El sonido de las ruedas de la camilla resuena dentro de su cabeza como un eco lleno de culpabilidad. Se deslizan hacia la lejanía sobre el blanco piso de mosaico que, junto con las intensas luces del mismo color en el techo, le dan al muchacho la sensación de estar dentro de un sueño. Un muy mal sueño del que quiere despertar lo más pronto posible pero no puede, no mientras sus manos estén tan llenas de sangre, manchadas como su conciencia.

Sing se queda de pie allí, a la mitad del corredor con las rodillas temblando y los ojos ardiendo tanto que se ha vuelto doloroso. Tenso como la cuerda de un condenado a muerte y con la ropa empapada de manchas rojas que lentamente se oscurecen, impregnando más profundamente dentro de él. No puede pensar con claridad, todo lo que ve dentro de su cabeza es el cuerpo pálido de Eiji entre sus brazos, débil y ojeroso, llamando con labios resecos el nombre de alguien más mientras delira, mientras sufre.

El joven talla su rostro con desesperación, manchándose a sí mismo de rojo. Quiere gritar, quiere llorar y golpear algo, cualquier cosa que le traiga alivio, pero no lo hace. Sus músculos tan débiles que apenas se puede mover. No entiende como es que todo se ha ido a la mierda en menos de cinco minutos. Eiji estaba allí, leyendo un libro y luego, lleno de sangre en la cocina llamándole desesperadamente con miedo y dolor impregnados en su mirada. A punto de perder al bebé que tan ansiosamente había esperado por largos meses pese a su propio sufrimiento.

A punto de perder su única razón para seguir con vida.

Sing, por supuesto, había hecho todo lo que estaba en sus manos para agilizar el traslado al hospital. Consiguió que uno de sus vecinos les llevara hasta allá y se aferró al cuerpo del omega fuerza, como si eso de alguna manera fuera a solucionarlo todo. No lo hizo, por supuesto. Eiji perdió el conocimiento mientras él intentaba desesperadamente mantenerlo despierto y su corazón bajó tanto el ritmo de sus palpitaciones que creyó que realmente lo perdería para siempre.

Justo ahora aún no tiene idea de si lo perderá.

El camino al hospital ha tomado sólo quince minutos, pero para una persona que se desangra a gran velocidad aquello es mortal. Los doctores han recibido al fotógrafo de inmediato en el área de urgencias, pero además de «haremos todo lo posible por salvarlos a los dos» no recibió ningún otro tipo de esperanza o seguridad. Él no es ningún tonto, sabe de lo delicada de la situación, de la misma forma en que sabe que Eiji podría morir o la bebé podría morir y que él se quedará allí, como el pobre diablo que no pudo salvar a ninguno de los dos.

El alfa derrama la primera lágrima que enjuaga su sucio rostro. No hay palabras para explicar lo devastado que se siente, lo inútil que sabe que es. Ha pasado cada día de los últimos meses asegurándose de ser el alfa perfecto para el omega que ama; dándole seguridad y amor, pero ahora, todo lo que puede hacer es llorar como el niño que siempre supo que era, rindiéndose a la idea de que jamás fue ni será suficiente. Qué ha estado viviendo una vida que no le pertenece y que, además, lo ha hecho tan mal que no vio las señales que le decían que las cosas terminarían así, aun cuando se juró a sí mismo que daría su vida en proteger a Eiji Okumura.

Una enfermera se acerca a él y Sing no sabe cuánto tiempo ha permanecido en ese estado. Ella le dice algunas palabras y él asiente, pero en realidad no ha escuchado una sola palabra proveniente de sus labios. Todo lo que puede hacer es seguirla hasta la puerta del baño para caballeros, entrar y contemplar su desgastado reflejo en el espejo; su opaco cabello negro y sus apagados ojos oscuros. Se queda allí, de pie frente al lavamanos con la mirada perdida y la mente en todas y ninguna parte al mismo tiempo. Se culpa a sí mismo, al destino y a todos los dioses que puede recordar, pero también les implora, les implora que, si Eiji abre los ojos de nuevo, sano y salvo, él hará todo desde el inicio y lo hará bien.

