—Ash. A, s, h. Ash. Ashuu. A-sh. A...

—¿Qué estás haciendo?

Eiji se sobresaltó dejando caer de su mano el móvil que aterrizó con sonido sordo sobre el suelo de madera de la habitación. Yut acababa de entrar enfundado en un conjunto deportivo de licra demasiado ajustado y su largo cabello negro sujetado en una coleta alta. Su frente estaba perlada de sudor y sus mejillas estaban encendidas. El japonés no lo había visto en días, aunque en ocasiones su sueño era lo suficientemente ligero como para despertarse cuando lo escuchaba entrar muy tarde por las noches.

—Sólo estaba aprendiendo palabras nuevas —mintió con mucha dificultad—. Quiero mejorar mi inglés.

Lee le miró por un instante antes de acercarse a su cama y dejarse caer bocabajo sin cuidado sobre ella, deshaciendo las mantas y las sábanas. El colchón se hundió casi imperceptiblemente bajo el peso de su esbelto cuerpo. Desde ese ángulo, Eiji podía ver su nuca y parte de su espalda por la forma en que la tela de su camiseta se había levantado.

Había algunas marcas rojas y unos cuantos rasguños.

Eiji frunció el ceño y apretó la boca. Su relación con Yut-Lung no era muy estrecha pero le daba rabia el sólo pensar que alguien se estuviera metiendo con él. El chico era, después de todo, un adolescente. Apenas tenía diecisiete años y que un universitario estuviese intimidándolo de esa forma era injusto.

—¿Qué tal las clases? —preguntó lo más casualmente posible.

—Agotadoras, como siempre —respondió con la voz ahogada por las almohadas.

—Pasas demasiado tiempo en la facultad y ni siquiera estas matriculado aún.

—Bueno, tengo que mantener esa beca de alguna manera.

El japonés hizo una mueca pensativa. Era obvio que si algo malo estaba ocurriendo, Yut no se lo diría. Eran compañeros de habitación y tal vez cualquiera pensaría que eso sería suficiente para volverlos cercanos, pero la verdad era muy diferente. Yut-Lung Lee era un gran misterio para él. Todo lo que Eiji sabía del muchacho era que su ascendencia era china y que su familia era adinerada. No sabía nada sobre sus padres o sus hermanos. No sabía donde vivía ni donde estudiaba la escuela secundaria. Ni siquiera sabía cuál era su comida favorita o si tenía algún pasatiempo. ¡Ni siquiera lo había visto bailar! Aun así se sentía con la obligación de asegurar su integridad física. Eiji siempre había sido así.

—¿Qué tal tus maestros? ¿Tus compañeros? —siguió intentando.

Lee levantó el rostro de la almohada y le miró directamente. Eiji, asustado de haber sido pillado, rápidamente dirigió sus ojos al suelo donde había dejado abandonado el móvil y lo levantó con una lentitud que no era normal, con la mirada de Yut sobre él.

—Bastante bien. Esta Universidad tiene a los mejores profesores de danza del país y mis compañeros son muy buenos. Me da un poco de vergüenza exhibir mi pobre baile frente a ellos.

—Pero ellos... ¿te tratan bien? —el chino parpadeó un par de veces y Eiji se sonrojó por haber sido tan poco discreto.

Pero Lee, en lugar de enojarse, sonrió dulcemente. Tan dulcemente que fue extraño.

—Oh, sí. Me tratan muy bien. —Hubo algo en esa forma de decirlo que hizo que el rubor de japonés se intensificara. No tenía idea de si Yut estaba jugando con él o de verdad se refería a lo que Eiji creía que se refería—. ¿Conoces al profesor Smith? Es el rector de la Facultad de Danza. Él es especialmente bueno conmigo. Dime, Eiji, ¿a ti te están tratado bien?

Yut-Lung rodó sobre su cama para quedar sobre su costado, con la cabeza recargada en su brazo. Eiji lo vio llevar su mano libre hasta una marca especialmente roja y grande sobre su cuello y acariciarla.

