su madre, el trato de su padre adoptivo. Todo.
—Yo creo que ya lo eres.
El rostro de Aslan se pinta rojo hasta las orejas. Está tan avergonzado que tiene que mirar su propio plato de desayuno para tranquilizarse y aunque parece realmente satisfecho con esas palabras, se obliga a sí mismo a cambiar de tema para no avergonzarse más.
—¿Entonces... Qué planeas hacer hoy?
Eiji lo piensa seriamente pero en realidad no puede pensar en nada. Todo lo que quiere es permanecer en casa, acompañado de las personas que ama. Piensa que podría estar así por siempre y para siempre.
—Me quedaré aquí con Eiko-chan.
Ash hace un mohín de descontento y responde:
—Yo también quiero quedarme.
El fotógrafo suelta una carcajada.
—Pero tienes que atender asuntos importantes en la compañía, ¿no es así? Ya hiciste demasiado regresando de América a mitad de tu viaje de negocios.
—Quiero quedarme en casa con ustedes —expresa, apilando su comida indiscriminadamente.
—Estás actuando como un bebé. ¿Qué pensaría la prensa si te viera actuar así?
—La prensa no me importa. Me importas tú. Ustedes.
El corazón del nipón da un vuelco de felicidad al escuchar esas palabras. Él, por supuesto, se siente igual, pero no puede ser tan egoísta como para pedirle que no se vaya. Además, él volverá tarde o temprano, ¿no es así? No es como si Ash fuese simplemente a desaparecer.
¿Cierto?
—¿Ash? —le llama repentinamente asustado de sus propios pensamientos—. Vuelve temprano, ¿de acuerdo? —le pide y es que, por alguna razón, se siente inquieto con su ausencia. Su lejanía.
Él le responde.
—Por supuesto.
Eiji asiente y termina su desayuno con algo de dificultad mientras intenta convencerse a sí mismo de que no hay nada malo ocurriendo y que, en tan sólo unas cuantas horas, se volverán a ver. Se volverán a encontrar. Todo lo que tiene que hacer es esperar en compañía de su cachorro y nada más…
El sonido de un llanto infantil irrumpe en todo el salón, casi como si la fuente del ruido estuviera allí mismo. El omega se pone de pie abruptamente con el corazón latiendo con fuerza, sólo que en esta ocasión, en un mal sentido. El llanto le perturba y le eriza los vellos de la nuca, le pone en alerta y aunque realmente no quiere reaccionar de esa forma, todo lo que puede hacer es limpiar sus manos con la servilleta de tela junto a su plato y luego ir a apresurado paso de vuelta a la alcoba. Sí Ash lo sigue o no, no lo sabe.
Eiji llega a la habitación sintiéndose desgastado, alterado. No entiende cómo no lo ha notado antes, pero el peso del reciente parto realmente está allí, haciéndole sentir las piernas débiles y el cuerpo adolorido. Sus instintos a flor de piel conforme el ruido del sufrimiento de su hija irrumpe en sus oídos con más y más fuerza. El omega da un paso hacia la cuna, pero una mano le detiene.
Ash le detiene.
—Eiji, ¿qué ocurre? —le pregunta y luce tan tranquilo.
—E-Eiko —intenta explicar —. Está llorando —Ash no responde pero tampoco le suelta—. Déjame ir —le pide amablemente.
—No —le responde con angustia—. No vayas, quédate aquí.
—¿Qué…?
—Quédate aquí. Te gusta aquí, ¿cierto?
Eiji no responde, claro que le gusta estar allí, pero de la misma forma, sabe que debe ir junto a su bebé. Él no entiende el porque de la pregunta, ni de la negativa a soltarlo.
Hasta que se percata.
El nipón suspira pesadamente e incluso dentro de ese sueño no puede evitar sentir el corazón roto. Por supuesto, debió haberse dado cuenta antes, todo era demasiado perfecto para ser verdad y, aún así —por minutos u horas, no lo sabe—, se ha dejado llevar por sus deseos más profundos. Esos que él mismo se había negado por temor a salir lastimado. Cayó en la trampa de su propia mente y ahora, él mismo estaba poniéndose trabas para poder salir de allí, de su inconsciencia. Ha caído tan bajo en su obsesión por una vida con Aslan Callenreese que se ha inventado un mundo falso donde es posible.
¿Patético? Sí. Pero más triste que otra cosa.
