Eiji enfocó su cámara directamente al rostro de la modelo. Las luces del estudio golpeaban su cara y resaltaban sus pómulos altos y sus ojos avellana. Su esbelta figura modelaba con gracia un vestido floreado de primavera y su cabeza portaba un sombrero de paja. Su cabello rubio caía en ondas por sus hombros y bajaba hasta su espalda como una cascada de hilos de oro.
Era hermosa. Pero Eiji no podía captar esa belleza.
Decenas de disparos se escucharon por toda la sala. La única cámara que no se disparó fue la de Eiji quien se quedó estático con el ojo en la mirilla y el dedo en el disparador. La modelo cambió de pose por cuarta vez en esa tarde y una vez más, Eiji fue el único incapaz de obtener una buena fotografía.
Cuando la sesión terminó cada estudiante se encargó de recoger su equipo. El pelinegro desmontó su cámara del tripié y lo plegó antes de guardarlo en su maleta. Se aseguró de que todos sus lentes estuvieran en su lugar y enseguida se apresuró a ayudar con las luces. Tenía la esperanza de poder escabullirse antes de que el profesor lo llamara y él tuviera que explicarle que no había podido tomar una sola fotografía para su clase. Otra vez.
Por supuesto, Eiji no tenía tanta suerte.
—Okumura, quiero hablar contigo un segundo.
Con un suspiro, el japonés terminó de desconectar las luces y guardarlas en el almacén y esperó pacientemente a que todos los demás se marcharan para acercarse a la oficina del profesor que se encontraba junto al estudio.
Eiji golpeó suavemente la puerta.
—Adelante —dijo el hombre y el pelinegro se adentró a la sala. Una oficina bien iluminada y repleta de accesorios de fotografía mal acomodados en un estante. Parecía algo desordenada pero no estaba mal.
—¿En qué puedo ayudarle, señor? —preguntó Eiji de pie frente al escritorio de madera.
—No he visto tus avances de la clase y el primer trimestre está por terminar. Todos tus compañeros han venido a revisión menos tú. Sabes que es importante.
—Lo siento —fue todo lo que pudo decir.
Se sentía avergonzado, realmente avergonzado, pero no sentía que alguna de sus excusas fueran mínimamente válidas.
—¿Me dejarías ver qué es lo que tienes hasta ahora?
El gesto del profesor era suave y tranquilo. No se sentía para nada como un regaño y aun así Eiji tardó algunos segundos en decidir si dejarle ver su trabajo era buena idea.
Finalmente decidió que lo mejor sería dejarle ver el problema.
Eiji descolgó la cámara de su cuello y extrajo la memoria interna antes de dejarla sobre el escritorio. El profesor la tomó y la insertó en su computador encendido. Automáticamente la carpeta con las fotografías del japonés se abrió en Camera Raw y una a una desfiló en el monitor. Eiji no había limpiado la memoria, por lo que además de sus fotografías de la clase de retrato, estaban las de las clases de fotografía de alimentos y paisajismo.
El profesor las miró todas por igual con gesto de concentración.
Avergonzado de su propio trabajo, el muchacho fue incapaz de mirar al hombre detrás del escritorio, por lo que llevó la mirada a la pared repleta de fotografías a la espalda de su profesor. Eran muchas y muy variadas y Eiji reconoció de inmediato lo artísticas que eran. Los juegos de luces y sombras, el uso preciso del diafragma y la velocidad de disparo; el uso de los filtros y de los juegos de lentes con efectos diferentes. Todo en esas fotografías denotaba el profesionalismo empleado para tomarlas, pero sobre todo la pasión.
—Voy a ser sincero, Eiji —la voz del hombre interrumpió sus pensamientos—. Tienes la técnica, pero parece que no sabes a dónde apuntar el lente. Tus fotografías de paisaje son hermosas, no entiendo porque no puedes hacer lo mismo en esta clase. ¿Te incomoda la modelo? Pareces ser un chico que se avergüenza fácilmente. —Eiji no tenía idea de que decir. Afirmar el argumento del profesor sería una mentira y a él no le gustaba mentir. Tal vez lo mejor sería guardar silencio—. Si ese es el caso, ¿por qué no intentas con un modelo masculino? ¿tal vez un amigo? —sugirió—. Si encuentras a alguien con quien te sientas en confianza es probable que todo fluya mucho mejor. Las fotos de tu familia son bastante bonitas, ¿la chica de las fotos es tu hermana? —Eiji asintió y el hombre suspiró—. En fin, quiero ver un avance de tu trabajo la siguiente semana o no tendré más opción que bajarte la calificación final. ¿Entendido?