—Todos, han sido muy amables, gracias por preocuparte —le respondió torpemente.

El japonés desbloqueó la pantalla de su móvil esperando encontrar alguna especie de distracción que le hiciera sentirse menos avergonzado, pero todo empeoró cuando lo primero que apareció en la pantalla fue el álbum donde tenía guardada la sesión fotográfica del chico al que apodaban Ash Lynx. Sus profundos ojos verdes le veían a través de la pantalla y le robaban el alma. Era lo último que Eiji necesitaba en ese momento.

—¿Te sientes bien? Luces un poco rojo. Tal vez tengas fiebre.

—Por favor, deja de burlarte de mí —respondió bloqueando de nuevo el móvil.

Eiji se puso de pie y tomó la chaqueta que había dejado colgada en el respaldo de su silla de escritorio. Se aseguró de tener la cartera en el bolsillo al igual que las llaves, tomó el móvil y se dirigió a la puerta.

—¿A dónde vas? —Yut le preguntó.

—A ver a un profesor —Eiji vio pintarse una sonrisa en el rostro del menor—. No esa clase de visita —aclaró.

—Por supuesto. No te sientas con la obligación de volver esta noche, Eiji.

El japonés salió de la habitación con toda la intención de poner distancia entre él y su compañero de habitación. La verdad era que el profesor le había dicho que podía recoger su calificación hasta el lunes pero comenzaba a sentirse realmente avergonzado y necesitaba un poco de aire.

En Japón nadie iba proclamándose homosexual así porque sí, mucho menos gritando a los cuatro vientos sus aventuras con los profesores; las aventuras de un menor de edad con un profesor universitario. Tal vez se debía a las diferencias culturales pero Eiji se había sentido realmente incómodo. Lee era tres años menor que él y parecía tener mucha más experiencia. Era de esperarse, o eso suponía, Yut-Lung era realmente hermoso, el japonés suponía que debía tener muchos pretendientes masculinos por su apariencia tan femenina. Además parecía ser un chico inteligente y con mucha clase.

Eiji nunca se había puesto a pensar mucho sobre el amor... o el sexo. Su familia era muy reservada y él nunca había sentido verdadera curiosidad. Recordaba que, durante la secundaria, las anécdotas sobre las 'primeras veces' eran muy comunes pero él jamás las encontró demasiado divertidas y conforme fue creciendo el tema fue quedando atrás.

Hasta que conoció a Ash Lynx.

El chico se sentía atraído por él como nunca se había sentido atraído por algo. Le gustaban sus ojos más de lo que podía expresar en palabras y su sonrisa era tan bonita que le derretía el corazón con tan sólo asomarse un poco en los bordes de sus labios. Desde la primera vez que le vio, sintió una conexión que no había sentido con nadie más y nada tuvo que ver su provocativa forma de vestir. Tal vez había sido esa mirada salvaje llena de secretos, o tal vez habían sido sus bromas sin sentido, pero por primera vez en su vida, Eiji se percibió realmente conectado con otro ser humano.

Era como amor a primera vista.

Lo que el japonés sentía por el rubio era algo a lo que no se le podía dar nombre. Todo lo que deseaba era poder hablar un poco con él, de la misma forma en que lo habían hecho durante la sesión fotográfica. Verlo reír genuinamente, porque si de algo se había percatado, era de las múltiples máscaras que Ash solía usar. No quería nada más. Y sabía que no obtendría nada más. Sabía que sus sentimientos eran unilaterales, que Lynx jamás sentiría el mínimo de curiosidad por un chico tan común como él y tampoco necesitaba que fuera así. Eiji sentía en lo profundo de su corazón que debía permanecer a su lado y como él no era un chico interesado, lo haría sin esperar nada a cambio.

Si pudiera.