Y sabe por dónde empezar.

El muchacho abre la llave del agua y limpia su cara y sus manos. El frío líquido despeja un poco su mente y sus sentimientos. Aún está abrumado, pero no puede darse el lujo de derrumbarse cuando Eiji le necesita tanto. Sí, está asustado como el infierno, pero llorando no va a solucionar nada y justo ahora, hay un par de cosas que sólo él puede hacer en un momento como ese.

Sing sale del baño y cuando lo hace, la enfermera aún está esperándolo, pero cómo le ve más tranquilo, todo lo que hacerse indicarle el camino hacia la sala de espera dónde hay al menos un par de personas más luciendo tan mal como él. El alfa no se sienta, sin embargo. Él camina hasta el fondo de la sala y saca su móvil del pantalón con el corazón martilleando con fuerza dentro de su pecho y es que, aunque la idea no le gusta demasiado, sabe que debe ser él el que llame a la familia del omega e informales sobre la situación.

Así que lo hace.

Sing llama a la hermana de Eiji directamente e intenta ser lo más sensible posible. Escoger palabras nunca le había parecido tan complicado pero lo último que desea en ese instante es hacer que la chica entre en pánico y no pueda actuar de forma racional, justo como él momentos antes. Ella se lo toma mejor de lo esperado y promete hablar con su madre antes de dirigirse al hospital donde su hermano ha sido internado. Se escuchaba angustiada, pero lo suficientemente sensata como manejar la situación, aunque su actitud probablemente se debiera a que el alfa ha sido cuidadoso en mencionar algunas cosas. Esa ha sido la parte fácil.

Ahora viene lo peor.

El alfa frota sus sudorosas manos contra su pantalón y toma una bocanada de aire antes de marcar el número con lada extranjera y esperar a que él quiera atender su llamada. Los pitidos del teléfono sonando uno tras otro interminablemente, por lo que a él le parecen horas, pero que en realidad no son más que unos cuantos segundos hasta que responde. Del otro lado de la llamada alguien pregunta:

¿Ocurrió algo? —y suena alarmado.

Sing pasa saliva o al menos lo intenta. Tiene la boca seca y ahora que se encuentra en la situación, no tiene idea de que decir. Lo que si es que está realmente sorprendido de que Aslan pudiera sospechar algo con sólo su llamada, aunque supone que es algo lógico considerando que él nunca le hubiera llamado si «algo» no hubiera pasado. Egoísta, como es últimamente.

—Es Eiji —responde con la garganta cerrada.

¿Qué hay con él? ¿Qué le pasó? —pregunta con seriedad.

—Está en el hospital. Creo qu- creo que algo ocurrió con el chachorro. Algo c-como un aborto o algo así. Ha-había sangre y él estaba llorando —confiesa con voz temblorosa y no sabe por qué. Tal vez es la culpa haciéndole soltar todo sin filtro.

Ash no responde de inmediato, lo que hace que Sing espere una respuesta escueta, desinteresada, casi grosera. Eso sería lo normal, después de todo, ¿no fue él el que le hizo creer que ese bebé era suyo? ¿Cuánto podría importarle al alfa el hijo de alguien más por mucho que pudiera amar al omega que lo cargaba? Sí, una mala respuesta sería lo más normal, pero Aslan, en lugar de ofenderse o gritarle, le responde:

Tienes que tranquilizarte, ¿de acuerdo? ¿Qué han dicho los doctores? —y su amabilidad es tan sincera que duele.

Sing llora.

—Nada —responde.

Respira profundo, Sing. Eiji te necesita, tú hijo te necesita. No hay tiempo para llorar de esa forma —le reprende, casi como un padre. Cómo en los viejos tiempos.

—No —dice con voz temblorosa.