—Sí, señor.
—De acuerdo, Eiji. Puedes retirarte. Haz tu tarea correctamente.
El japonés asintió y dio media vuelta. Era la primera vez que le llamaban a la oficina de algún profesor por tener un desempeño académico mediocre. Él no era de los que dejaban todo al final, a él le gustaba entregar todo con anticipación, consiente de las correcciones que seguramente tendría que hacer. La fotografía, después de todo, era algo que se aprendía por medio de prueba y error. Saber disparar una cámara no lo era todo.
Más desanimado que de costumbre, Eiji se dirigió a su dormitorio. Estaba completamente seguro de que al final no lograría acreditar la materia y regresaría a Japón con la vergüenza de saber que le había fallado a sus padres —que con mucho esfuerzo habían juntado dinero para su estadía en Estados Unidos— y a Ibe, el único profesor que confiaba en él sin importar sus inseguridades. La sola idea le hacía sentir náuseas. Necesitaba encontrar una solución rápidamente.
El pelinegro introdujo su llave dentro de la cerradura y la giró para abrir la puerta. Dentro, la habitación estaba completamente a oscuras. Yut-Lung no se encontraba allí. No era extraño, Eiji podía contar con los dedos los pocos encuentros que había tenido con el chico en los tres meses que llevaban siendo roomies. Aparentemente, su beca en la facultad de danza le exigía demasiado tiempo y dedicación. Las pocas veces que el japonés se encontró con él lucía cansado, completamente exhausto. No habían intercambiado demasiadas palabras tampoco. Lee se disculpó por haberse equivocado en la dirección de la tienda de artículos fotográficos el primer día y además de eso no hubo mucho más.
Eiji dejó con mucho cuidado su equipo fotográfico junto a su escritorio y luego se dejó caer en la comodidad de su cama. No tenía la más mínima idea sobre lo que haría para poder acreditar la clase de retrato. No había nadie a quién pudiera pedirle que posara para él. Yut-Lung era bonito y con lo narcisista que era seguro aceptaría sin problemas, pero su apretada agenda no se lo permitiría y Eiji tampoco tenía la seguridad para preguntarle. Además de él, no hablaba demasiado con el resto de sus compañeros y que alguien aceptara ser su modelo tampoco era garantía de que sus fotografías salieran bien.
La idea de dar de baja la materia y cursarla en Japón era tentadora pero eso era como darse por vencido y Eiji estaba cansado de huir de todo lo que significaba problemas para él.
Como el salto con garrocha.
Decidiendo que sentir lástima por si mismo era una tontería —y dispuesto a evadir la clase de retrato un poco más— el japonés se levantó y caminó hasta su escritorio para retocar algunas de las fotografías que entregaría la semana siguiente. Un buen retoque fotográfico podía ser la diferencia entre una foto buena y una excelente fotografía.
Y entonces la vio.
Su cámara Polaroid aún se encontraba sobre su escritorio, junto a una pequeña caja que contenía un rollo nuevo para ella. Eiji lo había comprado durante una de sus excursiones en la clase de paisaje. No había tenido la oportunidad de usarlo por lo que no lo había abierto y Yut parecía haber perdido el interés en la cámara porque el tema no fue mencionado de nuevo.
El pelinegro sujetó el rollo de la Polaroid entre sus manos. Leyó las instrucciones de uso y las advertencias y miró cada detalle de la caja hasta que se dio cuenta de que en realidad no estaba pensando en el rollo o en la cámara que no había tenido oportunidad de estrenar, sino en cierto par de ojos esmeralda que durante noches enteras le habían arrebatado el sueño.
Los ojos de Ash.
Eiji suspiró y rápidamente cubrió su boca con su mano sintiéndose avergonzado. No había querido suspirar, de la misma manera en que no había querido pensar en Ash cuyo nombre sonaba tan fascinante para él que, cada que venía a su mente, la necesidad de decirlo en voz alta era más arrolladora. No lo haría, por supuesto. Eiji tenía la sensación de que si lo hiciera, sería su perdición.
Sin embargo, los pensamientos sobre chaquetas de cuero y cabellos rubios no se detuvieron dentro de su cabeza. Pero lo que Eiji sentía por Ash no era deseo, sino fascinación. Ash le fascinaba demasiado. Era como una obra de arte que Eiji no hubiera querido dejar de mirar nunca; a la que hubiera querido inmortalizar.