Durante la sesión de fotos, ambos habían pasado un buen rato. Ash, había descubierto el japonés, era un chico hablador. Le gustaba hablar mucho y de muchas cosas. Durante toda la sesión no había dejado de hacer preguntas sobre el equipo de Eiji y cuando este le respondía, le pedía que lo dijera en japonés. El pelinegro descubrió también que gustaba de molestarlo y que a él mismo le gustaba hacerlo de vuelta. Ambos habían pasado un buen momento, tanto que cuando el amanecer llegó, ninguno se sentía exhausto. Eiji se marchó aquella noche prometiéndole que le enviaría una copia de todas las fotografías que había tomado pero al final había olvidado pedirle su contacto, así que no sabía cuando sería la próxima vez que le vería y una semana había pasado ya.

El pelinegro se detuvo frente a la oficina de su profesor y tocó la puerta un par de veces. Cuando obtuvo el permiso para entrar la abrió y se adentró a la sala.

—Eiji, que bueno que has venido, justo he terminado de ver tus fotografías. Sabía que podías hacerlo mucho mejor. Esa serie fue excelente, parece que has encontrado una musa. ¿Un amigo tuyo?

El japonés sonrió con vergüenza, en parte por los cumplidos hacia su trabajo y en parte por el tema de la 'musa'. Aunque no estaba muy alejado de la realidad, en cuanto Eiji vio a Ash supo que debía fotografiarlo.

—No en realidad, es un chico que conocí por casualidad en la ciudad y fue muy amable en ayudarme.

—Bueno, me alegra que te sientas cómodo fotografiándolo, pero te aconsejo no acostumbrarte. Algún día tendrás que retratar más gente.

—Lo sé, profesor.

—Por ahora te has salvado, Okumura —le dijo con un falso tono de advertencia—. Pero quiero que sigas trabajando de esta forma. Ahora que sé cual es tu potencial tengo que exprimirte para que cuando vuelvas a Japón todos puedan notar la diferencia.

—Haré lo mejor que pueda, señor —el pelinegro respondió con el pecho lleno de orgullo.

—Así se habla. Por favor comienza a organizar tu siguiente serie lo antes posible. Estas fotografías fueron algo... sombrías. ¿Por qué no intentas retrato al aire libre? Sé que eres bueno para el paisajismo.

—Lo intentaré.

—De acuerdo, te veré en clase el lunes, entonces.

—Buenas noches, profesor.

Ambos se despidieron con una sonrisa y Eiji salió de la oficina realmente contento. Lo habían halagado por un trabajo que había disfrutado mucho hacer y no había mayor satisfacción que esa. Debía volver a su habitación y contarle a su hermana y a sus padres, pero antes, iría al barrio chino por algo de buena comida para celebrar y para tomar algunas fotografías rápidas.

Se sentía con ánimos de pasear un poco y de comenzar a organizar su siguiente serie. Tal vez tomaría en cuenta la recomendación del profesor y acomodaría todo para tomar las fotos en chinatown. Era uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad y además, a los occidentales les encantaba. Tal vez sus fotos no serían tan populares en Japón pero seguro que allí, en Estados Unidos, serían muy bien recibidas. Sólo faltaba buscar un nuevo modelo... ¿no?

Como era temprano, bastó con que el chico caminara hasta la parada del bus y tomara la ruta tres. Había bastante gente en las calles, probablemente porque era sábado en la noche. La ciudad se iluminaba con las luces de los apartamentos y los locales comerciales. Por todas partes se podían ver anuncios coloridos en pantallas gigantescas y semáforos que cambiaban constantemente de color. New York no era tan diferente a Tokio después de todo.

Cuando el bus finalmente llegó a la parada de Chinatown, Eiji descendió por la parte de atrás. La fresca brisa de otoño le golpeó en el rostro y él ajustó su chaqueta alrededor de su cuerpo temblando sólo un poco, esperando que la caminata fuera suficiente para hacerlo entrar en calor.

Chinatown era incluso más bonita que en las fotografías. No era de los barrios más lujosos de la ciudad pero era precisamente esa atmósfera callejera en la que recidía todo su encanto. Las luces de color rojo y sus calles repletas de anuncios completamente en chino. Los restaurantes con dragones como emblemas y sus lámparas de papel colgadas de un edificio a otro. Incluso las fachadas de sus construcciones eran como en los barrios bajos de Shanghái, donde Eiji había estado una sola vez en su vida como asistente de fotografía con el profesor Ibe. Sin embargo, a pesar de la arquitectura, aún se sentía como New York.