—¿No?

—Ellos no me necesitan —exclama dolido, angustiado.

No digas tonterías. Ellos son tu familia.

Sing puede imaginar lo mucho que debe estarle doliendo a su amigo decir esas palabras y no puede creer que las esté diciendo, que trate de consolarlo pese a lo que él le hizo. Lo corrió de casa de Eiji sin dejar que lo viera, escudándose en el pretexto de protegerlo cuando sólo estaba cuidando de sí mismo; temeroso de que le arrebataran a su persona más preciada. Por qué él sabe, siempre supo que el lugar del japonés no era a su lado y aun así se aferró. Cegado por su amor enfermo y obsesivo hirió a muchas personas, incluyéndose.

Tiene que arreglar eso.

—No son mi familia —confiesa y aunque está muy asustado sabe que es lo correcto.

Sé que estás asustado, pero no es el momento de claudicar —dice y parece que está realmente enojado—. No voy a dejar que lo hagas.

—No lo entiendes, Ash —intenta nuevamente, esperando a que en esta ocasión pueda decir todo de forma clara—. Te mentí —dice y aunque se silencia por unos segundos, no recibe respuesta del otro lado—. El bebé que Eiji está esperando no es mío, es tuyo.

El silencio reina por unos segundos hata que finalmente le responde:

—Mentiroso —y suena como alguien que no está dispuesto a vivir de más falsas esperanzas.

—¡Es la verdad! Eiji y yo ni si quiera estamos juntos. Nunca lo estuvimos. Todo lo que te dije era mentira.

—¿Por qué harías algo así? —pegunta con voz quebrada.

—Porque fui infantil y egoísta y quería que él me quisiera. Perdóname —implora—. Haré lo que sea, así que, por favor, ven de inmediato a Japón.

No hay una respuesta, pero si el sonido presuroso de pasos y cosas siendo revueltas en alguna habitación.

—¿Qué hora es allá? —le pregunta y suena frío en comparación con el tono que ha usado para hablarle antes. Sing sabe que no merece menos.

—L-las ocho de la noche.

—Estaré allí por la mañana. Envíame la ubicación por mensaje.

—G-Gracias.

—No lo hago por ti, lo hago por Eiji y por mi hija.

Sing traga saliva.

—Lo sé... ¿Cómo sabías que era una niña?

—¿Cómo podría no saberlo? —es la única respuesta que le da y cuelga.

El alfa se queda allí, de pie con la nariz constipada y los músculos débiles. Tardó algunos meses, pero por fin tuvo el valor de hacer lo correcto. Lamenta mucho haber tenido que esperar a que Eiji corriera peligro para hacerlo, pero piensa que es mejor que no haberlo hecho nunca. Ahora todo lo que le queda es esperar noticias del estado de salud de su amigo. Aún tiene que explicarle todo y disculparse, aunque si es sincero con él mismo, puede que no vaya a ser perdonado.

Tuvieron que pasar cuarenta minutos para que un doctor finalmente saliera a decirle que Eiji estaba fuera de peligro. Aparentemente había perdido mucha sangre cuando su útero, en un intento de seguir manteniendo al bebé dentro, había comenzado a desgarrarse. No se trató de un aborto como tal, porque el cachorro ya tenía las capacidades de sobrevivir fuera del cuerpo del omega, era más bien como un parto mal llevado a cabo por su cuerpo que casi le cuesta la vida. Sing no lo tuvo muy claro incluso después de la explicación y tampoco le interesaba, todo lo que sabía era que Eiji sobreviviría y eso era suficiente. La bebé, por supuesto, nació con un mes y medio de anticipación; pequeña y débil y aunque no sabían si sobreviviría, le daban muchas esperanzas.