El japonés parpadeó un par de veces. Repentinamente cayó en cuenta de que, si lo deseaba, realmente podía hacerlo, podría inmortalizarlo. Sólo bastaría con superar el temor de que la sesión saliera terriblemente mal e hiciera a un lado la vergüenza de humillarse así frente a Ash. Qué tuviera que buscarlo en un barrio terriblemente peligroso era algo secundario, aunque cargar con su cámara réflex por ese lugar tampoco le hacía tanta gracia.
«Sólo estás poniendo excusas para no tener que tomar fotografías, Eiji», le dijo una voz dentro de su cabeza. Sonaba como él pero bastante más estricto. «Estás aterrado de quedar como un completo inútil».
El japonés frunció el ceño y dejó la caja con el rollo de la cámara de donde lo había tomado. No escucharía a esa ridícula voz. Lo mejor sería concentrarse en sus tareas pendientes, ya después se ocuparía de la clase de retrato y buscaría a alguien que quisiera posar para él, alguien menos imposible que cierto chico de ojos verdes. Eiji no se lo preguntaría, seguro que se reiría de él y estaba cansado de hacer el ridículo.
O al menos ese era el plan.
Retocó todas sus fotografías, tomó el almuerzo y armó su book fotográfico con la esperanza de sacarse la tonta idea de buscar a un chico con el que había hablado una sola vez y pedirle que fuera su modelo, pero nada dio resultado. Su cabeza trabajaba rápidamente en la iluminación y el encuadre de las diferentes fotografías. En las poses, los filtros, la abertura del diafragma y el tiempo de obturación. Todas esas cosas en las que debería de poder pensar siempre que sacaba una foto pero que parecían bloquearse cuando se trataba de un retrato, con el rostro de Ash como excepción.
Entonces, Eiji tomó una decisión.
Eran las siete con cuatro minutos cuando el japonés bajó del taxi que lo dejó en dowtown. Pagó al taxista la tarifa e intentó con todas sus fuerzas ignorar sus miradas suspicaces cuando le pidió que le bajara en la zona de bares y prostíbulos. Tal vez el hombre se estaba preguntando si sería mayor de edad. Eiji tendía a lucir mucho más joven de lo que realmente era. Sabía que estaba siendo juzgado pero de nada serviría dar explicaciones, él no estaba allí por alcohol o sexo y estaba seguro de que no le creería.
El sol aún se ocultaba por el horizonte pintando las paredes llenas de grafiti de colores cálidos. Al japonés le hubiera gustado ir mucho más temprano pero su único encuentro con Ash había sido al anochecer y además de eso no tenía muchas más pistas sobre cómo encontrarlo.
El pelinegro afianzó con fuerza su mochila. No llevaba más de lo necesario; su cámara con un lente largo, un tripie y una luz blanca plegable que esperaba fuera suficiente. Sabía que estaba arriesgándose demasiado a ser robado pero esperaba que su apariencia sosa le ayudará a pasar desapercibido, al menos en ese aspecto.
Eiji se adentró en la jungla de concreto con la mayor seguridad que pudo. Sentía sus piernas algo temblorosas pero se encargó de disimularlo con todas sus fuerzas. Con el sol aún tocando la tierra, no habían demasiados individuos extraños por las calles y eso de cierta forma era un alivio, uno que el chico sabía que se desvanecería con el sol.
El plan era bastante sencillo; volver a donde había sido rescatado por Ash y preguntar por él en los alrededores. Sin embargo, temía que su encuentro hubiera sido una simple coincidencia y el rubio no viviera siquiera cerca. El problema, Eiji se dio cuenta rápidamente, era que no sabía el camino que había recorrido durante el pánico de ser perseguido por un desconocido y de un momento a otro, cuando el sol ya había terminado de ocultarse, se encontró perdido entre aquellas paredes de ladrillo desgastado, tan similares una de otra.
Se sentía como Harry Potter en el Cáliz de Fuego durante la tercera prueba del torneo de los tres magos. Pero sin una varita.
—¿Estás perdido? —preguntó una voz a sus espaldas. Eiji se sobresaltó y dió la media vuelta lo más rápido posible, dispuesto a defenderse... o a entregar todos sus objetos de valor.
—No lo estoy —respondió, pero su voz temblaba terriblemente.
—Mentiroso —dijo con burla el hombre frente a él. Un chico bastante más alto cuyo rostro estaba cubierto por unos lentes de sol pese a ser de noche. Su cabello estaba rapado a los costados y teñido de púrpura—. ¿Qué es lo que quieres aquí?