—¿Estoy soñando? ¿O he muerto? —pregunta, pero el Ash que él ha idealizado no le responde—. De verdad tengo que ir. Mi hija me necesita.
—Yo te necesito.
—Tú no, me necesitas —responde con tristeza—. Estás aquí porque yo te necesito. Porque, a pesar de todo, sigo pensando en ti, cada maldito minuto. Incluso ahora, mientras probablemente estoy muriendo desangrado o algo así. Estoy tan desesperado por estar contigo que mi mente crea este tipo de situaciones y sólo Dios sabe lo mucho que me gustaría seguir adelante. Mi mente siempre va en tu dirección y estoy tan aterrado porque ahora tendré que criar de nuestra hija sin ti. Tendré que mirarla a los ojos y fingir que no te veo en ella mientras me desgarro por dentro como me desgarré todos estos meses pensando en lo que pudo ser si yo hubiera tenido el valor de decírtelo. Porque te amo y en situaciones como está ya ni si quiera tengo el valor de negarlo y no sé que voy a ha hacer —concluye con pesar.
Eiji jala su brazo y da media vuelta sin esperar una respuesta. Tampoco es que la hubiera obtenido, al fin y al cabo, su pequeña discusión no fue con el verdadero Ash, sino consigo mismo y esa pequeña parte de su corazón que no lo deja ir. Qué no puede dejarlo ir.
Cando se acerca a la cuna vacía, despierta.
Hay luz blanca de nuevo por todas partes, pero en esta ocasión, aunque se siente un poco desorientado, sabe perfectamente que se encuentra en una sala del hospital. Eiji no puede escuchar nada y tampoco tiene idea de cuánto tiempo ha estado inconsciente, pero es un alivio saber que no ha muerto, su que físicamente se siente como si casi hubiera ocurrido. Sin embargo, no puede estar seguro de la situación de su cachorro el cual ya no se encuentra en su vientre y que en su lugar, ha dejado una herida de operación bastante discreta, pero dolorosa que no puede ver porque no tiene las fuerzas para abrir los ojos, pero que siente.
—Eiko —llama con la garganta seca e intentando separar los párpados—. Eiko…
—¡Eiji! —responde en su lugar la alarmada voz de Sing—. No te muevas, llamaré al doctor, ¿de acuerdo?
El nipón finalmente logra abrir un poco los ojos y aunque su vista es algo borrosa, se aclara lentamente.
—¿Dónde está mi hija? —le pregunta, sujetándolo apenas por el borde de la camisetas evitando que se vaya.
Se encuentra en una pequeña habitación privada de hospital, blanca e insípida. Sing ha estado — aparentemente— durmiendo a su lado, o al menos intentándolo si las manchas bajo sus ojos son una señal. Parece que ha estado llorando.
—Tranquilízate, ¿sí? Ella está bien. Se encuentra bajo observación, nació prematura.
—¿Sing? —le llama con el alivio y preocupación a partes iguales llenándole el pecho—. No me dejes solo.
El omega llora. No sabe si de alivio o de dolor, pero lo hace. Llora y se aferra al alfa porque no puede soportar la idea de quedarse solo en ese instante, no cuando se siente tan vulnerable. Se ha desangrado, ha perdido la conciencia, ha dado a luz a una niña en el proceso y ha tenido un sueño que, aunque en el momento se sentía como el cielo, ahora le parece una pesadilla porque se ha desnudado a sí mismo por completo. Está tan conscientes de su situación que es avasallante y aterrorizante. No quiere estar solo ahora.
Ni nunca.
—Hey… todo está bien —le dice el menor acariciando su espalda—. Ella está bien y tú también. ¿Por qué lloras?
—Tengo miedo —confiesa—. E-ella está aquí y yo pensé que estaba preparado, pero no y luego tuve ese sueño y me di cuenta que lo amo demasiado. ¿Qué debería hacer, Sing? No puedo amarlo.
—Hey, hey… —intenta tranquilizarlo de nuevo. Es obvio que está entrando en pánico post alumbramiento pero no puede detenerse—. Necesitas tomar aire. Toma aire. Entiendo que estés tan preocupado pero te prometo que todo va a estar bien, ¿sí?
—¿Cómo lo sabes? —exige saber, porque él no lo tiene muy claro. Se ha condenado a sí mismo admitiendo ese amor no correspondido, poniéndolo en palabras.
Una voz desde la puerta le responde:
—Porque yo también estoy enamorado de ti.
Y se trata de Ash.