Las horas transcurrieron después de eso. La familia Okumura llegó alrededor de las nueve de la noche y se retiró a descansar a la media, cuando el omega fue trasladado a una habitación privada dónde recibió transfusión de sangre. Los doctores insistieron en que Sing también debía ir a descansar pero él se rehusó a hacerlo. Se quedaría allí hasta Ash llegara a Japón, se lo debía a ambos, así que así lo hizo. Se recostó en una incómoda silla plástico con cojines duros y se mantuvo alerta el mayor tiempo posible, escuchando como a veces Eiji seguía llamando a Aslan en sus sueños mientras sonreía. Parecía que las pesadillas se habían terminado, al menos por el momento.

Sing no sabe en qué instante cayó rendido a manos del sueño, pero fue despertado abruptamente a las siete con cuarenta y cinco minutos por la ronca voz de Eiji llamando desesperadamente a alguien.

—Eiko —dice con apenas fuerzas para comenzar a abrir los ojos—. Eiko.

—¡Eiji! —le llama sorprendido y medio adormilado. Parece que el omega tiene intenciones de abandonar la cama y él no puede permitirlo—. No te muevas. Llamaré al doctor, ¿de acuerdo? —le pide con preocupación.

—¿Dónde está mi hija? —es lo primero que le pregunta y suena tan desesperado que le rompe el corazón

—Tranquilízate, ¿sí? Ella está bien. Se encuentra bajo observación, nació prematura —intenta explicarle y eso parece ser suficiente para él, al menos de momento.

—¿Sing? —le llama implorante—. No me dejes sólo.

Y él no lo hace.

Eiji llora y él le abraza con fuerza y las mismas ganas de llorar. Sabe que esa es probablemente la última vez que los dos se sujetan de esa forma. El pecho del alfa se siente caliente y un poco desolado, pero en el fondo sabe que ha hecho lo mejor. No va a mentir y decir que no sigue deseando poder quedarse así para siempre, pero ahora ha comprendido que no puedes obligar a nadie a amarte y que aferrarte a ello no es más que insana necedad. Ahora entiende a Ash y la manera en que se retiró tan fácilmente del juego y es que, él amó tanto a Eiji que no le importó dejarlo con alguien más mientras él fuera feliz y ahora, Sing cree que es capaz de hacer lo mismo.

—Hey... todo está bien —le dice acariciando su espalda—. Ella está bien y tú también. ¿Por qué lloras?

—Tengo miedo —le confiesa—. E-ella está aquí y yo pensé que estaba preparado, pero no y luego tuve ese sueño y me di cuenta de que lo amo demasiado. ¿Qué debería hacer, Sing? No puedo amarlo.

—Hey, hey... —intenta tranquilizarlo de nuevo. Es obvio que está entrando en pánico post alumbramiento, pero no es para menos, no después de todo lo que ha pasado. Lo que él le hizo pasar—. Necesitas tomar aire. Toma aire. Entiendo que estés tan preocupado, pero te prometo que todo va a estar bien, ¿sí?

—¿Cómo lo sabes? —exige saber y él está a punto de decirle todo cuando una voz desde la puerta interviene y dice:

—Porque yo también estoy enamorado de ti.

Los ojos de Eiji se iluminan y su expresión se suaviza en el momento en que su mirada choca con la del otro alfa. Es en ese momento en que Sing comprende que lo mejor es retirarse —al menos por un instante— para que ellos dos, ambos, puedan decir todas esas cosas que él no les dejó arreglar en el momento. Sin embargo, cuando intenta apartarse, se percata de que los dedos del omega aún se aferran a su ropa. De un instante a otro, su rostro mostrando aflicción y su cuerpo buscando su protección. El menor le sonríe.

—Todo va a estar bien, puedes ser sincero con Ash —le dice y acaricia su carita un poco ojerosa y pálida, pero igual de hermosa que siempre, ignorando el bajo gruñido que Ash suelta involuntariamente al verlos juntos.