Eiji caminó sobre la acera con paso ligero. No tenía prisa en absoluto por lo que se detuvo a mirar cada aparador con el que se encontró. Habían tiendas de recuerdos y restaurantes en su mayoría y aunque la población en general era de asiáticos, también se podían ver americanos y afroamericanos deambulando por la calle.

El joven pensó que hubiera sido bonito poder conocer esa parte de la ciudad con alguien.

Con ayuda de su móvil, Eiji tomó algunas fotografías rápidas de sus puntos de interés. Aunque eran fotografías de prueba, se esforzó especialmente en los ángulos y en el manejo de la luz para que cuando tuviese que volver con su cámara profesional, todo fuese más rápido. Incluso se animó a retratar a algunas personas que amablemente posaron para él. Las fotografías no resultaron tan buenas como las de Ash pero en ellas se podía apreciar una gran mejora.

Tal vez el japonés se animaría a subir algunas a Instagram.

Las horas continuaron pasando y cuanto más tarde se hacia, menos gente transitaba. El pelinegro se había entretenido tanto tomando fotografías que olvidó completamente que había ido en busca de algo para cenar en primer lugar y casi era hora de volver. Eiji recordó entonces haber visto un restaurante especialmente llamativo muy cerca de la entrada al barrio. Tal vez pediría algo para llevar, si es que a esa hora aún sobraba algo del buffet.

—Oh, lo siento.

Eiji fue empujado hacia un lado y tropezó sin caer, apenas manteniendo el equilibrio. El chico con el que había chocado volvió a disculparse y el japonés hizo lo mismo antes de enderezarse. Estuvo a punto de preguntarle si se encontraba bien cuando de pronto lo vio.

Justo detrás del extraño que casi lo había derribado, Ash Lynx cruzaba la calle y no estaba solo. El rubio iba del brazo con un hombre alto y de piel morena cuyo cabello oscuro y alborotado se confundía con la noche. El ojiverde sonreía amablemente. Era una sonrisa brillante de dientes blancos que no se reflejaba en absoluto en sus ojos.

El cuerpo de Eiji tembló y sus piernas comenzaron a moverse por si solas. El chico a su espalda le preguntó si todo estaba bien pero el japonés no podía perder más tiempo, Ash y su acompañante ya se habían adentrado en una calle a la izquierda y no quería perderlos de vista.

No tenía idea de que era lo que buscaba siguiendo al rubio en medio del barrio chino, él jamás había sido así de impulsivo, pero Ash Lynx siempre le hacía actuar de esa manera tan irresponsable.

Una vuelta a la derecha y otra más. Eiji seguía desesperadamente los rastros de ese cabello dorado resplandeciendo por las farolas oxidadas. Su respiración era agitada pero sus piernas no podían ir más rápido. Deseaba alcanzarlo, realmente deseaba alcanzarlo y hablar con él, decirle cualquier cosa. Apartarlo de ese extraño.

Eiji dio vuelta en una esquina. Luces de neón le cegaron y sus piernas se detuvieron. Rodillas temblorosas y corazón a mil por hora.

Se encontraba en una zona llena de moteles baratos y vulgares.

—¡Ash! —gritó entonces, sin pensar.

Su voz retumbó por toda la calle, llamando la atención de cada uno de los transeúntes. Y así transcurrieron largos segundos que para él fueron toda una vida. El aire había abandonado sus pulmones y todo lo que podía escuchar era el sonido de su sangre bombeando por todo su cuerpo y burbujeando en sus oídos.

Eiji sintió una cálida mano posarse en su hombro. Hasta ese momento no se había percatado de que mantenía los ojos cerrados fuertemente, igual que sus puños. Sin embargo, ese toque fue suficiente para que todas sus terminales nerviosas se relajaran, se derritieran.

—¿Siempre eres así de escandaloso? —le preguntó con voz amable y dulce como el caramelo.