El tipo era intimidante, pero parecía dispuesto a dialogar civilizadamente por lo que Eiji le respondió.
—Estoy buscando a alguien. Un chico llamado Ash. Alto, cabello rubio y ojos color...
—Sé de quién hablas —interrumpió y se acercó un par de pasos. El japonés se obligó a no retroceder—. Lo que no sé es que asuntos tienes con él.
—Soy fotógrafo —fue todo lo que pudo decir.
—¿Fotografías? ¿de verdad eso es todo?
¿Lo era? Bueno, Eiji no lo sabía a ciencia cierta. Tenía la esperanza de poder sacar unas buenas fotos de Ash y no reprobar una de sus clases pero... ¿de verdad eso era todo?
No, no lo era.
El pelinegro realmente deseaba volver a encontrarse con ese misterioso chico de ojos esmeralda. Lo deseaba desde que se subió a ese taxi y lo vio volverse pequeño por la lejanía, sólo que no había tenido el valor de buscarlo hasta que tuvo una excusa.
»¿Te sonrojaste? Oh, no. Déjame adivinar. Eres otro de esos chicos vírgenes que tuvieron su primera vez con él y ahora creen que están enamorados. —El rubor de Eiji se volvió más intenso y muy a pesar de sus deseos de negar tal locura, la oportunidad no le fue dada—. Déjame decirte algo, niño. Ash ya tiene suficiente con sus propios problemas como para que tú vengas y...
—¡Sólo quiero sacar unas fotografías!
—No serías el único.
El estómago del pelinegro se revolvió repentinamente. La forma en que aquel chico lo había dicho le había hecho sentir enfermo. Detrás de esas palabras había una historia demasiado larga que Eiji no conocía y no sabía si quería conocer.
—Es suficiente, Shorter —advirtió una tercera voz—. Hombre, ¿es que nunca sabes cuándo cerrar la boca?
Eiji dirigió su mirada al origen de esa voz. Ash apareció entre las sombras vistiendo un una chaqueta de jeans, unos pantalones oscuros y una camiseta blanca con agujeros como parte del diseño. Su cabello rebelde iba en todas direcciones y su mirada, aunque aparentemente tranquila, destellaba peligrosamente en medio de la oscuridad.
—Este chico estaba buscándote, ¿lo conoces?
Ash no respondió su pregunta, en su lugar miró a Eiji y dijo:
—Te dije que volver era peligroso.
—Tengo que pedirte un favor.
Como cada que estaba frente al rubio, Eiji hablaba con seguridad y de manera fluida, como si se conocieran de toda una vida.
Shorter soltó una carcajada.
—¿Tú, un favor, al Lince de New York?
Eiji se sintió avergonzado inmediatamente. El rubor se instaló una vez más en sus mejillas y en sus orejas. Sabía lo absurdo que era que alguien como él quisiera pedirle un favor a alguien como Ash, pero por un segundo había mantenido la esperanza. Sin embargo, la humillación era algo que no soportaría jamás y juntando todo el valor que tenía, frunció el ceño y miró al tal Shorter lo más fieramente posible.
Esta vez fue Ash el que se echó a reír.
—Vamos, conejito, no tienes que enojarte por algo así. Shorter es un buen tipo —le dijo—. ¿Por qué no vienes conmigo? Hablaremos sobre esos asuntos que tienes conmigo en privado.
Ash le guiñó un ojo y el corazón de Eiji se aceleró. Sus recuerdos no le hacían justicia a su belleza.
El rubio dio media vuelta dispuesto a marcharse. Shorter le llamó, claramente con la intención de detenerle, pero su amigo no le escuchó y siguió avanzando.
Por un momento, Eiji se quedó de pie en su lugar, viendo al chico de cabellos púrpuras refunfuñar y maldecir, preguntándose cuál era exactamente la relación de esos dos. Era obvio para el japonés que Shorter se preocupaba por el ojiverde, pero lo que no entendía muy bien era porqué. ¿Eran amigos? ¿o tal vez era algo más?
Finalmente, el pelinegro fue tras Ash ignorando las miradas feroces de Shorter. Eiji no quería dejarse intimidar pero la verdad es que el hombre tenía un aspecto bastante aterrador y si se había enfrentado a él fue porque sabía, de alguna manera, que Ash no dejaría que le hiciera daño.
—Vamos por aquí, será difícil que alguien nos vea —le dijo el rubio adentrándose en un estrecho callejón por el que Eiji no estaba seguro si podría pasar con todo y su mochila.