Eiji se deleita en el cálido tacto del alfa de pelo negro y se relaja en su aroma a loto que por mucho tiempo ha sido sinónimo de seguridad. Después de un instante le suelta, aún inseguro de hacerlo porque hasta donde sabe, podría tratarse de un sueño más, como el que ha estado teniendo hasta hace poco, pero la presencia de Aslan se siente tan real que le abruma y le hace sentir un poco mareado, haciéndole sentir como un verdadero omega. Sing sale de la habitación sin decir nada y el fotógrafo nota que luce un poco atribulado, él sabe que probablemente se debe a los sentimientos que guarda por él, pero ya habrá tiempo para hablar de eso, ahora el verdadero problema es solucionar todo con Ash que, aunque no luce enojado, tiene una expresión extraña en su rostro.

—Ash —dice con la garganta seca y eso es más que suficiente para que todos los sentimientos del alfa salgan a flote y se muestren frente a él.

La expresión de Aslan se frunce en congoja, haciendo que sus ojos verdes luzcan verdaderamente tristes. La forma en la que sus cejas se tuercen da aún más énfasis en ello. Está al borde de las lágrimas y luce tan preocupado que Eiji no tiene palabras para describir su angustia. Es casi como si estuviera pasando por el peor momento de su vida y ya no pudiera más. Es casi como si hubiera estado sintiendo exactamente lo mismo que él a través de todos esos meses. Casi puede sentir ese dolor como si fuera suyo y ese simple hecho le hace derramar un par de lágrimas.

—Eiji —le responde caminando hacia él, como si estuviera realmente asustado de ser alejado. Cosa que, por supuesto, el omega no haría.

El rubio se detiene a su lado en la cama y prácticamente se arrodilla, toma su mano y la cubre con las suyas, como si de esa forma pudiera estar seguro de que él no va a escapar de nuevo. Eiji no podría aunque quisiera y él no quiere. Lo que realmente desea es permanecer de esa forma y alargar el tiempo eternamente porque joder lo ha extrañado tanto. Ha extrañado su aroma, su calor, su tacto, la forma en la que le mira y hasta la forma en que respira. Ha extrañado su cabello con un rubio inigualable y los jades de sus ojos. Ha extrañado la forma en la que parecen encajar perfectamente, casi como si estuvieran hechos el uno para el otro y esa idea es tan abrumante que no da cabida al temor. Eiji no está pensando, ni puede pensar en nada más.

—Estás aquí, realmente estás aquí —es todo lo que puede decir.

—Lamento haber tardado tanto —se disculpa el ojiverde con los ojos enrojecidos y expresión atribulada—. Lo siento tanto. Jamás debí dejarte ir. No te dejaré ir de nuevo.

El japonés siente sus lágrimas aterrizar en la piel de sus manos; cálidas y aunque le encantaría aceptar su propuesta no sabe si tiene permitirlo hacerlo, no cuando sabe que probablemente ya hay alguien esperando por él en América. No cuando él ha tenido a su hija y ni si quiera se lo dijo. No cuando han cometido tantos errores. Todo lo que puede hacer es acariciar su cabello, suavemente e intentar tranquilizarlo pese a sus propios miedos e inseguridades. Está bien que disfrute de eso un poco más, ¿cierto? Sólo un poco.

—Hay tantas cosas que quiero decirte —confiesa el omega—. Pero estoy tan asustado.

—Yo también, pero estoy decidido a decirlas todas si eso significa que puedo quedarme a tu lado —el corazón de Eiji palpita, fuerte. Ash se acomoda en la silla que Sing había estado ocupando—. ¿Me escucharás hasta el final? —el nipón asiente no muy seguro de querer echar más sal a la herida, pero está tan cansado de correr así que lo hace—. Debería comenzar con aquello que nos hizo distanciar en primera instancia ―toma aire―. Mi matrimonio con Yut fue arreglado, fue por eso que no te hablé de él. En realidad, el asunto es más complicado que eso, pero prometo que lo explicaré todo con más calma después ―confiesa y no parece estar mintiendo―. No hubo nada sentimental o romántico entre nosotros, nunca y como estoy seguro de que viste todas esas revistas, también deberías saber que lo de nuestro hijo era sólo un rumor. Yo nunca lo toqué, ni si quiera durante su celo. No podía decírtelo porque implicaba cosas muy peligrosas relacionadas con el crimen organizado y no quería que nada te pasara.