—Sólo cuando se trata de ti —respondió, incapaz de mentir.

—¿Qué estás haciendo aquí, Eiji?

¿Qué estaba haciendo allí? Esa era una gran pregunta. Eiji no lo sabía. En cuanto había visto a Ash su corazón se había agitado y luego se había turbado al verlo del brazo de ese desconocido. Sus pies habían corrido detrás de él como si hubiera estado pidiendo ayuda y desesperado había buscado salvarlo. ¿De qué? No lo tenía muy claro. Eiji sólo sabía que debía detenerlo.

—Sólo quería saludar.

Ash le miró y por un momento, el japonés pensó que no le había creído en absoluto. ¿Quién lo hubiera hecho? Su voz temblaba y sus ojos jamás se habían encontrado con las esmeraldas de Ash. Sin embargo, el rubio sonrió y le dijo:

—Hola, onii-chan.

—Hola —respondió Eiji con tanta vergüenza que sentía todo el cuerpo arder.

Ambos guardaron silencio por un momento, antes de que Ash volviera a hablar.

—Tengo que irme, Eiji.

—¿Con tú amigo? —preguntó aún sabiendo lo patético que sonaba. Él sabía que el hombre, que aguardaba pacientemente bajo una farola y con un cigarrillo en su mano, no era un amigo.

El rubio no respondió de inmediato.

—Sí, con él.

—¿No puedes quedarte un poco más?

El corazón de Eiji pesaba como el plomo. En su cabeza buscaba desesperadamente una excusa para alargar la conversación y no dejarlo marchar. Una excusa para no dejarlo a merced de ese desconocido.

«¿Con qué derecho puedes decir eso, Eiji? En realidad no sabes mucho más de Ash que ese hombre».

Esa molesta voz daba vueltas en su cabeza. Mortificándolo. Se trataba de él mismo, de su conciencia.

—De verdad tengo que irme —le respondió.

—Lo entiendo —mintió. Eiji no entendía nada. «¿Por qué haces esto? ¿No te das cuenta de que podrías tener algo mejor?»

—No veremos después, onii-chan.

«¿Cuándo?» Quiso preguntar pero no tuvo el valor, él sabía que probablemente la respuesta sería «nunca».

Ash dio media vuelta y sólo entonces Eiji fue capaz de clavar su mirada en su espalda. Lucía tan natural entre aquellas calles que el corazón del japonés se detuvo y dolió como el infierno. El pelinegro vio a aquel ángel alejarse con las alas rotas hasta la farola donde su acompañante aún le esperaba. Lo vio lucir esa sonrisa falsa y decidió que no podía simplemente dejarlo ir.

No podía dejarlo ir sin decir nada.

—¡Ash! —volvió a llamarle. Esta vez con la mirada bien puesta sobre el rubio. Nada de ojos cerrados, ni temblores.

El ojiverde dio media vuelta aún tomado del brazo del desconocido de piel morena. Fue la primera vez que Eiji le vio lucir desconcertado.

—¡Reúnete conmigo el próximo sábado en el Jardín Botánico de Brooklyn! ¡Te invitaré algo de comer!

Por un instante la mirada de Ash se oscureció y Eiji creyó que sería rechazado. No hubiera sido extraño en absoluto, el japonés no era, después de todo, alguien que se considerara muy interesante o inteligente. Sin embargo, después de un momento el rubio respondió:

—¡Al medio día en la entrada principal, onii-chan! ¡No me hagas esperar!

—¡No lo haré!

Ash le dedicó una última sonrisa y siguió con su camino.

Eiji lo vio desaparecer dentro de uno de los edificios de la zona. Una pequeña gota de lluvia cayó sobre su nariz, como adivinando los sentimientos del pelinegro.

Fue doloroso ver a un ángel como Ash caminar por voluntad propia hacia su propia perdición pero en ese momento no hubo nada que Eiji hubiera podido hacer, así que se forzó a mantenerse en su lugar y esperar.

De nuevo a esperar. Aun a pesar de la lluvia.