—¿En serio? ¿Por el callejón más oscuro y tenebroso?
—No seas llorón, onii-chan. Si estás conmigo no va a pasarte nada.
—Tengo curiosidad —dijo Eiji intentando abrirse paso entre las estrechas paredes de ladrillo—. ¿Por qué me llamas onii-chan todo el tiempo?
—Porque eres mayor que yo y eres japonés.
—Eso es racista.
—Todo es racista.
—Lo que tú digas, bro.
Ash soltó una pequeña risita y antes de llegar al final del callejón dio vuelta a la derecha. Caminaron un poco más, siempre evitando las calles principales y manteniéndose alejados de todas las personas. A veces, el rubio se detenía en seco y les hacía retroceder y adentrarse en otra calle cuando se topaban de frente con cualquier persona. Eiji no tenía idea de porqué se escondían de esa forma, quizás Ash no quería ser descubierto. Se sentía como en esas películas de Rambo donde el protagonista se estaba infiltrando en la base enemiga y hasta cierto punto era divertido, hasta que Eiji cayó en cuenta de que, en realidad, estaban en un barrio peligroso y encontrarse con la persona equivocada podía significar problemas, al menos para él.
Finalmente llegaron a un complejo de apartamentos que, de alguna manera, no lucían tan en ruinas como los demás. Eiji siguió a Ash y ambos rodearon una parte del edificio hasta que dieron con las escaleras de emergencia y subieron por ellas hasta detenerse en el tercer piso. Todas las ventanas del edificio estaban cubiertas por pesadas cortinas, pero Eiji podía escuchar perfectamente bien los sucios sonidos de sexo proveniente de cada uno de los pisos. Gemidos, gritos, jadeos y el golpe de la cabecera de la cama contra la pared.
Ash abrió la ventana y se adentró en la habitación. Eiji lo miró desde afuera.
—¿No vienes? —le preguntó con un tono que le retaba y una sonrisa molesta. Eiji sabía lo que quería decir realmente: «¿Vienes o estás asustado?»
Sin decir nada, el japonés se adentró en la oscuridad de la habitación. Durante un momento, Eiji no pudo ver más que la silueta de una cama de gran tamaño iluminada apenas por la luz del exterior que entraba por la ventana a su espalda. Sin embargo, cuando Eiji dio un paso más, Ash aprovechó para cerrar a ventana y la cortina, dejándolos completamente en penumbras.
El pelinegro había estado a punto de preguntar que ocurría cuando un húmedo y cálido aliento golpeó contra su oreja.
—Entonces, onii-chan. ¿Por qué has regresado?
Eiji se paralizó cuando un par de manos se posaron en su pecho y comenzaron a acariciarlo suavemente. Su cuerpo se tensó y su mente comenzó a dar vueltas vertiginosas. Se sentía mareado y de repente sus pulmones habían dejado de almacenar aire. Era tan vergonzoso. Nadie nunca lo había tocado de esa forma tan íntima, tan seductora. Y Eiji estaba tan nervioso, como el jodido virgen que era.
Ash tenía que detenerse.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Eiji con voz temblorosa.
—¿No es a lo que has venido? ¿no regresaste por mí? —la voz del chico de ojos esmeralda era dulce como el caramelo y tan profunda como el océano.
La piel de Eiji se erizó.
»Lo sabía. Te gusto, ¿no es así? —insistió.
Las manos del rubio subieron por su cuello y lo acariciaron. Eiji podía sentir su presencia en su espalda, su cuerpo pegado al suyo y cubriéndolo por completo gracias a la diferencia de estaturas. Eiji no era ingenuo, sabía lo que Ash estaba buscando y él sabía que no era lo correcto. Había sospechado que el rubio era ese tipo de chico, las señales habían estado en todas partes pero el japonés se había resistido a la idea de que alguien como Ash, cuya alma buena podía reflejarse en sus hermosos ojos verdes, en realidad se ganara la vida prostituyéndose. Sin embargo, ahora que estaba consciente de la verdad, Eiji no se sentía decepcionado, ni asqueado. Ash aún le gustaba.
El pelinegro tomó una bocanada de aire antes de sujetar las manos de Ash suavemente y detenerlo. El rubio no insistió con sus toques pero era obvio que estaba desconcertado. De repente, la idea de que Ash estuviera acostumbrado a que todo lo que desearan de él fuera su cuerpo hizo que el corazón de Eiji se estrujara. Él sabía que Ash era mucho más que una cara bonita y un cuerpo de ensueño, él lo había visto en sus ojos. Él lo había sentido.