—Pero... no entiendo, ¿no eran ustedes destinados? —se anima a preguntar, porque esa fue la única razón por la que él guardó distancia. Ash le mira confundido.

—Por supuesto que no —responde sin vacilación—. ¿De dónde sacaste que...? ¿Él te lo dijo? —Eiji asiente sintiéndose como idiota—. Voy a matarlo.

—Él dijo... y por eso yo... Por eso no te dije lo de la bebé —dice con los ojos inundados en lágrimas, hasta que se da cuenta de lo que ha dicho. Piensa que para ese tipo de noticias siempre es mejor tener tacto y él ya lo ha arruinado.

Pero Aslan no parece sorprendido por la noticia de su embarazo.

—Bueno, fue cruel de tu parte no hacerlo, pero creo que lo entiendo.

—Tú... ¿lo sabes? ¿Lo del cachorro? —Él afirma usando la cabeza—. ¿Y no estás enojado?

—¿De que la persona que amo me haya dado un hijo? ¿Por qué debería? —Eiji se ruboriza hasta las orejas.

—No digas esas cosas —le dice con vergüenza y el alfa, un poco desanimado pregunta:

—¿Por qué? Pensé que era mutuo...

—Porque, aunque esto sea... aunque nosotros sintamos... ¡Tú aún estás casado! —concluye.

—Oh, ¿no lo dije? Yut y yo no hemos separado hace un par de meses, pero aún no lo hemos hecho público. Jamás habría venido hasta aquí sin haber arreglado todo primero.

Los ojos de Eiji pican. Quiere llorar y no sabe si es de felicidad o alivio.

—¿Y por qué tardaste tanto? —le recrimina.

—Pensé que me odiabas por lo que pasó durante tu celo ―responde con gesto culposo.

—Te dije que no era así... de hecho, yo estaba muy feliz —admite y hacerlo se siente liberador. No sabe por cuánto tiempo ha estado reprimiendo eso, pero ahora que están en medio de las confesiones, realmente no le importa decirlo en voz alta—. Creo que fue en ese momento en que me di cuenta de que tenía sentimientos por ti, pero no quise aceptarlo, por la boda, la culpabilidad de nuestra amistad... También porque creía que se trataba del omega hablando por mí y estaba muy asustado.

—Debió ser muy difícil para ti pasar por todo esto solo. Lamento no haberte causado tantos problemas.

—No fuiste el único escondiendo cosas... ese día en el café yo ya sabía de mi embarazo y no te lo dije. Los dos nos equivocamos.

Ambos se miran en silencio, sin decir nada más. Eiji no puede creer que las cosas han sido siempre tan fáciles, aunque probablemente lo son únicamente porque ya han tenido que pasar por el resto de la mierda antes. Se siente como el final de una película, justo cuando todos los problemas se han solucionado y ahora, todo lo que queda es ser feliz pero, ¿Eiji de verdad puede serlo? Por mucho tiempo creyó que, al igual que con Haruki, estaría destinado a la soledad. Que criaría a su hija él solo y suspiraría hasta el fin de sus días por la ausencia de un hombre al que amó, pero que no pudo tener y ahora que la vida le ofrece algo más, tiene miedo de tomarlo.

—Eiji, yo de verdad estoy enamorado de ti —le dice el alfa, rompiendo el silencio de repente, casi como si pudiera leer su mente—. Y sé que te hice daño, que confiar en mí será difícil, pero por favor, dame la oportunidad de demostrarte que puedo hacerte feliz.

—Yo... quiero, Ash. De verdad quiero pero... ¿y si yo no puedo hacerte feliz a ti? Soy un omega de clase baja, y tú un alfa dominante... ¿Qué pasa si...?

—A mí no me importa —le interrumpe con seriedad de muerte impregnada en su voz—. Me enamoré de ti incluso pensando que eras un beta. A mí no me importa en absoluto. Todo lo que deseo es poder estar contigo y nuestra bebé, tener la familia que yo nunca tuve. Por favor, no tengas miedo, yo voy a protegerte. Te protegeré de todo porque te amo.

Y son esas palabras las que le hacen llorar. Primero una lágrima y luego decenas rodando por su rostro pálido por la reciente pérdida de sangre. Eiji trata de encontrar su voz para decirle que también lo ama pero no la encuentra, así que simplemente hala de él y lo abraza con toda la fuerza que sus debilitados brazos le permiten. Sin embargo, esa escueta muestra de cariño se vuelve insuficiente conforme pasan los minutos y gracias al cielo el alfa lo comprende porque se aparta, le mira intensamente por un momento a los ojos y luego le besa. Es un beso muy diferente al que compartieron durante el celo. Éste es mucho más tierno y mucho más personal. Eiji siente como si todo su cuerpo se derritiera y se fundiera con el hombre que él ha comenzado, a cada rose, a reconocer como su alfa. Tal vez Eiji se habría dado cuenta de que estaban destinados a estar juntos si su historia hubiera comenzado de esa forma.

Porque lo están. Son almas gemelas.

Los labios suaves de Aslan recorren los suyos un poco partidos y deshidratados. El omega siente vergüenza por ellos al principio, pero lo olvida en cuanto la lengua del alfa se adentra en su cavidad bucal y la explora, profundizando el tan ansiado primer beso. Por primera vez en meses, el nipón se siente completo. Eiji coloca sus manos en el rostro de su acompañante y el rubio hace lo mismo, acariciando sus mejillas y consintiéndolo, tratándolo como si fuese a quebrarse en cualquier instante.

Lo único que los separa es la falta de aire.

El Eiji se aparta con las mejillas encendidas en color rojo y con las pupilas dilatadas. Ash le sonríe, satisfecho con su reacción y deposita un besito más en sus labios, apenas tocándolos. Se siente como si todas las cosas malas del mundo hubieran desaparecido y ahora sólo quedaran ellos dos sobre la faz de la tierra. El japonés está consciente de que aún quedan demasiadas cosas por aclarar, pero comparado con lo anterior, es más bien poco relevante. Todo lo que importa es que Ash le quiere, le corresponde.

—Te amo —le dice al fin, consciente de que no se lo ha dicho directamente y ha salido tan natural que la vergüenza es secundaria.

Ash sonríe.

—Jamás me había sentido tan feliz en toda mi vida.

—Ni yo —afirma con una sonrisa antes de recordar que queda algo importante—. Ash, aún no te he hablado de Eiko. Sing dijo que estaba en observación, pero realmente me preocupa que ella... —comienza a entrar en pánico de nuevo.

—Hey, tranquilo. No es la primera niña en nacer antes de tiempo, todo va a estar bien, ¿sí? Yo me encargaré de lo demás, así que puedes descansar.

—No te pongas modo alfa conmigo —le dice intentando sonar indignado, pero la verdad es que se siente muy tranquilo.

—Vas a tener que acostumbrarte porque no hay manera de que pueda ser otra forma.

Aslan le guiña un ojo y besa su mejilla antes de salir de la sala con ese porte imponente que conserva desde el día en que lo conoció, aquella noche oscura en medio de New York. Eiji sabe que puede estar tranquilo ahora que Ash está a su lado y con ese pensamiento, cierra los ojos para descansar un poco más. No lo ha notado antes por la emoción del momento y tampoco se ha quejado para no hacer preocupar al alfa, pero realmente se siente hecho papilla. Ha dado a luz a una niña y ha recuperado al hombre de su vida en menos de veinticuatro horas.

Está realmente agotado y feliz.