—¿Qué sucede, Eiji? ¿Eres del tipo vergonzoso? —le preguntó intentando burlarse de él. Pero el japonés notó en su voz un poco de inseguridad.
—No he venido por esto —le respondió amablemente, dando media vuelta para encararlo. Eiji no podía ver el rostro de Ash en medio de la oscuridad y esto, de alguna manera, también le dio el valor para seguir hablando—. Creo que eres muy atractivo. —«Tanto que no he dejado de pensar en ti», añadió mentalmente—. Me daba un poco de vergüenza pedírtelo, pero quiero tomarte algunas fotografías... tus ojos... tus ojos son muy bonitos y yo pensé qué- que... ¿estoy tartamudeando?
—Lo estás.
—Lo siento.
—¿Quieres decir que no estás aquí por sexo?
—No, en absoluto —respondió Eiji con las mejillas rojas de vergüenza, agradeciendo nuevamente la oscuridad.
—... Sólo quieres tomar unas fotografías...
—Te pagaré por tu tiempo, por supuesto.
—Eres un chico muy extraño, Eiji.
—¿Eh?
El pelinegro sintió el cuerpo del rubio alejarse y luego escuchó sus pasos. Repentinamente, una pequeña lámpara iluminó tenuemente la habitación. Eiji pudo apreciar que, además de la cama, la cómoda, una cajonera, una alfombra y la puerta que él suponía era el baño, no había nada más. Una habitación única y exclusivamente diseñada para recibir visitas conyugales... o algo similar.
Ash se sentó a la orilla de la cama.
—¿Debería quitarme la ropa? —le preguntó.
—¡¿Eh!? ¡Por supuesto que no! —Eiji expresó con vergüenza.
—¿No son esa clase de fotografías?
—No, no lo son —respondió con un suspiro—. Estaba pensando en una serie urbana o algo similar. Tienes un aire rebelde que me gusta mucho y tengo en mente unas cuantas tomas que podríamos hacer aquí mismo, si no te molesta. ¿Alguna vez has modelado?
La mirada de Ash se oscureció ante de desviarla por un breve instante que Eiji fue capaz de notar.
—No —le respondió.
—No es muy difícil —mencionó, evitando con todas sus fuerzas los temas delicados, aunque por dentro se moría por preguntar y aliviar cualquier dolor que estuviera atormentando a esa alma—. Yo puedo guiarte.
—Debí suponer que eras fotógrafo desde nuestro primer encuentro. ¿Qué dijiste que buscabas por aquí? ¿Una tienda?
—Soy un simple estudiante, por favor, no esperes demasiado.
—Todo lo que te pido es que me hagas lucir genial —Ash dijo en un intento por bromear, luego hizo una breve pausa antes de volver a hablar—. Escucha, Eiji... sobre lo que pasó hace un momento...
—Hey, no le des más vueltas, fue sólo un malentendido.
Eiji sabía que Ash estaba apenado, tanto o más que él. No valía la pena seguir recordando algo que no tenía importancia, aunque el tacto de Ash sobre su cuerpo aún le picara la piel.
—Debiste sentirte realmente incómodo.
—Más bien sorprendido. Nadie... yo no... bueno, eso no importa.
—¿Eres virgen onii-chan? —le preguntó con burla.
—Me agradabas más cuando lucías avergonzado.
—¿Puedes decirlo en japonés?
—Eres imposible. —Eiji se descolgó la mochila del hombro y la abrió para sacar su cámara y su tipié—. Tal vez esto tarde un poco. Para la fotografía se necesita mucha paciencia.
—¿Puedes decirlo en japonés? —insistió el americano como si no hubiera escuchado una sola palabra de Eiji.
—Sólo abre la jodida cortina y la jodida ventana y siéntate en el jodido quicio.
—Wow, no he entendido una mierda. Dilo otra vez.
Eiji pensó que esa iba a ser una larga noche, pero de alguna manera, verlo actuar como un niño era mil veces mejor que verlo ponerse la máscara de chico de alquiler.
—Sólo siéntate en la ventana, Ash.
Las letras de su nombre rodaron una a una por su lengua sin que él hubiera querido. Se había resistido tanto a decirlo en voz alta y ahora que lo había hecho le había sabido tan dulce que su cabeza dio vueltas.
Había tenido razón en resistirse desde un principio, porque ahora que lo había dicho en voz alta se sentía como si no pudiera dejar de decirlo. Como si no pudiera volver atrás.
Ash.
